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La primera nevada del año llegó al pueblo con la suavidad de un suspiro. Se acumulaba sobre las aceras, sobre los tejados, cubriendo de blanco un paisaje que Ricky pensó había dejado atrás para siempre. La nieve caía pesada sobre aquel pequeño pueblo, casi como un recordatorio del pasado que siempre vuelve cuando uno menos lo espera.
Ricky estaba de vuelta en su ciudad natal, y no quería estar allí.
Pero ahí estaba de todos modos.
No era una vuelta de esas que se hacen por vacaciones para poder descansar.
No había una gran celebración en la que participar como algún evento familiar, es más no había ni una razón particular para regresar.
Solo el frío y el eco lejano de su propio nombre.
El teléfono había comenzado a vibrar con mensajes de su madre y de su hermana desde que les avisó que se daría una vuelta por ahí, aún sabiendo que ambas habían salido de viaje por unos días y no podrían verse, aún así no respondió.
Sabía que la razón por la que estaba allí era más compleja que una simple visita familiar.
Hanbin.
El era el motivo por el cual se encontraba de regreso un fin de semana cualquiera después de tanto tiempo.
La única razón.
El único lugar donde alguna vez se sintió en casa.
Él era su hogar.
Hace más de tres años, cuando Ricky dejó todo para perseguir su sueño de ser idol, también dejó atrás a Hanbin.
El amor que se había instalado en su vida como un amor desbordante , la promesa de una vida tranquila, de una rutina cómoda, había quedado atrás en un tonto intento de alcanzar algo más grande.
Algo que pensaba que lo haría sentir en la cima del mundo.
Algo que pensaba que lo salvaría de aquel pequeño pueblo de no más de 2000 personas.
Pero ahora habia caído de nuevo a aquel pequeño lugar nevado, mientras recorría las mismas calles que recorría a diario sin duda alguna cuando era joven, con el sonido de los copos chocando contra su ventana, Ricky no sentía nada más que vacío.
El trabajo, los contratos, las giras... nada de eso importaba en ese preciso instante.
Nadie lo esperaba en casa en la gran ciudad. Nadie le preguntaba cómo estaba, si había comido bien, o si se sentía feliz.
Excepto él, aún si arruinó todo.
Lo había dejado todo por su carrera. Había dejado todo por ser alguien más. Había dejado todo por el brillo y la fama.
Y, por supuesto, por él.
Así que allí estaba Ricky, en un coche alquilado, estacionado frente a la casa de Hanbin. No tenía el valor de salir. No quería enfrentar la posibilidad de que todo hubiera cambiado desde que se fue. Aun si tenía sucedido que las cosas avanzaran, su corazón no quería tener en mente dicho escenario.
De que ya no lo necesitara.
De que quizás ya lo hubiera olvidado.
De que ya no lo amara.
Pero algo dentro de él sabía que no podía irse sin enfrentarlo o verlo una vez más.
Sin saber si había alguna posibilidad de redención.
Sin saber si lo que había sido suyo alguna vez todavía podría serlo.
O si su huida había sido tan definitiva que ya no había vuelta atrás.
Ricky miró por la ventana del coche. La casa estaba igual que siempre si acaso un poco más envejecida, con las luces encendidas, la nieve cubriendo el porche de esta y la bicicleta oxidada todavía colgando del lado derecho de la entrada.
Todo estaba tal como estaba en sus recuerdos.
Todo parecía igual.
Aún se preguntaba si Hanbin lo habría esperado. Si estaría dispuesto a perdonarlo por no quedar
La puerta se abrió antes de que Ricky pudiera decidir si se atrevería a bajar. Hanbin estaba allí, de pie en el umbral, con su abrigo de lana gris bastante acogedor y una expresión que solo Ricky sabía interpretar.
No había sorpresa en su rostro.
Ni rencor.
Solo una quietud que sabía todo lo que había sucedido entre ellos antes, durante y después de su relación.
Ricky salió del coche para enfrentarse a su mayor miedo y anhelo, así que como ya había sido descubierto se encaminó hasta donde estaba Hanbin en el pórtico de su hogar. Abrió la boca para no quedar como un acosador o un estúpido, pero no pudo pronunciar nada. El aire estaba denso, pesado con todo lo no dicho, con los recuerdos que flotaban entre ellos, pero ninguno se atrevía a mencionarlos.
