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«tienes un sabor horrible» le había dicho akutagawa. chuuya se rio. seguro que no le hizo mucha gracia el comentario, pero se rio de todos modos. enseguida, chuuya volvió a besarlo y akutagawa le correspondió, tan intenso y encantado como antes, tan hambriento de afecto -o sea lo que eso fuera- como siempre.
—no has respondido a lo que te pregunté —se las arreglaba chuuya para hablar, en esos breves instantes en que un beso terminaba, justo antes de que otro le siguiera. pero era tan corto el lapso que se hacía difícil para akutagawa oír, retener y luego armar en su mente el sentido de las frases. no obstante, para su buena o mala suerte, hoy chuuya se hallaba más insistente y repetitivo que nunca—. ¿cuánto tiempo ha pasado?
—no... no lo sé —logró formular akutagawa sin pensarlo mucho, por no decir nada, después de batallar de igual modo.
los besos de chuuya solían ser dulces y lentos, una mezcla entre el vino más suave de su colección y el sabor natural de su boca. hoy, sin embargo, la cosa no era así. chuuya apestaba a humo y a whisky barato, y se abalanzaba sobre akutagawa con un ímpetu que habría asustado al chico más joven, de no ser porque conocía los motivos, aunque no se acostumbraba por completo a todo eso aún. akutagawa intentaba seguirle el ritmo, pero nunca podía igualar a chuuya. la destreza del mayor no hacía más que sacar a relucir su propia torpeza e inexperiencia, aunque a chuuya parecía no importarle. cada vez que akutagawa se separaba para respirar, la mano de chuuya en su nuca lo llevaba de vuelta a sus labios. y akutagawa sentía que se ahogaba, mas no contaba con la fuerza necesaria ni con la intención verdadera de separarse de él.
chuuya, chuuya y chuuya. sus besos eran como beber fuego líquido, sus manos eran como carbón encendido en su piel, picando y ardiendo incluso a través de las capas y capas de ropa. chuuya. akutagawa no podía pensar en otra cosa.
estaban en la casa de akutagawa, ambos de pie en su dormitorio. las luces apagadas, una única esquina visible del cuarto, la de la cama, iluminada apenas por el brillo de la luna a través del cristal. era poco más de medianoche, y akutagawa trataba de no hacer ruido mientras chuuya lo tocaba y lo pegaba más contra su cuerpo. tenía miedo. los suspiros le parecían más ruidosos e intensos que nunca, ni hablar de los latidos de su corazón. era la primera vez que chuuya lo buscaba con el propósito de hacer algo más que embriagarse o sólo dormir, lo sabía, por supuesto que lo sabía; lo sentía, más bien, por el ambiente, por los silencios, por la manera en la que las manos de chuuya lo palpaban y su boca lo mordía tan desesperadamente.
con un solo movimiento, chuuya lo empujó a la cama y akutagawa se quedó allí, como esperando. fijó sus ojos en el techo de su habitación: era blanco y pequeño, pero en la oscuridad se veía sucio y oscuro, y le pareció más alto que nunca. chuuya todavía no se acercaba.
—¿hace cuánto? —escuchó que el otro volvía a preguntar. akutagawa ni siquiera lo miró, hastiado y decepcionado por dentro, sin saber muy bien por qué. quería decirle que dejara de hacer preguntas estúpidas y se acercara. lo que dijo, en cambio, fue:
—no llevo la cuenta, chuuya-san.
después de lo que le pareció una eternidad, el otro extremo del colchón se hundió con un nuevo peso; akutagawa lo sintió acercándose y, de un momento a otro, chuuya ya se encontraba encima de él, besando su mandíbula y su cuello como un animal salvaje, conteniéndose para no clavarle en la carne los dientes. a akutagawa no le habría importado en lo más mínimo. para sorpresa de nadie, lo deseaba. y lo deseaba tanto.
—di lo que te parezca —pidió chuuya, su aliento cálido contra su piel haciéndolo temblar.
