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Law lloraba con intensidad al ver lo que había sido su hogar, ahora envuelto en ardientes e infernales llamas. El fuego se esparció de tal manera que no pudo volver por su hermana, ahora ella había muerto a causa del humo o las quemaduras. Quería morir, solo quería morir al igual que ella, que sus padres, que todos; ya no aguantaba más, le daba igual si lo escuchaban, quería que ese infierno terminara.
Fue entonces que una figura le tomó con fuerza, cubriendo su boca para que no hiciera ruido y luego le llevó rápidamente detrás de un edificio para ocultarse. Sus ojos llenos de lágrimas se abrieron desmesuradamente ante la sorpresa de reconocer a su padre. No podía creer que siguiera vivo, aunque su expresión de angustia y dolor le indicaba que seguía herido por el disparo que recibió.
—No hagas ruido, Law —le susurró con un tono más grave, notoriamente adolorido, pero era más su urgencia por encontrar un lugar seguro para él y su hijo.
—Papá…—apenas balbuceó, aferrándose a su bata manchada de sangre—Lami…por mi culpa Lami…
—No es tu culpa —le interrumpió, limpiándole las lágrimas, pasando a abrazarlo contra sí para darle algo de consuelo—, nada de lo que ha pasado es tu culpa. Esto es culpa del Gobierno Mundial, solo de ellos…
Las palabras de su padre sonaban duras, pero eran bastante ciertas. Todo aquello no era culpa de nadie más que del Gobierno Mundial.
…
Escapar de Flevance había sido sumamente difícil. Law y su padre se habían escondido entre algunos cadáveres, no debían saber que habían sobrevivido. Tuvieron que separarse al ir en carretas diferentes y eso tuvo ansioso al niño ¿Y si lo descubrían? ¿Y si su padre moría? Había atendido su herida de bala superficialmente, no tenía garantía de nada.
Se las arregló para bajar al llegar a la zona acordada y se ocultó a esperar, temeroso. Fueron minutos largos y pesados, pero al final su padre apareció, caminando con dificultad por el dolor. El niño le abrazó nuevamente, aliviado, aún tenían oportunidad.
Durante días viajaron como sombras entre los escombros del North Blue, cambiando de ropas, nombres y rutas cada vez que alguien preguntaba de más. Trafalgar Klaus estaba decidido a no dejar que su hijo muriera por culpa de los mismos hombres que habían arrasado su hogar. No podían ir a ningún hospital ni buscar ayuda oficial; los agentes del Gobierno aún patrullaban algunas zonas, buscando a cualquiera que pudiera hablar del plomo ámbar.
Su había empeorado y Law, aterrado de perderlo, debió aprender rápido a limpiarla, cerrarla como pudiera y controlar las fiebres. No había tiempo para llantos, solo para sobrevivir.
—Lamento que tengas que hacer esto, no quisiera ser una carga —murmuró jadeante, la fiebre por la infección no le había permitido avanzar demasiado. Ahora estaban ocultos en el húmedo sótano de una vieja iglesia, al menos les permitía descansar.
—No eres una carga, papá —dijo mientras cambiaba los vendajes y gasas—¿Por qué tenía que pasarnos esto? ¿Por qué mamá y Lami…?
—Escucha, Law —Klaus levantó su mano, acariciando suavemente su cabeza—. Quienes nos hicieron esto algún día lo pagarán…
—Es mentira, nadie puede hacer nada contra el Gobierno Mundial —protestó el niño; era una idea ilusa. Recordar a todas esas personas muertas, las que fueron importantes para él, sin mencionar el estado actual de su padre solo le llenaba de una ira incontrolable.
—Te aseguro que los hay —respondió frunciendo sus cejas—, así como lo hizo Gold Roger…
—¿Piratas? —cuestionó sorprendido—No son confiables, son peligrosos y nos matarán…
—Tal vez, quizás estoy delirando por la fiebre.
