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Fue un golpe bajo, uno inesperado. Justo después de toda la alegría que le daba verá su familia reunida, aquella familia con la que había ansiado crecer y temido perder otra vez, aquella en la que padre lo amaba y su madre estaba ahí, aquella que solo tuvo por unos instantes.
En menos tiempo que el que pudo desear encontró a su madre, fuente de eterna alegría de su padre, los reunió y disfruto de ello hasta que otra vez hubo un enfrentamiento. En la ocasión pasada él fue el que casi murió, el precio fue bajo, solo una pierna y la recompensa fue mucha, cambiar a Berk para siempre y arreglar ese lazo con su padre que siempre creyó perdido, que nunca creyó posible.
Esta vez la contienda fue impensablemente dolorosa, extenuante. Una gran batalla, la única que él llamaría digna de llevarse a su padre, si pudiera cambiar lugares lo haría. Su padre siempre fue un gran líder, una gran persona, un gran vikingo. Todo lo que Hipo quería ser y más, tal vez estaba errado respecto a los dragon pero después de que Hipo logró que viera su error, él cambió.
Ahora aquí estaba, solo velando a altas horas de la noche. Su madre había ido con Bocón, Astrid lo había intentado consolar pero Hipo había insistido en que estaba bien, le había pedido que se fuera, que le diera tiempo para procesarlo y ella así lo había hecho. Pero ahora había perdido la cuenta de cuántas horas llevaba frente al fuego sin poder moverse porque cada parte de la cabaña le recordaba a su padre, desde las afiladas armas hasta los detalles hogareños. Había perdido la cuenta de los vasos de licor que había bebido intentando olvidar. Había perdido la cuenta de las lágrimas que habían caído por sus mejillas.
Se preguntaba si era una pesadilla, así se sentía. Un rehén de su mente, un rehén de sus recuerdos. Buenos o malos, eso ya no importaba, al fin y al cabo eran memorias. Memorias de la persona que lo había criado, de la persona que le había enseñado a pescar, de la persona que lo había consolado después de las más infantiles pesadillas y después de las noches en que el dolor de una pierna que ya no estaba le helaba la sangre y no le permitía dormir. Memorias de alguien que nunca más vería, no con vida.
No hubo restos así que fue un funeral más simbólico, pero era suficiente. Sabía que su padre encontraría la forma de hallar la paz, de llegar al Valhalla y presumir sus hazañas, de llegar y contar a todo guerrero que lo escuchara su gran sacrificio, su gran legado. Era egoísta pensar que él lo quería aquí, lo quería vivo siquiera solo para tenerlo porque eso en sí mismo ya era un consuelo pero en el fondo lo sabía, su padre estaba dispuesto a sacrificarse por ellos tanto como él lo había estado.
De momento todo se sentía tan absurdo, irreal. Pronto aprendería a negarlo, a ahogarse en trabajo hasta que no pudiera siquiera pensar en lo que había perdido, en dejarse sin comer solo para no poder pensar, en insistir en que su padre volviera de donde sea que estuviera, a esperarlo detrás de la puerta solo para que nunca vuelva.
Después se enojaría. ¿Por qué lo había abandonado? ¿Porque se había sacrificado él cuando su hijo estaba dispuesto a ser el sacrificio, a permitirle vivir en paz con la esposa que creía perdida, con el pueblo que siempre lo había apoyado? ¿Por qué no había sido más cuidadoso? ¿Porque se había presentado siquiera a la pelea? ¿Por qué le había enseñado a volar? ¿Porque le permitió morir? Al final el sentimiento culminaría en culpa, una culpa tan inmensa que no le permitiría salir de su cama, que no le permitiría vivir y que lo aplastaba hasta que al final ya no importase.
Ahí aprendería que no había marcha atrás, que el pasado no cambiaría por mucho que lo deseara y que al menos tenía recuerdos que podía valorar. Finalmente se rindió al encanto de la ilusión teológica con la que había crecido, su padre era un gran guerrero que encontraría la más grande de las glorias. Y él, su hijo, se encargaría de estar a su altura, de merecer la misma recompensa para tan siquiera compartir un lugar en la mesa en la que su padre ahora ocupaba.
Su pérdida sería una de las grandes penas de su vida, finalmente solo tenía un padre. Uno que tal vez no fue tal y como él lo hubiera deseado. Pero fue igualmente la persona que lo habría hecho quien hoy era, el hombre que le había enseñado el valor de la vida y afilar navajas, el hombre que lo había consolado e irritado en igual medida, el hombre que no le había permitido olvidar a su madre y cuya voz él ya estaba olvidando, el hombre cuya imagen había grabado en su memoria y a la que próximamente encontrará su manera de rendir sus respetos, su tributo pero por sobre todo su gratitud.
Tal vez nunca podría ver su memoria sin sentir una gran pena pero por el momento eso tendría que ser un hecho de la vida, uno que aunque le estrujaba el corazón le permitía reconocer que su padre había hecho su trabajo, la había criado, lo había protegido pero por sobretodo lo había amado.
