Chapter Text
—¡Es una niña!
La noticia del nacimiento de la princesa no tardó en recorrer todos los rincones del palacio, y en pocas horas ya lo sabía todo el reino. Desde las sirvientas hasta las doncellas, desde los cocineros hasta los más prestigiosos lores, todos festejando la llegada de la nueva integrante de la familia real.
Aún no se había dado la indicación oficial, pero las estufas en las cocinas ya se encontraban encendidas, en preparación para el festín que seguramente se ofrecería para celebrar la tan esperada llegada. Se decía que incluso había músicos haciendo fila afuera del palacio, esperando tener la oportunidad de tocar en tan importante evento.
Si tan solo el día de su nacimiento no se hubiera visto opacado por tan terrible suceso.
Unas horas después de que la pequeña princesa viera la luz, su madre lo hizo por última vez.
—Mi pequeña Milo… Deseo que seas la niña más amada de todo el reino.
Estas fueron las últimas palabras de la reina de Antares.
Ni siquiera el adorable rostro de la princesa, con esas regordetas mejillas como manzanas pudieron alegrar el destrozado corazón de su viejo padre. Las criadas se peleaban por sostener a la bebé de cabellos rojos siquiera por un minuto, mientras que su padre se rehusaba a mirarla.
—Tiene el cabello de su madre—murmuró el rey antes de salir de la habitación para no volver jamás.
El día del nacimiento de la princesa no hubo celebración, tampoco banquete ni música.
Así, los días de la princesa Milo se vieron marcados por el profundo amor que inspiraba en todos los que la rodeaban… a excepción de su padre.
Desde que tenía uso de razón, Milo intentaba por todos los medios destacar en todo lo que se proponía, ya fuera en idiomas, matemáticas o historia. Incluso se había colado a las clases de esgrima de su hermano mayor. Sobra decir que siempre superaba las expectativas de sus maestros.
A la princesa le llovían los cumplidos a dondequiera que fuera, y ella se enorgullecía de todo ese reconocimiento, como un verdadero pavo real. Pero nunca era suficiente para que su padre le dedicara un minuto de su atención.
Milo había sido bendecida con innumerables talentos, a excepción de la humildad… y la paciencia.
En ocasiones, se cansaba tanto de ser ignorada por su padre, que salía corriendo hacia los jardínes con lágrimas en sus ojos, le pedía a alguno de los guardias una espada, y descargaba su ira y su frustración contra los encantadores rosales.
El joven jardinero real no podía hacer más que morderse las uñas de impotencia cada vez que la princesa tenía uno de esos berrinches, así que quizá no era amada por todos en el palacio después de todo.
Sin embargo, a pesar de que todos sabían de estos defectos en su carácter, no podían evitar amarla. No cuando irradiaba una energía que iluminaba los pasillos a cada paso que daba, sonriendo de oreja a oreja hasta que un tierno hoyuelo aparecía en su mejilla izquierda. No cuando su risa estridente y “poco femenina” contagiaba a los remilgados nobles que tenían la fortuna de conocerla. Tampoco cuando hacía frente a las injusticias tan pronto se encontraba con una.
—¡¿Quién te dio derecho a golpearlo?!—gritaba la princesa, roja de ira.
El enorme guardia palideció ante la intimidante presencia de la princesa de apenas diez años.
—Su alteza… ¡Este niño es un ladrón!
El pequeño ladrón miró al guardia con insolencia.
—¡Tonterías!—exclamó el acusado.
—Explícate, Aioria—se dirigió la princesa hacia el joven.
Aioria, un joven mozo de cuadra que se había convertido en compañero de juegos de la princesa, había sido atrapado saliendo de la cocina con una hogaza de pan y un poco de caldo. El guardia, pensando que se le recompensaría por hacer su trabajo, le soltó un golpe con la empuñadura de su espada en cuanto lo encontró, haciéndolo caer a los pies de la princesa.
—No es un robo. La comida está para ser comida—se defendió el mozo.
—¡La comida está inventariada, mocoso!
—¡Entonces descuéntenlo de mi ración! ¡¿Cuál es tu problema?!
—¡Basta!—intervino Milo—. Aioria, ¿para qué querías la comida? ¿no es suficiente con lo que se te da diariamente?.
