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Quieto, Roto, Vivo

Notes:

Es dolor y sufrimiento...y mucho pensamiento filosófico(?

Disfruta <3

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

La guerra suele llevarse una parte de la sociedad.

Cuando la batalla cesa, el silencio que llega después es casi tan destructivo como la misma guerra. La mezcla de sentimientos pesa más que los resultados. Ganar o perder no representa mucha diferencia cuando se han perdido vidas, independientemente del bando al que pertenecían. Y no solo se pierden unas cuantas vidas: se pierden millones, tanto físicas como mentales.

Al finalizar la guerra contra la Liga de Villanos, la U.A., junto con las otras academias de héroes, decidió retrasar el inicio del año escolar mientras lidiaban con las repercusiones y levantaban todo lo que se destruyó. Así que cada alumno fue enviado a casa para recuperarse de sus heridas, físicas y mentales, recibiendo todo el apoyo que necesitaran.

Cada uno recibió la ayuda psicológica que era evidente que necesitaban.

Pero, si bien la ayuda cubrió gran parte del problema, no significaba que los recuerdos se borraran; al menos, Katsuki no consideraba que así fuera. Su camino por la U.A. fue complicado desde el inicio. Dejando de lado todo el desastre emocional que representó para él sentirse superado por Deku —a quien ahora se esfuerza por llamar Izuku—, su camino no fue fácil. Fue secuestrado en su primer campamento porque lo veían como un villano prometedor. Escuchó la opinión de la prensa tras su secuestro, escuchó cómo especulaban sobre su capacidad para mantenerse en el camino del heroísmo. Luego, el trauma se volvió aún peor: tuvo que ver cómo su ídolo de la infancia, aquel por quien había querido ser un héroe, perdía su don y casi moría, todo porque él no había sido lo suficientemente fuerte como para evitar su propio secuestro. Así que su historial con los terrores nocturnos no era reciente.

Pero morir… morir era diferente. Las últimas palabras que Shigaraki le dirigió antes de acabar con su vida quedaron grabadas con fuego en su interior. Si bien el rubio sabía que tenía deficiencias y que su personalidad no era la más aclamada ni su mejor ventaja, el hecho de escucharlo de la boca de un criminal, de alguien que tampoco era mejor que él, no hizo que nada mejorara.

Bakugo podría catalogarse a sí mismo como un frasco con demasiadas cosas en su interior. Un frasco que contiene más de lo que su capacidad permite y que, en consecuencia, empieza a agrietarse. Esas grietas no se ven al principio, porque lo que hay en el interior es mucho más llamativo que las resquebrajaduras. Porque el frasco es transparente, es llamativo y se ve resistente. Entonces, nadie se detiene a pensar si está conteniendo demasiado para su propia capacidad. No. La gente lo mira, observa el interior, lleno de cosas buenas y de cosas no tan buenas. Lo bueno no suele ser el centro de atención porque se encuentra en el fondo, debajo de todo lo demás. En cambio, lo malo brilla en la superficie; es llamativo porque resalta, desbordando el frasco siempre.

Para Katsuki Bakugo, él es eso: un frasco transparente que desborda cosas negativas a los ojos de los demás, y que, a pesar de tener también cosas buenas, nadie se dedica a observarlas tanto como se enfocan en lo malo que flota arriba. Así que, sí, Bakugo es un frasco con grietas. Grietas que se han formado a lo largo de su corta vida por almacenar en su interior más de lo que debería. Es por ello que, al escuchar a Shigaraki decir que jamás sería nada y que siempre viviría a la sombra de Izuku Midoriya —quien, a pesar de haber intentado mejorar su relación con él tras pedirle perdón por todo el daño que le ocasionó, sigue siendo una de las principales razones de su inseguridad y de esos sentimientos de inferioridad y odio propio que tanto conoce—, las grietas que ese frasco tanto había soportado y que con tanto esfuerzo había intentado cubrir terminaron por abrirse, dejando salir todo lo que había en el interior, bueno y malo.

