Actions

Work Header

La amistad (?) es un alma que habita en dos cuerpos.

Summary:

Al fin, Stanley obtuvo un fin de semana libre y no dudó dos veces antes de comprar un billete de avión directo a Massachusetts. Cuando llegó al aeropuerto de su destino, envió una foto a Xeno con las palabras “Adivina dónde estoy”. Ambos quedaron en verse en una cafetería y, cuando se encontraron, Xeno no pudo evitar fijarse en lo mucho que había cambiado el físico de su amigo en tan poco tiempo.

—¿Qué miras tanto? —rió Stanley al verlo.

Xeno solo pudo negar con la cabeza.

...

O cómo (según yo) se conocieron Xeno y Stanley, un recorrido de su amistad y romance durante su infancia, adolescencia y finalmente, adultez.

Notes:

Antes de empezar a leer quiero avisar de que me he dado las libertades de incluir a Charlotte como la hermana de Stanley, porque literal son iguales. Además, debo avisar de que hay una pequeña escena con algo de violencia (típica pelea de instituto), pero no es nada explícito ni mucho menos. También cabe mencionar que no me he leído el manga, solo me he visto hasta la cuarta temporada del anime, así que perdón si hay alguna cosa que no tiene mucho sentido, jiji. Poco más, disfrutad del fic. <3

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

La primera vez que Stanley hizo un amigo fue a los 8 años de edad. No era alguien que disfrutara al hablar con la gente, además de que sus padres no se interesaban especialmente en él al estar fuera de casa la mayoría del tiempo, por lo que su vida solía ser bastante solitaria. Desde muy pequeño, Stanley se había visto obligado a cuidar de su hermana pequeña, Charlotte, y de sí mismo, así que se consideraba alguien responsable, aunque sabía que un niño de su edad no debería preocuparse por ciertas cosas.

Sucedió en plena primavera. Había llevado a su hermana a casa de una de sus amigas y mientras tanto había decidido dar una vuelta él solo. Sus pies lo llevaron primero a la tienda de dulces que solía frecuentar a diario para comprarse un chupachups, para después pasear por el mismo barrio. Las casas de esa zona no eran tan pequeñas como la suya. Tenían verdes jardines y todas eran de un bonito color beige que combinaba muy bien con el color negro de los tejados.

Caminaba despreocupado mirando al suelo, siguiendo el patrón de las losas que formaban la acera, intentando no pisar las rayas. Sin embargo, su atención se fue automáticamente a lo que estaba pasando en el jardín que tenía a su derecha. Un niño de más o menos su edad estaba de espaldas a él, sumido en sus pensamientos, mientras que cientos de objetos y chismes que Stanley no reconocía lo rodeaban. Lo único que podía ver de él era su bonito pelo blanco que relucía bajo los rayos del sol.

Stanley se paró en seco y, guiado por su curiosidad, se acercó a la alta valla negra que rodeaba todo el jardín, con la esperanza de poder ver qué se traía entre manos el otro niño. Con sus manos se impulsó levemente sobre la valla, apoyando sus pies en una de las barras de la verja e inclinó su cabeza hacia un lado. Su boca se abrió por la sorpresa al ver un pequeño cohete conectado mediante cables a distintos dispositivos. El niño revisaba sin parar lo que parecían anotaciones que tenía desperdigadas alrededor suyo mientras fruncía el ceño.

Stanley, asombrado, escaló la valla más alto, quedando prácticamente su cabeza por arriba de esta. Sus ojitos observaron con curiosidad cómo el chico se incorporaba del suelo, limpiándose fugazmente la ropa, para después recoger una especie de caja del suelo conectada al cohete con un enorme botón rojo en su superficie. El niño de cabellos blancos se mordió el labio inferior, nervioso, mientras acercaba su dedo índice al botón. Se quedó sin moverse por unos segundos, sin estar seguro de si presionarlo o no. Finalmente, cerró los ojitos al mismo tiempo que activaba el cohete (o eso pensó Stanley) y éste echó a volar por encima de sus cabezas. No obstante, segundos después de que el pequeño cohete fuera disparado, empezó a realizar movimientos extraños, para después caer en picado al suelo de nuevo.