Law vio a su padre dormir en un intento de recuperar energías. Tras un rato, decidió salir a aquel pueblo cercano, donde robó medicinas y comida, aunque a cambio recibió una paliza que le dejó el cuerpo demasiado adolorido.
¿Por qué nadie les ayudaba? La gente era de lo peor, tal como el Gobierno Mundial. Pensó en las palabras de su padre sobre aquellos que se oponían. Esa fue la primera semilla. No de venganza inmediata, sino de una determinación que ardía lento y firme, como las brasas de Flevance que aún veían al cerrar los ojos.
…
Klaus logró recuperarse considerablemente de su herida, lo único que le quedaba era la cicatriz que dejó la bala en su costado y una cojera que no disminuyó demasiado con el tiempo. Las medicinas robadas por su hijo resultaron de gran ayuda, aunque detestaba verlo tan lastimado. Prefería ser él quien se arriesgara a buscar comida y recibir las golpizas en su lugar con tal de protegerlo. En algunos pueblos, ocultaba las manchas de su enfermedad y cobraba por algunos servicios médicos, aunque a veces tenían la mala suerte de ser descubiertos y debían huir antes de que la Marina los capturase.
Escabulléndose en barcos mercantes y pesqueros para ir de isla en isla, finalmente llegaron a una llamada Spider Miles. Una vez allí, escucharon rumores sobre la presencia de un grupo de piratas en la zona. Estaban exhaustos, sucios y hambrientos, aunque también determinados a hablar con su líder. Tal vez podría lograr algo a cambio de sus servicios médicos.
Todo lo que pasaba por la cabeza del mayor era que su hijo necesitaba estar en un lugar seguro, al menos esos años que les quedaban de vida ¿Un grupo de piratas lo era? Para nada, pero era claro que nadie más les ayudaría y que su enfermedad solo aterraba a los ignorantes. Ya habían intentado apelar a la empatía de la gente común y no funcionó ¿Qué más podrían perder? Tiempo de vida no era algo que les quedara tampoco.
Caminaron durante horas por las zonas más descuidadas del puerto, siguiendo las pistas y rumores que habían recogido en el muelle: Basurero al este, niños extraños en la entrada, otros que huyen despavoridos y llenos de heridas, “no vayan si quieren seguir con vida”. Advertencias que solo confirmaban que estaban cerca.
El aire se volvía más denso conforme se adentraban, mezclado con el hedor de metal oxidado, comida podrida y desechos industriales. Law se cubría la nariz con la manga mientras observaba con recelo el paisaje. Klaus, por su parte solo caminaba, cansado pero decidido, su cojera más marcada por el esfuerzo, sin detenerse a descansar.
En aquel lugar se elevaba un edificio donde una gran jollyroger a su costado era la advertencia más evidente de quienes estaban presentes allí.
Se encontraron con dos niños. La pequeña tenía su brazo convertido en una especie de arma que disparaba fallidamente contra botellas vacías. El otro niño, más alto y regordete, reía sentado en un cajón por su mala puntería.
—¿Ustedes viven aquí? —el mayor llamó la atención de ambos, quienes los miraron con total desconfianza, incluso la niña apuntó su brazo contra ellos—No queremos pelear, solo hablar con la persona a cargo.
—El joven amo no tiene tiempo para vagabundos —respondió el niño con desdén.
—¡No somos vagabundos! —protestó Law con indignación, dando un paso al frente a pesar de seguir siendo apuntados— ¡Mi papá es médico!
La niña no bajó el brazo transformado, aunque ahora dudaba. El regordete se incorporó del cajón con más cautela. Ambos parecieron intercambiar miradas como si lo estuvieran consultando de forma silenciosa.
—Baby 5, Buffalo ¿Qué les hemos dicho de hablar con extraños? —Una tercera persona se unió a los niños. Era un hombre trajeado que ocultaba sus ojos tras unos lentes de sol. Fumaba un cigarrillo que luego dejó caer al suelo y lo apagó con su pie—¿Qué se les ofrece?
