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Nunca aprendí a estar sin ti.

Summary:

Después de que Nagi se uniera al equipo de Isagi y Bachira, dejando a Reo atrás, la tensión entre ellos no ha hecho más que crecer.
Nagi, atormentado y dudoso, finalmente le envía un mensaje para volver a verse, despertando viejas heridas y sentimientos enterrados.

Chapter Text

El brillo tenue de la pantalla del móvil iluminaba la cara inexpresiva de Nagi Seishiro, mientras estaba tumbado boca abajo sobre su cama. Una pierna colgando al borde del colchón y el brazo extendido con el teléfono, fijo hacía sus ojos.

Llevaba diez minutos, ¿o eran veinte?, mirando el chat con Reo. Último mensaje recibido: “Haz lo que quieras.” Enviado hacía más de una semana. Sin emojis, sin puntos suspensivos, sin nada. Cortante. Dolía más que si le hubiese dicho algo cruel.

Nagi tecleó lentamente.

"¿Podemos hablar?"

Miró las palabras un rato. Luego frunció levemente el ceño. Lo borró.

"¿Tienes tiempo para vernos?"

Demasiado formal. ¿Desde cuándo hablaban así? Borró de nuevo.

"Reo, quiero verte."

Eso lo dejó en pantalla unos segundos. Un poco más directo, demasiado vulnerable.

¿Quería verlo? Sí. ¿Iba a admitirlo así de rápido? Ugh… no. Pulsó atrás.

Suspiró fuerte, como si el aire pesara. Aburrido. Qué fastidio esto de sentir cosas. Prefería mil veces entrenar que enfrentarse a este tipo de decisiones incómodas. Pero Reo le faltaba. Como cuando te das cuenta de que has perdido una parte del juego que creías saberte de memoria.

Tecleó de nuevo:

"Hey. ¿Nos vemos mañana?"

Quedó inmóvil. Pasó un minuto. Luego dos.

El botón de enviar parecía que quemaba. Tan fácil como tocarlo. Pero no lo hacía.

Apagó la pantalla. Se giró sobre la cama. Se quedó mirando al techo. Silencio.

Volvió a encender el móvil.

"Si no quieres, lo entiendo."

¿Para qué agregaba eso? ¿Para que Reo tuviera una salida fácil? ¿O para protegerse a sí mismo de un rechazo directo?

Volvió a borrar todo. Se quedó en blanco. Literalmente. El cursor parpadeaba en el cuadro de texto, como burlándose.

Tecleó por última vez:

"Mañana, ¿Podríamos vernos? Después de entrenar. En la sala de vídeo. Si vienes… bien. Si no… también."

No leyó lo que había escrito. Simplemente lo envió. Así, sin pensar más.

Dejó el móvil boca abajo sobre la cama, como si acabara de soltar una bomba. El corazón agitado y extremadamente pesado, le golpeaba el pecho con un ritmo extraño. Se tapó los ojos con el antebrazo.

“Qué fastidio esto”, murmuró.

Y sin embargo, no podía dejar de esperar que Reo volviese a aparecer ante sus ojos. Como antes, como cuando simplemente era una rutina el verse, como cuando Reo lo cargaba a caballito, a veces sin que él tuviera que pedirlo, como si entendiera que moverse era un esfuerzo innecesario o cuando le daba de comer, con esa sonrisa en la boca. Como cuando Reo hablaba por los dos, emocionado, energético, y el mundo giraba solamente para los dos.

Nagi no entendía por qué recordaba todo eso ahora. Ni por qué le dolía. Ni por qué, cuando pensaba en Reo, su pecho se tensaba como si le hubieran encajado una pelota justo en el esternón.

“No es tan difícil… sólo es hablar”, murmuró, en voz baja.

Pero lo era. Porque Reo no era cualquier persona. Reo era su inicio. Su primer gol. Su primer sueño. La primera vez que sintió que algo, fuera del móvil o la consola, realmente hacía que valiera la pena levantarse.

Y luego él se fue.

Eligió seguir su camino con Isagi, y con Bachira. Eligió evolucionar, crecer, romper con lo cómodo.
Y sí, lo hizo por él mismo. Pero también dolió. Porque al irse, no se llevó a Reo.

.

.

.

Y allí estaba él, esperando, como quien espera a que la muerte venga a buscarlo . Y si Reo no aparecía, no habría nada que decir. No más promesas. No habría nada más.

Sólo esa parte de él —pequeña, terca, molesta— que seguía esperando. Con la garganta seca, y su cerebro quemado de tanto darle vueltas a todo.

Nagi cerró los ojos. En su cabeza, la última vez que vio a Reo volvía una y otra vez. Esa mirada de orgullo herido. Ese tono de voz que era incapaz de quitarse de la cabeza.

Pero había algo más que recordaba, que no le había dicho a nadie.

