Chapter Text
CHARLES.
A Charles Beckendorf le gustaría decir que su vida era común.
Cuando le preguntaban por su familia, a él le gustaba responder lo dulce que era su madre con él, a pesar de su personalidad firme y altanera, su madre era la mujer más fuerte y amable del mundo. Lo había criado sola al menos hasta que tuvo cinco años (edad en la que su padrastro llegó a su vida), y Charles no podía estar más satisfecho con ello.
Veronica Beckendorf era con creces, la mayor inspiración de Charles. Cuando la acompañaba a su taller de tallado y carpintería y le mostró también cómo jugar con el metal para crear; su madre siempre tuvo una habilidad innata con la elaboración de cualquier tipo de artilugios o artefactos, cualquier cosa. No importaba si eran sencillos, complejos, simples o complicados. Su madre podía hacerlo. Ella podía hacer cualquier cosa.
Tuvo la gran fortuna de que esa misma habilidad con las manos, la capacidad de crear y moldear inventos y artefactos se le fuera heredada casi al nacer; puede recordar anécdotas que su abuela le contó, de cómo sus dedos se movían mágicamente, como si supiera dónde colocar cada parte y aún sin saberlo, tener la seguridad de que el mecanismo así funcionaba.
Él había heredado el cabello alborotado de su madre, aunque siempre dudaba de ello porque nunca lo dejaba lo suficientemente largo como para comprobarlo. También sus ojos determinados y su puerta firme, eran de ella. Su abuela solía decirle que era verla como si fuera una versión masculina suya, una más tosca y con esa grasa de bebé que aún no había desaparecido; casi siempre era algo vergonzoso, porque la anciana le pelizcaba las mejillas y lo mimaba como si fuera un bebé, y si bien Charles nunca negaba las muestras de afecto, a veces era demasiado.
Sin embargo, lo demás en él, su personalidad, el color de sus ojos y el de su cabello, su apariencia tímida y retraída. Aquello era de su padre.
Pero a Charles no le gustaba mucho señalar eso, en especial cuando nunca había conocido al hombre.
Su madre no lo mencionaba mucho incluso antes de juntarse con su padrastro, Joel. Eran charlas ocasionales y fugaces que Charles apenas recuerda, tenía poco menos de cuatro años antes de que esas conversaciones fueran tan inusuales.
Su madre le decía que su padre era un hombre grande, fuerte, alguien muy gentil e incómodo, alguien que definitivamente tenía problemas para hablar con las personas y comunicarse con ellas apropiadamente. A menudo, prefería tratar con máquinas que con personas.
Charles podría decir que a veces comprendía aquello, a veces las personas eran demasiado complejas para terminar de comprenderlas.
Podía recordar vagamente la mirada triste y nostálgica de su madre cuando el recuerdo de su padre la golpeaba, como sus ojos se dirigieron a la ventana de su cuarto en la pequeña casa en la que vivían en una ciudad pequeña a los afueras de Baton Rouge. Nunca le había gustado como el ánimo de su madre decaía con solo nombrar a una persona, pero tampoco negará la curiosidad que sentía por el hombre que se suponía era su padre. Aunque a veces no lo consideraba así.
Porqué, ¿De verdad alguien podía ser tuyo si nunca lo habías conocido? Charles nunca se molestaba en indagar en el tema cuando alguien se lo cuestionaba, por mucho que algunos compañeros de clase lo creyeran motivo de burla, Charles tenía más que suficiente con su madre, la mujer que lo crio desde cero ya quién le debía todo.
Igual, no es tan malo. Si, había días que la ausencia calaba como ningún otro y él deseaba con toda su alma poder reclamarle a ese hombre haber abandonado a su mamá, o el hecho de ni siquiera haber estado presente en al menos su nacimiento; días donde Charles escuchaba las divagaciones de su madre, hablando al aire en el pequeño cuarto que les servía como estudio-taller a alguien no estaba ahí, como si su madre lo hiciera porque alguien la escucharía. A Charles le dolía el corazón, más por no poder hacer nada por ella.
Pero al menos, se alegraba de la existencia de Joel.
No era un mal hombre, tampoco era feo y en su mayoría agradable, hacía reír a su madre y por lo que ella decia era muy romántico cuando se lo proponía.
Y no se llevaban mal, tampoco llevaban una relación típica de padrastro-hijastro; en su mayoría Joel lo toleraba, y él a Joel. Eran a veces solo conversaciones casuales, de vez en cuando él asistía a reuniones escolares de Charles cuando su madre no podía asistir y contadas ocasiones donde lo llevaba a buscar herramientas o cómics, aunque no era muy fan de estás últimas. Pero nada más, Joel estaba ahí por su madre y Charles no podía alegrarse más por ello. La prioridad de Joel dentro de “su” familia era su madre y él estaba completamente de acuerdo con eso; no estaba interesado en forjar o rehacer un vínculo paterno con él, no por otra cosa porque no lo necesitaba, en realidad, nunca lo necesitó y estaba perfectamente bien con eso, Joel parecía entenderlo. Y dirigirse una sonrisa con un asentimiento de cabeza al iniciar el día o al saludarse era más que suficiente.