Al ver esto, Stanley no pudo evitar soltar una risita que llegó hasta los oídos del otro niño. Este se dio la vuelta de inmediato, mientras dejaba caer el botón al suelo del susto. Las mejillas del chico se tiñeron de rojo presa de la vergüenza al observar a Stanley apoyado sobre la valla. Con rapidez, el niño se agachó a recoger todo lo que estaba desparramado por el suelo. Stanley se calló al momento al ver la reacción del otro sintiéndose mal. Con cuidado subió sus piernas por encima de la valla, quedando sentado sobre esta.

—¿Qué haces? —intentó preguntar sacándose el chupachups de la boca.

El niño se giró, mirándolo de reojo. Su cara seguía pareciendo un tomate:

—Nada.

—¿El cohete lo has hecho tú? —Stanley quería seguir la conversación.

La cabecita de cabellos blancos asintió tímidamente aún sin mirarlo de frente.

—Es muy bonito, ¿y puede volar?

—Por el momento, no —respondió el otro con algo de tristeza.

Stanley observó con ojos curiosos todo lo que había desparramado en el jardín. No sabía exactamente cómo funcionaban esas cajas y dispositivos raros, pero sentía cierta intriga, tanto por el cohete como por el niño.

—¿Puedo ayudarte?

El infante lo miró desconfiado para después girarse y observar el cohete en el suelo. Finalmente, se encogió de hombros, mirando de nuevo a Stanley:

—Bueno, supongo que sí —los ojitos de Stanley se iluminaron al oír la respuesta de su nuevo amigo.

Con facilidad saltó desde lo alto de la valla mientras se metía otra vez el chupachups en la boca. Caminó con curiosidad hasta el otro niño, al mismo tiempo que observaba todo lo que había por el suelo.

—Me llamo Stanley —le saludó con una sonrisa.

—Yo Xeno.

Stanley asintió satisfecho y se sentó sobre la hierba mientras cogía del suelo un chisme que ni siquiera sabía para qué servía. Le empezó a dar vueltas, en busca de algún botón o palanca que activase algo. Al ver esto, Xeno se sentó al lado suyo y se lo quitó con rapidez:
—¡No lo toques! —exclamó enfadado.

—Perdón —murmuró Stanley mientras se sacaba el palo del chupachups de la boca, triste de que se hubiera gastado el caramelo— ¿Qué es? ¿Para qué sirve?

Xeno lo miró de arriba a abajo con el ceño fruncido, al mismo tiempo que volvía a enseñarle el dispositivo a Stanley:

—Es un módulo de control de la transmisión, se encarga de regular cosas como el cambio de marchas, además de proteger el motor y muchas otras cosas; no lo toques mucho.

Stanley asintió sorprendido, sin entender del todo bien lo que Xeno le había dicho, pero intentó hacerle saber que estaba interesado en sus palabras.

—¿Y eso? —señaló otro trasto a su izquierda.

—Es un termómetro, ¿nunca has visto uno? —Stanley se encogió de hombros negando con la cabeza— Es para calcular la temperatura.

—¿Y cómo puedo ayudar?

—De momento, no toques nada.

Stanley no se molestó porque Xeno no le dejase participar en sus cosas raras, se contentaba con poder observar todo lo que hacía.

—Esas matemáticas no las he visto aún en el cole —sorprendido, Stanley observó maravillado los números y letras apuntados en las hojas esparcidas a su alrededor.

—Son mates muy difíciles pero yo las entiendo —Xeno asintió orgulloso con una sonrisa al oírlo, feliz de que alguien reconociera su trabajo.

Con el paso de las horas ambos niños pudieron conocerse un poco mejor y, sin darse cuenta, ya era hora de que Stanley se marchase a por su hermana. Los dos se despidieron, un tanto tristes de tener que separarse, pero decidieron quedar al día siguiente en ese mismo sitio para continuar con su trabajo.