— Estas aquí — dijo Hanbin, su voz suave pero clara.
Joder, como lo había extrañado.
Ricky solo pudo asentir, incapaz de articular nada más. Se quedó ahí parado, mirando a Hanbin como si fuera un espejismo, como si no estuviera seguro de que aquello fuera real.
Que solo fuera un sueño más.
— Tienes frío …. Sabes que un abrigo como ese no te ayudará demasiado —dijo Hanbin notando que había un poco de nieve en las pestañas de Ricky a la vez que sus mejillas y nariz estaban rojas por la helada. Sin esperar respuesta de su menor, se apartó y dejó la puerta abierta para que pasara.
Ricky finalmente estaba reaccionando y pasó el umbral de la puerta con cierta timidez.
La casa, aunque algo más vacía sin sus cosas personales, aún conservaba esa sensación de familiaridad y de hogar. El mismo olor a madera que Hanbin amaba, el sonido suave de la calefacción encendida y el mismo tono de luces cálidas.
La misma calma.
Y sin embargo, Ricky podía sentir la distancia en el aire. Esa brecha invisible entre ellos que él mismo impuso tiempo atrás, tan palpable como la nieve en la que había manejado durante todo el día.
Hanbin se giró hacia él.
—No sé qué esperas viniendo aquí de nuevo Quanrui —dijo con una voz tranquila, pero en sus ojos brillaba algo más. Algo que Ricky no podía identificar aún.
—No lo sé, tampoco —respondió él en voz baja dejando en ver que realmente no sabía lo que estaba haciendo, sintiendo que la verdad estaba a punto de caer en su pecho, como una carga que ya no podía sostener más.
Quizás no fue buena idea haber venido por impulso.
Ambos se quedaron en silencio. No había prisa de forzar un diálogo. No había necesidad de palabras. Y sin embargo, las dudas estaban ahí, esperando a salir.
Hanbin dejó escapar un suspiro y dio un paso hacia él. —No tienes que quedarte si no lo quieres, te haz ido de aquí antes—dijo, la fragilidad en su voz era clara.
Ricky cerró los ojos, sintiendo que la culpa lo ahogaba —No sé si quiero quedarme... o si puedo quedarme. — Su voz quebró un poco al final pero aún así trataba de mantener la mirada en su ex fiancé.
Hanbin no contestó, solo se le quedó viendo como si analizara algo. Pero esa mirada, esa maldita mirada que sabía atravesarlo, hizo que Ricky dudara de todo lo que ha logrado y deslogrado hasta ahora.
Este se acercó a Hanbin, sin poder detenerse, como si hubiera un magnetismo en el mayor. La distancia entre ellos se redujo en segundos, y cuando sus labios se encontraron, fue como si el mundo se desvaneciera.
Fue un beso lento, cargado de todo lo no dicho, de todo lo perdido y todo lo ganado. No hubo nada más que la suavidad de sus labios, el roce de sus cuerpos y el suspiro que escapó de Ricky cuando finalmente, después de tanto tiempo, se sintió en casa otra vez.
Y cuando se separaron, ambos sabían que nada había cambiado. No por completo. No para siempre.
Pero tal vez, por un instante, todo lo que necesitaban estaba justo allí, en esa pequeña habitación cubierta de nieve.
—Lo siento —susurró Ricky.
—Lo sé, sé que lo sientes —respondió Hanbin, acariciando su mejilla — Yo también —
Pero no había reproche. Solo la suavidad de un reencuentro.
El tiempo avanzó lentamente. La casa de Hanbin estaba tranquila, cálida, en contraste con el frío exterior que azotaba al pueblo. Ricky se sintió atrapado en ese espacio entre el pasado y el presente, entre la persona que era antes de irse y la que había vuelto después de tres años de huir de todo. Y ahora, frente a Hanbin, se dio cuenta de que no había escapado de nada en realidad.
Más bien, pareciera que corrió en círculos.
Las luces suaves de la lámpara en el salón iluminaban las caras de ambos, pero ni el brillo cálido de la luz ni el sonido sordo del viento afuera lograban acallar la tensión que se sentía entre ellos.
Hanbin fue el primero en romper el silencio de nuevo, alzando una ceja mientras observaba a Ricky, como si intentara leer sus pensamientos, sus emociones, todo lo que no había sido dicho.
