Actions

Work Header

Un dije, una camelia y una botella de vino

Summary:

Nakahara Chuuya recibe misteriosos regalos en sus cumpleaños después de que su compañero abandonara la Port Mafia.

Notes:

Aclaraciones antes de leer:

* Primera vez escribiendo este ship así que estoy investigando la dinámica todavía
* Modismos argentinos, porque si escribo en español yo siempre muero en la mía

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

La noche en la que el traidor decidió abandonar a la Port Mafia, su compañero, Chuuya, abrió una carísima botella de vino frente a una de sus superiores alegando que era momento de celebrar.

—¡Por fin me libré de ese tipo! —exclamó frente a la curiosa e incrédula mirada de Kōyō, que lo observaba con el ceño fruncido, mas no parecía estar molesta, sino preocupada.

—Chuuya, no creo que esto sea algo para celebrar.

—Lo es —contestó él con fingida seguridad—. No necesitamos a nadie que no quiera estar acá. Necesitamos gente leal al jefe y a la Port Mafia, ¿cierto? Él no lo era. Él no es leal a nadie. No sabe cómo serlo.

La mujer elevó una ceja, mas no pronunció palabra alguna antes de rodar los ojos y abandonar la habitación que solían utilizar los ejecutivos para sus reuniones.

Chuuya sabía muy bien que ella había leído la nostalgia que seguramente estaba escrita en su mirada, así como también había escuchado la amargura del veneno con el que se habían dibujado aquellas palabras en la voz del joven. Sin embargo, Kōyō fue lo suficientemente cortés como para no mencionarlo.

—Dazai…

Aquel nombre se escapó de los labios de Chuuya en contra de su voluntad, así como el propio Dazai se le había escapado de las manos. Deslizándose con sutileza, imperceptible a los sentidos sino hasta que fue demasiado tarde como para detenerlo.

Y entonces el alcohol comenzó a viajar desde sus labios hasta su sangre. Sorbo tras sorbo. Consumiendo la botella antes de que la amargura que se escondía en el nombre de Dazai le consumiera el pecho y los ojos acuosos que ardían al contener aquellas lágrimas que Chuuya no podía permitirse soltar.

—Dazai… —susurró una vez mas—. Traidor.


Los meses se deslizaron en el calendario sin que Chuuya fuese capaz de notarlo. Día tras día. Orden tras orden. Misión tras misión. Botella tras botella. Monotonía interminable que el joven se forzaba por adorar, porque al menos lo que no cambia es seguro. Porque los días que tachaba en el calendario que colgaba en su pared no le permitían mutar. Porque cada objeto que lo rodeaba permanecía tan estático como lo había hecho él desde el día en el que su compañero los había abandonado.

Sin embargo, su querido calendario lo traicionó el primer 29 de Abril después de que Dazai se fuera, volviéndolo a Chuuya consciente de que, aun si se esforzaba por mantener el mundo entero bajo su control, el tiempo aún lograba escaparse de sus manos, y que así sería cada año. Cada 29 de Abril que cumpliera la función de recordarle que estaba creciendo. Cambiando. Él no quería cambiar. No podía permitirse cambiar.

Dazai había cambiado. Y sus cambios los habían alejado.

Dazai era un traidor. Y Chuuya nunca iba a permitirse ser uno.

El joven bufó al entrar en el garaje en busca de su amada motocicleta, haciendo el esfuerzo por sacudirse la fecha de encima antes de montarse en el vehículo y partir rumbo a cumplir las órdenes que le había dado el jefe, que parecía no tener reparos en hacerlo trabajar aún en el día de su cumpleaños.

Un sutil destello en el manubrio de su motocicleta llamó la atención de Chuuya, alejando su atención del torbellino de pensamientos que le habían presionado la mente durante todo el día.

—¿Y esto? —susurró, sabiendo bien que no había nadie para responder esa pregunta.

A medida que se deshacía la distancia, aquel destello cobraba forma, hasta que por fin se transformó en una pequeña cadena que Chuuya logró reconocer como una pulsera de la cual colgaba en diminuto dije con la letra C. El patrón era tan parecido al de aquella cadena que había tomado de Albatross que tuvo la necesidad de corroborar que la misma siguiera colgada en su sombrero. Y, en efecto, allí estaba.

Era nuevo, pero fácil de reconocer a la vez.

