Chapter Text
El aula de Transformaciones estaba iluminada por la luz tenue de la mañana que se filtraba a través de los vitrales, proyectando tenues reflejos sobre las paredes forradas con estanterías repletas de libros encuadernados. La profesora Minerva McGonagall, con su característico porte severo pero justo, explicaba la magia detrás de los animagos, escribiendo mágicamente sobre la pizarra. En ese instante, se escuchó un fuerte estruendo que quebró el solemne silencio: un golpe seco contra la puerta de roble macizo, seguido de murmullos apresurados y el sonido de capas levantandose del piso de piedra.
El eco del portazo se disipó cuando la puerta se abrió de par en par y, por ella, se precipitaron Envy, Mérula e Ismelda, visiblemente desconcertadas. Los tres cuerpos tropezaron al mismo tiempo contra el umbral, haciendo crujir las cornisas de las puertas. Envy, con el ceño fruncido y las mejillas levemente sonrosadas por el apuro, forcejeó para no perder el equilibrio; Mérula, con una mueca entre divertida y desafiante, se enderezó primero, alisándose la túnica mientras soltaba una risa contenida. Ismelda, por su parte, palideció un instante: las manecillas de su reloj marcaban varios minutos después de la hora, y supo, en ese instante, que había llegado demasiado tarde.
La profesora McGonagall alzó una ceja con gesto frío, pero su voz resonó firme en el aula. — Señoritas Skuller, Snyde y Murk, me temo que la clase comenzó hace varios minutos. Espero que tengan una explicación convincente para su tardanza. —
La mirada de McGonagall, lo suficientemente gélida como para helar la sangre, recorrió a las tres jóvenes.
Envy, consciente de que sólo le restaba sinceridad, respiró hondo. — Lo siento, profesora, el retrato del caballero desconocido del tercer piso tardó más de lo esperado en dejarnos pasar.— Mérula rodó los ojos, pero asintió, mientras Ismelda bajaba la cabeza, intentando recomponerse.
Desde el fondo del aula, algunos alumnos intercambiaron sonrisas cómplices; el ambiente, antes cargado de concentración, ahora vibraba con la tensión que surge cuando uno irrumpe intempestivamente en un momento solemne.
Con un gesto sumiso, McGonagall asintió. —Muy bien. Adelántense, tomen asiento de inmediato y concentrémonos en terminar la demostración. Pero, por favor, procuren no volver a llegar así.—
Así, mientras las tres ocupaban sus lugares, los ojos de todos, incluidos los de McGonagall, escrutaban sus rostros. En ellos se adivinaban rasgos de nerviosismo, desafío y, en el caso de Ismelda, una ligera vergüenza que apenas podía ocultar. Con un suspiro, la profesora retomó la explicación, y el murmullo de las páginas al pasar volvió a llenar el aula.
El salón de Transformaciones estaba completamente lleno. Cada escritorio ya albergaba dos alumnos, hombro con hombro, algunos compartiendo miradas nerviosas mientras intentaban seguir la compleja lección de McGonagall. El murmullo que había estallado con la entrada de las tres chicas se fue apagando poco a poco, pero no sin que varias cabezas se giraran para observarlas con curiosidad.
Al fondo del aula, junto a una de las ventanas altas, había un escritorio doble desocupado. Era el único sitio libre, como si el destino —o quizás una premeditada omisión— lo hubiera reservado para ellas.
Envy lo vio primero. Su mirada se cruzó con la de Mérula y, en ese breve segundo, sin necesidad de palabras, ambas compartieron la misma decisión. Una sonrisa sesgada se dibujó en el rostro de Mérula justo cuando Envy dio el primer paso, y sin decir nada más, salieron disparadas hacia el fondo del aula, sus capas ondeando tras ellas.
Ismelda parpadeó, descolocada. Aún intentaba recomponer su bufanda de Slytherin cuando notó que la habían dejado atrás. Miró con desconcierto cómo sus amigas se lanzaban casi al mismo tiempo sobre los asientos, soltando una pequeña carcajada mientras se acomodaban con descaro.
—¿En serio? —murmuró Ismelda para sí, entre molesta y resignada, mientras avanzaba sola entre los escritorios ocupados. Varios alumnos la observaron con esa mezcla de lástima y diversión que sólo los adolescentes sabían administrar con precisión.
Desde su lugar al frente, McGonagall observó la escena con su habitual severidad, los labios apretados en una línea que no prometía clemencia. Su mirada se posó brevemente en el único escritorio con un espacio libre: uno hacia la mitad del aula, donde Talbott Winger, con expresión neutra y postura erguida, trabajaba solo, su atención aparentemente fija en el diagrama flotante que la profesora había conjurado minutos antes.
—Señorita Murk—dijo McGonagall, su voz firme cortando el aire—. Dado que sus compañeras ya ocuparon el último escritorio disponible, deberá sentarse con el joven Winger.
Ismelda se detuvo en seco, la cara se le tensó como si le hubieran lanzado un balde de agua fría. Varios alumnos intercambiaron miradas contenidas y uno que otro murmullo mal disimulado se escapó de los labios curiosos. Envy, desde el fondo, soltó una risita ahogada y le dio un codazo a Mérula, quien murmuró algo entre dientes que sólo su amiga alcanzó a oír.
Talbott alzó brevemente la vista hacia la profesora y luego hacia Ismelda, con una expresión que parecía pedirle al universo no tener que interactuar. Su rostro no mostró sorpresa, sólo resignación.
—¿Con él...? —murmuró Ismelda, sin atreverse a completar la frase.
—¿Acaso hay algún inconveniente, señorita Murk? —inquirió McGonagall, alzando apenas una ceja.
—Ninguno, profesora —respondió Ismelda en voz baja, tragando el fastidio.
A paso lento, avanzó hacia el escritorio de Talbott. Cada paso se le hizo más pesado que el anterior. Sabía perfectamente lo que Envy y Mérula pensaban de él —arisco, raro, que olía a animal— y no era ningún secreto que también ella había contribuido a esas burlas. Ahora tenía que sentarse justo a su lado, en la vista de toda la clase, como una penitencia pública.