—Señor Pink, este hombre dice que es médico y que quiere hablar con el joven amo —dijo la niña, volviendo su brazo a la normalidad. Law no había querido expresarlo, pero aquello sin dudas le dejó bastante perplejo.
—¿Ah sí? Bueno, no creo que necesitemos los servicios de un médico por ahora.
—Tal vez sí, especialmente por Cora-san —soltó el niño llamado Buffalo con una risita, misma que acompañó la niña.
El hombre trajeado pareció sonreír ligeramente, como si lo estuviera considerando un momento, sabía que los niños tenían razón en cierto modo.
—Aun así, quisiera hablar con esa persona que llaman joven amo, es…
—Este no es lugar para gente como ustedes, mejor váyanse.
A pesar de esa respuesta, los Trafalgar no desistieron tan fácilmente. A diario volvían a la planta de procesamiento a intentar hablar con el líder del grupo, cuyo nombre conocieron después: la familia Donquixote. Eventualmente conocieron a otros de sus miembros, como a un hombre muy alto llamado Diamante o un muchacho de nombre Gladius.
Todos solían repetir lo mismo, que aquel lugar no era para ellos. Law empezaba a estresarse e incluso llegó a pelearse con Diamante en un intento de probar su valor.
—Basta Law, eso no es necesario —su padre le frenó, tomándole por sus hombros.
—¡No nos toman en serio! —exclamó enojado—¡Necesitamos dinero para tus medicinas!
—No te angusties por eso —trató de calmarle.
—Ustedes de verdad son muy persistentes —se burló Diamante—¿Qué esperan lograr? Ya se los dijimos, aquí no necesitamos…
—Diamante…—una voz resonó desde lo alto del edificio. Padre e hijo levantaron la mirada, encontrándose con un hombre de cabellera rubia, sentado en el barandal del último piso mirándolos a través de unos cromados lentes de sol—Déjalos subir, quiero escuchar lo que tienen que decir.
El silencio se apoderó del lugar apenas esa voz sonó. Incluso Diamante, que segundos antes había reído con superioridad, se calló de inmediato. El imponente hombre en lo alto del edificio les observaba con una peculiar seriedad ¿Qué expresión ocultaban en realidad aquellos cristales? ¿Desdén? ¿Burla?
—¿Estás seguro, Doffy? —preguntó Diamante con una mueca—. Son solo un par de…
—Dije que los dejes subir —repitió el hombre antes de ingresar nuevamente al edificio.
Diamante apretó la mandíbula y se hizo a un lado con un gesto seco. Klaus agradeció con una leve inclinación de cabeza y tomó la mano de Law antes de caminar hacia el edificio. Baby 5 y Buffalo los siguieron con la mirada, curiosos, mientras el Señor Pink encendía otro cigarrillo sin decir nada más.
Subieron escalón tras escalón, algo lentos por la cojera del mayor, guiados por un tipo alto con gafas y cabello color negro, alguien que se presentó solo como Trébol, con una risa húmeda y desagradable, hasta llegar a una gran sala cerrada.
El rubio estaba sentado en un amplio sillón. Vestía una camisa formal negra con una corbata roja, mientras que un abrigo rosa de plumas reposaba sobre el sillón. Tenía una presencia muy imponente para un hombre común.
—Así que un médico errante —dijo él, sin levantarse— y un niño testarudo con cara de pocos amigos ¿Qué los trae a mi basurero? Parecen muy persistentes a pesar de las negativas.
—Mi nombre es Trafalgar Klaus y quiero ofrecerle mis servicios médicos —explicó brevemente.
—¿Por qué aquí y no en un hospital? Una tripulación de piratas no es lugar para alguien como usted o su hijo, doctor —una sonrisa se formó en sus labios, recostándose un poco del espaldar de su cómodo asiento.
