Chapter Text
Dean gruñía mientras tomaba una curva con el Impala, apretando la mandíbula al ver cómo Sam presionaba un trapo ensangrentado contra su costado.
— Aguanta, Sammy. —gruñó Dean— Vamos al motel. Lo cosemos. Todo bien.
— No... creo que necesito algo más... que hilo de pescar. —susurró Sam, apenas consciente.
Dean sabia que tenia que llevarlo a un hospital pero no se atrevía a llevarlo a un hospital. Ya había pasado antes: las heridas de caza no eran fáciles de explicar. “Mordida animal”, “herida por arma blanca en una pelea”, “cayó sobre un machete” No colaba.
Dean maldecía en silencio. Sam estaba demasiado pálido, el trapo empapado ya no servía de nada. Maldijo entre dientes. Tomó una curva cerrada y, al doblar por una calle lateral poco iluminada, casi se estrella con la figura de un hombre que cruzaba desprevenido.
Frenó de golpe, el chirrido de los neumáticos cortó la madrugada como un grito. Sam gimió, encogiéndose más en el asiento. El hombre en la calle se echó hacia atrás, levantando instintivamente los brazos para protegerse del auto.
Dean ya tenía la mano en la pistola antes de mirar bien.
Un hombre joven, rubio, con un bolso de hombro y traje arrugado sin corbata. El chico parpadeó, confuso por el freno brusco del coche, y vio la pistola apuntando hacia él.
— Oye... Tranquilo... —dijo el rubio, alzando las manos lentamente
Dean no bajó la pistola, pero la mirada que le lanzó estaba llena de desconfianza.
— ¿Qué eres? —preguntó Dean, sus ojos recorriendo al hombre de arriba a abajo.
Buscando cualquier señal.
El rubio frunció el ceño, claramente desconcertado, pero luego miró hacia el interior del Impala y vio a Sam. El rostro de Sam estaba pálido, su respiración superficial, y el trapo que presionaba contra su costado se estaba empapando de sangre.
— Yo... soy medico. —Dijo mientras buscaba su credencial del hospital en el bolso y se la mostró a Dean — me llamo Robert Chase. Trabajo en Princeton Plainsboro, en el departamento de diagnóstico.
Dean lo miró, evaluando cada tic de su rostro. Parecía humano. Normal. Nervioso, sí, pero no mentía. Y Sam acababa de soltar un quejido bajo que lo devolvió a la realidad.
Dean salió del auto sin guardar el arma.
— Mi hermano se está desangrando en el coche. Si de verdad eres médico, lo ayudas. Si no… —alzó la pistola apenas unos centímetros más.
Chase asintió con rapidez, tragando saliva. Dio un paso hacia el auto con las manos aún arriba.
— Está bien. Déjame verlo. Pero si está en shock o tiene una hemorragia interna, no va a sobrevivir sin intervención.
Dean se apartó solo lo justo para permitirle el paso. Chase rodeó el Impala, sin bajar las manos del todo hasta que estuvo junto a la puerta del copiloto. Se inclinó y vio a Sam, semiinconsciente, con la frente perlada de sudor frío.
— Santo cielo… —murmuró, casi para sí mismo.
Chase dejó caer su bolso al suelo y se arrodilló junto a la puerta abierta. Con manos entrenadas, retiró con cuidado el trapo empapado. La sangre brotó de inmediato. Chase palideció apenas, pero no perdió la compostura.
— ¿Cuánto tiempo hace que pasó?
Dean no respondió de inmediato. No sabía exactamente, pero por el nivel de sangre y la manera en que Sam ya ni abría los ojos…
— Cuarenta minutos, creo. —dijo, con la voz áspera.
Chase apretó los labios, evaluando la herida con rapidez. Estaba profunda, irregular. No parecía una puñalada común; más bien algo salvaje, desgarrado. No iba a preguntar, no todavía.
— Necesita quirófano. Monitoreo. Transfusión. Tiene que ir al hospital, ahora.
Gruñó Dean automáticamente, con los nudillos blancos en el volante. Su mirada no dejaba de alternar entre Chase y Sam.
— Si no lo llevamos en los próximos veinte minutos, no hay nada que yo pueda hacer.
Sam soltó un gemido bajo, un susurro apenas audible: — Dean... solo haz lo que pide...
Chase parpadeó. Se giró de nuevo hacia Sam, que había alzado una mano débilmente. Sus dedos temblaban, manchados de sangre, y se cerraron alrededor de la muñeca de Chase con una sorprendente determinación.
— Tú... ayúdame... tú... —susurró Sam, su mirada borrosa enfocando a Chase con más claridad que cualquier otro momento de la noche.
El corazón de Dean dio un vuelco.
— ¿Puedes mantenerlo con vida hasta llegar al Princeton Plainsboro? ¿Sin que le hagan demasiadas preguntas?
Chase dudó. Luego asintió.
Entre ambos acomodaron a Sam cuidadosamente en el asiento trasero. Chase se sentó a su lado.
Chase no dijo una palabra. Solo trabajaba en silencio, su expresión endurecida. Dean pisó el acelerador como si el mismo diablo lo persiguiera.