El muchacho se quedó mudo, sonrojándose mientras miraba entre el guardia y la princesa. Parecía avergonzado por tener que explicar su comportamiento frente al otro hombre.
—Tú—Milo señaló al guardia—, regresa a tu puesto.
El guardia quería protestar, pero en cuanto observó la expresión severa de la niña, decidió darse la vuelta y obedecer.
Una vez solos, se giró hacia su amigo, cruzando los brazos con seriedad mientras lo confrontaba.
—Ahora sí. Dime qué pasa.
—Yo…—titubeó el joven.
—¡Aioria!
—¡Bien! Pero es mejor que me sigas.
Sin esperar una confirmación de la princesa, el mozo la condujo hacia los establos reales.
Milo se alzaba las faldas de su pomposo vestido color melocotón, evitando ensuciar sus finísimos zapatos con desechos animales mientras caminaban. Aún así, nunca se quejó.
Después de pasar por lugares del castillo que ella jamás había visitado, entraron a una de las caballerizas más alejadas. Aioria miró a su alrededor, asegurándose de que nadie los había visto, y se acercó a una esquina donde se apilaban cajas y heno. Movió con cuidado una de las cajas, y le indicó a Milo con la mirada que se acercara.
Los ojos de Milo se abrieron como platos cuando vio lo que le mostraba el mozo.
—¡Gatitos!—exclamó, emocionada.
Al escuchar el grito de la princesa, los cachorros que se encontraban dormidos plácidamente, despertaron sobresaltados, intentando ocultarse detrás de su madre, una enorme gata calicó que la miraba con desinterés.
—¡Cállate, tonta! Los asustas.
La princesa lo miró ofendidísima.
—¡Eres un bruto, Aioria!
—¡Shh!—le puso la mano en la boca.
Milo le dio un manotazo al niño, alejando su sucia mano de su boca. Tenía la intención de recordarle quién mandaba entre ellos dos, pero su atención fue captada por un pequeño gatito que apenas se movía debajo de su madre.
Su pelaje era completamente negro, y parecía significativamente más pequeño que los demás.
Aioria siguió su mirada hacia el gatito.
—Esa nació al último—explicó mientras cargaba a la gatita y la acercaba hacia su madre para que se amamantara—. Por eso es tan pequeña. Si no cuido que la dejen tomar leche, la dejarían sin comer.
—¿Por eso es que no quieres que los encuentren?
Aioria asintió.
—Puedes pensar que yo soy un bruto, pero a nadie parece importarle lo que pase con los gatos. Incluso hay algunos que los odian—apretó el puño con frustración.
—¡¿Quiénes se atreven?! ¡Dame nombres!—exigió la princesa.
—No tiene caso, Milo. Si no son los otros mozos, son los perros de caza, las sirvientas tirándoles agua o los guardias alejándolos a patadas.
Milo gruñó con indignación, su cara fruncida de una manera honestamente graciosa.
—¡Qué imbéciles! ¡¿Qué pueden hacerles estas criaturas para odiarlos tanto?!
Aioria decidió ignorar su arrebato, dedicándose a acariciar a la mamá gata detrás de las orejas.
—Es porque no los entienden—murmuró, sonando derrotado.
Ese día, la princesa aprendió su primera gran lección sobre la humanidad a través de esos pequeños e inocentes gatos: las personas odian todo lo que no pueden entender.
Los próximos días, Milo comenzó a colarse de sus lecciones de etiqueta para visitar a los gatos. Aprovechaba que su vieja institutriz se quedaba dormida cada vez que comenzaba a leer la interminable lista de reglas de etiqueta que se esperaban de una princesa como ella. Entre cada uno de sus ronquidos, ocultaba el sonido de sus pasos hasta que podía escabullirse del amplio salón.
Por esas fechas, llovía bastante en el reino, por lo que las caballerizas se llenaban de lodo. Al inicio, Milo se sentía repugnante por ensuciarse hasta las rodillas, pero con los días se fue acostumbrando, además de que la recompensa de ver a los gatitos superaba con creces su disgusto.
Los gatitos crecían rápidamente, y pronto comenzaron a correr por todo el establo, lo que no hacía más que estresar a Aioria, quien ya no sabía qué hacer con ellos.
