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I.
Marta llamaba al botón del ascensor un poco frustrada. Al portero del edificio se le había olvidado colgar el cartelito de ‘Fuera de servicio’, así que llevaba 5 minutos ahí plantada como una maceta. No le apetecía lo más mínimo subir con tres bolsas de la compra por las escaleras; suficiente había tenido con llevarlas hasta la casa, como para hacerse de gratis el entrenamiento de crossfit (el peor deporte del mundo según ella).
-No te molestes, no funciona. -dijo a sus espaldas una voz que ya empezaba a hacérsele conocida por haber coincidido varias veces con ellas.
Se dio la vuelta para encontrarse con la amiga de Tasio y Luis, la que se había quedado dormida en su sofá varias semanas atrás. Había coincidido varias veces con Fina desde entonces y cada vez le caía mejor esa chica. Sobre todo porque se llamaba Serafina y no Josefina como ella pensó en un primer momento.
-¡Ey, hola! Ya me lo temía yo... Llevo un rato aquí y no hay manera de que funcione, la luz se enciende para indicar que el ascensor baja pero aquí no aparece nada. Otro día más en el edificio, supongo.
-Te va a tocar usar las escaleras. Espera, deja que te ayude.
Antes de que Marta pudiese preguntarle si estaba segura, Fina ya se había cargado la tercera bolsa de su compra en una mano. En la otra llevaba una bolsa llena de bebidas alcohólicas que seguramente acababa de comprar.
-¿Estás segura? -preguntó la rubia. Acababa de volver de un mercado local con tres bolsas llenas hasta el límite de verduras, frutas y medio kilo de hojas de té (que Fina no tenía ni pruebas ni dudas de que sabía a puro césped), y mucho se temía que fuera demasiado para lo que la chica podía soportar.
El moño de la morena estaba flojo y se le habían escapado varios mechones de pelo. Su energía era errática, como si hubiera tomado dos o tres ron cola y no supiera dónde poner toda esa alegría de borracha.
-Tranquila, soy una mujer fuerte y con múltiples recursos. -alardeó FIna
Subieron dos tramos de escaleras en relativo silencio, solo interrumpido por el sonido de las bolsas golpeando sus piernas. Y entonces, justo antes de llegar al último descansillo, se oyó un crujido bastante sospechoso proviniente de las manos de la morena. Esa bolsa que andaba cargando Fina se abrió por abajo con un ruido terriblemente trágico, y en menos de dos segundos una avalancha de naranjas comenzó a rodar escaleras abajo como si huyeran de su destino.
-¡Hostia! ¡Joder, no! ¡PARAD AHORA MISMO! -gritó Fina, lanzándose tras ellas como si pudiera atraparlas con la fuerza de la voluntad o quizás una telequinesis recientemente desarrollada.
Marta se quedó un segundo parada, contemplando el caos con una mezcla de resignación y amor por lo caótica que podía llegar a ser la vida. Fina estaba en cuclillas en mitad del tramo de escalera, estirando los brazos en todas direcciones como si jugara una partida de Twister contra los cítricos. Claramente iba perdiendo contra un puñado de naranjas, una cosa un poco vergonzosa si le preguntabas a cualquiera de las dos en cualquiera de sus mejores momentos de sobriedad.
-¿Te entrenas para los sucesos de la vida o todo te así de natural siempre? -preguntó Marta mientras bajaba los escalones para ayudarla a capturar a las fugitivas.
Fina alzó la vista con las mejillas rojas, una naranja en cada mano.
-Vivo improvisando sobre la marcha.
-Se te da bastante bien. Aunque parece que tus átomos son más torpes que tú. Es como si fuesen por libre.
Fina frunció el ceño.
-¿Mis átomos?
-Sí, no sé. -Marta se encogió de hombros mientras descendía un tramo más para recoger una naranja que había chocado contra la puerta de entrada de un vecino. -Es como si temblasen más que los del resto de la gente. Por eso todo se te cae, o se te escapa, o te explota entre las manos.
Fina la miró como si le hubieran descubierto un secreto que ni ella sabía.
-¿Y eso es malo?
Al ver a la chica agachada en un escalón, con la bolsa rota al lado y rodeada de fruta que todavía intentaba escapársele, la mayor sintió un nudo inexplicable de ternura en el pecho.
-No necesariamente. -respondió. -Solo es... muy distintivo.
-Vamos, que es terrible. Una absoluta desgracia. Un regalo de miseria pura.
La rubia rió ante la idea. Pensó en si confesarle o no que la bolsa de fruta ya llevaba crujiendo más de cinco minutos antes de encontrársela a ella en el portal, y eventualmente decidió no hacerlo. Iba a ser divertido ver cómo todo se desarrollaba.
II.
-¡Yo la abro! -dijo Fina, alzando la botella de champán como si fuera una antorcha olímpica.
