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Yuuji, quien recién recuperaba la consciencia después de un largo tiempo, emitió un deplorable quejido áspero que lastimó su dolorida garganta, moviéndose en la superficie plana e incómoda en la que cayó antes de que sus extremidades le gritaran por la pesadez. Estaba fuera de sí, excesivamente sediento y extraviado en una desoladora bruma de dolor y agotamiento, sin embargo, luchó, utilizando la poca fuerza que le quedaba para mover sus párpados y así poder abrir los ojos.
Desconocía en su totalidad el sitio donde se encontraba; sólo había un montón de tierra que incluso podía sentir en sus pestañas, parches irregulares de maleza salvaje y un sol ardiente que latía con furia sobre la piel sensible de su rostro, quemándolo por la intensidad.
No recordaba cómo llegó ahí, ni cuándo.
Lo único que atravesó sus pensamientos fue esa última misión a la que asistió a lado de su profesor. Antes de eso, Yuuji había estado cocinando un par de platillos sencillos para él, Nobara y Megumi, teniendo una pequeña charla sobre qué deberían hacer después. Nobara se había inclinado más a la idea de una posible visita al centro comercial y con el horario libre de tareas y misiones, ambos accedieron, no obstante, Yuuji fue llamado por su profesor, interrumpiendo sus actividades triviales.
No entró en demasiados detalles, simplemente le mencionó con su típica animosidad que los dos, por órdenes del director, debían viajar a la otra parte del mundo — específicamente Estados Unidos— , a resolver algo. Luego de volver a su característico uniforme, se dirigió hacia la entrada de la escuela, sonriendo de la felicidad como un tonto. Estando ahí no le dio tiempo de decir una palabra, Gojo-sensei sólo tomó su hombro mientras le preguntaba si estaba listo y en un segundo ya se hallaban en un lugar diferente.
Fue un viaje inesperado a un país al que jamás había ido, por lo que fue vergonzosamente evidente la emoción pura y gigantesca que irradiaba de él. Vio con ilusión cada edificación, disfrutó con una alegría apenas contenida cada establecimiento al que su profesor lo arrastró y por un momento olvidó la misión asignada. Cuando anocheció, ambos terminaron alejados de la civilización, enfrentándose a la maldición.
Rememoró que se distrajo, cómo cerró los ojos esperando el ataque, así como también los brazos que rodearon su cintura, un destello inmenso de energía y por último oscuridad absoluta.
Alarmado, giró su cabeza hacia su lado izquierdo.
—¿Gojo-sensei?— murmuró con voz rasposa, frunciendo el entrecejo con preocupación.
Su profesor se encontraba allí, inconsciente, a un metro de distancia. Su piel comúnmente pálida estaba teñida de un rosa fúrico, agrietada y seca al igual que sus labios. Ignorando su propia debilidad, se arrastró hacia él, cerniéndose sobre su rostro y retirando la venda con una mano temblorosa.
—¿Gojo-sensei?— repitió, recibiendo más silencio.
La angustia comenzó a devorarlo. Un sentimiento horrible de culpabilidad arrasó cualquier pensamiento coherente que pudiera tener, provocando que mordiera su labio con tanta fuerza que sangró. Nunca lo había visto así, tan alejado de la imagen fuerte que todos construyeron de él. Ahora mismo lucía mortal y eso lo aterró aún más.
—¿Gojo-sensei?— lo intentó de nuevo, sin embargo, ésta vez sí recibió una respuesta. Su profesor se quejó por lo bajo, moviendo la cabeza hacia un lado.
Aliviado, soltó un suspiro, después sonrió.
—¿Yuuji-kun?— escuchó su susurro.
—Aquí estoy.— contestó, acostándose a su lado cuando el cansancio volvió a embargarlo.
Su profesor entreabrió los ojos, mirándolo con ese azul rebosante de vida.
—Lo siento, Gojo-sensei —se disculpó, sintiéndose débil, como un novato incapaz de aprender por más que le explicaran—. Es mi culpa que esto haya pasado.
—Aww —sonrió, burlándose de él a pesar de su estado frágil—. Yuuji-kun lo dice como… como si yo no hiciera todo lo que está a mi disposición para protegerlo.
Con esfuerzo picó su mejilla.
Yuuji quiso reír, pero un dolor en su costado lo detuvo.
—En todo caso es mi culpa, Yuuji-kun — empezó—. Mentí. Se suponía que sólo yo iría a la misión, pero recordé que una vez dijiste que tenías el deseo de visitar otros países… así que te llevé conmigo.
La revelación provocó un cosquilleo alegre en su estómago y si no fuera porque el sol ya tenía sus mejillas calientes y sonrojadas, sus palabras lo habrían hecho. No era la primera vez que su profesor hacía algo así. Siempre lo tenía presente, desde trayéndole dulces y recuerdos de sus misiones hasta paseos por todo Japón.
Quizás por eso fue imposible no enamorarse de él.
—Creo…creo que lo amo.— soltó sin pensar.
Al instante hizo una mueca, percatándose de la locura que dijo. Trató de retractarse, no obstante, el hombre rió suave, asintiendo levemente.
—Lo sé, pero hablaremos de ello cuando puedas decirlo sin que la deshidratación te tenga confundido —se alzó sobre su codo, enfocando la mirada hacia el frente, más allá de la montuosa maleza— Tenemos que buscar refugio, ¿crees poder caminar o tendré que llevar a mi preciado Yuuji en mis brazos?
—Puedo caminar.— respondió con timidez, sintiéndose sumamente avergonzado.
Antes de esto creyó que estaba siendo discreto con sus sentimientos. Recién descubriría que no.
—¿Tiene alguna idea de dónde estamos, Gojo-sensei?— preguntó, cambiando de tema.
—Mmm, hay dos posibles opciones —se quedó pensativo, observando el horizonte—. La primera es que la maldición nos envió a una zona desértica desconocida.
—¿Y la segunda?
—Nos mandó a un año entre 1865 y 1890.— encogió un hombro, señalando las propiedades más cercanas.
—¡QUÉ!
