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Deidara estaba sentado cerca del borde de un acantilado, mirando el atardecer. La brisa de la tarde jugaba con su cabello, y aunque en su rostro se veía esa expresión tan típica de él, con un toque de diversión y cierta indiferencia, había algo en su mirada que no dejaba de volverse hacia el lugar donde Obito estaba trabajando en silencio. De alguna manera, le resultaba curioso ver a su compañero tan concentrado y... extraño en sus propios pensamientos.
— Eh, Tobi —dijo, rompiendo el silencio con una voz cargada de un tono divertido—. ¿Qué estás haciendo? ¿O es que solo te quedas ahí parado pensando que el mundo va a arreglarse solo por mirarlo?
Y no es que estuviera trabajando realmente, el tipo solo estaba brincando sobre algunas rocas mientras fingía entrenar el equilibrio. Solo que lo hacía en silencio, y ver a Tobi tan tranquilo siempre es extraño. Cuando Deidara habló, el remolino de su máscara naranja volteó en su dirección.
Hace tiempo que Deidara tiene la costumbre de tomar cinco minutos, aún si están en una misión, para detenerse un momento y mirar los pocos minutos de la puesta de sol antes de seguir con su trabajo, algo relacionado con la belleza de los atardeceres por lo efímero de ese momento. Por eso estaban ahí ahora. Y no faltaba mucho antes de que terminara por ocultarse la gran estrella y ellos tuvieran que seguir con su camino de regreso a su base. Solo que ya faltaba poco y el lugar aún estaba muy lejos. Tobi, como siempre, sería el primero en saltar a proponer quedarse en algún lugar a pasar la noche, como el buen actor que Obito es desempeñando el papel del niño inepto y flojo.
Se había tomado un segundo, tarareando suavemente antes de poder responderle a su Senpai. La voz de Tobi, chillona y molesta de siempre. —Solo lo espero, Senpai. No falta mucho para que se ponga por completo el sol. ¿No cree que ya deberíamos irnos?
Deidara dejó escapar una ligera risa, como si la respuesta de Obito fuera una broma en sí misma, al parecer estaba de buen humor. El amarillo del atardecer siempre lo ponía de buen humor. Su mirada se deslizó sobre el horizonte, los colores cálidos del atardecer reflejándose en su rostro de una manera que hacía que la escena pareciera más tranquila, incluso si el mundo alrededor de ellos estaba lejos de serlo. El viento soplaba suavemente, levantando un poco su cabello dorado, y él se recostó un poco más sobre las rocas, disfrutando de ese momento en silencio.
— Tobi, Tobi... — Deidara suspiró, volviendo a mirarlo con esa mirada enigmática. — Siempre estás pensando en dejar todo atrás, ¿no? Siempre tan ansioso por ir a algún lado, saltando de un lugar a otro, sin detenerte a ver lo que tienes justo aquí.
Su tono no era recriminatorio, sino simplemente una observación, como si estuviera acostumbrado a ese comportamiento, pero también un poco cansado de él. De alguna manera, no esperaba que Tobi entendiera lo que estaba diciendo, pero no podía dejar de intentar.
— ¿Realmente crees que el sol se va a quedar en el mismo lugar todo el tiempo? ¿Qué tan rápido quieres que pase el día para que tú puedas olvidarlo?
—Ya entendí, la finitud del momento, la belleza de lo efímero, bla bla bla.
Deidara lo fulminó con la mirada por un instante, pero sabía que Tobi no lo decía en tono de burla. Su pupilo es un tonto, y como el tonto que es, siempre es lento para entender su filosofía de vida y del arte.
Obito deja escapar un suspiro silencioso cuando camina hacia él, se pone de pie justo encima de Deidara, que sigue mirando al cielo recostado sobre la roca. —No necesito ver el atardecer para ver cosas bonitas, Senpai.
Deidara lo observó por un momento, el brillo de sus ojos azules reflejando la luz de los últimos rayos del sol que se desvanecían lentamente. Sus labios curvaron una pequeña sonrisa, casi imperceptible, y se quedó en silencio, tomando en cuenta lo que Tobi había dicho. No estaba seguro de si el joven lo decía en serio o si solo lo decía por hablar, pero de alguna manera, le dio una sensación curiosa.
— No, Tobi... — murmuró Deidara, su voz suave pero firme. — Lo que quiero decir es que lo que tienes frente a ti... lo que parece tan simple no se queda en su lugar por mucho tiempo. No importa si lo ves o no, el momento se escapa sin que puedas hacer nada al respecto. Es algo que no se puede retener. Y eso... eso es lo que hace que todo sea tan valioso.
Obito se removió un poco incómodo, la falta de control no es algo a lo que esté acostumbrado. Deidara se acomodó ligeramente sobre la roca, sin apartar la vista del cielo que lentamente se oscurecía.