—no funciona así —respondió akutagawa. de repente, sobre su clavícula, sintió un dolor punzante. apretó los dientes, tragándose su queja. chuuya se rio bajito (es probable que fuera la risa más sincera en lo que iba de la noche), luego lo besó sobre su piel sensible. una vez más, akutagawa se estremeció.
chuuya, chuuya. akutagawa olía a la perfección su perfume que lo embriagaba, tocaba su cuerpo duro y caliente que se presionaba sobre el suyo, lo escuchaba suspirar, gruñir y sonreír contra su piel, y se sentía derretirse completamente con la combinación de todo. chuuya le hacía sentir algo, una necesidad creciente que iba llenando a su vez. y el dolor, aunque latente, quedaba en segundo plano.
bruma. había bruma en su mente. todo lo que estaba sucediendo era demasiado para asimilar: los sonidos, la sensación húmeda y cálida de los besos; su pecho que subía y bajaba a una velocidad alarmante; su corazón que golpeaba fuerte, queriendo escaparse; su cuerpo débil y pesado que no le respondía y parecía decidido a quedarse ahí, así, rendido ante chuuya.
sí, pensaba akutagawa, era tanto, tanto...
sin previo aviso, una mano desnuda de chuuya se coló bajo su camisa, era suave y ardiente y permaneció un momento allí, acariciando su abdomen, delineando su cadera, hasta que sus dedos se deslizaron bajo sus pantalones..., entonces lo detuvo.
—no —dijo akutagawa, casi sin aire—. no podemos. gin duerme en la otra habitación.
volviendo la atención a su cuello, chuuya dejó un beso sobre su pulso acelerado.
—no escuchará —comentó chuuya en respuesta. sonaba tan despreocupado.
akutagawa tragó saliva.
—¿cómo lo sabes?
chuuya se separó un poco, para verlo. akutagawa sintió frío. chuuya estaba sonriendo, era extraña su sonrisa. el estómago de akutagawa se revolvió.
—¿eres tan ruidoso así?
—no —soltó akutagawa de inmediato—. quiero decir, no lo sé.
—¿no lo sabes? —el rostro de chuuya se arrugó, sus comisuras temblaron apenas.
—yo nunca...
—¿nunca habías estado con un hombre antes?, ¿es eso?
—no. —akutagawa pensó que no hallaría las palabras para decir algo como esto, pero lo hizo—. nunca he estado con nadie.
—¿no? —a estas alturas, la sonrisa de chuuya se había desvanecido por completo, y akutagawa lo sintió tensarse encima de él—. ¿nunca?
akutagawa negó.
fue indescriptible la mirada de chuuya, el cambio. algo en el ambiente se alteró también, haciendo que akutagawa se sintiera confundido, incómodo. fue como si el aire se volviera espeso de un segundo a otro, irrespirable. sin decir nada, chuuya se reincorporó lentamente hasta que quedó sentado a horcajadas sobre él. fue un distanciamiento. para akutagawa, se sintió como si chuuya se hubiera alejado mil kilómetros. desde su pecho se extendió un dolor muy fuerte, pesado, como si alguien hubiera depositado una enorme roca sobre su esternón. pensó que le sobrevendría un ataque de tos o algo parecido, pero no sucedió nada. el silencio seguía extendiéndose.
akutagawa no apartó sus ojos de los de chuuya en ningún momento; vio en ellos sus ganas de huir. sólo un mínimo movimiento por parte del otro bastó para que akutagawa reaccionara y, como si fuera un acto reflejo, rodeó con sus piernas las caderas de chuuya, temiendo que se alejara.
incluso así, el miedo no lo abandonó.
—no te vayas —le dijo akutagawa entonces. allí, en el silencio y la soledad de la noche, en la oscuridad y el frío de su propio cuarto, aquello no fue más que una súplica.
chuuya parpadeó, tan sorprendido como si lo hubiesen golpeado directo en el rostro. akutagawa también se sorprendió de sí mismo, de lo que había dicho y hecho, pero no tenía sentido retractarse, no cuando había tenido esas palabras atoradas en la garganta como espinas durante tanto tiempo. además, chuuya se veía tan serio, tan bonito así. parecía haber adquirido, de pronto, una sobriedad oportuna. akutagawa sintió que era la primera vez en toda la noche que chuuya lo miraba de verdad. el pecho de chuuya subió y bajó en una respiración muy larga, su boca se abrió apenas como si fuera a decir algo y akutagawa temió que chuuya se riera de él, que le hiciera repetir sus palabras o que le preguntara por qué había soltado algo como eso (en cuyo caso akutagawa no habría sabido qué responder)..., pero chuuya no dijo nada, hizo en su lugar un movimiento con su cabeza, lento y por poco imperceptible: un asentimiento. akutagawa suspiró, había estado conteniendo la respiración hasta entonces, sin ser consciente.
intentó librar a chuuya de su agarre, pero las manos de chuuya se dirigieron a sus muslos y presionaron dulce y firmemente allí, manteniéndolo en su lugar. akutagawa jadeó.