Se dejó caer en la silla sin mirar a Talbott, sacó su pluma con torpeza y se quedó mirando el pergamino sin escribir. Por el rabillo del ojo, Talbott se acomodó ligeramente hacia el otro extremo del banco, sin decir una palabra. El aire entre ellos era tenso, gélido, incómodo.
Desde el fondo del aula, donde el sol apenas alcanzaba a colarse por los vitrales polvorientos, Envy y Mérula ya se habían acomodado en su escritorio compartido. A simple vista parecían prestar atención, los codos apoyados sobre el pergamino abierto y la varita entre los dedos. Pero apenas McGonagall ordenó a Ismelda sentarse junto a Talbott Winger, una ráfaga de cuchicheos brotó entre ellas como un hechizo mal lanzado.
—¿Con Winger? —susurró Envy, inclinándose hacia Mérula, con los ojos brillando de burla contenida—. Pobre Ismelda, va a terminar oliendo a jaula de lechuza todo el día.
Mérula se tapó la boca con la mano, disimulando una risa.
—Imagínate que te toque escucharle hablar de pájaros y poesía toda la clase —murmuró con malicia—. Yo me lanzaría por la ventana antes de sentarme con él.
Envy bufó entre dientes, conteniendo una carcajada mientras miraba de reojo la escena. Ismelda, rígida como una estatua, se deslizaba en su asiento junto a Winger con la expresión de quien preferiría estar en Azkaban. Se llevó una mano dramáticamente al estómago y fingió arcadas silenciosas, doblándose hacia el pergamino con los ojos cerrados como si estuviera a punto de vomitar.
—Puaj... qué asco... —susurró exagerando el gesto, lo justo para que Mérula lo viera pero sin llamar la atención de McGonagall.
Mérula soltó una risa sofocada, apretándose los labios mientras sacudía ligeramente los hombros. Envy se reincorporó con una sonrisa burlona, murmurando apenas:
—Imagínate oler el hedor de Winger a plumas mojadas TODA LA CLASE… seguro ya le están saliendo ronchas a Ismelda.
—O pulgas—agregó Mérula, sin contener del todo la risa.
Ambas volvieron a fingir tomar apuntes cuando McGonagall pasó la mirada sobre ellas, pero seguían cuchicheando detrás de sus plumas, con el mismo tono mordaz de siempre. Para ellas, compartir escritorio con Talbott Winger —el reservado, el extraño, el que prefería la compañía de aves antes que la de humanos— no sólo era un castigo: era una humillación.
Mientras McGonagall retomaba la clase con toda la paciencia propia de los años, la atención de Envy estaba en cualquier parte menos en la teoría o lo que sea que estaba explicando la profesora. Sacó un trozo de pergamino arrugado de su mochila, alisándolo con una mano mientras con la otra sostenía la pluma con una expresión de divertida malicia en el rostro.
Se inclinó un poco, cubriéndose con el brazo para que la profesora no la viera, y escribió rápidamente unas palabras que destilaban burla. La tinta aún estaba fresca cuando Envy soltó una risa por lo bajo, dobló el pergamino con precisión, lo apretó con los dedos y luego, tras un leve movimiento de varita y un susurro apenas audible, lo encantó para que flotara en el aire.
El pequeño proyectil de papel zigzagueó silenciosamente por el aula, deslizándose entre las cabezas concentradas de los alumnos, hasta detenerse justo frente a Ismelda, que intentaba no mirar a Talbott ni respirar el mismo aire.
El pergamino flotó ante sus ojos con una lentitud provocadora, moviéndose apenas como si esperara que lo abriera de inmediato. Ismelda parpadeó, desconcertada al principio, luego frunció el ceño. Sabía perfectamente de dónde venía. Con una mezcla de recelo y resignación, lo atrapó en el aire antes de que McGonagall lo notara, y lo desenvolvió con las yemas de los dedos, como si sostuviera algo tóxico.
Adentro, en letras claras y burlonas, se leía:
"¿Quién es tu novio, Ismelda?"
Ismelda sintió cómo se le calentaban las mejillas al instante. Apretó los labios y arrugó el pergamino con un solo gesto, quemándolo con un movimiento de su varita. No volteó a ver a Envy ni a Mérula, aunque las carcajadas mal contenidas detrás de ella eran imposible de ignorar.
Talbott, sin girar la cabeza, parecía ajeno a todo… o tal vez simplemente fingía que no lo había notado. Como siempre.
El sonido de la campana resonó por los pasillos de Hogwarts, marcando el fin de la clase. Varios alumnos comenzaron a guardar sus cosas apresurados, el murmullo creciendo conforme las sillas se arrastraban por el suelo de piedra. McGonagall apenas levantó la voz para recordarles la tarea, pero la mayoría ya se levantaba con prisa, no paso mucho tiempo antes de que ella se fuera del salón.
Ismelda, aún sentada junto a Talbott Winger, recogía sus cosas con movimientos tensos y mecánicos. No había dicho una sola palabra durante toda la clase. A su lado, Talbott cerró su libro con calma, ajeno —o indiferente— a la incomodidad flotando en el aire.
Pero antes de que alguno pudiera moverse, dos figuras de túnica verde esmeralda se acercaron con paso deliberadamente casual.
—Mira nada más, todavía juntos —dijo Mérula, con una sonrisa serpenteante, colocándose al lado de Winger, lo suficientemente cerca como para cortar cualquier intento de levantarse. Apoyó una mano en el respaldo de su silla y lo miró de reojo.
Talbott la miró brevemente, sin expresión, y luego volvió la vista al frente como si ella no estuviera.
—¿No se ven adorables? —añadió Envy, mientras, sin pedir permiso, se sentaba sobre el escritorio frente a ellos, cruzando las piernas con elegancia perezosa y balanceando un pie en el aire.
