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La base estaba en silencio. Y cómo no iba a estarlo, si solo una parte del equipo había sido enviada a una misión encubierta al oeste de la región, dejando a los dos más callados descansando en la torre.
El zumbido del refrigerador llenaba el aire vacío, una melodía solitaria que competía con el leve crujido del cereal entre los dedos de Bob, como si ese pequeño sonido fuera lo único que podía anclarlo en la realidad.
Bob estaba sentado en la cocina, con una caja de cereal en la mano y la mirada perdida en algún punto del vacío. Ni siquiera usaba un tazón. Solo metía la mano y comía distraído, como si funcionara en automático.
Le daba un poco de miedo estar ahí sin el bullicio habitual de sus compañeros. El silencio, lejos de ser pacífico, generaba un eco ensordecedor en su cabeza. Uno que no lograba acallar.
No era la primera vez que deambulaba por la base a esas horas, buscando algo que no supo nombrar.
Bucky se detuvo en la entrada. No hizo ruido, pero Bob levantó la vista igual.
—Lo siento, no podía dormir —dijo, encogiéndose de hombros.
Bucky cruzó los brazos.
—No pareces querer dormir tampoco.
—¿Y tú si? —murmuró Bob, ignorando lo anterior dicho metiéndose otro puñado en la boca.
—No
Hubo un momento de silencio. Bucky se acercó, abrió un gabinete y sacó una taza.
—¿Café o té?
—¿A las tres de la mañana?
—Estás comiendo cereal sin leche, así que té —decidió Bucky, sin esperar respuesta.
Bob se acomodó mejor en la silla, dejando la caja entre ambos, como si esa simple acción marcara una frontera. Una que, curiosamente, no había sido cruzada… al menos no desde dos noches atrás. Jugó con la solapa de la caja, doblándola y desdoblándola, como si con eso pudiera ordenar algo dentro de sí.
—¿Cómo es que no te da miedo cerrar los ojos?
—¿Quién dijo que no?
Se quedaron en silencio un rato. Solo la mirada de Bob, fija en él, esperando ansiosamente que Bucky continuara.
—La verdad es que, desde hace un tiempo, ya puedo dormir tranquilo —dijo Bucky, con voz serena—. Sané. Y encontré personas que confían lo suficiente en mí… como para que yo también pueda hacerlo.
Bob bajó la vista, con la garganta apretada.
—A veces siento como si estuviera a punto de romperme —susurró. —Es como... si cerrara los ojos, todo lo que contengo dentro se me fuera a salir. Y no sé si podría volver a guardarlo.
—Es un proceso —respondió Bucky—. Es jodido lo lento que pasa, pero... no estás solo.
Sin decir nada más, Bucky deslizó la taza de té hacia él, la cerámica estaba caliente, como si Bucky hubiera calculado el tiempo exacto para dársela justo así. Sus dedos se rozaron al pasarla. Y aunque no fue intencional, tampoco lo evitaron, como si el contacto ya no sorprendiera, como si de alguna forma ya hubieran estado más cerca que eso.
Fue un contacto breve. Accidental a simple vista. Pero Bob no se movió. Y Bucky tampoco.
Se quedaron en ese instante suspendido, como si el silencio hablase más que sus palabras.
Bob fue el primero en apartar la mirada, aunque una leve sonrisa se le escapó.
—¿Siempre tan bueno con las palabras, Barnes?
—Solo cuando estoy medio dormido —respondió él, apoyando los codos en la mesa.
—Entonces tendré que invitarte más seguido a mis insomnios.
—¿Eso fue una invitación?
Bob levantó la taza con una ceja alzada, pero no respondió de inmediato. Bebió un sorbo, sin dejar de mirarlo por encima del borde.
—Vamos a la cama —dijo Bucky finalmente, con voz baja pero firme.
—Te vas a ir en cuanto cierre los ojos —murmuró Bob, con una mezcla de duda y esperanza.
Bucky negó con la cabeza, suavemente.
—Me quedaré contigo hasta que despiertes.
Bob bajó la taza, y sus labios se movieron apenas, como si quisiera decir algo más, pero las palabras se ahogaban en su garganta. Se contuvo. No quería arruinarlo. No otra vez.
Hace dos días había sido él quien se acercó. Bucky no se apartó, pero tampoco hizo algo. No hablaron. Solo compartieron el mismo colchón, el mismo aire, el mismo insomnio. Hubo un momento —minúsculo y eterno— en que sus frentes se rozaron. Un gesto torpe. Una decisión no tomada.
Sus dedos tamborilearon una vez sobre la mesa, como si midiera el tiempo, como si recordara el instante exacto en que todo cambió.
Y por un segundo, Bucky también pareció recordar.
La forma en que no se había ido aquella noche. La forma en que se había quedado en la oscuridad, a un suspiro de distancia
Ninguno dijo nada. Pero la ausencia de palabras parecía gritarlo todo.
—De acuerdo —susurró.
Y por primera vez el silencio que los rodeaba no se sintió vacío.
