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Mi musa de cabellos azabaches

Summary:

John perdió su inspiración para dibujar, pero seguro alguien del campamento puede ayudarlo a recuperarla.

Work Text:

Años habían pasado desde la última vez que John sostenía seriamente un lápiz. Quizás incluso nos remontamos desde antes de que Jack naciera… Después de todo, desde el primer momento que el pequeño niño había llegado a este mundo, John no había tenido un momento de paz. En el momento en el que se sentaba para descansar un momento, los incesantes regaños de Abigail comenzaban a sonar. Que si el niño necesitaba esto, o lo otro. Que si era mal padre, que debería estar más presente… Cosas que no le podían importar menos. Escuchaba y asentía, pero realmente lo único que anhelaba en ese momento es que Abigail simplemente se callara y lo dejara beber whisky hasta ahogarse en él, solo y en paz.
Y aun así, Arthur había decidido que mientras John lidiaba con su laboriosa paternidad, era un buen momento para echarle en cara que hace años no lo veía dibujar. Con aquella sonrisita burlona en la cara, una que no necesitaba palabras para hacerse entender… “Fue una etapa de niño que simplemente quería copiar lo que su hermano mayor hacía” podía leer en sus ojos.
Y, oh, él no podía permitir su orgullo ser herido de esa manera. En su cabeza, él hacía las cosas porque él quería. No porque había sido influenciado. Claro que debía demostrarle a Arthur que su pequeña etapa de artista no había sido su culpa. No, no podía dejar que el rubio se llevara el crédito de aquello también.
Y contra todo pronóstico, toda queja de su mujer o preguntas del niño (al cual mezquinó su libreta y lápiz cuando le rogó por dejarle hacer un pequeño dibujo en ella), tomó su antigua libreta que yacía olvidado entre toda su ropa en su tienda.
Sin embargo, en el primer momento que empezó a garabatear de nuevo notó que la innegable realidad se burlaba de él; no dibujaba hace años y empeoró más de lo que podría admitir.
Sus dedos estaban acostumbrados a los toscos movimientos de las tareas físicas que realizaba a diario. No tenía esa delicadeza al trazar que veía en Arthur, o esos coordinados movimientos en los que los dedos de Javier se movían por las cuerdas de acero de su guitarra.
No, los suyos apenas tenían fuerzas para sostener el lápiz por cinco minutos sin que su muñeca se canse. Apretar el gatillo comenzaba a verse como una tarea fácil en comparación a tratar de imitar a Arthur, quien podía pasar horas boceteando en su libreta.
Podía notar también, una cruel comparación a los dibujos que solía hacer cuando era joven. Carecían del alma y la emoción que tenían antes. Si observaba aquellos dibujos que Hosea aun conservaba, podía ver la inocente emoción de descubrir el mundo. Quizás era una mera ilusión en su pesimista punto de vista, pero no podía evitar notar que fue en picada.
Por días había intentado dibujar lo que veía. Quizá alguna flor que le llamó la atención, un animal que veía pastando en la lejanía, su caballo… Pero nada tenía el sentimiento que él necesitaba. Nada capaz de competir con Arthur, particularmente.
En disimulados y nerviosos murmullos, le pedía consejos a Arthur, quien terminaba por quizás responder con una carcajada y encogiéndose de hombros, haciéndolo sentir incluso más humillado. Incluso errarle a una botella de vidrio a menos de 10 metros comenzaba a verse más digno que pedirle un consejo a Arthur y recibir esa respuesta.


Sentía que estaba obsesionado con su pequeño problemita. Iba a bares, y en lugar de dedicarse a ahogar sus penas en el alcohol, observaba las pinturas en las paredes. El movimiento de los dedos del pianista. En las tiendas, las pequeñas ilustraciones en los catálogos de venta. En la vida cotidiana, los pequeños diseños en los bordados de las camisas, de las sillas de montar… Tenía que haber algo que pudiera ayudarlo.

