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Language:
Español
Stats:
Published:
2025-04-18
Words:
1,729
Chapters:
1/1
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6
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31

No enviado

Summary:

En una de sus visitas a Japón, Rin encuentra un par de cartas que Sousuke ha escrito pensando en él, pero que nunca envió

Notes:

Ultimamente he estado pensando mucho en estos dos, así que he querido escribir este pequeño y feo one shot.

Work Text:

—Hola, Rin-kun— saludó el primo de Sousuke en cuanto abrió la puerta, una sonrisa en su rostro—. Pasa. Sabes que estás en tu casa.

—Gracias como siempre por recibirme— respondió el pelirrojo mientras ingresaba al hogar con su maleta al hombro y, posteriormente, sacándose los zapatos.

—Sin problema. No necesito decirte por dónde ir, ¿verdad? — ambos rieron un poco, pero Kato tenía razón, pues Matsuoka, cada que viajaba a Tokio, se hospedaba con ellos, más específicamente, en la habitación de Yamazaki y ya conocía esa casa como la palma de la mano; era más fácil que rentar un cuarto de hotel—. Me imagino que debes estar cansado por el viaje.

—Un poco, sí, pero estoy bien. Y el tren estaba bastante lleno.

—Ese mocoso— Kazuma negó con la cabeza, siguiendo a Rin hacia el cuarto de su primo —. Debió ir a recibirte al aeropuerto y traerte en el coche. Todavía te pide que le hagas un recado.

—Está ocupado—Matsuoka le restó importancia mientras se encogía de hombros—. Es importante que siga con la terapia. Su hombro esta bien, pero podría estar mejor. Realmente no me molesta. De todos modos, hubiera llegado tarde porque se habría perdido.

—Últimamente ya no ha tenido problemas con eso. Al menos no cuando usa el carro. Debemos agradecérselo al GPS.

Rin rio una vez más, depositó la maleta al pie de la cama occidental y observó una caja con un sobre blanco y rechoncho sobre el escritorio.

—¿Es eso lo que quiere?

—Sí. Bueno, supuse que el sobre es para ti. Tiene tu nombre y estaba junto a la caja.

—¿Para mí?

Ahora fue el turno de Kazuma de encogerse de hombros ante la mirada bermellón del otro.

—Tiene tu nombre, pero no sé qué sea. No me dijo nada y no vi qué tiene dentro.

A pesar de hacer una mueca de duda, Rin no mencionó nada más, se acercó al escritorio y se hizo con ambos objetos antes de encaminarse de regreso hacia el exterior de la casa, el joven más alto siguiéndolo con aire desinteresado.

—Me voy entonces.

—Con cuidado.

Viendo que aun tenía tiempo y que Sousuke probablemente estaba a penas terminando con su terapia, el pelirrojo avanzó por las calles atiborradas de Tokio con parsimonia, la caja y el sobre en las manos que lo tentaban a examinarlo.

¿Qué eran todas esas hojas dobladas?

Eventualmente, Matsuoka arribó al punto de encuentro anteriormente asignado, pero, como supuso, Yamazaki aun estaba en camino y quedaban un par de minutos más para que hiciera acto de presencia, por lo que, tras mirar a la gente que iba y venía a su alrededor y colocar la caja debajo del brazo, abrió el sobre blanco que debía ser para una carta y extrajo uno de los papeles, desdoblándolo delicadamente hasta poder ver la cara donde el más alto había escrito y borrado repetidas veces.

Las cejas bermellones se fruncieron en confusión y sorpresa, pues Rin no esperaba leer la soledad y tristeza de Sousuke por no tenerlo cerca, sintiendo inmediatamente mariposas dentro del pecho al saber que éste aseguraba avergonzadamente que lo echaba muchísimo de menos, que ciertas cosas no eran lo mismo sin él y que deseaba poder verlo al menos una sola vez más. Había algo más escrito que Matsuoka no logró descifrar del todo, pues los kanjis estaban inconclusos y supuso que su novio había simplemente desistido con esa carta; quizás no era lo suficientemente valiente como para enviarla y mucho menos como para terminarla, pero el pelirrojo deseó que lo hubiera hecho, que hubiera plasmado todo lo que sentía y la hubiera dejado en manos del correo para que llegara a su destino en Australia.

Así que Matsuoka dobló esa hoja y tomó otra donde ahora Yamazaki hablaba de su sonrisa; esa tarde de invierno, Sousuke se había sentado delante del mar, oyendo las olas y el viento helado que golpeaba su cuerpo cubierto por varias capas de ropa que lo mantenían caliente, cuando de pronto salió el Sol de detrás de unas nubes espesas y plateadas, calentándole las mejillas de una forma muy agradable que le hizo pensar en la curva de los labios de Rin y sus dientes afilados brillando con alegría.

“Qué cursi y tonto me siento al pensar que tu sonrisa es como el Sol en invierno.”

Rin volvió a mirar a las personas ajenas a él, sin aliento y obligándose a mantener la compostura porque sentía las lágrimas amenazando con acumularse en sus ojos y, después, brotar de entre las pestañas, y no deseaba eso, al menos no ahí en medio de la calle y a plena luz del día.

Por un momento y de forma muy vaga, el pelirrojo pensó en detenerse, pero el deseó de saber qué más pasaba por la cabeza del pelinegro en aquellos momentos que estuvieron separados por kilómetros fue más fuerte, y terminó doblando la hoja y tomando una que hablaba de un nuevo restaurante que se había abierto poco antes de ser escrita esa carta y que según Yamazaki era muy bueno y que, de estar Matsuoka ahí, lo disfrutaría mucho, así que el de ojos turquesas prometió que ahorraría suficiente dinero para cuando el otro regresara de Australia y así poder invitarlo a comer ahí.

