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A sus cincuenta y dos años, Arlecchino no se sentía vieja ni cansada. Su cabello blanco y negro seguía tan brillante como en sus días de juventud, y sus ojos rojos no habían perdido ese filo inquisitivo que hacía temblar a quien sea que la mirara. Profesora de Historia Política en una de las universidades más prestigiosas de la ciudad, su fama de estricta y distante era bien conocida entre el alumnado.
Nunca fue mujer de grupos sociales ni reuniones innecesarias. Salía del campus, fumaba un cigarrillo en la terraza de su departamento de lujo, bebía un buen whisky, y, si la ocasión lo merecía, compartía su cama con alguna mujer que supiera lo que quería.
Una vida simple. Una vida libre de ataduras.
Pero como todas las cosas, esa rutina comenzó a tambalear el día que ella cruzó la puerta de su aula.
Su nombre era Yae Miko. Provenía de Japón y, según su ficha académica, era una estudiante becada con uno de los promedios más altos de su generación. Pero cuando Arlecchino la vio por primera vez, su instinto le gritó algo distinto. El cabello rosado, largo hasta la cintura, perfectamente peinado con una naturalidad engañosa; sus uñas largas y pintadas, el maquillaje sutil pero provocador, y ese andar despreocupado con la blusa del uniforme incompletamente abotonada.
— “Vaya, esta chica es el estereotipo de una gyaru japonesa” —pensó Arlecchino , esperando tener algún tipo de problema con esta nueva alumna.
Pero nada pasó
Durante las primeras semanas tras su llegada, Miko no sólo fue puntual y respetuosa, sino que también respondía con claridad en clase, participaba, entregaba trabajos impecables y obtenía notas altas sin esfuerzo aparente. Cada vez que hablaba, su tono era suave, su mirada serena, y aunque sonreía con coquetería, nunca cruzaba la línea.
Aún así, Arlecchino la notaba observándola. Siempre desde la primera fila, con el mentón apoyado en una mano y los labios curvados con una picardía imposible de ignorar.
Entonces ocurrió.
Era una tarde fría de otoño. Las clases habían terminado y la mayoría de los estudiantes se habían retirado. Miko se acercó al escritorio de Arlecchino con una carpeta en mano.
—Profesora —dijo con esa voz melosa que ya Arlecchino conocía bien—, olvidé entregarle el ensayo final. ¿Tiene un minuto?
Arlecchino levantó la vista de su computadora portátil, sin alterar su postura.
—Deberías haberlo entregado esta mañana, Miko.
—Lo sé. —Miko se inclinó un poco más sobre el escritorio—. ¿Podría compensarlo... con algo más?
Silencio.
Arlecchino cerró su laptop.
—¿Sabes lo que estás diciendo?
—Sé lo que quiero —replicó Miko, y en ese momento sus ojos violetas brillaron con una mezcla peligrosa de deseo y atrevimiento—. ¿Usted también lo quiere, o no?
No fue la primera vez que una alumna intentó seducirla, pero sí fue la primera vez que Arlecchino aceptó.
Después de todo, Miko era mayor de edad. Legalmente, no había problema alguno.
El sexo fue salvaje.
En el departamento de Arlecchino, contra la pared, con Miko gimiendo en japonés y enterrando sus uñas en la espalda de su profesora como una gata en celo.
Miko no pidió suavidad. No pidió cuidado. Dejó que Arlecchino la empujara contra los ventanales que daban al skyline de la ciudad, la dejó morder su cuello, la dejó follarla sin protección por detrás como si fuera algo natural. Le pidió más. Le rogó.
Al final, Miko quedó jadeando boca abajo en la cama, con la espalda marcada por las uñas de Arlecchino y los muslos temblando. Sonreía.
—No estuvo mal, profesora.
Arlecchino la miró desde su lugar junto a la ventana, bebiendo un vaso de whisky.
—No deberías quedarte a dormir —le dijo—. No repito con nadie.
—¿Y si yo no soy como las demás?
—Todas dicen lo mismo.
Pero Miko volvió al día siguiente. Y al otro. Y al siguiente.
Al cabo de una semana, tenía cepillo de dientes y ropa propia en el armario de Arlecchino. A los quince días, ya sabía el código de la puerta del departamento. Al mes, dormía más en la cama de su profesora que en el dormitorio universitario.
Y lo más inquietante: Arlecchino no hizo nada para evitarlo.
—¿Qué estás cocinando? —preguntó Miko una tarde de viernes, mientras entraba a la cocina vestida únicamente con una camisa blanca que le quedaba grande.
—Nada para ti —respondió Arlecchino sin voltear, revolviendo una olla con salsa picante.
—¿Otra vez sopa picante? ¿Sabes que tengo una lengua sensible, verdad?
—Entonces aprende a cocinar.
—Eso es sexista.
—Es un consejo de supervivencia.
