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¡Me gusta, señor Lee!

Summary:

Hyungwon, un joven de dieciocho años sin experiencia en el amor. Sigue a su mejor amigo Kihyun en todas y cada una de sus locuras, y en una de ellas... conoce al amor de su vida.

Chapter 1: 01

Chapter Text

—¿Estás seguro de que esto está bien? Pueden descubrirnos —susurró, escondido detrás del más bajo.

—No va a pasar nada —gruñó mientras el pasador se torcía en la dirección equivocada—. ¡Maldita puerta! ¡Ábrete de una vez!

—Cállate —murmuró, mirando por encima del hombro—. Podrían oírnos. Si la puerta no se abre, tal ve sea una señal de que no deberíamos entrar.

—Listo. Ya podemos pasar—dijo el otro, ignorando por completo la advertencia.

Kihyun guardó su "herramienta" en el bolsillo del pantalón del uniforme y empujó la puerta con la punta del pie. Entró de puntillas observando a su alrededor con atención y luego hizo una señal con la mano.

—Está libre —susurró, sus labios curvándose en una sonrisa triunfante—. Te dije que no había nadie.

Hyungwon miró hacia los lados del pasillo, y soltó un largo suspiro y entró en la oficina. Se apoyó contra la puerta cerrada y dejó que su mochila cayera al suelo.

—Es mejor que nos vayamos —dijo, intentando por décima vez persuadir al más bajo—. Si le decimos la verdad a la maestra, nos dará más tiempo para entregarlo.

Kihyun chasqueó la lengua y le indicó con un gesto que lo siguiera.

—La maestra no nos dará más oportunidades —le recordó, avanzando con cuidado de no hacer ruido—. Ya agotamos todas las que teníamos.

Hyungwon asintió, mordiendo su labio inferior. Permaneció en una esquina, observando el impecable austero departamento. Al parecer, el dueño se había tomado muy en serio el concepto minimalista: casi no había nada. Un pequeño juego de sala gris, un televisor gran sobre un mueble que sostenía dos floreros con apenas un par de flores artificiales. La cocina y el comedor compartían un espacio de concepto abierto, pero incluso así, el lugar parecía deshabitado. La mesa de vidrio, pensada para cuatro personas, lucía impecable, y la cocina estaba prácticamente vacía. Ni siquiera el bote de basura mostraba señales de vida.

—¿Seguro que vive aquí? —preguntó, abriendo una de las puertas corredizas que daban a la terraza.

—Por lo que sé, solo lo usa para bañarse y dormir —comentó Kihyun, encogiendo los hombros.

—¿Ya encontraste algo? Me muero de los nervios —dijo Hyungwon, mordiéndose las uñas regresando del exterior—. Mejor dejemos esto y vámonos.

El castaño negó con la cabeza al salir de una de las muchas habitaciones vacías.

—Lo más probable es que esté en su oficina.

—¡No! —exclamó Hyungwon, en un susurró alarmado —. Si entras ahí podrías romper algo. Te conozco.

Su amigo rodó los ojos, dirigiéndose hacia la oficina.

—Qué negativo eres.

—¡Kihyun! —gritó, aunque aún intentando mantener la voz baja.

Su advertencia fue ignorada por el mayor, que ya cruzaba la puerta. Hyungwon dudó. Si lo seguía, dejaría sus propias huellas. Ladeó la cabeza, evaluando las posibilidades de que atraparan a su amigo. Por más tonto que fuera, no iba a dejarlo solo. Resopló y lo siguió, decidido, pero se detuvo a mitad de camino al escuchar un ruido extraño en la habitación contigua.

—Kiki —susurró, deslizándose hasta quedar a gatas —, ¿tu hermano tiene mascotas?

—No. Solo vive para sí mismo —respondió con tono de burlón.

El más alto tragó saliva, gateando lo más rápido que pudo hasta esconderse entre las piernas de su mejor amigo.

—Entonces estamos en problemas...

—LEE KIHYUN.

El aludido se tensó, apretando los ojos.

—Her-hermanito... —rio nervioso, girando sobre sus talones.

Se desplazó un poco hacia la izquierda en un intento por cubrir a su mejor Hyungwon. Lástima que él fuera más pequeño y su amigo demasiado alto para ocultarlo por completo. Sintió unas delgadas manos rodearle las piernas y un rostro restregarse contra ellas. Casi se ríe, pero se contuvo por respeto (y miedo) a la mirada furiosa de su hermano.
—¿Qué tienes ahí? —cruzó sus brazos, los músculos de sus brazos tensándose—. O debería decir... ¿a quién?

