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¿Cómo fuiste tan estúpido para creer que te amaba?
Dolía. Las palabras soltadas con ese tono brusco y antipático le dolían tanto que pudo sentir cómo su corazón se rompía lentamente, dejándolo en la nada misma, alrededor de unas paredes que parecían hacerse más pequeñas y le cortaban la respiración.
Sabe que fueron dichas con esa intención, con la intención de hacerle daño. Puede verlo en la ancha sonrisa del hombre que alguna vez le causó felicidad, el gesto estaba lleno de maldad, con unos ojos que chispeaban burla ante la humillación que recibía.
—Pero, Cellbit.. — murmuró el más bajo en el lugar, aún sintiéndose agobiado y sin el aire suficiente en sus pulmones, las lágrimas comenzando a acumularse en sus ojos —. ¿Cómo puedes decir que-..? — cortó un momento, ya estaba llorando, le costaba hablar —¿que n-no me amabas?
Cellbit Silverhart, el futuro rey del reino de Oriente, lo miró desinteresado. Como si ese joven que lloraba igual que un niño pequeño fuera la persona menos importante en su vida y no se tratara de su esposo.
Bufó, ¿en serio se casó con ese chico? Su figura materna siempre le dijo que aquel omega era perfecto para él. Era bajo de estatura, carismático, tenía una gran sonrisa y lo que más llamaba la atención eran sus ojos y cabello; unas perlas muy brillantes y marrones que parecían tener todas las estrellas y una cabellera castaña, sedosa y reluciente que le hacía ser el centro de atención.
Cellbit recuerda bien el día que llevó a Roier Brown al palacio. Lo encontró en la oscura soledad de la mansión del marqués Brown, quien era tío del castaño y había sido asesinado por el príncipe heredero del reino de Occidente, en un arrebato de venganza al estar involucrado en exportaciones ilegales hacia el reino. En ese entonces Cellbit no había entendido muy bien por qué su padre, el rey, le permitió a una familia real ajena a su reino tomar cartas en el asunto. Cuando pasó el tiempo comprendió que nadie quería problemas con ese príncipe heredero.
Roier estaba allí, arrodillado en el piso y llorando desconsoladamente, temblaba tanto que sus feromonas se disparaban como locas y no hacía más que ver el charco de sangre a su lado, donde estaba el cuerpo sin vida de su tío. Cellbit lo llevó al palacio, no tuvo corazón para dejar a un joven de dieciocho años solo en ese lugar y a raíz de ese acto su historia de amor floreció.
Puaj , pensaba Cellbit, ¿historia de amor? Él no amaba a Roier. Era lindo, sí. Agradable hasta más no poder y su aroma era adictivo, sin embargo, su matrimonio vino por la insistencia de los reyes.
—¿Y cómo podría amarte, Guapito? — dijo Cellbit, con sorna. La sonrisa en sus labios se hizo aún más grande, más malvada, como si disfrutara ver el pequeño desastre que era Roier — Dime, ¿quién podría amar a un omega defectuoso, que es incapaz de darme un hijo?
Omega defectuoso. Roier sabía que le decían así, era consciente de que los nobles, reyes e incluso el pueblo usaban esa etiqueta para referirse a él.
Porque ya tenía cuatro años casado con Cellbit y no había logrado quedar embarazado. Toda la culpa recaía en él, era un omega, y el esposo del heredero al trono; su deber era traer un niño al mundo.
—Pero .. — volvió a sollozar Roier, mordiéndose el interior de la mejilla ante todos los sentimientos que le invadía y, al final, terminó llevando sus ojos marrones llenos de lágrimas hacia el otro alfa en la habitación —. Pero Lorena es una alfa, ella.. Ella t-tampoco puede darte un hijo.
Lorena Valemont, la amante del príncipe Silverhart. Una alfa al igual que Cellbit e incapaz de ascender al trono como su consorte por ello. —Roier, escucha.. — intentó decir Lorena, ya cansada por lo complicado que estaba siendo todo. El plan inicial era que Cellbit le pediría el divorcio a Roier, no que terminarían en esta tonta discusión.