Su rutina era repetitiva, no se quejaba de eso tampoco. A veces visitaban a su abuela los fines de semana en las afueras de la ciudad en el campo. La mujer mayor era dulce y atenta, casi siempre mimando a Charles como si aún fuera un pequeño bebé de apenas unos meses de nacido apretando sus cachetes y revolviendo su corto cabello rizado con su mano.
El aroma del pan recién horneado de su abuela, el ambiente caluroso y húmedo, el canto de las cigarras fuera de la casa hogareña de infancia de su madre, para luego una cena caliente y familiar.
Puede que Charles no tuviera muchos lujos, no tuviera una familia “completa” o no tuviera tantos amigos, pero para él su vida estaba en perfecto estado.
Simpleza, sencillez, tranquilidad.
Claro, eso era así al menos hasta hace unos meses, cuando su escuela contrató a un nuevo profesor de educación física, Gleeson Hedge.
El hombre era algo extraño, pero, ¿qué profesor de educación física no es así?
Era pequeño incluso para un hombre entrando a la mediana edad, con un cabello castaño rojizo (muy a veces cuando le daba el sol) que siempre estaba alborotado en rizos pequeños; Era robusto y con un buen físico para el estándar de profesores de gimnasia común. Su ceño fruncido daba la impresión de estar enojado todo el tiempo, con una mueca fastidiada que anhelaba la hora del fin de período de clases en el colegio todos los días. Su barba le cubría toda la barbilla y estaba bien cortada, del mismo tono que sus rizos y con un par de cañas apenas asomando; siempre llevaba consigo un bate de y un megáfono que utilizaba en todas sus clases para “animar” a los estudiantes desde lejos (Charles creía que animar era muy optimista, más bien los regañaba y llamaba la atención cuando veía a alguno que otro de sus compañeros holgazaneando en lugar de cumplir con sus actividades de béisbol).
En consecuencia, la mayoría de los estudiantes no lo tomaban en serio; decían que era un viejo cascarrabias, como gritaba todo el tiempo ante el más mínimo detalle y lo aburrida que era su dinámica de enseñanza, algunas veces había grupos de estudiantes que lo decían en voz alta durante sus períodos, y aunque en la mayoría de las ocasiones llegaba a escucharlos el hombre parecía no entender la indirecta. Y si lo hacía, no es como que le importará de todas las formas. El hombre lucía duro como una roca.
Charles lo trató como a todos sus profesores; saludarle con educación, cumplir con sus ejercicios y tareas durante su clase y no colocarse en su lista negra de estudiantes problemáticos, lo que cualquiera debería hacer. Ni siquiera eran cosas tan exageradas como para convertirse en uno de sus estudiantes preferidos o un lamebotas.
El entrenador era fácil de irritar, y no parecían gustarle mucho los niños (pero ¿qué maestro si lo hacía?), no le prestaba mucha atención a Charles las primeras semanas, cosa que agradeció por montones durante aquel tiempo, ser el centro de atención no iba con él, hiciera lo que hiciera era atención no deseada. Si acaso, era insistente con él, empujándolo a participar más durante los ejercicios y dedicando miradas que él sentía lo juzgaban durante un tiempo irregular.
Había algo extraño en aquel hombre desde que llegó. Charles no sabía qué era, lo atribuyó a que era solo algo nuevo agregado a su vida desde hacía un tiempo y solo era cuestión de tiempo volver a acostumbrarse a su presencia. Creía que tal vez se debía a que lo estaban presionando más en una actividad física, algo que nunca se le dió del todo bien.
Fue hasta que un día durante uno de sus talleres donde el entrenador descubrió lo bueno que era para crear y moldear con sus manos que su dinámica cambió, poco a poco.
Si ya lo presionaba antes, ahora lo hacía hasta el límite. Si antes le llamaba la atención por cosas insignificantes, ahora parecía tenerlo en la mira en todo momento, como si cuando apartará la mirada Charles fuera a esfumarse de su lugar o fugarse de su clase como otros de sus compañeros habían intentado (y fallando en el proceso).
Charles pensó que tal vez y con el tiempo la rutina volvería a empezar; tal vez el profesor dejaría de tenerlo bajo su mira y enfocaría su atención en algún adolescente otro problemático de su clase que no obedecía durante sus clases, tal vez incluso estaba paranoico con el asunto por los ruidos raros que a veces escuchaba en el patio de su pequeña casa y no lo dejaban dormir en paz, o los sueños extraños que tenía entre sus siestas o en medio de la noche sobre dioses, monstruos y criaturas míticas que solo veía en cuentos y libros de historia.
Ojalá fuera o hubiera sido solo eso, paranoia o curiosidad mínima por un próximo estudiante problema.
Pero no lo fue.
Fue alrededor de cuatro meses después de que Hedge llegó a su colegio que las cosas realmente se salieron del control y de lo “común”.
Las vacaciones de invierno recién habían terminado, y se acercaba su cumpleaños número trece. El frío le helaba los huesos a pesar de llevar dos buenas capas de suéteres.
