Chapter Text
El recibir sus respectivos exámenes donde venían sus sexos secundarios hacía a los niños sentir emoción, a excepción de Haruka que se mostraba totalmente indiferente y, en cambio, guardó el sobre, y por consecuente los resultados, en el interior de la mochila.
Muchos querían ser Alfa pues se consideraban la cúspide de la cadena, el eslabón más fuerte y al que todos respetaban, otros cuantos deseaban ser Betas para tener una vida simple y sencilla, pero nadie anhelaba ser Omega, aquellos que parecían ser repudiados por la sociedad, pues siempre se les miraba desdeñosamente; como si hubiesen deseado ser así.
—Hay que ver qué somos.
Rin era uno de los que estaban intrigado y entusiasmado. Las manos pequeñas y blancas del pelirrojo sujetaban uno de los sobres que el tutor de clase había entregado y los ojos bermellones brillaban con curiosidad mientras miraban al pelinegro que se preparaba para volver a casa.
Si bien el maestro había ordenado fervientemente que dieran estos sobres a sus padres y madres para abrirlos en la comodidad y seguridad de casa, muy pocos hicieron caso, demasiado curiosos como para obedecer. ¿Qué importaba? Al final iban a leerlos así que daba igual si era en casa o ahí mismo en el colegio.
—No.
—Vamos, Nanase. ¿No quieres saber?
—La verdad es que no.
—¿Qué hay de ti, Tachibana? — Rin preguntó al más alto a quien se giró.
—Mh… Quizá…
—Ya está. ¿Qué creen que sean?
No transcurrió ni un segundo antes de que el pequeño pelirrojo rompiera el sobre y extrajera una hoja de su interior.
—Espero que sea Beta— confesó el castaño—. Ser Beta parece ser lo mejor. Y no encuentro nada en mí que encaje con los Alfas o los Omegas.
—Ser Alfa te quedaría— aseguró Matsuoka a la par que se encogía de hombros una vez Tachibana le observó con una mueca de duda—. No sé. Es lo que creo.
El resto del alumnado se fue retirando del salón, lentamente, hasta dejar a los tres amigos solos y mientras el menor de cabellos bermellones desdoblaba los resultados que examinó velozmente y sin comprender ni uno solo de los tecnicismos que ahí se hallaban escritos, sin embargo y para su suerte, al final de toda esa verborrea, venía una línea importante:
“Segundo sexo: Alfa.”
—Oh— musitó Rin, alzando la mirada hacia el par que le acompañaba y virando las hojas para que pudieran leer—. Soy Alfa.
—¿Y? ¿Qué tal? — preguntó Makoto, tentando las aguas.
—Mh…— pensó en voz alta el pelirrojo, luego observó una vez más las letras y arrugó la cara en un gesto de seriedad—. Los estos suenan molestos, pero podré lidiar con ellos. Les toca.
De Haruka brotó un suspiro lleno de hastío, porque no encontraba qué era tan interesante de los segundos sexos, y, dispuesto a terminar con todo eso para poder marcharse al club de natación, el pequeño pelinegro abrió el sobre con poco cuidado e inspeccionó el contenido sin mucho interés.
—Alfa— dijo Nanase, frunciendo las cejas.
—¿En serio? — preguntó Matsuoka, asomándose para leer los resultados y expresando gran asombro.
—Quería ser Beta.
—¿Así no tendrías que faltar a nadar? — ahora fue el turno de Tachibana de preguntar con sabihondes, quien rio tras ver el gesto inconforme del mayor del trío—. Solo serán tres días, Haru.
—Son demasiados.
Otra risa emergió del más alto, dulce y divertida, por la actitud de su mejor amigo el cual, aun con cara llena de insatisfacción, pensó en lo gentil que era aquel ruido.
Por su lado, Rin se mantuvo pasmado en su sitio más tiempo del necesario y, de no ser porque el pelinegro guardó donde antes los resultados, hubiese seguido con la mirada perdida en el “Alfa” que ahí estaba escrito, pues no podía creer que Haruka era un Alfa como él y, más aún, estaba, ¿cómo decirlo?, decepcionado era la palabra más adecuada, o tal vez desesperanzado era mucho mejor para describir el cómo se sentía; no conocía ninguna pareja de Alfas.