—Nunca me aceptarían en un hospital y se me acaban las opciones, necesito dinero para cuidar de mi hijo —siguió explicándose—, soy un hombre buscado, creo que usted entiende de lo que hablo.
—¿Ah sí? Nunca he visto tu cara en un cartel de se busca —comentó antes de fijarse en el niño—. Escuché que hace unos días hiciste llorar a Baby 5, no acepto que haya problemas entre los miembros de mi tripulación, somos una familia…
—Ella estaba siendo muy molesta —se excusó Law frunciendo el ceño con disgusto—. No solo queremos estar en su tripulación por dinero, también queremos acabar con todo lo posible de este mundo que nos ha dado la espalda.
—Law.
A pesar del reproche de su padre, la expresión del chico no cambió. Algo llamó la atención del rubio en la dinámica de esos dos. Era claro al ver a sus ojos que el mundo les había tratado como la peor escoria posible, le daba curiosidad el porqué. Aun así, aquel hombre estaba dispuesto a hacer lo necesario por su hijo y eso de algún modo se clavó en una parte de su cerebro, conectando con memorias de su pasado.
—Les daré un mes de prueba, veamos si son capaces de resistir la vida de un pirata, aunque lo dudo, tal vez salgan huyendo pronto.
A pesar de sus palabras, detrás de sus lentes había una intensa mirada de interés por aquel par.
—Le agradezco, señor…
—Donquixote Doflamingo. Bienvenido a bordo, doctor.
…
Un mes de prueba sonaba como algo razonable. Por orden de Doflamingo, Klaus partió a la ciudad junto al Señor Pink para comprar medicamentos y todo lo necesario para ejercer su labor como médico. Law se había quedado en aquel lugar con los otros dos niños contra su voluntad, aunque para el mayor era mejor así, prefería que su hijo no se expusiera tanto, además que convivir con otros niños podría hacerle bien.
—Tal vez necesites un bastón —le comentó el hombre de traje—¿Qué te pasó?
—Herida de bala, hice un procedimiento de emergencia, aunque no sanó apropiadamente —respondió, llegando de vuelta a aquella planta.
Ciertamente subir hasta el último piso era algo incómodo y agotador, pero no pensaba quejarse, pretendía hacer su trabajo lo mejor posible. Avanzó hacia las escaleras cuando algo cayó en las cercanías de forma estruendosa. Klaus abrió sus ojos, paniqueado al reconocer a su hijo, no dudando en ir a su auxilio.
—¡Law! —exclamó, dejando la bolsa que cargaba para ayudar a su niño, revisando las posibles heridas que se había hecho—¿Qué sucedió? ¿Cómo te caíste…?
—Lo hizo de nuevo —Pink suspiró y humo de cigarro salió de su boca a medida que negaba—. Corazón está de regreso, debí advertirte, no es nada bueno con los niños.
—Ese maldito, voy a matarlo —Law gruñó con ira pese al dolor. Su padre le retiró su gorro para fijarse de donde provenía la sangre de su cabeza, aunque las palabras del otro también le enfurecieron.
—¿Uno de ustedes le hizo esto? ¡Pudo matarlo!
—Corazón es bastante cruel, el joven amo nunca lastimaría a un niño, pero Corazón es otra historia —miró hacia arriba un momento, volviendo a exhalar humo—, no pensé que regresaría pronto.
—¿Quién es ese tal Corazón? ¡Voy a…!
—No te lo recomiendo —Pink le interrumpió al notar su creciente ira—, Corazón es el hermano del joven amo, no permite que nadie le haga daño.
Klaus apretó los dientes, furioso. La sangre en la frente de Law no era mucha, pero suficiente para hacerle hervir la propia. Limpió con cuidado la herida de su hijo y aprovechó los vendajes que compró para atenderle adecuadamente.
—¿Estás bien? ¿Puedes ver bien? —preguntó, examinando sus pupilas— ¿Te mareas?
