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Rating:
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Category:
Fandom:
Relationships:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Series:
Part 1 of Guapoverso [ESP]
Stats:
Published:
2025-05-04
Words:
3,161
Chapters:
1/1
Comments:
2
Kudos:
125
Bookmarks:
5
Hits:
876

I forgot that you existed

Summary:

Dicen que en las bodas siempre hay sorpresas. Pero un reencuentro con cierto ex de Roier sin duda era algo que ni él ni su marido se esperaban... más cuando se supone que habían dejado esa vida en el pasado, pero bueno... ¿cómo resistirse a la oportunidad de presumirle a Natalan con quién se había casado?

Notes:

Versión alargada, mejorada y mucho más cursi de este oneshot escrito en 2024 (https://x.com/danndanoninoo/status/1767757646042411505) pq extraño mucho a los loquitos

Continuación directa del capítulo anterior Once Upon a Dream

Work Text:

Roier entró al jardín donde se estaba llevando a cabo la boda. El espacio había sido transformado en un escenario precioso, con hileras de luces colgantes que brillaban suavemente entre las ramas de los árboles como estrellas caídas del cielo. Arcos de flores blancas y rosas marcaban los caminos entre las mesas, mientras que delicadas cintas de seda bailaban con la brisa nocturna. Las velas en candelabros de cristal proyectaban un suave resplandor dorado sobre los manteles blancos, y el aroma dulce de las gardenias y jazmines flotaba en el aire.

Un nudo se formó en su garganta al sentir la familiar sensación de nostalgia, en parte por recordar su propia boda, y otra por las personas que sabía que tendría que ver esta noche. Sin embargo, no pudo ahondar más en esos pensamientos, ya que la figura del novio se acercó a él con una sonrisa.

"¡Roier! ¡Qué gusto verte, wey! ¿Cómo estás? ¡Cuánto tiempo!", saludó el chico de gafas, quien lo envolvió en un abrazo que hizo que Roier se tensara por un segundo antes de relajarse.

"Juan, ¿qué onda? Felicidades por la boda, carnal, gracias por invitarme", correspondió con cariño, aunque sus ojos no dejaban de moverse inquietos por el jardín.

"¿¡Roier!? ¿En serio eres tú?", gritó una voz desde la entrada del jardín.

Los abrazos no se hicieron esperar. Rodny y Duxo se acercaron radiantes, envolviéndolo en un abrazo grupal que lo tomó por sorpresa pero que correspondió con genuino cariño. Rodezel, por su parte, mantuvo su distancia, limitándose a un saludo con la cabeza y una sonrisa tensa. Roier no podía culparlo, las amenazas que le había enviado en aquella época oscura no eran algo fácil de olvidar.

"Podríamos hacerlo sufrir ahora... está vulnerable... recordarle por qué nos temía..." susurraron las voces en su cabeza, arrastrándose como serpientes venenosas por sus pensamientos.

"¿Para qué?" respondió otra voz, más serena, más madura. "Míralos. Mírate. Ya no hay nada que vengar, nada que demostrarle a ese pendejo. La mejor venganza es que vean lo feliz que somos ahora, aparte, ya si se quedó con el otro imbécil o no, no importa. Mi gatinho es mucho mejor."

En medio de las felicitaciones, Rodezel se acercó cautelosamente a Roier mientras los demás seguían hablando. "¿Entonces… está todo bien? Digo... no es que me importe mucho, pero ya sabes..." susurró.

"Tranqui, Rode, todo bien," rió mientras tomaba una copa de champán de uno de los meseros, "estoy en un lugar mucho mejor ahora, créeme."

Pronto el resto de chicos se unieron y todo el grupo de Chafaland estaba hablando y riéndose como en los viejos tiempos. Aunque por la presencia de cierto pelinegro que no había dicho palabra desde que se unió al grupo, Roier sentía un sudor frío bajar por su espalda mientras forzaba una sonrisa, luchando por mantener enterrados los recuerdos que querían salir a flote.

Lágrimas… rituales… noches vacías, sangre, gritos y súplicas, todo cargado de una soledad que tenía años sin sentir.

"¡Qué chistosa es la vida, ¿no, Ro?! Hace años que no sabíamos de ti y ahora estamos en la misma fiesta", remarcó Duxo ante las risas del resto del grupo.