Stanley, feliz de haber conocido a un niño tan interesante como Xeno, se marchó dando pequeños saltitos. Por otra parte, Xeno no podía evitar que una sonrisa se dibujase en su rostro: por fin alguien lo tomaba en serio.

Con el paso del tiempo ambos niños habían desarrollado su amistad hasta el punto en el que Stanley pasaba las tardes en casa de Xeno. Los padres de este último estaban más que acostumbrados a la presencia del niño y le daban la bienvenida siempre que Stanley se presentaba allí.

–No deberías comer tanto azúcar —le recordaba Xeno cada vez que lo veía con un chupachups en la boca—, se te van a pudrir los dientes.

Stanley solo se encogía de hombros, restándole importancia.

Mientras, Xeno le enseñaba orgulloso todos sus nuevos inventos y Stanley le atendía en silencio, feliz de escuchar a su amigo hablar durante horas de las cosas que le apasionaban.

Sin embargo, al entrar al instituto, sus caminos se separaron.

A Xeno le adelantaron un curso, por lo que no podían ir juntos a clase, y Stanley conoció a un grupo de chicos con los que empezó a juntarse. A partir de este punto empezaron a hablar menos, Xeno seguía con sus inventos y sus cosas de chico listo (como Stanley solía decirle), mientras que este empezó a ser influenciado por los otros chicos.

Stanley empezó a fumar y eso a Xeno no le gustaba, pero decidió no decirle nada. No sabía cómo el chico iba a tomarse un sermón por su parte sobre “lo malo que era el tabaco para sus pulmones y las terribles consecuencias que esto podría conllevar en el futuro”.

Finalmente, llegaron al punto en el que no se hablaban. A sus 15 años Xeno estaba solo de nuevo. Sus compañeros de clase, al ser un año mayores que él, no buscaban hablarle o acercarse a él, pero eso poco le importaba. A la única persona que admitía extrañar en su vida era Stanley. A veces lo veía por los pasillos, con su típica expresión seria, mientras que los chicos alrededor suyo se reían por alguna tontería que habían dicho. Xeno se preguntaba si a Stanley realmente le caían bien, puesto que nunca lo veía sonreír con ellos, o al menos no de la misma manera que solía hacerlo cuando estaba con él.

Una tarde, Xeno había preferido quedarse en el laboratorio, con el permiso de su profesora de química, decidido a probar una serie de experimentos que tenía en mente. Manejaba con cuidado los matraces, esperando algún tipo de reacción después de haber mezclado distintos compuestos. Suspiró con pesadez, sosteniéndose el puente de la nariz, al ver que no surgía el efecto que él buscaba.

Miró el reloj de pared que marcaba las siete de la tarde, no quería quedarse allí mucho más tiempo. Recogió con cuidado todo lo que había usado y lavó minuciosamente las probetas. Sin embargo, una de ellas se le escurrió de entre las manos, quedando hecha añicos en el suelo del laboratorio.

Xeno no tuvo tiempo para enfadarse consigo mismo, puesto que escuchó una suave risa detrás suyo que no había oído en mucho tiempo. Se dio la vuelta, sorprendido, encontrándose con Stanley apoyado en el marco de la puerta. Sus ojos se encontraron después de mucho tiempo y Xeno no pudo evitar acercarse a él con pasos tímidos.

—Deberías llevar más cuidado —sugirió con burla Stanley.

Xeno rió suavemente.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí observándome?

—El suficiente para saber que no has conseguido hacer lo que querías.

Los dos se quedaron mirándose en silencio, hasta que Stanley entró en el laboratorio y observó con curiosidad a su alrededor.

—¿Qué querías hacer? —preguntó, indiferente.

—Estaba buscando una reacción que me pudiese ayudar con algo en lo que he estado trabajando últimamente —Xeno se rascó la nuca, hastiado—. No he conseguido absolutamente nada, a parte de tener que pagar una probeta nueva.

—¿Puedo ayudarte?

Xeno no pudo evitar sonreír al escuchar la pregunta de Stanley, recordando lo sucedido años atrás.

—Supongo que sí.