— Pero ya veo, tal vez tú encuentres algo más bonito en este momento... — Deidara alzó la vista a través de las rocas que los rodeaban, con una mirada mucho más profunda. — ¿De verdad no te importa?
—¿Importarme qué cosa? —Dijo Tobi, extendiendole la mano para ayudarlo a ponerse en pie. Tirando con fuerza hacia atrás para levantarlo y luego fingiendo torpeza tratando de caer hacia atrás pero sin llegar a hacerlo. Esperando a que Deidara empezara a caminar para poder seguir sus pasos hacia el nuevo destino. Si ve que el rubio no tiene un plan entonces Obito fijará el rumbo a alguna posada o alguna cueva en el camino. No piensa seguir caminando toda la noche.
Deidara lo observó de reojo, apenas moviendo la cabeza hacia un lado mientras sentía cómo Obito intentaba hacerlo caer en su torpe intento de show. Por un momento, dejó escapar una ligera risa, pero no lo expresó completamente, solo lo dejó escapar en un pequeño susurro.
— Tienes una extraña manera de intentar "ayudar", Tobi... — dijo Deidara con una sonrisa escurridiza, levantándose lentamente con la ayuda de la mano de Obito. Se quedó de pie un segundo, observando los alrededores antes de girar ligeramente su cuerpo para encarar a su compañero. — ¿Sabes lo que realmente me importa?
Le dio un paso al frente, comenzando a caminar con esa calma que siempre lo caracterizaba, pero sin apresurarse. Se dio cuenta de que Obito probablemente no lo seguiría tan fácilmente si no había un objetivo claro. Obito tampoco esperaba una respuesta a su pregunta anterior, y tampoco es que quisiera una respuesta. ¿Qué es lo que le importa realmente? No sabe
— La cuestión no es si lo ves o no. La cuestión es que, si sigues caminando por la vida sin detenerte, no verás lo que está ahí para ti. Es más... — Deidara dio otro paso, mirando de reojo a su compañero. — Quizás, en tu caso, lo único que importaría de este atardecer es que estamos juntos ahora.
Obito contuvo la respiración por unos segundos, obligándose a contestar con esa estúpida voz chillona y soltando una risilla —No veo a que viene el comentario.
Trato de seguir sus pasos, caminando siempre detrás de el rubio como suele hacer. Mirando su cabello rubio ser metido levemente por la brisa fresca de la noche cayendo. Cuando pensó por un segundo más sus palabras se dió cuenta que si, otra vez Deidara tenía la razón.
Aún así, no pudo evitar sentirse ansioso. Esperando una explicación que no sabe si llegará. Deidara siempre es extraño en sus 'maneras de enseñarle', tanto puede hablar sin parar por más de una hora en un discurso sobre el arte y la vida; como tanto puede tirarle comentarios metaforicos y rebuscados que Obito nunca termina por entender del todo. Pero jamás se cansaría de escucharlo.
No esperaba que Deidara volviera y le explicara. Deidara era Deidara y ya está, y a quién no le guste puede irse, Obito tampoco iba a tratar de cambiarlo, eso era algo que ya había aprendido. Decidió apurar un poco más el paso. El cielo empezaba a pintarse de azul y morado.
Deidara notó cómo el paso de Obito se aceleraba, pero no se detuvo ni un momento. De hecho, él bajo un poco el suyo, no porque tuviera, sino porque, por alguna razón, no quería dejar que su compañero se quedara atrás.
El aire fresco de la noche comenzó a enfriar el ambiente, y Deidara lo percibió como un alivio. Era como si la oscuridad de la noche lo rodeara de una manera reconfortante, tranquilizadora, tal como lo había hecho muchas veces antes. Pero en este momento, el lugar no se sentía tan solo.
"Qué extraño...", pensó. "Por fin está caminando a mi lado."
Sin decir nada, Deidara se detuvo solo un segundo, mirando hacia el horizonte donde el sol ya comenzaba a ocultarse completamente. La mezcla de colores en el cielo ahora más azul que naranja hizo que su pecho se sintiera más liviano, pero en cuanto volteó la cabeza para observar a Obito, su expresión se volvió algo más seria. La noche había traído consigo una sensación de reflexión que, aunque no era algo común en él, sí lo había hecho pensar un poco más en lo que sentía.
— Lo sé, Tobi. No espero que entiendas todo, porque yo tampoco lo hago a veces — dijo con una sonrisa tenue, sin girarse por completo. — Pero... eso no cambia que, de alguna manera, siempre hay algo que nos mantiene juntos, ¿no?
Alzó la mano, como si quisiera señalar algo más allá del cielo, como si ese gesto tuviera el poder de darle una respuesta a todo lo que estaba pasando por su mente.