Nunca lo admitiría, pero para él, morir fue un alivio. Sabe que, si lo hablara, sería material de internamiento en un hospital psiquiátrico. Pero mientras veía a todo el mundo dejándose la vida por detener al líder de la Liga de Villanos —que a este punto ya ni siquiera estaba seguro de si seguía siendo el mismo Shigaraki que conoció en sus enfrentamientos pasados—, supo que lo que tanto rondaba por su cabeza era la mejor y única opción para todos, incluso para él.

Había pasado tantos meses hundiéndose en su autodesprecio, en la decepción y en el miedo de nunca poder ser su mejor versión posible, que la simple idea de morir al frente de la batalla no le pareció descabellada. Sabe que eso no está bien, y que muy probablemente debería comentarlo con alguien: con algún profesor, con sus padres incluso… o tal vez con el psicólogo que la U.A. le asignó cuando los enviaron a todos a sus casas. Pero no puede. No puede exteriorizar todo lo que aún queda en ese frasco que han intentado reconstruir, al menos no aún.

Las semanas pasaron, la reconstrucción continuó, y cada día las ciudades afectadas se iban viendo mejor. Aún les quedaba un largo camino por delante, pero poco a poco se levantarían de nuevo. En su caso, no pudo participar de la reconstrucción como otros de sus compañeros. Su cuerpo aún no estaba al cien por ciento y nadie quería que corriera riesgos. Así que se centró en la recuperación y en las terapias. Podría decir que lo primero era más efectivo. Su cuerpo respondía mejor que su cabeza, a pesar de que todo se le hacía cuesta arriba y la frustración lo invadía muchas más veces.

La frustración también fue algo que hizo que ese frasco se rompiera.

Así que, cuando regresaba de una terapia realmente frustrante —física y mental—, con el peso de las últimas sesiones en las que le fue imposible realizar actividades que antes eran de lo más sencillas para él, dejar caer un vaso lleno de agua en el suelo de la cocina fue su detonante. En retrospectiva, es algo que no le sorprende, pero que realmente esperaba que ocurriera mucho antes. Después de todo, nunca ha sido conocido por ser alguien paciente, y mucho menos comprensivo… sobre todo consigo mismo.

Fue algo realmente tonto. Había bajado por algo de beber en medio de la noche, en un intento de desviar su mente de la pesadilla que lo había despertado. Intentó ser sigiloso, lo más que su cojera y los quejidos esporádicos le permitían. Bajó a la cocina y quiso un poco de agua. Cuando tomó el vaso con su mano no dominante, se permitió creer en sí mismo, quiso darse el beneficio de la duda e intentó sostenerlo con la otra mano. Esa mano que, en los últimos días, no le había permitido ni siquiera sujetar un lápiz de forma correcta.

Entonces lo hizo. Lo sostuvo por unos segundos, hasta que su mano no pudo soportar más el calambre que subía por el brazo, alcanzando el hombro y un poco más allá, hasta la escápula. El quejido fue inevitable, y dejar caer el vaso lo fue aún más. Los cristales saltaron alrededor de sus pies, y nunca le importó menos si salía herido o no. Solo pudo agachar la mirada, fija en los restos de lo que alguna vez fue un instrumento útil.

Un instrumento diseñado para una tarea.
Algo que era útil.

Útil.

Ahora ya no era útil.

Y por más que intentara unir las piezas, no podría hacer que aquello que fue útil en algún momento, y que tenía una tarea y un propósito, volviera a ser lo de antes.

Los pasos apresurados que bajaron las escaleras, junto con unas manos que lo sujetaron suavemente, fueron lo que lo hizo salir de su estupor. Fijó su mirada en aquellos rubíes que tan familiares le resultaban, esos ojos rojos que su madre le había heredado junto con muchas otras cosas, lo miraban alerta, asustados y preocupados.

Ver su reflejo en esos ojos fue lo que consiguió derrumbarlo.

Al principio fueron unas cuantas lágrimas. Luego, los sollozos se presentaron, y la voz rota solo acabó por liberar todo aquello que intentó ocultar desde el día en que su corazón había vuelto a latir.