"¡Ah! Sí, ¿cómo fue que se dio eso?", Orion interrumpió el silencio, mirando entre Juan y Roier. "¿Cómo fue que acabó invitado a la boda?"

Roier sintió otro escalofrío recorrer su cuerpo. Tomó otro sorbo de su copa, rezando porque su voz no se rompiera ni reventara antes de tiempo. "Heh, sí, eso... pues resultó que Juan y yo teníamos varios amigos en común, nos encontramos de nuevo en casa de Mariana, platicamos un rato y bueno... aquí estoy." Roier rió un tanto incómodo con el resto, su mano derecha rascando nerviosamente su nuca mientras miraba detrás de sí, sus ojos buscando desesperadamente una figura familiar.

¿Por qué carajos Cellbit tardaba tanto?

Natalan, siendo el único que no rió, volvió a dirigirse a Roier. Su mirada, una mezcla de enojo y desdén, hizo que su estómago se revolviera al recordar la obsesión enfermiza que alguna vez sintió por esos ojos heterocromáticos. "Sí... vaya que el mundo es un pañuelo. Más si recordamos que un día solo se esfumó de la nada... ¿Dónde dices que has estado todos estos años, Roier?", el guatemalteco dio un paso hacia el mexicano, quien instintivamente retrocedió medio paso. Aunque a diferencia de años atrás, donde hubiera brincado de alegría o sentido náuseas por tener la atención del pelinegro sobre él, y las voces en su cabeza le hubieran gritado mil locuras, hoy solo sentía irritación; tenía años sin pensar en el sujeto y solo quería que su marido llegara para irse a su mesa en paz.

Pero antes de poder responder, un silbido apreciativo cortó el aire, desviando la atención del grupo. Roier sintió que sus músculos se relajaban ligeramente, agradecido por la interrupción, aunque ese alivio duró poco.

"¡Ay, wow! ¿Y ese guapo quién es?", dijo Rodezel repentinamente, inclinándose hacia adelante con interés evidente.

Ah, hablando del demonio, pensó Roier con una mezcla de adoración y posesión oscura al comprobar que la persona que entraba era su marido, sus hombros relajándose visiblemente mientras sus dedos se crispaban contra su copa.

Sin embargo, pronto el resto de hombres encontró a la figura de SU Cellbit y las miradas descaradas y murmullos apreciativos no se hicieron esperar. Sus nudillos se tornaron blancos alrededor de la copa, mientras las voces en su cabeza comenzaban a susurrar amenazas con más fuerza, especialmente al notar cómo el pelibranco devoraba con la mirada a su esposo.

Si ese idiota se atreve a acercarse demasiado, reflexionó con una sonrisa sombría, tal vez tenga que desempolvar algunas... viejas costumbres.

Mientras tanto, el grupo seguía observando a Cellbit como si fuera una obra de arte en un museo.

"No mames, no sé, no lo conozco. Pero vaya que el tipo es muy guapo", remarcó Juan con los ojos recorriendo de arriba abajo al rubio con atrevimiento. Roier tuvo que respirar profundo, recordándose que el novio estaba a punto de casarse y que sus días de violencia habían quedado atrás.

Sus excompañeros y amigos hicieron ruidos de aprobación, algunos incluso estirando el cuello para ver mejor. Mientras tanto, su marido recorría el jardín con la mirada, buscándolo con esa inocencia que tanto adoraba y que contrastaba con su verdadera personalidad, esa que solo Roier tenía permitida ver.

"Pues si no viene con nadie, con gusto yo lo dejo que se cuele a la boda y a donde quiera", dijo alguien, provocando que un zumbido familiar comenzara en los oídos del castaño. Sus dedos comenzaron a tamborilear contra su pierna izquierda en un ritmo errático mientras se recordaba respirar. Ya no eres así, ya no eres así, se repetía como un mantra.

Pero es nuestro gatinho, ¿cierto?, insistió una voz en su cabeza, y esta vez, permitió que una pizca de sus viejos instintos aflorara. Entonces no tiene nada malo dejarles claro a quién pertenece… Con una sonrisa que rayaba en lo depredador, levantó su mano y gritó con voz melosa pero firme: "¡Gatinho! ¡Por acá, amor!"

En el momento en que sus ojos se encontraron con los brillantes orbes azules de su marido, sintió cómo la tensión abandonaba su cuerpo y su cordura se anclaba nuevamente. Su sonrisa se suavizó naturalmente y algo en la expresión de Cellbit se iluminó al notarlo.

