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Entonces Sieun sonríe.
Es una sonrisa brillante, cálida, y justo como Suho la recordaba. La vista tan familiar hace que la opresión en su pecho se afloje, una opresión que Suho ni siquiera sabía que estaba ahí.
Suho está tan agradecido de no haber sufrido ningún tipo de amnesia, de que sus recuerdos permanezcan intactos. Porque la idea de olvidar la sonrisa de Sieun, de olvidar a Sieun, le parece insoportable. Incluso pensar en ello se siente doloroso.
Sieun se mantiene varios pasos lejos de Suho, sus amigos todavía un poco más atrás, como si les dieran espacio.
Sieun lo mira, sus ojos oscuros brillan, y esa sonrisa familiar permanece en sus labios, pero no se acerca. Suho lo ve apretar los puños a los costados, como si intentara contenerse, como si estuviera asustado.
Suho lo entiende y realmente no quiere presionarlo, pero la distancia entre ellos se siente demasiado y Suho se está cansando de ello. Y dado que él mismo no puede ponerse de pie para acercarse a Sieun, y apenas tiene fuerzas en los brazos para mover la silla de ruedas, hace lo único que se le ocurre:
—Entonces —dice Suho, con la voz más suave de lo que pretendía. Una sonrisa se dibuja en sus labios—. ¿Te quedarás ahí parado todo el día o puedo pedirte un abrazo?
Eso es todo lo que Sieun necesita para moverse.
Recorre la distancia que los separa en un segundo hasta que termina de rodillas junto a la silla de ruedas, sorprendiendo a Suho cuando envuelve sus brazos alrededor de él.
Suho no tarda en devolverle el abrazo tan fuerte como puede, aferrándose a la tela de la chaqueta de Sieun.
Y Sieun… Dios, Suho no debería estar sorprendido por la forma en la que Sieun se aferra a él. Su agarre, aunque desesperado, es increíblemente suave y cuidadoso. Sieun lo sostiene como si fuera algo frágil, algo precioso que merecía ser protegido. Y eso conmueve a Suho profundamente.
Porque incluso ahora, después de tanto tiempo, Sieun todavía lo trata como si fuera importante para él.
Los sollozos surgen de repente.
Suho nunca había visto a Sieun así.
Sieun, siempre tan sereno, tan callado, tan... controlado, ahora llora en sus brazos como si algo dentro de él se hubiera roto, como si su corazón se estuviera desgarrando, liberando cada emoción que había estado conteniendo, cada segundo de dolor que había tragado.
Sus hombros tiemblan, su respiración le sale entrecortada y sus dedos se aferran a la sudadera de Suho como si temiera que, si lo soltaba aunque fuera por un segundo, Suho desaparecería.
Y eso lastima a Suho profundamente.
Porque Sieun, presionado contra su pecho, se está desmoronando, y Suho se da cuenta, con un nudo en la garganta, cuánto dolor ha estado cargando Sieun.
Y se siente culpable por ello.
Por haberle causado ese sufrimiento. Por ser la razón por la que Sieun ha tenido que soportar tanto.
Pero entonces...
—Te extrañé.
La voz de Sieun es apenas más fuerte que un susurro, pero golpea a Suho como un puñetazo directo al corazón.
—Te extrañé mucho.
Sus palabras salen entrecortadas, poco entendibles entre los sollozos, pero Suho las escucha con tanta claridad, las siente en lo profundo de su alma, y simplemente no puede permitirse seguir lamentándose.
No cuando él mismo extrañó tanto al chico entre sus brazos.
Incluso si no era consciente de ello. Incluso si no sabía que el tiempo estaba avanzando, sin detenerse, sin esperar por él.
Suho dijo una vez que tal vez él y Sieun fueron un matrimonio en sus vidas pasadas. Ahora más que nunca está seguro de ello.
Porque Suho solo necesitó ver a Sieun de nuevo, tan diferente y a la vez tan igual al Sieun que habitaba sus recuerdos, para saber que lo extrañaba, que no podría pasar ni un segundo sin poder verlo.
Suho tiene que aclararse la garganta y obligarse a hablar, porque no puede dejar a Sieun pensar, ni un momento, que no lo ha extrañado.
—Yo también —dice Suho mientras acaricia el cabello de Sieun con una mano, enredando los suaves mechones entre sus dedos.
Suho no puede apartar la mirada de Sieun. No se atreve.