—¿Verás el tuyo? — preguntó el pelinegro a Makoto.
—Ah, sí, sí— el castaño se apresuró a maniobrar con el sobre—. Qué nervios.
—No dirá que estás enfermo, no te preocupes— tranquilizó el pelirrojo una vez se forzó fuera de su estupefacción.
—Supongo que no.
Con un suspiro para envalentonarse, Tachibana leyó el contenido de las páginas y en sus ojos verdes pronto se vislumbró el alivio.
—Beta— sonrió el más alto.
—Hubiera sido chistoso que todos termináramos siendo Alfas.
—Sería mucha coincidencia, pero lo pensé.
Al igual que su mejor amigo, Nanase sintió consuelo con los resultados, ya que se preocupaba por el bienestar de éste y era consciente que ser Omega era bastante difícil, tanto por los celos como por el desdén con que los Alfas los trataban. Además de esto, había otro sentimiento arremolinándose dentro del ojiazul que era difícil de nombrar, pero que no se trataba de otra cosa más que de un ligero despecho, como si algo estuviese fuera de lugar o como si esperase otro tipo de desenlace para la situación, aun si sabía que ese era el mejor, que el que Tachibana fuese un Beta era lo mejor.
—Ya— dijo el pelinegro, colgándose la mochila—. Vámonos.
—Eres un aburrido, Nanase.
Eso no le importaba ni un poco a Haruka, así que se encogió de hombros y comenzó la andada hacia la salida, seguido de los otros dos niños.
—¿Ustedes saben sobre la leyenda de los destinados? — Rin soltó de repente conforme caminaban por las calles tranquilas de Iwatobi.
—¿Qué es eso? — fue la respuesta de Makoto a la vez que apretaba las cejas en remembranza.
—Es una leyenda que dice que para cada Alfa hay un Omega que el destino escogió. Un Alfa y Omega que están destinados a estar juntos.
—¿Cómo almas gemelas?
—Mhm.
—Suena romántico.
—¿Cierto?
—Suena tonto— interrumpió Haruka—. ¿Por qué solo un Alfa con un Omega? ¿Cómo saben que son destinados?
—Las leyendas son realidad… O al menos una parte lo es— se quejó el pelirrojo, claramente ofendido, pues él sí creía en aquellas cosas—. Los Alfas y los Omegas tienen que estar juntos.
—¿Por qué? — pero Matsuoka no supo que responder durante un instante largo que permitió a Nanase seguir—. ¿No puede un Alfa estar con un Beta u otro Alfa?
—¿Estarías con alguien que no fuese un Omega? — preguntó el más joven de los tres con voz suave.
—¿Por qué no? — aquello brindó una luz de esperanza dentro de Rin que incluso mejoró su postura y relajó el rostro—. ¿Realmente importa qué seas?
—Los Omegas y los Alfas se pueden unir por la marca. Y es más fácil que tengan hijos.
—Pero no es imposible que dos Alfas tengan hijos—Haruka se encogió de hombros, sin entender muy bien por qué tantas excusas y preguntas—. ¿No es más importante que tu pareja sea buena persona? Su segundo sexo no importa.
—Mh. Haru-chan tiene razón. Igual, me parece bonita la leyenda. Suena agradable que exista alguien hecho solo para ti.
—Es romántico — repitió Rin, una sonrisa amplia en su cara—. Nada es imposible, ¿no?
—No.
Mientras charlaba, los pequeños llegaron al club donde estuvieron largos minutos y, posteriormente y una vez terminaron la clase, se dispersaron cada uno a sus respectivos hogares, siendo así que Makoto y Haruka avanzaron juntos al residir en el mismo vecindario mientras que Rin tomaba otra dirección luego de menear la mano en forma de despedida.
—¿Realmente piensas que es tonta?
—Sí— respondió Nanase, sin tener que preguntar a qué se refería el otro niño, pues lo conocía bien y prácticamente podía saber más de lo que sus palabras decían—. Hay mucha gente en el mundo. No creo que alguien haya nacido para estar conmigo.
—Quizás. Me gustaría creer en algo así, aunque soy Beta y no creo que el destino nos incluya.