¿Cómo había llegado tal objeto allí? Era un absoluto misterio. Así como lo era la identidad del dueño. ¿O acaso el dueño era él? Después de todo, aquel detalle había aparecido de forma mágica en su motocicleta y, casualmente, tenía su inicial. ¿Era posible que fuese un regalo por parte de alguno de sus subordinados? ¿Se habrían atrevido a irrumpir en su garaje sólo para entregarle un detalle? Aquella idea sonaba descabellada siendo un ejecutivo de la Port Mafia, pues el joven dudaba muchísimo que cualquier persona por debajo de él fuese capaz de tenerle aprecio.

¿Podría ser Kōyō? ¿O Mori? Aun si ambos le habían entregado sus presentes ese día. No. Imposible. El regalo parecía demasiado detallado y el lugar en el que lo habían dejado sumamente personal. No podía imaginarse al jefe dejando caer aquella pequeña pulsera en el manubrio de la motocicleta solo para sorprenderlo.

Y cuando todas las opciones se terminaron, un nombre se atrevió a bailar en el borde de sus labios de forma peligrosa. Tan cerca de su corazón y de la punta de su lengua que Chuuya tuvo la necesidad de morderla para evitar decirlo en voz alta. Pero era demasiado tarde para ignorar su presencia, que se coló en los pensamientos del joven y viajó hasta su pecho, robándole el aliento.

—¿Dazai? —preguntó.

El sonido de su propia voz lo hizo sentir avergonzado. La pregunta se escapó de sus labios como un susurro cargado de esperanza y anhelo. ¿Cómo era posible que el nombre de su antiguo compañero —al que definitivamente odiaba con toda su alma— todavía fuese capaz de sonar tan dulce entre los labios de un Chuuya que no tenía más que sentimientos amargos hacia Dazai? ¿Por qué su mente, su cuerpo y su voz lo traicionaban de tal forma? ¿Y que tal si tenía razón? ¿Y si Dazai realmente estaba allí, escondido entre las sombras a las que siempre había pertenecido, descubriendo en aquel susurro lo mucho que Chuuya aún anhelaba su compañía?

Sus manos envolvieron la pequeña pulsera con delicadeza. No había nada mas que eso. Ni una nota. Ni una pista. Ni el atisbo de una sombra entre las tinieblas de la noche que le indicara que estaba en lo cierto. Sin embargo, él sabía. O por lo menos quería creer que lo hacía.

—Dazai… —se permitió susurrar una vez mas—. Imbécil.

Con un poco de suerte, las esperanzas que no podía mantener encerradas dentro de su pecho estarían en lo cierto y ese hombre sería el responsable del regalo. Y sólo porque el anhelo le ganó a la razón, la pulsera encontró un lugar en la muñeca de Chuuya, dispuesta a no moverse de aquel espacio, al menos hasta que el joven fuese capaz de encontrar las respuestas que necesitaba.


Chuuya amaba su vida en la mafia. Decirlo en voz alta sonaba como una locura, ¿qué clase de persona podía apreciar tanto una vida envuelta en tinieblas como la suya? ¿Qué decía eso sobre él? ¿Siquiera le importaba lo suficiente como para cuestionarlo? Después de todo, las comodidades de ser ejecutivo eran muchas. Se sentía cómodo con sus subordinados, jamás le faltaba nada e incluso podía darse el lujo de disfrutar algunas veladas bebiendo vino junto a su jefe y Kōyō, a quienes muy en el fondo les tenía un extraño, pero genuino aprecio.

No le faltaba nada.

Ni nadie.

¿O si?

—Nakahara Chuuya. —La voz de Hirutso lo arrancó de sus reflexiones sin sentido—. Disculpe que lo moleste, pero la misión—

—Entiendo que tuvieron éxito o de lo contrario no estarías acá —interrumpió el pelirrojo, recibiendo nada mas que un asentimiento como respuesta—. Buen trabajo.

—Gracias —contestó el mayor, que parecía dispuesto a retirarse del lugar. Sin embargo, Chuuya percibió que el hombre lo observaba con cautela, casi como si estuviese intentando leerlo. Y aquello no le agradaba en lo mas mínimo al joven ejecutivo de la Port Mafia. 

—¿Puedo ayudarte en algo mas?

El hombre negó con la cabeza. —No, señor. Solamente me estaba preguntando si está bien. Parece un tanto distraído.

Chuuya sintió su rostro contonearse en una expresión molesta. —Estoy perfecto —contestó secamente—. Te podés retirar.

Ninguna otra palabra hizo falta para que Hirutso percibiera que había sobrepasado un límite con su superior. Y es que sin importar el puesto que Chuuya ocupara, el mayor no podía evitar percibirlo como lo que era: un joven con la mirada perdida observando a un enorme ventanal como si de esa forma pudiese hallar lo que fuera que se le había perdido.

