Work Text:
La salvación no existe. No en la forma en que todos creen. Eso es lo que piensa. No existe forma, nadie lo haría. Nadie vendría a salvarlo. Obito sabe que nadie podrá simplemente extender la mano y arrancarlo de esa oscuridad que lleva dentro y que ha cultivado durante tantos años, víctima de sus propios remordimientos. Nadie vendría a salvarlo. Y él jamás volvería a ser alguien completo, alguien que no esté hecho de cicatrices y escombros del pasado.
Pero Deidara nunca intentó salvarlo. Y quizás por eso funcionó. No hubo discursos, ni promesas vacías. Solo pequeñas cosas.
Como ahora.
—No te quedes ahí como un idiota, Tobi, ven aquí —dijo Deidara, palmeando el suelo junto a él.
Obito parpadeó. La brisa nocturna despeinaba los mechones dorados de su compañero, y la luz de la fogata hacía brillar sus ojos con un resplandor casi etéreo. Era una imagen extrañamente cálida para la vida que llevaban. Su sola presencia parecía brillar en medio de la noche.
Se sentó, aunque aún con cierta torpeza, el papel que hacía con tanto esmero, aveces se olvida porqué. Nunca terminaba de sentirse del todo cómodo cuando estaba a su lado. No porque fuera incómodo, sino porque el sentimiento que le provocaba lo era.
Deidara no lo miraba con lástima. No lo trataba como alguien roto. Y por eso, en momentos como este, Obito podía fingir que no lo estaba.
—Estás demasiado callado, hmn —comentó el rubio, observaba el fuego crepitar, moviendo las brazas de vez en cuando con una pequeña rama. Sonreía posiblemente, otra cosa tan extraña para alguien como él —. Casi te prefiero cuando eres insoportable.
Obito bufó, mirando la fogata. Trataba de mirarlo periféricamente pero la máscara se lo impedía. Lamentó haberse sentado tan cerca y perderse de esa maravillosa sonrisa. —Deberías decidirte.
Deidara rió, relajado. No dijo nada más. Y Obito se sorprendió al darse cuenta de que el silencio no era incómodo.
Era… agradable. Era paz.
Y entonces, sintió algo extraño. Un peso ligero en su hombro. No necesitó mirar para saber qué era.
El cabello de Deidara le acarició aún encima de la tela y cayó sobre su hombro mientras el rubio descansaba la cabeza contra él sin pensarlo demasiado. Sin tensión, sin expectativas. Como si fuera lo más normal del mundo. Se permitió creer que quizás lo era.
Se permitió creer que quizás, en pequeñas cosas como esta, en noches tranquilas y fuegos cálidos, en risas fáciles y miradas sin juicio podía encontrar algo parecido a la salvación.
