Actions

Work Header

¡I WANI BE YOURS! primer intento (léalo después de leer el I WANI BE YOURS!

Summary:

Ketzo es un chico tan grande como una montaña, un híbrido nacido de la inesperada unión entre un humano y una Deinosuchus. Aunque su presencia es imponente, es tonto, torpe, pero de corazón profundamente amable e inocente. Sin embargo, cuando sube al escenario, todo cambia. La torpeza desaparece y se convierte en una versión de sí mismo que nunca muestra en la vida cotidiana.

En busca de escapar de un entorno que lo menospreciaba, y tras verse envuelto en problemas al tratar de ayudar a alguien que lo llevó a involucrarse con personas peligrosas, Ketzo decide huir junto con su madre. Su sueño de convertirse en un actor reconocido sigue siendo su mayor motivación. Así, se mudan a Volcadura Bluff, Dinofornia, donde Ketzo tiene la oportunidad de estudiar en la prestigiosa escuela de arte St. Hammond.

Esta es su oportunidad para empezar desde cero en un lugar donde finalmente puede hacer lo que más ama. Más decidido que nunca, está dispuesto a cumplir sus objetivos a toda costa, ...decidido a no dejar que nada se interponga en su sueño, comienza desde cero en un lugar tan distante que hasta sus fantasmas parecen haber quedado atrás... o al menos, eso es lo que él quiere creer.

Notes:

Si llegaste aquí, probablemente —o eso espero— es porque vienes del I WANI BE YOURS “real”. Este pequeño fic lo dejé intacto, sin borrarlo, porque genuinamente me parece un bonito recuerdo: el primer intento que hice de contar la historia de Ketzo.

Con el tiempo, muchas cosas me llevaron a replantearme el rumbo que quería darle al personaje y su mundo. Ese proceso me llevó a hacer un reinicio completo. Una historia desde cero, pero con más intención, más cariño… y con la supervisión extremadamente intensa de un tipo que dice ser mi editor. (No sé si lo es en realidad, pero me tiene amenazado con una bomba. Dice que “ve potencial” en esta nueva versión... yo sólo espero que no explote).

Así que nada. Este fic se queda aquí, no porque esté perfecto, sino porque fue el primer paso para llegar a lo que hoy estoy escribiendo: una historia más sólida, más pulida, y que de verdad me emociona compartir.

Gracias por leer hasta aquí.

Se despide el Venado,
anteriormente conocido como lectordecosas xd. 🦌
Nos vemos en la historia de verdad. Ahora sí.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Nuevo comienzo

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Voy sentado en el asiento del copiloto, con la mirada perdida por la ventana de la camioneta. Es una Ford F-100 del 97, negra, sobria pero imponente. No es ostentosa, pero tiene ese aire de clásico que llama la atención sin querer. Esta camioneta fue un regalo del señor Carlos, uno de esos gestos que solo él sabría hacer. La entregó un conocido suyo, aquí en los Estados Saurios Unidos. 

A veces me sorprendo extrañando a los señores… en especial a él. Siempre preguntaba por mi mamá y le mandaba ramos enormes, llenos de flores de todos los colores. Se notaba que la quería mucho, o al menos que se preocupaba sinceramente por ella. Eso me alegra. 

Miro hacia la izquierda y ahí está mi mamá, al volante, cantando con el corazón "La Casita" de la Banda MS. Y qué curioso, la letra va como anillo al dedo con lo que estamos viviendo. Pero como dice la canción: "pero acá estamos mejor". Y sí, aquí estamos mejor. 

Aquí ella podrá encontrar un trabajo digno, con mejores oportunidades. Yo podré estudiar en la escuela que siempre soñé, y sobre todo, podré prepararme para convertirme en un gran actor, uno de esos que salen en la pantalla y hacen soñar a la gente. Quiero triunfar, sí… pero más que nada, quiero poder comprarle a mi mamá la casa de sus sueños. Porque ella lo merece todo. 

Ella está cumpliendo mi sueño… y yo, un día, voy a cumplir el suyo. 

Y sobre todo, aquí no nos encontrarán esos malditos cabrones. Claro que podría haberles roto toda su madre —yo solo necesitaba una razón—, pero mi mamá nunca quiso que me metiera en líos, ni que manchara mis manos con sangre. Y, siendo honestos, yo tampoco quería. No quería volverme eso. Ella me salvó… como siempre lo ha hecho. 

Pero ya, dejando atrás los malos recuerdos, vuelvo a lo que tengo frente a mis ojos: ¡estos paisajes! Dios mío… Las grandes ciudades de los Estados Saurios Unidos nunca dejarán de sorprenderme. Los edificios que rozan el cielo, los centros comerciales enormes como galaxias, los parques rebosantes de dinogente feliz... Todo es impresionante. Nada de esto existía en mi viejo pueblo, donde el mayor espectáculo era ver pasar el tren cada martes. 

Estamos entrando al sector donde estará nuestro nuevo hogar. Mi futuro empieza aquí. Es tan emocionante que casi reviento la lata de soda que llevo en la mano por el calor abrazador de Volvadera Bluff… 

…espera. 

Sí. La reventé. 

—¡MIERDA! 

—¡KETZO! —grito mientras veo el coletazo de mi mamá venir directo a mi mano. ¡SPLASH! Lata volando. Soda en el aire.  

  

—¡MAMÁ! Fue un accidente, ¿por qué me pegas? —le reclamo, medio adolorido y medio riéndome mientras me sobo la mano mojada. 

—Te pego porque llevas diez minutos divagando, niño. No contestas cuando te hablo, ponme atención por Jesús Raptor —me responde con su voz dulce, pero cargada de ese tonito que me recuerda que no me pase de lanza. 

Luego, su tono cambia. Más suave, más tierno. 

—Pero dime, hijo… ¿te gusta? ¿Qué piensas de esta gran ciudad? 

La miro. Sus ojos tienen ese brillo entre alegría e incertidumbre que solo una madre tiene cuando quiere lo mejor para su hijo, pero teme no estar haciendo suficiente. No sabe que ella ya lo ha hecho todo. 

—Sí, mamá… me gusta mucho. Los edificios, los parques, el aire distinto… todo es tan nuevo y tan hermoso a su manera. Es un cambio refrescante. Y más que eso… es mi oportunidad. 

La miro directo a los ojos y siento cómo se me forma un nudo en la garganta. 

—Voy a poder estudiar en la escuela que siempre soñé… la que solo conocía por los artículos del periódico. Teatro, actuación, expresión, todo eso que me apasiona. Y es gracias a ti, mamá. Gracias por inscribirme, aunque sea tan cara… Gracias por todo. 

Mi voz se quiebra un poco, y no me importa. Dejo que se me asomen las lágrimas. 

—Te amo, mami. De verdad… gracias por hacer este sueño posible. No te voy a fallar. 

  

—Mi niño, no te pongas sentimental, que me vas a hacer llorar… —dice mi mamá con una sonrisa temblorosa—. Nunca me has decepcionado, y sé que nunca lo harás. Eres un niño maravilloso, y un día vas a darte cuenta de lo especial que eres. Verte actuar, brillar… ha sido de las cosas más hermosas que me ha tocado presenciar. Ayudarte a pulir ese gran talento tuyo me hace la madre más feliz del mundo. Y no te preocupes por el dinero, recuerda que tenemos lo que nos dio el señor Carlos, guardado con amor, exclusivamente para tus estudios. 