— El arte, la vida, las decisiones... todo eso es efímero, sí. Pero lo que yo te intento decir es que, al final, cuando te detienes a mirarlo, todo tiene su propósito. A veces, es solo un momento. Un momento que compartimos.
No esperaba que Tobi entendiera completamente, pero no se sintió frustrado por ello. A veces no hacía falta entender todo para simplemente aceptarlo.
Obito se tensó, se relajó y luego volvió a hacer todo de nuevo. Sentía la filosofía de Deidara abrazando su alma y lo aceptaba, él estaría más que dispuesto a aceptar cualquier cosa que saliera de la boca de su Senpai. Solo que a veces se le olvida que sigue siendo un hombre roto. A final de cuentas todo lo que Deidara conoce es a Tobi, cualquier otra percepción que pueda tener de sí es errónea, se repite Obito. Tratando de recordar el "no soy nadie" que tiene grabado en las cicatrices y en la piel. Es como si dos corrientes lo arrastrarán en direcciones contrarias, atrapado en lo que se supone que debería de ser por el bien del plan; y en el hombre que él quiere ser para Deidara. Antes de que pueda hundirse en su propia miseria y auto sabotaje decide alejar todos esos pensamientos de su mente.
Suspira con cansancio físico fingido pero uno mental de verdad, se estira un poco y luego vuelve a interpretar su papel —Senpai, deberíamos pasar la noche en algún lugar. No quiero estar a la interperie, la última vez me dolió toda la noche el cuello. —. Dijo Tobi, estirándose y fingiendo un bostezo. Aunque pensándolo, no tiene idea de dónde ir a pasar la noche.
—¿Te dolió el cuello porque dormiste sobre una piedra o porque te pasaste toda la noche moviéndote como idiota porque habías soñado con mariposas gigantes o alguna estupidez así? —replicó Deidara sin mirarlo, aunque una leve curvatura en su boca dejó entrever una sonrisa contenida. No era burla. Era genuino afecto disfrazado de sarcasmo. Como siempre.
Deidara se detuvo a pocos metros, observando los alrededores: un bosque ralo, una colina a la distancia, y lo que parecía ser la silueta de una pequeña construcción abandonada un poco más allá, probablemente una cabaña de cazadores. Nada nuevo en ese tipo de caminos.
—Allá. —Señaló con la barbilla, de forma despreocupada. —Tiene techo y probablemente ratas, pero al menos no es el suelo.
Sin embargo, no avanzó de inmediato. Se quedó parado unos segundos, mirando el cielo que se había apagado casi por completo, y luego bajó la vista hacia su compañero.
—Oye, Tobi… —dijo sin el típico tono burlón ni autoritario—. No importa qué tanto te esfuerces en actuar, ¿sí? Yo no necesito que seas otra cosa. Es suficiente con que estés.
Se giró antes de que Obito pudiera contestar o leerle la cara, caminando hacia la cabaña con las manos en los bolsillos. No lo había dicho para obtener una reacción. Lo había dicho porque tenía que hacerlo. Porque había cosas que se sentían tan efímeras como el atardecer, pero aún así merecían ser dichas.
Obito también se quedó quieto un momento sin poder respirar, no esperaba un 'ataque tan directo'. Sin embargo trató de sacudirse rápidamente esa sensación incómoda subiendole por la garganta otra vez y obligarse a comenzar a caminar nuevamente.
— Solo sigueme.
La frase cayó suave pero directa, como una piedra en un lago en calma. Deidara no lo miraba, solo hablaba al viento, como si no esperara respuesta, mientras seguía caminando.
Obito lo observó en silencio, el momento se le hizo eterno. Tragó saliva con dificultad y pensó que debía responder con algo tonto, algo ligero. Pero la voz chillona no salió de inmediato. En su lugar, por un segundo, solo fue él mismo.
—Siempre.
Una palabra. Una promesa que ni él mismo sabía que estaba haciendo, o quizá sí. Quizá lo había hecho muchas veces ya, solo que nunca en voz alta.
Deidara no giró, pero algo en su postura cambió. Un respiro más hondo, un movimiento sutil de los hombros. Y entonces, con una tranquilidad que solo alguien acostumbrado a las contradicciones podía tener.
—Qué constante eres, Tobi.
Y esa, viniendo de él, era probablemente la declaración más honesta que podía ofrecerle.
Después de eso, se echó a andar hacia la cabaña sin agregar nada más. Como si no hubiera dicho nada importante. Como si no acabara de soltarle una frase que iba a quedarse grabada en el pecho de Obito por mucho, mucho tiempo.
Pronto pudo deslumbrar la pequeña choza. Aún de lejos no era la gran cosa, pero por lo menos no había gente por los alrededores.