Dios santo, que se desangraría por esa mirada cualquier día sin pensarlo…

El grupo observó en silencio cómo el desconocido se acercaba. Solo que no era a ellos —sus ojos estaban fijos únicamente en Roier, como si el resto del mundo no existiera. El castaño se permitió una sonrisa satisfecha y no pudo evitar enderezarse un poco más, pavoneándose sutilmente ante las miradas envidiosas de sus excompañeros.

Su marido siempre había sido guapo, él era el único que lo había comprendido esa tarde que miró la imagen de su arresto en el televisor. Pero era cierto que años después, con esa nueva madurez que cargaba, la barba perfectamente recortada y el cabello largo cayendo en ondas suaves, Cellbit lucía simplemente celestial. Y era todo suyo.

"Olá! Muito prazer!" saludó el brasileño al grupo, su voz grave provocando más de un suspiro contenido. Se dirigió a Juan con una sonrisa educada. "Muchas gracias por invitarnos, espero que tú y tu esposo disfruten mucho nuestro regalo", dijo entregándole una caja.

Juan miró el paquete en sus manos, parpadeando confundido. "Este... wow, ¡muchas gracias, amigo! Cuando dices nuestro te refieres a..."

Roier, sintiendo una perversa satisfacción, deslizó su brazo alrededor de la cintura de Cellbit y entrelazó sus dedos con los de su esposo. "¡Sí, sí! En serio Juan, neta gracias por echarme la mano con el boleto adicional para Cellbo". Sus dedos se apretaron posesivamente en la cadera de su marido.

El silencio que siguió fue simplemente delicioso. Ante las miradas incrédulas de todos, Juan miró estupefacto entre ambos, su boca abriéndose y cerrándose como pez fuera del agua, sus mejillas rápidamente tornándose rojas al darse cuenta de que había estado hablando del marido del loco mexicano todo este tiempo. "¡¿Me estás diciendo que este wey es el más uno del que me hablabas?!"

"¡Pues sí wey, te dije que tenía pareja!" Roier sonrió ampliamente, deleitándose con las expresiones de shock a su alrededor. "Pero bueno, ¡ya! Los presento a todos: chicos, él es Cellbit". La mano en la cintura de su esposo se apretó sutilmente, un gesto que para cualquier observador podría parecer casual, pero que todos en el grupo entendieron como una clara marca de posesión.

Los chicos continuaron en silencio, apenas Duxo pudiendo soltar un pequeño "hola" nervioso. Cellbit simplemente alzó una ceja en duda y giró inmediatamente a ver a Roier, quien con el rostro levemente inclinado al suyo batía sus pestañas con esa coquetería exagerada que reconocía de sus arranques de celos.

El rubio, satisfecho con ese conocimiento sobre la oscura naturaleza de su esposo, se inclinó ligeramente para decirle "¿Y cómo dices que se llaman tus amigos, Guapito?", lo cual provocó que la sonrisa de su marido se ampliara de forma casi maniática, igual de bella que el día que se conocieron.

"Gatinho, ellos son los chicos con los que crecí: Juan, Rodny, Duxo, Orion, Pipe, Rodezel, Cry y..." —el mexicano señaló al guatemalteco con un gesto vago de la mano, sin mirarlo directamente— "Natalan", murmuró casi inaudiblemente.

Cellbit entrecerró los ojos, y por un segundo Roier reconoció esa sombra iracunda en los ojos del brasileño. Pero su marido la escondió tan rápido detrás de una sonrisa calculadamente amigable que dudaba que alguien más que él hubiera notado el cambio.

"¡Oh, claro! Pues yo soy Cellbit, el marido de Roier" —enfatizó con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, su mano deslizándose posesivamente por la cintura de Roier—. "¡Mucho gusto! ¡Prazer!", dijo, estrechando la mano de Natalan con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. El guatemalteco contuvo una mueca de dolor mientras Cellbit mantenía el agarre unos segundos más de lo socialmente aceptable.

El grupo, aún cautivado por el atractivo brasileño, comenzó a presentarse uno a uno. Cuando Rodezel intentó darle un abrazo, Cellbit hábilmente dio un paso atrás, pegándose más a Roier. "Ah, perdón, no soy muy de abrazos", se disculpó con una sonrisa educada. Roier no pudo evitar que sus labios se curvaran en una sonrisa satisfecha al ver el rechazo.