Su voz suena melancólica, como quien recuerda un pasado complicado, pero con la firmeza de quien no quiere hacerme sentir culpable. Mientras dice eso, su cola se enreda con suavidad entre mis rizos y acaricia mi cabeza. 

—¡Jajaja! Me haces cosquillas, mamá —le respondo entre risas, ya recuperando el ánimo—. Muchas gracias por esas palabras. En serio… ya me siento mucho mejor. 

—De nada, mijo. Nunca olvides lo que te digo: que nadie, nadie, te haga sentir mal por ser diferente. Eso no te hace raro ni menos… te hace especial —me dice con esos ojos amarillos llenos de amor, fijos en mí. 

Hace una pausa, como quien va a cambiar de tema, y entonces, su voz adquiere un tono dramático exagerado: 

—Y si ya te sientes mejor, prepárate para ver nuestro nuevo hogar… y también para que bajes todo lo que traemos en la cajuela. Que tu pobre y vieja madre ya no puede cargar cosas pesadas —dice, fingiendo miseria con descarada teatralidad. 

Yo solo ruedo los ojos ante su actuación barata. 

—Sabes que no hace falta que mientas, mamá. Igual bajaré todo yo con gusto —respondo con una sonrisa. 

—Ese es mi niño —me dice, devolviéndome la sonrisa, una que quiero guardar en mi corazón para siempre. Esa sonrisa la voy a proteger como ella ha protegido la mía desde siempre. 

La camioneta comienza a frenar frente a una casa que, a simple vista, no parece muy diferente a las demás del vecindario: un piso, dos ventanas, una puerta sencilla, y un pequeño jardín al frente, donde ya imagino a mi mamá plantando sus flores favoritas. No es una mansión, pero tiene su encanto… y, lo más importante, es solo para nosotros. No necesitamos más. 

Antes de que la camioneta se detenga por completo, abro la puerta de copiloto y me bajo de golpe, emocionado. Casi me resbalo del apuro, pero me recupero y empiezo a sacar cajas de la cajuela. 

—¡Niño impaciente! ¡Todavía ni está abierta la casa! —me grita mi mamá entre risas, mientras maniobra la camioneta hasta estacionarla bien. 

—¡Perdón! Es que de verdad tengo muchas ganas de verla por dentro. Y mira, ya es mejor por fuera que nuestra antigua casa —respondo, aún con una caja entre los brazos. 

—Pues piensa rápido —me dice con picardía mientras lanza las llaves de la casa… directamente a mi cara. 

¡Auch! 

Bueno, técnicamente las atrapé… con la cara, pero cuentan como atrapadas. 

Con una mezcla de emoción y dolor facial, corro a la puerta, meto la llave y la abro. Y lo primero que pienso al entrar es: 

¡LINDA! 

Claro, tiene detalles: mucho polvo, telarañas en las esquinas, algunas manchas de dudosa procedencia (que no pienso investigar) … pero no parece que se nos va a caer encima. Al menos no hoy. Quizás dentro de algunos años… pero no ahora. 

Avanzo más adentro. Hay espacio para una cocina, y un pasillo corto que lleva a tres puertas. Una es el baño. Las otras dos, habitaciones casi del mismo tamaño. Perfecto: una para mí y otra para ella. 

  

Entro al baño y… pues, es un baño. No hay mucho misterio… o eso pensé. Porque, para mi sorpresa, está sorprendentemente bien cuidado. Tiene un vitropiso negro que brilla con la poca luz que entra por la ventanita del fondo, y justo cuando estoy por darme la vuelta, la veo. 

¡NO MAMES, UNA BAÑERA COMO EN LAS PELÍCULAS! 

Una de esas enormes, blancas, relucientes. De esas en las que se sumergen los personajes mientras reflexionan sobre la vida con una copa de vino. ¡Y cabe todo mi cuerpo! Lo sé porque me trepé medio segundo para probarlo. No lo voy a negar: me emocioné más de lo razonable por una bañera. Pero, considerando el tamaño de la casa y su condición medio chueca… esto es lujo inesperado. Seguro al antiguo dueño le gustaba bañarse como rey. 

Salgo del baño y voy directo al que será mi cuarto. Le echo un vistazo general y sonrío: tiene el espacio justo para mi cama —que es bastante grande, no voy a mentir—, mi tele y la estantería donde guardo mi colección de películas en DVD. Tiene una posible gotera en la esquina y unas grietas pequeñas en la pared del fondo, pero nada que un poco de masilla y tiempo no puedan arreglar. Me gusta. Me siento bien aquí. 

El cuarto de mi mamá es igual, pero sin grietas ni amenazas acuáticas en el techo. Qué conveniente. 

Mientras exploro, escucho los pasos de mi mamá detrás de mí. 

—¡ES MUY ESPACIOSA, MAMÁ! Tiene lugar para todo… ¡hasta una habitación para cada uno! —le digo emocionado, y pego un pequeño brinco… para terminar dándome de lleno contra el techo. ¡Auch! Al menos no le hice un agujero. 

—¡KETZO! ¡CUIDADO, niño! No queremos una gotera del tamaño de tu cabezota en el techo de nuestra nueva casa —dice ella con una mezcla de regaño y risa, disimulando su preocupación mientras suelta una carcajada. 

—Yaaa, perdón… no me di cuenta de que estaba tan bajito el techo. Y no te rías, mamá. Pero bueno, relájate, yo me encargo de bajar todo. 

En un segundo ya estoy afuera, cargando cinco cajas de la cajuela. Llevo dos con un brazo y las otras tres van sostenidas con mi cola, que para algo sirve que sea anormalmente larga, ¿no? 

—¿Dónde las acomodo, mamá? —pregunto mientras dejo el cargamento en el suelo con cuidado. 

—De eso me encargo yo, mijo. Tú mejor ve acomodando tus cosas en tu cuarto. 

—Está bien, haré eso entonces. 

Voy caminando con calma, asegurándome de no tropezar ni romper nada. Abro la puerta de mi cuarto con la cola —técnica perfeccionada con los años— y entro. Dejo las cajas junto a la pared y me agacho para revisar una por una. 

La primera está llena de mi ropa. No es mucha, y la mayoría son camisetas similares, pero son mías. La segunda caja tiene mi reproductor de DVD y todas mis películas… y en medio, como siempre, la joya de la corona: Cars. No fue la primera que vi, ni la que más me hizo llorar, ni la más graciosa… pero fue la que más veces repetí de niño. Aún la veo de vez en cuando. Me recuerda a una parte de mí que quiero mantener viva. 

Salgo de la habitación y camino hacia la sala, con la cola columpiando de lado a lado. Miro a mi mamá, que ya está organizando como si lleváramos años viviendo aquí. 

—¿Necesitas ayuda con lo demás, mamá? 