Cuando los gatitos crecieron lo suficiente para desprenderse de su madre, Aioria comenzó a pensar en alguna solución para mantener a salvo a los gatos. No era poco común alojar algunos en el castillo para controlar las plagas, pero ese era ya el trabajo de la mamá gata, y si acaso se podría unir uno más a su trabajo.
—Yo creo que Piñón podría irse con mi institutriz. Podría ser una forma de disculparme por faltar a sus clases.
—¿Crees que pueda cuidar de él?—Aioria le echó un vistazo a Piñon, que jugaba con los listones en el vestido de Milo.
—Quizá ella no, es muy vieja. Pero sé que vive con su nieta, una niña muy amable y seria. Creo recordar que le gustan los gatos.
Aioria asintió, satisfecho con su propuesta.
—Puedo ver que Maggie será una excelente ratonera con solo verla. Solo necesitamos saber qué hacer con Evie, Pistacho y Arroz—dijo el muchacho.
Milo frunció el ceño con desagrado.
Aioria había decidido nombrar a los gatos, mientras que Milo se dio a la tarea de hacerlo con las gatas, terminando en dos estilos completamente opuestos para nombrarlos.
—Eres horrible poniendo nombres.
—¡Son gatos! Tú estás mal por ponerles nombres propios.
Después del pequeño desacuerdo, decidieron tomar una decisión durante los próximos días.
Sin embargo, poco tiempo después, ambos se enfrentaron a la horrible situación de perder a Pistacho y a Piñón, los gatitos naranjas. Estaban terriblemente tristes, pero aún más sorprendidos por perder a los gatos más juguetones de la camada. Parecían tan saludables.
No mucho después, se enteraron por la boca del hermano mayor de Aioria, Aioros, que alguien había descubierto a los gatos y había decidido envenenarlos. Pistacho y Piñón fueron los desafortunados que probaron la comida envenenada. La situación solo urgió más a los niños para buscarles un hogar.
Aioros era mano derecha del jefe de cuadra, por lo que lo convenció de la necesidad de tener un gato más para atrapar ratones en los establos, accediendo a regañadientes si él mismo se encargaba del gato, lo que de una u otra manera, se convirtió en responsabilidad de Aioria de nuevo. Así, pudo quedarse con Maggie.
Debido al peligro que corrían los gatos, Milo decidió llevarse a Evie y Arroz con ella, mientras les buscaban un hogar. Los había ocultado durante días en su habitación, pero eran cada vez más inquietos y ruidosos. Esto alertó a su hermano mayor, el príncipe Kardia, quien, en un día que iba decidido a molestar a su hermana, se encontró con un gato prendido de las cortinas, mientras que había otro intentando tirar un jarrón de la mesa.
—¡Kardia, no le digas a padre!—le pidió con ojos suplicantes.
El príncipe se burló descaradamente al verla tan preocupada.
—¿Decirle? Eres la princesa, tonta. No eres la primera ni la última que tiene una mascota—le dió un golpecito en la frente.
Milo lo miró boquiabierta.
Era cierto, si quería tener mascotas, nadie podría impedírselo, salvo su padre, quien estaba demasiado ocupado intentando fingir que no existía.
En algún punto, Arroz, el gato blanco, se acercó a olfatear al príncipe, quien no dudó en levantarlo en brazos.
—¡¿Pero quién es esta bolita de algodón?!—exclamó mientras se frotaba al gato en la cara.
—Quizá a ti también te hace falta una mascota—sugirió Milo, recordando que su hermano estaba quizá más solo que ella, enfrascado en sus responsabilidades como heredero.
—¿Tú crees?—sostuvo al gatito contra su pecho—. Quizá te haga caso y me quede con él. ¿Cómo dices que se llama?
—...Arroz.
—Qué poco digno para una mascota real… ¡Me encanta!
Habiendo encontrado algo más entretenido que su hermana, decidió salir de su habitación con un nuevo amigo entre los brazos.
Una vez sola, Milo volteó a ver a la gatita negra que quedaba.
—Somos solo tú y yo, Evie.