El gesto fue descarado, posesivo, como si ese escritorio les perteneciera por derecho. Desde arriba, Envy miró a Ismelda con diversión venenosa y luego a Talbott, ladeando la cabeza como si lo estuviera examinando bajo una lente.
—¿Y entonces, Winger? ¿Qué tal la convivencia? ¿Le contagiaste algo a Ismelda o ya eres normal?.
—Talbott no respondió. Se limitó a cerrar su estuche de pluma con calma, como si nada de lo que decían mereciera su atención. Pero su mandíbula estaba tensa.
Ismelda, por su parte, metió sus cosas sin cuidado a su mochila y se levantó, evitando mirar a Envy o Mérula. Había soportado toda la clase sintiendo las miradas quemándole la nuca. —Ya vámonos...—
—Vamos, Ismelda —dijo Mérula sin moverse del sitio—. ¿No vas a contarnos nada? ¿O ya es tu novio y no quieres que lo espantemos?
Envy lo observó desde su posición privilegiada sobre el escritorio, los labios curvados en una sonrisa juguetona pero claramente maliciosa. Talbott seguía recogiendo sus cosas con una calma casi ensayada, sin levantar la vista ni responder a las provocaciones. Su silencio sólo parecía animarla más.
—Vaya, Winger… —dijo Envy, inclinándose hacia él—. ¿Siempre fuiste tan serio o eso también lo ganaste en vacaciones?
Antes de que Talbott pudiera apartarse, Envy estiró la mano y le revolvió el cabello con fuerza, desordenándole los mechones castaños con un movimiento burlón.
—¡Míralo! Si hasta parece más alto —soltó, exagerando la sorpresa con tono teatral—. Qué cambio, ¿eh? El chico tímido del año pasado ahora tiene mandíbula y todo.
Mérula soltó una risilla baja, aún apostada al lado del asiento de Talbott, bloqueando su salida.
—A este paso te van a empezar a mandar lechuzas de amor, Winger —añadió con sorna, cruzándose de brazos.
Talbott frunció levemente el ceño, alisándose el cabello sin decir una sola palabra, aunque era evidente que el gesto de Envy lo había molestado. No respondió, ni siquiera miró directamente a ninguna de las dos, como si ignorarlas fuera su escudo.
Ismelda, que hasta entonces había permanecido en silencio, decidió unirse al juego, aunque con un tono más frío y calculador. Con un movimiento rápido y discreto, tomó el diario personal de Talbott, que él había dejado semiabierto sobre el escritorio, y se alejó unos pasos para asegurarse de que él no pudiera recuperarlo.
Abrió una página al azar y, con voz clara y un dejo de burla, comenzó a leer en voz alta un poema que Talbott había escrito. Las palabras, cargadas de una sensibilidad inesperada y una melancolía profunda, resonaron en el aula silenciosa por un instante.
—"En alas de viento me escapo,
tras la sombra que nunca atrapo,
silencio y cielo, libertad,
en mi pecho, soledad."—
Envy y Mérula no tardaron en reírse, entre divertidas y maliciosas, mientras Ismelda alzaba la voz cada vez más, exhibiendo sin pudor la vulnerabilidad del muchacho.
Talbott frunció el ceño, sus manos temblaron levemente al intentar acercarse, pero Ismelda retrocedió un poco más, manteniendo el diario fuera de su alcance. La expresión de Talbott se volvió tensa, mezclando frustración y vergüenza.
—¿De verdad van a seguir con esto? —murmuró Talbott, con voz baja pero firme, sin apartar la mirada de Ismelda.
Ella soltó una sonrisa irónica, como si disfrutara del momento y al mismo tiempo quisiera ponerlo a prueba.
—¿Y qué? ¿No se supone que deberíamos conocernos mejor? —replicó, sin dejar de leer una estrofa más, mientras Envy y Mérula seguían riendo a carcajadas, disfrutando de la escena.
Talbott no pudo soportarlo más. Con un movimiento rápido y decidido, extendió la mano para recuperar su cuaderno de las manos de Ismelda, pero ella fue aún más rápida. Con un destello de picardía en los ojos, le lanzó el cuaderno directamente a Envy, que lo atrapó sin dificultad.
—¡Corre, Envy! —exclamó Ismelda con una sonrisa burlona.
Sin dudarlo, Envy se levantó de un salto, el cuaderno apretado contra su pecho, y salió corriendo del aula, dejando tras de sí un eco de risas y susurros sorprendidos.
Talbott no perdió ni un segundo. Sin pensarlo, salió disparado tras Envy, quien corría veloz por los largos pasillos de Hogwarts, zigzagueando entre grupos de alumnos y esquivando charcos de agua que reflejaban la luz tenue de las antorchas. Ignoró las miradas confundidas de los estudiantes que apenas se apartaban a tiempo; sólo tenía un objetivo: recuperar su cuaderno. Ese cuaderno no era solo papel y tinta. Era suyo. Era íntimo.
Del otro lado, Envy corría con agilidad, riendo entre jadeos mientras hojeaba al azar las páginas, arrancando algunas con dedos rápidos y guardándolas en los bolsillos internos de su túnica como si fueran trofeos. El viento le alborotaba el cabello y el aire fresco de las afueras del castillo la golpeaba en la cara, pero no se detenía. Esa persecución era un juego para ella. Un juego cruel, sí, pero emocionante.
Talbott la alcanzó justo al borde del jardín de Hagrid.
—¡Envy! —gritó entre dientes, y sin esperar respuesta, se lanzó sobre ella.
Ambos cayeron al suelo con violencia, rodando por la pendiente cubierta de hierba. La tierra húmeda y las hojas secas se mezclaban con el forcejeo, hasta que chocaron contra una de las enormes calabazas de Hagrid, partiéndola en dos con un sonido sordo y húmedo.
Talbott, completamente fuera de sí, terminó encima de Envy. Sus manos la inmovilizaron por los hombros con fuerza, y en el calor del momento, una de sus manos se deslizó instintivamente hacia su cuello, apretando con rabia contenida.