Estaban todos en el salón del piso, que olía a pizza, velas de Marta y ambientador de peonía (de Marta también). Habían improvisado una cena para celebrar (¿Qué celebraban? Algo, lo de Marta en el trabajo quizás, pero ya nadie se acordaba) un ascenso laboral, que quizás no era mucho pero era excusa suficiente para juntarse y brindar. O tal vez simplemente era por la excusa de sobrevivir otra semana laboral/estudiantil.
-¿Estás segura de lo que vas a hacer? -preguntó Luis protegiéndose la cara.
-¿Fina con un objeto explosivo? -añadió Carmen.
-Soy una mujer adulta y funcional con un sentido de la visión aceptable. ¡Y no, no voy nada borracha! -anunció Fina, tratando de sacar el tapón con una confianza que no sentía que estuviese ahí. -Lo tengo todito todo controlado.
Marta, desde la mesa, la miraba sonriendo y tratando de anticipar lo que iba a pasar. Su codo estaba apoyado en la madera de la mesa y giraba la copa vacía entre los dedos. La chica intentó abrir la botella sin hacer mucho escándalo. Pero el corcho estaba decidido a resistirse. Giró, tiró, sudó un poco. Al final, aplicó más fuerza de la cuenta y... ¡POP!
El corcho salió disparado con una fuerza antinatural, rebotó en el marco de una estantería y fue a dar directamente en la lámpara halógena del techo.
Un estallido seco llenó la sala. La barra de la luz parpadeó por unos instantes. Y luego, con una elegancia casi cinematográfica, se desprendió y cayó al suelo haciéndose añicos ante la vista de todos los presentes. Se hizo un silencio sepulcral por unos instantes y luego Tasio soltó una carcajada ahogada. Luis aplaudió casi por reflejo. Claudia cubrió su copa con la mano como si así pudiera evitar que le cayera dentro algún cristal.
Fina se quedó inmóvil con la botella aún inclinada y el champán derramándose lentamente sobre su mano. La única luz del cuarto provenía de una vela en el centro de la mesa.
-Bueno, pues nada. Ya no necesitamos las luces, el salón se va a iluminar con mi vergüenza.
Marta fue la primera en moverse. Caminó hasta ella con pasos lentos, cogió la botella de sus manos, la enderezó y le limpió la mano con una servilleta.
-¿Sabes qué creo? -dijo, mientras la miraba de cerca, con las cejas levantadas- -Que tus átomos estaban demasiado emocionados hoy y se han adelantado al brindis grupal.
Fina intentó hablar, pero solo consiguió soltar una risa nerviosa antes de poder articular palabra. La más mayor casi se parte en dos de tanto reírse y a ella la siguieron el resto de integrantes de la escena. Aquello había superado todas las expectativas.
-Voy a barrerlo. Lo barro yo, jurado. Ni borrachera ni gaitas. ¿Dónde está la escoba? ¿La tenemos? ¿Tenéis escoba en este piso, no?
-La tenemos. -dijo Marta, aún sonriendo. A ella no se le había subido tanto el alcohol como a los otros comensales. -Y no te preocupes por nada, que el seguro de la casa invita a la próxima ronda de lámparas.
III.
El sol caía suavemente sobre la playa, ese tipo de luz que ya no calienta tanto pero que todavía hace que te escueza la piel si te quedas mucho rato al descubierto. Las toallas estaban desperdigadas para marcar el territorio conquistado de los chicos, y entre las sombrillas, el alcohol y el murmullo del mar, alguien (probablemente Luis) había propuesto jugar al voley como si no tuvieran todos resaca o agujetas del día anterior.
-¡Va chavales, equipos mixtos! -gritó Tasio, ya con la camiseta en la mano y la red improvisada colgando de dos palos de madera clavadas en la arena.
Fina acabó en el equipo contrario al de Marta, lo cual en teoría debería haberle dado un respiro pero en la práctica la tenía más nerviosa que nunca.
Marta estaba en su equipo con Isabel, que no se separaba mucho de su lado. Las dos se besaban entre punto y punto, y Marta le colocaba bien el pelo cuando se le caía sobre los ojos. Fina lo observaba todo desde su campo con una mezcla de ternura y envidia absoluta hacia Isabel.
-Finulis, concéntrate. -le dijo Tasio palmeándole la espalda. -Que nos jugamos la cena con este punto. No la cagues, por favor. Sólo tienes una tarea. Una
Todo iba medianamente bien hasta que la pelota voló un poco más alto de lo habitual y Fina, con todo el entusiasmo del mundo, se lanzó a por ella con un salto que no calculó bien. Lo que pasó después fue una tragicomedia en tres actos: Fina calculó mal el salto, cerró los ojos, y golpeó la bola... pero no con las manos sino con la cara.