chuuya se deslizó muy lento hasta volver a estar frente a su rostro como antes. sus alientos se mezclaron y se sostuvieron la mirada sin que ninguno se atreviera a cerrar el espacio, que ya era mínimo, entre los dos. akutagawa repasó todos sus rasgos: los ojos de chuuya brillaban, incluso a través de la oscuridad, y sus labios entreabiertos dejaban ir pequeños suspiros que akutagawa iba respirando a su vez. sintió que podría morir si chuuya cesaba de suspirar contra su boca, o si no volvía a besarlo.
akutagawa pensó en la primera vez que chuuya lo había besado, la noche en la que dazai se fue. no recordaba muy bien cómo habían llegado a eso, pero sí recordaba la vehemencia, la sensación de la boca de chuuya sobre la de él. había sido su primer beso. con todo y ser torpe y agridulce, fue sin dudas lo más intenso que akutagawa hubo experimentado en su vida (una intensidad que sobrepasó a la de todas las muertes y que le hizo olvidar el dolor del abandono). habían tenido algunos besos pequeños y roces ocasionales en las noches siguientes, pero, desde luego, nada parecido a lo de esa vez. así que, después de aquel día, akutagawa prácticamente no había vuelto a tener a chuuya de una forma tan cercana e íntima así... hasta ahora.
dazai. por un momento, casi lo había olvidado.
—un mes —susurró akutagawa, de pronto. el ceño de chuuya se frunció, como si no entendiera—. hace un mes que él se ha ido —dijo entonces.
la expresión de chuuya no cambió, es más, pareció acentuarse por un segundo. pero enseguida su rostro se suavizó, sus ojos recorrieron las facciones de akutagawa muy dulcemente, como si lo acariciara con la vista.
—un año —dijo chuuya sin más. fue como si cortara el aire con el filo de una daga y luego se la clavara en el pecho, aunque sin querer.
—no —negó akutagawa, su mente se había oscurecido pero su lengua se movía igual, y por un instante pensó que, quizá, chuuya se estaba burlando de él—. ¿por qué debería creerte?
enseguida se arrepintió de haber soltado algo como eso, consciente de que se había dejado llevar por la desconfianza y la desesperación de su corazón, por la confusión y el desorden de su mente. casi creyó que chuuya se enfadaría con él y temió que lo hiciera, como si eso fuera la cúspide de todas las cosas malas que podrían sucederle justo ahora, lo peor del mundo. si chuuya lo odiaba, pensó ryuunosuke, al tiempo que un sudor frío lo envolvía, no iba a perdonárselo nunca. pero a chuuya pareció no importarle, en lo más mínimo.
en tono bajo pero firme, mientras le sonreía con indulgencia, chuuya simplemente respondió:
—¿por qué te mentiría?
y akutagawa se sintió tan horrible por ser así de precipitado y haber desconfiado de él. deseó con todas sus fuerzas retractarse, decirle que lo sentía, pero no le salieron las palabras. enseguida las manos de chuuya dejaron de sostenerlo para dirigirse a su rostro: su pulgar empezó a moverse allí, trazando pequeños círculos en su fría mejilla. era gentil. lo tranquilizó. lo hizo sentir transparente, o como si fuera un libro abierto que sólo chuuya podía leer: así de bien chuuya demostraba seguir sus líneas de pensamiento. chuuya era tan bueno, incluso cuando no debía. lo era todo para él.
daba igual si chuuya sólo lo buscaba cuando le era conveniente, eso en definitiva era mejor que nada. y akutagawa tampoco iba a negar que no obtenía con esto algo a cambio. la soledad lo seguía como una sombra y el odio lo asfixiaba como una mano gigante cerrándose alrededor de su garganta, pero la presencia de chuuya, extraña y sorprendentemente, lograba disiparlo todo. ¿por qué? ¿desde cuándo? akutagawa no tenía respuestas. lo único que sabía era que, cuando estaba junto a chuuya, no había ausencia ni rabia, no había dolor. había otra cosa. tan pocas noches habían bastado para quererlo, que era casi vergonzoso. el día en que chuuya también se fuera, pensaba akutagawa, no lo iba a soportar.
su mente volvió a dazai.
dazai era su mentor; y, muy a su pesar, nunca fue más que eso.
pero para chuuya, ryuunosuke lo sabía, dazai siempre fue algo más. mucho más.
—¿lo extrañas? —akutagawa no pudo evitar preguntarle.
el dedo de chuuya se congeló en su pómulo, sorprendido por su atrevimiento. el silencio se extendió, pero no demasiado.