A medida que se acercaban, el lugar se veía peor, ni siquiera llegaba a cabaña: la puerta colgaba torcida de una bisagra, el techo estaba cubierto de musgo y había un claro olor a humedad. El lugar se veía aún más pequeño, el típico punto intermedio dónde los cazadores que se quedan hasta tarde pueden pasar una noche, solo que corroído por el tiempo.
—Bueno… tiene cuatro paredes, un techo medio roto y probablemente una familia de mapaches viviendo dentro. —Comentó con total naturalidad mientras empujaba la puerta con el pie—. He dormido en peores sitios.
Apenas de unos pocos metros cuadrados, una pequeña cama, una pequeña mesa alargada. Una lámpara de aceite rota en el suelo. Si uno no tenía opciones era el lugar ideal. Entró sin mirar demasiado, escuchando el rechinar de las tablas del suelo. El lugar estaba oscuro y silencioso, con una pequeña abertura por donde se colaban los últimos rastros de luz.
Tobi entró apenas arrastrando los pies, haciendo alguna broma tonta.
—¿Tienes hambre o planeas dormir fingiendo que el estómago no te gruñe? —preguntó Deidara con desdén, aunque sacaba algo de comida de su bolsa mientras hablaba. Le lanzó un paquete sellado sin mirarlo. —No digas que nunca pienso en ti.
Una vez dentro empujó algunas latas vacías hacia un rincón para limpiar la pequeña mesa de madera y sentarse encima, total no habían sillas. Se quedó ahí, sentado sin dónde recargar su espalda, buscando en su bolsillo otro de esos paquetes sellados y se quedó en silencio. No había sarcasmo en su gesto, solo un cansancio tácito, y una calma extraña que solo aparecía cuando estaban los dos.
Obito atrapó el paquete en el aire con reflejos automáticos, pero lo sostuvo entre sus manos sin abrirlo de inmediato. Miró a Deidara en silencio durante unos segundos, con la máscara ladeada como si intentara entenderlo, como si cada gesto suyo fuera un enigma que no terminaba de resolver.
Se sentó en el suelo, a una distancia prudente pero lo bastante cerca como para que el calor humano, tan esquivo en sus vidas, no se sintiera como un espejismo. El suelo de madera se sentía húmedo pero eso no importaba.
—Tobi agradece el obsequio —dijo con su tonito chillón habitual, pero luego bajó la voz, más natural, más real—. Y Obito también. —, pero Deidara no lo escuchó.
El silencio volvió a instalarse en la cabaña, y por un instante se permitió no hacer ningún papel. Solo estar. Comer sin hablar, sin hacer bromas, sin que todo fuera un acto. Miró de reojo a Deidara, su silueta recortada contra los últimos rastros de luz, y pensó que, si algún día tenía que recordar lo que era un momento de paz, probablemente sería este. Una mierda de lugar, comida de paquete, sin promesas ni confesiones, pero con alguien que no pedía explicaciones.
—¿Sabes, Senpai? —dijo de pronto, con la máscara ladeada y la voz amortiguada por la comida a medio masticar—. A veces pienso que este tipo de días… aunque parezcan simples o aburridos, son los que más voy a extrañar cuando todo se acabe.
No dijo más. No esperaba respuesta. Tal vez ni siquiera lo había dicho para ser escuchado.
Deidara dejó de masticar por un instante. Se quedó quieto, como si el aire se hubiera vuelto espeso de pronto. No miró a Obito. No hizo un comentario sarcástico. Solo bajó la vista a su comida, la sostuvo un segundo en las manos, y luego habló con una calma que no solía prestarle al mundo.
—Sí… yo también.
La voz salió baja, áspera. Casi inaudible.
No había burla. No había discurso. Solo una verdad que parecía doler un poco al pronunciarla.
Deidara sabía lo que vendría después. Misión tras misión, combate tras combate, planes que no eran suyos pero en los que estaba atrapado. Él no creía en el futuro. Creía en lo que explotaba, en lo que se deshacía, en lo que se iba. Pero ese tipo de momentos… ese tipo de silencios compartidos, aunque no lo admitiera, le daban ganas de quedarse. Y eso le jodía.
—No te acostumbres. —añadió con un suspiro fingido de fastidio, como si pudiera borrar lo que acababa de decir—. Mañana te haré estallar si no dejas de caminar como pingüino.
Pero su tono no tenía peso. Era puro reflejo, puro instinto de no dejar que lo que sentía se hiciera demasiado real. Porque si lo era… entonces, ¿qué? ¿Qué se supone que debía hacer con eso?
La noche siguió avanzando. Afuera, el viento levantaba las hojas muertas. Adentro, el silencio era menos frío, y por una noche, ninguno de los dos se sintió solo.
