Work Text:
—Oigan, ¿y Luffy? —preguntó Sabo, extrañado por no ver a su pequeño amigo de cabellos negros apenas llegó con los demás.
Estaban sentados en la sala de la familia Gol D., el padre de Ace y tío de Luffy. Era su punto de reunión favorito, ya que estaba justo en el medio de la ciudad y era lo suficientemente grande como para que todos pudieran estar ahí; además, los pasteles que hacía Rouge, la madre de Ace, eran los mejores.
—Gritó “¡la fecha límite para la Convención de Invierno!” y “¡todavía no termino mi cosplay!”, luego salió corriendo —contestó Ace.
—También dijo: “necesito más carne” y “probablemente no duerma esta noche” —añadió Sanji.
—Y no te olvides de “¡tengo que terminar el manga antes de que ese estúpido Shanks me lo spoilee!” —remató Zoro.
—Un día normal para Luffy —comentó Sabo, con una gotita de sudor en la sien.
Los amigos siguieron conversando con normalidad hasta que Sabo, armándose de valor, hizo la petición que lo carcomía desde que recibió el mensaje de Pudding.
—Bueno… ¡los exámenes finalmente terminaron! —exclamó, intentando sonar alegre—. Lo que significa que solo queda una cosa… ¡Navidad! Vamos, chicos, ayúdenme con…
—No puedo —respondieron al unísono.
«¡Al menos déjenme terminar!» , quiso gritarles, pero las situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas.
A suplicar.
—Vamos, es mi primera novia; ¡no quiero arruinarlo! Por favor, Ace, Sanji, ayúdenme a preparar algo —su voz denotaba ruego y un ligero toque de pánico. Incluso intentó poner ojos de cachorro—. No tengo idea de qué hacer en una cita… ¡Oh, Dios, es nuestra primera cita! ¡Y justo en Nochebuena!
—Yo también tengo que pensar en algo; hazlo tú mismo —Sanji necesitaba un cigarro en ese momento, pero si lo descubrían llamarían a sus padres, su padre probablemente lo mataría; y sus hermanos, en especial Ichiji y Niji, bailarían sobre su tumba—. Mi itinerario está bastante cargado.
Sacó el móvil y se lo mostró a su amigo.
—Eh… —Sabo no sabía si sentirse sorprendido o decepcionado—. ¿Con cuántas chicas sales exactamente, Sanji?
—Cinco —sus ojos se formaron en corazones; «oh, Dios, no», Sanji entró en modo meloso—. Son tan hermosas y dulces, mis bellas damas… Las amo. Y ahora debo dividir mi tiempo para complacerlas a todas ese día: una por la mañana, otra por la tarde, o quizás…
—Un novio terrible como siempre —suspiró Sabo, resignado.
—Lo siento, Sabo, pero no puedo. Según mi investigación, entre esta noche y la de mañana definitivamente podré ver… ¡UN ALIEN! —los ojos de Ace brillaban con anticipación—. Mis cálculos no fallan: estarán ahí, lo sé. Son esos despreciables que están en el poder quienes nos quieren mentir, pero yo sé la verdad. Simplemente no nos dejan ver a esas fascinantes criaturas, porque definitivamente estarán…
«Lo perdimos» , pensó el rubio. Cuando Ace entraba en modo fanboy y empezaba a hablar de conspiraciones y alienígenas, era el fin, así que sabiamente lo ignoró. A veces se preguntaba qué pasaba por la cabeza de la amable Nico Robin al salir con un idiota amante de los aliens. Luego recordó los aterradores dibujos llenos de sangre y destrucción que la universitaria le mostró una vez y se estremeció.
Ahora Sabo no sabía quién era el más normal, Robin o Ace; quizá ninguno, y por eso, pese a que ella era seis años mayor, seguían juntos, tan felices como al principio.
¡Cuánto los envidiaba!
—Sabo —la voz grave lo hizo estremecerse—, ¿por qué no me pediste ayuda?
—Es que… —en un segundo estaba empapado en sudor— …no apruebo tus métodos, Zoro…
—¿¡Huh!?
—¡Hiee! —no, ese gritito femenino no salió de su cuerpo.
Entonces Zoro sacó un látigo de algún lugar; «¿dónde demonios lo guarda?» pensó el rubio, estremeciéndose.
