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Las luces de la ciudad parpadeaban a lo lejos, reflejándose en los ventanales del café donde Aoyagi Toya aguardaba. Había llegado temprano, como de costumbre, y había pedido su café habitual, como siempre. Su mirada griceasa, inquieta, se deslizaba hacia la puerta cada vez que alguien entraba.
Akito llegaba tarde. Nuevamente.
Toya revolvía la cucharilla en su taza, observando el espiral oscuro del café mientras su mente se inundaba de pensamientos indeseados. ¿Dónde estaría Shinonome en ese momento? ¿Con quién podría estar? ¿Por qué no respondía a sus mensajes? ¿Habría olvidado algo en el estudio? ¿Ena lo abría retenido?
De repente, su teléfono vibró sobre la mesa y su corazón se aceleró al instante.
—Lo siento, ya voy. Espérame un poco más.
Un suspiro escapó de sus labios, aliviando ligeramente la presión en su pecho. Por supuesto que lo esperaría. Siempre lo hacía.
Finalmente, cuando Akito hizo su entrada, su chaqueta desabrochada y su cabello naranja brillante, algo revuelto dejaban entrever que había llegado corriendo. Su sonrisa despreocupada, la misma de siempre, iluminaba su rostro como si nunca hubiera tenido nada por lo cual preocuparse.
—Perdón por la espera, bonito —dijo, dejándose caer en la silla frente a él peliazul con una facilidad que resultaba irritante.
Aoiyagi frunció el ceño. —Te he dicho que no me llames así.
—Pero te queda bien. Eres adorable cuando te molestas.
El pianista apartó la mirada, tratando de ignorar el rubor que se apoderaba de su rostro. Sin saber qué más decir, sacó su teléfono y abrió la lista de reproducción que habían creado juntos.
—Escucha esto —sugirió, pasándole un auricular a Akito.
La canción comenzó a sonar y, por un instante, el mundo pareció reducirse a los acordes y a la cercanía entre ambos. Akito cerró los ojos, dejándose envolver por la música. Toya lo observó de reojo, intentando descifrarlo.
Shinomone Akito era un enigma que lo volvía loco. Un misterio que, poco a poco, comenzaba a doler.
. . .
El dilema de enamorarse de alguien como Akito era que siempre había una sombra detrás de su sonrisa. Toya se repetía esta idea cada vez que se encontraba solo en su cama, mirando la pantalla de su teléfono sin recibir respuesta. Con los dientes apretados, deslizó el dedo por las conversaciones pasadas: mensajes ignorados y llamadas sin contestar. Pero, como era habitual, después de unas horas aparecía un escueto "Lo siento", seguido de una justificación vaga.
"No pude responder, estaba ocupado."
"Me quedé dormido."
"Tuve que ayudar a Kohane-chan con su vestuario."
Aoyagi siempre fingía creerle. Sin embargo, cada vez estaba más inseguro de en qué debía confiar.
Una noche, tras un largo día en la universidad, decidió visitar a el cantante sin previo aviso. Su departamento no estaba lejos y Toya conocía el camino de memoria. Subió las escaleras hasta el tercer piso, donde la tenue luz del pasillo iluminaba la puerta de Shinonome.
Levantó la mano para tocar, pero se detuvo al escuchar risas al otro lado. No era aquella voz que ponía sus nervios de punta, no; había otra persona.
El estómago del pianista se retorció mientras su mano temblaba al irse deslizándose hacia abajo. No tenía derecho a sentir aquello; al fin y al cabo, Akito nunca le había prometido exclusividad. Pero, a pesar de todo, ¿por qué dolía tanto? Sin darse cuenta, sus pies comenzaron a retroceder, alejándolo de la puerta. Se dio la vuelta y bajó las escaleras con rapidez, el eco de las risas resonando tras él hasta que llegó a la calle.
El aire de la noche era frío, pero no tan helado como el vacío que lo invadía por dentro.
. . .
—Toya-kun, pareces distante —dijo Akito, observándolo con la cabeza inclinada, sus ojos color esmeralda buscando respuestas en su rostro. Toya apenas alzó la vista de su café.
—Solo estoy cansado, eso es todo —respondió, aunque en el fondo sabía que mentía.
Estaba harto. Harto de disimular, de ignorar los besos que no eran de él, las marcas en la piel de Akito, el modo en que su perfume a veces olía a algo diferente. Harto de desearlo con tanta intensidad.
Shinonome suspiró y se inclinó sobre la mesa.
—No me digas que estás enojado porque no contesté anoche.
Aoyagi cerró los ojos por un instante.
—No importa.
—¿Ves? Eso es lo que me molesta. No expresas lo que sientes. Te quedas ahí, en silencio, esperando que adivine qué sucede en tu mente.
—¿Y si lo hiciera? —La voz de Toya sonó más brusca de lo que había querido—. ¿Qué pasaría si dijera que odio cuando desapareces? ¿Que me quedo esperando como un idiota mientras tú. . . haces lo que sea que hagas?
Akito parpadeó, sorprendido. Toya nunca hablaba así.
—Toya. . .
—No, olvídalo —murmuró, levantándose—. No quiero discutir.
Akito lo tomó suavemente por la muñeca antes de que pudiera irse. Su agarre era firme, pero no agresivo.
—No es lo que piensas.
Toya soltó una risa amarga.
—Siempre dices lo mismo.
Se zafó y salió del café sin mirar atrás.
. . .
La tormenta aullaba afuera cuando Toya abrió la puerta. Akito estaba allí, empapado, respirando pesadamente.
—Déjame entrar —imploró Akito.
El peliazul lo dejó pasar en silencio. Sus ojos mostraban un vacío desconcertante, su mente atrapada en un único pensamiento: Akito no podía continuar jugando con sus sentimientos. No después de todo lo que había soportado.
Shinonome temblaba, no solo por el frío de la lluvia, sino porque intuía que algo había cambiado en Toya.
—No tienes idea de lo que siento por ti —murmuró con voz temblorosa.
Toya se acercó lentamente, con una calma casi inquietante.
—¿Qué sientes por mí, Akito?
El cantante abrió la boca, pero el silencio que siguió fue todo lo que Toya necesitaba escuchar. En ese instante, algo se quebró dentro de él.
La obsesión había consumido su amor y ahora solo le quedaba una necesidad apremiante: poseer a Akito por completo o no tenerlo en absoluto.
—Está bien —dijo Toya, esbozando una suave sonrisa—. No tienes que responder.
Se acercó aún más, y Akito no retrocedió. Tal vez porque estaba acostumbrado a la inofensiva naturaleza de Toya, a que solo guardara silencio y esperara. Pero esta vez sería diferente.
Akito sintió algo afilado deslizarse contra su cuello, y su expresión cambió al instante.
—Toya…
—Shh —susurró él con dulzura—. Ya no tendrás que preocuparte por nada.
El rugido de la tormenta se intensificó cuando la lluvia se mezcló con algo más oscuro en el suelo del apartamento.
Al día siguiente, la ausencia de Akito se volvió un enigma; nadie supo qué había ocurrido. Solo Toya conocía la verdad. Y mientras sonreía ante una taza de café, con la ciudad brillando a su alrededor, pensó que, por primera vez, Akito era completamente suyo.
Para siempre.
