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Draco Malfoy y los vestigios de la magia antigua

Summary:

Draco Malfoy despierta de un coma mágico al terminar su segundo año en Hogwarts, recordando su vida pasada como Dylan Noir un universitario de nuestro mundo que vio las peliculas de Harry Potter.
Ahora con el conocimiento del futuro que le depara, si sigue el camino del Draco original. Buscara cambiar su destino y al mismo tiempo descubrir que es la extraña magia que ha despertado en su interior y como controlarla.

Notes:

Holaa.
Esta es mi primera historia. Me inspire en diferentes series como solo leveling, fairy tail, en animes isekai y en videojuegos como Hogwarts Legacy. (Por si ven referencias de ellos). Espero qué les guste. (^-^)

Chapter 1: capitulo 1

Chapter Text

Dylan Noir era un estudiante universitario brillante y meticuloso, siempre comprometido con sus proyectos y responsabilidades. Aquella noche, las luces de la biblioteca se apagaban lentamente mientras él recogía sus cosas, exhausto pero satisfecho por el progreso en su trabajo de tesis. El reloj marcaba las 2:13 a. m., y las calles de Londres se encontraban sumidas en ese silencio denso que sólo existe cuando el mundo duerme y los pensamientos se sienten más pesados.

Caminaba con el celular en la mano, revisando por enésima vez los mensajes que había enviado a Dina.
—Dina no ha contestado mis mensajes... ¿ya estará dormida?... —murmuró, intentando convencerse de que nada raro ocurría. Pero una inquietud se colaba entre sus palabras, como una sombra sin nombre.

La noche estaba húmeda y fría. El eco de sus pasos se mezclaba con el lejano rugido de un tren que cruzaba los rieles en algún punto lejano. Cada farola proyectaba una luz tenue que dibujaba figuras fantasmales entre los callejones. Era una noche como cualquier otra, y sin embargo, algo se sentía distinto. Como si el aire pesara más de lo habitual. Como si algo lo estuviera observando.

Dylan se detuvo un momento al escuchar un sonido tras él, apenas un roce, un susurro. Giró lentamente, pero no vio a nadie. Apretó el paso, buscando llegar cuanto antes a la estación más cercana.

Fue entonces cuando lo vio.

Una figura encapuchada emergió del cruce entre dos callejones estrechos, moviéndose con una extraña fluidez, como si flotara sobre el asfalto. El desconocido se detuvo a pocos metros, y Dylan pudo ver el brillo metálico en su mano: una daga de hoja negra y curva, tallada con símbolos que no reconocía.

—¡Al fin te he encontrado! No perteneces a este lugar. Debes morir... —susurraba el encapuchado con voz quebrada, como si cada palabra le desgarrara el alma.

Dylan retrocedió instintivamente, su respiración acelerándose al ritmo de su corazón.
—¿Qué…? ¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? —preguntó con voz temblorosa. Pero el hombre no respondió, solo repitió la misma frase, cada vez más fuerte, más desesperada.

Y entonces, el miedo lo impulsó a correr.

El estudiante huyó por las vacías calles, zigzagueando entre autos estacionados, buscando ventanas iluminadas, señales de vida, de ayuda. Pero todo estaba en silencio. El encapuchado lo seguía sin esfuerzo, como una sombra adherida a su destino, moviéndose más rápido de lo que parecía posible.

Dylan giró una esquina y se encontró en un callejón estrecho y oscuro, sin salida. Frenético, golpeó puertas cerradas, ventanas cubiertas por cortinas. Nada. Nadie. El encapuchado apareció al final del callejón, su figura oscura recortada contra la luz distante. Ya no caminaba: se deslizaba, como si el suelo no importara.

Comenzó un forcejeo brutal, caótico, desesperado. Dylan gritaba, golpeaba, pateaba. Pero el otro era más fuerte. Más determinado. La daga se alzó en el aire como un relámpago oscuro, y descendió con precisión letal.

Un chasquido húmedo. Un quejido. El filo se hundió en el pecho de Dylan.

El dolor fue absoluto. Como si le arrancaran algo más que carne. Se desplomó de rodillas, sus manos temblorosas intentando contener la sangre que fluía sin tregua. Sus ojos buscaron el rostro del atacante… y lo vio.

Una máscara parcial revelaba sólo los ojos. Uno dorado, como el sol al morir. El otro, rojo como una brasa viva. En ellos danzaba una mezcla de locura y ternura, de compasión distorsionada.

El extraño se arrodilló frente a él y acarició su mejilla con una suavidad casi amorosa.
—Tranquilo, cariño… Tu tormento ha llegado a su fin. Al fin regresarás a casa. Me costó tanto encontrarte… —murmuró, como si lamentara de verdad lo que acababa de hacer.

Dylan no entendía. ¿Regresar a casa? ¿Cuál casa? ¿Qué estaba diciendo?

Mientras el mundo a su alrededor se volvía borroso, su mente se llenaba de preguntas sin respuesta. Vio escenas de su vida pasar como un río agitado: la risa de Dina, los días de lluvia con su madre, los libros que tanto amaba. Todo se mezclaba con la sangre y el frío.

Sintió miedo. Pero también, una resignación incomprensible.

“¿Qué destino me aguarda?”, pensó, mientras la oscuridad lo envolvía como un manto eterno. “¿Hay un juicio? ¿Un infierno por ser quien soy? ¿Por amar a quien amo? ¿O será simplemente… la nada?”

Y en ese último momento, justo antes de que la oscuridad fuera total, una voz le susurró en lo más profundo de su mente. Una voz que no era la suya, ni la del asesino, sino algo más antiguo.
“Despierta, Dylan. El viaje apenas comienza.”