-¡Ojú! -gritó alguien. Tal vez era Carmen, o tal vez Claudia.
Fina se llevó la mano a la mejilla por acto reflejo y se agachó, más por el susto que por el dolor. Marta se acercó corriendo hacia ella por debajo de la red.
-¡Fina! ¡Tía, lo siento! ¡No te vi! ¡O sea sí, te vi, pero... no como objetivo mortal!
-Estoy bien. -dijo entre dientes. -No me has roto el cráneo, tranquila.
-¿Segura? ¿Quieres hielo? ¿Agua? ¿Una identidad falsa para huir a otro país?
La más joven soltó una risa entre dientes, frotándose la sien.
-Me bastaría con un kilo de dignidad para compensar el que se me ha caído hace un minuto, gracias
-Ya decía yo que era muy raro que tus átomos no estuviesen tramando algo hoy, ¿eh?
-Mis átomos me quieren fuera del juego, aparentemente. -murmuró Fina, deseando que la arena la tragase.
Marta la miró un segundo más de lo necesario. Luego se giró hacia Isabel, que ya sacaba el móvil para mirar “posibles consecuencias fatales de golpes leves en la cabeza" en Google.
Fina se apartó, roja hasta las orejas, mientras Tasio le ofrecía un puñetazo amistoso en el hombro en señal de apoyo.
-Al menos ha sido memorable. -dijo su amigo. -No te preocupes, que nadie se ha dado cuenta de que te vuelve loca la prima de Luisito.
Fina suspiró, recogiendo la pelota semienterrada en la arena.
-Yo sólo quería parecer medianamente competente delante de ella. Y de la estúpida de su novia, ya que estamos. Es que me cago en sus muertos, de verdad.
-Típico de Fina. -contestó Tasio. -Que se te descontrolen los átomos cuando la miras, digo. Tendremos que apuntarlos uno a uno a un curso de gestión de las emociones.
IV.
La cena había empezado bien, mucho mejor de lo que terminó. Marta había hecho 'banitsa' búlgaro, Luis se había encargado de poner música (sacada directamente de las playlist de su prima preferida), Tasio no aportaba más que su presencia a la escena, Carmen había animado la velada cantando a medias todo lo que ponía el altavoz y Fina le tocaba las palmas. Ésta última había traído además una botella de vino sin saber si era tinto, rosado o simplemente vino, porque la etiqueta estaba en francés.
Había algo muy familiar en la escena. Todos hablaban entre sí, reían y se pasaban platos con la confianza de quien ya ha compartido resacas, celebraciones y domingos en el sofá. Fina estaba sentada entre Claudia y Marta, la cual lucía una manga de la camisa doblada hasta el codo y los tirabuzones cayendo libremente sobre sus hombros.
La chica intentaba no mirar demasiado a la que tenía claro que era la mujer más guapa del mundo. Ya era un ejercicio habitual que siempre terminaba fallando miserablemente. Odiaba que tuviese una novia tan perfecta y tan insoportable como esa tipa con la que andaba saliendo. En uno de esos gestos típicos de Serafina Valero, quiso mover la copa para hacer espacio a un bol de arroz que acababa de traer Carmen directamente del hervidor. Pero sus átomos decidieron lo contrario.
Todo pasó en un segundo: la copa se inclinó, Carmen dio un salto atrás, una reacción en cadena de gritos ahogados... y la mano de Marta estirándose a su lado para agarrar la copa justo antes de que el líquido rojo se derramara sobre la mesa. La cogió al vuelo con una precisión de ninja. Ni una sola gota se derramó sobre el mantel.
-¡Hostia! -soltó Fina, congelada.
Marta miró la copa en su mano y luego a Fina. Tenía una ceja levantada y una media sonrisa burlona, como si hubiese estado esperando ese momento toda su vida.
-Cada átomo del cuerpo de esta persona estuvo en un rayo antes de que ella naciera. -dijo la morena dirigiéndose al resto de los presentes, todavía impresionada por el gesto tan hábil de su amiga.
Marta dejó la copa en la mesa, sin mirar a nadie más que a la chica que tenía a su lado.
-Tranquila. Mis reflejos ya están entrenados. -dijo, con voz suave, como si lo demás se hubiera silenciado por un segundo. -Son mis átomos, que ya se adaptan muy bien a los tuyos.
Fina parpadeó. Iba a decir algo, pero Tasio hizo un brindis improvisado por las grandes capacidades de Marta y el momento se rompió. O quizás no del todo. Porque durante el resto de la noche, cada vez que la más mayor alzaba la copa Fina se preguntaba si de verdad lo hacía por brindar o por recordar que el recipiente no había llegado a arruinarse. Ni la copa, ni la noche, ni la tensión extraña que sentía en el corazón cada vez que la miraba. Había vuelto tan guapa de su viaje por el mundo...