—Oi, cabeza de musgo —Sanji ni siquiera parpadeó ante el látigo y el aura sádica de Zoro—, ¿realmente esa cosa es divertida?
—Pues claro. Esta vez fue con látigo, pero estoy pensando que las esposas me gustan más —respondió, volviendo a su habitual modo de oso en hibernación.
—Ya veo; quizá las pruebe —incluso Ace dejó sus conspiraciones para prestar atención—. Creo que se lo propondré a Robin.
Zoro abrió lentamente los ojos y puso cara pensativa.
—Creo que funcionará. Robin tiene toda la pinta de ser “S”.
—¿Eh? Pero entonces ella no querrá… —Por qué en el mundo Ace sonaba decepcionado.
—¿Qué dices? —Zoro soltó un bostezo—. Es perfecto; tú eres “M”, claramente.
—¡ZORO, BASTARDO!
Y Sabo fue ignorado, como de costumbre. Sus amigos eran los mejores.
Nota
S = Sadismo / M = Masoquismo
Sabo estaba sentado en un parque repleto de personas, cada quien disfrutando con su respectiva pareja.
El amor se respiraba en el aire y, bueno, era comprensible: era Nochebuena, y todo el mundo sabía que se suponía que uno la pasaba con su pareja. Era una tradición que todos cumplían, incluso personas como Sanji —que tenía cinco novias—; Zoro —cuya afición por ciertas prácticas sexuales era, cuando menos, cuestionable—; Ace —un fanático de los aliens que arrastraba a su mayor y sexy novia a sus tonterías—, y Luffy… bueno, a Luffy no le importaba nada, seguramente estaba viendo anime o comiendo carne. Sí, sus amigos eran raros, pero todos ellos estaban mejor que él.
Cualquier cosa era mejor que ser abandonado por tu novia en Nochebuena solo porque no le compraste el regalo que quería… y, de paso, ser víctima de su ataque de furia porque, por accidente, le trajiste un pastel de fresa en lugar de uno de chocolate.
Su vida era un asco.
Aun así, a pesar de que Pudding lo había dejado —y probablemente le había dejado alguna cicatriz con sus arañazos—, no podía evitar sentirse deprimido; incluso ahora, dos horas después de quedarse solo, las lágrimas seguían cayendo sin parar. Se sentía patético y humillado: allí estaba, llorando como un idiota —¡incluso moqueando!— mientras abrazaba una bufanda rosa que tardó horas en escoger para su ahora exnovia, completamente solo en medio de un montón de parejas que presumían su asquerosa felicidad.
Sí, su vida definitivamente era un asco.
—Toma —dijo una voz, mientras un pañuelo se extendía frente a él.
Sabo levantó la cabeza de golpe; casi se cayó, pero logró mantenerse. Una mujer vestida de Santa estaba parada frente a él. Era una hermosa castaña de mirada amable que le ofrecía un pañuelo.
—…¿Huh?… —Por supuesto, tenía que arruinarlo.
—Solo parecía que necesitabas esto —le sonrió. Quizá ella sintió pena ajena al verlo llorar y moquear, pero para Sabo aquella sonrisa fue un regalo de los dioses.
Santa‑san —como decidió bautizarla— se estremeció en cuanto una helada brisa sopló.
«Debe de estar congelándose con esa ropa» , pensó. De pronto decidió que debía devolverle el favor.
—Umm… oye, toma. Debes de estar pasando frío —puso apresuradamente la bufanda en sus manos.
Luego salió corriendo.
Sí, su vida era un asco y él no hacía nada para mejorarlo.
«Pero al menos conocí a Santa‑san» . Quizá, solo quizá, su vida era un poco menos asquerosa en ese instante.
—Finalmente, a ese maldito jefe sádico se le ocurrió hacernos trabajar hoy.
—¿Tenías algún compromiso, Viola‑chan? —preguntó Koala, verdaderamente preocupada.
—Nah, solo me fastidia —frunció el ceño—. Había algunos diseños que realmente quería probar.
—Lamento que te lo hayas perdido —lo decía en serio; sabía cuánto le gustaba a Viola diseñar ropa y lo duro que trabajaba para hacerlo.
Mientras volvía a vestirse, Koala tomó la bufanda rosa con motitas blancas que le había dado aquel extraño chico.
—Me pregunto si estará bien… —murmuró.