Su madre se notaba más preocupada y Joel no había aparecido por su hogar desde que terminaron las vacaciones; Charles recuerda que los escuchó a él ya su madre discutir acerca de que algo se aproximaba, algo que según describe su madre no podría evitar y tenía que dejarlo ir. Joel intentó calmarla dentro de lo posible, susurrando palabras de aliento, que era lo mejor y que estaría seguro allí. A Charles no le gustó aquella charla, pero tampoco se atrevió a preguntar de qué se trataba todo el alboroto porque en cuanto hizo acto de aparición en el salón fingiendo que apenas había regresado de jugar en la nieve con un par de amigos del colegio, su madre se volteó hacia él con una sonrisa y actuó como si todo aquello no hubiera existido pasado, aún cuando Joel le dedicó una mirada de pura última.
Charles estaba inquieto, porque desde la noche de navidad los sueños (que poco a poco y desde comienzos del mes se tornaron pesadillas) extraños se hicieron mucho más frecuentes y vividos. Por sobre todo.
Podía verso a sí mismo, corriendo por una pradera en medio de la noche con no más que una mochila gris a su espalda, una chamarra gruesa y unos guantes súper gastados a toda velocidad, moviendo sus piernas tan rápido como su cuerpo y resistencia se lo estaba permitiendo. A su lado, había dos figuras corriendo a prisa por igual.
Una era más pequeña, tanto que parecía una mota de oscuridad decolorándose a través de la hierba alta del valle. La que tenía a su izquierda era más grande y robusta, le gritaba algo que era incapaz de registrar en sus oídos aturdidos y en su lugar seguía corriendo.
Cada mañana después de ese sueño, Charles se despertaba sudando frío y con un dolor de cabeza tan fuerte que sentía que en cualquier momento podría explotarle los sesos y salir escurriendo por su nariz a presión.
Hoy era uno de esos días. Se había despertado con una sensación de hormigueo por todo su cuerpo, temblando ligeramente y aquella punzada desde lo profundo de su cabeza martillando una y otra vez dentro de su cráneo. Hoy más era más insoportable que nunca, incluso sentí que la cabeza le palpitaba por segundo.
A pesar de eso, y de un arrepentido escalofrío que le recorrió la columna vertebral, y del constante presentimiento de que algo malo sucedería ese día, Charles se alistó para ir a la escuela como cualquier otro día.
No fue el mejor día de todos pero tampoco el peor, no desde que empezó el año escolar. Al menos eso fue lo que se dijo a sí mismo durante la penúltima clase del día.
Hasta que recordó que su último período era la clase de gimnasia. La clase que impartía el entrenador Hedge.
Se planteó la idea de salir corriendo de la escuela y simplemente correr hasta su casa para tirarse en cama, dispuesto a descansar su cuerpo y al menos dormir una siesta para aliviar el dolor persistente que no lo había abandonado en ningún momento del día.
Pero no pudo hacerlo, no cuando sus compañeros lo empujaron hasta el gimnasio, dónde Hedge ya los estaba esperando con su bate en mano y su megáfono en la otra.
Hoy más que nunca lucía estresado, y no en su estado natural. No. Su ceño estaba fruncido en una mueca de impaciencia y estrés, como si algo lo hubiera molestado durante todas las vacaciones de invierno y la idea de estar dentro de ese gimnasio lo enfermara (algo inusual porque el entrenador amaba moverse y ejercitarse, algo definitivamente estaba mal). Charles jura que incluso noto como olfateaba el aire alrededor y luego hacía una cara de asco (Charles podría haber reído si no estuviera tan alarmado, porqué, ¿qué esperaba el entrenador de un espacio cerrado con unos veinticinco adolescentes que recién están entrando a la pubertad o sufriendo cambios hormonales?).
Charles trató de concentrarse en su entorno, en las actividades físicas o incluso en hacerse el tonto con sus compañeros como muy pocas y casi nulas veces hacía. Quería sacar de su cabeza la preocupación que lo carcomía vivo y lo distraía a niveles monumentales. Cree que ahora tal vez su TDAH podría haber accionado, pero al parecer decidió simplemente esfumarse y torturarlo con un dolor de cabeza terrible.
Durante toda la clase, el entrenador Hedge no apartó la mirada de él ni un solo segundo. Analizándolo desde lejos y solo comunicándose a través de su megáfono viejo (Charles deseó tener a la mano alguna de sus herramientas para hacerle alguna que otra modificación al megáfono y de una vez se callara).
Y una vez que el día terminó y Charles pensó que al fin podría descansar en la comodidad de su cama rodeado de almohadas y edredones suaves, Hedge lo llamó.
"Beckendorf, ¿verdad?" Preguntó él, Charles asintiendo, confundido. ¿Es que acaso no recordaba su apellido aunque tenga más de tres meses enseñando en esa escuela…? “Bien, había temido por un momento haberme equivocado”. Se dijo a sí mismo, o eso pareció. Charles no le prestó atención tanta y en su lugar quiso huir a su hogar de una vez, cansado del día y drenado más que otras ocasiones.
Charles notó que Hedge lo siguió con la mirada incluso después de que abrió las puertas del gimnasio y salió corriendo por el pasillo para correr a casa, ansiando la comodidad de su cama, la calidez de sus sábanas y mantas, tal vez le pediría a su madre si le podría preparar un chocolate caliente o un té de frutos rojos para el frío que le congelaba los huesos. No recordaba mucho de los planos que su madre había hecho ese día, pero no le importaba mucho, tal vez podría convencerla de quedarse en casa para descansar, su madre era una mujer ocupada.