—¿Por qué volviste? —preguntó con suavidad, sin esperar una respuesta inmediata aún si deseaba saber todo.
Ricky se sintió como si lo estuvieran mirando demasiado de cerca, como si fuera incapaz de ocultar lo que sentía. Su pecho se tensó, y por un momento pensó en mentir para no quedar como un tonto. Pero las mentiras no servían en ese lugar. No lo habían hecho nunca, no a él.
—No lo sé —respondió finalmente, su voz baja como siempre. Se acercó un poco más a Hanbin, sintiendo la proximidad que siempre había sido natural entre ellos, pero que ahora parecía más peligrosa —He estado... corriendo mucho tiempo, estoy cansado —
Hanbin se acercó también. Su cuerpo parecía conocer a Ricky tan bien como su propia alma, si no es que aún más. Se apoyó en el respaldo del sofá y lo miró de una manera que le hizo sentir que lo estaba desnudando emocionalmente.
—¿De qué estás huyendo, Ricky? —La pregunta flotó en el aire.
Hanbin no parecía molesto, solo... curioso, como si aún guardara una esperanza, aunque fuera la más mínima de que Ricky tuviera una respuesta que pudiera hacer sentido de todo lo que había pasado.
Ricky cerró los ojos por un segundo, inhalando profundo, sintiendo que cada palabra que iba a decir podría ser la última verdad que iba a compartir.
Su vida había cambiado tanto desde que se fue.
Había ganado el mundo, pero a costa de perder su mundo.
—De no saber quién soy sin todo eso — susurró sintiendo como a poco se relajaba de soltar todo lo que estaba reteniendo sin descanso. Cuando los ojos de Hanbin se encontraron con los suyos, Ricky sintió una presión en el pecho. Ese amor, esa familiaridad, estaba allí de nuevo, y le aterraba.
No hubo más palabras. La respuesta de Ricky quizás no era necesaria ahora si estaban juntos en este momento.
Hanbin no necesitaba más explicaciones.
Con una rapidez que sorprendió a Ricky, Hanbin se acercó más, hasta quedar a centímetros de su rostro. La energía entre ellos se había vuelto densa, casi palpable. Como una cuerda tensa a punto de romperse.
Sin más advertencias, Hanbin tomó el rostro de Ricky con ambas manos y lo atrajo hacia él, fundiendo sus labios en un beso que fue feroz, inesperado y profundamente familiar.
Ricky cerró los ojos, dejándose llevar.
Era un beso lleno de desesperación, de pasión contenida, de todo lo que nunca se había dicho. Hanbin lo besó con esa intensidad que Ricky recordaba tan bien, como si no hubiera pasado el tiempo, como si nunca hubiera habido una separación.
Como si la distancia nunca hubiera existido.
Pero había algo más en ese beso, algo que Ricky no esperaba. La certeza de que, a pesar de todo lo que había cambiado en sus vidas, lo que sentían el uno por el otro nunca había desaparecido. Estaba ahí, latente, esperando ser despertado.
Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban agitadamente, como si el beso hubiera sido un grito silencioso que se había guardado durante demasiado tiempo.
—No sabes el efecto que tienes en mi —susurró Ricky con su voz algo temblorosa.
—Sí lo sé —respondió el contrario con una sonrisa casi triste, pero cálida —Pero te voy a mostrar lo que realmente es estar aquí—
Ricky sintió una mezcla de nervios y anticipación. Había estado solo demasiado tiempo, había vivido rodeado de gente de los medios artísticos pero aún sintiéndose vacío. Y ahora, en ese momento, frente a Hanbin, se dio cuenta de que todo lo que realmente necesitaba estaba frente a él.
—¿Quieres quedarte esta noche? —preguntó Hanbin, su voz algo nerviosa pero se notaba deseosa de escuchar una respuesta afirmativa.
Ricky no pudo evitar sonreír, aunque el nudo en su estómago no desapareció. Él sabía lo que eso significaba. Sabía lo que estaba en juego. Pero también sabía lo que sentía. Sabía lo que su corazón quería.
—Sí —respondió con una certeza que sorprendió incluso a él mismo.
Hanbin lo miró durante un largo momento, como si estuviera buscando algo en su mirada, algo que le asegurara que esta vez no lo perdería, quizás no lo soportaría dos veces.
