Work Text:
Teruki Hanazawa y Shigeo Kageyama tenían 19 años.
Habían decidido comenzar una relación afectiva después de reencontrarse por casualidad en la universidad, sin saber lo que aquel cruce significaría para ambos. Teruki amaba a ese dulce chico de cabello negro. Lo admiraba profundamente. Lo había amado desde aquel primer enfrentamiento, cuando Shigeo le abrió los ojos con lágrimas en el rostro, suplicando no hacerle daño.
Desde entonces, Teruki sintió que quizá no merecía a alguien como él. Nunca encontró las palabras para describir la conexión que los unía. Shigeo era la luz que lo iluminó en su momento más oscuro.
Sí, lo amaba.
Volver a verlo le hizo sentir como el adolescente que alguna vez fue.
Aún recordaba aquella vez que intentó declararse con una carta en una cafetería… pero fue interrumpido por su entonces maestro; Reigen Arataka
Siempre sintió que Reigen absorbía demasiado del tiempo de Shigeo. Lo llamaba sin previo aviso, incluso cuando no era importante. Teruki creía que se aprovechaba de él, pero lo que más lo desconcertaba era que Shigeo jamás se quejaba.
De hecho, a veces parecía disfrutarlo.
Aunque nunca quiso pensarlo demasiado… ahora no puede evitar preguntarse por qué.
Nunca vio a Arataka como una mala persona. Al contrario, lo admiraba también. Siempre tuvo una buena relación con él; le había ayudado en más de una ocasión y le ofrecía consejos con una naturalidad generosa, sin dudar. Reigen no era alguien que le haría daño a nadie, se preocupaba por todos.
Tenía algo especial.
Aunque no poseía poderes, ni fuera un esper como ellos, destacaba. Su forma de hablar, sus gestos, cómo te envolvía con las palabras… era imposible no notarlo. Teruki nunca pudo odiarlo. No tenía razones para hacerlo.
Solo había algo que le molestaba profundamente: que Reigen no parecía considerar nunca el tiempo de Shigeo. Lo llamaba sin previo aviso, interrumpía sus momentos, lo absorbía.
Y Shigeo, nunca dijo nada.
Eso era lo que más le daba una sensación inexplicable ahora.
Él esper realmente era increíble.
El día que finalmente reunió el valor para confesar sus sentimientos a aquel chico de mirada serena y cabello azabache fue, sin lugar a dudas, el momento más feliz de su vida. Y lo decía en serio.
Ver esa expresión de sorpresa en el rostro de Shigeo, seguida por una sonrisa temblorosa y unos sollozos ahogados mientras se cubría la boca con las manos… fue algo que Teruki jamás podría olvidar. Para luego, ver cómo asentía con fuerza, sin una pizca de duda, el rostro completamente enrojecido y el cuerpo ligeramente tembloroso por la emoción…
No lo pensó dos veces. Se lanzó a sus brazos y lo abrazó con fuerza, dejando salir todo lo que sentía:
—Te haré feliz. Me hiciste muy feliz. Déjame demostrarte que valgo la pena —murmuró contra su oído, con voz quebrada por la alegría.
Tomó su rostro con delicadeza, acariciando esa piel tan suave y blanca como la leche, admirando de cerca cada trazo, cada pestaña, cada línea que lo hacía único.
Le dedicó una pequeña sonrisa, llena de emoción, y le robó un beso lento, silencioso, lleno de amor contenido.
Después, apoyó su frente contra la de él, todavía rozando sus labios, y susurró con total entrega "Te amo"
Esa noche llegó a casa saltando de felicidad.
Era un tonto. Un completo tonto… pero un tonto profundamente enamorado y feliz. Jamás imaginó que sería capaz de hacerlo. Nunca pensó que Shigeo aceptaría sin dudar. Su mente era un torbellino de emociones y su corazón no dejaba de latir con fuerza, como si todavía no creyera lo que había pasado.
Se dejó caer sobre su cama, riendo solo, con los ojos brillando.
Recordó cada detalle de esa tarde: las palabras, las sonrisas, ese beso tembloroso, El comienzo de algo nuevo.
Ahora Shigeo era su pareja. Su pareja.
Y en ese momento, no existía nada más hermoso.
Ellos dos nunca habían tenido una pelea.
Cuando algo iba mal, lo hablaban sin rodeos. No había gritos ni silencios incómodos, solo palabras sinceras y honestas…, a menudo, una cita improvisada para cerrar el día con una sonrisa. Tampoco había celos. No tenían motivos para sentirlos. Ni inseguridades, ni dudas, ni esa sombra de infidelidad que a veces se cuela en otras parejas.