La gata la miró con sus grandes ojos color azul oscuro, esos que siempre reflejaban una infinita curiosidad. Entonces, con total descaro, terminó de empujar con su pata el jarrón que estaba peligrosamente cerca del borde.
—¡No, Evie!
En poco tiempo, Evie se había incorporado completamente a su vida. Era mucho más tranquila de lo que habían sido sus hermanos, y un poco más pequeña —quizá por las condiciones de su nacimiento—. Pero eso no la hacía más dócil.
Era bastante huraña, prefiriendo quedarse en la habitación de Milo la mayor parte del día. Cuando salía, solía pegarse lo más posible a su dueña, alejándose de cualquiera que quisiera tocarla. Incluso decidió que su hermano Arroz, y su dueño Kardia, no eran lo suficientemente dignos de su atención.
También era tremendamente curiosa. De las pocas veces que decidía salir de la habitación que representaba su guarida, se debía a que había algo que picaba su curiosidad. Ya fuera saber a dónde iba Milo cuando salía, quiénes eran las personas que merodeaban por los pasillos, o simplemente, qué había en las demás habitaciones del castillo.
Por las noches, Milo había notado que le gustaba mirar por la ventana, aquella que daba directamente al mar. Movía su cola con curiosidad y parecía buscar algo interesante en aquella oscuridad.
—¿Quieres ir allá?—le preguntaba mientras acariciaba su suave pelaje.
Por supuesto, no recibía respuesta. Pero no podía dejar de preguntarse a qué se debía la curiosidad de Evie por el mar.
La princesa jamás se había sentido particularmente atraída por el mar. Lo que resultaba irónico, ya que el reino de Antares dependía en gran medida de él, y que además, rodeaba con su opresiva extensión al castillo en donde vivía.
Quizá le temía. Era enorme y desconocido.
Era normal temerle a lo desconocido… o eso le decían.
Un día, durante la visita de la modista real, se encontraba tan aburrida después de horas y horas de tomar medidas, discutir colores, telas y hacer arreglos, que decidió buscar la manera de escapar de allí, y no se le ocurrió mejor idea que decirle a su dama de compañía que quería vomitar.
La pobre mujer se asustó ante la idea de que la princesa tuviera alguna especie de enfermedad, o peor aún ¡Que vomitara sobre los vestidos!
Entonces, cuando Milo le avisó que tenía que salir para disipar las náuseas, no recibió objeción.
Mientras salía, una pequeña sombra la atacó desde detrás de un florero.
—¡Ay, dios mío! ¡Una pantera se coló en el castillo!—exclamó con dramatismo mientras era “atacada" por Evie.
Milo no pudo evitar romper en carcajadas cuando observó la expresión totalmente seria de la gata, quien la miraba probablemente desconcertada por su reacción exagerada.
Ese día hacía mucho calor, y se sentía sofocada por las pesadas telas de su vestido, así que decidió dirigirse a un salón que había en el último piso del castillo, donde había un balcón que recibía la fresca brisa marina.
Se recargó sobre el balcón, inhalando el delicioso aroma a agua salada, mientras el viento mecía los mechones rojos que escapaban de su peinado recogido. Suspiró con satisfacción, pensando que quizá el mar tenía sus cosas buenas después de todo.
En su distracción, no notó que Evie subía al balcón, sentándose a lado de ella. Sus ojos estaban bien abiertos, mirando hacia el horizonte, y su cola zigzagueaba con una curiosidad que apenas podía contener.
—¿Qué tanto miras?
Milo siguió la mirada de Evie, hacia la playa que había en la parte trasera del castillo.
—¿Quieres que te lleve a la playa?—preguntó divertida.
Evie respondió con un maullido.
—Bien, no tenemos nada mejor que hacer.
Dicho esto, se alejó del balcón y comenzó a caminar hacia el pasillo, seguida de su gata. Bajó uno, dos, tres pisos, hasta que llegó a la planta baja. Caminó con tranquilidad hacia la cocina, saludando a los cocineros mientras se dirigía al pequeño patio de la cocina, donde guardaban las cajas con verduras y especias. Continuó unos metros hasta llegar a la cerca que separaba el patio de la playa, y con unos cuantos empujones, abrió la puerta oxidada.