Durante el camino, intentó quitarse de la cabeza los ojos de Hedge sobre él, el zumbido en sus oídos y los fragmentos borrosos del sueño de noches anteriores habían martillado en su cráneo ahora más que nunca. El viento frío entraba con dificultad por sus fosas nasales, quemando sus pulmones al entrar y salir por su respiración agitada. Sentía como si estuviera a punto de sufrir una especie de ataque de pánico, pero él nunca los había tenido y dudaba tener uno.
Rápidamente comenzó a divisar el barrio por donde había crecido y había vivido durante los últimos años (prácticamente toda su vida). Y por alguna razón, se sintió nostálgico, poniendo atención a las casas gastadas por la lluvia o la luz del sol, el césped a veces mal cortado y los jardines llenos de flores de otras. Charles sacudió la cabeza cuando un fragmento del sueño se atravesó por su cabeza justo al ver la luz de los faros en la avenida. Trago saliva, apretando los tirantes de su mochila entre sus dedos y apresurando más el paso a cada segundo, no tenía ni idea de porqué se sentía tan ansioso, no ahora.
Finalmente y luego de lo que probablemente fue la caminata a casa más larga de su vida, reconoció la calle por donde vivía. Se apresuró a llegar hasta su hogar y abrir la puerta con la llave que su madre dejaba abajo del tapete de la entrada (aunque a veces la cambiaba de lugar a abajo de una maceta o detrás de una caja de herramientas que dejaba en el porche).
El aire frío e invernal del exterior fue reemplazado por la calefacción tenue del interior de la casa, la luz cálida de la sala y el aroma a chocolate caliente recalentado lograron relajar su cuerpo. Charles nunca estuvo tan contento de estar en casa luego de un día de escuela, porque nunca había detestado las clases en realidad, era un estudiante promedio.
Pero fuera de lo que él había pensado, algo andaba mal. Su madre estaba en la sala, inquieta, con una mochila gris vieja (exactamente como la que llevaba en su sueño) en las manos; Charles había pensado que se trataba de una mochila que Joel había dejado en casa días atrás, que tal vez él vendría hoy a visitarlos o solo pasaría a recogerla porque estaba ocupado. Trataba de ignorar el pensamiento creciente de que aquella mochila era para él, que de alguna forma su madre parecía haberla preparada con sus cosas y que por alguna razón que no entendía, ella lo haría irse. En solitario . Pensó.
Contuvo la respiración y dio un paso al frente, un poco aturdido. Su madre, quien estaba moviendo herramientas y piezas sueltas de un lado a otro, reparó en su presencia y saltó en su lugar. La mujer le excitaba, tan dulce y gentil como solo su madre hacía y se movió hasta él, atrayéndolo en un abrazo (como si nunca lo hubiera hecho, o como si nunca podría volver a hacerlo), como si quisiera protegerlo o no soltarlo nunca. A Charles le costó unos segundos procesar la situación para abrazar a su madre también. Le hubiera resultado un poco gracioso que casi la había alcanzado y llevaban menos de quince centímetros de diferencia. Su abuela solía decir que su madre tenía una altura promedio, pero que Charles era muy alto, como su padre (pero Charles nunca conoció al hombre, entonces no estaba seguro de confiar en esa declaración.
Charles notó que el pelo de su madre estaba alborotado, más que de costumbre. Aunque la calefacción de la casa estaba perfecta, ella estaba sudando y lucía agitada, preocupada; la mujer estaba aturdida y cada movimiento era torpe. Al retirarse del abrazo, se tropezó con sus pies y casi cae, Charles lo evitó al sujetarla por los brazos. Al mirarla más de cerca, pudo ver bolsas prominentes y marcadas debajo de sus ojos, del cansancio y la falta de sueño. Charles no pudo evitar preguntarse si era por el trabajo o por esa inquietud que había mencionado hace días. O si la inquietud tenía que ver con él.
Él esperaba que no fuera la segunda opción.
Su madre se rió, y Charles se dió cuenta de que a pesar de su disturbio, las sonrisas de su madre siempre eran genuinas (y tal vez era porque iban dedicadas a él, a su hijo, y ella siempre sería real y honesta con su hijo, su único hijo). "Perdona Charlie, no he podido dormir bien. ¿Cómo te fue hoy en la escuela?" Él sabía que estaba evitando el problema, que se negaba a enfrentarlo y solo estaba barriendo por encima y escondiendo la suciedad debajo de una alfombra. Pero su madre no era así, no la mujer que había conocido Charles.
“Estuvo bien, la profesora Juls no pudo asistir hoy así que tuvimos el periodo libre, y el profesor Fisher dijo que el ensayo de literatura sería pospuesto unas semanas…” guardó silencio por un momento, debatiendo en su cabeza si debería preguntarle a su madre qué le sucedía, incluso cuando ella parecía estar evitando el tema.
Finalmente, decidió preguntar, no perdía nada por intentarlo. “Y tú… eh, estás bien mamá? Estás un poco distraída.” Le dijo, moviendo sus manos inquieto en su lugar mientras esperaba que su madre le contará la verdad.