Miko rió y se acercó por detrás, abrazándola por la cintura.
—Estoy ovulando —susurró contra su espalda.
Arlecchino no se movió, pero bajó la temperatura del fuego.
—¿Y?
—¿Y si me marcas?
—No seas ridícula.
—Estoy bromeando... un poco —dijo Miko, deslizando los dedos por el vientre de la alfa—. No me iría mal como tu esposa, ¿sabes?
—Eres mi alumna.
—También soy tu amante.
—Eso puede cambiar.
Miko se soltó del abrazo, fingiendo una expresión dolida.
—Eres cruel, Arle-chan.
—No me llames así.
—Pero suena tierno, ¿no? Arle-chan~.
—Te voy a meter la cabeza en la olla.
—¡Kyaa, qué ruda! ¿Así tratas a tu futura esposa?
Arlecchino no respondió, pero sus mejillas se ruborizaron un poco. Miko pareció notar esto y se alejó con una sonrisa triunfante.
El patrón continuó. Entre semana, Miko estudiaba, asistía a clases, obtenía las mejores calificaciones y a veces fingía no conocer a Arlecchino dentro del campus. Los fines de semana, se transformaba: se adueñaba del departamento, lo llenaba de risas, perfumes dulces, y se acurrucaba junto a la mujer mayor en el sofá mientras veían series coreanas.
Y el sexo... el sexo era otra cosa.
Miko no era sumisa. No era tímida. Sabía exactamente qué hacer, cómo mover las caderas, qué decir en el momento justo para hacer que Arlecchino perdiera la compostura. Ninguna otra había logrado eso antes.
Y sin embargo, no era el sexo lo que más inquietaba a la profesora.
Era el afecto.
Los besos suaves. Los abrazos por la espalda. Las manos entrelazadas mientras caminaban por la calle. Miko tomándola de la mano en el supermercado y diciéndole a la cajera:
—Ella es mi prometida, ¿a que es guapa?
O cuando en la universidad escuchó a Miko decirle a sus amigas:
—No necesito pareja, ya tengo a alguien esperándome en casa.
—No entiendo por qué haces esto —le dijo Arlecchino una noche, mientras Miko secaba su cabello tras la ducha.
—¿Hacer qué?
—Actuar como si esto fuera algo serio.
—¿Y no lo es?
—No lo es.
—¿Por qué no?
—Porque eres una niña caprichosa de 20 años que juega a tener una sugar mommy.
Miko dejó la toalla a un lado y se sentó en la cama, cruzando las piernas.
—¿Y tú? ¿No eres una mujer solitaria de 52 años que se esconde detrás de una coraza porque tiene miedo de sentir algo real?
Arlecchino la miró en silencio.
—Tienes cinco segundos para dejar de hablar.
—Haz que me calle —sonrió Miko, provocadora.
Y Arlecchino la hizo callar, follando a Miko con la suficiente fuerza como para que le fuera incómodo caminar al día siguiente.
—¿Te importa si dejo más ropa aquí? —preguntó Miko un sábado por la mañana, mientras abría un cajón.
—Ya la dejaste.
—Quiero decir más todavía. Como... toda mi ropa.
—¿Planeas mudarte?
—Planeo quedarme más tiempo.
—Esto no es un hotel.
—Tampoco es un prostíbulo, pero te las arreglas bien para ser mi única clienta.
Arlecchino frunció el ceño.
—¿Insinúas que me estás cobrando?
—Insinúo que estoy invirtiendo en un proyecto a largo plazo. —Miko sonrió mientras sacaba una caja con cosméticos—. ¿Puedo poner mis cremas en el baño?
—No.
—Gracias.
—No dije que sí.
—Lo dijiste con tus ojos.
Habían pasado dos meses.
Arlecchino, quien jamás repitió cama con nadie, ya no se imaginaba el penthouse sin la presencia constante de Miko. A veces la encontraba dormida en el sofá, con un libro sobre el pecho. A veces la escuchaba cantar en japonés mientras se duchaba. A veces, incluso, la sorprendía cocinando algo incomible pero con todo su corazón puesto.
Y cada noche, Miko se acurrucaba a su lado, murmurando palabras dulces que hacían que incluso su corazón endurecido se agitara.
—¿Qué piensas de tener hijos algún día? —preguntó Miko una madrugada, descansando su cabeza en el suave y engañosamente grande pecho de su profesora .
—No pienso en eso—respondió Arlecchino
—¿Y si yo quiero?
—Entonces busca otra alfa.
—No quiero otra.
Arlecchino suspiró.
—No tengo alma de madre.
—Pero te encanta que te diga “mami” cuando me follas, ¿no es lo mismo?
—Miko, ya duérmete.
Era una nueva rutina. Una vida distinta.
Y por primera vez, Arlecchino no estaba segura de querer volver a la antigua.