—¡Dámelo! —gruñó, con los ojos encendidos y el puño alzado, a punto de golpear.
Pero entonces se detuvo.
Envy… se estaba riendo.
Ni un grito, ni un intento de zafarse, ni siquiera miedo. Sólo una carcajada aguda, descarada, con los dientes brillando de diversión bajo la sombra de su capucha desordenada. Era como si el peligro la alimentara, como si el miedo ajeno le pareciera entretenido.
—Estás loca —murmuró Talbott, sorprendido por su reacción… pero más aún por la suya.
—Y tú eres más divertido de lo que pensaba —respondió Envy entre risas, sin una pizca de arrepentimiento.
Él parpadeó, confundido, y lentamente bajó el puño y aflojó su agarre en su garganta. Aún tenía la respiración agitada, pero el impulso violento comenzaba a deshacerse en el desconcierto.
Definitivamente, esa chica estaba loca.
Envy, aún con la risa vibrando en su pecho, aprovechó el instante de desconcierto. Con un movimiento ágil, se quitó a Talbott de encima y, antes de que él pudiera reaccionar, lo empujó contra el suelo y se colocó sobre él, una rodilla firme contra su abdomen para inmovilizarlo.
Le tomó la camisa por el cuello, arrugándola entre sus dedos, y acercó el rostro al suyo con una mirada intensa, brillante de burla y rabia contenida.
—No tienes oportunidad contra mí, Winger —espetó con voz baja y venenosa—. Eres una vergüenza de mago. Un animalito perdido que no sabe si quiere volar o esconder la cabeza bajo el ala.
Talbott intentó moverse, pero ella lo sostuvo con más fuerza, acercando aún más su rostro al suyo, como si buscara quebrarlo no con hechizos, sino con palabras.
—No perteneces a Hogwarts —le susurró con una sonrisa helada—. Ni siquiera encajas entre los de tu casa. Eres un bicho raro. Y todos lo saben.
Por un momento, el viento fue lo único que se oyó, silbando entre los árboles mientras la túnica de Envy se agitaba con violencia. Talbott la miró fijamente, los ojos oscuros encendidos de rabia, pero también de algo más profundo: una mezcla de dolor y contención, como si esas palabras hubieran tocado una fibra demasiado antigua.
Pronto, una mano firme y autoritaria jaló con fuerza la túnica de Envy hacia atrás, arrancándola bruscamente de encima de Talbott. Fue tan repentino que Envy perdió el equilibrio por un segundo, cayendo sentada en el césped húmedo con un resoplido de sorpresa.
—¡Señorita Skuller! —tronó la voz inconfundible de la profesora McGonagall, severa como una ráfaga de hielo.
Envy alzó la vista y se encontró con la figura imponente de la subdirectora, con la varita empuñada y el ceño más fruncido que de costumbre. A su lado, a unos pasos detrás, Mérula e Ismelda se mantenían inmóviles, con una expresión compartida de incomodidad, como si se hubieran dado cuenta—demasiado tarde—de que el juego había ido demasiado lejos.
Ismelda no se atrevía a mirar a McGonagall a los ojos, y Mérula, aunque intentaba mantener una expresión de orgullo, tenía los labios apretados y una sombra de culpa cruzándole el rostro.
Talbott seguía en el suelo, apoyándose en un codo, respirando con fuerza mientras acomodaba su túnica y apartaba con la mano algunos mechones revueltos de su cabello. No dijo nada, pero su mirada fugaz hacia McGonagall decía más de lo que estaba dispuesto a expresar.
—¿Qué demonios está ocurriendo aquí? —preguntó la profesora, mirando de Envy a las otras dos con una mezcla de decepción y furia contenida—. Esto no es un duelo. Esto es una agresión, una humillación pública y una falta gravísima al reglamento de Hogwarts.
Envy abrió la boca para responder, tal vez con alguna burla o excusa, pero McGonagall levantó una mano.
—Ni una palabra —ordenó, con el tono gélido de quien no está dispuesta a escuchar excusas—. Las tres. Conmigo. Ahora.
Y sin esperar réplica, se giró y comenzó a marchar hacia el castillo, su capa ondeando como una sombra dura detrás de ella.
Envy se levantó con lentitud, aún con restos de hierba en la túnica y una media sonrisa torcida en el rostro, como si no se arrepintiera de nada. Mérula e Ismelda intercambiaron una mirada rápida antes de seguirla, sabiendo que la reprimenda que venía no sería leve.
Talbott se puso de pie lentamente, su respiración aún agitada, los músculos tensos por la adrenalina del momento. Se sacudió la tierra de la túnica con gestos bruscos y tomó su cuaderno del suelo, guardándolo con cuidado bajo el brazo. Luego, llevó una mano instintivamente al cuello, palpando la piel con urgencia, esperando sentir el cordón familiar.
Pero no estaba.
Su ceño se frunció de inmediato, y una sombra de alarma se dibujó en su rostro. Rebuscó dentro de su túnica, se agachó a revisar el suelo, apartó las hojas caídas, pero nada. El collar —el que su madre le había hecho a mano cuando era niño, con una hermosa pluma de cisne— había desaparecido.
Se tensó por completo.
No tenía idea en qué momento se le había caído. ¿Fue durante la carrera por los pasillos? ¿En la caída? ¿Cuando Envy se le subió encima? Su mente repasaba la escena con rapidez, y el peso del pánico le oprimió el pecho.
Sin pensarlo dos veces, Talbott se apartó del jardín de Hagrid y se dirigió unos metros dentro del bosque. Echó una última mirada para asegurarse de que nadie lo viera, y en un movimiento fluido, se transformó. Donde segundos antes había estado un adolescente de Ravenclaw, ahora aleteaba un majestuoso águila de plumaje castaño y dorado. Sus ojos brillaban, alertas, mientras alzaba el vuelo con determinación. Iba a seguirlas. Iba a encontrar ese collar, costara lo que costara.