La mujer jadeó, pasándose la mano por el cabello mientras se alejaba un par de pasos de él y se removía, incómoda en su lugar.
“No puedo esconderte las cosas por mucho tiempo, ¿Verdad campeón?” Se pasó un mechón de cabello rizado detrás de la oreja, suspirando mientras le hacía a Charles un ademán de seguirlo.
Charles intentó con todas sus fuerzas no prestar atención a la mochila que aún estaba en el sofá, con los mismos guantes y la misma chaqueta con la que se había visto a sí mismo entre sus sueños.
En la cocina, su madre le dió la espalda mientras sacaba dos tazas y servía un poco de chocolate caliente en cada una. Charles miró alrededor, la pared pintada de color naranja opaco que comenzaba a pelarse por el paso del tiempo, los cuadros colgados en dónde aparecían él y su madre posando, a veces también su abuela y en otras cuantas sus tíos. Había una en particular que era la única donde Joel aparecía, se encontraba pegada al refrigerador con un imán en forma de llave inglesa y estaba un poco doblada; era de un viaje “familiar” que habían realizado un año y medio atrás a San Francisco, porque de ahí venía Joel. No dirá que fue un viaje terrible, pero tampoco fue la gran cosa, tal vez volvería a hacerlo, pero solo para complacer a su madre de convivir con su pareja y para que ella se convenciera de que eran una familia.
Charles arrugó el ceño. Probablemente era algo grosero pensar así, y se arrepentía de pensarlo así en ocasiones, nunca se atrevería a decirlo en voz alta.
Se sentaron en los bancos puestos a cada lado de la barra y su madre le dió un sorbo al chocolate, mirando la taza mientras se perdía entre sus pensamientos. Charles no estaba seguro de si de verdad quería saber la respuesta frente a todo lo que había atormentado a su madre desde la charla que tuvo con Joel días atrás.
Mejor aún, si estaba preparado para escuchar lo que sea que tuviera a su madre comiéndose las uñas y quitándole el sueño por la noche.
“Nunca he hablado mucho de tu padre, ¿verdad?” Dice ella, con una mirada llena de melancolía, Charles nota que sus ojos nunca parecieron brillar tanto cómo cuando hablaba de su padre. Lo cual era muy poco, Charles podía contar las ocasiones con los dedos de una sola mano. Y es verdad, ella nunca habla de su padre. Recuerda vagamente como de pequeña ella solía divagar en cosas muy superficiales, su abuela apenas y tocaba el tema; no sé diga cuando ella y Joel empezaron a salir. De por sí el hombre que le dió la vida era raramente mencionado, ahora no era sino más que un fantasma, ajeno a conversaciones casuales e incluso menos que eso.
Charles tampoco va a mentir, nunca estuvo muy curioso por saber de él, ya lo ha dicho. Pero ahora se siente distinto, porque ahora su madre está hablando como si él fuera un adulto; en algún punto se imaginó que tendría esa conversación con ella, que ella le hablaría de su padre y cómo se conocieron, de lo que pasó y del porqué el hombre decidió simplemente esfumarse de sus vidas incluso antes de nacer. Pero apenas estaba por cumplir los trece, y aunque para algunos niños eso ya era ser prácticamente un adolescente (y como decían ingenuamente algunos de sus compañeros o amigos, un adulto pequeño), para él seguía siendo muy pronto.
"No. No mucho." Lo cual es el equivalente a nada, pero eso solo lo guarda para sí mismo. Le da un sorbo a su taza con chocolate para ocultar su nerviosismo y su madre se ríe, muy secamente y comienza a jugar con uno de sus mechones de cabello que le cae por el rostro.
Es incómodo, Charles no va a mentir. La forma en la que su madre se detiene y piensa, como duda cuando está a punto de hablar y cómo sus dedos tamborilean en la taza o la barra para lograr calmar sus propios nervios le hace darse cuenta de que tal vez no quiere tener esta conversación. Pero no puede echarse para atrás, si su madre no lo hace él tampoco lo hará.
“Para empezar, era un complemento nerd”. Comenzó su madre, riendo con pena. De alguna forma, Charles se esperaba eso; las pocas veces que su abuela se le escapaba algo del hombre era de lo parecido que era él en cuanto a la personalidad del hombre. “Nos conocimos poco antes de mayo o abril, yo estaba trabajando en el taller y él se acercó para observar”. La mujer dió otro sorbo corto, tomándose tiempo para ordenar sus palabras. "No era encantador, ni tan guapo. Pero sabía escuchar, también tenía un gran amor por las máquinas y la artesanía. Era torpe, tímido. La mayoría de las veces tropezaba con sus propias palabras y no captaba el sarcasmo, siempre evitaba toda conversación que no fuera conmigo". Su madre volvió a reír, y algo de lo que dijo sobre él le recordó un poco a sí mismo. Se encogió pensando si a su madre no le dolía verlo, si no le dolía ver la imagen del hombre en él. "Se hizo habitual para mí ver por el taller, llegaba a la misma hora, temprano por la mañana y siempre se iba cuando se ponía el sol y era momento de cerrar. A veces se ofrecía acompañarme a la casa de la abuela, y aunque decía que no era bueno hablando, el tema de conversación nunca faltaba".