—No, no te preocupes, mijo —responde mi mamá, con ese tono de voz que mezcla el cansancio del viaje y el alivio de haber llegado al fin—. Carlos, terco como una mula, no acepta un “no” como respuesta. Mandó a un grupo de sus conocidos para ayudarme a amueblar la casa. De verdad le agradezco mucho su ayuda… aunque siento que ya ha hecho demasiado. No sé cómo podré agradecerle todo lo que ha hecho por nosotros. 

La miro, sentada en uno de los escalones de la entrada, con las manos apoyadas en las rodillas y el alma un poco cansada, pero el corazón claramente en paz. 

—Vamos, mamá, no te estreses por eso. Sabes que el señor Carlos nos aprecia de verdad. Él solo quiere que estemos bien. No espera nada más que un “gracias” sincero… y tú se lo has dado más veces de las que crees. 

Ella suelta un suspiro largo. Su cola se enrosca levemente en su tobillo, como si también estuviera buscando descansar. 

—Lo sé, mijo… —dice bajito—. Es muy insistente, pero… no negaré que tiene su encanto. Y Ketzo lo quiere como a un padre… 

—¿Eh? ¿Dijiste algo, mamá? —pregunto, levantando la cabeza. No alcancé a escuchar lo último. 

—Jajaja, nada, nada, mijo. No le des importancia —dice con una risa nerviosa, cambiando rápidamente de tema—. Solo estaba pensando en qué podríamos cenar esta noche. 

—Bueno, te dejo eso a ti, mamá. Total, si lo intento yo, seguro rompo algo sin querer… y luego tú ya sabes qué pasa —respondo con una sonrisa algo nerviosa, porque sí, me ha pasado. Más veces de las que quisiera admitir. 

—Más te vale no romper nada, niño —responde con esa voz juguetona que usa cuando está de buenas. 

—Ahora sí… dejé lo más importante en la camioneta. Solo me faltó eso, jeje. 

Salgo una vez más y voy directo a la cajuela. La abro con cuidado y ahí está… mi tesoro sobre ruedas: 

¡Mi bicicleta Capoeira! 

No es solo una bici de ruta… es la bicicleta. Negra como la noche, con detalles en verde fosforescente que brillan con cualquier rayo de sol. Está cubierta de pegatinas: unas de bandas de metal, otras de películas clásicas… es un collage de todo lo que amo. 

Claro, tiene sus "detallitos". Los frenos no sirven, las velocidades están rotas y se quedó atrapada en la más alta. Un poco de óxido en la cadena porque se me olvidó meterla un día que llovió a cántaros. Pero aún funciona. Y lo más importante: nunca me ha fallado. 

Es un recuerdo invaluable. Un regalo de mi mamá en mi cumpleaños número diez. Y aunque ya pasaron años, la sigo cuidando como si me la hubiera dado ayer. 

La bajo con cuidado y la dejo apoyada junto a la entrada de la casa. No creo que le pase nada… nadie ha intentado robarla antes. No creo que alguien quiera una bici que parece salida de un apocalipsis, pero para mí… es perfecta. 

Me asomo de nuevo por la puerta, ya con la sonrisa de niño que no puede esconderse. Mi mamá apenas me ve y suelta un suspiro entre risas. 

—Ya sé lo que estás pensando —dice, sonriendo con ternura, como si pudiera leerme la mente. 

—Ya vete a explorar los alrededores, que sé que te mueres por hacerlo, mi pequeña montaña —dice mi mamá con esa mezcla de cariño y autoridad que solo ella sabe usar—. Pero ¡RECUERDA! Te quiero aquí antes de las siete para que podamos cenar. Hoy voy a prepararte tu comida favorita. 

—¡Entendido, mami! Aprovecharé también para ver si hay algún lugar que necesite una mano extra… a ver si encuentro una chambita. 

—Ay, mijo… no es necesario que salgas tan desesperado a buscar trabajo. Aún tenemos dinero ahorrado… —dice, bajando un poco la voz, como si le doliera admitirlo. 

—Lo sé, mamá —respondo con una sonrisa tranquilizadora—. Pero tarde o temprano ese dinero se va a acabar. Quiero ayudarte con los gastos, solo que me aseguraré de que no estorbe con mis estudios. Eso es lo primero, lo prometo. 

Ella suspira, resignada, pero orgullosa. 

—Eso es, mijo. Los estudios primero, del dinero me encargo yo. Ahora anda, shu shu, vete a explorar. Tal vez conozcas a los vecinos. Y RECUERDA: no aceptes nada de extraños, y si un grupo de personas sospechosas te sigue… ¡CORRE! Y si no te dejan opción… 

—¡LES PARTO SU MADRE! —le respondo, tirando un puñetazo al aire, antes de salir de la casa a toda velocidad. 

—Ese es mi hijo —dice ella desde la puerta, riendo con orgullo. 

  

Camino dos calles y reviso mi reloj: 3:30 p. m. Perfecto. Tengo unas buenas horas para explorar. Hago una lista mental: 

Buscar un parque donde correr por las mañanas. 

Ver si hay tiendas de ropa barata. 

Encontrar un lugar donde renten o vendan películas. 

Y lo más importante: un teatro. 

Dios mío, si esta ciudad es tan genial por fuera, ¡ni me quiero imaginar cómo será un teatro real! Ya hasta se me acelera el corazón solo de pensarlo. 

Me felicito internamente por la ropa que me puse hoy: sudadera verde oscuro, un poco holgada incluso con mi tamaño; debajo, una camiseta negra sin mangas, de cuello redondo; y mi pantalón cargo favorito, lleno de parches que cubren los agujeros provocados por el uso. Cómodo y flexible, ideal para la aventura

 

(Xd se intento el dibujo)

Voy caminando por la banqueta, atento a todo. Veo mucha gente: algunos descansando bajo cartones, otros durmiendo al aire libre. Como si en esta ciudad hasta eso se sintiera bien. También veo a otros riéndose, gritando, abrazando faroles como si fueran sus mejores amigos... Espera. 

Ahora que lo pienso… he visto películas donde la gente actúa así por otras razones. Mejor acelero el paso. 

Cruzo a la otra acera y de pronto, a lo lejos, veo a un grupo de triceratops con bandanas moradas discutiendo con un grupo de humanos con bandanas verdes. Empiezan a gritarse… luego sacan armas. Y disparan. 

Mi cuerpo se tensa. Podría… podría detenerlos. Podría hacer que dejen de hacerse daño. 

Pero no. No debo. No otra vez. Es su problema… y si me meto, solo traeré problemas a mamá. No puedo repetir los errores del pasado. 

Así que respiro hondo… y corro. Me alejo. 

  

Mientras sigo mi camino, a unas cuadras de distancia, paso junto a una propiedad con amplias ventanas que dejan ver el interior. Allí, varias mujeres hermosas posan con elegancia, destacando con sutileza y confianza la gracia de sus formas femeninas. 

  

Todas estaban con poca ropa —quizás por el calor— y cuando pasé, empezaron a lanzarme frases como: 

“¡Ven, grandote!”, “Yo puedo con todo tu tamaño, mi amor, ven acá” y “¿No quieres pasar un rato increíble con nosotras?”. 

Je… lo sabía. Si es que soy guapo. 