Los ojos azules inspeccionaron el rostro redondo del castaño que miraba el camino por el que andaban, y su dueño pensó en decir algo, lo que sea, pero no se le ocurrió nada y a Haruka no le quedó de otra más que apretar los labios y dejar que el tiempo pasara; quiso decir que esperaba que Makoto estuviera con alguien que lo mereciera, pero no se sentía muy seguro de que alguien así existiera.
Por su parte, Tachibana pensaba en lo increible que sería que fuese el destinado de Nanase, pero, como decía, era un simple Beta al que el destino ignoraba completamente y si lo pensaba bien, esto significaba que quizá nunca estaría con el jovencito pelinegro como algo más que un mejor amigo por mucho que lo deseara; Haruka, aunque no creyera en eso, quizás y solo quizás, encontraría a un Omega con cual vivir el resto de sus días.
—Nos vemos mañana, Haru.
—Hasta mañana.
Tachibana desapareció por la puerta principal de su casa, bajo la atenta mirada azul de Nanase quien pensó que, a pesar de no contar con el destino haciendo de casamentero para él, era afortunado por ser Beta.
¿Estaba bien ser Beta?
Makoto sabía que no debía preguntárselo tan repetidamente, porque uno siendo Beta no tenía que cuidarse de las feromonas de otros ni tampoco vigilar las propias y, más aún, no tenía que preocuparse ni un poco acerca de los celos y los estros que rompían la adorada rutina de Omegas y Alfas respectivamente, pero (había un gran pero) una parte del pequeño castaño se sentía desilusionada, como si una puerta se hubiese cerrado, porque si bien había estado toda la vida (su corta vida) con Haruka, sabía que no había forma de que éste pudiese verlo como algo más que un amigo y ser Omega aumentaba las posibilidades, se volvía una oportunidad para que llegase a ser alguien especial para él, sin embargo, también sabía que estas probabilidades no aumentaban grandiosamente, en lo absoluto, porque Makoto era consciente de que su mejor amigo lo amaba un montón, pero como eso y nada más, no como compañero de vida, y Tachibana no podía culpar al ojiazul, no cuando era una persona aburrida, tímida, cobarde e insípida y él, en cambio, era todo lo contario.
Mientras la mente divagaba, el castaño seguía con los ojos verdes fijos en los movimientos veloces y gráciles de Nanase y Matsuoka que competían entre ellos dentro del agua, una sonrisa dibujándose en su rostro cuando los vio girar en el extremo contrario donde se encontraba sentado sobre uno de los podios.
Que Makoto fuese Omega o no era completamente irrelevante para Haruka que lo probaba al estar fascinado con el niño de ojos bermellón que no era ni más ni menos que un Alfa.
—Se cansaron— comentó Nagisa, inclinándose con intriga hacia el ojiazul que resollaba y jadeaba con esfuerzo, aferrado al borde de la alberca una vez terminaron de nadar—. Nanase-kun apenas puede respirar.
—¿Están bien? — Makoto se escuchaba preocupado, sobre todo al ver la cabeza negra descansar contra las baldosas.
—Matsuoka-kun se ve mal. ¿Vas a vomitar?
El rostro de Rin estaba amarillo, casi tan amarillo como el cabello de Nagisa que ahora expresaba angustia y duda, y sus ojos rojizos estaban perdidos en la nada aun si parecían observar el agua que ondulaba alrededor del torso y rebotaban contra la pared.
—Matsuoka-kun, ¿quieres ayuda para salir? — preguntó Tachibana.
No hubo respuesta verbal, pero sí un meneó de la cabeza pelirroja que mostró negación, conforme una mano viajaba hasta cubrir la boca de Rin en un intento de contener el almuerzo a medio digerir que amenazaba con salir a chorros.
—Ve por el entrenador— ordenó el pequeño más alto hacia Hazuki quien inmediatamente obedeció y corrió sin cuidado en busca del adulto del lugar.
Por su lado, Tachibana se metió a la piscina, tomó el cuerpo caliente de su mejor amigo en brazos y, posteriormente, lo recostó como pudo sobre las baldosas, la cara pálida de Nanase tornándose roja por la fiebre y el sudor combinándose y confundiéndose con el agua.