En su pequeña obsesión, notó un patrón. Las paredes estaban cubiertas por cuadros de mujeres en sugerentes posturas. Con mucho maquillaje y finas telas que pronunciaban sus curvilíneos cuerpos. En los dibujos de Arthur, veía como cada dibujo de aquella Mary Linton parecían más vivos. Notaba el amor, la ilusión en cada pequeña línea, el deseo de transmitir en el papel el cariño hacia su querida.
Quizás eso era lo que le faltaba a él. Mujeres.
Primero intento por la madre de su hijo. Pero rápidamente terminó en una hoja rayada y rasgada. ¿Karen, tal vez? Esa mujer quien siempre había encontrado atractiva de alguna manera, pero le aguardó el mismo destino. Y así fue con cada chica de la banda, hasta que se vio rodeado de papeles rasgados de chicas que ni siquiera se parecían a quienes veía.
Frustrado, miró a su alrededor en un intento de encontrar algo que lo inspire. Quizás genuinamente el dibujo no era lo suyo. Quizás, y solo quizás, Arthur tenía razón. No era mas que una tonta etapa y el era no mas que un idiota intentando probarle algo a alguien que probablemente ya había olvidado aquella pequeña conversación. Otra vez, el pequeño niño tratando de seguir los pasos y cumplir las expectativas que dejó el mayor, un niño dorado que-
Y entonces, un sonido lo sacó de aquel auto destructivo trance. El suave rasgueo de una guitarra justo frente a él.
Tal como si de magia se tratase, parecía que había quedado atrapado entre la melodía y el movimiento de sus dedos. Por un momento se sintió como si todo el talento que sintió que había perdido volvió en aquel momento. Talento, o la emoción de descubrir un nuevo sentimiento como cuando era un niño… Uno el cual aún no estaba seguro ni podía nombrar, pero que había hecho que su corazón comenzará a luchar para salir de su pecho. Primero un torpe boceto que imitaba la forma del muchacho, que lentamente comenzó a tomar forma a medida que iba examinando. Aquellos ojos que levemente caídos le daban una mirada siempre cansada. Cejas gruesas, que le daban una ilusoria imagen intimidante, que generalmente notabas que era incorrecta cuando su dulce voz sonaba. Su particular bigote que en un inicio había encontrado gracioso, pero ahora tenía un cierto encanto y era un rasgo tan particular de aquel hombre.
Se sentía un acosador, y completamente patético por verse inspirado por un hombre, un compañero— pero a medida que sus ojos recorrían sus cicatrices y sus manos imitaban cada pequeño rasgo del hombre, iba notando como sentía un fuerte retumbar golpeaba sus costillas desde adentro. Nervios, se dijo a sí mismo.
Nervios, pero no podía evitar pensar en cómo se sentirían los labios del contrario mientras los dibujaba. Nervios, pero no podía evitar pensar en cómo sus manos anhelaban pasearse por aquellos mechones azabaches. Quizás quitar aquellos que caían sobre su cara para apreciar mejor aquellas facciones que tanto adoraba.
El contrario estaba demasiado concentrado en su propia actividad; sus ojos que seguían los dedos que parecían flotar sobre el diapasón del instrumento, profundo en su propio mundo y pensamientos, sin notar la constante mirada de John, cuyo rostro parecía haberse teñido de carmín y agradeció a cualquier dios que lo oyera que todos en el campamento estaban durmiendo o metidos en sus asuntos.
Detalle aquí y detalle acá. Se llevaba el lápiz a la boca, jugueteaba con las hojas o prendía un cigarrillo que nunca tocaba sus labios para “disimular”, según él. El morocho no lo miraba, pero en su paranoia, sentía que iba a descubrir su pequeño secreto que escondía entre las hojas de la antigua libreta.

Entre boceto y boceto, sus pensamientos eran más intensos, como el de un preadolescente que había sido llevado por primera vez a un bar y descubre lo atractiva que podían llegar a ser las mujeres correctas…