Natalan observaba la escena con una tensión apenas disimulada, sus ojos yendo y viniendo entre la pareja mientras se frotaba discretamente la mano adolorida. La forma en que miraba a Roier, una mezcla de nostalgia y algo más oscuro, no pasó desapercibida para Cellbit, quien instintivamente acercó más a su esposo.

"A ver, a ver, ¿nadie piensa regresar al hecho de que nuestro Roier está casado? ¿Hace cuánto pasó eso?", preguntó Rodny, rompiendo la tensión del momento.

Cellbit, quien no había soltado la cintura de Roier ni por un segundo, giró su rostro hacia el suyo con adoración. Sus dedos trazaban pequeños círculos protectores sobre la cadera de su esposo mientras preguntaba con falsa inocencia: "Você não disse nada a eles?"

"¿A qué hora les iba a decir, cabrón? Si llevábamos 2 minutos saludándonos", respondió Roier, inclinándose inconscientemente hacia el toque de su marido.

Cellbit alzó la ceja divertido. "Ah... ¿apoco sí, tilín?"

Roier soltó una carcajada, girándose completamente hacia su esposo. "El acento no va en esa i, ya te había dicho, pendejo", murmuró con cariño, sus narices casi rozándose.

El oji-azul apretó su cintura, acercándolo aún más si era posible. "Pero si você diz...", sus labios ya rozando sobre los del castaño.

Cry agitó su mano hacia la pareja. "Ehh... ¿Hola? ¿Interrumpimos?"

"¡Uy, nombre, váyanse acostumbrando, perros! Ese par son más pinches melosos que nada. Tantito se empiezan a hablar entre ellos y se pierden en su burbujita, mien", gritó Mariana a unos pasos de ellos, rodando los ojos con fingido fastidio pero sonriendo con genuino cariño.

"Bueno, a ti te vale verga, ¿no? Mejor háblale al pinche Slime a ver si ahora sí te pela", le respondió Roier entre risas, sin alejarse ni un centímetro de su esposo.

Mariana le sacó el dedo medio a su amigo. Roier se limitó a reír y le mandó un beso en respuesta, causando que Cellbit lo apretara juguetonamente contra sí. "Y pues regresando a la pregunta, ¡sip! Llevamos ya como 2 o 3 años de casados más o menos", se dirigió al grupo nuevamente, recargándose contra el pecho de su marido.

"Tres años y ocho meses exactamente", asintió Cellbit con orgullo, sus ojos fijos en Natalan mientras besaba la sien de Roier.

Si bien la mayoría del grupo respondió con cálidas felicitaciones, la pareja notó cómo Juan, Duxo, Rodezel y especialmente Natalan alzaban las cejas en sorpresa.

Al fin y al cabo, ellos estaban ese día que Roier había "desaparecido" 4 años atrás. Y no necesitaban ser matemáticos para deducir que si llevaba casi ese mismo tiempo casado con Cellbit, su presencia podría tener que ver con su huida de Chafaland.

Roier sintió sudor frío bajar por su cuello y la mano de Cellbit tensar su agarre. En eso, el oji-azul soltó su cintura y aplaudió. "¡Y bueno! ¡Fue un gusto conocerlos!" —exclamó con una practicada sonrisa mientras tomaba la mano de Roier—. "Vamos a nuestra mesa a cenar y aprovechar un rato la fiesta porque debemos de volver a casa temprano con nuestros tres hijos, ¡nos vemos!"

Los murmullos de asombro y exclamaciones de sorpresa se elevaron como una ola entre los invitados mientras la pareja se alejaba con los dedos entrelazados.

"¡¿Cómo que qué?! ... ¡¿HIJOS?! ... ¿En plural? ¡¿Cuándo pasó todo eso?!"

El brasileño dejó escapar una risita traviesa, sus ojos oscureciéndose con satisfacción al escuchar el caos que había sembrado. Sus dedos se deslizaron suavemente por la cintura de Roier, dejando un rastro de calor a su paso.

"¿En serio les tenías que soltar la bomba así de golpe, cabrón?", siseó el mexicano contra su oído, su voz ronca traicionando el efecto que las caricias de su esposo tenían sobre él.