Hirutso tenía una teoría al respecto, pero mas sabe el diablo por viejo que por diablo, así que optó por callar antes de arriesgarse a que le cortasen la lengua.

—Si, señor —respondió—. Ah, y feliz cumpleaños.

—Si. Gracias —susurró Chuuya antes de que el mayor se retirara de la habitación.

Él no necesitaba nada mas que eso. Una buena vista, una misión exitosa y una copa de vino. Nada mas. A nadie mas.

Uno de sus guantes acarició de forma instintiva la pulsera que había colgado de su muñeca durante 365 días. ¿Su origen? Aún desconocido. Y era mejor así. Sin importar qué tan seguro estuviese Chuuya de que había sido su antiguo compañero quien se había infiltrado en su garaje para dejar aquel regalo, lo mejor era fingir que esa idea ni siquiera se había cruzado por su mente. Porque la imagen de aquel hombre dejando el delicado regalo en la amada motocicleta de Chuuya era tan ridícula y descabellada que, conociendo a Dazai, sólo podía ser cierta.

La mirada del cumpleañero se despegó del ventanal después de algunos minutos y por fin se posó en algunos de los papeles que llevaban días olvidados sobre un escritorio. Bufó, sabiendo que tenía que revisar aquellos informes le gustara o no. Y aunque empujar la responsabilidad al menos un día mas bajo la excusa de que era su cumpleaños era demasiado tentadora, finalmente se acercó a la enorme pila esperando que al menos la lectura de aquellos aburridisimos documentos eliminara la existencia de ciertos ojos marrones de las profundidades de su nostálgica mente.

Tomó asiento mientras soltaba un pesado suspiro, reprimiendo quejas al pensar en lo mucho que odiaba usar sus lentes de lectura. Prácticamente nadie sabía sobre ellos, a excepción del jefe y Kōyō, que lo había descubierto una vez usándolos y se había burlado de él durante interminables semanas. Y Dazai, por supuesto, que había designado el cajón de su antiguo escritorio como el lugar perfecto para guardarlos y asegurarse de que Chuuya no se deshiciera de ellos.

Los lentes seguían allí, y Chuuya había crecido lo suficiente como para aceptarlos a pesar de lo mucho que los odiaba. Casi como a Dazai. Con la diferencia de que aquel objeto no podía abandonarlo de la misma forma en la que lo había hecho su antiguo compañero.

El cajón se abrió con un molesto sonido chirriante, revelando que, por primera vez en varios años, su contenido había cambiado. Junto al pequeño estuche de sus lentes se encontraba una pequeña flor roja a la que Chuuya reconoció de inmediato. 

Una Camelia.

Él no era experto en el tema, pero estaba seguro de varias cosas: la primera era que las flores no podían crecer de la nada escondidas en un cajón dentro de un edificio de la Port Mafia, la segunda era que nadie mas que él tenía la llave de ese cajón, y la tercera era que la Camelia era su flor de nacimiento, o al menos eso les había comentado Kōyō a él y a su ex compañero mucho tiempo atrás en una conversación casual que ocurrió durante una de sus largas caminatas a través del enorme edificio en el que los habían entrenado.

No parecía estar cerca de marchitarse todavía, por lo tanto, quien fuera que la había colocado en ese lugar seguía cerca. Pero nuevamente, no había señal alguna de que alguien se hubiese atrevido a acercarse a aquel escritorio. No existía registro, ni huella, ni prueba, ni nota, ni un nombre.

Y aún así, sus esperanzas le susurraron un nombre al oído.

—Dazai. —El nombre se deslizó de los labios de Chuuya envuelto de gracia amarga—. Qué ridículo.

El joven no estaba seguro si se refería a su antiguo compañero, que continuaba dejando lejanas señales de su existencia, o a él mismo, cuyo primer impulso fue colocar la bella flor en un florero con agua.


El estuche de los lentes, una camelia marchita y una delicada pulsera eran lo único que se encontraba en el cajón de aquel escritorio que siempre estaba repleto de papeles. Chuuya lo cerró con un golpe seco mientras buscaba la llave del mismo, asegurándose de que nadie mas que él tuviera acceso a ese compartimento que ahora guardaba mucho mas que el secreto de los lentes, pues se había llenado del aroma de la nostalgia que desprendía aquella flor marchita.

Las preguntas que lo habían perseguido durante mucho tiempo habían sido por fin respuestas el día que le informaron que su antiguo compañero se encontraba trabajando en la Agencia Armada de Detectives a la que tanto despreciaba el jefe. Y aunque aquello había sorprendido a prácticamente todos sus subordinados, mas no a Chuuya, que sabía muy bien que si había una persona capaz de despegarse por completo de su pasado, ese era Dazai.