—no —respondió chuuya, muy suave—. no ahora. —y volvió a retomar sus caricias.
las yemas de sus dedos eran como una pluma en su mejilla, produciéndole un cosquilleo leve. ¿era molesto o agradable? akutagawa no estaba seguro. era tan extraño.
akutagawa no dijo nada. agradeció internamente que chuuya no le hiciera la misma pregunta porque, una vez más, no habría sabido qué decir en respuesta. es probable que no hubiera podido decir nada. sea como fuere, no era algo que debía detenerse a pensar, mucho menos en un momento como este, en una situación como esta.
y, de alguna manera, la contestación de chuuya pareció surtir algún efecto en su persona. disipó el peso terrible que le presionaba el corazón y movió o detuvo ciertos engranajes dentro de él. sus brazos, que habían estado inertes sobre el colchón, se elevaron como si adquirieran vida propia y rodearon a chuuya por los hombros, movido por la necesidad de tocarlo, de tenerlo cerca. finalmente, y casi al mismo tiempo, chuuya cerró la distancia.
algo había cambiado allí. los labios de chuuya ahora se movían lentos sobre los suyos, sus manos acunaron su rostro con una delicadeza terrible mientras lo seguía besando. todo era tan pausado y sutil.
los pensamientos de akutagawa, al contrario, iban a mil por segundo, frenéticos e imparables, pero todos y cada uno de ellos centrados en el chico encima de él. chuuya. chuuya, chuuya y chuuya. su mente repetía su nombre como si fuese un dios. era todo lo que akutagawa veía y podía sentir. era todo lo que necesitaba y quería justo ahora. akutagawa lo apretó más fuerte contra él y chuuya gimió en su boca debido la fricción. el corazón de akutagawa saltó, se derritió y, con los posteriores besos de chuuya, que parecían no agotarse jamás, volvió a nacer. latía tan rápido, era casi salvaje.
y era tan gentil la forma en la que chuuya ahora lo besaba. akutagawa se preguntó el porqué de este relajamiento por parte de chuuya, el porqué de su propia agitación que parecía ir en aumento y no tener fin. era una desproporción contraria a la de antes, cual si se hubieran invertido los roles. akutagawa enredó sus falanges en el cabello de chuuya y tiró de él, buscando acercarlo más y más aun cuando ya no habían espacios. chuuya volvió a gruñir contra sus labios entreabiertos y fue encantador, pero no hizo nada más. akutagawa jadeó, frustrado y desesperado. su cuerpo se sentía cargado y dolía como si tuviera fiebre, chuuya lo había enfermado y ahora lo mantenía consciente a duras penas, alimentando su necesidad con lo mínimo indispensable sin dejarlo morir. pero akutagawa no se podía quejar, chuuya sólo estaba siendo amable, lo sabía. lo intentaba.
akutagawa movió su rostro, separándose apenas. buscó las manos de chuuya y las tomó entre las de él. eran firmes y cálidas, mucho más que las suyas, y el sólo hecho de estar sosteniéndolas sin la tela de los guantes de por medio le hizo contener la respiración. llevó una a sus labios, depositando un beso en el dorso y luego en todos los nudillos, bajo la atenta mirada de chuuya. chuuya atrapó su mano al final, cerrando sus dedos en los espacios vacíos de los suyos. el pequeño gesto desconcertó a akutagawa, pero fue otra de las tantas cosas que no se detuvo a pensar, no había tiempo para eso, no había tiempo para casi nada. presionó la otra mano de chuuya que aún controlaba y la guio hacia abajo, directo a su entrepierna.
los ojos nublados de chuuya lo miraron, inquisitivos. akutagawa asintió una vez, muy rápido, y un momento después chuuya empezó a acariciarlo sobre la ropa, luego fue más allá. akutagawa jadeó y suspiró, por mucho que tratara de evitarlo, mientras corrientes eléctricas lo recorrían entero, una y otra vez. sin dejar de tocarlo, chuuya lo besó de nuevo. el beso no lo silenció, sin embargo, lo amortiguó casi todo, gemidos y maldiciones por igual. convenientemente, ahora ambos lograban seguirse el ritmo y ninguno se quedaba atrás.
casi ni había rastros ya del mal sabor que antes hubo sentido, y, en un instante de lucidez, akutagawa llegó a preguntarse cómo era eso posible. tal vez, pensó, tantos besos habían hecho que la amargura, de a poco, se desvaneciera. o, tal vez, simplemente se acostumbró.
no importaba.
nada de esto era dulce, se dio cuenta akutagawa, pero tampoco lo contrario.