Tras unos escasos segundos, Sasabe apareció de manera apurada, inspeccionó al pequeño pelinegro que estaba agotado y, seguro de qué sucedía, lo cargó en brazos de forma tan delicada como le fue posible para llevarlo a la sala de descanso donde podría reposar en un sofá de dos piezas y que era mejor opción que el suelo mojado y duro.
—Ugh— se quejó Rin sin saber qué más hacer, pues sentía el estómago revuelto y estar en el agua empeoraba la sensación, sin embargo, el aire estaba repleto de un olor asquerosísimo y estar lejos de él sonaba como una idea tentadora, así como lo era descender en la piscina hasta que el líquido cubriera sus cabellos—. Concéntrate.
Como pudo, Matsuoka se impulsó fuera y permaneció sentado al borde de la alberca, los pies meciéndose dentro de ella y Tachibana acercándosele con ojos llenos de compasión conforme el agua formaba curvas con cada uno de sus movimientos.
—¿Quieres ir al baño? — preguntó el más alto.
—Puedo sobarte la espalda si quieres, Matsuoka-kun— sugirió Nagisa.
—No— Rin negó con una pesada exhalación y antes de tragar con fuerza, tratando de ahuyentar las ganas de vomitar—. Necesito un momento.
Vomitar era algo simplemente desagradable, así que era de esperar que Matsuoka no deseara hacerlo, respirando profunda y lentamente para que esto no pasara al mismo tiempo que Sasabe regresaba con la intención de cerciorarse de su estado de salud.
—Estoy mejor— dijo el pelirrojo eventualmente, las manos aferradas al borde y el color de su cara mejorando de a poco.
—¿Quieres algo para el mareo?
—Estoy bien— volvió a asegurar Rin, asintiendo—. Gracias.
—¿Cómo está Haru-chan? — cuestionó Makoto.
—Pues…— Goro suspiró y se acarició la parte trasera de la cabeza—. No es nada grave. Le ha llegado el estro.
—¿Qué es el estro? ¿Qué es? — preguntó Hazuki.
—Bueno… Las personas tenemos dos sexos. El primero nos hace ser hombre o mujer. El segundo nos hace Omegas, Betas o Alfas. Los Alfas entran en estro que es, uhm, como una gripa donde sueltan un aroma rico que les gusta a los Omegas para poder estar juntos y tener bebés.
—Oh.
—Y no sé mucho del tema, pero llegué a escuchar que las feromonas de Alfas afectan a otros Alfas. Dicen que los hace sentir asco. Ustedes dos son Alfas, ¿no?
—Sí— respondió el pelirrojo.
—Debió ser eso. ¿Necesitas ayuda para volver a casa?
—No, entrenador. Estaré bien.
—Ve con cuidado, por favor. La madre de Haruka vendrá por él, así que ustedes pueden arreglarse e irse sin preocupaciones.
Rodeados por un ambiente taciturno, los tres menores obedecieron a Sasabe y, después, Rin y Nagisa se marcharon a diferencia de Makoto que fue en búsqueda del entrenador para que lo llevara donde su mejor amigo, pues deseaba acompañarlo hasta que la señora Nanase apareciera.
Con el rostro enrojecido, el cabello aun húmedo y el agua siendo remplazada por transpiración, Haruka, jadeando de manera impetuosa, descansaba sobre una suave toalla de tono crema y, a su vez, cubierto por la propia de una tonalidad azul pastel para evitar que pudiese enfermarse.
—No abras a nadie— dijo Goro—. Vendré cuando su madre llegue. Si pasa algo, dime.
—Está bien.
Makoto se sentó sobre la silla que el adulto acercó al sillón antes de partir, mirando con paciencia al agotado de su mejor amigo cuyo pecho subía y bajaba rápidamente con la respiración agitada, más agitada de lo que podría estar luego de una competencia.
—¿Estás dormido? — el pequeño de ojos verdes susurró.
Un ruido de garganta, junto a un meneo sutil de cabeza, fue suficiente contestación de parte del mayor quien le dirigió una efímera mirada.
—Quizás dormir te hará sentir mejor.