Finalmente, sin decir una palabra más, tomó la mano de Ricky y lo guió hasta el dormitorio que antes era de ambos, un cuarto que también estaba lleno de recuerdos: las sábanas arrugadas de noches pasadas, las paredes que habían escuchado sus risas, sus conversaciones profundas. Y, sobre todo, las caricias furtivas de una relación que había sido tan llena de pasión como de incomprensión.
La habitación estaba cálida, pero la temperatura entre ellos subió tan rápido como si el aire a su alrededor se hubiera incendiado.
Hanbin lo miró, sus ojos reflejando una mezcla de deseo y algo más profundo, como si también estuviera luchando con las mismas preguntas que Ricky. Pero no había más palabras, solo el deseo palpable de no dejar ir esa posible última oportunidad.
Ricky lo miró fijamente, buscando algo en su rostro. Tal vez una respuesta, tal vez una justificación.
Pero lo único que encontró fue su propia imagen reflejada en los ojos de Hanbin, unos ojos que reflejaban amor y anhelo.
En ese momento, sabía que no importaba lo que había dejado atrás. Lo único que importaba era lo que podía reconstruir ahora si es que cedía al amor y no al éxito.
La noche se alargó en una mezcla de encuentros, de cuerpos desnudos y almas abiertas. Las caricias entre ellos eran lentas y cuidadosas, pero también urgentes, como si se estuvieran buscando con desesperación.
Hanbin tocaba a Ricky con esa devoción que solo se tiene cuando el amor ha sido guardado, reprimido, pero nunca olvidado.
Cada beso, cada roce, era un suspiro de años de separación, un deseo aplacado por demasiado tiempo. Los cuerpos de ambos se conocían q la perfección, pero las sensaciones eran nuevas, frescas, como si no fuera solo una reunión física, sino la de dos seres que habían estado esperando encontrarse otra vez.
Ricky se entregó sin reservas a Hanbin. La familiaridad de las manos de su ex prometido explorando su cuerpo en totalidad era un deleite, el calor de su aliento en su cuello por cada estocada que daba en su interior, todo lo que lo había marcado en el pasado, regresó con fuerza y multiplicado. Y cuando finalmente cayeron juntos sobre la cama, se dieron cuenta de que nada en su vida podía compararse con la forma en que se amaban en ese instante.
Ricky estaba recostado sobre el pecho de Hanbin, escuchando los latidos de su corazón, el sonido que siempre había asociado con la paz. El aire en la habitación estaba cálido, pero no por la temperatura, sino por la cercanía de ambos, la intimidad que comenzaba a envolverlos, a sanar las heridas que el tiempo había dejado.
Hanbin había sido paciente, dejándole el espacio para procesar lo que sentía, para darse cuenta de lo que realmente importaba. Ricky se dio cuenta de que la paz que sentía ahora, acurrucado en el abrazo de Hanbin, no la había encontrado en ningún otro lugar. No en las ciudades ruidosas ni en los escenarios brillantes. Solo allí, con él dentro de esas 4 paredes.
Ricky cerró los ojos, dejando que la suavidad de su respiración lo calmara.
Había algo en la manera en que Hanbin lo tocaba, no solo con las manos, sino con la mirada, con la ternura en su voz, que lo hacía sentir como si estuviera volviendo a los tiempos de oro. La familiaridad de su presencia, el roce de sus dedos en su piel, parecía borrar todas las dudas que se acumulaban en su mente.
Después de un largo silencio, Hanbin como siempre rompió la quietud de la habitación.
—¿Por qué volviste, Ricky? —preguntó de nuevo esperando que la respuesta cambiase. No con reproche, sino con una curiosidad sincera, como si ya supiera la respuesta, pero quisiera que Ricky se la dijera en voz alta.
Ricky se apartó un poco, solo lo suficiente para mirarlo a los ojos. La pregunta, aunque era sencilla y corta, lo desarmó por completo. En ese momento, fue cuando realmente se dio cuenta de que no había una respuesta fácil y rápida. No era solo el haber regresado al pueblo, no solo el haber vuelto a encontrar a Hanbin después de tanto tiempo.
Era algo más profundo.
Era la decisión de regresar a lo que había sido suyo, de regresar a él mismo.