Desde ahí Stanley volvió a presentarse en casa de su amigo. Los padres de Xeno lo acogieron como solían hacer cuando eran unos niños y Stanley no podía ser más feliz escuchando a Xeno parlotear de nuevo sobre sus inventos, esta vez más complejos que nunca.

Por las mañanas, no dudaba en acercarse a la clase de Xeno de vez en cuando y mantener conversaciones con él mientras no empezaba la siguiente hora, y poco a poco había dejado de hablar con los otros chicos.

—¡Stanley! —una voz lo llamó a sus espaldas.

El mencionado se paró en seco en medio del pasillo. Estaba a punto de empezar la clase de matemáticas y Stanley no quería llegar excesivamente tarde. Se giró, encontrándose con uno de los chicos que formaban el grupo con el que solía juntarse.

—¿Qué quieres? Llevo algo de prisa.

Detrás del chico fueron apareciendo los demás del grupo, quienes saludaron a Stanley sonrientes. Uno de ellos le pasó el brazo por los hombros, acercándose a él mientras reía:

—¿A ti qué te pasa ahora, Stan? Llevas una semana sin aparecer donde solemos quedar. ¿Es cierto que ahora hablas con el raro ese? ¿Cómo se llama? ¿Keno…? ¿Xeno?

Stanley frunció el ceño, cansado de escucharlos hablar. Con algo de brusquedad quitó el brazo del chico de encima suyo, apartándose molesto.

—Es mi amigo —respondió sin más, dispuesto a marcharse, sin embargo, alguien lo agarró del brazo mientras que unas risas molestas hacían eco en el pasillo.

—¿Es broma, no? ¿Tú lo has visto? —las risas se le metían en el oído hasta el punto de hacerle daño— Se pasa tardes en el laboratorio haciendo cosas raras. Algún día va a hacer estallar todo esto.

—¿A ti qué te importa? —Stanley se soltó del agarre girándose enfadado— No hace daño a nadie.

El otro chico se alejó de él subiendo las manos en símbolo de rendición:

—Cálmate, ¿vale? No he dicho nada que sea mentira ¿Por qué te molesta tanto? Ni que fuera tu novia.

Las risas se hicieron oír de nuevo y Stanley no pudo aguantarlo más. Sin pensarlo mucho, le propinó al último que había hablado un puñetazo en la mejilla, dejándolo en el suelo. Sus amigos se alarmaron al verlo así y uno de ellos fue a devolverle el golpe, pero Stanley lo pudo esquivar con facilidad. Intentó marcharse sin crear más peleas, pero otro de los chicos se abalanzó sobre él tirándolo al suelo para después darle un puñetazo en la cara. Stanley se defendió como pudo, quitándoselo de encima, para después correr, dejándolos atrás.

Consiguió llegar al baño, donde se encerró intentando calmarse. Suspirando, se miró en los espejos de los lavabos, encontrándose con un enorme moretón en su mejilla derecha mientras que su nariz sangraba por uno de los orificios. Además, le habían partido el labio, haciendo que algo de sangre se escapase por la herida. Cogió algo de papel e intentó parar la hemorragia.

Se asustó cuando escuchó la puerta del baño abrirse, esperando encontrarse con los chicos con los que se había pegado hacía unos minutos. Pero su miedo se fue al instante al ver a su amigo mirándole sorprendido. Xeno se acercó a él rápidamente con preocupación.

—¡¿Stanley?! ¿Qué te ha ocurrido? ¿Estás bien?

Xeno sostuvo con cuidado su rostro, mirando preocupado su mejilla morada.

—No es nada, no te preocupes, he tenido una pelea pero estoy bien.

Los dedos de Xeno acariciaron con cuidado el labio inferior de Stanley, frunciendo el ceño al ver la sangre. Mientras, el otro chico no pudo evitar sentir como su corazón comenzaba a latir más rápido al tener tan cerca a su amigo. Las mejillas de Stanley se ruborizaron con suavidad al sentir como Xeno intentaba quitarle la sangre de los labios con un trozo del papel que él mismo había cogido anteriormente.