—Mmm, ¿dijiste algo, Koala?
—Solo me preguntaba si ese chico estará bien.
—¿El tipo de la bufanda? —Koala asintió—. Suena como una especie de acosador para mí, mejor olvídalo.
—Supongo que lo haré; no creo que vuelva a verlo.
Desde ese día, Koala decidió usar la bufanda. Le parecía muy bonita.
Solo habían pasado unos días y Ace, Zoro y Sanji ya estaban a punto de perder la paciencia y mandar a alguien directo al hospital. De preferencia, alguien de nombre Sabo.
Si escuchaban, aunque fuera una vez más, «las uñas de Pudding son un peligro nacional» o «Santa‑san es un ángel caído del cielo a este mundo cruel», no lo soportarían.
—Las uñas… —musitó Sabo.
Los tres prepararon los puños y dejaron aflorar sus auras asesinas.
—¡Hoolaaa, chicos! ¡Shishishi! —Luffy irrumpió como un huracán. Sin perder tiempo, se abalanzó sobre Sabo y le dio el abrazo de oso más fuerte que pudo—. Escuché que Sabo se la pasó llorando estos días. Dime, ¿tengo que golpear a alguien? —preguntó, con mirada amenazante.
—¡LUFFY! —Y, sí, el maldito llanto comenzó otra vez. Luffy soltó su típico «shishishi» y los demás suspiraron.
Sabo era un chico sensible; en ocasiones, demasiado sensible, pero ellos lo querían así.
—Por cierto, Luffy —intervino Zoro—, estuviste desaparecido mucho tiempo. Esa Convención de Invierno que mencionaste… ¿realmente dura tanto?
—Oh, no, shishishi. Estuve libre desde el 22, pero estaba ocupado con otra cosa.
—¿Con qué? —preguntó Ace, genuinamente curioso.
—Estaba en medio de una conquista.
Silencio.
—Ahora tengo novia. Shishishi.
Silencio.
—¡¿EHHHHHH?!
Los días pasaron rápido; sin siquiera notarlo, se convirtieron en meses y, antes de lo esperado, un nuevo año escolar había comenzado. Por supuesto, Sabo, al igual que el resto de los estudiantes del país, no sentía gran entusiasmo por volver a clases.
Sin embargo, desde aquella horrible Navidad, su herida había cicatrizado; Pudding ya era solo un mal recuerdo y, luego, estaba Santa‑san. Sabo sonreía al recordarla, aquella desconocida había sido amable con un completo extraño.
Estaba seguro de que no volvería a verla…
—En serio, ¿no vas a quitarte nunca esa bufanda? —preguntó Viola.
Él no olvidaría su rostro jamás…
—Solo me parece bonita, Viola‑chan.
Sabo reía, porque de tanto pensar en la misteriosa chica llegó a creer que la estaba viendo pasar frente a él. ¡Ja, qué tontería!
—Bien, es solo que me preocupo por ti. No quiero que te obsesiones con un recuerdo.
—Lo sé, y gracias. Eres una gran amiga, Viola‑chan.
¡Debía de estar alucinando, porque ella estaba pasando justo frente a él…! ¡ELLA ESTABA PASANDO FRENTE A ÉL!
«¡ES SANTA‑SAN!» Sabo huyó del lugar tan rápido como humanamente pudo.
—¡SAAAAAAAANNNNNN…!
—Vinsmoke‑san, me halagas —respondió una voz femenina.
—No soy yo, eres tú y tu encantador carisma los que hacen todo el trabajo, mademoiselle —contestó Sanji.
Ella se sonrojó y rió, encantada.
—…¡JIIIIIIIIIIII! —gritó Sabo.
¡PLAFFF!
Dos cabezas rubias quedaron hechas un desastre de brazos y piernas, frente al salón de clase.
—¡¿QUÉ DEMONIOS TE PASA, SABO?!
—¡ESTÁ AQUÍ! ¡SANTA‑SAN ESTÁ AQUÍ!
—¿Santa? Idiota, Santa está en Finlandia, no en Japón.
—¡ESTÁ AQUÍ! ¡ELLA ESTÁ AQUÍ!
—Oi, ¿qué hacen ustedes dos ahí abajo? —preguntó Zoro, que acaba de llegar también.