Un suspiro pesado que llevaba varias semanas conteniendo se escapó de sus labios. ¿Por qué otra vez estaba pensando en él? ¿Por qué tenía que hacerlo precisamente en el día de su cumpleaños? ¿Qué esperaba? ¿Acaso esos regalos sin destinatario le habían nublado la razón lo suficiente como para pensar que su compañero en algún momento iba a volver?

¿Que iba a volver por él?

O a él.

Pero eso era imposible. No hay vuelta a la Port Mafia cuando se es un traidor. No existe cosa tal como el perdón y la redención. Sólo la muerte y el olvido. Y aunque quisiera volver, Chuuya estaba seguro de que nada quedaría de Dazai mas que una flor marchita dentro de su viejo escritorio.

Pero el mayor de los problemas no era ese, sino el hecho de que el joven ejecutivo ahora tenía la certeza de que Dazai no sólo no podía volver, sino que no quería.

El adiós había sido definitivo, y ningún regalo de cumpleaños podía deshacer las decisiones tomadas.

El camino hasta su pequeña bodega se sintió pesado como la gravedad misma. Seguramente así era la experiencia de ser arrastrado por ella cada vez que sus poderes atacaban a alguno de sus enemigos, y el dolor en su cuerpo era tan pesado que muy cerca estuvo de sentirse culpable. Pero no era la gravedad lo que pesaba sobre Chuuya, sino la nostalgia, helada y densa, que se envolvía a su alrededor como si el cuerpo del joven le perteneciera.

Sus pasos se detuvieron frente a un estante que llevaba un par de años vacío, allí donde alguna vez se había encontrado aquella adorada botella que se había permitido abrir la noche que su compañero se fue.

Una botella que, por arte de magia, había vuelto a su lugar.

—¿Qué? —exclamó en absoluta confusión. Grandes e incrédulos ojos que se movía a través del lugar, buscando al responsable de dicha aparición.

Porque era imposible, porque esa botella no significaba nada para nadie mas que para él, y por eso jamás se había ocupado de rellenar el estante. Porque el espacio vacío funcionaba como un recordatorio para Chuuya. Una alarma que sonaba cada vez que sus pensamientos amenazaban con obligarlo a anhelar. La señal de que él no necesitaba nada mas. A nadie mas. Mucho menos a…

—Dazai… —susurró, con la voz sonando tan profunda y cargada de ira que logró espantar al fantasma de la nostalgia que había intentado adueñarse de su cuerpo segundos atrás—. ¿Cómo llegaste hasta acá? ¿Dazai?

La única respuesta que recibió fue el silencio, no obstante, aquella risa que podría haber reconocido en cualquier lugar sonó dentro de su mente.

—Te odio, imbécil —soltó, consciente de que no había nadie para escucharlo, pero ligeramente esperanzado al pensar que, si él realmente había estado allí, o si aun lo estaba, podría ser capaz de percibir el enojo escondido en su voz.

La nueva botella encontró un lugar inamovible en esa estantería. Sería, entonces, un nuevo recordatorio para Chuuya: Dazai podía volver, pero no quería hacerlo.

Y Chuuya tampoco quería que volviera.


El joven ejecutivo de la Port Mafia necesitó controlar cada pequeño nervio de su cuerpo antes de atreverse a abrir la puerta de aquel sótano en el que sabía que Dazai estaba encerrado. Una parte de él aun dudaba, incrédula de que tuviera a la persona correcta, después de todo, si había alguien que Chuuya sabía que era difícil de contener, ese era Dazai.

Pero si realmente lo habían atrapado, si de verdad se encontraba esposado a una pared como Akutagawa le había dicho que lo estaba, si realmente eran esos ojos marrones, que a veces le acechaban los recuerdos, los que se encontraban al bajar las escaleras, entonces el traidor debía tener un plan, y el pelirrojo estaba ansioso por descubrirlo.

Chuuya había llamado el nombre de Dazai mas veces de las que le gustaba admitir en los años en los que no se habían visto, sin embargo, jamás había sonado tan cargada de emoción como el día en el que se reencontraron. El joven necesitó de todas sus fuerzas para detener el temblor de sus piernas y el ardor de sus ojos, que se encontraron con un par de brillantes ojos marrones que habían cambiado por completo, pero que él podía reconocer a la perfección.