—Deberías irte a casa a descansar—murmuró Xeno—. ¿Quién te ha hecho esto?

—Los imbéciles de mis… ¿Amigos? Aunque supongo que ya no los puedo llamar así.

Xeno negó con la cabeza, enfadado. En ese momento lo único que quería hacer era buscar a los chicos que le habían hecho daño a Stanley, pero ¿entonces qué? No sabía defenderse y mucho menos pelear en condiciones. Suspiró, cansado de la situación.

—Vamos a mi casa.

Stanley levantó una ceja, extrañado.

—Xeno, tienes clases a las que ir, mejor me voy y ya veo qué hacer. No te preocupes más, de verdad.

—Eso es lo de menos ahora, vamos — Xeno tomó su mano, obligándolo a salir de los baños.

Sin saber muy bien qué hacer, Stanley se dejó llevar por su amigo, algo tranquilo de poder tenerlo a su lado, aunque eso no lo iba a admitir en voz alta.

Cuando llegaron a casa de Xeno, éste lo llevó a su habitación y lo obligó a sentarse en la cama.

—No te muevas, enseguida vuelvo.

Al rato, Xeno llegó con lo que parecía un botiquín, y se sentó a su lado. De él sacó algo de algodón y alcohol para desinfectar las heridas. Aplicó un poco sobre un trocito de algodón y con cuidado lo pasó por encima de los labios de Stanley.

—¡Au! —Stanley no pudo evitar girar su rostro al sentir el alcohol sobre la herida.

—Perdóname —murmuró Xeno mientras lo sostenía de la barbilla para poder ver mejor donde tenía que aplicar el desinfectante.

Stanley intentó centrarse en el cuarto de Xeno, en los pósteres que tenía en las paredes, los millones de libros que decoraban sus estanterías, pero no podía evitar volver sus ojos al rostro de su amigo, que estaba a centímetros de distancia del suyo. Xeno no se daba cuenta de esto, ya que estaba demasiado centrado en poder curar las heridas del otro chico. Sin embargo, no tardó mucho en reaccionar y girar su rostro hacia otro lado mientras se ruborizaba.

—¿Por qué te has pegado con ellos, Stanley? No eres la clase de persona que busca problemas.

Stanley se quedó en silencio, observando la mirada de tristeza que decoraba los ojos de Xeno.

—Me estaban molestando.

—¿Tiene que ver conmigo?

Los ojos de Stanley se abrieron un poco de más, delatando su sorpresa, a lo que Xeno suspiró angustiado.

—Lo siento tanto, Stan. No quería causarte problemas —habló de nuevo—. Es mi culpa que estés así.

Stanley negó rotundamente sus palabras con un movimiento de cabeza sosteniendo rápidamente la mano de Xeno.

—Eso no es cierto, tú no tienes la culpa de nada. Se estaban comportando como unos idiotas, yo solo hice lo que creía correcto.

Xeno le sonrió con tristeza mientras suspiraba.

—No vuelvas a hacer algo así.

A Stanley solo le quedó asentir, sin poder decirle nada más. Desde ese entonces, solo quedaron ellos dos.

Una tarde que Xeno había decidido autoinvitarse a la casa de Stanley, se encontró con su amigo en lo que asumió un juego por parte de su hermana pequeña. Charlotte y Stanley estaban sentados en el suelo de la habitación de este último, la niña, quien tenía una cajita sobre sus piernas llena de maquillaje, pintaba los labios de su hermano con un pintalabios morado.

Al ver a Xeno entrar a su habitación, Stanley se ruborizó por la situación girando su cabeza hacia la izquierda, en un intento de que su amigo no viera el maquillaje que su hermana le había puesto. Xeno, en cambio, rió ligeramente y se sentó a su lado, mientras saludaba a Charlotte.

—No te escondas, Stan—le dijo en voz baja—, te queda bien.

El chico solo pudo sonrojarse más al escuchar las palabras de Xeno, quien rió de nuevo al ver las orejas rojas de Stanley.