— No lo sé, Hanbin. No sé si lo hice por ti o por mí... o quizás por los dos. Pero lo que sí sé es que ahora que estoy aquí, no estoy seguro de irme de nuevo — Su voz era más firme de lo que había esperado pero estaba diciendo la verdad, por fin.
Hanbin lo miró fijamente, su expresión tranquila, como si estuviera observando cada palabra que salía de los labios de Ricky. Como siempre no hizo preguntas, ni presionó de más para sacarle una verdad más completa. Solo lo abrazó más fuerte, envolviéndolo en sus brazos, sin necesidad de más explicaciones.
Ricky descansó de nuevo su cabeza en el pecho de Hanbin, escuchando el ritmo constante de su corazón, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, se encontraba exactamente donde debía estar.
No importaba lo que había hecho antes, ni todo lo que había dejado atrás.
Estaba allí, con él, en ese momento.
Y eso lo bastaba.
La conexión entre ellos se intensificó sin necesidad de palabras. Hanbin se acercó y lo besó suavemente en la frente, un gesto tierno, lleno de cariño, pero también de algo más. Ricky sintió que cada parte de su cuerpo respondía a ese toque, como si todas las piezas de su vida encajaran de nuevo. La caricia de Hanbin en su piel no era solo un acto físico, era una promesa silenciosa, una promesa de que no lo dejaría ir, de que todo lo que compartían era real.
Ricky cerró los ojos, dejándose llevar por la calidez de ese abrazo, por la tranquilidad que solo Hanbin podía darle. El miedo que había sentido antes, ese nudo en el estómago que lo había seguido durante tanto tiempo, comenzaba a desvanecerse.
Estaba en el lugar correcto, al lado de la persona correcta.
Hanbin siguió acariciando su espalda con suavidad, un movimiento lento y reconfortante. No había prisas, no había urgencia. Solo un entendimiento mutuo de lo que necesitaban en ese momento: cercanía, seguridad, y tiempo para redescubrirse el uno al otro.
— Sé que lo he pedido antes y fallé… pero vuelvo a preguntar— suspiró — ¿podrías no irte? —dijo Hanbin finalmente, su voz grave, pero tranquila. No era una demanda, sino una expresión de su deseo genuino.
Ricky, aunque con una pequeña sonrisa, asintió lentamente de manera inconsistente, quizás la decisión ya estaba tomada.
Sabía que podía haberse ido de nuevo, seguir con su vida como antes entre el público masivo, pero en ese instante, con Hanbin a su lado, comprendió que no quería seguir corriendo.
—Quiero quedarme, Hanbin —respondió, su voz casi un susurro, pero con una certeza que llenaba el aire.
No dijeron nada más.
No era necesario.
Ambos sabían lo que significaba esa simple frase. Ricky había tomado su decisión, y Hanbin lo aceptaba sin reservas, sabiendo que el amor entre ellos había resistido el paso del tiempo.
La tensión que había marcado los primeros momentos de su encuentro desapareció por completo. Ricky se dio cuenta de que, aunque las cosas no fueran perfectas, allí, en esa casa que tanto significaba para ambos, todo era posible. Y por fin, entendió que a veces las decisiones más importantes no se toman con la mente, sino con el corazón.
Una pena que se hubiera demorado en averiguarlo.
Con el tiempo, los días pasaron lentamente, y Ricky comenzó a reconstruir su vida allí, con Hanbin a su lado. Los dos empezaron a redescubrirse, a aprender a vivir nuevamente juntos. No era un proceso rápido ni fácil, pero era real. Y eso, en medio de todas las dudas y los miedos, era lo que Ricky siempre había buscado: la certeza de que, en algún lugar, había un hogar para él. Un hogar que no era una ciudad, ni un escenario, ni una multitud. Era un lugar en el corazón de Hanbin, donde, por fin, podía llenar ese vacío.
El tiempo pasó, y aunque las cosas no eran perfectas, Ricky sabía que había tomado la decisión correcta.
A veces, las respuestas no están en lo que uno quiere, sino en lo que el corazón realmente necesita.
Ricky había aprendido a escuchar el suyo por lo que había descubierto que lo que realmente quería no estaba en el éxito ni en la fama, sino en lo que siempre había tenido al alcance de la mano: el amor incondicional de Hanbin.