Su cuerpo quedó inerte, pero su alma… no.

 

Una luz blanca, pura y cegadora, fue lo primero que sintió al abrir los ojos. Como si el mismo cielo se hubiese derramado sobre él. Parpadeó lentamente, y cada parpadeo era como regresar de entre las ruinas de un mundo olvidado. Su respiración era leve, casi imperceptible, como si el mero acto de existir le costara esfuerzo. Un techo blanco y liso lo recibió, silencioso. El olor a hierbas y pociones flotaba en el aire, mezclado con algo más... algo estancado, como la tristeza prolongada.

Estaba en una cama, en lo que claramente era una sala de San Mungo. Las paredes estaban impolutas, silenciosas y ajenas a todo menos al presente. Pero su alma… su alma parecía suspendida en el pasado.

Un vacío helado se aferraba a su pecho. Entonces, como una corriente oscura que lo arrastraba hacia lo más profundo de sí mismo, los recuerdos regresaron. No solo de lo que ocurrió en el tren—el mareo repentino, el vértigo, la caída—sino de otra vida.

Una vida que no pertenecía a este mundo.

—Dylan Noir… —susurró, su voz apenas un soplo en la habitación.

Recordó calles de concreto mojado, el sabor de una cerveza compartida entre risas sinceras, los murmullos de una biblioteca a medianoche. Recordó a Dina, a su círculo de amigos, la rutina universitaria… y por encima de todo, el horror.

El frío.
La daga.
La sangre caliente derramándose sobre sus manos.
Los ojos dorado y rojo del encapuchado, brillando como si hubieran contemplado el infierno mismo.

Un temblor involuntario recorrió su cuerpo. Se llevó una mano al pecho, buscando una herida que no estaba allí. Todo había sido real. Había muerto.

Y sin embargo… aquí estaba. Vivo. Pero no como Dylan.
Era Draco Malfoy.

La idea lo sacudió por completo. Draco. El antagonista mimado, arrogante, el chico rubio de las películas que Dylan había visto años atrás con sus amigos durante un maratón navideño. Nunca fue fanático de Harry Potter, pero sí recordaba lo esencial. Hogwarts, el Sombrero Seleccionador, el trío dorado, Voldemort…

Y Draco.
Un personaje con un destino trazado en sombras. Un niño moldeado por la sangre pura y el peso de un apellido. ¿Cómo era posible que ahora fuera él?

—¿Puedo cambiar lo que está escrito…? —pensó, con la garganta apretada.

El sonido de la puerta abriéndose lo arrancó de su espiral mental. Dos enfermeras entraron con paso cauteloso, pero al verlo despierto, se detuvieron en seco, boquiabiertas.

—¡Señor Malfoy! ¡Está consciente! —exclamó una de ellas, acercándose de inmediato para revisar sus signos vitales con su varita.

—Estuviste en coma un mes completo —explicó la otra con voz suave—. Tu núcleo mágico estuvo a punto de colapsar. No entendemos por qué, pero… algo dentro de ti se desestabilizó profundamente. Hemos hecho todo lo posible para que no se deshiciera.

Dylan—no, Draco—asintió con dificultad. ¿Cómo podía explicar lo que había vivido sin que lo creyeran loco? ¿Cómo decirles que su alma no era del todo suya?

El corazón le dio un vuelco cuando la puerta se abrió una vez más, revelando dos figuras altas y elegantes. Lucius Malfoy y Narcisa Malfoy. Sus padres.

Físicamente, eran justo como los recordaba de las películas: Lucius imponente, frío, con el rostro tallado en mármol y una melena plateada impecable. Narcissa, en cambio, irradiaba una belleza etérea, con ojos intensos que ocultaban un torbellino de emociones.

—Draco, mi querido dragón… —susurró Narcissa, precipitándose hacia él y envolviéndolo con un abrazo tan cálido que Dylan no supo cómo reaccionar. Su voz temblaba, mezclando alivio, miedo y un amor profundo que no esperaba.

Lucius, tras una pausa, le colocó una mano firme en el hombro.
—Nos diste un buen susto —dijo, y aunque su tono era sereno, había un matiz genuino de preocupación en sus ojos.

Mientras Lucius comenzaba a hablar con las enfermeras, Narcissa seguía mirándolo. Dylan—Draco—intentaba mantener la compostura, pero todo en su interior era un torbellino. Se sentía como un intruso en su propio cuerpo. ¿Era este su hogar ahora? ¿Debía comportarse como Draco? ¿Volver a Hogwarts? ¿Fingir que no recordaba a Dylan?

—Dragón… —lo llamó Narcisa con ternura. Él alzó la vista y la encontró observándolo con ojos vidriosos—. Estaremos afuera. El sanador en jefe quiere hablar con nosotros. No te preocupes, volveremos pronto. Descansa, no vamos a dejarte.

Él asintió, sin palabras. Solo pudo mirar cómo salían de la habitación.

El silencio volvió. Y con él, la opresión.

Se recostó con lentitud, sintiéndose tan frágil como si su alma estuviera hecha de cristal. Cerró los ojos, y el peso de dos vidas enteras amenazó con quebrarlo. Recordaba la muerte. Recordaba el miedo. Y ahora, debía recordar cómo vivir de nuevo… en una vida que no pidió.

Mientras el sueño lo vencía de nuevo, una última pregunta se aferró a su mente, con la intensidad de una profecía:

“Si he renacido en el villano… ¿tendré la oportunidad de convertirme en algo más?”