En un silencio calmado que solo era perturbado por los jadeos del ojiazul, Tachibana tomó un pañuelo de tela del interior de su bolso y retiró la humedad que cubría la cara ajena de manera sumamente delicada, apenas tocando la piel sensible que cosquilleaba con cada caricia al punto de que Nanase pensó en pedirle que se detuviera, pero no lo hizo porque, sinceramente, se sentía más bien que raro.
No pudiendo quedarse callada por completo, la mente del menor comenzó a divagar sobre la situación; el entrenador le había pedido no abrir a nadie probablemente por precaución, pues uno no era capaz del todo de saber si algún Omega, adulto o no, pudiese entrar a la habitación que debía estar atiborrada de feromonas Alfa enloquecidas por el estro, pero Makoto no podía oler nada en realidad, si bien notaba el olor característico de la tela mojada (por las toallas que estaban secando el cuerpo del ojiazul).
¿Haruka realmente despedía feromonas?
Makoto se aproximó un poco más, de pronto secando el cabello azabache, y solo logró distinguir el cloro de la alberca que se impregnó en la piel de su mejor amigo y un deje de algo que caracterizaba al pelinegro, pero eso era todo. Y aquello no era raro, si se pensaba bien, porque Tachibana era un Beta, un simple Beta que jamás reaccionaría a Nanase.
¿No era bueno ser Beta? Así Makoto podía cuidar al mayor de ambos como lo estaba haciendo en ese momento, así no era afectado por el aroma que debía estar brotando de la epidermis ajena, así no tendría arcadas a causa del estro ajeno y así estaba ahí con Haruka.
Los ojos verdes apreciaron con compasión el gesto de esfuerzo que arrugaba el rostro del mayor y secó gotas de (muy seguramente) sudor que hacían brillar el puente de la nariz.
Eventualmente, la señora Nanase entró a la sala de descanso en compañía del entrenador y, tras algunas palabras, Haruka se trepó en la espalda de la mujer de la manera en que lo haría un monito con su madre para retirarse en dirección a casa, seguidos por Tachibana quien se había ofrecido a llevar el bolso del convaleciente.
—Haru-chan, buenos días— la señora Tachibana saludó al recién llegado apenas abrió la puerta de la residencia—. ¿Vienes por Makoto?
—Buenos días. Sí.
—Pasa. Ahora le llamo.
Así que Haruka lo hizo, aunque únicamente entró hasta el pequeño espacio donde uno se descalzaba, y vio a la mujer de sonrisa maternal acercarse a las escaleras desde donde llamó con voz fuerte al mayor de sus hijos, recibiendo de éste un “Ahí voy” apresurado y, finalmente, regresó a plantarse delante del ojiazul.
—¿Cómo te sientes, Haru-chan? Escuché que te llegó tu primer estro.
—Sí… Eh…— Nanase decía con mortificación que la señora Tachibana no pasó por alto y, por ende, no insistió, sino que solo le obsequió otra sonrisa comprensiva—. Estoy bien.
—Dicen que es incómodo — ella no podía saberlo más que por palabras de otros porque era Beta —, así que preferiría que no tuvieras que pasar por algo así. Pero supongo que es algo que no podemos evitar. Ah, qué vieja me siento. Pensar que hasta hace poco necesitabas ayuda hasta para subir las escaleras.
Mientras un sonrojo crecía en los pómulos del pelinegro, pasos apresurados se escucharon provenir del piso superior, desplazándose escaleras abajo y, finalmente, Makoto se aproximó.
—Listo. Disculpa.
Desde que salió de casa, Haruka deseaba encontrarse prontamente con el niño de ojos verdes y, más que nada, con la maravillosa sonrisa que siempre adornaba su rostro, siendo éste el mejor momento de su día.
La caminata hacia la escuela se hizo de manera usual, a diferencia de cómo había sido para Makoto durante los últimos tres días, pues iba solo y sumido en un silencio que le permitía oír el ir y venir del agua que acariciaba la costa, ahora, en cambio, volvían a andar uno al lado del otro, las olas del mar mezclándose con la voz del más joven que hablaba y hablaba.
—¿Cómo estás? ¿Mejor?
—Me siento bien— afirmó Nanase y Tachibana sonrió con alivio.
—¿Puedo preguntar cómo fue?
