Work Text:
Aunque para la mayoría no lo parezca, siempre he sabido aceptarme. Tal vez, en algunos momentos, he envidiado ciertas cosas, especialmente por mis escasos recursos. Después de todo, en una familia con siete hermanos, no es como si uno pudiera pedir demasiado. Sin embargo, siempre he encontrado la manera de afrontar las dificultades con dignidad. Siempre he sabido que soy bueno en muchas cosas —modestia aparte—, y, por ejemplo, soy el mejor jugador de ajedrez mágico que conozco.
A lo largo del tiempo, todas las personas que he conocido me han ayudado a desprenderme de las inseguridades que, alguna vez, me atenazaron el pecho. Quizás, el único temor del que no he podido liberarme sea el miedo irracional que les tengo a las arañas; esa fobia parece invencible. Pero fuera de eso, he salido bien librado. Incluso he aprendido cada hechizo útil para insultar al hurón —todos, sin excepción—, y podría declararme un experto en su uso si se tratase de una competencia mágica... aunque, claro, eso jamás lo admitiría frente a él.
He cometido muchos errores, he tropezado incontables veces. Fracasos que, en su momento, me hicieron sentir vergüenza y frustración, pero que, al final, sólo lograron hacerme una mejor persona. Aprendí de ellos. Ya no soy tan explosivo, ni tan hosco con aquellos que, de entrada, no me caen bien. Incluso he logrado ver aspectos positivos en personas a las que antes habría evitado.
Muchas de esas transformaciones personales las he hecho movido por un sentimiento profundo, uno que tiene nombre y apellido. Y, aunque no lo crean, no se trata de una venganza contra el hurón, como erróneamente pensó Seamus aquella vez que comenzamos a analizarnos entre nosotros hace unas semanas. No, no es eso. Es otra cosa... algo que me he encerrado en el pecho sin querer dejar salir.
Ciertamente, cuando rompí con Mione a causa de Pansy, no me sentí tan iracundo como muchos sospecharon, incluida media población de Hogwarts. Al contrario, yo mismo dije en voz alta que esperaba ser padrino de su boda. No por nada Hermione ha sido mi amiga de toda la vida, o casi. La expresión de ambas cuando lo mencioné en público fue impagable… jejeje, supongo que no se lo esperaban. Ni siquiera Ginny lo veía venir.
Gracias a Hermione, aprendí a ser una mejor versión de mí mismo. Incluso, gracias a ella, descubrí mi bisexualidad. Después de nuestra relación, vino Blaise Zabini, con quien aún estoy saliendo. Un hombre excelente, increíble amante y un compañero leal… aunque sea Slytherin. Antes de conocerlo —y a Pansy también— jamás imaginé ver a un Slytherin desde otra perspectiva que no fuera la de enemigos declarados. Y, al final, hasta aprendí algo bueno del mismísimo Snape... aunque no me pregunten cómo ni por qué, y por favor, que no se repita jamás.
Antes de Hermione, tuve varias relaciones con chicas sin mayor importancia, chicas "X", por llamarlas de alguna manera. Generalmente me dejaban por otras personas —ya fueran hombres o, en raras ocasiones, mujeres—, pero, aun así, nunca me sentí traicionado. Nunca llegué a experimentar los celos con la intensidad con la que otros los describen, ni por nadie… hasta ahora.
Jamás creí tener tan mal tino como para aceptar un sentimiento que llevaba tiempo revoloteando dentro de mí, haciéndome ruido, hasta el día en que él apareció con esa sonrisa estúpidamente feliz, diciendo que el chico de sus sueños, por fin, había aceptado salir con él. Intenté disuadirlo. Y aunque Blaise me reprendió por mi actitud, lo encubrí bajo la excusa de querer proteger al único hermano que aún me quedaba en la escuela. Siempre creí verlo así, como un hermano más, y por eso lo celé, igual que a Ginny. Eso tranquilizó a mi pareja y hasta dio pie a bromas: que el día de la boda mataría a mi cuñado, que sería peor que mi madre como suegra, y cosas por el estilo. Todo parecía normal.
Una tarde, recuerdo, llegaste a contarme lo bien que había ido tu cita. Estabas tan feliz… Y fue en ese preciso instante cuando me descubrí a mí mismo. Fue ahí donde entendí que llevaba tiempo intentando convencerme de que no debía pensar así. Me repetía: "No tienes derecho, tú mismo nunca dijiste nada". Y fue entonces cuando lo supe. Esa fue mi confesión. Mis propios sentimientos salieron a la luz, sentimientos que había negado al pensar que jamás se enamoraría de mí. Honestamente, creí poco probable que, después del golpe emocional que significó para él lo de Cho Chang, pudiera llegar a ver a un hombre como algo más… Iluso de mí.