Llevaban apenas dos meses juntos, pero todo parecía mejorar con cada día que pasaba.
Y, sin embargo… Teruki empezó a notar algo. Algo pequeño, sutil. No quería dudar de Shigeo. Jamás lo haría.
Pero desde el principio, hubo algo en la forma en que el chico evitaba ciertas muestras de afecto.
No era que las rechazara… simplemente, nunca las iniciaba.
Teruki no quiso darle demasiada importancia. Pensó que, tal vez, Shigeo solo necesitaba tiempo. Que quizás esa era su primera relación, y él —Teruki— sería su primer todo.
La idea lo emocionaba. Le daba orgullo. Lo hacía sentir especial.
Nunca escuchó nada sobre un “antes”. Nunca imaginó que hubiera habido alguien más.
Por eso, siempre quiso creer que la razón era simple y obvia: Shigeo era tímido. Inexperto.
Y eso estaba bien. Estaba dispuesto a esperar.
Después de todo… lo amaba, se amaban.
Una noche, durante una de sus citas de fin de semana —esas que tanto ansiaban para ponerse al día tras una semana ocupada—, Teruki sintió una vez más esa calidez familiar.
Shigeo hablaba con tranquilidad, pero con una emoción clara en la voz mientras contaba lo que había hecho durante los días que no se vieron: un nuevo proyecto, alguna salida con su familia, pequeños momentos del día a día que compartía con gusto.
Y Teruki solo lo miraba. Lo escuchaba atentamente mientras admiraba a su hermoso novio, preguntándose cómo había tenido la suerte de tenerlo a su lado.
En una muestra de cariño, intentó darle un beso suave en la mejilla, pero Shigeo se apartó apenas, con un movimiento casi involuntario.
No era la primera vez que pasaba. Ya lo habían hablado antes.
Teruki no dijo nada, solo sonrió con incomodidad y lo abrazó, apoyando su cabeza en el hombro del otro, que le sacaba varios centímetros.
Aun así, no pudo evitar que ese pequeño rechazo dejara un mal sabor en su pecho. Uno que no terminaba de irse.
La intimidad, sin embargo, era otro asunto… uno más complicado.
En los dos meses que llevaban juntos, nunca había pasado nada más allá de algunos besos o caricias. Lo máximo fue aquella noche, después de una fiesta.
Los dos estaban borrachos, y al llegar a casa, entre risas y torpeza, comenzaron a besarse con desesperación. Se deseaban, se tocaban con urgencia, y entre besos se tumbaron en la cama, empezando a desvestirse con manos temblorosas.
Pero entonces, Shigeo se quedó quieto. Su rostro se llenó de miedo.
Y de pronto, comenzó a sollozar.
Se acurrucó contra el pecho de Teruki, repitiendo entre lágrimas:
—No puedo… Lo siento… No puedo…
Teruki se quedó paralizado. Solo atinó a abrazarlo con fuerza, completamente desconcertado, tratando de entender qué había pasado.
Desde esa noche, nunca volvieron a hablar del tema. Fue como un recuerdo que ambos prefirieron ignorar.
Y aunque él respetó ese silencio… la ansiedad nunca lo dejó en paz.
No podía dejar de preguntarse si su pareja había sufrido algo. Un trauma, un abuso. Algo que estuviera reviviendo sin que él lo supiera.
La culpa lo carcomía.
Por mucho que intentara convencerse de que no lo había forzado, que ambos estaban bajo los efectos del alcohol, que él se detuvo en cuanto Shigeo lo necesitó…
No podía dejar de sentir que fue su culpa.
Y nunca, nunca pudo superar ese miedo.
Con el paso del tiempo, todo siguió su curso. Su relación era como cualquier otra: amorosa, sana, alegre.
A pesar de los defectos y pequeñas incomodidades, nada parecía ser motivo para una ruptura.
Shigeo era cercano a Tome. A veces posponía citas con Teruki porque tenía planes con ella, pero eso nunca le molestó.
Teruki la consideraba una buena chica. No eran amigos, pero confiaba en ella, y le alegraba saber que Shigeo aún mantenía vínculos con personas de su adolescencia.
De vez en cuando, Tome aparecía de forma inesperada en casa de Shigeo mientras Teruki también estaba ahí. A él no le importaba. Le parecía gracioso ver cómo Shigeo se sobresaltaba, nervioso, intentando explicar que no estaban haciendo nada raro y que debía avisar antes de venir.
Ella solo se reía y se burlaba. No ocurría seguido, pero cuando pasaba, resultaba entretenido.