“¿Mi abuela lo conoció?” Para este punto, Charles estaba pensando que sí, porque de otra forma no habrá manera de que ella lo relacionara con él, o cómo asimiló sus personalidades.
Sin embargo, su madre se rió para sí misma y negó con la cabeza. “No, mamá solo lo vió una vez pero nada más. Él huyó antes de que se pudiera acercar”. Charles piensa que habría sido chistoso, ver a un hombre hecho y derecho huir de su futura suegra era algo no tan maduro de su parte. Se da cuenta de que incluso Joel pudo hacerlo y siente que eso dice mucho de su padre biológico.
"Los días pasaron, y cada vez nos regresamos más y más cercanos. Creo que nunca me había sentido tan cómodo hablando de mis pasiones como lo hice con él." Puede equivocarse, pero Charles cree que los ojos de su madre están repletos de amor, como si pudiera ver al hombre aún, como si el amor que sintió por él nunca se hubiera ido. Su voz es más suave, es distinta de la altanería habitual con la que habla; Charles nota el amor y la añoranza en su tono y entiende algo. Tal vez él nunca necesitó un padre, tal vez él estaba bien y tenía más que suficiente con su madre. Pero a ella si le hizo falta él, ese hombre que tenía que haber estado con ella y que le robó el corazón.
"No creo poder recordar el momento en el que decidimos ser pareja, pero un día él me lo pidió y yo acepté. Y no hace falta decir lo enamorados que estábamos". Charles siente pena por su madre, porque una mujer que ama como ella debería tener el mundo completo. Tiene la necesidad de preguntar por qué él la deja si estaba tan enamorado por igual, y ni siquiera es porqué está enojado, es porqué no puede con la idea de que este hombre tan torpe haya huido sin más.
"Debo decir que no tenía planeado tener hijos tan pronto. Pero lo hice, unos meses después de comenzar oficialmente a ser pareja, descubrí que estaba embarazada de ti, Charlie..." su madre levanta la cabeza, y su mano se dirige a su mejilla. Y ahí Charles se da cuenta que así como su madre habla maravillas (algo así) y sus ojos se iluminan con amor y cariño ante la mansión de su padre, también lo hacen con él. "Estuve feliz, un poco sorprendida. Pero la idea de que un pequeño ser humano crezca en mi vientre, una combinación perfecta entre lo mejor de él y lo mejor de mí, era asombrosa". Verónica vuelve a su lugar y revuelve el chocolate. El silencio se prolonga por unos segundos y Charles siente que es eterno, porqué sabe que es lo que sigue.
Se pregunta cuál será la razón por la que su madre le está contando esto; por qué está conociendo apenas al hombre que se supone que es su padre por palabras de su madre, por qué están solos desde el momento en que charles nació y por qué ese hombre no está aquí en este momento. Por qué es solo un recuerdo y no una presencia, como debería haber sido.
Su madre ahora parece más caída y cansada, como si hablar del tema la hiciera envejecer. "Cuando se lo conté, estuvo feliz, casi tanto como yo. Pero luego se mostró distante, se alejó, y yo no sabía porqué. Qué había hecho mal". Su voz era más seca y apagada, pero se estaba forzando a contarle a su hijo la razón real detrás de todo, y Charles, aunque no estaba preparado, se había resignado a oír la verdad. Antes de seguir hablando, su madre tomó sus manos con las suyas, apretandolas con cariño y luego mirándola a los ojos. "Charlie, cariño. Escúchame, quiero que me prometas que me vas a escuchar, todo lo que diga, y vas a creerlo. Porque así son las cosas y tenemos que aceptarlo". Tenemos, dijo ella, no tienes. Charles se dió cuenta que su madre aún estaba procesando la situación, y sea lo que fuere que le estaba pidiendo que aceptará, así sería. Total, no podría ser tan extraño, ¿Verdad?
“Si… está bien mamá, te creo, no importa qué”. Dijo, sonriendo a duras penas. Pero su madre frunció el ceño y apretó sus manos suavemente. "No, Charlie. Quiero que digas que lo prometes. Porque está situación es delicada y quiero que sepas y entiendas que esto es la realidad, no hay otra cosa más que lo que te voy a decir, y que puedes pensar que es una locura. Pero no lo es. Prométemelo Charlie."
Su voz, ahora autoritaria pero de alguna forma seguía siendo cariñosa, le hizo entender a Charles que su madre iba en serio. Y eso lo asustó. Pero ya no podía echarse para atrás, no cuando su madre estaba así, no cuando sus ojos estaban haciendo el máximo esfuerzo por aguantar las lágrimas y cuando ella había estado soportando el peso de este hecho durante quién sabe cuánto tiempo, sola.
Asintió, aún nervioso. “Está bien, lo… Lo prometo mamá”. Dijo por fin y aunque no sonreía ahora, si demostraba la seguridad y la confianza en sus ojos a su madre, como lo había hecho desde el momento en que tuvo uso de razón. Siguiendo a su madre incluso a ciegas.
La mujer ascendió también, y suspiró. Su chocolate yace olvidado a lado en la barra y escuchaba el eco de las corrientes de viento que se filtraban por la ventana. Luego, su madre volvió a hablar y nada podría haber preparado a Charles para esa explicación.