Reo no lo miró cuando se fue. Pero cuando pensó que Nagi no lo veía, apretó los puños.

Y esa pequeña grieta, ese temblor en su mandíbula, Nagi lo había notado.

Porque, aunque no sabía ponerle nombre a las emociones, había aprendido a leer las de Reo.

Suspiró.

Y por primera vez en semanas, volverían a verse.

····················

Reo no sabía por qué había abierto el mensaje. Ni por qué no lo había borrado al instante. Ni por qué lo había leído más de una vez. Ni por qué... estaba vestido, y caminaba hacía la sala de análisis de partidos.

Era un mensaje torpe. Soso, como todo lo que salía de ese idiota perezoso. Y sin embargo…

No había ni un “lo siento”, ni un “te extraño”, ni una explicación. Y aun así, Reo supo que a Nagi le costó escribir aquello. Porque ese "Si vienes…bien. Si no…también." era el equivalente de Nagi a ponerse de rodillas. Resignación total.

Desde que se separaron, Reo había entrenado como un obsesivo. Más rápido. Más fuerte. Más implacable. Como si pudiera llenar el hueco con goles. Como si cada pase perfecto pudiera borrar los que ya no lanzaba para Nagi.

Y ahora, el muy cabrón le escribía. Como si nada. Como si no le hubiera roto algo, que ni sabía que tenía hasta que se quebró.

Pero claro… era Nagi. El tipo que lo había mirado como si todo fuera aburrido, excepto él. El tipo que había dicho “vale” a cada una de sus ideas, aunque fueran una locura.

El que se fue, sí. Pero también el que, con un solo mensaje, había hecho que su corazón se le desbocase, igual que la primera vez que lo conoció.

—Idiota —masculló, apretando el móvil entre los dedos.

Entró a la sala y no había nadie. Y no sabía si esperar, si sentarse, si irse... Pero no se fue.

Porque aunque estaba mosqueado, resentido, dolido, vacío…También estaba jodidamente emocionado de volver a verlo.

Aunque no lo admitiría en voz alta. Aunque su orgullo estuviera colgando de un hilo.

Y cuando escuchó unos pasos arrastrados acercarse, dio un pequeño brinco. Cuando Nagi rebasó la puerta, con esa cara de sueño que no había cambiado ni un poco…Sintió algo retorcerse dentro.

Nagi lo miró. Y por primera vez en mucho tiempo, sus ojos se encontraron de verdad, frente a frente. Algo que se les hizo extraño, pero que les rememoró demasiado.

—Reo...

Silencio.

El corazón de Reo se le fue a la garganta.

Era ahora o nunca.

—Tardaste mucho en escribir ese mensaje, ¿verdad? —dijo, sin expresión, pero con los ojos clavados en él.

Nagi asintió.

—Lo intenté como diez veces.

—Once o más —corrigió Reo.

Nagi desvió la mirada, incómodo, con ese gesto de querer estar en cualquier otro lugar… y al mismo tiempo, claramente no queriendo irse de ahí.

—Tampoco sabía si ibas a venir —dijo finalmente, con voz baja, casi sin fuerzas.

—No iba a hacerlo —respondió Reo con frialdad. Luego se encogió de hombros—. Pero aquí estamos.

El silencio volvió, incómodo como una losa. Hasta que Nagi, sin previo aviso, murmuró:

—Reo, yo...

Reo arqueó una ceja.

—Tienes cinco minutos. Si me haces perder el tiempo, me largo —Nagi, entonces se sentó en el suelo. Reo permaneció de pie con los brazos cruzados —. ¿Y? —dijo, sin paciencia.

Nagi fijó la vista en la pantalla apagada. Como si ahí pudiera encontrar las palabras.

—No me fui para joderte —dijo, finalmente—. Me fui porque… pensé que era lo mejor para los dos.

Reo resopló.

—Ah, claro. Qué generoso. El clásico "es por nuestro bien", como si eso doliera menos.

—No quería arrastrarte —agregó Nagi —. Siempre sentí que tú… que tú eras quien me empujaba. El que lo hacía todo. Y yo solo te seguía. Solo jugaba porque tú lo hacías emocionante. Pero… en Blue Lock, me di cuenta de que tenía que encontrar algo por mí mismo.

Reo apretó los puños.

—¿Y qué encontraste?

—Que todo sigue siendo aburrido.

—¿Entonces para qué mierda te fuiste?

Nagi lo miró por fin. Y no esquivó.

—Porque si me quedaba, solo iba a seguir dependiendo de ti. Y no quería seguir siendo una extensión de Reo Mikage.

Eso dolió. No por cruel, sino porque era verdad. Y Reo lo sabía.

—Te odié, ¿sabes? —susurró Reo, sin sarcasmo.

Nagi asintió.

—Yo también me odié un poco.