—No tienes derecho a llamarme así — cortó Roier, apretando los puños en su costado, aguantando las lágrimas que seguían saliendo de sus brillantes ojos. Se veía muy orgulloso cuando la verdad era que todavía le costaba respirar —. ¿Olvidas que sigo siendo príncipe consorte, Lorena? No puedes llamarme Roier, tienes que tratarme con el respeto que me merez-..
No pudo seguir hablando porque una bofetada impactó en su rostro.
Roier sintió el ardor y dolor en su mejilla, tocándola con incredulidad. No sabe qué le dolió más, si el golpe o que haya sido Cellbit quien le golpeó. Cellbit, el joven que lo salvó hace años, ese del cual se enamoró perdidamente, el mismo que alguna vez le sonreía avergonzado cuando le daba flores y aquel que le juró en un altar que lo amaría durante toda su vida, que lo haría feliz.
Cellbit, el príncipe que le rompió el corazón.
—¡¿Quién te has creído?! — le gritó Cellbit, furioso por la forma en la que el castaño se dirigió a Lorena. No le importó lo asustado que se veía Roier, muchos menos las lágrimas que volvían a adornar sus mejillas, no podía tolerar una falta de respeto hacia la persona que en realidad amaba — ¿Príncipe consorte? No me hagas reír, tienes ese título gracias a mí. ¿Por qué crees que cuando nos casamos te convencí de que te quedaras con tu apellido? Te creíste la estupidez de que era para que no dependieras de mí, ¿cierto? Que no quería mantenerte encerrado, que te haría más libre — se burló, Roier lo miraba boquiabierto —. Pues, ¡¿qué crees, Guapito?! La verdad es que, al no tener legalmente el apellido Silverhart, nuestro divorcio será más rápido. Me puedo deshacer de ti más fácil.
No.
No. No. No.
Se llevó una mano al pecho, justo al corazón, donde sentía un vacío. ¿Entonces todo fue mentira? Las sonrisas, cuando tomó su mano por primera vez, todos los bailes que compartieron y lo enamorado que decía estar. Todas esas veces que, bajo las sábanas, en el lugar donde las feromonas se salían de control y abundaban, Cellbit no dejaba de decirle cuánto le amaba, lo precioso que era, cómo no podía vivir sin él.
¿Todo era falso? ¿Roier de verdad estaba viviendo una mentira?
—Que miserable — continuó Cellbit, bufando con una sonrisa en sus labios. Se pasó la mano por el mechón de cabello teñido, estaba estresado —, llevas la corona y la ropa de un príncipe, pero no vales nada. No me interesan los hijos que no puedes darme, Roier, mis sobrinos van a heredar mi trono algún día; dime ahora, ¿quién va a querer a un omega que no puede cumplir su función principal? Solo sabes abrir las piernas.
—Es suficiente, Cellbit — espetó Lorena, frunciendo los labios con disgusto. No le gustaban las palabras del príncipe, mucho menos las feromonas tan desesperadas que emitía Roier, todo se estaba saliendo de control —. Vámonos y déjalo en paz, lo verás en el juicio de divorcio.
—¿El j-juicio de d-divorcio? — dijo Roier, su voz temblorosa por el llanto, las palabras entrecortadas por su respiración irregular — No puedes divorciarte si yo no lo a-acepto, no puedes-..
—¿Crees que necesito que aceptes nuestro divorcio? — habló Cellbit, ensanchando su sonrisa — Tengo motivos suficientes, ni siquiera pedirán tu opinión. No me has dado un heredero en estos cuatro años y no llevas mi apellido. Tengo el divorcio en bandeja de oro.
Roier se preguntó si todo el amor dolía tanto. Se preguntó si había alguien para ser feliz.
Se preguntó qué sería de su vida si jamás hubiera conocido a Cellbit.
—Vámonos, Lore.
Cellbit, con una última mirada de desprecio hacia Roier, salió de la habitación. Dejándolo solo por unos minutos con Lorena, quien atinó a suspirar con pesar.
Ella no odiaba al omega.
Buscó algo en su abrigo, Roier no la miraba, estaba demasiado perdido con su vista fija en la puerta que Cellbit acababa de atravesar. Los ojos desorientados y la expresión destruida, la viva imagen de una persona con el corazón roto.