—No es nada ni nadie que te incumba.

—Irrumpiste en mi casa —dijo enarcando una ceja—. Eso me da el derecho suficiente de saberlo.

Kihyun hizo una mueca, se apartó ligeramente de su amigo y lo ayudó a ponerse de pie. Como era de esperarse, el pelinegro se escondió detrás de la pequeña figura de Kihyun, convencido de que ahí estaría protegido.

—Ya nos íbamos —sonrió, tomando la maqueta que estaba en la mesa—. Hasta luego, hermanito. Nos vemos en otra ocasión.

—¿Y a dónde crees que vas con eso?

—¿Esto? —señaló la casita —. Oh, no es nada. Solo te ayudo a desechar lo que ya no te sirve.

Hoseok lo observó en silencio por unos segundos, desviando luego la mirada hacia el delgado ser que lo acompañaba. Su atención se centró en los ojos oscuros y grandes que lo miraban con una mezcla de miedo y preocupación. Vio su reflejo en los cristales de los lentes de armazón delgado que enmarcaban esos ojos hermosos, de largas pestañas rizadas. Por un segundo se sintió perdido en los carnosos labios, especialmente el inferior, que era mordido con nerviosismo por unos dientes perfectamente alineados y blancos.

—¿Entraste a mi casa para ayudarme con la limpieza? —volvió a mirar al castaño—. Qué considerado.

—Hyungwon y yo olvidamos el proyecto —se justificó Kihyun.

—¿Por qué me culpas a mí? —se quejó el más alto—. ¡A ti te tocaba hacerlo!

El menor de los Lee gruñó, girándose hacia su amigo. Lo jaló de la patilla, provocando un chillido y un puchero.

—También es tu calificación, idiota —le recordó—. Si no conseguimos que el tonto de mi hermano nos dé la maqueta, vamos a reprobar.

—¿Así que "el tonto de tu hermano" eh?

Hoseok sacudió la cabeza y salió de la oficina. Tomó el saco que descansaba en el respaldo de una de las sillas del comedor. Se preguntaba cómo demonios no lo habían visto antes el par de intrusos. Ignorando esa incógnita, terminó de vestirse y cogió una manzana del frutero sobre la isla.

—Tienen cinco segundos para subir sus traseros al auto —advirtió, buscando las llaves del departamento y su billetera.

—¡Ya vamos! —gritó Kihyun, desde la oficina—. Date prisa. Ya tenemos la maqueta, pero si no bajamos a tiempo, mi hermano no nos va a llevar y llegaremos tarde.

—No sería la excepción —comentó Hyungwon mientras recogía su mochila—. Todos los días llego tarde.

—Sí, porque eres un flojo de primera.

Kihyun y Hyungwon compartían el asiento de copiloto del Mercedes-AMG GT Coupé de Hoseok. El más alto había elegido sentarse junto a la ventana, con la esperanza de mantenerse lo más lejos posible del conductor, quien lo intimidaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Si hubieran podido escoger, habría preferido los asientos traseros, pero desgraciadamente el automóvil solo tenía dos plazas, y caminar no era una opción viable. Lanzó una mirada de reojo al mayor de los tres, solo para descubrir que este también lo estaba observando. Rápidamente desvió la vista hacia el celular de su amigo, fingiendo no notar los intensos ojos oscuros que lo analizaban.

—¿Cuál te gusta más? —preguntó Kihyun, señalando una batería de acero inoxidable—. A mí en lo personal, me gustó más esta. El material es muy resistente y conserva bien el calor.

—No sé de esas cosas, Ki —murmuró Hyungwon, abrazando su mochila—. Cualquiera está bien para mí.

—Sí, pero no es para ti —respondió con una sonrisa de superioridad—. Es para el nuevo departamento de Nunu.

—Entonces no me preguntes.
—Hey, ¿por qué tan sensible? —Kihyun frunció el ceño y lo golpeó en el hombro.

Hyungwon apoyó la cabeza en el hombro de su mejor amigo por dos razones. La primera, para alejarse de la vista de Hoseok. La segunda, para poder susurrarle sin parecer sospechoso.

–—Tu hermano me da miedo.

—¿Hoseok? —el alto asintió, haciendo un leve puchero con el labio inferior—. Hoseok, idiota. Quita esa cara de estúpido, asustas a mi amigo. Por eso nunca vengo a visitarte.

—Kihyun —se quejó Hyungwon, golpeando en el costado.