Un silencio espeso se instaló entre los dos. La pantalla apagada brillaba con el reflejo tenue de las luces.

Reo se dejó caer finalmente a su lado. Sus hombros se rozaron por accidente. Ninguno se movió.

—¿Y ahora qué? —preguntó Reo.

Nagi lo miró de reojo.

—No sé. Solo… quería verte. Y ver si todavía dolía.

Reo lo miró. Largo. Lento.

—¿Y?

Nagi movió su boca, y humedeció sus labios porque los tenía completamente secos.

—Duele más. Pero es distinto.

El silencio volvió a tomar la sala como un monstruo invisible. No era cómodo. Era denso. Jodido. Un filo entre ellos dos, imposible de esquivar.

Reo tenía los codos apoyados en las rodillas, las manos entrelazadas, el cuello rígido.
Nagi seguía allí, casi ausente, como siempre, pero esta vez… cada músculo parecía tenso. Como si contenerse fuera su única forma de no decir demasiado.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo Reo, sin mirarlo.

—Dímelo —respondió Nagi sin dudar.

—Que aunque me dejaste tirado, aunque me borraste como si fuera cualquier otro… —Reo apretó los dientes, la mandíbula marcada —. Todavía quería que vinieras. Cada puto día.

Nagi no dijo nada.

—Y lo peor es —continuó Reo, casi escupiendo las palabras —, que ahora estás aquí y no sé si quiero golpearte o ...

La confesión quedó a medias.

Nagi giró la cabeza, lento, como si tuviera miedo de lo que iba a venir.

Reo lo miraba de frente, con los ojos brillantes. No lloraba. Pero casi. Y eso era mucho para él.

—No sé si merezco que me perdones —murmuró Nagi —. Pero… tampoco sé cómo no pensar en ti.

—No me escribiste en semanas —habló Reo, como si aún no pudiera creérselo —. Ni una mierda. Y tú sabes que yo… que yo te habría buscado hasta debajo de las piedras si eras tú el que desaparecía.

Nagi tragó saliva. Se enderezó, por primera vez.

—Tenía miedo —admitió.

Reo se rió. Una carcajada breve, seca y dolida.

—¿Miedo de qué? ¿De mí?

—De que me odiaras —dijo Nagi, bajito —. De que si volvía a verte, ya no quisieras nada conmigo.

—¿Y qué esperas ahora? —preguntó Reo —. ¿Que te abrace? ¿Que diga que todo está bien? ¿Qué borre todo el puto dolor como si fuera un video de Blue Lock?

Nagi negó con la cabeza. Se inclinó apenas. Su cara muy cerca de la de Reo. Demasiado.

—No. Solo quiero que sepas que no me olvidé de ti, ni un solo día.

Reo apretó los labios. No se apartó. No se acercó.

Sus respiraciones se entrelazaban. El calor de sus cuerpos se sentía como electricidad estática.

Todo era tan intenso que dolía.

—Esto no cambia nada —gruñó Reo.

—No —aceptó Nagi —. Pero lo siento y necesitaba decírtelo.

Los ojos de Reo bajaron a su boca. Solo un segundo. Después volvió a mirarlo a los ojos. Directo. Furioso. Confundido. Casi temblando.

—Ahora mismo tendrías que suplicar por un pase mío —escupió Reo, con la voz cargada de veneno.

Nagi no respondió enseguida. Lo miró y le sostuvo la mirada. Una especie de arrepentimiento silencioso que no solo pedía perdón con palabras, sino con la forma en que lo miraba, como si todo su cuerpo lo necesitara de vuelta.

—Lo haría —dijo al fin, tan bajo que casi no se escuchó —. Si eso significa que estaré otra vez contigo en el campo… lo haría.

La mandíbula de Reo se tensó. Su respiración se volvió irregular.

—No lo entiendes, ¿verdad? —dijo, poniéndose de pie bruscamente. Se alejó unos pasos por la sala de video, dándole la espalda —. No es solo fútbol, Nagi. Nunca fue solo el fútbol.

Nagi lo observó desde su sitio. Quieto. Pero por dentro… se estaba agrietando.

—Lo sé —murmuró.

Reo se giró. Sus ojos brillaban y algo estaba a punto de desbordarse.

—Entonces, ¿por qué lo hiciste? ¿Por qué te fuiste con Isagi? ¿Por qué no me diste ni una pista antes de traicionarme así?

—Porque él me hizo sentir que podía ser más. Que podía volar solo —respondió Nagi, con una sinceridad cruda, brutal —. Pero me equivoqué. Me faltabas tú.

El silencio esta vez fue puro y absoluto.

Reo caminó hasta él. Lento. Cada paso retumbaba en la habitación vacía. Se detuvo frente a Nagi, tan cerca que apenas un suspiro cabía entre ambos. Se agachó frente a él.