Pelear con Dazai seguía siendo tan divertido, irritante y familiar como lo había sido siempre. Con sus cuerpos conociendo tan bien la forma en la que el del otro iba a moverse que Chuuya casi se permitió creer que Dazai lo había extrañado. 

Dazai, que era otra persona, pero que no había cambiado nada. Con aquella risa que sonaba mucho mas animada, pero que Chuuya podía reconocer a la perfección. Con aquella mirada que todavía parecía burlarse de él, pero que ya no estaba perdida, sino por completo enfocada en un objetivo que evidentemente significaba mucho para ese hombre.

Y Chuuya con la realidad que le explotaba en la cara: lo había extrañado.

Claro que nunca iba a admitirlo.

Antes muerto que confiar en Dazai otra vez.


Antes muerto que confiar en Dazai otra vez.

¿Pero qué pasaba cuando las opciones eran literalmente morir o confiar en Dazai?

Lovecraft era, por lejos, uno de los adversarios más formidables con los que Chuuya se había enfrentado jamás. Y su antiguo compañero había dejado muy claro que la única oportunidad de vencerlo se encontraba en utilizar la forma corrupta. 

En un lejano pasado, el joven ejecutivo de la Port Mafia no hubiese dudado ni un instante en liberar todo su poder, seguro de que al final de la oscuridad, la luz azul que brillaba cada vez que Dazai activaba su poder iba a salvarlo. Pero ellos ya no eran esos compañeros. Y aunque se vieran obligados a trabajar juntos, tampoco podían llamarse colegas. Entonces, ¿había garantía alguna de que Dazai iba a regresarlo a la Tierra justo antes de que el cielo —o mas bien el infierno— lo reclamaran para siempre?

¿A Dazai siquiera le importaba salvarlo del abismo justo antes de que lo empujara la muerte?

¿A Chuuya le hubiese importado si otra fuera la situación?

—La decisión es tuya —aseguró Dazai, pero Chuuya supo que era una mentira, porque él sólo accedía a no dar órdenes cuando tenía la certeza de que no había otra opción.

Una vez que los poderes del pelirrojo se desataron, el mundo frente a él mutó en una danza de figuras negras y rojas que carecían de forma. Todo parecía igual ante sus ojos, aun si su cuerpo parecía saber muy bien quien era el enemigo. Sólo una persona tomaba forma. Sólo un nombre era reconocible. Sólo la tonalidad marrón de aquellos ojos se diferenciaba del torbellino de tinieblas y sangre que lo inundaban de poder y heridas mientras consumían hasta los últimos destellos de su alma.

—Eliminaste al enemigo, es hora de descansar, Chuuya.

Sólo la voz y el toque de Dazai le regresaron el color y la forma al mundo de Chuuya, que muy en contra de su voluntad se encontró pensando en lo dulce que su nombre sonaba en aquella voz, y en la tragedia que habían sido los años que había tolerado sin escucharlo.

—Usé la corrupción porque confié en vos, así que mas te vale llevarme a un lugar seguro —dijo Chuuya, y eso fue lo único que pudo hacer antes de que su cuerpo se desplomara a causa del cansancio.

Quizás lo imaginó, quizás lo soñó —aunque él estaba seguro de que no soñaba—, quizás sólo lo deseó, pero la voz de Dazai sonó cerca de él una vez mas antes de que todo el universo se tornara negro, y aquellas manos, cuyo toque Chuuya conocía demasiado bien, le envolvieron el cuerpo con extrema delicadeza.


Una vez que la amenaza de Guild fue erradicada, los ejecutivos de la Port Mafia por fin se permitieron respirar. Copa de vino de por medio, y el nombre de Dazai que inevitablemente se deslizó de los labios de Chuuya, que tuvo que fingir que su odio era mayor que su anhelo. Por suerte, ni siquiera Mori y Kōyō habían aprendido a leer a través de su rabia todavía.

Nadie lo había hecho, a excepción de Dazai, que nuevamente se había convertido en un enemigo del que nada se sabía, y al que Chuuya sospechaba que no volvería a ver en mucho tiempo.

Pero estaba equivocado.

Porque sentado en su viejo escritorio, como si aun le perteneciera, camelia marchita en mano y sonrisa burlona en el rostro, lo esperaba Dazai.

La puerta se trancó con fuerza detrás de Chuuya, que saltó con fuerza, valiéndose de su poder, para llegar con rapidez hasta el cuello de Dazai, que ahora era amenazado por el cuchillo del pelirrojo.

—Tenés que estar desquiciado para atreverte a aparecer por acá —susurró.

—¡Ah! ¡Chuuya! ¡Te estaba esperando!