— ¿De qué fue la herida? —preguntó finalmente, con voz medida— Esto no fue un cuchillo.
Dean apretó la mandíbula, sin apartar la vista del camino.
— No querrás saberlo.
— Si me va a ayudar a salvarlo, sí que quiero.
Silencio. Luego, Dean murmuró algo.
— Vampiro.
Chase no reaccionó como Dean esperaba. No se echó a reír, no lo miró como si estuviera loco. Sólo parpadeó, varias veces, con las cejas levantadas.
— ¿Estás hablando… literalmente? —preguntó, sin levantar la voz.
— Sí.
— Creí que sólo pasaban cosas así en películas de culto... —murmuró.
— Creéme, me encantaría que fueran sólo películas.
Chase mantenía las manos firmes sobre la herida de Sam, aplicando presión con el trapo. Sam se removió con esfuerzo, emitiendo un gemido ahogado mientras Chase lo mantenía estable.
— Mantente despierto. — Murmuró.
— Hey... —musitó con voz quebrada— No... te conozco.
— Me llamo Chase. Robert Chase.
— Robert… Chase… —repitió Sam, con una sonrisa somnolienta, como si estuviera saboreando el nombre.
Sam rió entre dientes, o lo intentó. Tosió, y Chase de inmediato volvió a enfocarse en su respiración, en la rigidez de su abdomen.
— Tienes que mantenerte despierto, ¿de acuerdo? Cuéntame algo. ¿Sabes cuántos años tienes? ¿Cómo te llamas?
Sam frunció el ceño, pestañeando con esfuerzo.
— Samuel. Veintidós… creo. A veces me siento como si tuviera… cuarenta.
Chase asintió.
— Sí, los hospitales también te hacen sentir así.
Hubo un pequeño silencio. Dean miró por el retrovisor, en tensión constante. Sabía que Chase estaba manteniendo a Sam despierto por una razón. Lo apreciaba, aunque no lo dijera.
— Eres… tierno... —murmuró— Como un… ángel de hospital… de esos que salen en las series de médicos…
Chase parpadeó, su rostro enrojeciendo apenas. No sabía si era por la incomodidad o por el hecho de que la presión arterial de Sam estaba cayendo y se manifestaba así.
Dean soltó una carcajada seca desde el asiento del conductor.
— Dios, Sammy, de todos los delirios posibles… justo este.
— Déjalo… —susurró Sam— Es amable…
— Yo... ummm. —Chase abrió la boca para decir algo, pero la mirada cansada de Sam lo detuvo. Con una suave sacudida de cabeza, Chase volvió a centrarse en la herida, intentando aplicar presión sin hacerle más daño.
— Tienes manos cálidas...
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, Dean dobló por la última esquina y entró a una calle en la que se veía la luz del hospital al fondo.
Dean no frenó hasta que el Impala estaba junto a la entrada de urgencias. Rápidamente, se bajó del coche y abrió la puerta trasera, donde Chase ya estaba terminando de estabilizar a Sam lo mejor que podía.
— ¡Ayuda! —gritó Dean, agitando la mano hacia los médicos que salían corriendo del interior del hospital.
Los dos se acercaron rápidamente, un par de enfermeras y un médico de guardia, que parecía no hacer preguntas pero sí entender la urgencia de la situación. Dos de ellos ayudaron a levantar a Sam a la camilla.
Chase le había dicho que no podía entrar.
Dean se sentó en una de las sillas de la sala de espera, las manos apretadas, los músculos tensos. Miraba al frente, el reloj de pared avanzando lentamente, como si el tiempo se estuviera alargando a propósito.
El sol se colaba por las persianas del cuarto, trazando líneas doradas sobre el suelo estéril del hospital. Era temprano.
Chase entro al cuarto y se detuvo en seco al cruzar el umbral.
Símbolos.
Había un pentagrama dibujado en rojo sobre el suelo, y, para su desconcierto, también uno en el techo. Formaban patrones que Chase no supo identificar.
Parpadeó varias veces, observando en silencio. No entendía qué era todo aquello, pero lo primero que pensó fue lo más lógico: estos dos tipos eran raros. Muy raros.
Dean estaba despatarrado en el sillón, dormido profundamente, los brazos cruzados sobre el pecho y una chaqueta de cuero cubriéndole el rostro.
Sam, por su parte, estaba despierto. Lo estaba observando en silencio, los ojos entreabiertos y la mirada adormecida pero clara. Tenía un brazo vendado, el abdomen cubierto por gasas limpias, y el rostro pálido, pero respiraba con más fuerza que la noche anterior.
— Es para demonios. Por si acaso. —explicó Sam, con un tono casi casual, como si hablara del clima.
Chase dio un respingo, mirándolo con el ceño fruncido.
— ¿Perdón?
— Los símbolos. Protecciones. A veces los demonios se meten en los hospitales.
Chase lo miró durante un largo segundo, en absoluto silencio. Luego, soltó una risa baja, más por incredulidad que por diversión.
— ¿Demonios? ¿En hospitales?