—Te odio por hacerme necesitarte tanto —pronunció Reo.

—Y yo te odio por no haber venido a buscarme —susurró Nagi.

Una pausa.

Y entonces Reo lo agarró de la camiseta, lo atrajo bruscamente hacia si. No fue un beso. No aún. Fue más como una amenaza. Sus narices casi rozándose. Respiraciones compartidas. La tensión era tan tangible que podría haberse tocado.

—Si te beso ahora, Nagi, no va a ser suave —gruñó Reo —. No va a ser dulce. Va a doler.

—Está bien —respondió Nagi, con los ojos fijos en los suyos —. Estoy harto de suavidad.

Y ahí… todo se rompió.

Sus bocas colisionaron como si quisieran destruirse. Como si pudieran borrar cada segundo de distancia, de rabia, de abandono. No había ternura, solo fuego. Un incendio furioso y devastador. Aplastante. Irreprimible.

Cuando se separaron, Nagi tenía el labio sangrando y Reo respiraba como si acabara de estrellarse contra el césped, después de una carrera de campeonato. Ambos sabían que eso no resolvía nada. Solo aplacaba la tensión, sus ganas y lo mucho que se habían extrañado.

Pero también sabían que ya no había marcha atrás.

····················

Nagi entró al campo. Su cuerpo estaba presente, sí, pero su mente aún estaba deambulando en lo que había pasado el día anterior. En esa sala de video. Con Reo. Con sus manos aferrándose, como si quisiera fundirse con él. A esa colisión furiosa hecha con los labios, no con palabras.

Reo también estaba allí. Entrenando como si el mundo fuese una amenaza. Como si pudiera patear el recuerdo de Nagi fuera de su cabeza, a base de velocidad y potencia.

Nagi lo observó durante largos segundos, porque verlo jugar siempre había sido… agradable. Lo disfrutaba. Reo jugaba que daba gusto verle.

Isagi se acercó por detrás, dándole un leve codazo.

—¿Estás con la cabeza aquí o en Reo?

Nagi lo miró de reojo.

—¿Y si digo ambas?

Isagi suspiró.

—Solo no lo conviertas en una guerra personal. Aquí todos queremos ganar.

Pero ya era tarde.

Iban a jugar una prueba y si Reo iba a ser su rival, estallarían chispas, rayos y truenos. Y lo sabía.

Porque cuando el silbato sonó y comenzó la práctica, Reo lo marcó como si fuera un enemigo. No como un rival. No como un jugador del otro equipo. Sino como el traidor. El que se fue. El que rompió algo que no se debía romper.

Y Nagi respondió.

Cada pase entre ellos era un choque. Cada encontronazo, una disputa contenida. Se rozaban más de lo necesario. Se empujaban más fuerte de lo reglamentario. Isagi y Bachira intercambiaban miradas cada vez más incómodas.

—¿Se van a matar o qué? —murmuró Bachira con media sonrisa torcida.

—¡Y yo qué sé! ¡Vaya dos!—gruñó Isagi, pero no pudo dejar de mirar.

Una jugada lo cambió todo.

Isagi lanzó un pase cruzado. Reo lo interceptó, pero Nagi llegó al mismo tiempo. Chocaron. Cayeron al suelo. Y ninguno de los dos se levantó de inmediato.

Estaban uno encima del otro. Pecho contra pecho. Respiración pesada. Reo, con ojos cargados de algo que no era solo rabia. Nagi, sentía una fuerte presión, muy dentro. 

—¿Todavía crees que fue un error? —susurró Nagi, apenas audible, solo para Reo.

—Creo que aún no sé si quiero perdonarte o arrancarte el corazón con estas manos —jadeó.

—Está bien. Yo tampoco sé si quiero que me perdones...

Reo lo empujó bruscamente y se levantó. Nagi también se incorporó. Su labio volvía a sangrar.

La tensión no se fue. Ahora era parte del campo. Como una bomba, esperando a estallar en el próximo partido.

····················

El agua de las duchas corría, el vapor subía, y entre toallas y respiraciones, reinaba un silencio extraño. Casi como si nadie se atreviera a hablar.

Nagi estaba con el cabello aún goteando, ya se había vestido. Su mirada barría el lugar hasta que lo vio: Reo, sentado al fondo, en un banco de madera, solo. Recién duchado con una toalla atada por su cintura.

Y no muy lejos de él, empezando a vestirse estaba Isagi.

—Voy a decir esto, una sola vez —soltó Isagi, sin más —. Si vais a mataros, hacedlo fuera de los vestuarios. Algunos queremos cambiarnos en paz.

Nagi parpadeó. Reo bufó.

—¿Quién dijo que iba a pasar algo? —inquirió Reo.

—Tus miradas lo gritan. Y Nagi... tú pareces un maldito zombi desde que hemos jugado hace un rato.

