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Vuelve a cuestionarse cómo terminaron así.
Sentado a orillas del colchón mientras se sostiene a él con las palmas, los puntos brillantes que titilan en la infinidad nocturna le hacen replantearse todo desde un principio.
Por el rabillo del ojo, da un vistazo casi tan rápido como la luz para comprobar si él está dormido. Vuelve a las estrellas, pero el magnetismo de su persona lo lleva a mirarlo por enésima vez; transmitía esa calma que tanto le gustaba, lamentándose por no poder sumergirse en el azul de sus ojos ahora cerrados, pero deleitándose con la buena vista.
El calor residual del verano se instala en su pecho y siente que el corazón va a salírsele. Esboza la única sonrisa sincera que sólo él puede robarle y vuelve a reposar a su lado, acomodándole los mechones de sol que caen sobre su frente. Se mueve y ahora teme por despertarlo; con suerte, no lo logra y suspira, aliviado.
Podría haber sido ese sábado de enero en las duchas; podría haber sido ese martes de marzo en el entrenamiento; podría haber sido ese jueves de abril en la oficina; podría haber sido en sus años de instituto, incluso. Shinra no sabía ni cómo, ni cuando, ni dónde, ni por qué había cambiado los golpes con Arthur por latidos nerviosos. Podría haber sido en las charlas de cama, donde intercambiaban las peleas verbales por palabras reconfortantes. O podría haber sido en las noches que compartieron el mismo colchón, las mismas sábanas y la misma almohada, justo como lo hacían ahora.
Respecto a lo anterior, había una minúscula diferencia; no, no tan minúscula, siendo el antónimo de minúscula. La ropa se hacía sobrar por el suelo, regándose por todas partes.
Ríe por lo bajo al recordar los seis meses que pasaron antes de que se le cruzara por la cabeza rozar sus dedos con las manos de Arthur; otro mes tomó dejar de evitarlo para armarse de valor y poder entrelazar sus manos; ya casi pasó un año cuando sus labios buscaron los de él, siendo hoy el primer día que un beso los hizo divagar en el calor del momento.
Los dedos de Arthur hicieron cosquillas mientras subía por sus palmas, elevando los brazos de Shinra hacia arriba, a la altura de su cabeza. Hundió sus manos en la almohada mientras que Shinra se encadenaba a él al rodear su cadera con sus piernas.
El descanso de un beso que los ahogó en lujuria reencontró sus miradas. A Shinra se le erizó la piel, convirtiéndose en gallina ante los zafiros que parecían darle escalofríos como aire de invierno; Arthur sintió el calor de los rubíes en los ojos de Shinra, depositándose en su vientre.