Con una larga inhalación, el ojiazul pensó y miró un momento la marea como si buscara algo en ella.
—Dejémoslo en que fue realmente molesto.
Haruka no quería contarle a su mejor amigo como por tres días enteros estuvo cubierto en sudor de pies a cabeza, el pelo oscuro pegándosele a la cara que estaba roja como luz de semáforo, un gorgoreo extraño en el vientre y en la ingle acompañado de un calor intenso que subía y se desvanecía en los hombros, y con cientos de imágenes subidas de tono (aunque borrosas) que hacían al estómago revolverse; no podía comer porque no tenía hambre, apenas si tomaba agua y dormir era lo único que aligeraba el malestar, aunque no pasaba más de un par de horas en el mundo de los sueños antes de despertar jadeante e inquieto.
—Mn. Si pasa algo, sabes que puedes hablar con los profesores o con el entrenador. ¿Podrás ir al club?
—Sí.
—Esperaba esa respuesta— el más joven rio.
—Mn. ¿Vieron algo importante en clase?
El resto del viaje, Makoto se dedicó a explicar todo lo que habían hecho en clase y aseguró al pelinegro que podría pasarle los apuntes y tareas en cuanto regresaran a casa.
—Ya no apestas— dijo Rin una vez el par de mejores amigos cruzó la entrada del aula, después trepándose a los hombros de Haruka que, a pesar de mirarle mal, no lo apartó.
—Tú también vas a apestar.
—¡Por supuesto que no!
—Sí. Eres Alfa, así que vas a apestar.
Ambos comenzaron a discutir, como era de esperar, mientras avanzaban entre las hileras de pupitres y dejaban un poco rezagado al pequeño de ojos verdes que sintió dentro suyo algo sombrío removerse, pero, al mismo tiempo, también sentía conformidad y diversión, pues las peleas de sus dos amigos podían ser infantiles y, por ende, ridículas, además, le gustaba ver a su mejor amigo dejar de lado su estoicismo; era agradable.
—Espero que no te llegue el estro cuando tengamos los relevos.
—Solo nado libre— refutó Haruka una vez más, con los pies descalzos sobre la arena crema de la playa; estaba cansándose de las quejas por su estro que el chiquillo pelirrojo llevaba soltando desde la mañana y la insistencia de que nadara con él—. Qué obsesión con los relevos.
Nagisa y Makoto, a unos cuantos metros de distancia, rebuscaban, acuclillados, algo entre los granitos claros y calientes; seguramente el rubiecito quería cazar animalillos como cangrejos o almejas y el más alto había cedido a ayudar.
—Mira que también estás obsesionado con solo nadar libre.
—Pero yo no te insisto en que lo nades también. ¿Por qué sigues?
—Mh…
Aquel simple sonido fue suficientemente particular como para que Nanase girara en dirección a su acompañante cuyos ojos rubies examinaban los hundimientos que sus pies formaban al colocarse uno delante del otro.
—Mi papá hablaba muy bien de los relevos. Dijo que tenía un equipo increíble y que le llegó a mostrar algo que antes no conocía. Él realmente era el mejor. Nadaba muy bien—Rin inconscientemente encogió los hombros, restándole importancia de alguna forma a lo que decía—. Quiero convertirme en un nadador olímpico y siento que nadar con ustedes me ayudara como a él lo hizo en su tiempo.
—Él…
—Era pescador. Murió en una tormenta.
Aun si sabía que la respuesta más adecuada y común era dar sus condolencias, Haruka no consideraba que fuese lo ideal, pues él no tenía la culpa de nada y aquello no devolvería a los muertos de nuevo a la vida (sin olvidar mencionar que ya había pasado mucho tiempo), sin embargo, el ojiazul sí quería hacer saber que sentía compasión por Rin, solo que no lograba encontrar la forma correcta de hacerlo por mucho que lo pensara.
—Está bien— soltó de la nada Nanase, consiguiendo que los ojos bermellones se encontraran con los propios—, pero nadaré crol.
El rostro del menor se encendió en alegría y, bueno, el pelinegro seguía pensando en lo molesto que era, pero ya estaba acostumbrado a eso y, más importante, lo quería.
—¡Por supuesto! Hazuki nadará pecho, Tachibana dorso y yo haré mariposa. ¡Estoy seguro de que ganaremos!