El aludido los observó por el retrovisor, con una ceja enarcada y los labios apretados en una delgada línea. Durante un par de eternos segundos, su atención se posó directamente sobre el nervioso pelinegro, antes de regresar la vista al camino. No dijo nada, pero su expresión se endureció aún más, y apretó el volante hasta que sus nudillos se pusieron blancos, resaltando aún más sobre su piel ya pálida. Sus ojos transmitían una clara incomodidad por tener que compartir su espacio con los dos estudiantes, como si no hubiese sido él quien se ofreció a llevarlos.

—Ya, bebé, no lo mires —susurró Kihyun, rodeando a Hyungwon con los brazos, arrullándolo como si fuera su pequeño hijo—. Hoseok es como esos gatitos huraños; amargados, pero inofensivos.

—Hablas como si no estuviera presente —gruñó Hoseok, golpeando el volante cuando una motocicleta pasó demasiado cerca del auto.

Kihyun se encogió de hombros, sin molestarse en disculparse. El resto del trayecto transcurrió en completo silencio. De vez en cuando, la risa suave del castaño rompía la quietud, causada por los mensajes que su novio le enviaba. Hyungwon, por su parte, se hundía cada vez más en sus pensamientos, observando por la ventana y reflexionando sobre las malas decisiones que habían moldeado su vida hasta ese momento.

Por ejemplo, la brillante idea de gastar toda su mesada en una almohada que vio en televisión, la cual prometía sueños reparadores y descanso absoluto.

—Estúpida almohada —murmuró apretando sus manos en puños.

Ninguna de sus expectativas se cumplió. Ni tenía buenos sueños, ni descansaba mejor. Al contrario: cada mañana despertaba más cansado que la anterior, con un dolor persistente en el cuello y la parte alta de la espalda. Lo único bueno que tenía era... no, en realidad, no tenía nada bueno. Y eso era lo que más lamentaba.

—Esperaba encontrarte en la oficina como siempre.

Entró con una breve reverencia, quitándose la chaqueta y dejándola en el perchero más cercano. Desabotonó los puños de la camisa mientras se perdía momentáneamente en la vista a través del ventanal. Con una media sonrisa, tomó asiento detrás de la mesa y alzó su taza de café —negro, sin azúcar, como siempre.

—Me retrasé por un pequeño —movió la cabeza de un lado a otro y frunció los labios—, por dos pequeños inconvenientes.

—No tengo ningún problema con tu horario —respondió el hombre, sonriendo mientras deslizaba una carpeta por la superficie del escritorio—. Incluso llegaste diez minutos antes. Por un momento creí que ya habías entendido la importancia de dormir o de pasar tiempo en familia.

Hoseok chasqueó la lengua, abriendo el folder con desgano.

—La constructora no se va a mantener si empiezo a darle prioridad a una hora más de sueño.

—Ni se vendrá abajo por la misma razón —replicó con firmeza—. Respeta el horario de tu cuerpo, Hoseok. Eres joven, sí, pero en algún momento la factura llegará. Y temo que será bastante alta.

—Hablas como un viejo, Kim —respondió con una risa tan falsa que apenas y se molestó en disimular.

—Soy tu jefe. Y mayor que tú —le recordó, poniéndose de pie—. Quiero ese proyecto terminado en un mes.

El pelinegro abrió los ojos, incrédulo ante la petición. Cerró la carpeta de golpe y se puso de pie. No alcanzaba la altura de su mayor, pero al menos intentó parecer desafiante endureciendo la mirada.

—¿Me estas pidiendo una casa de tres pisos, con más de quinientos metros cuadrados, jardín, jacuzzi e invernadero... y solo me das un mes?
Namjoon se encogió de hombros mientras levantaba su portafolio.

—Mi hijo se casa en mes y medio. Necesito la casa lista antes de la boda.

Hoseok abrió la boca, buscando las palabras correctas para no tirar a la borda su carrera.

—Dame al menos dos meses y la entrego perfecta.

—No. Un mes —ordenó mientras se dirigía a la puerta—. Quiero que se instalen antes de irse de la luna de miel. Tú mismo dijiste que harías lo que fuera por mantener la constructora en alto, sin importar las horas de sueño que perdieras —resopló al abrir la puerta—. Entonces invierte tu tiempo en la casa de mi bebé.

Hoseok gruñó apenas la puerta se cerró tras su jefe. Justo ahora se arrepentía de no haber usado los honoríficos y, peor aún, de haberse burlado de su edad. Claro que había leído los detalles del proyecto: las especificaciones eran las mismas que Namjoon acababa de mencionar... pero con un plazo de tres meses. Tres meses habrían sido perfectos. Pero gracias a su bocota, ya no contaba con esa ventaja.

—Llama al mejor equipo a la sala de juntas —ordenó por el intercomunicador.

