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Language:
Español
Stats:
Published:
2025-04-17
Updated:
2026-03-18
Words:
28,685
Chapters:
5/?
Comments:
9
Kudos:
122
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25
Hits:
3,163

El legado prohibido

Summary:

En el mundo de los magos, el nombre Malfoy es sinónimo de oro, pureza y un orgullo que roza la crueldad. Pero tras los muros de la Mansión Malfoy, entre los retratos que vigilan y las sombras que callan, existe una verdad que ni siquiera el Señor Oscuro ha logrado descifrar.
​Narcissa Malfoy nunca fue solo una Black, ni simplemente la esposa de un mortífago. Era una madre que no tenía miedo a enfrentarse al destino o al Olimpo si eso significa mantener a su hijo con vida. Después de todo la magia mas poderosa de todas es el amor de una madre ¿verdad?

Chapter 1: Prologo

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

La sangre de los Black no es solo un fluido; es un sedimento de siglos, espeso y oscuro como el petróleo, que arrastra consigo los pecados de ancestros cuyos nombres ya solo existen en tapices apolillados. Ser un Black no es un privilegio, es una sentencia de mármol. Somos marionetas de porcelana fina, vestidas con seda que huelen a mausoleo, moviéndose bajo el capricho de hilos de plata que se tensan hasta cortarnos la piel. Nos tallaron para ser adorados, sí, pero se olvida que las joyas no tienen voluntad. Un diamante no elige su montura; simplemente brilla mientras el metal lo asfixia.

La belleza de nuestro estirpe es irreal, casi obscena. Pómulos que podrían cortar el aire, cabellos de una obsidiana tan profunda que parecen absorber la luz, y esa boca patricio, diseñada no para el afecto, sino para sentenciar. Pero bajo la piel de alabastro, lo que corre es podredumbre. Nos criaron con susurros que eran veneno destilado, enseñándonos que la crueldad es el único lenguaje de la fuerza, cuando en realidad no es más que el espasmo de un animal herido. Somos un estirpe de niños rotos que aprendieron a odiar antes que a respirar, perpetuando un ciclo de sombras que nos devora desde adentro.

En las noches donde la mansión ancestral gemía bajo el peso de sus propios secretos, los Black buscábamos las estrellas. No por astronomía, sino por reconocimiento, por una necesidad desesperada de encontrar algo que sea tan frío y distante como nosotros mismos. Éramos lo único frío en un universo que nos quemaba con su luz vulgar. Las estrellas eran nuestras hermanas silenciosas: distantes, gélidas y condenadas a arder en el vacío hasta colapsar. Existe una conexión mística, un cordón umbilical de magia antigua que nos ata al firmamento. Las estrellas son lo único cálido en nuestro mundo porque son las únicas que no piden nada a cambio de su luz.

Narcissa, sin embargo, siempre se sintió una extranjera en su propia cosmología. Ella no sentía el llamado místico que Bellatrix reclamaba con una sonrisa desquiciada. Para Narcissa, el cielo era solo un mapa de destinos que no podía cambiar. Narcissa creció bajo este cielo de nombres antiguos, leyendo el destino en el centelleo de Orión y Sirio, aunque ella siempre se sintió una extraña en su propia leyenda. Carecía de la visión, pero poseía algo más peligroso: la capacidad de observar las grietas en los espejos de su propia familia. Sus noches de insomnio no eran para la oración, sino para el acecho. Ella vagaba por los pasillos como un fantasma prematuro, observando a los pilares de su mundo desmoronarse en la intimidad.

Su padre, Cygnus, era un bloque de acero templado durante el día. Su "víctima" favorita. Durante el día, era un hombre con una columna vertebral de acero templado, su mirada era una guillotina que separaba lo valioso de lo desechable, alguien cuya mirada inspeccionaba a las personas como un joyero buscando fallas en una gema barata. Sus ojos no miraban; cortaban. Pero en la penumbra, tras la segunda copa de un vino que sabía a olvido, su máscara se derretía. Narcissa lo veía: los ojos de plomo se transformaban en plata líquida, desbordantes de una melancolía tan densa que parecía poder tocarse. No era un hombre, era un duelo andante. Miraba la luna con el hambre de quien desea que el satélite caiga y lo aplaste, liberándose del fardo de ser un Black.

Luego estaba ella. Walburga. Si su padre era la tristeza, su tía Walburga era la tempestad. 

Narcissa recordaba haberla observado con una fascinación terrorífica, sintió un escalofrío que le recorría la columna cada vez que la sombra de su tía se proyectaba sobre el suelo.

Walburga no caminaba; Ella reclamaba el espacio. Sus rizos negros desafiaban la gravedad y sus labios siempre estaban listos para una sinfonía de maldiciones. Parecía que por sus venas corría una mezcla de hielo y tinta negra. Era la arquitectura de la perfección hecha carne más aterradora, una Señora de los Veintiocho Sagrados tan absoluta que resultaba inhumana.

Sin embargo, había una grieta. Una noche, Narcissa la encontró en un estado de gracia macabra. Walburga acariciaba su vientre hinchado —el nido donde Regulus esperaba su turno para sufrir— con una ternura que parecía una amenaza. Walburga detectó su presencia sin mirar atrás. Su voz, cargada de una bilis antigua, cortó el silencio del pasillo, no fue un susurro, fue un veredicto:

—Naciste sin constelaciones, Narcissa —dijo Walburga, sin mirarla, con los ojos fijos en la nada—. Naciste bajo el sol, la estrella más egoísta. Brillante, amada, insoportable. Tú tendrás lo que a nosotros se nos niega: una vida que no sea una ruina.