La brisa era aún mejor estando tan cerca del mar. Nunca había estado en esa zona del castillo, y al parecer, no era un lugar que otras personas visitaran, pues no era una playa particularmente bonita. Había muchas rocas de gran tamaño esparcidas por la arena, además de que las olas allí golpeaban con más fuerza que en las playas al sur del castillo.
Pero aun así, la vista era maravillosa: el cielo estaba completamente despejado, por lo que el horizonte se fundía con el mar, que al menos por aquel breve momento, lucía tranquilo
Se sentía tentada a sacarse el pesado vestido y meterse al agua, pero sin una dama que le ayudara, sería muy difícil volver a ponérselo. Además, la arena sería muy difícil de quitar después.
Milo suspiró frustrada.
—Quizá mañana podamos…
Volteó la mirada hacia su acompañante, pero en cuanto se dió cuenta, Evie había salido corriendo lejos de ella.
Milo salió disparada tras la gata lo más rápido que pudo, aunque sus zapatos se atoraban en la arena, impidiéndole ir más rápido. Gruñó con molestia antes de detenerse para sacárselos y tirarlos en la arena.
Sin más obstáculos, corrió detrás de Evie a través de metros y metros de playa, hasta que sintió que sus pies dejarían de funcionar. Se detuvo unos segundos a tomar aire, pero en cuanto lo hizo, Evie también se detuvo y le regresó la mirada, como diciendo “¿No vas a venir?”.
—¿De verdad quieres que te siga?—preguntó entre jadeos.
Evie no le quitó la mirada de encima. Parecía decirle que sí.
—Bien, pero no corras.
Como si en verdad Evie hubiera entendido, disminuyó el paso y caminó hacia una formación de escollos cerca de la orilla. Milo la siguió hasta que pudo alcanzarla, notando que la gata se quedaba mirando hacia las rocas, pero no se atrevía a acercarse.
Milo buscó con la mirada entre las rocas algo que pudiera estar llamando la atención de su mascota, pero no veía más que espuma de mar.
Comenzaba a frustrarse por la extraña obsesión de su gata. Quería tomarla en brazos y largarse ahí antes de que se metiera en problemas, pero en cuanto se agachó hacia ella, Evie comenzó a maullar de manera escandalosa.
—¡¿Qué es lo que te pasa?!
Puso las manos debajo de las patas delanteras de Evie para levantarla, pero de repente, notó por el rabillo del ojo un movimiento extraño.
Se irguió de inmediato, buscando lo que vio un poco asustada.
Pero no había nada.
Evie siguió maullando más y más, acercándose hacia la orilla del mar, pero retrocediendo cada que el agua tocaba sus patas. Debía haber algo allí.
La princesa, siempre tan curiosa, decidió que tenía que investigar qué había entre las rocas, así que con decisión, se recogió la falda hasta los muslos y caminó hasta que el agua llegó a sus rodillas.
Centró toda su atención en lo que veía, alcanzando a notar un tenue reflejo detrás de una roca a unos metros de ella. ¿Sería acaso un cristal?
Caminó hacia el extraño brillo, ignorando que su vestido ahora se encontraba empapado, y el agua le llegaba ahora hasta la cadera.
Cuando al fin se pudo asomar detrás de la roca, no pudo evitar gritar.
Una larga cola de pez se movía tenuemente con el oleaje, cubierta de escamas azules como el cielo, con un brillo tornasol que con el sol lucía matices rosados y blancos, casi como los mismos reflejos del mar. Debía ser eso lo que llamó la atención de Evie.
Milo respiraba pesadamente, paralizada de miedo.
¿Qué era eso? ¿un pez? Pero por más que intentaba recordar, no conocía un pez de cola tan larga y con esa clase de escamas.
¿Un monstruo?
Si era un monstruo, necesitaba salir corriendo de allí. Intentó girarse con rapidez, pero la tela mojada de su vestido le impedía moverse con libertad.
¿Y si se lo quitaba?
Empezó a buscar con desesperación la manera de sacarse la falda por la cabeza, pero de pronto escuchó algo que le heló la sangre aún más: un ligero llanto, uno que sonaba muy humano.
Milo se quedó quieta, intentando captar de nuevo ese sonido.
Pasaron unos minutos, pero entre el sonido de las olas, logró distinguir de nuevo ese sonido. Era como el débil llanto de una niña.