Me detuve justo frente a ellas, más específicamente frente a la mujer carcharodontosaurus. Mi corazón latía tan fuerte que creí que se me notaba hasta en la garganta. 

—Eh… us-ustedes también son muy hermosas —dije, tartamudeando de los nervios. 

Todas se miraron sorprendidas y estallaron en pequeñas risas. Por un momento pensé que estaban bromeando conmigo, que se reían de mí, y mi instinto fue dar media vuelta e irme de ahí muerto de pena. Pero antes de que pudiera moverme, una garra firme me tomó de la camisa. Era la de la carcharodontosaurus. 

—Oye, calmado, chico grande —dijo con una sonrisa amable—. No nos incomodaste. Solo nos sorprendió que un chico dijera algo tan honesto. Se notó que lo dijiste desde el corazón, sin buscar ligarnos ni nada. Y eso no es algo que escuchemos todos los días… especialmente viniendo de un hombre. La mayoría son unos cerdos —añadió con un gesto de asco. 

—Oh… entiendo. Es que… mi mamá no crió a un maleducado —dije inflando el pecho con orgullo—. Siempre me enseñó a respetar a todas las mujeres. 

La más pequeña del grupo, una nanosaurus de sonrisa dulce, soltó una risita. 

—Al verte de cerca se nota… tienes la mirada de un niño bueno. Perdona si nuestras “ofertas” te incomodaron. Yo soy Venus —dijo, señalando a sí misma—. La grandota de allá es Neptuno, la rubia es Júpiter, la pelirroja es Marte y la de pecas es Saturno. Obviamente, esos no son nuestros nombres reales. Son apodos, por seguridad. 

—Un gusto, señoritas. Me llamo Ketzo —dije, todavía con nervios, no muy acostumbrado a estar rodeado de tantas mujeres atractivas a la vez. 

Neptuno, la más musculosa del grupo, se adelantó con energía. 

—¡A ver, suéltalo! ¿Cuál es tu rutina de gimnasio? ¿Qué proteína usas? ¿Cuántas veces al día comes carne? ¡Dímelo todo! —flexionó su bíceps con orgullo, pero su rostro cambió repentinamente—. O... ¿acaso usas anabólicos? 

Su mirada encendida hizo que se me erizaran hasta las escamas. 

—¡No! Nunca he pisado un gimnasio. Solo hacía ejercicios con mis amigos y actualmente en casa. Y mi mamá cocina... bastante. Supongo que como como treinta kilos de carne solo para mi. Y, la verdad, no sé ni qué son los anabólicos —respondí, intentando no parecer nervioso. 

Neptuno estalló en carcajadas. 

—¡Me agradas, chico! Pero te juro que algún día me vas a pasar esa rutina. Y sí, no mientes sobre lo de los anabólicos. Nunca los uses. Son una basura para el cuerpo… y no quieres que deje de funcionarte el pe— 

—¡Ya, ya, ya! —interrumpió Júpiter, tapándole la boca entre risas—. ¡No espantes al pobre! 

Ella se me acercó más… mucho más de lo que me esperaba. 

—Dime, grandote… ¿cuánto mides? Porque pareces una torre con patas. 

—La última vez que me medí… creo que 2.30 metros. Mi mamá también es alta, mide un poco más de dos metros, pero igual le saco ventaja —contesté, tartamudeando por la cercanía de la rubia estúpidamente hermosa. 

—¡Jajaja! Qué ternura —se burló con cariño Júpiter. 

Marte, la pelirroja, me observó con interés. 

—Así que la altura viene de familia… ¿No tendrás un primo igualito que tú, por ahí escondido? Jiji… 

—¡Ya basta, chicas! —intervino Saturno con un tono protector—. No lo molesten. Es obvio que no está acostumbrado a tantas preguntas. Y tú, niño, no te sientas presionado por estas perras, que siempre andan como lobas con los chicos guapos. 

—No pasa nada, Saturno. No me molesta. Solo que… no tengo más familia aparte de mi mamá —dije con una sonrisa—. Pero, bueno… ya que estamos hablando, quería preguntarles: ¿alguna de ustedes sabe dónde está un teatro o alguna tienda donde renten películas? 

Venus rió. 

—Ay, Ketzo, qué ternura. No tengo idea, pero... ¿ya probaste buscar en Groogle? Te muestra todo en el mapa. 

—¡Guau! Nunca tuve un teléfono antes, la verdad no soy bueno con la tecnología. Pero gracias por el consejo —admití, un poco avergonzado. 

—No hay problema, chico bueno —respondió Venus con una sonrisa—. Tal vez un día nos devuelvas el favor. Ya sabes dónde encontrarnos si quieres charlar, aprender un par de cosas… o simplemente visitarnos. Cuídate mucho, ¿sí? No queremos que te pase nada. 

  

  

— Gracias, chicas. No duden en pedirme ayuda si la necesitan, y me daré una vuelta de vez en cuando para saludarlas — digo, mientras salgo de su rango de visión, solo mirando cómo se despiden con la mano. 

  

Sigo mi camino por el vecindario hasta pasar cerca de un callejón. 

—¿? Pssss, oye tú, sí tú, grandote, skinny con escamas, psss. 

Me volteo para ver quién me está hablando y es un dinosaurio encapuchado, del cual no distingo su especie. Desde el callejón me acerco un poco para verlo y escucharlo mejor. 

—¿? Hey, grandote, ¿no quieres algo que te hará sentir como en las nubes y te pondrá "high" hasta el culo? 

—Eeh, lo siento, señor, no estoy interesado. Mi mamá dijo que no acepto cosas de extraños y menos de alguien que, sin ofender, se ve sospechoso. Yyy, creo que mejor me voy, si me disculpas. 

  

—¿? Puto, skinny Escamoso o lo que diablos seas, puto híbrido de mierda, te ofrezco mi mercancía y me escupes en la cara, Será mejor que saques la cartera por haberme hecho perder mi valioso tiempo en ti  

No le doy importancia y me doy la media vuelta para salir del callejón y seguir mi camino. Escucho unos pasos y el impacto de algo metálico que se rompe contra una superficie dura. 

Miro a mis espaldas y  y veo el origen del sonido: el cuchillo empuñado por el encapuchado, que está roto por haber intentado apuñalarme por la espalda. 

Con una mano, tomo al señor de su capucha para ponerlo a la altura de mi cara y poder ver su rostro. Creo que es un carnotaurus, que solo muestra una expresión de terror y sorpresa, porque lo tengo literalmente flotando en el aire. 

—Señor, ¿puedo preguntarle por qué está intentando apuñalarme? Esto que intentó hacer no es correcto, y ¿qué tal si no fuera yo y fuera otra persona? Podría terminar dañándola. Piense un poco en sus acciones, señor. le digo con una voz que lleva un tono de amenaza 

  

El Carnotaurus se recompone de la sorpresa y, con una furia demoníaca, intenta morderme en la cara mientras intenta zafarse de mi agarre sin éxito. 