Sousuke no escribía de forma poética, a veces divagaba y dejaba frases abiertas por no saber cómo concluirlas. Sin duda alguna, el pelinegro no era muy talentoso con las palabras, sin embargo, Rin podía sentir cada emoción en ellas y estaba encantado con cada carta. Hubo una en especial que ya era la favorita del pelirrojo, a pesar de que quedaban muchas más cuartillas por leer, pues en ésta el más alto confesaba que lo quería, que no solo era su mejor amigo, que pensaba en abrazarlo, en besarlo y más (Matsuoka revisó la fechas y vio que para ese entonces ambos debían tener 15 años), pero, más que nada, que siempre pensaba en él, en sus ojos bermellones, brillantes, seguros y apasionados, en su risa dulce y armoniosa, en su cabello sedoso y vibrante, en sus gestos, sus quejas, en todo él al punto de que estaba seguro de qué pensaba más en el primogénito de la familia Matsuoka que en su propia persona y vida, y eso no parecía preocuparlo ni importarle, aunque sí lo molestaba, porque estaban tan lejos uno del otro y había veces en las que el más joven no mandaba carta alguna, dejando a Yamazaki sintiéndose olvidado.

“Te quiero tanto, Rin.”

Los ojos intensos escanearon los kanjis una vez más, en esta ocasión de manera superficial, y, luego, se alzaron como para reafirmar que nadie prestaba atención, sin embargo, descubrieron que Sousuke se acercaba, vistiendo ropa deportiva, el cabello claramente húmedo y un bolso colgando desganadamente de uno de los hombros.

—¿Tienes mucho tiempo esperando? — preguntó el más alto una vez se detuvo frente a Rin quien, en contestación y sintiendo la garganta cerrada, negó con la cabeza—. ¿Estás bien?

—Estoy bien— dijo Matsuoka, pero su voz era muy suave y esto no tranquilizó a Yamazaki.

—¿Te duele algo?

—No, Sousuke, estoy bien— y para cambiar de tema, el más bajo extendió la caja—. Aquí está lo que me pediste.

—Gracias. Y lamento no haber podido recogerte del aeropuerto.

—No te preocupes.

Una vez los ojos turquesa confirmaron que era la caja que necesitaba, se centraron en las hojas que Rin sostenía con ternura y rápidamente reconocieron de qué se trataba.

—¿De dónde sacaste eso?

Matsuoka bajó la mirada, preocupado, hacia las cartas.

—Kazuma pensó que ibas a dármelas— explicó el pelirrojo—. Estaban junto a la caja. En tu escritorio. Creo que no debía leerlas, ¿verdad?

Las cejas negras se fruncieron en disgusto.

—Lo siento, Sousuke.

Y el aludido suspiró.

—Está bien. Son una tontería, así…

—No lo son— replicó Rin, claramente enfadado y dándole un golpe al otro—. Me gustan. Son lindas. Y me hubiera gustado leerlas en ese entonces.

El más joven supo que Yamazaki no estaba muy de acuerdo con aquella idea, por lo que sus cejas rojas se acercaron.

—Hablo en serio, Sousuke. ¿Puedo quedármelas? No he terminado de leerlas todas. Me alegraría llevarlas conmigo a Australia.

—No.

—Por favor, Sousuke. De cualquier forma, son mías. Las escribiste para mí.

—Nunca las envié.

—No importa. Tienen mi nombre y mi dirección en el destinatario, así que son mías.

Al ver la mano más grande estirarse abruptamente para tomar las cartas, Rin movió el cuerpo y se apartó un paso, los rostros de ambos mostrando fastidio.

—Son mías, Sousuke.

—Nunca las envié. Y no las envié por una razón, Rin.

—Una razón muy estúpida. Me hubieran alegrado un poco mi estadía en Australia.

—Lo dudo mucho. Probablemente te harían llorar por estar lejos de casa y te sentirías mal por mí por extrañarte. Seguro habrías pensado en volver antes a Japón.

Dios, qué bien se conocían.

—Eso no lo sabes— trató de defenderse Matsuoka—. Deja que me las quede. Al final, ya las he leído. Algunas. No sirve de nada que te deshagas de ellas.

Sousuke se quejó con fuerza, enderezándose cuan alto era y se cruzó de brazos con aire inconforme, porque Rin tenía razón. ¿Qué más daba si las quemaba o no? Aun así, Yamazaki sentía inmensa vergüenza.

—¿Puedo quedármelas?

—¿Qué vas a hacer con ellas?

—Enmarcarlas y ponerlas en toda mi sala. Guardarlas, tonto, ¿qué más puedo hacer con ellas? Me gustará leerlas cuando me sienta triste. Sé que siempre estás para mí, Sousuke, pero es lindo leer que siempre has estado aquí conmigo.

El rostro del más alto se arrugó más, pero sus hombros cayeron en rendición.

—Cuando se te mete algo a la cabeza es difícil detenerte.

—Me gusta ser perseverante.

—Terco es la palabra. Bien. Pero hay una que no deberías leer.

—Leeré todas.

—Vas a llorar, Rin— Yamazaki suspiró, su mueca suavizándose y mirando compasivamente al otro—. Es sobre mi hombro.

—Ahora tengo más ganas de leerla.

—Ojalá no las hubieras encontrado.

—Estoy feliz de haberlas encontrado— Rin sonrió, una sonrisa grande y destellante que, desgraciadamente, fue contagiosa para Sousuke, aunque la suya era más dulce y sutil—. Gracias por escribirlas.

—Mhm—fue lo último que expresó el más alto, posteriormente inclinándose levemente para besar a su novio—. ¿Nos vamos?

—Seguro.

—¿Quieres que te las guarde?

—Já. No. No quiero arriesgarme a que las escondas.