El miedo de la princesa se disipó de inmediato. Si era una niña, tenía que rescatarla de lo que sea que la hubiera lastimado. Era su deber como princesa.
Sin más tiempo que perder, batalló unos minutos con las dos faldas que componían su vestido, después con los nudos que ataban la crinolina a su cintura, para quedarse finalmente con un delgado camisón. Casi sonrió con satisfacción al ver cómo las telas eran arrastradas lentamente por el mar.
Mucho más ligera que antes, caminó dándole la vuelta a la roca, luchando con el oleaje que se que le golpeaba el pecho y la hacía retroceder. Finalmente, llegó hasta donde un par de delgados y pálidos brazos luchaban por sostenerse a la roca. Debía ser la niña.
—¡No te muevas, te ayudaré!
Pero en cuanto le dio la indicación, aquellos brazos se soltaron de la roca, dejándose caer al mar.
Milo intentó nadar hacia ella, y cuando llegó hasta donde se encontraba, sumergió sus brazos en el agua hasta que sintió que tocaba un cuerpo. La sostuvo debajo de los brazos, y la levantó.
Milo casi se va de espaldas cuando se encontró de frente con una hermosa criatura de ojos de un azul como el mar profundo, y un largo cabello turquesa que cubría su torso desnudo. La miraba con sus preciosos ojos cargados de miedo.
—Oye, tranquila, te vengo a ayudar—murmuró, intentando sonar lo más calmada posible.
La bella chiquilla pareció alterarse más al escucharla, por lo que empezó a retorcerse entre sus brazos, intentando escapar.
—¡¿Qué haces tonta?! ¡Te arrastrará el mar!
Enojada, Milo ajustó su agarre sobre el abdomen de la chica, arrastrándola hacia la orilla mientras esta emitía una extraña serie de sonidos guturales.
—Eres muy pesada, caray.
Por un momento pensó que sus piernas podían estar enredadas en algo que le impedía avanzar, por lo que hizo uso de todas sus fuerzas para alzarla un poco más del agua.
—¡¿Qué…?!
Lo que menos esperó encontrarse fue con que debajo del ombligo de la muchacha, su piel parecía fundirse con lo que parecían escamas brillantes.
Escamas azul tornasol.
Anonadada, comenzó a avanzar más y más rápido hacia la playa, ignorando los manotazos y los gruñidos de inconformidad de la otra. Entonces, cuando el agua le llegaba de nuevo hasta los muslos, logró descubrir lo que debían ser las piernas de la chica, que en este caso, eran sustituidas por la larga cola de pez que se asomaba detrás de la roca.
Milo casi la deja caer del susto, y de hecho, se vio tentada a arrojarla a las olas y salir corriendo, de no ser por un pequeño detalle: su aleta parecía sangrar.
Su deseo de ayudar de pronto sobrepasó su miedo a lo extraño de toda la situación, así que con una nueva determinación, terminó por remolcarla hasta la orilla, donde una ansiosa Evie la esperaba maullando como desesperada.
Dejó a la chica pez recargada en una roca que había sobre la arena, ignorando cómo esos ojos la miraban con una mezcla de miedo y desprecio para admirar su larga cola, que bajo la luz directa del sol lucía aún más sorprendente.
En el momento en que pudo observarla con más detenimiento, recordó todos los cuentos que sus nanas solían contarle sobre hermosas mujeres con cola de pez, de voces cautivadoras que seducían marineros para llevarlos a las profundidades del mar. Milo siempre pensó que eran tonterías, pero ya no estaba tan convencida de eso.
Era una sirena.
—Válgame… ¡Eres preciosa!
La sirena no pareció entender las palabras de Milo, pues seguía removiéndose con incomodidad en la arena, con expresión adolorida.
—¡Ah sí, tu aleta!
Ignorando más distracciones, se acercó a esa cola de pez e intentó sacar su aleta del agua para revisarla, pero en cuando sus manos la rozaron, se movió intentando evitar su agarre, salpicándole la cara en el proceso.
Evie, quién permanecía vigilante a espaldas de Milo, salió corriendo cuando el agua le salpicó en su pelaje, escondiéndose detrás de la roca en la que descansaba la sirena, observando con precaución.