Una de esas veces, Tome decidió quedarse un rato.
Solo quería pasar a comer algo, según dijo, y le resultaba más fácil hacerlo allí que buscar una cafetería. Shigeo suspiró y aceptó, y fue directo a revisar qué podía ofrecerle.
Teruki, por cortesía, se sentó a charlar con ella un poco. No quería que el ambiente se volviera incómodo.
Tome era animada, hablaba sin parar. Teruki simplemente la escuchaba. Hasta que, casi como si no pensara en lo que decía, soltó algo que lo congeló:
—Debe ser difícil estar en una relación con Mob, ¿no?
Teruki frunció levemente el ceño, confundido.
—¿A qué te refieres? —preguntó, con toda su atención ahora sobre ella.
Tome rió de forma incómoda y dudó un segundo. Sin embargo, al notar la intensidad de la mirada del rubio, decidió hablar.
—Bueno… tú sabes, ¿no? Sobre su última relación. La primera, más bien. No fue fácil para él. Ni para Shigeo… ni para Reigen.
El mundo se detuvo.
Ese nombre. Ese maldito nombre.
Teruki sintió como si le hubieran arrancado el aire de los pulmones.
Reigen. Shigeo.
¿En una relación?
Nunca supo exactamente qué era lo que unía a Shigeo con su antiguo maestro, pero jamás imaginó que fuera algo más allá de una amistad… ¿o una especie de vínculo profesional?
Y sin embargo, ahí estaba. Esa revelación como un puñal certero entre las costillas.
Se tapó la boca con una mano, temblando ligeramente.
Todo comenzó a encajar. Todo.
Las evasiones. La falta de afecto. La forma en que Shigeo cerraba su corazón incluso en los momentos más íntimos. No era timidez. No era inexperiencia.
Simplemente… él no era Reigen.
Y por eso, no merecía lo que alguna vez alguien más recibió.
Teruki no pudo levantarse. Sentía que el estómago se le revolvía. Tome, al darse cuenta de que Shigeo nunca le contó nada, palideció. Intentó recomponerse, soltando alguna risa nerviosa, buscando calmar el ambiente.
Pero Teruki solo se forzó a sonreír. Una sonrisa que no llegó a sus ojos. Todo dolía.
No podía quedarse más.
Se levantó con esfuerzo y caminó hacia la cocina, donde Shigeo servía algo para la visita.
Le rodeó la cintura con los brazos desde atrás, apoyando suavemente el rostro en su hombro. Le dio un pequeño beso en la mejilla, y con una torpe dulzura, murmuró:
—Me surgió algo… Tengo que irme, pero te mando mensaje cuando llegue a casa, ¿sí?
No esperó respuesta. Solo quería salir de ahí antes de desmoronarse.
Teruki llegó a su departamento y sin pensarlo fue directo al baño. Se dejó caer frente al inodoro y vomitó, aunque no tuviera nada en el estómago. Era solo el vacío, la ansiedad revolviendo sus entrañas.
Se sentía ridículo. Engañado. Totalmente indefenso.
La frustración lo carcomía, y aunque no quería culpar a su pareja, una punzada de resentimiento le mataba hasta fondo. Las emociones se le enredaban de forma cruelmente.
Se dejó caer en el suelo, abrazándose a sí mismo, buscando un poco de consuelo en su propio cuerpo. Al principio solo temblaba, pero pronto las lágrimas llegaron y ya no pudo detenerlas. Respiraba con dificultad, tratando de recuperar la calma.
Ahora todo era evidente. Nunca recibió una iniciativa, una caricia espontánea, un impulso sincero… porque él no era Arataka.
¿Cómo podía competir con ese hombre?
Ese que lo conocía desde la raíz, que estuvo con él en sus años más frágiles. Ese que había tenido un lugar asegurado mucho antes de que él apareciera.
No podía ganar contra alguien así.
No importaba cuánto se esforzara.
Se sentía reclamando un espacio que quizás nunca fue suyo.
Sabía que su pareja lo quería. No dudaba de eso. Lo demostraba a su manera. Pero no era lo mismo. No lo miraba con ese brillo quebrado, con esa intensidad nostálgica que se encendía cada vez que el nombre del ex mentor salía a flote.
No lo amaba de la misma forma.
Y lo que más lo desgarraba… era imaginar que todo lo que no habían compartido —la intimidad, el deseo, el abandono total— sí lo había vivido antes con él. Ese pensamiento le perforó el estómago.
Volvió a vomitar.
Era una imagen que lo atormentaba. Una película proyectada una y otra vez en su cabeza. Celos irracionales. Inseguridad y
Dolor.