—¡Sh! ¡Te van a escuchar! 

El cuchillo de Chuuya rozó peligrosamente una de las vendas que cubrían el cuello de su antiguo compañero mientras lo reprendía, sin embargo, Dazai lucía tan inmutable como siempre.

—¿Tantas ganas tenés de morir que te atreviste a volver? —preguntó el pelirrojo.

—¿Tanto te preocupa mi vida que no querés que me atrapen? —contraatacó Dazai. Y Chuuya necesitó de toda la concentración en su cuerpo para que su poder no flaqueara y el cuchillo no se le resbalara de las manos.

—La única razón por la que no te entrego en este instante es porque juré que si alguien te mataba, ese iba a ser yo.

Chuuya observó con molestia cómo una de las cejas de Dazai se elevaba en un gesto burlón que lo tentó a deslizar el cuchillo y finalmente liberar a su ex compañero de su miseria. Sin embargo, antes de que el joven ejecutivo fuese capaz de calcular su próximo movimiento, el toque de Dazai alcanzó su muñeca, anulando el control de la gravedad y provocando que perdiera el cuchillo al caer justo sobre el regazo del traidor, que había transformado su expresión burlona en coquetería pura.

Pero Chuuya ya había estado en ese lugar miles de veces, y aun si la falta de poder lo obligaba a caer otra vez, quedarse era una opción que no estaba dispuesto a aceptar.

Pero quería hacerlo, y la mirada juguetona de Dazai gritó que ambos sabían que era así.

—Esto me trae recuerdos. —La voz del mas alto se escapó de sus labios como si fuese un suspiro que Chuuya se vió obligado a respirar a causa de la cercanía.

—¿En serio? No sabía que eras capaz de acordarte de nada. Creí que habías borrado todos los rastros de tu vida anterior —respondió el pelirrojo, que esta vez fue incapaz de camuflar la amargura que salió disparada de su voz como un dardo venenoso.

Aquellos ojos marrones que tanto lo habían perseguido cayeron por un segundo, tan fugazmente que Chuuya casi se convence de que se había imaginado la pena escondida en ellos.

—Y si es así, ¿por qué todavía tenés los regalos que te dejé?

La confirmación de sus sospechas no sorprendió a Chuuya, mas el orgullo con el que Dazai había pronunciado tal confesión sí lo hizo.

—Vos no dejaste esos regalos.

—¿Quién mas sino?

—No sé, ni me importa.

—Te importa lo suficiente como para guardarlos en mi cajón.

Chuuya estaba seguro de que estaba a un solo comentario de sentir cómo le explotaba una vena en la frente. Dazai no dejaba de ser tan irritantemente perceptivo como lo había sido siempre. O quizás Chuuya era demasiado fácil de leer. Y ninguna de las opciones le gustaba.

—Este cajón no es tuyo —contestó en voz profunda—. De hecho, no hay nada acá que sea tuyo. Lo perdiste todo cuando te fuiste.

La decepción en los ojos de Dazai esta vez duró mucho mas que un segundo, y no hizo mas que asentarse en el resto de su rostro cuando Chuuya por fin se alejó de él y caminó en dirección al otro lado del escritorio, poniendo distancia física y emocional entre ambos, levantando todas esas paredes que Osamu Dazai había logrado derribar muchos años atrás, y que Chuuya había vuelto a construir con todas las piezas rotas de su corazón.

—Chuuya…

—No.

—Ni siquiera sabés qué voy a decir.

—No necesito saberlo —respondió con sequedad—. No deberías estar acá, y sé que sabés que no voy a entregarte, porque también sé que te vas a escapar de todas formas. Así que andate. Después de todo, eso es lo único que sabés hacer.

De espaldas a su antiguo compañero, apoyado en el viejo y pesado escritorio, Chuuya rogó a todos los dioses del universo que su voz no delatara el temblor de su corazón, que se removía agitado dentro de su pecho, como si deseara escapar y volar directo a las manos de su antiguo compañero.

La presencia de Dazai pesaba sobre los hombros de Chuuya tanto como le había pesado la distancia aquella noche en la que había encontrado la botella en el estante. Esa botella que no le había advertido que tendría que lidiar con la aparición de la persona que lo perseguía en círculos dentro de su propia mente desde la primera vez que se habían visto siete años atrás. Porque Dazai siempre había tenido la capacidad de adueñarse de cada espacio en el que se encontraba, de volver a cualquier lugar su casa, y convertirse en amo y señor de todas las almas que tenían la mala suerte de cruzarse con él. Y aunque muchas cosas habían cambiado, el poder de aquellos ojos marrones era mas fuerte sobre Chuuya que cualquier otra habilidad.