  

— ¿? — ahora sí, la cagaste, idiota. ¿De qué mierdas estás hablando, puto Skinny intenta usar sus garras para atravesar mi garganta, pero se le rompen al impacto con mi cuello tensionado para evitar daños… 

  

El Carnotaurus se sorprende y ahora su expresión es de puro miedo en sus ojos se empiezan a formar lágrimas y solo veo... El miedo...es como si una presa estuviera frente a su depredador en un callejón sin salida y sabe exactamente lo que va a pasar, pero… ¿por qué me mira así? Entiendo que tenga un poco de miedo, pero ¿tanto? ¿Acaso estoy pasándome de la raya…? No creo, solo estoy defendiéndome y haciéndole entender que lo que hace está mal. 

— Lo siento, señor, no era mi intención dañarlo, pero usted intentó eso y… 

  

— ¿?¡CÓMO MIERDA HICISTE ESO!? ¡Debes ser  un puto AC debe de ser eso Jodido monstruo No me toques ¡Quítame las manos de encima!  dice el señor, intentando patearme la cara, golpearme en el pecho y morderme la mano y el brazo en un intento desesperado por liberarse de mi agarre... y yo lo suelto. 

— Señor, solo váyase y por favor no vuelva a intentar hacer daño a otras personas digo con tristeza y arrepentimiento por haber provocado tal reacción de pánico en el señor. 

  

  — ¡Véte a la mierda! ¡Jodido monstruo, hijo de pu-! 

  

Se ve interrumpido por el impacto directo de mi brazo en su cabeza. Escucho su cráneo crujir y, por la fuerza del golpe, sale volando y es impactado contra una de las paredes del callejón, dejando una grieta del tamaño de la cabeza del carnotauro en ella…  

¡Mierda, mierda, mierda, MIERDA! ¡Dije que no provocaría problemas y eso es lo primero que hago al mínimo insulto hacia a mi mamá! Obviamente tengo que defender su honor, pero no es excusa para estrellar su cabeza contra un muro de concreto. Mi mamá me ha dicho que no le dé importancia, que deje de reaccionar con tanta agresividad cuando alguien la insulta. Pero ¿cómo quiere que me controle si un imbécil la insulta? ¡Eso no quita que soy un jodido idiota! Me meteré en problemas otra vez a mí y a mi madre, todo por mis idioteces y por no buscar una mejor manera de resolver los problemas. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué chingados  ¡debo! hacer? Piensa, Ketzo, piensa. Usa tu jodido cerebro y piensa. Ok, primero revisaré si sigue vivo. Y efectivamente, solo quedó inconsciente. Le disloqué la mandíbula y rompí uno de sus cuernos. Por suerte, no usé toda mi fuerza de echo no use prácticamente nada porque no quería dañarlo, pero los resultados fueron igualmente desastrosos. Tal vez si lo acomodo de manera que parezca que está dormido, es más puede que ni siquiera recuerde lo que le pasó. Sí, eso puede ser. Haré eso: acomodo al señor como si estuviera tomando una pequeña siesta y me alejo a de la escena a toda velocidad 

  

Sigo mi camino sin problemas, realmente me gusta el vecindario. Aunque aquí hay de todo: tipos raros que te ofrecen cosas, algunos enojones que intentan pegarme solo porque sí, dinomujeres y humanas que me gritan "guapo" cuando paso por la calle, y otros que se disparan entre ellos. Pero todo eso es bastante común en mi pueblo, y las armas que usan son como juguetes al lado de las de don Carlos. Si él viera a esos tipos, seguramente les diría: 

—¿Qué son esas armas, pendejos? ¡Esto es un fierro de verdad! 

Y sacaría una de sus ametralladoras modificadas con esa sonrisa suya de loco. jeje 

Ahora, me encuentro en las afueras de mi vecindario, Skin Row. Decido buscar una tienda de alquiler o venta de películas, y por fin saco mi teléfono. Aún no me acostumbro mucho a usarlo; nunca tuve uno de estos teléfonos inteligentes. Fue un regalo de don Carlos, aunque al principio no quería aceptarlo, por lo caro que son estos aparatos. Pero al final, me convenció con sus sabias palabras: 

—Te va a servir, cabrón. Úsalo, tiene mucha tecnología, esta chingadera. Y recuerda borrar el historial, pendejo. 

Le agradezco el regalo, de verdad. Ahora, puedo usar el mapa del teléfono, como me dijo la señorita Venus, para encontrar una tienda de películas físicas. Creo que mencionaron algo sobre sitios de streaming, pero no sé qué es exactamente. Aparentemente, es más barato y no necesitaría un reproductor de DVD, pero me gusta coleccionar esas películas, así que lo que busco es una tienda física. Y ahí está, en la pantalla del teléfono: "Dvdinosaurios". ¡A solo unos minutos caminando! 

En el camino hacia la tienda, miro a mi alrededor. Skin Row se siente diferente. Se siente... vivo. Realmente, vivo. Familias felices, niños corriendo, parejas tomadas de la mano, sonrisas por doquier. Todo parece tranquilo. Curiosamente, afuera de Skin Row solo veo dinosaurios. Tal vez los humanos prefieren estar juntos en otro lado... Quién sabe. 

No me doy cuenta, pero ya estoy frente a "Dvdinosaurios". La tienda tiene una fachada vintage, con un ventanal grande que deja ver una gran exposición de películas. En la vitrina, hay carteles de películas como "Trexminator", "Pulp Velocifiction", "El meteorito del tesoro", "Raptors de negro", "El rey smilodon", "Piratas del Mesozoico" y muchas más, algunas de ellas bastante curiosas. 

Entro a la tienda con emoción, pero también con dudas sobre qué voy a encontrar. Al llegar, me recibe un Therizinosaurus de avanzada edad. Tiene un plumaje morado y unas garras enormes, además de unas cuantas arrugas que delatan su edad. Está acomodando DVDs con mucha destreza, organizándolos en estanterías divididas por género. 

—Dime, gigante, ¿en qué puedo ayudarte? ¿Buscas alguna película en específico para comprar o rentar? ¿O quieres ver nuestro repertorio? 

—Gracias, señor, pero solo buscaba una tienda para poder conseguir películas en el futuro, y creo que encontré lo que quería. 

—¡Qué bien! Entonces, adelante, pasa. Seguro encontrarás algo interesante, incluso podrías descubrir alguna nueva película que te guste. 

—Gracias, permiso, señor. —Le respondo, y me adentro entre las estanterías, que están organizadas por géneros: acción, aventura, comedia, drama, ciencia ficción, animación, terror, melodrama, misterio, romance... incluso cine bizarro, cine de monstruos, cine de vampiros y hasta una sección etiquetada a mano como "cine de kaijús". ¡Dios mío! ¡Tiene todas las de Godzilla! Me siento como un niño en una tienda de golosinas. Busco rápidamente y, por fin, encuentro la que tanto quería ver: Godzilla vs. Destoroyah. Siempre quise verla, y ahora está aquí, al alcance de mi mano. Pero... no debo usar el dinero que me dio don Carlos para esto. Aun así, no puedo evitarlo. Tomo la caja. 

Sigo mirando entre las estanterías, pero en mi emoción, termino chocando con un hombre de gafas cuadradas y un físico enorme. ¿Un humano? No, parece más un gorila con esos músculos. Definitivamente, se ejercita. Y con ese tamaño, debe ser capaz de darme un buen golpe si se lo propone. 