Jamás le había contado sobre esa antigua relación.
Pero no por maldad. Sabía cómo era. Creía que si no hablaba de algo, no pasaba nada. Que el silencio protegía. Pero no.
El silencio se convirtió en algo más peor y doloroso de lo que imagino.
Se sintió patético. Había dado todo de sí. Intentó crecer, volverse alguien digno, mejorar. Se entregó por completo.
Y sin embargo…
Descubrir que quien ocupó ese lugar antes que él fue Reigen Arataka lo desarmaba por completo.
Lo quería. Lo deseaba con todo su ser. Y eso mismo lo estaba matando.
Ahora no podía dejar de preguntarse si cada caricia, cada palabra dulce, cada risa compartida… fueron genuinas.
O si simplemente eran un eco débil de lo que alguna vez sintió por otro.
¿Y si nunca fue del todo cómodo con él?, ¿Y si se estaba obligando a querer a alguien que no era quien realmente deseaba?
No sabía cuándo ocurrió esa historia. Ni cuánto duró.
Solo recordaba que dejaron de trabajar juntos —o de verse— oficialmente cuando Shigeo tenía unos diecisiete. Nunca preguntó por qué.
Pero cada vez que alguien lo mencionaba, su rostro cambiaba.
Se quedaba en silencio. La emoción se le escapaba en los ojos. Y ahora todo encajaba dolorosamente.
Entender todo eso de golpe era una tortura. Le arruinaba la cabeza como si su propio cuerpo quisiera detener el dolor emocional con físico. Teruki solo anhelaba ser la razón.
Ser esa razón de todo. La causa de cada emoción, cada lágrima, cada latido.
Quería que lo que ese chico de mirada fría y oscura, incluso su melancolía, fuera por su causa. Y sí, sabía que sonaba egoísta.
Pero todo esto lo era. Un deseo egoísta, terco e irreal.
Anhelaba ser la persona que tanto tiempo había esperado.
Demostrarle que era mejor que quien lo dejó roto, sin explicación ni consuelo. Teruki quería merecerlo. Quería que su relación no fuera solo una válvula de escape, ni una distracción ante un vacío que otro había dejado. No quería ser una sombra que solo pasaba mientras el verdadero dolor seguía allí.
No podía pensar en alejarse. Solo imaginar una vida sin él le hacía temblar. Sentía que si lo perdía, todo su mundo colapsaría. ¿Y valdría la pena, entonces? ¿Acaso algo había valido la pena?
No estaba seguro.
Pero una pregunta empezó a crecerle por dentro, como espinas:
¿Shigeo sentiría lo mismo si él decidiera marcharse?
¿Sufriría igual que él ahora? ¿Le dolería más o menos que cuando Reigen lo dejó atrás? Ese pensamiento lo silenció por dentro. Volvió a abrazarse las piernas mientras se encogía sobre sí mismo en el suelo.
En el fondo, quería que le doliera más.
Quería que si él se iba, su ausencia pesara más que cualquier pasado. ¿Y si no? ¿Y si Reigen siempre ganaba? ¿Por qué ese hombre tuvo todo lo que él nunca pudo?
Teruki amaba a Mob con desesperación.
Lo deseaba hasta los huesos. Pero dolía saber que quizás nunca sentiría lo mismo por él…Que tal vez ni siquiera podía, porque aún vivía a la sombra de alguien más. De alguien que no está, pero que sigue presente.
¿Y si Reigen decidía volver? ¿Shigeo correría tras él sin pensarlo dos veces? ¿Lo dejaría a él con la misma facilidad con la que ignoraba sus intentos de intimidad?
Estaba agotado. Todo le resultaba repulsivo. Él mismo se sentía repulsivo.
Pensar en esos labios… En cómo fueron besados antes con pasión y sin esfuerzo alguno. Pensar que no fueron suyos primero, ni lo serían con la misma entrega, le revolvía el alma.
Solo quería ser suficiente. Quería sentirse querido de nuevo.
Anhelaba ser eso que siempre quiso ser para Mob. Su refugio. Su espacio seguro. Quería que comprendiera que a su lado estaría mejor, sin tener que seguir esperando a un fantasma. Porque él estaba allí. Siempre había estado. No como ese otro, que ni siquiera intentó quedarse.
Pero se hundió tanto en su mar de pensamientos que no notó que su teléfono vibraba sin parar.
Diez llamadas perdidas.
Una avalancha de mensajes.
Todos del mismo nombre.
De la razón de su amor.
Y también… de su sufrimiento.