La mano de Dazai se posó sobre el sombrero de Chuuya por un breve instante. El mas bajo ni siquiera había notado que su compañero se había movido del otro lado del escritorio, demasiado concentrado en sostener las paredes que cubrían sus emociones, que era muchísimo mas frágiles y perceptibles de lo que a él le gustaba admitir. Sólo permitiendo que el enojo saliera a jugar, porque mostrarse iracundo siempre es mas seguro que mostrarse lastimado.

—La próxima vez que me toques te corto la mano —amenazó, mas su cuerpo ni siquiera amagó con alejarse de Dazai, que se había apoyado en el escritorio junto a él, hombro con hombro, buscando la cercanía—. Todavía no entiendo por qué estás acá.

Dazai soltó un largo suspiro antes de responder: —Feliz cumpleaños, Chuuya.

La mirada azul, y ahora confundida, de Chuuya por fin se dignó a mirar a Dazai otra vez. 

—¿Qué?

El mas alto no hizo mas que mostrarle la fecha y la hora en la pantalla de su teléfono. 29 de Abril. 00:06 horas.

Chuuya lo había olvidado por completo.

Así como todas sus defensas se olvidaron de existir en el segundo en el que los ya conocidos labios de Dazai dibujaron una sonrisa genuina. Nada de burla, ni coquetería, ni ironía escondida detrás de ella. Sólo amabilidad, y el destello de un cariño que ninguno jamás admitiría sentir en voz alta.

—Asumí que ibas a olvidarte —explicó—. Esto te pasa porque estás obsesionado con el trabajo.

—¿Por qué hacés esto? —La pregunta, envuelta en el filo de la angustia, se deslizó de los labios de Chuuya—. ¿Por qué todos los años hacés esto? Te fuiste. Nadie te echó. Vos te fuiste porque así lo decidiste, ni siquiera diste explicaciones.

—Es mas complejo que eso.

—¡Andate! —exclamó Chuuya—. ¡Si te vas, andate! ¡No orbites alrededor mío! ¡No me recuerdes que seguís acá! ¡No podés simplemente aparecer y desaparecer! Quiero que—

Así como el tacto de Dazai siempre había sido el encargado de salvar a Chuuya del descontrol de sus poderes, los labios siempre habían sido los encargados de salvarlo del descontrol de sus emociones. 

Y aunque muchas cosas habían cambiado, Chuuya supo en el segundo en el que sus manos rodearon de forma instintiva la cintura de Dazai que algunas otras no iban a cambiar nunca. Como la familiaridad que se escondía en esos labios cálidos que se movían sobre los suyos con seguridad, como la forma de aquel cuerpo que parecía diseñado para amoldarse a sus manos, como aquella lengua peligrosa y tentadora que podía elevarlo al cielo y arrastrarlo hasta el último círculo del infierno con la misma facilidad.

El tacto de Dazai ya no buscaba calmar, sino provocar un torbellino que Chuuya no estaba seguro de saber cómo frenar. Y tampoco deseaba hacerlo. Porque como un adicto que después de haber contado durante años los días que llevaba limpio, se vió tentado por una sustancia deliciosa que amenazaba con llevarlo lenta y dolorosamente hasta la muerte. Y como a cualquier adicto, ya no le importaba morir mientras tuviera la certeza de que encontraría su fin en una sobredosis de felicidad.

Años atrás, cuando todavía eran adolescentes que jugaban a experimentar mientras juraban odiarse a muerte, Chuuya estaba seguro de que jamás iba a extrañar el tacto de Dazai, si es que algún día lo perdía. Pero el adulto Chuuya tuvo que tragarse todas sus palabras cuando se encontró frente a frente con la necesidad de su alma, que buscaba desesperada deshacerse de todas las barreras existentes entre dos cuerpos que habían sido creados para completarse el uno al otro.

Fueron las maravillosas manos de Dazai, que desprendieron desesperadas la camisa de Chuuya, las que lo llevaron a profundizar el beso, arriesgandose a que el tacto llegara un poco más allá de lo que sería considerado decente en caso de que alguien los encontrara. Y, para el lamento de Chuuya, fueron también las manos de Dazai las que lo devolvieron a la realidad cuando se envolvieron en su cabello, empujando su amado sombrero, que cayó justo frente a él sobre el escritorio. 