"Tu padre no podía estar conmigo, con nosotros. Era peligroso para los dos". Ante cualquier otra situación, Charles habría pensado que su madre había estado con una persona cuestionable y tenía una especie de amor prohibida por ello. Pero resultó todavía peor que eso. "Sé lo que estás pensando, qué tipo de persona peligrosa estás pensando. Pero no es así." Se río su madre, pero así como apareció esa mota de humor, se esfumó de igual forma.
“Tu padre, Charlie… era un… ser fuera de nuestra comprensión”. Dijo primero, dejándolo confundido. Porqué aquello sonaba simplemente absurdo. “¿Recuerdas ese cuento de mitología griega que te contaba para dormir cuando eras más pequeño?” Le preguntó, y Charles solo asintió, porque ¿Cómo olvidar aquella obsesión infantil que tuvo sobre Dedalo e Icaro? Un cuento sobre su padre y su hijo, un amor incondicional que nunca tuvo y siempre negaba necesitar, incluso ahora. “Bueno, él era algo así… como…” de nuevo, guardó silencio, como si la palabra misma fuera imposible de vocalizar o estuviera atascada en un nudo en su garganta y le fuera imposible sacarlo. Charles estaba confundido, y en otra ocasión, se habría reído o volteado los ojos sarcásticamente como hacía siempre que algún amigo o compañero decía cosas sin sentido.
Pero no era cualquier persona, y por más irracional que estuviera siendo la explicación, Charles decidió esperar y creerle. Era su madre, a quien le había prometido comprender y aceptar la situación.
“Tu padre, Charlie, era un dios”. En otro momento, la declaración habría resultado estúpida, una comparación exagerada debido al amor que su madre sentía por su padre. Pero ahora no, porque su madre llevaba días sin dormir y estaba inquieta, y él había tenido sueños extraños desde la navidad. Y aunque lo más lógico era cuestionar a su madre o culpar a su falta de sueño, algo dentro de Charles decía que no era así.
Esto es real, es la realidad. Su madre le dijo, y Charles se recordó a sí mismo que enfrentaría lo que estaría acechando a su madre desde hacía tanto tiempo él también.
"A mí también me pareció absurdo, como una vil excusa para zafarse de la responsabilidad, de nuestra responsabilidad. Y ojalá hubiera sido solo eso." Las manos de su madre acariciaron sus dedos, y la sensación le recordó cuando él tenía siete años y su madre le contó aquel cuento que mencionó antes. "Él me explicó que no podía quedarse con nosotros porque sería peligroso para los dos. Que ser hijo de algún dios tiene esa consecuencia. Que conforme tú crecieras el mundo, su mundo y sus criaturas se volverían en tu contra, que te buscarían y en el peor de los casos te encontrarían." Charles estaba lo suficientemente grande para saber qué significaba eso. Podrias morir . Y al menos por eso, tuvo que darle crédito a su padre. Aunque era lo mínimo que debía hacer desde un principio. "Me costó mucho aceptarlo, pero al final yo sabía que era lo mejor. Así que pasó todo el embarazo conmigo, y luego, antes de que tú nacieras, él me prometió que algún día te conocería..."
Charles debió sentirse aliviado de que su madre le explicará su pesar. Y tal vez pido entender la razón detrás de su negación a hablar de su padre; porque ella lo había perdido sin remedio alguno, y Charles se preguntó si en alguna ocasión su madre hubiera preferido tener a su padre que a él. Decidió no pensar en eso, porque tal vez no le gustaría la respuesta.
Pero luego su madre se levantó y se dirigió a su habitación, él esperó en la sala, mirando la mochila gris en el sofá, la chaqueta para invierno a su lado y los guantes. Su madre aún no había terminado.
Cuando su madre regresó, sonó el timbre de la casa. Ella dejó las cosas que llevaba en las manos en un mueble al lado del sofá y suspensó, yendo a abrir la puerta con resignación.
Y si Charles pensó que ya nada podía ser más extraño que la revelación de su padre, pues estaba totalmente equivocado. Porque su madre abrió la puerta y el entrenador Hedge estaba afuera, con su gorra y chaqueta y…
“Entrenador… usted sabe que yo lo respeto mucho y que en general nunca me meto con su sentido de la moda, pero… ¿Soy yo o sus pantalones son de pelo de cabra” probablemente debería haber hecho como otras veces, pensar lo que va a decir y luego decirlo, pero cuando tu profesor de educación física aparece en la puerta de tu casa y la mitad inferior de su cuerpo son piernas de cabra, no tienes tiempo de procesar la situación.
Su madre se rió entre dientes al mismo tiempo que pasaba saliva, y el entrenador bufaba, como si no fuera la primera vez que le decían eso. “¿Tu madre no te explicó la situación, Beckendorf?” el hombre se cruzó de brazos y Charles supo que, era lo que su madre había omitido anteriormente durante su conversación.
Probablemente se dió de su error, porque su madre se disculpó en voz baja ante el profesor y se acercó hasta él, agarrando sus mejillas y mirándolo a los ojos. Había tanto en ellos, y lo sostenía como si nunca en la vida pudiera hacerlo de nuevo, como si esa fuera la última vez que lo vería.