—Todo hubiera sido más fácil si nunca hubieras llegado a este palacio en primer lugar, pero no te culpo — contó la alfa de cabellos azabaches, ganando la atención del más bajo y teniendo de frente su melancólica mirada —. Puedes evitar la humillación del juicio — dijo, sacando un frasco de uno de sus bolsillos y poniéndolo en una mesa cercana —. La decisión es suya, su alteza.
Una última muestra de respeto. Una última reverencia. Un último favor.
Todo eso había hecho Lorena antes de dejarlo totalmente solo.
Roier tomó el frasco en sus manos, mirando el contenido con cuidado. Veneno, ¿eh? A eso se refería Lorena con evitar la humillación del juicio, porque una vez divorciado lo enviarían al palacio de primavera y no lo dejarían salir. Y por ley, mientras Roier siga con vida, Cellbit no puede volver a casarse.
Quién sabe si algún día el mismo Cellbit se deshará de él para casarse con Lorena.
Podía ahorrarse todo eso.
Con un nudo en el estómago y una presión en el pecho, Roier tomó todo el contenido del frasco, sintiendo como el líquido quemaba y le sacaba aún más lágrimas.
Él solo quería...
—Otra oportunidad..
Fue lo último que Roier Brown, el príncipe consorte del reino de Oriente, murmuró antes de perder la vida.
Roier abrió los ojos desorientado.
Sentía el frío suelo en sus rodillas y veía las baldosas elegantes borrosas por las lágrimas. Sus manos también estaban en el piso, la cabeza agachada y un sentimiento de tristeza lo invadía.
¿Dónde estaba?
—¿Está seguro que dejar a ese chico vivo es una buena idea, su alteza? — se oyó una voz de fondo en el silencio aterrador, era gruesa, fuerte — Es sobrino del marqués Brown.
Recordaba esa voz. Esa sensación de miedo que le llegaba a los huesos y le decía que algo no estaba bien, el impulso de bajar la cabeza por unas feromonas fuertes y agresivas que aún estaban en su memoria, como si fuera un recuerdo.
El recuerdo del día que asesinaron a su tío.
—No me importa lo suficiente como para acabar con su vida.
Esa voz..
Roier levantó la cabeza de golpe encontrándose con la espalda del príncipe heredero del reino de Occidente. La capa que ondeaba con cada uno de sus pasos, la espada afilada llena de sangre que guardaba de forma meticulosa en su vaina , las botas manchadas del mismo líquido carmín y su aroma fuerte llenando todo el sitio.
La mente de Roier daba vueltas, ¿había vuelto en el tiempo? ¿Cómo era eso posible? No podía ser un sueño, de eso estaba seguro, todo se sentía demasiado real. ¿Era aquella la otra oportunidad que pidió antes de morir? Se miró las manos, no había ninguna argolla de matrimonio ni nada que indicara que estaba casado.
Porque ese era el día que conoció a Cellbit.
Si se quedaba allí volvería a ser encontrado por él, Roier no quería eso, no quería volver a estar en el mismo palacio que Cellbit. No quería volver a verlo.
Solo tenía una opción para evitarlo.
—¡Su..! — llamó, la voz le salió ronca y desesperada, pero logró ganar la atención de los caballeros que acompañaban al príncipe. Un poco más, solo un poco más — ¡Su alteza!
Los pasos del príncipe cesaron, sin embargo, no miró al castaño.
—¡Lléveme con usted, p-por favor! — siguió Roier, alzando la voz lo más que podía, como si el eco del gran salón no fuera suficiente.
Oyó una risa. Cínica, arrogante, digna de un príncipe heredero y de un alfa que algún día tendría todo bajo sus pies. Sonaba a poder, a gloria, a una reputación hecha a base de miedo y un trono forjado por los gritos de la muerte de sus enemigos.
El príncipe, sin soltar la mano del mango de su espada que ahora estaba guardada, se volteó para verlo.
Unos ojos morados se clavaron en él, eran oscuros, más que cualquier crepúsculo que Roier haya visto en su vida y brillaban con el mismo fulgor etéreo que la luna en su punto más alto. Eran audaces, fríos, imponentes… como si guardaran en su interior un misterio que ni el tiempo se atrevía a tocar. De un solo vistazo le hicieron olvidar cualquier ruego, le daban miedo. Un cabello lacio, azabache casi como la noche misma y una figura alta y segura de sí misma que dirigía sus pasos hacia él.
