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Ser omega era una mierda. Ese fue el primer pensamiento de Kuroo cuando vió sus resultados médicos, con apenas quince años y la mirada preocupada de sus padres sobre él. Ahora, con dieciocho, cayendo al piso por un celo repentino y completamente solo en los vestidores del gimnasio, lo mantenía.
No importaba cuántos supresores tomara, ni cuántas veces se asegurara en su calendario que faltaban días para su calor, siempre habían momentos como ése. Su cuerpo decidía joderlo porque le parecía divertido, hacía arder sus entrañas, provocaba calambres en sus músculos y, para hacerlo aún más vergonzoso, lo jodía con la necesidad apremiante de tener una polla metida hasta lo más profundo de su ano.
—Me cago en los malditos subgéneros—recriminó con rabia, llevando una mano hasta su vientre en un intento de aliviar los calambres que le hacían gemir de puro dolor y frustración.
¿Ahora qué demonios se supone que haría? En cualquier momento llegarían el resto de los chicos, y aunque Kuroo podía confiarles su estrategia de juego y su vida, sería completamente estúpido si pudiera confiar en ellos para mantener su maldita virginidad. Al final no sabía quiénes eran peores. Si los omegas cayendo en cualquier jodida esquina con un celo infernal, o los alfas con medio cerebro incapaces de resistirse a un poco de olor y un agujero húmedo.
—Por favor, si alguien va a entrar que sea Kenma, o Akaashi—pidió en un lloriqueo, eran los únicos dos en los que confiaría en una situación así, siendo dos betas capaces de resolver cualquier problema. Mientras, él decidió que debía alejarse lo más posible de la puerta.
Aún con sus piernas temblorosas y los calambres incontrolables en su abdomen logró ponerse de pie por un corto tiempo, el suficiente para apoyarse contra los casilleros y ver, como un glorioso tesoro, su celular apoyado entre sus sudaderas.
Lo agarró con una sonrisa triunfante, viendo su boleto de salvación fuera de esa situación, sin embargo la suerte no era algo de lo que Kuroo pudiera jactarse. La puerta se abrió de par en par, sobresaltándolo y mandando a volar su celular a pocos metros de él, metros que en circunstancias normales vería con cierta flojera, y que ahora veía con completo horror.
Miró sobre su hombro, observando la figura bajo el marco de la puerta deseando que se le concediera aunque sea un poco de misericordia, como Yaku, por ejemplo, quién no dejaría de burlarse por al menos tres meses, pero lo llevaría a la enfermería sano y salvo. En cambio, se encontró con Bokuto.
—No puede ser—lloriqueo, dejándose caer una vez más al piso con sus esperanzas mermadas.
Estaba acabado, su olor cada vez era más incontrolable, sus calambres más fuertes, y aunque había logrado mantenerse cuerdo hasta el momento, estaba seguro que eso cambiaría en segundos.
Intentó consolarse diciéndose que al menos era Bokuto. Conocía al alfa desde hace dos años, era un idiota cabeza de voley, pero seguro sabía cómo tratar a un omega ¿No?.
—¿Bro?—llamó el alfa sin moverse—.¿Por qué hueles tan bien?.
Oh joder. Quería morirse.
—Bokuto—el nombre se le hizo difícil de decir, casi como si su voz se negara a darle la entonación adecuada, eso por supuesto pareció llamar la atención del alfa.
Kuroo sintió sus hombros tensarse apenas notó al alfa acercarse, su mente y cuerpo se encontraban divididos, su parte racional y humana diciéndole que iba a salir completamente jodido de allí, mientras su parte instintiva y animal pedía desesperadamente que Bokuto llegara hasta él.
—¿Bro? ¿Qué te sucede?.
Bokuto se arrodilló frente a él, tocando su frente y una de sus muñecas con delicadeza, Kuroo lo observó con la poca cordura que le quedaba y frunció el ceño.
—Deja tu jodido teatro—amonestó, llevando una de sus manos al flequillo del alfa y tirando de él. Bokuto gruñó, pero una sonrisa se extendió en sus labios, sus ojos dorados adquiriendo una tonalidad oscura, casi ocre.
—Ayya, solo intento ser considerado—se quejó el alfa. Kuroo chistó, sintiendo su cuerpo picar ahora que tenía a un alfa oliendo jodidamente bien a pocos centímetros de su posición.
—Considerado, sé considerado y llama a un jodido profesor entonces—exigió, un jadeo necesitado escapando de su ser cuando su cuerpo fue empujado al piso frío, con tanta delicadeza que a Kuroo le costó registrarlo por un momento.
El alfa se impuso sobre él, mirándolo con atención, deleitándose con su estado desharreglado y vulnerable, y aunque Kuroo lo odió, también lo deseó.
—¿Un profesor? Están bebiendo ahora, ya sabes cómo son en estos campamentos—explicó con soltura. Kuroo estuvo por replicar una vez más, pero quedó paralizado cuando sintió una mano fría escabullirse por su abdomen caliente.
Su piel se erizó, completamente extasiada con el tacto frío, su espalda se arqueó contra el pavimento en un intento de acercarse más y sus ojos conectaron con los dorados sobre él.
—B-bokuto...por favor...—pidió. El alfa chistó.
Lo siguiente que supo Kuroo era que se encontraba a horcajadas sobre el regazo del alfa, con una mano moviéndose en caricias descuidadas sobre su espalda y otra curioseando entre sus cabellos revueltos. Su rostro quedó atrapado en el cuello del alfa, justo sobre sus glándulas de olor. Kuroo gimió.
Sus pensamientos empezaron a ser dispersos, incoherentes, con las palabras apenas hilandose entre sí antes de perderse en una bruma de instintos. El olor a canela picaba en su nariz, volviéndose más fuerte con el paso de los segundos, y apenas fue consciente de cuándo empezó a mover sus caderas, restregándose contra el abdomen del alfa con necesidad.
—Alfa—llamó, su voz quebrada en desesperación.
—Está bien, está bien, te ayudaré—prometió el bicolor.
Kuroo se sintió satisfecho con la respuesta, abrazándose con fuerza a los hombros del hombre cuando el vaivén de sus caderas se hizo presente, se sentía tan jodidamente bien.
Era perfecto.
Tan perfecto.
Kuroo se levantó de golpe de su saco de dormir, jadeando desesperado mientras observaba alrededor. La luz apenas presente en la habitación dejaba ver las siluetas durmientes de sus compañeros alrededor, completamente ajenos a su estado de ánimo, a su desesperación y, sobre todo, a su sueño. Kuroo agradeció internamente, revisando sus pantalones para darse cuenta con disgusto que estaba completamente empapado, necesitaba bañarse con urgencia.
Se levantó de su saco con una mueca asqueada de sí mismo, intentando no hacer ruido mientras tomaba un cambio de ropa de su bolso y salía de la habitación con el molesto líquido queriendo escapar por sus muslos.
Odiaba ser omega.
Odiaba no poder controlar sus sueños.
Y odiaba jodidamente sus deseos.
Para su suerte, el camino hasta el gimnasio estaba completamente despejado, permitiéndole entrar en uno y dirigirse a los vestidores con calma, no se había fijado siquiera en qué hora era, pero realmente no importaba. Solo se ducharía, se cambiaría por ropa limpia y volvería a dormir.
Abrió la puerta del vestidor, encontrándose de lleno con las luces encendidas y un alfa a medio vestirse en el centro de todo. Kuroo se congeló, no pudiendo creer su jodida mala suerte.
—¿Bro?—preguntó Bokuto con confusión—.Oh...¿Por qué hueles tan bien?.
Realmente quería morirse