Pero esa bomba personal no fue nada comparada con el día en que llegaste gritando que, por fin, eran novios oficiales. Tu sonrisa me desarmó por completo. Y ese mismo día, más tarde, descubrí que Blaise había rechazado a un chico de su propia casa, alegando que estaba perdidamente enamorado de mí. Que, sin tapujos, yo era su novio, reconocido por todos. Pero ese no era el problema. El verdadero nudo estaba en saber que alguien te ama y, a la vez, saberte tú enamorado de otro. Todo eso, en conjunto, me llevó a una sola decisión: callar. No decir nada. Aunque en el fondo lo único que deseaba era gritarlo al mundo.
Pero me quedé ahí, en silencio, escuchándote hablar de lo que hacían juntos, de lo que sentías por él, y yo... sintiendo cómo algo dentro de mí se desgarraba. Pude alejarme, sí, pero no quise. ¿Quién te protegería si un día él decidía marcharse? ¿Quién estaría ahí para ti sin importar qué? Claro, tenía que ser yo… siempre yo. Sin embargo, me sentía tan consumido por los celos, que un día simplemente te seguí. Quería saber quién era él. Juro que no debí hacerlo. Y menos aún debí pedirte que me lo confirmaras después... Fue un error... para mí.
Ahora que lo sé, ahora que sé quién es aquel que me lo ha arrebatado, no puedo evitar experimentar sentimientos que jamás creí posibles en mí: celos, envidia... celos verdaderos. No puedo concebir la idea —aunque la he visto con mis propios ojos— de que sea él quien lo toque, quien lo abrace, quien lo bese, quien lo adore, quien lo venere... y, sobre todo, que no sea yo quien lo ame con libertad. Porque todos ya lo saben. A nadie le sorprende verlos juntos. Aunque Snape proteste a gritos cada vez que uno se sienta en la mesa del otro para desayunar, comer o cenar... o los tres en un solo día. Salvo cuando desaparecen sin dejar rastro.
Ese día lo vi acariciarte con tal dulzura, que por un segundo juré que no era él. Pero no podía seguir mintiéndome. Era él. Siempre lo fue. Y si uno analiza las cosas con frialdad, es evidente. Después de Cho Chang, tenía que venir él. Pero me negué a creerlo. Me aferré a una ilusión imposible... porque jamás quise aceptarlo.
Y ahora, todo esto no hace más que quitarme el sueño. No hay noche en que no imagine lo que él te hace cuando están a solas. Mis pensamientos se llenan de celos y rabia, y termino desquitándome con Blaise. Él, aunque lo disfruta, me lo ha dicho: no entiende mis ataques repentinos. Y yo, por mi parte, solo he podido rendirme ante él, suplicándole perdón cuando, en mi inconsciencia, termino lastimándolo sin desearlo.
En medio de esta confusión, no puedo imaginar mi vida sin Blaise, quien es el único que me mantiene en equilibrio, el único que me detiene de hacer alguna locura. Últimamente, él también se ha acercado más a mí, se sienta conmigo, me jala a su lado... lo cual agradezco profundamente. Es lo único que me obliga a pensar en él y no en ti.
Y aun así, eso no cambia el hecho de que deseo ser yo quien te robe el aliento por las noches. Quisiera ser quien recoja tus suspiros, quien beba de tus labios y coma de tu cuerpo.
Daría cualquier cosa por dejar de ser tu mejor amigo y poder convertirme en tu amante. Aunque hayamos discutido durante años, aunque nunca te haya ayudado en nada, aunque jamás haya sentido lo que es ser abrazado por ti, lo daría todo si eso significara poder ocupar su lugar.
Pero hay que ser honestos: es inútil. Es absurdo intentar cambiar lo que soy o pretender que, si las cosas hubiesen sido diferentes, tú y yo estaríamos juntos. Incluso si hubieras seguido mis pasos o yo los tuyos, nada garantiza que él no te habría conquistado igual... sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo.
Y, como si no fuera suficiente, el deseo de ser algo más para ti me carcome el alma, día y noche. Blaise aún no lo ha notado, pero temo que algún día lo haga... y que entonces me abandone. Porque, vamos, ¿quién querría ser el segundo plato en el corazón de su pareja? Yo, que no soy nada, me consumo por dentro con este sentimiento; no puedo imaginar lo que sería para alguien que lo tiene, en apariencia, todo.