Pero, por el rabillo del ojo, puede ver que los amigos de Sieun ya no están ahí. Tal vez se hayan ido a casa o simplemente estén por ahí, dando una vuelta por los jardines del hospital.
Honestamente, Suho está profundamente agradecido de que Sieun haya encontrado personas que le hicieran compañía.
Pero está aún más agradecido de que Sieun, que siempre se había escudado en su soledad, se haya permitido apoyarse en alguien más, a pesar de todo por lo que han pasado.
Y Suho no conoce a estas personas, pero sabe lo que significa que estén aquí. Porque conoce a Sieun.
Sieun, que tiene un corazón tan grande, lleno de tantas emociones que no siempre se permite sentir. Suho conoce bien la fuerza, la intensidad con la que Sieun cuida a aquellos que le importan. Una lealtad tan absoluta que es casi aterradora.
Suho aún no sabe sus nombres. No conoce sus historias ni cómo encajan en la vida de Sieun. Pero dice mucho para él que estas personas hayan acompañado a Sieun hasta el hospital, sin conocer a Suho, solo porque era importante para Sieun.
Suho se promete en silencio agradecerles como es debido un día de estos. Por haber cuidado de Sieun, por estar a su lado incluso si pareciera que Sieun no los quería ahí. Definitivamente les agradecería.
Pero por ahora…
Sieun permanece junto a Suho, con los dedos apretados en la manga de su sudadera.
—Idiota... estaba tan preocupado. Nadie sabía cuándo despertarias y yo… yo no quería perder la esperanza. Pero era tan difícil verte así, tan quieto…
Suho parpadea rápidamente para ahuyentar las lágrimas. No va a hacer eso otra vez.
Ya había llorado lo suficiente cuando despertó, durante esos breves e inestables momentos de desorientación, cuando una enfermera amable le explicó cuánto tiempo había estado ausente y el peso de todo lo abrumó por completo.
Pero no lo hará ahora.
Porque Suho nunca había oído a Sieun decir tanto, no de esta forma.
Cada una de sus palabras estaba cargada de aún más cosas no dichas. Tanto dolor, tanto arrepentimiento. Suho no va a arriesgarse a interrumpir a Sieun ni a evitar que descargue todo lo que lleva acumulando en su pecho desde hace tanto tiempo.
Si esto es lo que Sieun necesita, si necesita hablar hasta quedarse sin voz, Suho se quedará ahí y lo escuchará hasta que le sangren los oídos.
Y cuando, finalmente, las palabras de Sieun comienzan a desvanecerse, cuando sus hombros se hunden y solo queda su suave respiración entrecortada, Suho deja que el silencio se extienda por un momento antes de romperlo con un susurro.
—Lo siento.
La disculpa se siente amarga e insuficiente, pero no hay mucho más que Suho pueda ofrecer.
Sin embargo, sus palabras no parecen correctas para Sieun, quien, aun con el rostro cubierto de lágrimas, se aleja para mirar a Suho con el ceño fruncido. Suho no puede evitar pensar que luce adorable así, con las mejillas enrojecidas y sus grandes ojos brillando, toda su atención sobre él.
—No —dice Sieun, con la voz ronca—. No te disculpes. No tienes que hacerlo.
—Sieun-ah… —empieza Suho, pero Sieun lo interrumpe.
—Lo digo en serio. Yo soy quien debería disculparse.
Ahora es el turno de Suho de molestarse. Pero no con Sieun. Nunca con él. Sino con la sola idea de que Sieun tenga que cargar con la culpa.
Porque nada de lo que pasó es culpa suya.
Y Suho no se arrepiente de haber ido a ese lugar esa noche. No se arrepiente de haber tratado de buscar venganza contra esos idiotas que habían lastimado a Sieun. En absoluto.
Aunque, si hay algo de lo que Suho se arrepiente, es de haber dejado a Sieun ahí, en su casa, solo, de pie en su puerta mientras trataba de ocultarle el yeso que le envolvía el brazo, mientras lo miraba con los ojos más tristes que Suho había visto nunca.
—Yeon Sieun —dice Suho, con voz suave pero firme, porque necesita que Sieun lo entienda—. No hay nada por lo que tengas que disculparte. Lo que pasó no fue culpa tuya.
Sieun lo mira. Abre la boca como si fuera a decir algo, pero ninguna palabra logra salir. Y las lágrimas que ya parecían detenerse regresan, ahora con mayor intensidad.