Reo levantó la cabeza y miró hacía Nagi.

—No vine a hablar, vine a entrenar —aclaró el de cabello violeta.

—¿Y por eso casi lo embistes en cada pase? —Isagi fue directo.

Silencio.

Nagi se acercó sin apuro. Se detuvo frente a Reo, justo entre sus piernas, mirándolo desde arriba. Reo alzó la vista, como si su rabia ya no supiera cómo sostenerse.

—¿Qué?

—Aléjame—murmuró Nagi.

Las manos de Reo se crisparon. Isagi se quedó mirándoles inquieto pero a la vez curioso por lo que pudiese pasar.

Después de unos segundos de pura tensión, Isagi se sintió incómodo.

—Yo mejor me voy —anunció cogiendo su mochila.

Salió disparado del lugar. 

Nagi se agachó. Ahora estaban al mismo nivel. Frente a frente. Respirando lo mismo.

—A veces no sé si me odias porque te fallé… o porque aún me necesitas.

—¿Y tú? —contratacó Reo, aún altivo y sin querer flaquear ante Nagi —. ¿Por qué volviste?

—Porque te extraño —respondió Nagi, sin dudar. Honestidad brutal. Ya no necesitaba más muros entre medias. Era la realidad absoluta y Reo merecía saberla —. Porque nadie me hace sentir como tú. Ni aquí, ni en otra parte.

Reo cerró los ojos. Se notaba que le temblaban las manos. Pero al abrirlas, lo empujó.

—Cállate, Nagi.

Pero Nagi no lo hizo.

—Dime tú, por qué ¿Por qué quiero volver a estar contigo? —dijo, como si no fuera capaz de responderse eso ni él mismo.

Reo no contestó.

Lo miró. Solo lo miró.

Nagi dio un paso más. Otra vez demasiado cerca de Reo.

Reo respiró hondo, y su pecho subía y bajaba sin control.

—No tienes ni idea de lo que es esto, Nagi. 

—Entonces dímelo. Grítamelo. Pégame si hace falta. Pero no te calles. No otra vez. ¡Vamos, pégame!

El silencio se tensó como una cuerda a punto de romperse.

Y Reo la rompió.

Se incorporó. Lo agarró de la camiseta y lo empujó otra vez, pero esta vez contra una de las paredes en un golpe seco, duro. La respiración de Nagi se escapó en un jadeo, cuando la espalda le chocó contra el frío material.

—¿Por qué quieres volver a estar conmigo? —escupió Reo, cerca, peligrosamente cerca—. ¿Porque te aburriste de jugar con Isagi y Bachira? ¿Porque te diste cuenta de que nadie te va a aguantar como yo lo hacía?

—No —contestó Nagi, mirándolo a los ojos, inmóvil —. Porque sin ti, no sé quién soy.

El tiempo se paró por un instante.

Reo se quedó en silencio. Con las manos aún aferradas a la camiseta de Nagi. Con su respiración golpeando su cara. Con el corazón haciendo un ruido escandaloso en el centro del pecho.

Nagi fue esta vez el que avanzó y propició otro beso entre los dos.

Un inicio. Algo que había tardado demasiado en llegar.

Y en los vestuarios vacíos, bajo la única luz encendida, el pasado se empezó a deshacer.

Los labios de Reo, todavía estaban sobre los de Nagi cuando una silueta apareció.

—¿Nagi? ¿Reo? ¿Habéis visto a Isagiiii...? —la voz cantarina de Bachira se detuvo en seco.

Los dos se separaron como si les hubiesen echado agua congelada en la cara. Reo dio un paso atrás, con el pulso a mil y las mejillas encendidas. Nagi simplemente bajó la mirada, respirando entrecortado, con el cuello de su camiseta arrugado por los tirones.

Bachira los miró con una ceja alzada, como si intentara resolver un rompecabezas rarísimo que nadie entendía.

—¿Interrumpo algo? —preguntó con una sonrisita ladeada.

—Sí —respondió Reo, seco, pasándose una mano por el cabello revuelto.

—No —dijo Nagi al mismo tiempo.

Bachira parpadeó. Luego rió.

—Hmm... ¿"Sí" o "no"? Porque si queréis, os dejo un poco más, para que terminéis de… no sé, hablar de vuestras..."cosas" —hizo unas comillas con los dedos y sacó la lengua como si entendiese a la perfección todo lo que estaba ocurriendo.

—¿Qué quieres, Bachira? —espetó Reo, intentando recomponerse.

—Isagi preguntó por Nagi —respondió, cruzándose de brazos y balanceándose sobre los talones—. Dijo que lo estábamos esperando para la revisión de jugadas en la sala de video. Pero ahora que veo la intensidad del momento... quizás deberíamos darle más tiempo.