—¡ZORO! ¡SANTA‑SAN ESTÁ AQUÍ! —Sabo se levantó y empezó a sacudirlo—. ¡ES UNA ESTUDIANTE DE ESTA ESCUELA!
—Estás demasiado animado este año, Sabo… —Zoro intentó quitárselo de encima.
—Hola —saludaron Luffy y Ace al mismo tiempo, también acababan de llegar.
—Hola —añadió Sanji, ya de pie y lamentando que su actual conquista se hubiera escapado—. Es raro que llegues tan temprano, Luffy.
—Shishishi, Ace pasó a recogerme.
—Si no lo hacía, mi primito se quedaba pegado a ese maldito juego todo el día. No quiero a Garp sobre mi pellejo por eso.
Sanji se estremeció al recordar la última vez que le permitieron a Luffy desvelarse con un anime nuevo; el rubio nunca volvió a ver al viejo Garp de la misma manera.
—¿Qué hacen esos dos? —preguntó Ace, curioso, al ver a Sabo y Zoro gritarse y sacudirse mutuamente.
—Parece que la chica de Navidad de Sabo estudia aquí —explicó Sanji.
—Oh… Mejor saquen sus auriculares — comentó Luffy, Ace y Sanji asintieron al unísono.
—¡ELLA ESTABA USANDO LA BUFANDA QUE LE DI! Y… ¡NO TE PONGAS LOS AURICULARES, ZORO!
—¡CÁLLATE! —gruñó el peliverde, incapaz de soportarlo más.
Ahora Sabo tenía la mejilla hinchada, pero sonreía como idiota.
Unos minutos después, los cinco amigos estaban sentados en la azotea.
—Veamos si lo entiendo —empezó Ace—; estabas en la entrada y viste a tu “chica Santa” hablando con una amiga, mientras llevaba la bufanda que tú, un completo extraño, le dio en Navidad…
Sabo asintió furiosamente.
—Y tu gran idea fue salir corriendo como un idiota…
Sabo volvió a asentir.
Silencio.
—…Esto va a ser difícil… —suspiró Ace, resignado.
—Pero, ¿saben? —prosiguió el rubio—. Ella me ayudó cuando tenía el corazón roto, dándome un pañuelo; luego yo le di una bufanda que la abrigó en los días fríos. Quizá sea eso… es el destino.
—Oh, mierda, Sabo entró en modo doncella.
—Casi puedo ver los corazones salir de su cuerpo.
—Luffy, creí haberte dicho que no le prestaras tus mangas shōjo.
—Lo siento, shishishi.
Las clases transcurrieron como de costumbre: Zoro, Ace y Luffy se quedaron dormidos; Sanji no prestaba atención, demasiado concentrado en su móvil, y por último Sabo, que sí escuchó y tomó muchos apuntes para sus amigos.
Al terminar el horario escolar, los cinco decidieron poner en marcha el plan para ayudar a Sabo con su “chica Santa”. Pero antes debían derribar dos grandes muros:
- Averiguar el nombre de la chica.
- Conseguir que Sabo le hablara sin salir huyendo.
Conclusión: tenían una misión difícil… que, para sorpresa de todos, se resolvió mucho más rápido de lo previsto.
Actualmente, los cinco amigos se encontraban en el karaoke.
—Sabo —empezó Ace—, solo la viste unos minutos aquella noche. ¿De verdad estás enamorado?
—No creo que sea amor; solo estoy interesado en ella —respondió, mientras escuchaban a Sanji y Luffy “cantar” y esperaban a Zoro, que había ido al baño.
En ese momento, la puerta se abrió y entró una empleada del karaoke con sus bebidas.
—¿Quién pidió el café helado?
—Yo —respondió Sabo, alzando la mirada hacia la voz femenina. Pudo haberse desmayado en ese instante—. ¡Hiee! —ese grito agudo definitivamente no salió de sus labios.
La chica abrió mucho los ojos, sorprendida.
—¡Eres tú! —sonrió—. El chico de Navidad.
A estas alturas, Sabo se preguntaba cómo era que aún no se desmayaba.
—E‑eh, sí… —quiso salir huyendo; Ace, al notarlo, lo agarró del pantalón para mantenerlo en su sitio. Incluso Sanji y Luffy dejaron de cantar para prestar atención—. M‑mi nombre es Outlook Sabo.