Mientras tanto, dentro del castillo, Envy caminaba a paso firme delante de McGonagall, flanqueada por Mérula e Ismelda. El rostro de la profesora era de piedra, y el de las chicas, una mezcla de resignación y tensión. Pero Envy… Envy apenas contenía una sonrisa.
En el interior de su túnica, sus dedos jugueteaban con un objeto pequeño y cálido: un collar de cordón de cuero y diferentes tipos de abalorios. Se lo había arrancado de su cuello en el momento exacto en que McGonagall los separó, y lo había deslizado a su bolsillo con habilidad. No sabía por qué lo había tomado, ni qué pensaba hacer con él aún, pero había algo en ese pequeño objeto que ahora sentía como un trofeo. Como un símbolo de control sobre alguien que parecía inmune a todo.
Y ahora, mientras McGonagall seguía caminando por el pasillo principal hacia el salón del Jefe de la Casa Slytherin, Envy cerró la mano alrededor del collar y lo escondió más profundamente en el bolsillo interior de su túnica.
El aula de Pociones, usualmente silenciosa y cargada de un aroma penetrante a ingredientes amargos, se sentía más sofocante que nunca. El caldero apagado en la mesa central parecía un ojo muerto, y las paredes de piedra devolvían el eco de cada palabra con una frialdad implacable.
Envy, Mérula e Ismelda estaban de pie frente al escritorio del profesor Snape, alineadas como infractoras en juicio, mientras los tres profesores más temidos de Hogwarts las observaban con rostros tensos y sin una pizca de indulgencia.
McGonagall tenía los labios apretados en una delgada línea, los brazos cruzados sobre su túnica esmeralda, y su mirada alternaba entre las tres con una severidad que pocas veces mostraba. A su lado, el diminuto profesor Flitwick apenas alcanzaba el borde del escritorio, pero su expresión decepcionada no era menos impactante. Y detrás del escritorio, el profesor Snape los dominaba con su presencia oscura, dedos entrelazados sobre la mesa, el rostro inmutable, pero los ojos brillando con una mezcla de desdén y cálculo.
—Estoy avergonzada —dijo McGonagall al fin, rompiendo el silencio con una voz cortante como un filo de hielo—. Avergonzada de que tres alumnas con potencial terminen comportándose como acosadoras callejeras. Esto no es solo una infracción escolar. Es un ataque personal contra otro estudiante.
—Un ataque cobarde —añadió Flitwick, con una voz mucho más suave pero cargada de decepción—. Y lo más alarmante… es que se trata de un patrón. No es un incidente aislado.
Mérula apretó los puños pero no dijo nada. Envy mantenía la cabeza en alto, con una expresión de descaro deliberado, aunque su mandíbula marcaba tensión. Ismelda, en cambio, parecía ligeramente más afectada; sus ojos vagaban entre los tres profesores, buscando alguna grieta de escape.
Snape no habló de inmediato. Cuando finalmente lo hizo, su voz resonó en el aula como un susurro afilado.
—Ustedes tres han deshonrado el nombre de Slytherin con su comportamiento infantil y temerario. —Hizo una pausa, su mirada fija en Envy como si pudiera leerle el alma—. ¿Creen que la astucia consiste en ridiculizar a un compañero? ¿Que la fuerza se demuestra aplastando al que consideran débil?
Envy abrió la boca para responder, pero Snape levantó una mano y ella guardó silencio.
—No quiero excusas —continuó él, con voz baja pero peligrosa—. Quiero resultados. Y lo que he visto hoy es una demostración patética de inmadurez.
McGonagall intervino de nuevo, más firme que antes.
—Las tres recibirán una semana de detención. Y enviaré cartas inmediatas a sus familias. Además, han perdido cincuenta puntos cada una para Slytherin.
Hubo un silencio absoluto. Mérula entrecerró los ojos con rabia contenida. Ismelda bajó la vista. Envy soltó una pequeña risa por lo bajo, casi inaudible, pero Snape la fulminó con la mirada.
—Una palabra más, señorita Skuller —advirtió en voz baja—, y duplicaré su castigo.
Snapr apenas había terminado de hablar cuando Envy, con ese descaro y coraje tan característicos, dio un paso al frente. Sus ojos azules brillaban con determinación, y su voz, aunque controlada, llevaba un filo punzante.
—¿Cartas a nuestra familia? ¿En serio? —repitió, levantando la barbilla con orgullo—. Se olvidan que yo también fui agredida.
Con un movimiento firme, echó hacia atrás su cabello oscuro y dejó al descubierto su cuello, donde se marcaban con claridad unas leves pero visibles marcas rojizas en forma de dedos.
—¿Ven esto? Esto no es una broma de pasillo. Es asfixia. —Clavó la mirada en McGonagall, luego en Flitwick, y finalmente en Snape—. Si fuera ustedes, lo pensaría dos veces antes de enviar esas cartas.
Un silencio incómodo cayó sobre el aula.
—No creo que a mi familia le agrade enterarse de que yo, Envidya Maxinne Skuller, única heredera de la familia Skuller, fui víctima de tentativa de homicidio dentro de esta escuela —continuó con voz firme y pausada, cada palabra medida como un puñal—. Tenemos una relación cordial con el señor Malfoy, no querrán que el Consejo Escolar escuche esa versión, ¿verdad?
Snape entrecerró los ojos, escrutándola con expresión inescrutable. McGonagall apretó los labios con más fuerza, y Flitwick desvió brevemente la mirada, claramente incómodo. Por unos instantes, el poder en la sala pareció inclinarse hacia Envy, que se mantenía erguida y desafiante, con las marcas en su cuello como prueba viva de que el asunto no era tan sencillo como una travesura escolar.
Había dado un golpe magistral. No una amenaza directa, pero sí una advertencia implícita que ninguno de los tres podía ignorar sin pensarlo dos veces. Envy se cruzó de brazos con firmeza, su postura irradiaba confianza y desafío. Su mirada fija en los tres profesores parecía decir que no retrocedería ni un paso. Sin embargo, bajo esa fachada imperturbable, un torbellino de miedo la agitaba por dentro; sabía que esta vez no tendría la escapatoria fácil a la que estaba acostumbrada.