—Ya voy —dijo Nagi, sin mirarlo, mientras se acomodaba la camiseta.

Bachira miró a ambos. Una sonrisa traviesa le cruzó la cara.

—Bueno, bueno, bueno... la tensión se puede cortar con una katana aquí. ¡Me encanta! ¡Drama gratis!

Y con eso, Bachira se fue, silbando una melodía pegajosa que resonó hasta que su silueta volvió a perderse.

Silencio.

Reo resopló. Nagi se pasó una mano por la nuca.

—Esto... no va a ser fácil, ¿verdad?

Reo lo miró. Ya no había rabia. Solo una quietud áspera, como si se hubiera rendido a lo inevitable.

—No...

Nagi asintió y luego caminó hacia la puerta.

—Reo…—empezó, antes de irse —. Tenemos que vernos esta noche. A solas.

Reo arqueó una ceja, desconcertado.

—¿Cómo? —preguntó con incredulidad—. ¿A solas? Pero…¡¿Qué dices?! ¿Olvidas que hay más jugadores aquí, aparte de nosotros dos?

Nagi mordió su labio inferior, como buscando la manera correcta de decirlo.

—Lo sé... —admitió—. Pero encontraremos la forma. Necesito hablar contigo sin nadie más alrededor. Sin interferencias. No podemos seguir así. Yo ya no podré jugar como antes, con todo esto dentro.

Reo cruzó los brazos, pensativo, y luego soltó un suspiro.

—Entonces… esta noche, ¿dónde? —preguntó con la voz un poco más suave.

Nagi lo miró, decidido.

—Te lo diré más tarde. Te enviaré un mensaje.

Reo asintió, sin poder apartar la mirada de Nagi, mientras este salía del vestuario.

La noche prometía ser larga.

····················

—¿De quién es esta habitación? —preguntó Reo, con la voz baja pero llena de sospecha.

Nagi se pasó una mano por su pelo.

—Isagi me ayudó. Dijo que Rin suele dormir solo y que podía sacarlo de la habitación por una noche.

Reo resopló, pero no dijo nada más. En cambio, sus ojos no se apartaban de Nagi, buscando una explicación que todavía no estaba seguro de querer escuchar.

—¿Y qué quieres decirme aquí, Nagi? —su tono era desafiante, pero también había algo vulnerable debajo.

Nagi respiró hondo, preparado para todo.

—Quiero que hablemos.

Reo lo miró sorprendido, por el intento de Nagi, de que pudiesen hacer frente a todo lo acontecido, incluso tanto tiempo después. Pero por un momento, la tensión en el aire se volvió casi insoportable.

—Pues habla —soltó Reo empezando a inspeccionar la habitación.

Nagi se le quedó mirando incapaz de articular palabra. Estaba tan decidido a sacarlo todo, pero ahora que estaban allí juntos, se había quedado en blanco.

Reo, impaciente, empezó a dar vueltas por la habitación, sus ojos recorriendo cada rincón con nerviosismo. Algo le llamó la atención. Parecía un trozo de papel tirado, estaba encima de una de las camas, sobresaliendo de debajo de la almohada. Reo se agachó y lo cogió, cuando se dio cuenta de lo que era.

—¿Esto? —dijo con una mezcla de sorpresa y confusión —. ¿De Rin?

Nagi miró fijamente, sin intervenir.

Reo lo sostuvo entre los dedos, y el silencio se volvió aún más pesado.

—¿Qué es? —preguntó después Nagi, tan inocente que a Reo se le subieron los colores.

—¡¿Cómo que qué es?! ¡Nagi! ¡Bobo! —subió la voz avergonzado de tener que decirlo en voz alta —. ¡Es un condón!

Reo se rió nerviosamente, mirando rápido a otro lado para ocultar el rojo que se extendía por sus mejillas.

—Ah… ya veo… —murmuró Nagi, con la voz un poco entrecortada.

Nagi se pasó una mano por la nuca, intentando controlar su propio sonrojo.

—Supongo que no espera que nadie entre aquí —dijo Reo, tratando de sonar casual, pero fallando estrepitosamente volviendo a dejarlo donde estaba —. Nosotros nos hemos colado.

Por un instante, la tensión entre ellos se transformó en un silencio incómodo, hasta que Reo tuvo que volver a cortarlo.

—Bueno… —empezó Reo, rascándose la cabeza—, ¿quieres… seguir con lo que vinimos a hablar? Antes de que esto se vuelva un desastre.

Nagi se quedó callado un momento, mirando hacía donde había quedado el condón , como si de repente estuviera más interesado en eso que en lo que habían venido a hablar.

—¿Por qué crees que lo habrá dejado ahí? —preguntó con tanta naturalidad, que provocó que el cuerpo de Reo, volviese a tensarse.

Reo se quedó con la boca semiabierta, sorprendido por la pregunta inesperada. Se quedó pensando, con sus ojos clavados en el envoltorio de plástico.