«¡Tú puedes, Sabo!», pensaron sus amigos.
—Ya veo. Te recuerdo, Outlook‑san. Mi nombre es Kobayakawa Koala —volvió a sonreír—. Me alegra que hayamos podido vernos de nuevo.
Hizo un leve gesto de despedida con la cabeza y salió para volver al trabajo.
—Estoy enamorado.
—¡¿Solo con eso?! —exclamaron sus amigos al unísono.
—Ella realmente me recordó, a pesar de que, en aquel momento, lloraba como un idiota y moqueaba sin parar… —tenía una sonrisa bobalicona en el rostro.
Silencio.
—Eh… no sé si esa sea la mejor imagen para que te recuerden —comentó Sanji. Ace y Luffy solo pudieron asentir de acuerdo.
Zoro salió para ir al baño y, como de costumbre, el camino parecía moverse a su alrededor—porque, obviamente, alguien como Roronoa Zoro jamás se perdería.
Después de lo que parecieron horas caminando, finalmente vio la puerta de la sala donde estaban sus amigos y apresuró el paso. Entonces lo vio.
Una mujer que venía distraída con el móvil en las manos no se fijó en uno de los empleados que cruzaba el pasillo. En el último segundo, lo esquivó bruscamente, pero perdió el equilibrio. «No me sorprende, con esos zapatos», pensó el peliverde, adelantándose para atraparla.
Ella lo miró, sorprendida; estaba segura de que acabaría con la nariz rota o algo peor. Zoro no lo sabía, pero la sostuvo con firmeza y luego la colocó de pie, con delicadeza. La observó unos segundos: su rostro le resultaba demasiado familiar. «Debo estar imaginando cosas…».
—Debería mirar por dónde camina —dijo, girándose para retomar su camino.
—¡Espera! —lo detuvo, sujetándolo de la muñeca. Con un leve sonrojo, le sonrió—. Gracias…
Él solo asintió y continuó andando.
—Mi héroe… —murmuró ella, con los ojos casi en forma de corazón.
En ese instante, el sonido suave de pasos se acercó desde el mismo pasillo. Una alta y elegante mujer de cabello oscuro—vestida con una chaqueta lila y unos vaqueros ajustados—se detuvo junto a la recién rescatada. Era Nico Robin, que venía de devolver unos micrófonos al mostrador del karaoke y regresaba con calma a su sala.
—Fufufu, Zoro‑san suele tener sus momentos —comentó Robin, divertida al ver el sonrojo de su amiga.
—Robin, ¿lo conoces? —preguntó, todavía con el corazón acelerado.
—Es uno de los amigos de mi novio. Se llama Roronoa Zoro —respondió Robin, enarcando una ceja con una pequeña sonrisa.
—Oh, con que amigo de Ace‑chan… —una sonrisa traviesa se posó en sus labios—. Esto será interesante.
Robin coincidió con un leve asentimiento, y así ambas amigas regresaron juntas a su sala del karaoke.
Tras muchas bebidas y canciones, los muchachos decidieron irse. Sabo, como de costumbre, se adelantó. Al ser uno de los más altos, Zoro y Luffy lo seguían para no perderse; era un acuerdo tácito. Sin embargo, en esta ocasión una escena dejó al rubio completamente conmocionado.
La dulce Koala Kobayakawa estaba siendo acorralada por dos hombres: la estaban acosando.
Ella levantaba las manos y hacía gestos, pero ellos no se apartaban. «¡¿Qué voy a hacer?!», pensó Sabo… hasta que sintió un golpe en la espalda.
—Ve por ella, Sabo —lo alentó Ace, empujándolo.
—Si eres un hombre, defiéndela —añadió Sanji.
—Hazles sentir dolor —gruñó Zoro, sacando su látigo «¿dónde mierda lo guarda?».
—¡Tú puedes, Sabo! Shishishi —Luffy sonreía, sosteniendo su teléfono. «¡¿Qué piensas hacer con ese móvil Luffy?!»
Sabo vio a uno de los hombres acercarse aún más a Koala y, armándose de valor, se plantó frente a ellos. «Vamos, puedo hacerlo; esto siempre pasa en los mangas shōjo».
—¡E‑ella es mi novia, así que por favor, déjenla en paz!
Silencio.
—Etto… Outlook‑san, estos hombres son extranjeros; no hablan japonés —susurró Koala.