Cellbit apenas contuvo un escalofrío, apretando posesivamente la cadera de su marido. "Eles iban a preguntar sobre nosotros de todos modos," murmuró, sus labios rozando 'accidentalmente' el lóbulo de la oreja del menor. "Mejor darles algo más... interesante en qué pensar."

Roier arqueó una ceja, pegándose más al cuerpo de su esposo con el pretexto de esquivar a un mesero. "¿Y que lo dijeras mirando directamente al baboso de Natalan fue pura coincidencia?" Sus dedos jugaron distraídamente con los botones de la camisa de Cellbit.

"Ehhh... detalles, detalles", respondió el brasileño con una sonrisa depredadora, sus labios rozando tentadoramente el cuello de Roier. "Además... me gusta que él y todos sepan que eres completamente mío ahora."

Y con esas sencillas palabras de devoción, Roier sintió sus piernas temblar, aunque mantuvo su compostura con una sonrisa desafiante para robarle un beso en la mejilla. "¿Aprovechando el bug como siempre, eh?"

"Sim", confirmó Cellbit, meciendo a ambos al ritmo de la suave música de fondo mientras sus dedos trazaban patrones enloquecedores en la espalda baja de su esposo.

"Eres un cabrón", suspiró Roier, su voz temblando ligeramente cuando los dedos de Cellbit encontraron un punto particularmente sensible.

"Así decidiste casarte conmigo, meu amor", ronroneó el brasileño, sus labios a milímetros de los de Roier.

"Fuiste TÚ quien no pudo esperar ni a salir de la pinche gasolinera para proponerme matrimonio", contraatacó Roier, sus dedos enredándose en el cabello de Cellbit.

"Não, não, Guapito", murmuró Cellbit, sus narices rozándose. "Tú ya me habías reclamado como tuyo mucho antes, ¿recuerdas?"

"Ah sí, toda esa mamada del multiverso y los sueños proféticos", Roier rodó los ojos pero no se alejó ni un milímetro. "Ni se te ocurra decirle a Juan que esa magia sí existe porque se hace pipí de la emoción."

Cellbit soltó una fuerte carcajada contra el pecho de Roier, atrayendo miradas de todos los invitados, incluida la del azabache guatemalteco, quien no pudo evitar notar la forma en que sus cuerpos se fundían en uno solo.

Por un momento ambos azules conectaron miradas, pero rápidamente simuló una cortada con una de sus manos mientras movía los labios en una frase lo suficientemente amenazante para que el guatemalteco desviara la mirada aterrado. Y aunque el brasileño nunca había logrado que su guapito le revelara completamente qué lo había empujado a dejar atrás su vida anterior, tenía suficientes piezas del rompecabezas para saber que debía mantener al tal Natalan, el ex... lo que fuera de su marido, lo más lejos posible.

"Él tuvo su oportunidad y la desperdició. ¡Guapito es nuestro, COMPLETAMENTE NUESTRO!" rugieron las voces en su cabeza, mientras una sonrisa oscura se dibujaba en sus labios. El antiguo asesino en serie que vivía dentro de él ronroneaba con satisfacción al ver el miedo y rabia en los ojos de Natalan.

Pero ya no necesitaba mancharse las manos de sangre cuando alguien amenazaba lo suyo (al menos no tan seguido). Era mucho más divertido jugar con la mente de las personas, atormentarlas de otras maneras que, para este grupo de personas del pasado de su marido, era mostrarles a todos lo feliz que hacía a su Roier, lo completa que era su vida juntos, lejos de todos ellos.

Con ese pensamiento, guió a Roier hacia la pista de baile y comenzó a mecerse suavemente al ritmo de la música. Sus labios se deslizaron por el rostro de su amor, susurrando en portugués todas las formas en que planeaba adorarlo esa noche.

"¡Ya, wey! ¡Pinche cursi que andas hoy, no mames!", protestó el mexicano, sus mejillas teñidas de un adorable tono carmesí mientras los invitados los observaban entre suspiros y murmullos.

"¿Ah sí? Si te molesta tanto, detenme", lo retó Cellbit con una sonrisa traviesa, acercándose para besarlo. Sus ojos brillaron con diversión al notar cómo, a pesar de sus quejas, los dedos de Roier se aferraban posesivamente a su camisa.

Roier, por supuesto, no lo detuvo.

 

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