Pellizcó el puente de su nariz, respirando profundo para no estallar frente a los empleados fieles que siempre lo apoyaban, sin importar las descabelladas que fueran sus órdenes. Justo en ese momento, su teléfono vibró en el bolsillo de su pantalón. Lo sacó sin mucho ánimo y leyó el mensaje.

"Gracias por la maqueta 💌Hyungwon y yo te agradecemos, obtuvimos calificación perfecta"

Al menos algo había salido bien ese día. Había salvado a su pequeño hermano de un inevitable regaño por parte de sus estrictos padres. Ellos odiaban cuando el castañito obtenía calificaciones por debajo de ochenta.

Releyó el mensaje, pero esta vez se detuvo en una palabra.

Hyungwon.

Oh, no.

Ese niño...

Ese estúpido niño.

Regresó el teléfono a su bolsillo y se apresuró. Hoseok entró a la sala de juntas con pasos firmes y una carpeta en la mano. Su expresión era seria, aunque el ceño fruncido y el ligero temblor en su mandíbula delataban que no estaba de humor.

—Buenos días —saludó sin mirar a nadie directamente—. Tenemos un nuevo proyecto.

Los cinco integrantes del equipo tomaron asiento con atención. Hoseok abrió la carpeta y colocó sobre la mesa algunas hojas con diseños preliminares y fotos del terreno.

—Casa residencial, tres pisos, más de quinientos metros cuadrados de construcción. Jacuzzi, invernadero, jardín con sistema de riego automatizado. Materiales de alta gama, acabados personalizados. Todo lo que un matrimonio joven y absurdamente enamorado podría desear.

—¿Plazo? —preguntó uno de los ingenieros.

—Treinta días —respondió sin inmutarse, pese al murmullo colectivo de asombro—. No me miren así, no puse la fecha. Solo la voy a cumplir.

—¿Y quién es el cliente que tiene tanta prisa? —preguntó una arquitecta, entre risas nerviosas.

—El suegro de Yoongi.

Las miradas se cruzaron entre risas contenidas. Hoseok cerró la carpeta de golpe.

—Ocupen todo el equipo que necesiten. Turnos dobles, si es necesario. Quiero planos finales esta semana y obra iniciada la próxima. Si este proyecto sale bien, vamos a tener más contratos como este... y mejores.

Asintieron en silencio. Hoseok miró su reloj y luego, a su equipo.

—Pueden retirarse. Gracias.

Uno a uno fueron saliendo de la sala, dejando atrás las hojas con anotaciones y un par de cafés olvidados. Solo Yoongi permaneció en su asiento, con la silla reclinada y la expresión relajada, observando a su amigo como si no acabara de recibir la noticia de que tenía que supervisar su futura casa.

—¿Vas hacer que trabaje para mi propia casa? —preguntó, burlón—. No voy a ensuciarme las manos, pero si tengo que dirigir la obra.

—La culpa la tiene tu suegro —recordó Hoseok, pasándose una mano por la cara—. Ocupa toda la gente que necesites, pero cumple con el plazo.

—Sigo sin entender por qué mi suegro quiere la casa antes —dijo, hojeando las fotos con las características del futuro inmueble—. La boda es en tres meses.

Hoseok rodó los ojos, le arrebató la carpeta y con un gesto de su mano pidió al personal que aún rondaba por ahí que abandonaran la sala. En segundos, quedaron solos.

—Es un blandito que odia cuando no concuerdo con su punto de vista.

—Los dos son unos ancianos —comentó Yoongi, girando un lapicero entre los dedos—. Me costó más ganármelo a él que a su esposo. Ni con Jimin batallé tanto.

—Por eso no me gustan las relaciones —murmuró Hoseok, caminando hacia el gran ventanal.

Yoongi asintió sin mirarlo.

—Eso mismo decía yo... pero cuando menos me lo esperé, un lindo rubiecito de mejillas regordetas, labios carnosos y más dulce que la miel apareció en mi camino, cambiando mi perspectiva de la vida.

El pelinegro negó, observando la fila interminable de automóviles.

—Hay cosas que no funcionan para todos.

—Tal vez lo tuyo sea quedarte a dirigir la construcción de miles de hogares... menos el tuyo. Aunque si no quieres tener suegros, te aconsejo buscar a alguien huérfano.
Hoseok rodó los ojos.

—Eres muy malo para los chistes.

—Tengo otros talentos, lo siento —rio, levantándose de su asiento—. Bueno, fue un gusto hablar contigo. Me marcho para comenzar a trabajar en mi propia casa.