—¿What? —dijo uno, ladeando la cabeza.
—¿Tú hablas inglés? —preguntó Koala, amablemente.
Ace y Sanji casi se asfixiaron de la risa; al menos Luffy y Zoro seguían respirando.
—Sí… hablo inglés —murmuró Sabo. «Solo mátenme».
—Genial, me sería de mucha ayuda —agradeció Koala.
—Oye, Luffy —preguntó Zoro cuando logró recuperar el aliento—, ¿grabaste eso?
—Sí, shishishi. Nami dice que estos vídeos generan dinero: extorsionas a personas y demás.
—¿Nami?
—Mi novia. Esto genera dinero, Nami es feliz cuando tiene dinero y yo soy feliz cuando Nami es feliz.
—Ah… —Zoro suspiró. «Solo Luffy conseguiría una estafadora como novia».
Cuando finalmente salieron del local, Sabo solo quería desaparecer.
—«Ella es mi novia, déjenla…» —repitió Sanji, burlón.
—«¿Hablas inglés, Outlook‑san?» —añadió Ace, fingiendo inocencia.
—¡Ya cállense! —gritó Sabo, rojo de vergüenza, mientras sus amigos estallaban en carcajadas.
Entonces se oyó a lo lejos:
—¡Outlook‑san! —Koala corría para alcanzarlos.
—K‑Kobayakawa‑san —exclamó Sabo, sorprendido.
Ace, Sanji, Zoro y Luffy se esfumaron en un parpadeo.
—Por fin te alcanzo, Outlook‑san —sonrió Koala, aún algo agitada—. Vine porque…
—¡Lo siento! —Sabo, casi en pánico, empezó a hacer reverencias—. No debí decir aquello; soy un idiota y usted, Kobayakawa‑san, deb…
—Gracias.
—¿Eh? —Sabo levantó la cabeza de golpe.
—Gracias por protegerme, Outlook‑san —dijo ella, con un leve sonrojo (o quizá Sabo lo imaginó).
—S‑Sabo… Por favor, dime Sabo, Kobayakawa‑san —balbuceó; le parecía imprescindible aclararlo.
—Oh, bien. Sabo‑kun —lo pronunció despacio, como saboreando la palabra, y él se sintió rojo como un tomate—. Me gusta cómo suena…
—¡Koala! —gritó Viola desde la distancia—. ¡El jefe te llama!
(«Qué linda», pensó Sanji, agazapado tras un arbusto al ver a la pelinegra).
—¡Ya voy, Viola‑chan! —Koala se volvió hacia Sabo y, de pronto, bajó la mirada, tímida—. Quería verte desde aquella Nochebuena. Me diste una bufanda para que me abrigara, a pesar de que tú lo estabas pasando mal, y ahora me defendiste de esos desconocidos. Muchas gracias, Sabo‑kun, fue muy dulce.
Entonces se acercó y le besó la mejilla.
—Puedes llamarme Koala. Espero que podamos volver a vernos —sonrió otra vez y regresó con Viola.
Silencio.
—¡SABO! —gritaron los cuatro chicos, corriendo para auxiliar al rubio.
Llegaron un segundo tarde. Aunque Sabo terminó desmayado con un chichón en la cabeza, la sonrisa no se borraba de su rostro.
Sanji entró, algo cansado, en casa.
—Toma, hermanito —dijo Reiju, sirviéndole una taza de té.
Él la miró sorprendido durante unos segundos.
—Gracias, Reiju —sonrió con sinceridad; desde que estaba en la universidad no la veía tan a menudo y la había extrañado—. He tenido un día de locos, pero me alegra verte. No sabía que vendrías hoy.
Conversaron animadamente de todo un poco, como cuando eran niños. Entre todos los Vinsmoke, ellos siempre habían tenido la mejor relación.
—Jajaja, no puedo creerlo —comentó ella.
—Sí, es muy loco, pero Yonji se lo merecía.
—Totalmente —respondió Reiju; luego su expresión se tornó repentinamente seria—. Dime, Sanji, ¿tienes algún amigo llamado Roronoa Zoro?
Silencio.
—…¿Eh? —Mil ideas cruzaron la mente de Sanji al ver a su querida hermana sonrojada, pero solo estaba seguro de una cosa.
Ese marimo bastardo iba a morir.