—¡Disculpe! —digo apresurado—. No lo vi, ¿está bien, señor? Normalmente, cuando choco con alguien, suelo hacerles daño sin querer. Debería haber estado más atento. 

El hombre me mira y sonríe. 

—No te preocupes, muchacho. Aunque ya tengo unos años encima, no soy tan frágil. Pero sí, ten más cuidado. De todas formas, se nota que eres fuerte; no querrás dañar a nadie por accidente. Y dejando eso de lado... ¿has visto la sección de anime? Estoy buscando algo de calidad, no esa basura isekai con el protagonista que termina en un harem. ¡Eso es basura, hijo, basura! —dice el corpulento hombre mientras señala la caja de Godzilla que llevo en la mano—. Ya veo que tienes buen gusto.  

  

—¿Oye, muchacho, no querrás…? —comienza el hombre. 

—¡No! —lo interrumpo rápidamente. 

—Pero ni siquiera me dejaste terminar lo que quería decir. Vamos, te estás llevando todas las películas de la era Showa. ¡Déjame algo! 

—¡No! Son mías. Si quieres, puedes quedarte con esto. —Extiendo la mano y le doy un DVD con la primera temporada de Jojo's Bizarre Adventure.— Véalo, sé que le gustará. Es más, hasta se parece a usted, así que no insista en que le dé mis películas de monstruos gigantes peleando sin razón, de la manera más exagerada posible. 

El hombre se queda en silencio, mirándome sorprendido, pero luego suelta una risa. Supongo que es por mi actitud. A mí me da igual, ¡por fin tendré todas esas películas! No voy a dejar pasar esta oportunidad. Las protegeré con mi vida. 

—Jajaja, sí que eres un fanático total, pero bien, lo tomaré. Paso bastante seguido por aquí. Soy amigo de Zeta, el Terydinosaurio, que está en la caja y dueño del lugar. Espero verte de nuevo para contarte qué me pareció el anime... ¿y tú cómo te llamas? 

—Ketzo, un gusto, señor. 

—Bien, Ketzo. Yo soy Spers. Nos vemos luego, cuídate, muchacho —me dice con una sonrisa gentil mientras se aleja, pagando por sus cosas y despidiéndose. 

Realmente es agradable. Me sorprende que no le haya pasado nada con mi empujón. 

Bueno, ya tengo suficientes cosas interesantes: la colección completa de Godzilla de la era Showa, excepto la primera película, que ya tenía. Además, completé la era Heisei y Millennium con títulos como Godzilla vs. SpaceGodzilla y Godzilla Final Wars. Y aún mejor, Titanosaurios del Pacífico. Qué lástima que no le hicieron una segunda parte. Guillermo del Carnotaurus demostró que hasta las películas de robots y monstruos gigantes pueden ser profundas y bien hechas. Ahora sí, me dirijo con Zeta, el señor Tyrannosaurus, para pagar por todo esto. 

—¡Oh, grandes elecciones, igual de grandes que tú! Jajaja. ¡Veamos, serían…! 

—Por favor, no diga el precio y solo tome estos billetes. Si me dice el precio, solo me sentiré más culpable. 

—Muy bien, aquí tienes tu cambio. Espero verte pronto, chico. 

—Claro que volveré, señor Zeta. Y si se pregunta cómo se llama, fue por el señor Spear. Yo me llamo Ketzo. 

—Oh, es bueno saber tu nombre, Ketzo. Como te veré seguido por aquí, incluso te haré descuentos si regresas. —dice el viejo con una sonrisa mientras sigue acomodando DVDs. 

—Se lo agradecería mucho, señor Zeta. Que tenga buena tarde. —Salgo de la tienda, y desde fuera, me despido mientras él me devuelve la despedida. 

Sin duda, este día ha sido magnífico. Conocí gente genial como Spers, el señor Zeta y hasta las Sailor Moon. Además, conseguí una gran cantidad de películas para ver en casa, y lo mejor de todo, completé mi colección de Godzilla. Este día solo puede mejorar de una manera. 

Saco mi teléfono y busco en Groogle "teatro". Me aparece uno, y solo puedo decir que es hermoso. Pero me detengo un momento, mirando las fotos de referencia, para que sea aún más impresionante cuando lo vea en persona. Me apresuro a caminar, emocionado, asegurándome de no chocar ni atropellar a nadie. El camino es interesante. Puedo ver saurios que nunca había visto, como los branquiosaurios. ¡Con sus cuellos largos, llegan a ser más altos que yo! Eso es genial; nunca antes había tenido que levantar la cabeza para ver la cara de otra persona. 

Sigo mi camino hasta llegar a una gran multitud de personas que van en una sola dirección, mientras otros salen del mismo lugar. Finalmente, ahí está, el teatro. 

Se alza con una majestuosidad clásica. Su fachada está adornada con detalles arquitectónicos de épocas pasadas. Las esculturas y los relieves finamente labrados parecen contar historias de arte y cultura. La fachada, pintada en tonos sobrios y elegantes, refleja la grandeza de un espacio dedicado a las artes escénicas. Cruzo las grandes puertas, y soy recibido por un interior que combina lujo y calidez. Los techos altos están decorados con frescos detallados y molduras doradas que resaltan la elegancia del lugar. Las paredes, tapizadas en terciopelo profundo, absorben la suave luz que emana de los candelabros de cristal colgantes, creando una atmósfera íntima y sofisticada. 

No puedo evitar sentirme emocionado, casi como si fuera a llorar de felicidad. Este lugar es un sueño del que nunca quiero despertar. Sigo mi camino a través de los pasillos, todos conduciendo en la misma dirección: el auditorio. Los asientos están dispuestos en suaves curvas, organizados estratégicamente para asegurar que todos los presentes tengan una vista perfecta del escenario y de la obra que se está llevando a cabo en ese momento. Me doy una bofetada mental por llegar tarde. Con rapidez, me ubico en uno de los asientos en la parte de atrás, consciente de mi altura, que podría estorbar a otros. Puedo ser un poco tonto, pero no soy un completo imbécil. Sin embargo, mis pensamientos se desvanecen cuando… 

la cortina se abre lentamente, revelando un escenario iluminado por una luz cálida y dorada que simula el amanecer en la sabana africana. En el centro, Simba, ahora adulto y con una presencia imponente, se encuentra en la cima de una roca gigante, mirando hacia el horizonte con determinación y paz. Su rostro refleja la madurez adquirida tras sus aventuras y desafíos. 

A su lado, Nala se acerca con una sonrisa llena de orgullo y amor. Ambos miran hacia el cielo donde las estrellas comienzan a brillar tenuemente. La música suave y emotiva empieza a sonar, acompañando la escena con notas que transmiten esperanza y renovación. 

De repente, aparecen en escena los personajes del reino: animales que representan a todos los habitantes de la sabana — leones, cebras, gacelas, elefantes — que avanzan lentamente formando un círculo alrededor de Simba y Nala. Sus movimientos son majestuosos y coordinados, simbolizando unidad y armonía. 

