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Habían estado en un profundo silencio porque, vamos, así eran sus citas. Se reunían a una hora específica y cuidadosamente planeada, en algún punto que sólo ellos conocían, y se marchaban tomados de la mano a algún espacio no tan concurrido para poder disfrutarse en soledad. Sólo ellos y los libros que ambos habían conseguido en sus ratos libres. A veces alguno leía un fragmento que había llamado particularmente su atención, muchas otras sólo mantenían el cómodo silencio. Pero ese día había una ligera tensión en el aire.
Atsushi la sintió cuando no pudo concentrarse en su libro por mucho que lo intentó, mirando de reojo a Akutagawa esperando que él también pudiera sentirla, pero si lo hizo, lo ocultó de forma magistral. Así que Atsushi no tuvo de otra que cerrar su libro y recostarse en las piernas estiradas del pelinegro.
— ¿Qué sucede? — dijo el mayor con su usual tono plano, pero llevando una de sus manos al rebelde mechón de su pareja para jugar con él entre sus dedos.
— Nada. — respondió Atsushi, incapaz de explicar su incomodidad. — ¿Es interesante lo que lees?
— Sí.
No recibió más que ese escueto monosílabo, y el menor no pidió más aunque lo necesitara. Se acomodó mejor y cerró los ojos, descansando con su espalda recargada en el regazo de Akutagawa y soltando un suspiro suave. El aire soplaba con suavidad, y estaba seguro que habría jugado con su cabello si es que su pareja no se encontrara posesivamente jugando ya con él. Después de un rato abrió los ojos y miró la hierba moverse al compás del viento. De un lado al otro... con suavidad... en una danza que se le antojó hipnótica de ver. Después de un momento se levantó.
— ¿Qué sucede? — volvió a preguntar Akutagawa.
— ¿Cuánto tiempo llevamos saliendo?
— No lo sé, quizá un par de años.
"Quizá un par de años" pensó el peliblanco mientras acariciaba la hierba con sus dedos. Él tenía un poco más claro las fechas. Lo había conocido justo recién entró a la agencia, hacía seis años, entre sus peleas y jaloneos de orgullo, no pudieron tener una conversación sin querer golpearse hasta después de dos años. Y empezaron a salir justo al año siguiente. Tres años ya desde que ambos salían juntos. Aunque JAMÁS definieron la naturaleza de sus salidas.
Bueno, tampoco es como si hubiera que hacerlo. Perderse mutuamente los llevó a notar la importancia del otro en sus vidas, y esas salidas sólo eran la búsqueda por sentirse más cerca, en compensación de aquella temporada en la que ninguno pensó que podrían recuperarse. Que la soledad era inminente. Que jamás volverían a verse. Pero ahí estaban, juntos, en silencio.
El sonido de un libro cerrarse con fuerza y dramatismo llamó la atención de Atsushi, quien se encontró con la mirada grisácea de Akutagawa. Y sonrió. Porque hubo un tiempo en el que su mirada fue oscura como la celda del orfanato, pero ahora le recordaba a un cielo gris que anunciaba una tormenta.
— ¿Qué sucede?
— ¿Te das cuenta que has preguntado lo mismo tres veces?
— Y tú sigues actuando raro.
Akutagawa vio al contrario bajar la vista y mirar alrededor sin un propósito aparente. No había curiosidad en su mirada, ni tristeza, o miedo, o ansiedad. De forma algo incomprensible Atsushi parecía... feliz. ¿Feliz de ver el hierba? Entonces Atushi se inclinó y cortó con sus dedos una brizna de hierba, jugando con ella entre sus dedos como él lo había hecho con su mechón de cabello. Estaba a punto de creer que se encontraba drogado de alguna forma cuando sus ojos bicolores lo miraron con una luz tan brillante que lo dejó congelado.
— Dame tu mano. — pidió.