—Estoy bien —gruñó Law, aunque su voz se quebró un poco por el orgullo herido—. Solo me empujó.
—¿Por qué demonios haría eso? —Klaus levantó la mirada hacia el Señor Pink, que no parecía sorprendido, como si esa clase de cosas fueran comunes.
—Porque es así —respondió simplemente el hombre, sin emociones aparentes—. No le agradan los niños y menos los nuevos.
—¿Y eso justifica que empuje a un niño desde semejante altura? ¡Pudo romperse el cuello o lastimarse con toda la basura metálica que hay aquí!
Klaus ayudó a Law a ponerse de pie, sujetándolo por el brazo. El chico tenía el ceño fruncido y los labios apretados. Recogió la bolsa de medicinas con un brazo y con el otro se apoyó del barandal para poder subir las escaleras junto al menor. No dijo nada más, pero por dentro estaba histérico ¿Cómo se atrevía ese desgraciado desconocido a lastimar a su pequeño?
Al llegar arriba lo vio finalmente. Un hombre bastante alto, casi tanto como Doflamingo, con un abrigo negro de plumas y sus ojos cubiertos por unas gafas de sol moradas; debía ser cosa de hermanos el querer combinar de alguna manera. Aun así solo sintió el enojo incrementar y no pensó dos veces en ir directamente para tomarle con brusquedad de su camisa.
—¿Quién te crees que eres para tratar a mi hijo de esa manera? ¡Si vuelves a ponerle una mano encima….!
—Señor Trafalgar no lo haga, cualquiera que se meta con el hermano del joven amo lo pagará con sangre —le alertó Buffalo con cierta angustia. Aun así, Klaus solo pudo notar como él y la niña tenían moretones en el rostro, lo que le enfadó aún más.
—¿Te divierte golpear niños indefensos? Eres un…
—Trafalgar —esta vez fue Señor Pink quien le llamó—, los niños tienen razón, será mejor que dejes a Corazón en paz, además, ellos ya están acostumbrados, no dudes que también se desquitan.
Klaus apretó su mandíbula, mirando al rubio que parecía sumamente indiferente. Le tomó de la mano que sujetaba su camisa y la apartó antes de solo alejarse caminando como si nada. Dudaba que algo pudiera borrar el desprecio que empezó a sentir por ese hombre desde ese momento. De lo que estaba seguro era que no permitiría que volviera a ponerle un dedo encima a su hijo ni a los demás niños.
Se tomó su tiempo para revisar apropiadamente a los tres. No tenían heridas severas, no obstante aquello le parecía indignante en todo aspecto, pero bueno, ¿Qué podría esperar de los piratas?
—¿Los tres están bien? —preguntó tras terminar de colocar algo de gel en la mejilla de Baby 5.
—Sí, esto pasa a menudo —dijo la niña con calma—, Cora-san es bastante duro con los niños, todos los que no soportan sus malos tratos terminan huyendo de aquí.
—¿Y ustedes cómo es que no huyeron? —cuestionó mientras acomodaba todo lo comprado en un botiquín.
—La vida que teníamos antes de venir era mucho peor —explicó Buffalo—, aquí tenemos comida y el joven amo nos protege.
—Sí, incluso nos dio frutas del diablo para que pudiéramos defendernos.
Los Trafalgar les dieron expresiones diferentes. Law estaba escéptico, mientras que su padre sintió algo removerse en su estómago ¿Qué tan malas debían ser sus vidas como para tolerar esos abusos por comida y un lugar seguro?
El muchacho de nombre Gladius les avisó que pronto sería la hora de cenar y que Doflamingo los esperaba a todos. Los dos niños se adelantaron y los Trafalgar les siguieron poco después. La idea de comer algo más sustancioso de repente les hizo agua la boca, no iban a negarse luego de tanto tiempo comiendo de la basura o lo poco que podían conseguir.