Chuuya abrió los ojos sólo un instante, dispuesto a alejar el sombrero, junto a todos los papeles que yacían sobre el escritorio en el que pronto iba a encontrarse apoyada la espalda de Dazai. No obstante, un detalle llamó su atención: la camelia marchita. Aquella flor que había guardado con tanto anhelo y deseo se encontraba delicadamente enganchada en su sombrero, seguramente acto de Dazai en un esfuerzo desesperado por llegar hasta él.

Y Chuuya se lo había permitido una vez mas. Así como la vez que había decidido usar la pulsera. Como la vez que guardó la camelia. Como la vez que juró que jamás abriría esa botella de vino. Como todas las veces en las que se besaban a escondidas, rogando entre susurros que ninguno de sus superiores los encontraran. Y como todas las veces en las que le ardieron los ojos por tanto aguantar las lágrimas provocadas por la ausencia de Dazai.

El beso se rompió con la misma sorpresa con la que había comenzado. La espalda de Dazai arrugó los papeles y estrujó el sombrero cuando Chuuya lo empujó lejos de su tacto. Al mas alto le tomó un segundo mas del que quiso admitir percatarse de que el momento había terminado. Y fue otro segundo mas el que tardó en cubrir la decepción que se escribió en su rostro, pero Chuuya fue lo suficientemente rápido como para leerla y permitir que esta le perforara el pecho.

—Supongo que no estoy en posición de reclamarte nada —susurró Dazai mientras luchaba por recobrar la compostura y estirar las arrugas que se habían formado en su viejo saco.

—Suponés bien —respondió Chuuya, cuya mirada viajó hacia el ventanal, enfocándose en una ciudad oscura que no deseaba ver, pero que seguía siendo mucho mas fácil de observar que aquellos ojos marrones bañados en la nostalgia de aquellos días que habían sido, y de todos aquellos que nunca llegaron a ser—. Y yo supongo que no necesitás que te ayude a salir de acá.

—Suponés bien —contestó con una media sonrisa—. Tenés razón en algo, Chuuya, yo soy bueno para escabullirme, pero vos no me dejás atrás.

—No —dijo el pelirrojo en un susurro—, el que me deja atrás sos vos.

Una de las peores cosas de conocer a alguien a la perfección es que no se necesita decir nada para saber lo que está pensando. Ninguno tenía la urgencia de escuchar lo que el otro tenía atorado en la garganta para comprender lo que se escondía detrás de las paredes que ambas miradas intentaban reconstruir con desesperación. Los dos lo sabían. Pero saberlo no lo volvía mas fácil, o menos incómodo. Por el contrario, la falta de mentiras provocaba que cada respiración que compartían dentro del mismo espacio se sintiera como miles de cuchillos que se acercaban a ellos dispuestos a cortar la carne hasta que las heridas llegaran a los huesos, y aun así no lograrían escarbar lo suficientemente profundo como para arrancarse al otro del cuerpo.

Chuuya lo vió irse. Otra vez en silencio. Otra vez sin explicación.

Dazai se fue. Otra vez sin mirar atrás. Otra vez sin arrepentirse.

Porque algunas cosas nunca cambian. Como el escritorio viejo sobre el que se besaban años atrás. Como la camellia marchita, que no iba a revivir nunca, sin importar cuanto Chuuya la cuidara. Como el vacío en su pecho, que no había sentido nunca antes de que Dazai los traicionara, y del que no había sido consciente sino hasta que lo sostuvo en sus brazos otra vez.

El cuerpo del joven se movió en automático y sus ojos acuosos revisaron el cajón en busca de la pulsera, dispuesto a deshacerse de ella de una vez y para siempre, con la esperanza de poder así deshacerse también de la calidez que el tacto de Dazai había dejado sobre él.

Sin embargo, algo había cambiado.

Dentro del cajón, brillante y llena de vida, se encontraba una nueva camelia. Una que apenas había sido arrancada. Una que aun no se había marchitado.

Y, por primera vez, una nota, firmada con nombre y apellido, en la que rezaba un simple pero cariñoso: “Feliz cumpleaños, Chuuya”.

Notes:

Hola genteeeee! Como dije antes, es la primera vez que escribo este ship y la verdad que AMÉ, pero a la vez odié un poco que tomaran tanto el control, sobre todo Chuuya, claramente, porque según yo esta iba a ser una historia fluff y re linda en la que iban a darse muchos besitos y amarse y evidentemente eso no pasó. Pero en mi defensa, creo que no me hubiera gustado nada si hubiese forzado lo que tenía inicialmente en mente, así que espero que les haya gustado! Y si es así, dejenme un comentario porfis :)

Nos estamos leyendo!

Melu :)