—Pues… —empezó, encogiéndose de hombros —. Supongo que Rin… está con alguien. O al menos, no está solo aquí. No sé, quizás alguien viene de visita…

La respuesta parecía sencilla, pero para Nagi no fue suficiente.

Nagi finalmente desvió la mirada y habló:

—¿Y tú? ¿Qué piensas? —preguntó.

—¿Yo? —repitió Reo, con un tono que intentaba sonar indiferente, pero que se le quebró un poco al final —. No sé. No es asunto mío lo que haga Rin… ¿Por qué me preguntas eso?

Nagi se encogió de hombros, sin levantar la vista de un punto inconcreto.

—Porque… no puedo dejar de pensar que tú y yo sí somos asunto el uno del otro. O al menos, lo éramos. Y... supongo que me da envidia que alguien esté compartiendo espacio, así de cerca...

Reo se quedó quieto, como si no esperara que Nagi soltara algo tan directo. El corazón le latía tan fuerte que podía escucharlo en sus oídos. Tragó saliva.

—Ya no estamos en el mismo equipo, Nagi. Tampoco en la misma habitación —mencionó, sin poder evitar el filo en su voz.

Nagi volvió a mirarle, y sus ojos eran dos manchas de niebla densa.

—Sí. Me mata.

Reo volvió a tragar saliva esta vez más duro.

La habitación de Rin, tan vacía y silenciosa, de pronto parecía cargada de electricidad. Los dos estaban a una distancia ridícula, y sin embargo parecía haber un abismo entre ellos.

Nagi dio un paso. Luego otro. No era rápido, ni agresivo, pero su sola presencia avanzando hacia él, tenía un peso que Reo sintió en el pecho. Se le encogió el estómago.

—Nagi… —advirtió, avanzando una mano entre ellos, como si eso fuera a detenerlo.

Pero Nagi no se detuvo. Su mirada estaba fija en la de Reo, sin titubear. No había prisa. Solo determinación.

—Quiero arreglar esto —dijo, suave.

Reo retrocedió un paso, y al estar distraído tropezó. Intentó mantenerse firme, pero el impulso lo venció y cayó hacia atrás, desplomándose con un golpe contra el futón.

—¡Tsk, joder! —soltó, medio incorporándose con una mano. Sentía su cara ardiéndole .

Nagi lo miró y se agachó.

—¿Estás bien? —preguntó, sin moverse.

—Sí, estoy bien, solo... me tropecé como un idiota delante tuyo. Genial —gruñó Reo, girando la cara hacia el techo, molesto consigo mismo y con la situación entera —. ¿Qué haces? —soltó en seco cuando sintió el peso sobre el futón cambiar.

Nagi se había movido sin hacer ruido, con el mismo sigilo con el que solía moverse en el campo. En un segundo estaba sobre él, una rodilla a cada lado, atrapándolo sin realmente tocarlo.

—Solo me estoy asegurando de que no te hayas hecho daño —dijo con voz grave, pero tranquila, los ojos fijos en los de Reo, ahora desde arriba.

Reo tragó saliva, incómodo. Pero no hizo ademán de empujarlo. Solo levantó un poco los hombros, entre nervioso y desconcertado.

—No pareces un médico —murmuró, con el pulso descontrolado totalmente.

—No... —contestó Nagi sin dejar de mirarlo.

Por un momento, el mundo se quedó suspendido entre ellos.

—Estás demasiado cerca —dijo Reo, casi en un susurro.

—Lo sé —respondió Nagi, sin moverse ni un centímetro. Su voz sonó más baja.

Y aunque Reo tenía todas las razones para empujarlo, para gritarle, para salir de ahí… no lo hizo. Porque en el fondo, en esa proximidad peligrosa y cargada, había algo que no quería admitir: que lo había estado esperando.

Nagi bajó un poco más el rostro, apenas lo suficiente para que su frente casi rozara la de Reo. Su mano, lenta, se movió hasta enredarse con suavidad en el pelo violeta.

—Tu pelo... —murmuró, pasándole los dedos con una ternura que contrastaba con la tensión contenida entre ambos —. Extrañaba como huele.

Reo cerró los ojos por un segundo, con el pecho subiendo y bajando más rápido de lo normal. El simple roce le encendió todos los nervios del cuerpo, como si Nagi supiera exactamente dónde tocar para dejarlo sin defensas.

—¿Tú… te das cuenta de lo que estás diciendo? —dijo con voz ronca, sin atreverse a abrir los ojos aún.

—Claro que sí —susurró Nagi, y sus dedos se quedaron quietos, apoyados contra su cuero cabelludo —. Lo pensé muchas veces. Cada vez que me acostaba solo, cada vez que te veía desde lejos...