Suho atrae a Sieun hacia él de nuevo, rodeándolo con ambos brazos con toda la fuerza que su cuerpo le permite.
—No quiero hablar de eso… No ahora —murmura Sieun después de unos minutos, apenas más fuerte que un susurro.
¿Y qué más puede hacer Suho, sino lo que este dulce chico le pide?
Honestamente, Suho tampoco quiere hablar de lo que pasó. Sabe que necesitarán hacerlo en algún momento, pero ahora no es ese momento.
Suho suspira y siente que la tensión en sus hombros se disipa.
—Está bien, no hablaremos de eso.
Y para cambiar de tema, Suho continúa. Ladea ligeramente la cabeza y le ofrece una sonrisa.
—Pero, ¿tienes tiempo? ¿Qué tal si me cuentas cómo te ha ido… o lo que has hecho?
Instintivamente, Suho mira alrededor. Todavía no hay rastro de los amigos de Sieun, pero tiene que preguntar de todas formas.
—A menos, claro, que tus amigos te estén esperando. Si es así, puedes contarme otro día. Puedo esperar.
Por un momento, Sieun lo mira fijamente con una expresión extraña, una que Suho no logra descifrar del todo. Como si Sieun supiera algo que Suho desconoce por completo.
(Es algo que Suho descubrirá al día siguiente.
Cuando los médicos salgan de la habitación después de una revisión, y su abuela amablemente le extienda su teléfono.
Cuando Suho desbloquee la pantalla y vea la enorme cantidad de mensajes sin leer que lo esperan en silencio en su chat con Sieun.
Mensajes que comienzan desde hace meses atrás. Algunos son extensos y otros de apenas unas palabras. Algunos de un mismo día y otros más con varios días de diferencia. Pero todos con contenido similar.
Algunos mensajes son simples actualizaciones: Sieun contándole su día a día, sus pensamientos… Otros, sin embargo, son más pesados; cientos de disculpas, confesiones escritas a altas horas de la noche, demasiado privadas para que Sieun las compartiera con Suho tan abiertamente, pero que envió de todos modos. Incluso sabiendo que no recibiría una respuesta de vuelta.
Y Suho llorará; las lágrimas resbalaran por sus mejillas sin que pueda detenerlas. Llorará por Sieun y por todo lo que ha sufrido. Por las largas noches de insomnio, por los golpes, los moretones y las peleas de las que no pudo protegerlo. Por la esperanza solitaria y obstinada de un chico que no dejaba de escribirle a alguien que no podía responder.
Pero también verá la forma en la que Sieun trató de mantenerlo presente en su vida, incluso si estaba siguiendo adelante, poco a poco. Y Suho sentirá su corazón hincharse de puro orgullo por ese chico de ojos profundos y amables.
Y con las manos aún temblando, Suho responderá con cariño el último mensaje de Sieun: una simple invitación a pasar el rato ahí, en la habitación de hospital que todavía no puede abandonar. Y sonreirá al ver llegar la rápida respuesta de Sieun, que acepta su invitación sin dudar.)
Pero esa expresión en el rostro de Sieun pronto desaparece y da paso a una sonrisa, aunque ahora un poco más pequeña y apagada debido al cansancio provocado por el llanto, pero con ese brillo que siempre ilumina el corazón de Suho.
—Está bien —Sieun está de acuerdo—. Tengo algo de tiempo.
Entonces, sin importarle ensuciar aún más su uniforme, Sieun se sienta en el suelo con las piernas cruzadas frente a Suho. Los rayos de sol se filtran entre las ramas del árbol cercano, proyectando sombras sobre su rostro, y Sieun empieza a hablar, al principio vacilante, pero muy pronto se deja llevar.
Le cuenta a Suho todo lo que se le ocurre en ese momento. Habla de su nueva escuela, de sus nuevos amigos, de cómo aprendió a jugar basket.
Y mientras la voz de Sieun llena el espacio entre ellos, Suho lo escucha. Absorbe cada detalle, cada pequeña historia, cada risa. Disfruta de la presencia de Sieun, que lo llena de calidez y de una sensación de seguridad que Suho no sentía esa mañana.
Y mientras ve a Sieun sonreír de nuevo, ambos ahí, sentados bajo la sombra de un gran árbol, Suho sabe que las cosas mejorarán pronto.
Para ambos.