Al día siguiente, Stanley volvió a presentarse en la casa de su amigo, quien no pudo evitar sorprenderse al ver sus labios pintados de un bonito color morado que le resultaba bastante familiar.

—Me gusta —le explicó Stanley de forma simple.

Pero para Xeno eso era suficiente.

Los años de instituto pasaron en un parpadeo, y pronto ambos tuvieron que decidir qué querían hacer con sus vidas. Stanley, al venir de una familia de militares, decidió seguir los pasos de su padre y se alistó en el ejército. Mientras tanto, Xeno se decantó por marcharse a estudiar a Massachusetts, en la universidad de Harvard.

Xeno no podía evitar tener miedo al separarse de Stanley de una forma tan repentina. Temía que ambos dejaran de hablar de nuevo, y más teniendo en cuenta lo ocupados que estarían a partir de ese momento. Stanley le dijo que no se preocupara, que lo llamaría todos los días si eso lo tranquilizaba.

A partir de entonces, Xeno esperaba con ansias la llamada diariamente. Jugaba con las manos de forma nerviosa, observando de reojo el teléfono fijo que había en la residencia de la universidad, esperando que sonara en cualquier momento. Y, al primer “ring”, descolgaba impacientemente, esperando escuchar la voz de su amigo.

—¿Qué tal? —preguntaba Stanley con una sonrisa.

Y eso era suficiente para que Xeno también sonriera.

Hablaban de cualquier nimiedad, pero ninguno se aburría. Después de todo, ese momento era el más esperado del día.

Al fin, Stanley obtuvo un fin de semana libre y no dudó dos veces antes de comprar un billete de avión directo a Massachusetts. Cuando llegó al aeropuerto de su destino, envió una foto a Xeno con las palabras “Adivina dónde estoy”. Ambos quedaron en verse en una cafetería y, cuando se encontraron, Xeno no pudo evitar fijarse en lo mucho que había cambiado el físico de su amigo en tan poco tiempo.

—¿Qué miras tanto? —rió Stanley al verlo.

Xeno solo pudo negar con la cabeza.

Tomaron asiento en una de las muchas mesas del establecimiento y comenzaron a ponerse al día esperando que les atendieran.

—Extrañaba verte —una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de Stanley al hablar—, tengo que admitir que he echado de menos tu estúpido peinado.

Xeno enarcó una ceja:

—No es estúpido, es único… Y elegante.

—Lo que tú digas.

Pronto, una chica joven vino a tomarles nota. Stanley pidió un té con leche mientras que Xeno se decantó por un café solo.

—¿Té con leche?

—¿Qué? ¿No te gusta?

—No es eso —respondió Xeno negando con la cabeza—, es que no te pega.

—Supongo que no me conoces tanto como tú crees.

Stanley sacó un cigarro de la cajetilla que había comprado minutos atrás de camino a la cafetería y comenzó a jugar con él entre sus dedos.

Xeno habló sobre su campus, sus clases y los profesores que peor le caían (eran casi todos), y Stanley le escuchaba en silencio asintiendo a cada cosa que decía. Se sabía de memoria los nombres de los docentes que le daban clase a su amigo, además de tener un mapa mental de la universidad a la que asistía de tantas veces que Xeno le había comentado sobre estos temas, pero no le importaba, con escuchar la voz del chico era feliz.

Xeno paró de golpe de hablar, observando con el ceño fruncido el objeto que daba vueltas entre los dedos de Stanley:

—¿Sigues fumando? ¿Aun después de haberte alistado en el ejército? —preguntó, cruzándose de brazos.

El cigarro paró de girar.

—Sí, aunque no tanto como antes —Stanley se encogió de hombros—. Solo tengo permitido fumar en las horas libres, así que aprovecho siempre que puedo.

—Deberías dejar eso, es muy malo para ti.

—Tú bebes café todos los días, podría decirte lo mismo.

—No me puedes comparar la cafeína con la nicotina, Stanley.

—Es una droga también —Stanley apoyó su barbilla entre sus manos, observando con una sonrisa a Xeno, quien no pudo evitar devolvérsela.

—Vamos a dejar el tema.