A Charles le dió miedo la posibilidad de que así fuera.
“Mamá-” Quiso decir, confundida, apenas siendo capaz de procesar la situación por completo. Cómo si apenas su cabeza hubiera conectado los puntos y la gravedad de la situación.
Pero su madre se le adelantó. “Charlie, escucha”. Empezó, tratando de mantener la calma. Tanto ella como él. "No seguro estás conmigo, ya no. ¿Recuerdas que te mencioné que su mundo trataría de encontrarte? Está más cerca de hacerlo, y si te quedas aquí no podrás protegerte de él porque son cosas mucho más fuertes que un resfriado". Con cada palabra, el peso de la realidad se cernía sobre Charles y lo que aquella confesión significaba. “Ahora sabes sobre él, sabes que no eres un niño común y eso te pone más en peligro que nunca.” Su madre junto a sus deberes, como hacían cuando él era pequeño y despertaba por una pesadilla. “Y no seguro estás aquí, pero hay un lugar para más niños como tú, otros que te van a entender mejor y donde vas a estar seguro”.
Su madre se separó, y aquello se sintió como si lo estuviera dejando caer. El entrenador Hedge, a pesar de tener todo el tiempo una expresión de fastidio, ahora mostró pena, última. Cómo si hubiera hecho aquello muchas otras veces y nunca terminaría de acostumbrarse.
Su madre guardó un par de cosas más en la mochila, así como aquellas que trajeron de su habitación y cerraron la mochila, le dió la chaqueta y los guantes junto con un gorro de invierno a Charles, y por últimos unos lentes de soldador, los mismos que ella utilizaba cuando salía a trabajar. Antes, Charles estaba haciendo de todo por aguantar el llanto, pero ahora era casi imposible, menos cuando las manos de su madre pusieron las lentes en las suyas para que los sujetara. La mirada en sus ojos era una llena de arrepentimiento, tristeza, completamente destrozada porque estaba alejándolo. Charles mentiría si dijera aquel aquello no le rompía por dentro igual.
"Lamento que esto suene tan... definitivo, Charlie. Pero no lo será. Te lo prometo. El entrenador Hedge te cuidara y se va a asegurar de que llegues al campamento sano y salvo, y tal vez un poco adelante más puedas volver..." la voz de su madre se quebró finalmente, y lo abrazó tan fuerte como nunca que Charles lo hizo también, mordiendo su labio y temblando. Porque su vida hasta hoy en la mañana era normal. Porque apenas ayer se había ido a dormir con la única preocupación de entregar su tarea de física y filosofía, de llegar a tiempo a casa para la cena y su próximo proyecto para pasar el rato.
Ahora mismo, era como si le hubieran echado un balde de agua fría y hubieran puesto su mundo de cabeza.
El entrenador Hedge carraspeó, recargado en el marco de la puerta, incómodo y un poco afectado por la situación (pero Charles estaba seguro de que diría que no y mentiría al respecto).
"Siento interrumpir, señora Beckendorf, pero está oscureciendo, y el camino es bastante largo. No quisiera tener que viajar tanto de noche, así que, si no le importaría..." se acomodó la cachucha y se enderezó, su madre se acercó un poco nerviosa y volvió a abrazarlo, dándole un beso en la mejilla y en la frente antes de volver a mirarlo. Tal vez no estaba de acuerdo con dejarlo ir, pero a fin de cuentas, aceptando que esto era lo mejor. Lo mejor para él.
"Ten cuidado, Charlie. Eres fuerte, mucho más de lo que crees, estoy segura de que estarás bien y que tal vez ésto sea lo mejor para tí. Te amo tanto campeón, muchísimo". Su madre ya estaba llorando, y Charles tal vez también estaba igual, y finalmente y luego de un último abrazo, Charles se dirigió a la puerta, dónde el entrenador Hedge esperaba. Antes de darse la vuelta, dió una mirada por toda la casa, tratando de guardar cada detalle de la casa donde vivió desde que estaba en pañales, desde que nació; recordando cada uno de sus cumpleaños, las navidades, el año nuevo y los cumpleaños de su madre, todas aquellas veces que su madre lo arrulló después de una pesadilla, cuando veían películas juntos e incluso las veces que Joel se quedó a cenar.
Se dio la vuelta, porque de quedarse viendo habría querido irse nunca, y después de despedirse de su madre, salió junto al entrenador de la casa. Alejándose a pasos lentos que se sentían como una tortura.
Charles Beckendorf hubiera querido decir y asegurar que tenía una vida normal. Pero cuando te enteras que tu padre al parecer es un dios, que tu vida corre peligro porque habrá criaturas míticas buscándote y que tu profesor de gimnasia es mitad cabra, realmente no hay nada de común en eso.
"Bueno chico. Comenzamos el viaje, porque será largo". Dijo el entrenador, acomodándose la gorra mientras Charles lo seguía a unos cuantos pasos, a veces volteando atrás y notando como la casa de su madre quedaba cada vez más y más lejos. Cómo se alejaba del lugar que toda su vida fue su hogar y ahora no podría regresar hasta quién sabe cuándo.
Charles de verdad hubiera querido decir que su vida era normal.