Con una voz que intentaba sonar firme pero cargada de tensión contenida, añadió:
—¿Y bien? ¿Qué van a hacer ahora?
El silencio que siguió fue pesado, como si el aire mismo contuviera la respuesta que ninguno quería pronunciar en voz alta. Envy esperaba, agazapada entre su valentía y el temor que la consumía, mientras los ojos de McGonagall, Snape y Flitwick se posaban en ella, evaluándola con severidad. Aunque mantenía la barbilla en alto y los brazos cruzados con aparente desdén, su cuerpo estaba en tensión, cada músculo preparado para lo peor. Sus ojos recorrían los rostros de los tres profesores frente a ella, buscando alguna señal, alguna grieta en su expresión que le anticipara el veredicto.
McGonagall fue la primera en hablar. Su voz, aunque firme, llevaba una nota de contención distinta a la severidad de antes.
—Reconozco que hubo violencia por ambas partes —dijo, con la mirada fija en Envy, y luego en Snape y Flitwick—. Pero lo ocurrido no justifica en absoluto la provocación inicial, ni la humillación pública a un compañero. Eso no cambia.
Flitwick asintió, con un suspiro breve.
—Ambas cosas serán tomadas en cuenta. Pero no pueden usarse como justificación la una de la otra. Hogwarts no tolera este tipo de enfrentamientos, sin importar quién haya comenzado.
Snape, hasta entonces en silencio, se levantó lentamente de su silla. Sus ojos negros se clavaron en Envy con una intensidad que la hizo apretar los dedos contra sus brazos.
—Tus amenazas no me impresionan, señorita Skuller —dijo con voz gélida—. Pero tampoco soy ciego a lo que ocurrió. No se enviarán cartas. Aún. Pero las consecuencias siguen en pie.
Volvió a sentarse, cruzando los dedos frente a sí con su expresión impenetrable.
—Cinco días de detención para cada una. Y hablaré personalmente con Winger —añadió, con un tono que no admitía réplica—. Si esto vuelve a repetirse, el castigo será severo. Muy severo. ¿He sido claro?
Envy asintió en silencio, y por primera vez en mucho tiempo, lo hizo sin una sonrisa. Por dentro, la tensión aún le quemaba el estómago. Se había salvado… por ahora. Pero sabía que el margen de error se había vuelto peligrosamente delgado.
—Muy claro —respondió Envy, con la voz firme, aunque un nudo apretaba su garganta y sus ojos ocultaban la incertidumbre que no quería mostrar.
Los profesores intercambiaron una última mirada de complicidad silenciosa, y McGonagall asintió con la cabeza, dando por concluido el encuentro.
—Pueden retirarse —dijo finalmente McGonagall, sus ojos todavía fijos en las tres Slytherin—. Que esto les sirva de lección.
Envy, Mérula e Ismelda se giraron al unísono y dieron un paso hacia atrás, sintiendo el peso de las miradas conjuntas de McGonagall, Snape y Flitwick clavadas en sus espaldas. Por un instante, el silencio fue absoluto; solo se escuchaba el suave crujir de sus túnicas al moverse. Después, sin más dilación, las tres se deslizaron fuera del aula de Pociones, dejando tras de sí el olor acre de los ingredientes y un ambiente cargado de tensión contenida.
Al cruzar el umbral, Envy se detuvo un momento en el pasillo, exhaló lentamente y se ajustó la túnica con gestos medidos. Su mandíbula permanecía tensa, y en sus ojos, apenas perceptible, se asomaba una mezcla de alivio y rabia contenida. Sabía que, pese a haber evitado el envío de cartas a sus familias, el castigo todavía era firme, y el mensaje claro: no habría más escapatorias. Sin voltear a mirar a sus compañeras, continuó caminando hacia las escaleras que conducían a la Sala Común, su andar firme como quien encara un terreno traicionero sin retroceder.
Mérula se quedó unos segundos más en el pasillo, respirando con lentitud mientras se recompuso. Su expresión oscilaba entre la frustración y una chispa de desafío: quizás la idea de la detención no la asustaba tanto, pero sí la certeza de que aquel episodio había dejado una mancha en su reputación. Finalmente, apretó los puños, enderezó los hombros y siguió a Envy, las botas resonando contra la piedra fría.
Ismelda, por su parte, fue la última en abandonar el aula. Caminó con pasos vacilantes, la cabeza gacha, y metió las manos en los bolsillos de su túnica para ocultar el temblor casi imperceptible de sus dedos. El pasillo parecía alargarse ante ella, y cada paso sonaba más pesado de lo habitual. Cuando se detuvo para alcanzar a sus amigas, su mirada se cruzó con la de Mérula un instante, y con la de Envy otro, y pudo atisbar en ambas algo parecido a un remordimiento —o al menos a la conciencia de que habían sobrepasado un límite. Sin despedirse, Ismelda siguió adelante, con la sensación de que aquel castigo no solo la afectaría a ella, sino que resonaría en todos sus días de colegio.
Los tres profesores, al quedarse solos en el aula, guardaron silencio durante un par de segundos; Flitwick alzó una mano, como si fuese a decir algo más, pero finalmente negó con la cabeza. McGonagall cerró el reglamento que había estado sosteniendo, lo dejó con un golpe suave sobre el escritorio y suspiró, apenas perceptible.
—Ojalá esto las haga recapacitar —murmuró—. Hogwarts no es lugar para convertir las aulas en un campo de batalla.
Snape, con las manos abrazadas bajo la túnica, respiró hondo y no respondió. Se limitó a girar el rostro hacia la ventana, observando las hojas de los árboles moverse con el viento. Flitwick, apenas visible tras el escritorio, esbozó una mueca que mezclaba preocupación y resignación.