— Sí. Es más común de lo que crees.
Chase se acercó con pasos medidos, sacando una linterna pequeña de su bolsillo para examinarle las pupilas.
— ¿Cómo te sientes?
— Como si me hubiera peleado con tres osos. Y hubiera perdido en las tres.
— Bueno, sigues vivo. Eso ya es algo.
— Gracias a ti. —murmuró Sam, la voz ronca, pero sincera— En serio.
Chase se encogió de hombros, guardando la linterna.
— Tú… no eres de por acá, ¿verdad? —preguntó Sam, con un tono ligeramente más curioso.
— Soy de Australia.
— Lo noté por el acento... —dijo Sam, sonriendo débilmente— ¿Qué hace un doctor australiano en New Jersey?
Chase suspiró, y por un momento pareció considerar si valía la pena explicarlo, pero al final dio la explicación más fácil.
— Vine por un programa de investigación... para trabajar con House en diagnóstico diferencial. Me pareció interesante.
— ¿Y lo es?
— Más de lo que esperaba. — Chase solo suspiró. — ¿Tú y tu hermano? ¿Qué hacen exactamente?
Sam lo observó, meditando su respuesta. No era la clase de cosas que uno le contaba a un médico cualquiera. Pero Chase ya había visto más de lo que debería. Y lo había aceptado. De algún modo.
— Ayudamos a la gente —respondió, al fin— Somos cazadores. A veces eso implica cosas... que no todo el mundo ve. Pero están ahí.
Chase asintió lentamente. No parecía burlarse. No parecía no creerle. Solo parecía cansado.
— Me imagino que no siempre pueden ir al hospital.
— No. Por eso lo tuyo fue… suerte. Mucha suerte.
En ese momento, Dean se movió en el sillón, soltando un resoplido antes de acomodarse de nuevo. Chase lo miró un instante, luego volvió su atención a Sam.
— Deberías descansar. Yo volveré en unas horas.
Sam asintió, ya cerrando los ojos para dormir.
Sam había dormido un par de horas, lo suficiente para recuperar algo de color en el rostro. Cuando abrió los ojos, el cuarto estaba iluminado con la luz perezosa del mediodía, y el sonido de cubiertos chocando contra una bandeja le indicó que Dean ya estaba despierto.
Su hermano estaba sentado en el sillón, con los pies cruzados sobre una silla extra, devorando sin pudor un sándwich que una enfermera había dejado hacía unos minutos. Al ver que Sam lo miraba, sonrió con la boca llena.
— Mira quién volvió del más allá —dijo entre bocados— ¿Tienes hambre?
Sam miro su bandeja y jugo un poco con los cubiertos.
— No tengo hambre —murmuró Sam, empujando con desgana la comida con el tenedor— Me duele hasta pensar.
— O estas esperando que venga él y te de comida en la boca.
— ¡No!
— Ajá, claro que no. Solo estás sentado ahí, mirando la puerta cada cinco segundos como un cachorro esperando que su dueño vuelva de la tienda.
Sam le lanzó una mirada asesina, pero su rubor traicionaba cualquier intento de defensa.
— Quiero agradecerle bien, eso es todo.
— Debe estar ocupado, no trabaja con House? El tipo loco cojo?
— Dean…
— ¿Qué?
— ¿Puedes… no molestarlo mucho cuando vuelva?
Dean alzó una ceja, la mirada fija en su hermano como si acabara de pedirle que fuera amable con una horda de demonios.
— ¿Estás pidiéndome que me comporte? ¿A mí?
— Solo esta vez. —dijo Sam con un suspiro cansado, evitando mirarlo directamente.
Dean dejó el sándwich en la bandeja con una teatralidad exagerada, como si el peso del sacrificio fuera demasiado.
— Muy bien. Pero solo porque casi te desangras en el asiento trasero del Impala.
Una figura rubia apareció en el umbral de la puerta. Chase, con su bata y una carpeta en la mano, se detuvo al verlos despiertos.
— ¿Interrumpo algo?
— Para nada. —dijo Dean con una sonrisa lobuna— Justo hablábamos de ti, angelito.
Chase solo lo miró de reojo.
Sam intentó disimular una sonrisa mientras Chase se acercaba a la cama y comenzaba a revisar los signos vitales.
— ¿Cómo te sientes? —preguntó, sin mirar a Dean.
— Mejor. —respondió Sam— Mucho... si mejor...
Chase terminó la revisión, cerró la carpeta con suavidad, y dijo:
— Puedo firmar el alta mañana si todo sigue así. Aunque te recomendaría al menos dos semanas de reposo antes de pensar en, no sé… pelear con criaturas extrañas otra vez.
— Lo intentaremos. —dijo Dean con una sonrisa.
— Lo dudo... —murmuró Chase.
Dean esperó a que la puerta se cerrara antes de mirar a Sam.
— Estás jodidamente encaprichado.
— No lo estoy.
— Lo estás.
— Cállate.
Dean alzó las manos como diciendo “yo no dije nada”, mientras Sam se recostaba de nuevo, pero no pudo evitar sonreír.