En ese momento, aparece una proyección de Mufasa el rey fallecido mira con orgullo a su hijo desde lo alto. La voz de Mufasa resuena en el escenario: 

Mufasa (una voz profunda y llena de amor): 

"Recuerda siempre quién eres, Simba. Eres el rey legítimo… y tu corazón guiará a tu pueblo." 

Simba levanta su melena con dignidad y da un paso adelante. Con una expresión firme pero llena de gratitud, se dirige a su reino: 

Simba: 

"Juntos somos fuertes. Juntos protegeremos nuestro hogar." 

Los animales presentes emiten rugidos suaves y sonidos de aprobación. La escena culmina con Simba levantando su pata al aire en señal de liderazgo, mientras todos los personajes se unen en un coro armonioso que celebra la esperanza y el ciclo de la vida. 

La luz se intensifica en un brillo dorado que envuelve todo el escenario. La música alcanza su punto culminante mientras la cortina cae lentamente, dejando al público lleno de emoción y reflexión sobre el legado, la responsabilidad y la continuidad del ciclo natural. 

Solo alcancé a ver una parte de la obra, pero fue… realmente mágico. La manera en que hablaban, tan natural, tan fluida, como si no estuvieran recitando palabras memorizadas de un guion, sino como si realmente fueran los personajes que encarnaban, viviendo esa realidad. Cada movimiento estaba lleno de gracia, de una elegancia que solo puede surgir del corazón de un verdadero artista. Cada gesto, cada mirada, cada palabra, parecía estar perfectamente calculada, pero a la vez tan espontánea, tan natural, como si no hubiera un guion, sino una conexión profunda entre ellos y la historia que estaban contando. Era algo que tocaba el alma, que despertaba una emoción profunda, que me hacía sentir vivo de una manera que no había sentido nunca antes. 

Eso es lo que me llena de emoción. En mi pueblo, cosas como estas eran simplemente imposibles. Nunca hubo un lugar tan hermoso como este teatro. Nunca hubo una oportunidad para soñar con algo tan grandioso. En ese lugar, la idea de las artes escénicas parecía algo lejano, algo que solo se veía a través de imágenes borrosas en revistas antiguas o en fragmentos fugaces de televisión. Siempre imaginé cómo serían esos teatros de los que hablaban, esos escenarios iluminados donde las historias cobraban vida, pero siempre desde la distancia. Siempre desde la periferia de un mundo que parecía ajeno a mí. 

  

Pero ahora, aquí, me doy cuenta de lo que he estado buscando toda mi vida. Este lugar, este teatro, es más que un espacio físico; es el alma de todo lo que siempre quise hacer.  

  

Es imposible no pensar en mi propio futuro, en mi propio camino. Me esfuerzo por imaginarme sobre ese escenario algún día, bajo esas luces, sintiendo el calor de la mirada del público en mis espaldas. Pero luego, algo en mi interior me hace detenerme. No es solo un sueño lo que tengo en mente. Es una META. Algo que debe suceder, algo que se encuentra en mi futuro y que, si tengo que luchar toda mi vida para alcanzarlo, lo haré. No se trata solo de estar en un escenario. Se trata de convertirme en el protagonista de mi propia historia, de dar vida a los personajes que siempre admiré, de transmitir mi alma a través de cada palabra y cada gesto, de hacer que quienes me vean sientan cada emoción que yo sienta, como si las palabras se desvanecieran y solo quedara el sentimiento puro y crudo. 

Quiero que mi interpretación sea tan profunda, tan genuina, que la gente se sienta conectada conmigo y con la historia que estoy contando. Quiero que lloren con mi dolor, que rían con mi alegría, que experimenten la misma esperanza y desesperación que yo, que mi personaje viva a través de mis huesos, de mis escamas, de mi piel. Quiero que mi actuación sea tan potente que no haya manera de que el público permanezca indiferente. Quiero que aplaudan con el alma, con las manos casi sangrando de tanto aplaudir, que su eco resuene en todo el auditorio, que el sonido de esos aplausos llegue a los rincones más remotos de la ciudad, como una muestra de lo que es posible cuando se pone todo el corazón en lo que uno hace. 

Y lo más importante: quiero ver a mi mamá en su asiento de primera fila. Verla mirando hacia mí con ese brillo en los ojos, esa mirada de orgullo absoluto, de amor incondicional, mientras sus manos aplauden, mientras sus ojos brillan por la felicidad de verme cumplir el sueño que compartió conmigo desde que era pequeño. Su rostro será el reflejo de todo el esfuerzo, de todas las noches de sacrificio, de todas las caídas y levantadas, de todas las veces en que dudé de mí mismo y ella estuvo allí para decirme que podía. No hay nada más importante que eso. No hay mayor recompensa que verla sonreír con ese amor que solo una madre sabe dar. 

Pero esto no es un sueño. ¡Esto es una META! No es algo que se queda en el aire, no es algo etéreo. Es un propósito concreto, algo que está allí, frente a mí, esperando a ser alcanzado. Algo que no solo quiero, sino que necesito lograr. Cada paso que dé desde este momento estará orientado hacia esa meta, hacia ese escenario, hacia esa ovación que me espera en el futuro. No habrá nada que me detenga. Me lo debo a mí mismo, se lo debo a mi mamá, me lo debo a todos aquellos pocos que alguna vez creyeron que podía. 

Me doy cuenta de que por mi mejilla baja una lágrima solitaria, quizá por la emoción, quizá por la intensidad de lo que acabo de vivir. La limpio con la manga de mi sudadera. Salgo del auditorio, pero el eco de la obra sigue dentro de mí. Ese lugar, esa actuación, esa gente, todo lo que viví allí no se borra. Ahora tengo más que nunca la certeza de que mi lugar está allí, en ese escenario. Y nada, absolutamente nada, me hará rendirme. 

  

Ya estoy fuera del teatro. El cambio de temperatura se nota ahora que es más tarde que cuando llegué. Según mi reloj, eran las 5:30 PM cuando arribé, y ahora ya son las 7:10. Definitivamente, debería darme prisa para regresar a casa. Mi mamá es la persona más linda y amable del mundo, pero se preocupa si no llego a la hora que prometí. Y, sobre todo, no quiero hacerla enojar bajo ninguna circunstancia… por el bien de mi salud física.   

  

Skin Row no está mal, pero por alguna razón me da esa sensación incómoda, como mi antiguo hogar… aunque aquí nadie me grita ni me persigue con machetes o armas de fuego. Bueno… sí salen con esas cosas, pero por lo menos no es conmigo. Así que mejor no estar tan tarde cerca de casa. No quiero que vuelva a pasar algo como lo del señor del callejón…   

  

Regreso sobre mis pasos. La ciudad, con su vibra nocturna algo melancólica, me acompaña. Paso frente a la tienda del señor Zeta, que está adentro, y lo saludo. Él me devuelve el gesto. Sigo caminando y paso frente a la casa de las Sailor Mons. Sólo Saturno está afuera esta vez. Me lanza un beso de despedida y yo le respondo con un saludo de mano antes de seguir hacia casa.   