Mientras los pasillos de Hogwarts volvían a su ritmo habitual, las tres Slytherin desaparecieron entre los arcos de piedra, cada una cargando el peso de sus actos y el eco de la reprimenda que acababan de recibir. La detención les esperaba, ineludible, y con ella la oportunidad —quizás la obligación— de enfrentar las consecuencias reales de su enfrentamiento.
Las escaleras de piedra descendían en espiral hacia las profundidades del lago negro, y con cada paso que daban, las tres chicas sentían cómo la tensión del castigo empezaba a transformarse en una incomodidad diferente: orgullo herido, rabia contenida, frustración muda. Al llegar al tapiz que protegía la entrada a la sala común de Slytherin, Envy murmuró la contraseña con voz afilada, y la pared se abrió sin hacer preguntas.
La sala común estaba tenuemente iluminada por el resplandor verdoso que filtraban las aguas del lago. Algunos estudiantes charlaban en voz baja o leían junto al fuego. Las miradas se giraron brevemente hacia ellas, pero nadie se atrevió a decir una palabra. La atmósfera entre las tres era tan densa que parecía formar parte de su paso.
Sin detenerse, caminaron con decisión hasta el pasillo de los dormitorios. Al llegar al cuarto que compartían Mérula e Ismelda, encontraron a una alumna de segundo curso, sentada en una de las camas con un libro abierto sobre las piernas. Al verlas entrar, la chica levantó la mirada, un tanto confundida.
—Fuera —ordenó Mérula, sin rodeos.
La niña parpadeó.
—¿Qué?
—¡Que te largues! —espetó Ismelda, dando un paso al frente.
La chica no necesitó más. Cerró el libro apresuradamente, recogió sus cosas y salió del dormitorio a toda prisa, sin mirar atrás. En cuanto la puerta se cerró, Envy la apuntó con su varita y echó cerrojo con un hechizo rápido. Un chasquido metálico selló la habitación.
El cuarto quedó en silencio por un momento, sólo interrumpido por la respiración agitada de las tres. Ismelda se dejó caer en su cama, con la espalda contra la pared, abrazándose las rodillas. Mérula caminó hasta su escritorio y le dio una patada a una de las patas de pura frustración.
Envy, por su parte, se apoyó contra la puerta cerrada, dejando caer la cabeza hacia atrás.
—Bueno… —murmuró, todavía con el corazón acelerado—. Eso fue una completa mierda.
Nadie la contradijo.
El aire de la habitación parecía contener una mezcla de adrenalina tardía, miedo disimulado y un orgullo malherido que no sabían cómo procesar. Estaban juntas, encerradas, y lejos de sentirse poderosas, por primera vez en mucho tiempo, parecían no tener un plan.
Envy golpeó la puerta con fuerza, su frustración y rabia resonando en el pequeño espacio cerrado. Por un instante, estuvo a punto de perder el control de la situación, la tensión acumulada amenazando con desbordarse.
—¡Estúpido Winger! —exclamó, con la voz cargada de desprecio y furia contenida.
Con manos temblorosas, sacó las hojas que había arrancado del diario de Talbott, esas que había logrado guardar en su túnica durante la persecución por los pasillos. Sin pensarlo dos veces, comenzó a romperlas en pedazos, dejando que los jirones de papel cayeran al suelo como una lluvia silenciosa, símbolo de su ira y su impotencia.
El sonido crujiente de las hojas desgarrándose parecía un pequeño estallido de liberación en medio del encierro, aunque por dentro Envy sabía que el conflicto estaba lejos de terminar.
—Cuando Félix se entere que perdí 150 puntos no va a dejar de joderme —gruñó Envy entre dientes, pateando un pedazo de pergamino rasgado que había quedado cerca de sus botas.
El nombre de su prefecto le revolvía el estómago. Lo detestaba con cada fibra de su ser. Félix Rosier no sólo era insoportable por su obsesión con las normas y la reputación de Slytherin, sino que además sus tíos —esos mismos que le dictaban hasta cómo debía respirar— lo habían nombrado su tutor escolar. “Para que te vigile, para que te corrija, para que te enderece,” decían. Como si fuera un perro mal entrenado.
—Se cree mejor que todos porque nunca se despeina —escupió con veneno, dejando caer los últimos trozos del diario en una pequeña montaña desordenada junto a la cama de Ismelda—. Si vuelve a darme uno de sus discursos sobre el "orgullo de la casa", lo juro, le meto un Serpensortia en el culo.
Mérula soltó una risa seca desde su rincón, mientras Ismelda apenas murmuró algo parecido a un “que lo intente”, aunque con la cabeza aún hundida en sus brazos.
Envy se cruzó de brazos, aún con el ceño fruncido. Entre el castigo, la humillación, Winger y la sombra constante de Félix, sentía que la rabia no le cabía en el cuerpo. Y lo peor era que no podía sacarla sin consecuencias. No esta vez.
Envy agitaba la pierna con impaciencia, el golpeteo de su bota contra el suelo marcando un ritmo tenso e inconstante. El encierro en aquella habitación, cargado de miradas silenciosas y frustraciones no dichas, comenzaba a asfixiarla. No soportaba sentirse atrapada. Mucho menos rodeada de sus propias decisiones.
Era demasiado orgullosa para lamentarse abiertamente, y aún más para reconocer que, esta vez, tal vez había ido demasiado lejos. Pero quedarse allí sentada, con la culpa cerniéndose como un murmullo incómodo, no era una opción.
Sin decir nada, se puso de pie bruscamente. Mérula la observó de reojo pero no preguntó, e Ismelda ni siquiera alzó la cabeza. Envy no se molestó en explicar. Caminó hasta la puerta, la abrió con un movimiento brusco y salió del dormitorio, dejando atrás el sofocante calor de la sala común.
Subió las escaleras de piedra con pasos rápidos, sin importar si alguien la veía. Necesitaba aire. Necesitaba espacio. Hogwarts podía parecer un castillo inmenso, pero para ella, a veces era una celda demasiado estrecha.