—¡Oye, quiero ayudarte! ¡Quieta!
Tomó el extremo de su cola entre ambos brazos para evitar que se moviera tanto, permitiéndole ver por fin a qué se debía el sangrado: había un anzuelo de buen tamaño atravesando su aleta de lado a lado.
Milo siseó solo de imaginarse el dolor que debía estar atravesando la chica. Tenía que sacarle ese anzuelo.
Con un poco más de empatía por su situación, buscó aquellos ojos azul marino, notando cómo se volvían más oscuros por el miedo —casi como los ojos de Evie cuando se asustaba—. Milo la miró con compasión, intentando transmitirle sus intenciones.
—Tranquila… déjame ayudarte—dijo casi en un susurro.
La sirena pareció entenderle, porque dejó de luchar. Su pecho subía y bajaba por el miedo, pero giró su mirada hacia otro sitio, dándole permiso a Milo para proceder.
Lentamente, la princesa dejó de nuevo su cola sobre la arena, arrodillándose para determinar la manera menos dolorosa de sacar el anzuelo, aunque parecía ser de los que se usaban para atrapar a los peces más grandes, y le había desgarrado una buena parte de la aleta. No podía arrancarlo, pues le haría más daño, así que solo podía sacarlo lentamente como entró.
—Te va a doler… mucho. Pero tenemos que hacerlo, ¿Entiendes?
La sirena la miró fijamente por unos instantes, y Milo casi pensó que no entendía nada de lo que decía, hasta que asintió.
La joven princesa sonrió de oreja a oreja por saberse entendida. Sin embargo, no podía entusiasmarse tanto, pues tenía algo más importante que hacer.
Inhaló profundamente, e intentando controlar el temblor de sus manos, comenzó a girar el anzuelo hacia el otro lado, ignorando el pequeño chillido de dolor que escapó de los labios de la pobre muchacha.
Finalmente, después de lo que parecieron horas, pudo sacar el anzuelo, escuchando otro débil lamento cuando la punta salió de la herida abierta.
—¡Al fin!—exclamó triunfal la princesa, dejándose caer en la arena junto a la sirena, quien aún parecía querer llorar por el dolor.
Milo acarició su mano de manera ausente como para consolarla. La chica le regresó la mirada con una mezcla irreconocible de emociones, pero al menos, ya no había el mismo miedo en esos ojos.
—¿Eres una sirena, verdad?—preguntó sonriente—. Lo sé por tu cola de pez, y porque eres muy bonita también.
La sirena la miró fijamente sin responder, ladeando su cabeza con curiosidad. Su cabello turquesa resbaló de sus hombros, descubriendo lo que debería ser su oreja, pero en realidad era otra pequeña aleta de un azul más traslúcido.
Milo se incorporó de sopetón, cada vez más sorprendida con lo que veía. La sirena retrocedió un poco por el susto, pero no se alejó por completo.
La princesa se acercó ahora con más lentitud para verla más de cerca. Parecía tener alrededor de la misma edad que ella, y sus pestañas, igualmente turquesas, eran larguísimas, y había gotitas de agua que pendían de ellas como cristales. También tenía unas cejas muy curiosas que se asimilaban a las de los pingüinos —según las ilustraciones de sus libros—, y ojos inusualmente grandes y brillantes.
Milo quería gritar de emoción, pero se detuvo por temor a asustarla. Tenía un rostro aún más bonito que el de sus muñecas.
Sin embargo, la sirena no tenía la misma noción de lo que podría considerarse invasivo, así que sin mayor aviso, tomó los cabellos rojos de la princesa entre sus dedos, observándolos con gran curiosidad, fascinada con el color.
Milo casi retrocede por la sorpresa. Ni siquiera se había dado cuenta que su peinado se había desarmado mientras luchaba contras las olas. Ahora caía libremente por su espalda y escurría por los finos dedos de la sirena.
—Tu cabello también me gusta—dijo, imitando la acción de la sirena para tomar esas hebras turquesas entre las manos.
Eran sorprendentemente suaves, lo que resultaba curioso, pues sus nanas siempre le aconsejaron alejar su cabello del mar, pues aseguraban que el agua salada lo maltrataría.