El veneno en su voz era denso. Walburga profetizó la caída mientras aún sostenía la vida en su vientre. Habló de Sirius y su lealtad estúpida, una cadena que lo arrastraría al fango. Habló de Regulus y un poder que lo consumiría como una mecha corta.

—Tu deber es preservar lo que de nosotros, de este naufragio, el hijo que engendres será el último suspiro de esta sangre— le siseó — Porque los hijos que yo carga están destinados a extinguir nuestro linaje. — Sentenció la tía, con los ojos inyectados en una fiebre que Narcissa solo años después comprendería como locura pura

Al pasar los años, Narcissa vio cómo cada palabra se cumplió como un maleficio inevitable. Andrómeda huyó hacia una luz que la familia consideraba oscuridad; Bellatrix se perdió en el éxtasis de la tortura y la devoción fanática; y los hijos de Walburga... Uno terminó en una celda rodeada de dementores y el otro desapareció en las sombras de una cueva, dejando solo un vacío en el tapiz. Narcissa, en cambio, se convirtió en la esposa amada, en la madre de un dragón. Pero incluso esa "felicidad" tenía un precio de sangre que pronto vendría a cobrar su deuda.


Años después, en la opulencia gélida de Malfoy Manor, Narcissa comprendió que el infierno no son llamas, sino la ausencia de elección. El error más letal de Narcissa fue creer que podía negociar con la oscuridad. Había permitido que el moho entrara en su casa. El Lord Oscuro, ese parásito de elegancia retorcida, se había instalado en su comedor, convirtiendo su hogar en un matadero perfumado.

Voldemort no solo rompió su palabra; profanó el concepto mismo de la nobleza. Voldemort no buscaba aliados, buscaba trofeos para romper. Y su trofeo favorito era Draco.

Ver a su hijo marcado con dieciséis años fue como ver a un ángel siendo tatuado por un demonio. La Marca Tenebrosa en su piel pálida no era una bendición, era una sentencia de muerte lenta. Su pequeño dragón, el niño cuyos ojos eran espejos de la luna, fue marcado como ganado. Draco dejó de ser un hijo para convertirse en un sacrificio. Narcissa vio cómo su hijo se marchaba, cómo sus sonrisas se volvían muecas de indiferencia aprendida para no gritar. Su risa se había ahogado en el sótano de su propia casa, reemplazada por el eco de los gritos de aquellos que eran torturados para su "educación".

El cumpleaños número dieciocho de su hijo no fue una fiesta de gala. No hubo brindis por su futuro. Fue celebrado con el hedor de la carne quemada y los aullidos de hombres lobo en los jardines. En lugar de un banquete, hubo cadáveres sobre la mesa de caoba, testigos mudos de una cena donde el Avada Kedavra era la única música de fondo. Draco, su príncipe de plata, se convirtió en un desierto. Sus ojos, que antes reflejaban la luz de la luna, ahora solo reflejaban el vacío. Narcissa se dio cuenta entonces: no era el apellido lo que los condenaba, sino el nombre. Al bautizarlos con estrellas, los habían condenado a arder en el frío del espacio, solos y distantes.

Draco era un príncipe de sangre divina reinando sobre una montaña de cadáveres.


— ¿Draco está vivo? —El susurro de Narcissa fue un hilo de seda en medio de la tormenta de la guerra. Un desafió la voluntad del Señor de la Muerte. En el suelo del bosque, Harry Potter era un bulto de harapos y sangre. Narcissa se inclinó sobre él, y en ese momento, el mundo entero dejó de existir. No había pureza de sangre, no había señores oscuros, no había guerras sagradas.

Harry Potter, una víctima más de la ambición de los hombres. Narcissa si se había inclinado, no fue por piedad hacia el Elegido, sino por el hambre desesperada de una madre. Solo estaba el pulso. Un latido rítmico, débil pero persistente, bajo sus dedos. Sutil como el aleteo de una polilla, en el pecho del chico.

Ese latido era el billete de regreso a su hijo.

Narcissa miró a Potter y, por un segundo, vio a todos los niños Black que habían sido sacrificados en el altar de la ambición con ese pequeño asentimiento. Vio a Regulus, vio a Sirius, vio la mirada rota de su padre. Y decidió que la cadena de odio terminaba ahí.

En ese momento, Narcissa Black no sirvió a un Lord, ni a una causa, ni a la pureza de la sangre. Sirvió a su propio linaje. Mintió con la misma facilidad con la que un Black respira.

—Está muerto —anunció, y su voz no tembló.

Mintió a la cara de la muerte misma con la elegancia que solo una Black podría poseer. No lo hizo por la luz, ni por la justicia; lo hizo por el único trozo de su alma que no estaba hecho de mármol ni bañado en mentiras. Su "dragón" estaba vivo, y ella caminaría sobre el infierno si eso significaba volver a tocar su rostro.

— Harry Potter ha muerto —repitió, y en su mente ya estaba corriendo por los pasillos de Hogwarts, gritando en silencio el nombre del hijo que se negó a dejar morir. Su hijo, el último heredero de una estirpe maldita, esperando entre las ruinas de Hogwarts. Ella iría por él. Caminaría sobre los cuerpos de todos los magos del mundo si fuera necesario, porque si los Black estaban destinados al lamento, ella se aseguraría de que el suyo fuera el último en ser escuchado.

 

Notes:

Hola, después de tanto tiempo he decidido volver. El problema de mi falta de actualización fue debido a que me fui al extranjero terminar un diplomado, en ese momento mi laptop se estrello por lo que me vi sin la posibilidad de escribir y/o hacer tareas o proyectos que tengo, lo que me retrasó. Esto también hizo que perdiera el hilo de la trama, en parte pero ya me fui leyendo mis apuntes y también que me vi con mas tiempo de escribir y detallar a profundidad la trama, así que si, REGRESAMOS DEL HIATUS.