Work Text:
La música estaba muy alta.
Demasiado para alguien como él.
Las luces del vestíbulo habían sido apagadas, sustituidas por tonos carmesí, burdeos y dorado. Angel había insistido en celebrar el "aniversario del hotel", aunque nadie tuviera claro exactamente qué se celebraba. Charlie había aceptado. Como siempre. Porque ella necesitaba creer que el progreso podía vestirse de fiesta.
Alastor no estaba incómodo. No del todo.
Estaba de pie, con una copa en la mano —vacía, desde hacía rato—, observando desde un rincón como quien vigila su propia sombra. Sonreía. Naturalmente. Nadie habría sospechado nada.
Pero la sonrisa no le tocaba los ojos.
Charlie estaba en el centro del salón, girando entre los invitados, ligera, brillante, con la energía de quien aún cree que un gesto puede cambiar a alguien. Y por supuesto, no estaba sola.
Seviathan había venido.
No invitado, claro. Pero nadie había logrado expulsarlo. Su presencia era un enigma, pero su rostro... ese rostro no mentía. Sonreía solo cuando hablaba con ella. Y cuando lo hacía, bajaba la cabeza ligeramente. Como si compartiera secretos. Como si aún tuviera derecho a hacerlo.
Y Charlie reía.
No una risa impostada. Una real. Una de esas que Alastor no le oía desde hacía semanas.
Él bajó la mirada a su copa vacía.
No era celos. No exactamente.
Era otra cosa. Más antigua. Más fría.
La sensación de que alguien estaba escuchando una canción que él aún no sabía cómo cantar.
—¿Lo vas a matar? —preguntó Husk a su lado, medio borracho.
Alastor no respondió.
—Porque si vas a hacerlo, al menos esperá a que termine el postre —agregó el gato, y se fue.
La música cambió. Algo más lento. Más íntimo. Las luces bajaron apenas. Y entonces pasó: Seviathan tomó la mano de Charlie. Ella no se resistió. Rió. Negó con la cabeza. Pero dejó que la guiara unos pasos hacia el centro del salón.
Y bailaron.
Charlie no lo miraba con deseo. No lo tocaba con intención. Pero tampoco lo evitaba.
Alastor se quedó donde estaba. No se movió.
Su sombra, sin embargo, se encogió tras él, como un animal herido.
No fue hasta que la canción terminó —y Charlie se giró para buscarlo, sólo para no encontrarlo— que supo que lo había perdido de vista.
El pasillo estaba oscuro. La música, lejana.
Charlie caminaba con cuidado, como quien busca algo sin admitirlo.
Lo encontró en la biblioteca.
Por supuesto.
Sentado en el sofá, con el abrigo sobre las rodillas y el bastón apoyado junto a él. Las luces no estaban encendidas, pero una lámpara dejaba ver apenas su silueta. No hablaba. No se movía. Solo observaba el suelo.
Charlie se acercó, lenta.
—¿Estás bien?
Él levantó la mirada. Le sonrió. Esa sonrisa que usaba con todos, menos con ella.
—Estoy como siempre, mi querida —dijo.
—Eso no responde nada —susurró ella.
Silencio.
Charlie se sentó frente a él. Se quitó los zapatos. Cruzó las piernas. Lo miró directo, sin disfraz.
—No vine a explicarte lo que viste.
—No hace falta —dijo él—. Lo vi con bastante claridad.
Charlie no desvió la mirada. Ni él tampoco.
—No era para mí —dijo Alastor, por fin—. Lo sé. Siempre lo supe. Esa risa… esa forma de mirarlo. Lo que compartieron... alguna vez, al menos.
Charlie se tensó.
—Eso fue antes. Y se rompió. Yo lo rompí.
—¿Y por qué duele verlo intacto con él?
Charlie no respondió.
Alastor apoyó los codos en las rodillas. Se inclinó hacia adelante. Su voz, cuando habló, fue tan baja que apenas la escuchó.
—Lo que me ofende no es que alguien más te haga reír. Es que esa risa nunca me ha pertenecido.
Ella sintió cómo se le cerraba el pecho.
—¿Y tú qué crees que ha sido todo esto, entonces?
—Una tregua —dijo él—. Una delicada tregua entre un monstruo que no sabe amar, y una princesa que no sabe dejar de hacerlo.
—Una tregua —repitió Charlie.
No era una pregunta. Era una confirmación amarga. Como quien escucha algo que ya sabía, pero no quería poner en palabras.
Alastor no la miraba. Fijaba los ojos en el suelo, como si hablara consigo mismo. Como si fuera más fácil decirlo así.
—No quise verte bailar con él —continuó—. No por él. Sino porque entendí, en ese momento, que no sé si tengo lugar en el mundo que te mereces.
Charlie respiró hondo.
—No me importa ese mundo —dijo—. Me importas tú.
Él rió. Muy bajo. Una risa hueca, sin esa vibración eléctrica que lo caracterizaba.
—Eso dices ahora. En la calma. Pero cuando llegue el caos, ¿seguirás buscándome?
Ella se inclinó hacia adelante.
—No te das cuenta, ¿verdad? El caos eres tú. Y aún así me quedo.
Alastor parpadeó.
Charlie cruzó la distancia entre ellos. No rápido. No con torpeza. Se arrodilló frente a él, puso sus manos sobre sus rodillas, y lo obligó a mirarla.
—¿Quieres saber por qué me reí con Seviathan? —preguntó—. Porque no me dolía. Porque no esperaba nada. Porque él ya es un recuerdo muerto.
Pausa.
—¿Y contigo?
Sus dedos subieron, lentos, hasta la línea de su mandíbula.
—Contigo me río menos… porque todo me importa más.
Él cerró los ojos.
No por vergüenza.
Por miedo.
A creérselo.
—Charlie —dijo, y su voz era apenas un susurro áspero—. No soy bueno para ti.
Ella acarició su mejilla. El primer contacto real en horas. En días. En semanas. Alastor tembló.
—Entonces sé lo que puedas —susurró ella—. Pero sé conmigo .
Él abrió los ojos.
—¿Y si no puedo darte más que esto?
Charlie se inclinó, y con el pulgar sobre su boca, lo calló suavemente.
—Entonces dame esto . Pero sin mentiras. Sin máscaras.
Y fue ella quien lo besó primero.
No fue un beso contenido.
Fue una rendición mutua.
Él no respondió de inmediato. No por desinterés. Sino porque su cuerpo tardó en creer que el momento era real. Pero cuando la besó de vuelta, lo hizo con hambre. Con urgencia. Con esa necesidad que se había disfrazado durante tanto tiempo de ironía y evasión.
Sus manos agarraron su vestido en un puño, firmes. Las de ella a su cuello, sin miedo.
El beso no era perfecto. Pero era completo.
Cuando se separaron, ambos respiraban como si hubieran escapado de algo.
Y tal vez lo habían hecho.
Charlie apoyó la frente contra la de él.
—No quiero volver a fingir que no me ves.
Alastor la abrazó. Entero. Sin reservas.
—Y yo no quiero seguir fingiendo que no me ardes.
Afuera, la música seguía. Pero el salón estaba vacío.
Porque lo importante estaba aquí. En la biblioteca. Donde por fin, la tregua había terminado.