Al llegar al exterior, el viento frío la recibió como un balde de agua. Caminó con determinación hacia la orilla del Lago Negro, sus pasos marcando huellas en la hierba húmeda. Allí, frente a las aguas oscuras que se mecían con lentitud bajo un cielo encapotado, finalmente se detuvo.
Inspiró hondo, dejando que el aire frío llenara sus pulmones, y cerró los ojos por un momento. El silencio del lago, interrumpido apenas por el susurro de las olas, le ofrecía algo que ni Mérula ni Ismelda ni ningún rincón del castillo podía darle en ese momento: un respiro.
Pero incluso allí, a solas con su orgullo, Envy no podía evitar que la voz de Félix resonara en su cabeza, como una maldita sombra que la perseguía. Y en algún rincón de su mente, como un zumbido molesto que no quería reconocer, también estaba el rostro de Talbott Winger. Callado. Duro. Inquebrantable.
—Idiotas, todos —murmuró al lago, aunque no quedó claro si se refería a los demás… o a sí misma.
La furia contenida de Envy necesitaba una salida, y el silencio del Lago Negro no era suficiente para calmarla. Sin pensarlo demasiado, bajó la vista y vio un pequeño montón de piedras a sus pies. Se agachó, tomó una con fuerza y la arrojó con todas sus ganas al agua. El proyectil surcó el aire con violencia antes de hundirse con un chap seco, sin salpicar apenas.
—¡Maldito Winger! —soltó entre dientes, recogiendo otra piedra.
La lanzó con más fuerza aún, como si en cada lanzamiento pudiera expulsar su rabia, su frustración, y esa maldita sensación de impotencia que tanto odiaba. Otra piedra, otro golpe contra el agua. Y otra. Y otra.
Cada piedra representaba algo distinto: su humillación frente a McGonagall, la mirada fría de Snape, el tono decepcionado de Flitwick, la sonrisa perturbadoramente tranquila de Talbott, la presencia constante de Félix, el juicio silencioso de sus tías, el peso del apellido Skuller.
—No me importa —dijo en voz baja, arrojando una más—. No me importa lo que piensen. No me importa lo que digan. No me importa.
Pero sus dedos temblaban. Y aunque seguía lanzando piedras con fuerza, una punzada amarga le apretaba el pecho. No sabía si era culpa, miedo, o simplemente el hecho de haber perdido el control de una situación que creyó tener en sus manos.
El lago seguía en calma. Indiferente. Inmenso. Y Envy, allí de pie, parecía más sola que nunca.
Envy recogió una piedra más grande, pesada y áspera que las anteriores. La sostuvo con ambas manos, sintiendo su peso y la aspereza de la superficie contra sus palmas. Con un movimiento decidido, la lanzó con toda su fuerza hacia el lago. El golpe fue más fuerte, el chap resonó con eco entre el silencio de la orilla, y las ondas se extendieron más lejos.
Sin embargo, el estruendo no logró calmar el fuego que ardía dentro de ella. La rabia seguía allí, hirviendo, incontrolable, un volcán latente que ninguna piedra, por grande que fuera, podía apagar.
Envy frunció el ceño y apretó los dientes, mirando el lago oscuro que parecía devorar sus impulsos sin ofrecer nada a cambio. Respiró hondo, intentando que el aire frío del exterior hiciera algo para aplacar su tormenta interna.
Pero nada parecía suficiente. El enojo seguía quemándole el pecho, insistente, recordándole que la batalla apenas comenzaba.
Se limpió las manos con la túnica, sacudiéndose la tierra y el polvo de las piedras que había arrojado con furia al lago. Fue entonces, en medio de ese gesto mecánico, que sintió algo en el bolsillo interior: un bulto pequeño, ligero, pero inconfundible.
Frunció el ceño, metió la mano y lo sacó.
Era el collar.
El que sin darse cuenta había arrancado del cuello de Talbott cuando McGonagall los separó a la fuerza. Lo sostuvo entre los dedos, y por un instante, el mundo pareció detenerse.
Estaba hecho con un cuidado casi ritual: cuentas talladas de hueso de búfalo, pequeñas turquesas que brillaban con un tono apagado y una única pluma blanca de cisne, suave y pura, colgando del centro como un susurro.
Envy lo miró con furia, como si el objeto mismo fuera culpable de su humillación. Era hermoso. Demasiado. Casi dolorosamente íntimo. No parecía un accesorio cualquiera, sino algo lleno de significado, de historia, de pertenencia.
—Estúpido collar… estúpido Winger… —masculló, apretando los dedos alrededor de las cuentas, como si pudiera hacerlas polvo.
Pero no pudo. No lo rompió. Por alguna razón que no lograba entender, no pudo obligarse a destruirlo. Solo se quedó ahí, con el collar temblando en su mano cerrada, mirando el lago como si le exigiera una respuesta que no iba a llegar.
—¡AAAAH! —gritó Envy, con la garganta ardiendo de rabia contenida, de impotencia, de algo más profundo que ni siquiera sabía nombrar.
Y sin pensarlo más, con un movimiento lleno de furia, alzó el brazo y lanzó el collar al Lago Negro con toda la fuerza que le quedaba. El hilo con las cuentas, las turquesas, el hueso tallado y la delicada pluma de cisne volaron por el aire antes de hundirse con un chap apagado entre las aguas oscuras.
El sonido fue casi inexistente, pero para Envy se sintió como un trueno.
Se quedó ahí, respirando con dificultad, el pecho subiendo y bajando mientras sus manos temblaban levemente. El lago, sereno e indiferente, devoró el collar sin oponer resistencia. Sin devolver nada. Como si nunca hubiese existido.
Y, aun así, el enojo seguía dentro de ella. No se disipó con el grito, ni con la caída del collar. Pero por primera vez… apareció algo distinto. Un nudo sordo en el estómago. Algo que no era rabia, pero se le parecía. Algo más incómodo. Más humano.
Y más difícil de enterrar.
