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Dios del sol, Nika

Summary:

Nika, el dios del sol y rey de los cielos, era conocido por su alegría y libertad. Los vientos eran sus fieles compañeros, y las nubes, sus amigos más cercanos.
Siempre en compañía con sus “deidades protectoras”, como les gustaba llamarlas otros dioses.
Pero, ¿Qué vio esta vez Nika a lo lejos? ¿Quién es ese joven?

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Las deidades eran conocidas por todo el mundo. Muchas eran veneradas y tenían múltiples templos; otras, temidas como la misma muerte Muerte. Nadie deseaba estar cerca de ella, se decía que con un simple soplido suyo podías caer gravemente enfermo en cama, y tu final ya seria historia.

Entre todas, existía una deidad que era adorada en cada rincón del mundo, admirada y querida incluso por otros dioses. Todos ansiaban su bendición. Hasta las propias deidades le pedían un poco de su poder para prosperar.

Nika, el dios del sol y rey de los cielos, era conocido por su alegría y libertad. Los vientos eran sus fieles compañeros, y las nubes, sus amigos más cercanos.

Siempre estaba rodeado de sus fieles deidades guardianas, siervos para algunos, pero “compañeros” para él. Un dios brillante y juguetón, pero también poderoso y temido cuando se enfadaba. El último en provocar su ira fue llevado por la propia Muerte, que lo presenció todo… sin decir palabra.

Ese día, Nika se encontraba saltando entre las nubes, aburrido. Todos sus amigos estaban ocupados.

Sanji, un semidiós de la cocina, repudiado por sus orígenes pero admirado por su talento, preparaba un banquete para la noche a petición del propio Nika. Robin, una antigua y misteriosa bruja de un antiguo pueblo élfico, y Nami, un espíritu del viento nacido de una bendición accidental por parte de Nika, hojeaban libros en la inmensa biblioteca celestial del templo.
Zoro, hijo de dioses de la guerra, entrenaba con su viejo maestro bajo la atenta mirada de Chopper, un pequeño espíritu rescatado por Nika de un castillo helado. Por otro lado Brook, el único ser humano que fue capaz de huir de la propia muerte y fue rescatado por su dios, y Jinbe, el dios del mar, charlaban amenamente entre ellos observando a Franky construir su última ocurrencia.

El dios del sol, sin embargo, no encontraba diversión en nada de eso.

Jugó con nubes dandoles diferentes formas, rio con los vientos que le contaban dulces historias o emociones eventos que presenciaron, saltó entre nubes esponjosas y suaves mientras era perseguido por espiritus del viento hasta aburrirse.

Suspiró, se dejó caer sobre una nube especialmente suave y comenzó a observar el mundo humano.
Sus milenarios compañeros, las suaves nubes y los alegres vientos, queriendo animar a su amo y amigo decidieron guiarlo por el vasto cielo pasando por todo tipo de islas intentando que algo animara al dios Nika.

Sobrepasaban islas primaverales, donde la vida florecía y los festivales se extendían por semanas. Islas veraniegas, llenas de risas, música, fuego y danzas bajo la luz del sol. Islas otoñales, más tranquilas, donde los mortales ofrecían hojas doradas como símbolo de gratitud por la última cosecha. Incluso se cruzaron con Zunesha, caminando por el océano como si el tiempo no pasara por su milenario cuerpo.

Pero nada lograba entretener a Nika. Había descendido recientemente al mundo mortal en busca de una nueva aventura, pero volvió con las manos vacías. Aún así, presenciar tantos festivales en su honor le había devuelto algo de alegría.

Entonces, cuando sobrevolaban una pequeña isla blanca en el norte, algo llamó su atención, una presencia.

“Deteneos” ordenó a los vientos como rara vez hacia y se asomó por el borde de la nube y entre la bruma nevada la vio.

Una figura.

Un joven, aparentemente humano, sentado apoyado en un árbol cerca de un acantilado cubierto por la escarcha. A su lado, una gran espada.

Era un joven hermoso. Cabello negro como la obsidiana, piel morena como la de un isleño veraniego—extraño para una isla invernal—y unos ojos…

Nika contuvo el aliento por primera vez en décadas.

Eran dorados como oro líquido y su brillo podía competir con el sol mismo. Y aunque una tristeza profunda los habitaba, como si arrastraran siglos de recuerdos perdidos, su belleza podría competir con la mas fina y delicada de las joyas celestiales.