  

Al fin llego. Capoeira, mi bicicleta, sigue donde la dejé. La recojo y entro a la casa. La dejo a un lado, junto con las películas que compré. Se oyen ruidos en el fondo, seguramente una de esas novelas que le encantan a mi mamá. Abro la puerta, y noto que la casa está muchísimo más bonita que cuando recién llegamos. Está completamente amueblada, y parece que hasta limpiaron cada rincón con esmero. Seguro fue gracias a los amigos del señor Carlos.   

  

Ahora la sala está dividida con la cocina. Tiene una estufa eléctrica, varias alacenas, un fregadero y un enorme refrigerador que puede guardar toda la comida necesaria para nosotros dos.   

  

La sala tiene un sillón amplio y una televisión de 55 pulgadas. No es enorme, pero es más que suficiente para cuando vengan visitas. Mi mamá mencionó que tenía amigos aquí en Volcadura, y tal vez yo también logre hacer algunos. Espero que sí.   

  

Pero entre tanta emoción… olvidé algo importante. No sé dónde está mi mamá. Camino hacia su cuarto, y sí, los sonidos vienen de ahí. Toco la puerta y asomo la cabeza. Está sentada, completamente concentrada en su novela, el volumen al máximo. Solo se da cuenta de mi presencia cuando entro del todo a la habitación.   

  

Está viendo la televisión con una pantalla plana de 85 pulgadas y un equipo de sonido que le pedí al señor Carlos. Era un favor que me debía por ayudarle con unas cosas.   

  

—¡MIJO! ¡Hola! Perdón, no te escuché llegar. ¡Estaba tan emocionada! Quería estrenar esta tele tan grande. Carlos me dijo que fue regalo tuyo. Estoy TAN feliz con este regalo que ni siquiera te voy a regañar ni a preguntarte cómo lo conseguiste. Ver lo que la vida me robó de esta forma me hace no querer darte de chanclazos para sacarte la verdad —dice riendo mientras se levanta y me da un abrazo fuerte, como solo ella sabe hacerlo. Yo le devuelvo el abrazo, feliz.   

  

—De nada, mamá. Es lo mínimo que puedo hacer. Y no te preocupes, no fue nada malo. Solo ayudé al señor Carlos a tirar unas bolsas de basura, nada más. Además, él completó lo que faltaba, ya sabes cómo es.   

  

—¡Ay, mi pequeña montaña! —dice ella, con esa ternura suya—. Pero ya, dejemos de hablar del regalo. Seguro tienes hambre. Te preparé mole. Ya tengo la salsa lista y el pollo en el refri. ¡Hice bastante porque sé que estás cansado de tanto explorar, canijo!   

  

—¡Sí que me conoces! Tengo mucha hambre, mami —le respondo mientras me siento en una de las sillas del comedor.   

  

Ella sirve dos platos enormes de mole con arroz, el mío claramente más grande. Apenas lo pone frente a mí y agarro el tenedor con entusiasmo, listo para devorar— ¡PUM!   

  

—¡NIÑO! ¡DESESPERADO! ¡DALE LAS GRACIAS A JESÚS RAPTOR PRIMERO! —me grita, con las manos juntas, mirándome seria.   

  

—¡Perdón, perdón! Es que tenía mucha hambre… —digo sobándome la cabeza donde me dio el golpe.   

  

Damos las gracias, como siempre me enseñó (a punta de regaños y zapes), y comenzamos a comer.   

  

—Entonces, mijo, ¿cómo te fue con tu exploración? ¿Qué te parece este lado del charco?   

  

—Mamá… es genial —le digo mientras mastico una pierna de pollo—. Es *ÑAM ÑAM* genial por donde lo veas. Me recuerda un poco al pueblo, pero aquí no es horrible. Conocí a unas señoritas muy amables y bonitas que me ayudaron a usar el teléfono que me regaló el señor Carlos para buscar la tienda de películas y el teatro. También conocí al dueño de la tienda, un teridinosaurio muy amable y ya algo mayor, y a un señor con cuerpo de gorila que tenía los mismos gustos en películas que yo. ¡Y lo mejor de todo! Fui al gran teatro de la ciudad. Es hermoso, elegante y majestuoso. Alcancé a ver el final de “El Rey Smilodon” y, aunque fue solo una parte, me conmovió como nunca.   

  

—¡Ay, mijo! Te daría unos chanclazos por hablar con la boca llena, pero me da tanto gusto verte tan emocionado. Me alegra el alma saber que te gusta nuestro nuevo hogar —dice con una gran sonrisa en su hocico.   

  

—Sí, mamá. Este lugar es todo lo que alguna vez soñé. Todo aquí es… más. Simplemente más. No tengo palabras para describirlo.   

  

Termino mi cuarto pollo entero y empiezo con el quinto.   

  

—Bueno, mi pequeña montaña —dice ella levantándose de la mesa—. Hoy fue un día muy movido. Estoy cansada… o bueno, eso diría si no supiera que no puedo actuar frente a un actor —se ríe—. Me voy a mi cuarto a seguir viendo mi novela, que se está poniendo buenísima. Cuando termines, lava tu plato y te vas a acostar, ¿sí? Mañana te llevo en la camioneta a tu primer día.   

  

—Entendido, mami. Que descanses y buenas noches. Que sueñes con los angelitos —le digo, dándole un beso en la mejilla.   

  

Ella me devuelve el beso y se va a su habitación. Me quedo en la cocina, saboreando el último bocado de mi Termino de cenar, lavo mi plato con cuidado y lo acomodo en la estantería junto a los demás. Luego me dirijo a mi habitación. 

  

Al entrar, no puedo evitar sonreír. La acomodaron justo como le había dicho a mi mamá que me gustaría: espaciosa, ordenada y con lugar suficiente para todas mis cosas. Está perfecta. Me dejo caer sobre la cama, que es tan grande como reconfortante, y me estiro con un suspiro de satisfacción. 

  

Mientras contemplo el techo, dejo que mi mente repase todo lo que viví hoy. Fue un gran día… No puedo evitar pensar en mañana: mi primer día en la Escuela de Artes St. Hammond. ¿Cómo será? ¿Con quiénes me cruzaré? ¿Estaré a la altura? 

  

Aun con esas preguntas en la cabeza, hay algo que tengo muy claro: por primera vez en mucho tiempo, siento que todo está bien. 

Y así quiero que siga .


Notes:

Si llegaste hasta aquí… ¡GRACIAS POR LEER MI NEURODIVERGENCIA!
Dejando mis tonterías de lado, realmente espero que te haya gustado el primer capítulo de mi primer fic, de mi primera obra, de mi primer texto que escribo… XD
Nunca pero nunca había escrito algo antes, pero ¿qué puedo decir? Mi amor por este fandom me llevó a hacerlo.

Esta historia llevaba meses en mi cabeza, pero por cosas del destino (maldita cuatrimoto, espero la revancha) se fue posponiendo… y, sinceramente, ya la había olvidado
Pero entonces un amigo entró en acción y metió a Ketzo como una pequeñísima referencia en su propio fic. Eso fue
suficiente para que yo dijera

“¡A LA MIERDA, KETZO TIENE QUE SALIR A LA LUZ!”
Y aquí está, en su primer capítulo, bien chopiadito, bien fresco.