Minutos después, tanto el café como el té llegaron a su mesa. Ambos se dispusieron a hablar de otras cosas al mismo tiempo que tomaban sus respectivas bebidas.

—¿Puedo probarlo? –preguntó Xeno, señalando con curiosidad el té con leche.

Stanley se lo ofreció y el otro le pegó un sorbito, pero su cara se deformó rápidamente en una expresión de asco.

—Es demasiado dulce —murmuró Xeno al mismo tiempo que negaba con la cabeza y le devolvía el té a su propietario.

—Más para mí.

Stanley le habló de algunos de sus compañeros, contando algunas de las trastadas que sucedían en las prácticas. Mencionó a Maya, una chica que, por muy imponente que pareciese, disfrutaba de cantar a todas horas. También mencionó a un tal Henry, un hombre de una edad avanzada que había decidido alistarse en el ejército “por pura diversión”. Xeno reía, escuchando las anécdotas que Stanley le contaba, y este último no podía estar más feliz de oír ese bonito sonido cada vez que los labios de Xeno se separaban.

Pronto, las horas pasaron y el sol empezó a esconderse detrás de los altos edificios, dejando pasar a la noche tras él.

Ambos chicos se levantaron de sus asientos, felices de haber podido verse durante unas horas, aunque también tristes de saber que pronto tendrían que despedirse.

Xeno salió a la calle, siendo recibido por la luz de las farolas, y Stanley fue detrás de él, con su chaqueta colgada en el brazo. Xeno observaba la luna con cierta nostalgia en sus ojos, aunque no sabía ciertamente por qué. Stanley caminó hasta ponerse a su lado:

—Hay que repetir lo de esta tarde.

Xeno se giró para mirarle, asintiendo.

El viento corría con suavidad, dejando una buena noche tras su paso. Xeno se acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja:

—Será mejor que te marches, no quiero que llegues muy tarde al hotel —mencionó, mostrándose preocupado por la seguridad de Stanley.

—No te preocupes, no está muy lejos de aquí.

El silencio volvió a reinar entre ellos, pero no de forma incómoda. Xeno caminó hasta ponerse detrás de Stanley al mismo tiempo que tendía sus manos, esperando a que su amigo le diera su chaqueta y así ayudarle a ponérsela. Stanley sonrió de soslayo y se la ofreció sin rechistar. Xeno la sostuvo entre sus dedos y pasó una de las mangas por el brazo de Stanley, quien le hizo caso.

Después de terminar con su pequeña tarea, Xeno se quedó mirando la espalda de su amigo, pensativo. Stanley se giró, quedando su rostro a centímetros de distancia del de Xeno. Este último levantó la mirada, sorprendido de estar ambos tan cerca el uno del otro.
—Debería irme —titubeó algo nervioso Xeno, dispuesto a darse la vuelta.

Sin embargo, todos sus planes fueron frustrados cuando sintió una mano apoyarse en su nuca, atrayéndolo hacia delante. A Xeno no le dio tiempo a sorprenderse antes de que sus labios rozaran con los de Stanley en un pequeño beso. A los segundos, este último se separó algo nervioso, avergonzado de mirar a Xeno a la cara, pero este no lo dejó alejarse más al poner sus manos alrededor de su cuello en busca de su boca de nuevo. Stanley le correspondió, abrazando con cuidado su espalda baja, sin poder evitar sonreír en medio del beso.

—¿Crees que la habitación que has reservado será apta para dos personas? —murmuró Xeno nervioso después de separarse nuevamente de él.

—Claro que sí —Stanley le miró con las mejillas sonrojadas, sin poder borrar la sonrisa que resplandecía en su rostro.

Xeno entrelazó sus dedos con los del otro chico, siendo correspondido al momento. Ambos caminaron sonrientes, sin poder apartar la mirada del otro, dispuestos a pasar más tiempo juntos, pero esta vez como algo más. ¿Quién sabe qué les depararía el futuro?

Notes:

Muchas gracias por darle una oportunidad y leerlo, espero que os haya gustado, o por lo menos, entretenido. ^^