Embelesado, Nika descendió, ignorando completamente las quejas de las nubes y los lloros de los vientos por perder a su amo. Quería encontrar al joven, saber quién era. No podía ser un simple mortal, no con esos ojos de oro puro.

¿Un semidiós, tal vez? ¿Un inmortal?

¿Y por qué se veía tan… solo?

El dios del sol, emocionado, no redujo su tamaño como solía hacerlo para evitar asustar a los mortales. No. Quería que todos supieran que el dios del sol caminaba entre ellos.

Los árboles parecían ramitas bajo sus pies. Criaturas místicas se apartaban con respeto; algunas incluso se inclinaban. La presencia del dios era imposible de ignorar. Todo a su paso se volvía cálido, vivo, iluminado.

Finalmente lo encontró, dormido al pie de un árbol, cerca de un acantilado. El sol acariciaba su rostro. Sostenía una espada grande contra su costado, su cuerpo en calma, pero el aura melancólica seguía allí, flotando como niebla.

Nika se acercó sin querer ocultarse y con la yema de su dedo índice, tocó suavemente la cabeza del joven.

Este, ya consciente de su presencia, abrió los ojos de golpe y desenvainó su espada, apuntando a la imponente presencia solo para encontrarse con dos ojos rojos y brillantes como rubíes, observándolo con una mezcla de asombro y cariño.

“¿Qué…?”

Nika sonrió, el sol brilló con más fuerza, y todo a su alrededor se volvió más cálido.

“¡Estás despierto! Qué bien.” El dios rió alegremente, tomándolo por la capucha y levantándolo con cuidado, apoyándolo entre sus grandes palmas abiertas tratandolo con un exceso de cuidado, extraño en el dios.

“¿Qué… qué es esto? ¿Quién eres tú?”, preguntó el joven, desconcertado.

Ante las preguntas Nika solo rio alegremente, que ser mas manso e inocente, ¿sera por que se acababa de despertar?

“¡Soy Nika! Dios del sol y rey de los cielos. ¿Quién eres tú, pequeño ser? ¿Eres un semidiós? Tal vez un espiritu perdido”

El joven se tensó. La presencia divina lo envolvía, cálida pero aplastante. Se pellizcó, asegurándose de no estar soñando.
Claro que conocia al dios del sol, a Nika. Todos lo veneraban, había un sin fin de leyendas sobre el y sus maravillosas batallas. Se decia que con su sola presencia podía llenar de alegría y cariño el alma de toda una isla.

¿Qué hacía el mismísimo Nika alli interesado en él?

El dios lo observaba impaciente, su cabeza inclinada con ojos grandes y curiosos observándolo fijamente, esperando su respuesta.

“Soy… soy Law. Y solo sé que soy un ser inmortal, Nika-ya.”

Nika lo observó detenidamente. Inmortal. Eso explicaba su energía, su soledad. Una existencia eterna sin rumbo, sin propósito, sin final. El dios suspiró, mirándolo con compasión ahora entiendo la tristeza y su aura melancólica.

Tarareó con suavidad ante la respuesta, acercando el cuerpo del inmortal, de Law, aun más a su propia cara.

“Te ves tan triste… tan solo…“

Law no respondió. Años, siglos, había pasado sin que nadie lo tocara con verdadera ternura. Nadie se había acercado así, con tanto calor. Era desconcertante… y reconfortante a la vez.

“Dejame arreglar eso”

Y antes de que Law pudiera reaccionar, Nika le dio un beso suave en la sien. Un calor reconfortante lo envolvió. El joven tembló, sorprendido, mudo.

“Sé mi amante, Law. Te haré feliz y te cuidaré , ven conmigo al cielo. No tendrás que preocuparte por nada. Soy Nika, dios del sol, y yo te amaré.”

Law lo miró, sin palabras. No era miedo lo que sentía, sino asombro. ¿Por qué él? ¿Por qué ahora? ¿Después de siglos de soledad, justo ahora?

Nika seguía siendo una deidad, era el rey de reyes, la deidad más poderosa entre los seres divinos, ¿Cómo se le negaría algo? Y más con esa mirada tan amorosa que le dirigia.

“Sí… Nika-ya. Yo te acompañaré.”

Y el cielo, al escucharlo, pareció cantar encantado por la felicidad de su amo eterno.

Notes:

¿Hago otra parte?

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