Por descuido, no cubrieron apropiadamente las manchas de su cuerpo, las de Law eran bastante más visibles por como su camisa quedó algo abierta tras revisar que no hubiera hematomas en su cuerpo. La reacción de asco de Giolla fue instantánea y su histeria se propagó hacia Buffalo. No era la primera vez que veían esas reacciones, eran comunes y genuinamente molestas ¿Por qué la gente era tan ignorante de creer que se contagiaba? Estaba por defenderse cuando el líder del grupo golpeó la mesa.
—Giolla deja de difundir información falsa, que decepción —gruñó Doflamingo—: Mira, Buffalo se lo creyó. La enfermedad es a causa de un envenenamiento, no es contagiosa.
La expresión de la mayoría cambió ante ese regaño. Trafalgar padre no pudo evitar sentirse algo sorprendido y perplejo, eso tendría que contar como algo positivo, al menos porque era la primera vez que alguien decía algo correcto sobre la enfermedad del Plomo Ámbar.
—Ya veo a qué te referías con lo de ser un hombre buscado, cualquier sobreviviente de Flevance debe ser un cabo suelto para el Gobierno Mundial —la atención del blondo mayor se posó sobre ellos, bastante más interesado—¿Cómo escaparon exactamente? ¿Hay más sobrevivientes?
—No tenemos idea —respondió el niño con un tono frío—, escapamos entre los cadáveres para poder cruzar la frontera.
Gladius no pudo evitar expresar algo de asco ante aquella revelación. Doflamingo por su parte amplió su sonrisa, analizándolos detrás de sus gafas.
—Dime algo, doctor ¿Cuál es su propósito para estar aquí? —preguntó con genuina curiosidad. El pelinegro mayor miró a su hijo y su expresión se ablandó ligeramente.
—Quiero que Law viva seguro los años que le quedan de vida, no hay un peor enemigo para el Gobierno que los piratas, incluso aquí estará mejor que en cualquier ciudad o pueblo —explicó con cierta amargura—, a mí tampoco me queda mucho tiempo así que no tengo nada que perder. No me importa lo que deba hacer con tal de protegerlo, podría aliarme con el mismo demonio si hace falta, pero no dejaré que ni el Gobierno ni nadie le ponga una mano encima y eso incluye a su despreciable hermano.
Donquixote mayor mantuvo su sonrisa amplia, incluso llegó a reír ligeramente. No lo expresaba, pero algo dentro de él se removió nuevamente ante las palabras del otro hombre. Principalmente memorias, memorias de su propio padre, de sí mismo en su infancia buscando comida en la basura junto a su hermano, expuestos a golpizas y a cualquiera que deseara hacerles daño por su pasado como dragones celestiales.
Su padre nunca movió un dedo, aterrorizado de cómo era el mundo en realidad, un mundo que idealizó estúpidamente. Sin embargo, ahí estaba un padre que también tenía al mundo en contra, que ya no tenía nada, dispuesto a sacrificar lo necesario con tal de proteger a su hijo.
Además, aquella mirada llena de odio y resentimiento en los ojos del menor también le sirvió como reflejo de sí en algún momento. Vaya par más peculiar eran los Trafalgar, siendo capaces de retorcer los recuerdos y sensaciones que más había deseado enterrar.
—¿Cuánto tiempo les queda? —preguntó.
—A Law le quedan tres años, a mí me quedan cinco.
—Ya veo —volvió la atención a su comida y continuó cortando algunos trozos de carne—, siéntense a comer, la comida sabe mejor caliente.
Ambos parecieron dudar por un instante, aunque al final acabaron por tomar los dos asientos vacíos que les habían asignado. Era impresionante el banquete que allí tenían, tanta comida luego de todo ese tiempo huyendo y comiendo de las sobras.
—Y respecto a mi hermano, no permito que nadie le haga daño, ni siquiera que lo miren mal —Doflamingo volvió a hablar—, evite los problemas, doctor, su muerte no debe adelantarse.
Continuará…