Pero no lo hizo, así que el peliblanco se volvió a inclinar para tomar su mano izquierda y anudar la brizna en su dedo anular. Si antes lo había dejado frío ahora sentía que sus mejillas ardían al rojo vivo. Ni los golpes de Dazai le habían dado esa sensación.
— No sé por qué, pero tuve la sensación de que era hora de hacerlo. — dijo Atushi igualmente sonrojado. — Me... me gustaría poder leer a tu lado el resto de mi vida.
Akutagawa aspiró un poco de aire, pues había dejado de respirar en algún momento. Aún sin saber qué decir fue que llevó su diestra a la mejilla de su pareja y la jaló con fuerza, ganándose un quejido de Atsushi.
— ¡OYE!
— Soy yo quien debería pedirte eso. — le reprochó con la voz ronca.
— ¡Habría envejecido esperando! — le contestó molesto.
Akutagawa iba a responder con un gruñido. O quizá iba a gritar, Atsushi no estaba seguro. Sólo lo vio fruncir el ceño y tomar aire como cuando gritaba ese apodo que le había puesto desde que se conocieron. Pero en lugar de explotar... guardó silencio. Desviando la mirada de forma incómoda antes de suspirar con fuerza y meter su mano al bolsillo interior de su gabardina. Y ante la mirada atónita de Atsushi lo vio sacar una cajita de terciopelo negro. Ahora fue Atsushi quien ahogó una exhalación que contuvo con sus manos sobre la boca.
— Akutagawa. — dijo con la voz temblorosa.
— Yo... quería probarlo en tu dedo mientras dormías, pero siempre soy yo quien se duerme primero cuando estoy a tu lado.
— ¡Akutagawa! — exclamó aun más conmovido.
— ¡Tómalo! — exclamó con un gruñido.
Atsushi tomó la cajita con las manos temblorosas y la abrió con cuidado. Era un anillo de oro blanco con una topacio amarillo que se obscurecía en tonos lila en los bordes. Era claro que lo eligió por el color de sus ojos. Y sin poderlo evitar Atsushi llevó el anillo a su pecho para abrazarlo presa de un montón de sentimientos. Su llanto alertó a Akutagawa, pero la sonrisa en su rostro lo tranquilizó de alguna forma.
— Akutagawa... es hermoso. — dijo mirándolo con las lágrimas corriendo por sus mejillas. — ¿Puedes ponermelo?
Akutagawa se acercó más a él y tomó el anillo de su caja, poniéndolo sobre su dedo anular con cuidado. Cuando lo soltó, la piedra se inclinó hacia un lado demostrando lo grande que estaba para el dedo de Atsushi. El menor soltó una risa nerviosa y el contrario un sonido de molestia.
— Te dije que quería probarlo antes.
— No te preocupes por eso. — respondió el detective con una risa. — Podemos ir juntos a arreglarlo, Ryuunosuke.
El escuchar su nombre de voz del albino le arrancó un latido a su corazón. Levantó los ojos para verlo con sorpresa y Atsushi le sonrió aun más feliz. Con la mano que tenía aún el enorme anillo le acarició su mejilla y se acercó para depositarle un beso sobre sus tensos labios.
— Ya no puedo llamarte Akutagawa, ¿no? Ya que nos confundiremos cuando ambos tengamos el mismo apellido.
Fiel a su poco contacto con sus emociones, Akutagawa soltó un resoplido que quiso hacer pasar por una risa y se inclinó más para profundizar un poco el beso.
— No pienses que te llamaré de otra forma, Jinko.
— No lo esperaba. — dijo para molestia de Akutagawa. — Pero... ¿podrías decirlo a veces? Puede ser cuando sólo estemos los dos... o cuando estés increible e irremediablemente feliz a mi lado.
El pelinegro volvió a besarlo con cuidado en los labios, después en su mejilla, y llevó sus labios al oído del menor.
— Te amo, Atsushi.
El peliblanco no pudo contenerse más y se arrojó a los brazos de Akutagawa, llevándolos a los dos al suelo en un fuerte abrazo.
— ¡Te amo, Ryuu!