—¿Algún día podré alcanzarlos? Solo quiero ser útil—
—Mamá, ¿por qué tuve que volver?—
—¿No podían simplemente dejarme ahí? Yo no merecía volver...—

Las palabras salían de su boca mucho antes de poder procesarlas, entre frases rotas por el llanto y los sollozos, aferrándose con fuerza a la bata de su madre, sujetando la tela entre sus manos mientras escondía el rostro en su pecho, como no lo hacía desde que era un niño pequeño. Cuando sus llantos se debían a una pesadilla o incluso a una rabieta. Nada parecido a lo actual.

Cuando era pequeño, lloraba porque no quería que Deku jugara a los héroes. Ahora lloraba porque no sabía si podría ser un héroe junto con Izuku y el resto de la clase A.

Para Mitsuki, la escena era devastadora. Su pequeño niño, el que siempre sonreía confiado y aseguraba que sería el mejor héroe del mundo, ahora lloraba entre sus brazos mientras decía cosas que su cabeza no conseguía procesar. Su pequeño sol, su bebé... ¿no quería vivir? El simple pensamiento de que no se hubiera levantado del campo de batalla la aterrorizaba.

Masaru no se sentía diferente. Cuando la guerra cesó y los héroes heridos fueron trasladados de emergencia al hospital, a él y a su esposa se les notificó sobre la condición de Katsuki. Ambos estaban horrorizados con la idea de que su pequeño hijo no pudiera salir adelante. Y cuando fueron llevados al hospital para reencontrarse con él, la imagen que los recibió sería algo que quedaría grabado a fuego en sus mentes: el rubio, lleno de cables que lo conectaban a diferentes máquinas, su cuerpo cubierto de vendajes y algunas zonas inmovilizadas para evitar que se lastimara al recuperar la conciencia.

Masaru nunca antes le había tenido tanto miedo a la muerte.

Ahora veía a su hijo, ese chico que había crecido tanto que había superado en altura a su madre, acurrucado en su pecho, buscando desesperadamente algo a lo que aferrarse, algo que le recordara que estaba vivo y que valía la pena estarlo.

Esa noche nadie durmió en la casa de los Bakugo. Ni la siguiente. Ni la que vino después. Recuperaron una costumbre que habían olvidado cuando Katsuki cumplió nueve años y aseguró que ya era demasiado grande para hacer algo así. Después del estallido en la cocina, Mitsuki y Masaru se aseguraron de recoger las piezas rotas de su hijo, y prometieron que volverían a unirlas para que el rubio volviera a ser el chico que siempre quiso ser.

Las noches de insomnio se volvieron pijamadas. Los tres se tumbaron en la cama matrimonial, con Katsuki en el medio, siendo sostenido por sus padres, rodeado de ese calor y ese amor que a veces olvidaban que se tenían. Las pequeñas charlas en susurros también volvieron, las caricias en el cabello y los abrazos reconfortantes.

Para Masaru, la escena era nostálgica: su pequeño diente de león entre los brazos de Mitsuki, siendo amado, siendo reconfortado mientras susurraban sobre trivialidades. Cosas como qué harían para comer al día siguiente, o qué podría mejorar en algún diseño para los desfiles de las próximas colecciones.

Y aunque ellos estaban haciendo su parte, sabían que no era suficiente. Así que, con amor y paciencia, apoyaron a Katsuki en cada paso. Eventualmente, habló de ello con un psicólogo. Uno que le dio la suficiente confianza para no sentirse juzgado.

Poco a poco, el frasco se armó de nuevo. Si bien no era como el anterior, con una imagen robusta y fuerte a simple vista, era uno nuevo, con una mejor estructura, dispuesto a almacenar más cosas buenas que cosas malas.

La guerra suele destrozar más de lo que a simple vista se puede ver. Roba partes de las personas, se lleva algo de todos, incluso de los más jóvenes. Y aunque la ciudad se estaba reconstruyendo, aún faltaba mucho para que cada persona en Japón volviera a ser la de antes. Quizás no volverían a ser los mismos, pero al menos intentarían ser la mejor versión de sí mismos con las piezas que la guerra les dejó.

Notes:

Un poco de mi diciendo de todo menos el punto principal, soy adicta. Arrestenme.

Si te gusto lo que acabas de leer, ya sabes que hacer ;D

Perdón por eso.