Spreen DeLuque. El príncipe heredero del reino de occidente. Aquel cuya reputación era temida en otros reinos.
Ese a quien Roier le había rogado que lo llevara con él.
—Creo que oí mal — dijo el azabache, manteniendo sus pasos lentos hacia el de ojos marrones, la sonrisa altanera plasmada en sus labios —, ¿ "Lléveme con usted, por favor" ? ¿Por qué debería llevarte conmigo?
—¡Yo s-soy un omega! — vociferó Roier, estaba seguro que el príncipe ya lo sabía por el aroma tan desesperado que desprendía, no obstante, era la única forma que tenía para que no lo dejara allí — Yo puedo.. — murmuró, bajando la voz un poco. Le daba vergüenza que todos los caballeros oyeran eso —. Puedo complacerlo.
En su lucha por no repetir sus últimos años y terminar casado con Cellbit, Roier estaba dispuesto a ser parte de la diversión del príncipe Spreen si eso significaba estar lejos de Cellbit, no tenía más oportunidades y escapar no era una opción porque a fin de cuentas era un omega. Los trabajos hacia estos eran pocos, burdeles de mala muerte u otros en los que la paga era casi inexistente.
No podía sobrevivir en ese mundo.
Los abusos sexuales hacia los omegas había aumentado ese año, mucho antes de que los reyes tomaran las medidas adecuadas para descubrir a los que estaban detrás de esto, pues los habitantes del pueblo terminaban culpando a las feromonas y cómo estás tentaban a los alfas.
Spreen volvió a reír, no parecía creer lo que escuchaba, pero se agachó hasta que tuvo el rostro del chico frente a frente y posó dos dedos en su barbilla para levantarla y mantenerla erguida.
—¿Cuál es tu nombre?
El corazón de Roier dio un vuelco al ver que quizás tenía una oportunidad de sobrevivir.
—Roier Brown.
—¿Y como pensás que podés complacerme, pequeño omega?
¿Qué le hacía pensar eso? Roier no tenía dudas porque esa era la única manera de vivir. No importaba si Spreen le hacía humillarse, no importaba si solo lo requería para satisfacerse, a Roier no le importaba nada.
No le importaba dar su cuerpo a cambio de un futuro diferente.
Recordaba el golpe de Cellbit, su mirada llena de ira y la sonrisa con maldad, sus palabras hirientes, los años de mentiras, el día que se enteró que tenía un amante y su voz revelando que no lo amaba.
Roier comenzó a temblar y a respirar entrecortadamente, llorando con más fuerza y llevando su cabeza al suelo, sin importarle que el príncipe quería verlo a los ojos.
—¡Haré l-lo que s-sea! — rogó Roier, mordiendo su labio en el intento de no gritar, mostrándose humillado, sumiso, complaciente . No se dio cuenta cuando inclinó su cuello en señal de obediencia — Lo juro, su alteza, h-haré cualquier cosa. Por favor, se lo suplico, lléveme con usted. Se lo suplico, s-se lo suplico, se lo suplico-..
Una capa cayendo sobre sus hombros le quitó la capacidad de seguir hablando. Las feromonas impregnadas en esta llegaron a sus fosas nasales, tan fuertes como olió desde la distancia, pero no lo suficiente como para someterlo. Se aferró a la tela porque el aroma lo calmaba y casi en cuestión de minutos Roier dejó de temblar.
Volvió a poner sus ojos en los del príncipe Spreen, quien ahora lo veía con una clara preocupación en su rostro, borrando el rastro de su arrogancia en el momento que se quitó la capa y cubrió el cuerpo de Roier con ella.
Spreen no sabía por qué un omega que debería de odiarlo por asesinar a su tío le estaba rogando ir con él, pero al verlo temblar, inclinarse y llorar desconsoladamente, sus instintos le dijeron que tenía que ceder.
El príncipe llevó una mano a la cara de Roier, limpiando una de las lágrimas que caía por su mejilla.
—En ese caso, vendrás conmigo, Roier