Y entre trazo y trazo, su mente comenzaba a divagar.
¿Qué tan fácil sería marcar la piel de Javier? Podría asegurar que nunca había visto un chupón en su cuello, pensó mientras trazaba suavemente las líneas de su cuello y bufanda con el grafito. La gran mayoría de jóvenes en el campamento aparecía con ellos en algún punto, menos Javier. ¿Sería su pudorosa naturaleza que provocaba que los ocultase? ¿O acaso pediría que se los hagan en zonas fácilmente ocultas? Podía imaginarse a sí mismo, poniendo sus labios sobre la morena piel de Javier, su dulce voz pidiéndole entre murmullos que no sean visibles.
Pero… ¿Javier siquiera podría verlo y encontrarlo atractivo? Se preguntaba a sí mismo mientras el lápiz remarcaba la cruz en su cuello. Nunca fue un hombre particularmente religioso, pero era conocimiento básico que el amorío entre dos hombres era un pecado cardinal… ¿Había la mínima chance de que Javier lo mire con los mismos ojos que él lo veía en ese mismo momento? John estaba hecho de la misma madera que los hombres vulgares, que no temían cometer pecados o ser asquerosamente groseros; él ya estaba condenado se decía. Mejorar no ayudaría en nada si al fin y al cabo lo que lo esperaría al final del camino es el mismo infierno.
Pero Javier era un hombre distinto… Más civilizado, más amable. No lo exentaba de ser un pecador, pero él se arrepentía. Lo había visto rezar miles de veces luego de salir en misiones. John rápidamente olvidaría que había terminado con vidas esa misma tarde, pero Javier parecía perseguirse con aquello, rezaba por sus almas, se lamentaba por las familias de quienes había acabado, era como si una sombra de culpa lo persiguiera luego de cada misión, cada muerte…
Cursilerías, según el. Pero lo hacían más humano de lo que él podría ser alguna vez. Javier parecía tener esperanzas, sueños, deseos de volver a su país, de aprender cada día un poco más y conocer gente nueva, en cambio, John sentía que su futuro había sido secuestrado y reemplazado por un vacío deseo de sobrevivir y ahogarse en licor. Buscaba culpables, su padre, Dutch, el gobierno, el destino… Pero Javier había tenido la misma suerte y aun así encontraba que su alma estaba más viva que la suya.
Estaba maldito, de seguro. Un perro acorralado, que ya no sabía porque mordía, pero lo hacía por costumbre, o por instinto. No sabía porque era violento, pero simplemente era tan natural el apretar el gatillo, de ver trapos llenarse de sangre de hombres cuyos nombres nunca sabrá. Solo eran números para él.
¿Podría un hombre como Javier amar a un monstruo que solo actuaba por instinto? Lo dudaba.

Pero a veces, cuando Javier silenciosamente se sentaba a su lado para tocar la guitarra… Cuando lo invitaba a pescar y le contaba aquellas cosas que mantenía ocultas al resto del campamento, cuando lo oía quejarse y quejarse de Abigail
Se sentía amado. Se sentía visto y entendido por alguien. Un poco más vivo, con un poco más de sentido… Que sin la obligación de estar ahí, él lo eligiera aunque sea un momento del día para pasarlo a su lado y compartir banalidades…
Y él se sentía cursi, porque siempre había considerado tonterías de niñitas el enamorarse (¿Podía llamarse enamorarse a esta sensación?). Pero ahora sentía que su estómago daba vueltas y vueltas y no tenía palabras para describirlo, vomitaría mariposas pero no podía comprender por qué lo hacía. En un fugaz momento, fue como si toda su alma finalmente comprendiera que allí estaba Javier. Allí estás, como si hubiese estado esperando por ti todo este tiempo…

“¿Qué dibujas?”

Oh.

Oh mierda. Javier.

Cerró la libreta en un tiempo que consideró récord. Se aclaró la garganta y observó a todos lados menos al hombre frente a él.
“Nada en particular. Solo… Boceteaba. Ya sabes, lo de siempre… Uh…”

“¿Dibujabas a Karen? Te vi viéndola hace rato” Javier lo interrumpió

Pequeño ingenuo, si supieras. 

“Intenté. Nada salió” John continuó, con su clásico tono amargado.

“Mi abuelito decía que las mujeres eran más fáciles de dibujar… Interesantes, con sus curvas y así”

Javier se sentó a un lado de John, quien hizo espacio para que la guitarra no lo golpeara.

“Ah… Claro. Los hombres también lo son… Uh… Los bigotes y las facciones duras también son interesantes”

La única respuesta verbal de Javier fue un suave “hmm” mientras  sus dedos simplemente paseaban por el diapasón, sin tocar nada en particular. 

Pasaron un par de minutos en un cómodo silencio, donde solo sonaban las melódicas notas de la guitarra, John perdido en sus pensamientos mientras miraba el fuego danzar frente a ellos.

“Pensaba ir al lago… Ya sabes cual, a pescar en estos días”

“¿Al Lannahechee?” Preguntó John, alzando una ceja “¿No está al otro lado del estado?”

“Si, si. Ese… Pensaba pasar unos días allí”

“Que bien” Simplemente dijo John, asintiendo con la cabeza.
Y luego de unos momentos en silencio, Javier suspiró mientras lo codeaba suavemente

“Es una invitación, John”

“Oh, bueno, es un sí, Javier”  Lo imitó con el tono más irritante posible.

Oh, cómo disfrutaría ese viaje.