—Es lo mínimo que puedes hacer —murmuró Hoseok, intentando recordar si Kihyun alguna vez mencionó a los padres de Hyungwon. Se golpeó mentalmente por considerar la idea de Yoongi y, peor aún, pensar en ese chico—. Tú no vas a pagar nada...

Luchaba por mantener los ojos abierto. Haber ido junto a Kihyun no había sido la mejor opción. Todavía se preguntaba cómo terminó aceptando la invitación de su amigo, si ya sabía cómo acabaría todo. Kihyun comiéndose la boca con Hyunwoo y él comiendo... pero las papas fritas que su amigo y la pareja de éste dejaban en la bandeja.

—Ya me voy, Ki —anunció, recogiendo su mochila.

—Mmmh —se despegó del moreno, lamiendo su labio inferior—. ¿Por qué? ¿No piensas acompañarnos al cine?

Hyungwon negó con una sonrisa incómoda. No es que no le agradara el moreno, el problema era que detestaba ser la tercera rueda y el espectador principal de sus muestras de cariño.

—Voy hacer mis deberes. Además, mi mamá me pidió que le comprara unas cosas para la cena.

—¿Quieres que te llevemos a tu casa? —ofreció el moreno, buscando las llaves de su auto.

—No, no, no —rio, despeinando el cabello de Kihyun—. Ustedes sigan con lo suyo. Tomaré el autobús. Nos vemos mañana

Al salir del establecimiento de hamburguesas, exhaló con dramatismo. Era tan cansado para él presenciar todo eso. Quizás si estuviera con otros amigos o con una pareja no fuera tan difícil. Lo peor es que Kihyun era el único amigo que tenía y carecía de pareja.

Se colocó los audífonos y caminó hacia la parada más cercana. Sumido en su música, comenzó a contar los pasos que daba, uno de sus tantos rituales para calmarse. Cuando llegó a ciento treinta, se distrajo y perdió la cuenta, lo que le arrancó un pequeño gruñido de frustración. Tendría que volver a empezar desde donde estaba. Ni loco regresaba sobre sus pasos.

Intentó enfocar su mente en la mentira que le había dicho a Kihyun. Aunque... en realidad no había mentido del todo. Su madre sí le había pedido comprar una botella de vino para preparar boeuf bourguignon, uno de los platillos favoritos de su padre, quien regresaba de un viaje esa noche.

—¿Y qué vino tengo que comprar? —preguntó al aire, mirándose en el reflejo del ventanal de una tintorería.

—El reflejo jamás va a darte la respuesta.

Hyungwon dio un respingo. Reconocería esa voz profunda en cualquier lugar. Su corazón dio un vuelco cuando giró y vio al hermano mayor de su mejor amigo detrás de él. Hoseok. Imponente. Impecable. Vestido con un traje negro que le quedaba tan bien que parecía hecho a medida para esa figura atlética, perfectamente proporcionada. Sostenía una bolsa —probablemente de la tintorería— y una de sus manos descansaba en el bolsillo del pantalón, con ese aire de control absoluto que tanto intimidaba a Hyungwon.

—Señor Lee...

—Hyungwon ¿cierto? —el menor asintió, tragando saliva—. ¿Dónde está mi hermano?

—Lo traía aquí en el bolsillo, pero se me salió —bromeó, simulando buscar en sus bolsillos. Terminó soltando una risita nerviosa.

Hoseok alzó una ceja, visiblemente poco impresionado por el mal chiste.

—No sé donde esta —mintió, evaluando mentalmente sus rutas de escape.

Tal vez, si inventaba algo sobre una estampida de toros que se acercaba, Hoseok correría en dirección contraria y él podría huir... o al menos evitar esa mirada que parecía atravesarlo por completo.

—Con su novio, me imagino.

—¿El mío? —se hizo el desentendido, indignado por la insinuación—. Tenemos una amistad muy fuerte, pero también límites. No compartimos parejas.

—Eres un pésimo mentiroso —murmuró Hoseok, repasándolo con la mirada—. Cuando mi hermano se meta en problemas, espero que estés ahí para apoyarlo.

—¡SIEMPRE! Daría mi vida por él... —la voz de Hyungwon se elevó sin querer, para luego caer de golpe, avergonzado—. Lo siento. No quise gritarle.

Hoseok echó un vistazo a su reloj.

—Pero lo hiciste.

—Usted me provocó, señor Lee —frunció el ceño, sin ocultar su molestia—. No me gusta que duden de mí. Y mucho menos de mi lealtad. Si me lo permite... —hizo una reverencia rápida—, tengo cosas que hacer. Que tenga buena tarde.