Los colmillos prominentes de Matsuoka se mostraron en una sonrisa inmensa, y, feliz, el chiquillo corrió en dirección a los otros dos quienes, escuchando su emoción, se detuvieron un momento para mirarle. Aquella sonrisa era única y radiante, mucho más de lo que era el Sol y al punto de que Nanase temía quemarse.
—¡¿Nanase-kun aceptó?!— se escuchó a Nagisa exclamar, parándose de golpe—. ¡Genial!
—¡Sí! Solo hay que hablar con el entrenador para prepararnos.
El par comenzó a planear todo como si eso solo fuese capaz de brindarles la victoria. En cambio, los ojos verdes se posaron silenciosamente en el pelinegro quien, a su vez, miraba a Matsuoka con derrota y algo más que ocasionó una sonrisa complaciente surcar por el rostro de Tachibana.
Un suspiro proveniente de Makoto interrumpió la calma entre él y Haruka durante el camino a casa; Rin y Nagisa ya habían marchado a sus respectivos hogares hace solo unos cuantos minutos atrás.
—Estoy cansado, aunque no sé por qué— comentó el más joven.
—Probablemente porque Hazuki te trajo de un lado a otro.
—Cierto. Ah, y realmente me asustó con ese enorme cangrejo.
Al menos el chiquillo de ojos azules estaba ahí para ayudar, ordenándole tajantemente al rubio que dejara a Makoto tranquilo conforme le retiraba al bicho, cuyas patas se movían de manera agitada de un lado al otro, y lo llevaba hacia algunas rocas más alejadas donde seguramente podría esconderse lejos del escándalo de la gente; no le gustaba cuando jugueteaban con los animales y tampoco (más bien, sobre todo) cuando espantaban al niño más alto y de ojos verdes como si fuera divertido, porque no lo era.
—Parecía del tamaño de mi cara.
—Sí que era grande.
La ciudad a esas horas era aún más silenciosa a lo que era durante el día mientras el horizonte mostraba colores rosados y morados que se transformaban en un índigo profundo donde titilantes estrellas se desperdigaban.
—Al final dijiste que sí—Tachibana habló y Nanase le miró—. A los relevos.
—Para que dejara de molestarme.
Los ojos zafiro rápidamente se desviaron y el rostro del mayor se arrugó en fingido enojo para ocultar la vergüenza que se acrecentó por la risilla conocedora de su acompañante quien sabía perfectamente que era cuestión de tiempo para que ese desenlace llegara.
—Demos lo mejor de nosotros, ¿sí? — Makoto animó, sonriendo tiernamente—. Espero que ganemos.
—Eso espero o Matsuoka se volverá más insoportable de lo que es.
Otra risilla antes de charlar sobre qué harían como preparación para la competencia.
—¿Saben? — la voz del pelirrojo llamó la atención de los otros dos niños que lo acompañaban en ese momento, delante del árbol de cerezo que había en la escuela, aunque como era invierno era más ramas que cualquier otra cosa, seco y al borde de la muerte mientras esperaba pacientemente al regreso de la primavera —. Después de las competencias y la graduación, me mudaré.
—¿Eh? — Makoto expresó con sorpresa, incluso en lugar de Haruka, pues éste había perdido cualquier sentido del habla—. ¿Mudarte? ¿Adónde?
—A Australia. Iré a una escuela especial para mejorar en la natación.
—Oh, ya veo. Después de todo, tu meta es ser un nadador olímpico.
—Sí— Rin sonrió ampliamente, lleno de seguridad y con un brillo en la mirada que denotaba lo esperanzado que estaba por el futuro—. Pero no hay que desconcentrarnos de los relevos, ¿bien?
—De nuevo con eso— gruñó el ojiazul, las cejas arrugadas en molestia y girando a mirar los ladrillos que rodeaban al cerezo donde mensajes habían sido escritos por los niños de su clase.
—Vamos, Nanase. Te mostraré una vista que nunca habías visto.
Bien, Haruka podía darle el beneficio de la duda, sin saber de qué manera nombrar el fuego que se encendió dentro de su pecho, como una llama quemando con fuerza la madera de una fogata.