La sirena, con más confianza, se abalanzó sobre Milo, intrigada por sus extrañas prendas. Trató de levantar el camisón que cubría sus piernas, como buscando una cola en su lugar.
—¡Hey! ¡¿Qué crees que haces?!—la apartó con un poco de brusquedad, haciéndola caer de espaldas.
Sus extrañas cejas bífidas se fruncieron con enojo. Se incorporó de nuevo e intentó darse la vuelta, claramente con intenciones de volver al mar. Pero en cuando movió su cola, volvió a soltar un gruñido, pues la herida seguía abierta y sangraba.
Milo bufó, claramente enojada, acercándose a la sirena para volver a recargarla contra la roca.
—Deja de moverte. Estás herida, tonta.
La sirena le dió la espalda, aparentemente ofendida, pero al menos ya no intentó irse.
Milo se sentó a unos metros de ella, empapada, cansada y molesta.
Esa chica no solo era extraña, también era una terca y una tonta. ¿Cómo podía hacerla enfadar tanto si ni siquiera hablaba? La pregunta solo la hizo resoplar con frustración.
Comenzaba a debatirse si debía volver al palacio cuando algo la cosquilleó en el brazo, lo que le hizo bajar la mirada. Era Evie, quien se había acercado de a poco a ella, con sus ojos fijos en la sirena. Se moría por acercarse, pero al mismo tiempo le temía.
—¿Quieres ver a la sirena?—preguntó divertida mientras acariciaba el mentón de la gata.
La otra joven pareció entender que hablaban de ella. Volteó disimuladamente para ver a la extraña criatura peluda, quedando encantada con ese pelaje negro y brillante.
Milo pareció notar su interés, así que se sentó más cerca de ella, cargando a una Evie que se retorcía entre sus brazos —lo que quizá se debía a que estaba mojada—. La dejó sobre la arena, a corta distancia de la sirena, que miraba a la gata maravillada.
Evie olfateaba a la desconocida, acercándose lentamente a ella. Por fortuna, la sirena no realizó movimientos bruscos para asustarla, así que cuando vio la oportunidad, acercó su delicada mano hacia ese pelaje que se veía tan suave, acariciando su cabeza con ternura.
—¡Mira, le caes bien!
Confirmando las palabras de su dueña, Evie comenzó a frotarse contra la mano de la sirena, quien sonrió de oreja a oreja con satisfacción.
Milo sintió que su rostro se calentaba un poco. Su sonrisa era muy bonita. Era una lástima que en el corto tiempo que la había conocido, su rostro no hubiera mostrado más que miedo y enojo.
Gracias a Evie, el ambiente entre ambas niñas, una del mar, la otra de la tierra, finalmente se disipó. Así, Milo pasó horas en compañía de una gata y una sirena, hablando sin parar de su vida en el palacio, aun si no estaba segura del todo de que pudieran entenderla.
—Y entonces le dije a mi hermano que me llevara con él, pero él se negó porque papá quizá se molestaría, pero yo no creo que se moleste porque… ¡Ay!—exclamó la princesa, llevándose las manos al rostro con sorpresa. Entonces miró hacia el cielo—. ¡Ya casi anochece! ¡Debo irme!
Se levantó de golpe, asustando a la gata que dormía sobre su regazo. La sirena tampoco parecía entender qué ocurría.
—¡Lo siento mucho! Tengo que irme o me van a regañar… más. Pero vendré a verte mañana, ¿te parece bien?
La chica la miró con una expresión en blanco, ladeando la cabeza como parecía ser su costumbre cuando no entendía algo.
Milo señaló hacia el cielo, donde el sol se ocultaba.
—Mañana—levantó las manos hacia el cielo—. Cuando el sol vuelva a salir mañana, vendré.
La sirena la miró fijamente, parpadeó un poco y finalmente asintió.
—¡Asombroso! Entonces te veo mañana.
Una vez dicho esto, le dedicó una cálida sonrisa a la sirena, y salió corriendo hacia el castillo, olvidando por completo que no tenía zapatos, que estaba prácticamente en ropa interior, con su pelo enmarañado y tostada por el sol.
Pero eso qué importaba cuando se había hecho amiga de una sirena de verdad.