Reo apretó los puños contra el futón. Podía sentir el peso del momento, el peso de todas las palabras no dichas. Y el cuerpo de Nagi, cálido, tranquilo, siempre cálido... pero ahora, por fin, sincero.

—No juegues conmigo, Nagi —dijo, sin abrir los ojos, con la voz medio temblorosa —. No lo soportaría otra vez.

—No estoy jugando —dijo Nagi.

Nagi no se movió de encima. Simplemente bajó la vista, dejándola caer sobre Reo. Su mano seguía en su pelo.

—Extrañaba esto... —susurró, cerrando los ojos por un segundo, mientras aspiraba profundamente—. Tu olor... Suena tonto, pero... me calmaba.

Reo tenía las manos tensas a los lados, sin saber si empujarlo o aferrarse a él.

—Nagi… —le llamó, casi como una advertencia —. No sabes lo que haces... —casi no le quedaba voz.

Poco a poco, Nagi apoyó la frente contra la de Reo, dejando que sus dedos rozaran con cuidado su mejilla.

—Volver a estar cerca ... se siente bien.

De repente, un ruido seco resonó afuera, como si alguien estuviese acercándose o hubiese alguien cerca.

Ambos se quedaron congelados, con los ojos muy abiertos.

—¿Qué fue eso? —preguntó Nagi.

—¡¿Cómo quieres que lo sepa?! ¿Probablemente Rin?

Nagi se quedó muy quieto, pero sin apartarse de encima de Reo.

Reo tragó saliva y le dio un pequeño empujón para separarlo.

—Tenemos que irnos de aquí, antes de que nos pillen.

Nagi se estiró perezoso y se acercó de nuevo a Reo, rozándole el brazo con un dedo.

—¿Sabes? Esto de huir juntos podría ser un buen plan...

Reo resopló, intentando mantener la seriedad, aunque una pequeña mueca a modo de diminuta sonrisa se le escapó.

—Eres imposible, Nagi.

Los dos salieron de la habitación casi en completo silencio.

—Oye, ¿y si vamos a hacer unos tiros?

Reo lo miró, entre confuso y alucinado por la propuesta.

—¿A estas horas? ¡Es demasiado tarde, Nagi!

Nagi se encogió de hombros.

—Justo por eso, Reo. Porque después de todo, solo estaremos nosotros y el balón. Sin nadie que nos moleste. Y no me quiero separar de ti, aún.

Reo parpadeó, sorprendido por la confesión. Por un segundo, la molestia en su voz se suavizó.

—¿No quieres separarte de mí? —musitó, casi sin creerlo.

—No.

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.

.

Cuando llegaron al campo de entrenamiento, la escena los dejó helados.

Allí estaban Rin e Isagi, practicando pases con una intensidad que cortaba el aire.

Nagi frunció el ceño y susurró:

—¿Qué hacen aquí a esta hora?

Reo, a su lado.

—Parece que tuvieron la misma idea.

Nagi suspiró, dejándose caer contra el costado de Reo.

—Reo, cargame —murmuró con voz perezosa —. Estoy agotado y no me apetece dar ni un paso más.

Reo ladeó su cabeza hacía él y lo miró.

—¡¿Qué?! ¡¿Ahora quieres que te lleve?!

Nagi asintió.

—Como antes….

Por supuesto. Antes era algo tan común, como coger oxigeno y respirar. Pero que ahora, después de todo, Nagi se lo hubiese vuelto a pedir, sonaba diferente.

Reo suspiró pero no dudó más. Con un movimiento se agachó un poco, dejó que Nagi se subiese a su espalda.

—¿Estás pesado, eh? —bromeó mientras comenzaba a caminar hacia su habitación.

Nagi se acurrucó, medio dormido.

—Calla, solo déjame descansar.

Cuando llegaron a la puerta del dormitorio de Reo, esta se abrió de repente y apareció Chigiri.

—¿Pero qué tenemos aquí? —dijo con tono divertido —. ¿Reo llevando a Nagi? ¿Desde cuándo vuelves a ser tan servicial?

Reo frunció el ceño y apretó a Nagi con más cuidado.

Nagi ni se inmutó.

Kunigami se les quedó mirando desde su posición.

Chigiri se encogió de hombros.

—Vale, vale, no os interrumpo más. Pero no me digáis que esto no es adorable. ¿Dormirá aquí? —inquirió divertido.

Reo suspiró y asintió, sin apartar la mirada de Nagi, que ya estaba casi dormido en su espalda.

—Sí… hoy dormirá aquí.

Con cuidado, se sentó en la cama y depositó a Nagi a su lado. Nagi se acurrucó perezoso.

Chigiri los observó un instante más y sonrió divertido.

—Vaya parejita.

Reo solo gruñó en respuesta, pero su mirada decía otra cosa: estaba en paz, aunque solo fuera por esta noche.