Lástima que tuviese novia.
V.
Fina, después de haber intentado cerrar una botella de agua deportiva durante los últimos tres minutos, ya estaba por tirar la toalla: el tapón simplemente no quería enroscarse si era ella quien lo ponía en su sitio. Daba vueltas, salía disparado, volvía a caer... Y como siempre todo el proceso terminaba con Fina en el suelo buscando el maldito tapón por debajo de la mesa. Ya era la cuarta vez que lo intentaba.
-No lo sé, es como si tuviera manos de mantequilla o algo así. Siempre me pasa esto, te lo juro tía.- la chica levantó la vista, intentando restarle importancia a su frustración.
-¡Fina! -dijo la rubia acercándose a ella con una sonrisa que su novia conocía ya muy bien. -¿Necesitas ayuda?
Ella echó la cabeza atrás en frustración y suspiró.
-Es que no sé por qué, pero siempre me sucede lo mismo. Mis zarpas de mapache no sirven para trabajos manuales. ¡Ni para esta mierda! -exclamó resignada a perseguir nuevamente al tapón, que seguía escapando de su alcance. -Mis átomos, que son muy torpes… Es que simplemente no quieren colaborar.
Fina trataba de llenar el silencio y quitarle dramatismo a la situación, aunque su voz temblase un poco. Se sentía tan estúpida cada vez que su cuerpo fallaba delante de Marta...
Su novia le cogió la botella de entre las manos sin dudarlo y la dejó sobre la mesa. Luego la miró a los ojos con una intensidad que Fina no había notado hasta entonces. Los colores de la tarde se filtraban entre los rizos de Marta, y la luz de la habitación se volvió más cálida. Más cercana incluso. Con un simple giro, Marta encajó el tapón perfectamente. Continuó mirando a Fina mientras lo hacía, con esos ojos azules suyos tan llenos de amor; amor que Fina sentía pero nunca había sabido a qué se debía, pues no se terminaba de sentir merecedora de tal honor.
La mayor dejó la botella sobre la mesa y, en un impulso, tomó las manos de Fina con suavidad. Era un gesto amable, muy cariñoso, como si su cuerpo supiera que había algo que necesitaba ser dicho en ese momento... y aunque a la morena le sorprendió el gesto (para qué negarlo), tampoco intentó zafarse; quizás aquello que estaba pasando no fuese solo una metedura de pata más de la lista. Sus dedos se quedaron entrelazados de una forma tan natural que casi parecía que hubiesen nacido para quedar encajadas así.
-Fina… -dijo Marta con su voz más suave. -Tús átomos son perfectos así como son. Cada uno de mis átomos está enamoradísimo de los tuyos.
Fina, desconcertada, le devolvió la mirada con los ojos muy abiertos y luego se inclinó para besarla. El mundo pareció desvanecerse a su alrededor. Ya no estaban en el salón. No había botella, ni tapones rodando, ni caos. Solo estaban ellas dos con las manos unidas. Nada más importaba.
Por primera vez en mucho tiempo la más joven no tropezó con nada. Ni con sus palabras, ni con un tapón, ni con la pata de la mesa ni tampoco con sus propios sentimientos. Solo sonrió, como si tras tanto tiempo buscando finalmente hubiera encontrado su lugar en el mundo.
II. Extra
Cuando Marta arrastró la escoba debajo del sofá en su limpieza semanal, escuchó el sonido tintineante de algo que había quedado atrapado en las fibras del cabezal. Se agachó para ver qué podía ser y ahí (entre pelusas y un ticket de supermercado arrugado que seguramente era de Luis) encontró un pequeño fragmento de cristal.
Lo sostuvo en la palma, girándolo bajo la luz que entraba por la ventana. Era parte del cristal del halógeno. Fina. El champán. El pop que había hecho reír a todo el mundo y que a ella le había dejado pensando en algo más.
Caminó hasta su habitación con la esquirla entre los dedos, tratando de no cortarse. Una vez estuvo allí abrió el segundo cajón del escritorio y sacó una cajita pequeña que ya ni recordaba dónde consiguió. Dentro había un amuleto que le regaló su madre, las entradas de los conciertos más recientes a los que había ido, una pulsera que Luis le había comprado en algún momento de sus últimas vacaciones, una postal de Portugal… Recuerdos que en esa caja no tenían orden, solo peso emocional.
Metió el trozo de cristal dentro sin pensarlo demasiado y cerró la caja. Antes de salir de la estancia se quedó un momento mirándola, como si esperara que le respondiese alguna de sus cuestiones.
-Tus átomos dicen mucho más de lo que crees, Serafina... -susurró en voz baja, con una sonrisa nostálgica. -Y los míos quieren escucharlos, aunque aún no te lo creas.