Ahora que lo pienso… Me doy risa a mí mismo. Introduzcan, por favor, una carcajada aquí. Es que… es ridículo. Nunca imaginé enamorarme de alguien que ya tiene pareja. Nunca me fijé en chicas con novio, ni mucho menos en chicos con pareja. Y vengo a darme cuenta de que lo amo, justo el día en que me dice que ya pertenece a alguien más. ¿No es el colmo?
Esto es, según lo que en mi casa se me inculcó como moral y dignidad, además de mis propios principios, algo sórdido y absolutamente fuera de todo lo que debería permitirme. Tengo una pareja… y, sin embargo, no dejo de pensar en él. Debería dejar de hacerlo… ¡Por Merlín! Y si alguien me preguntara si de verdad quiero dejar de amarlo, contestaría sin pensarlo, con una convicción que sólo he conocido contigo: un rotundo y seco “no”.
“Eres un masoquista”, me dirían mis hermanos, y en realidad, cualquier persona que descubriera la situación en la que me encuentro. No es que no quiera salir de esto, no es que disfrute mi miseria, pero por más que mi lado racional me exige que lo olvide, mi lado sentimental se niega a soltarlo. Por esa misma razón que me tiene sumido en este estado de idiotez suprema. En pocas palabras: “No dejes de lado tus sentimientos, porque lo amas.”... Aplausos. Lo sé, lo sé. Más idiota no puedo ser...
¿Saben? Estoy a punto de perder la cabeza. Y es que, no conforme con sus caricias subidas de tono, ahora resulta que ese miserable patán se ha acostado con él, no una, ¡sino todas las veces que ha podido! Cada vez que desaparecen de la vista de todos, se escabullen a cualquier rincón donde saben que no serán interrumpidos, y simplemente… se entregan el uno al otro. ¿Para qué me hago pendejo? ¡Muy seguramente ese idiota se lo coge a él!
Ojalá que no me lo pongan enfrente, porque si llego a toparlo, le voy a reventar hasta el último hechizo que me he contenido de pronunciar. Y entiéndase por hechizo, toda maldición imperdonable existente... y las que logre inventarme.
Maldita sea… pensar que todo este tiempo no han hecho otra cosa que follar como conejos en celo. No quiero ni imaginarme lo que habría pasado si uno de los dos —y no diré cuál— fuera mujer… Está bien, admito que ya estoy desvariando demasiado, pero es que esto me saca de mis casillas.
¡Alguien, por Merlín!, ¡dígame cómo puedo soportar toda una vida sabiendo que ese infeliz, desgraciado, hijo de mortífago, está a su lado! Y él… a merced de lo que sea que ese bastardo quiera hacerle. ¿Quién le asegura que esto no es una jugarreta más, una farsa, para salvar su pellejo y su reputación?
Necesito algo, lo que sea, que logre calmarme, que me quite esta maldita opresión en el pecho. ¡Por Merlín! ¡Ya no quiero sentirme así! Ya no quiero este ardor en el pecho cada vez que los veo besarse, cada vez que se dicen cosas dulces con esa ternura que debería ser mía, ¡maldita sea!
No sé qué hice para merecer esta tortura. Pero fuera lo que fuera… me arrepiento. Lo juro. Sólo… déjenme vivir en paz. Hagan que ya no los escuche. Que no los vea, que no siga observando su silueta a lo lejos. Hagan que este dolor y esta amarga punzada en mi pecho desaparezcan… por favor… ¡¿A quién tengo que besarle los pies para que esto se detenga?!
No. Ya no más. Por favor… ¡llévatelo de aquí! ¡Aquel que me escuche, que se vayan! ¡Que se larguen ya! Pero, por favor… que no me atormenten más. Ya no quiero seguir soportando esto. Ya no quiero verlos reír juntos, compartir secretos, o mirarse con esa complicidad que a mí me consume. Ya no quiero descubrirlos en sus escondites. Ya no quiero nada. Sólo quiero volver a vivir.
Merlín… cómo desearía no haberme dado cuenta. ¡Nunca! de este amor que me carcome por dentro. Cómo quisiera volver al pasado y pensar que lo que sentía por ti era simplemente el cariño fraternal… cómo desearía no martirizarme por todo lo que hacen o dejan de hacer.
¡Maldita sea! ¡Quisiera a Draco fuera de nuestras vidas!
Pero… Draco no se irá. No, jamás se marchará. Tú lo amas, y él… él a ti. Por mucho que me niegue a aceptarlo, te ama. Lo sé. Lo he visto. Él en verdad te ama. Y ese no es el verdadero problema, ¿sabes? Lo que me está destruyendo es que tú… tú también lo amas. Fin de la discusión. Y si tú lo amas, ¿quién soy yo para impedirlo? Ni siquiera tengo una oportunidad. Y no, no es por el dinero —maldita sea, te conozco, sé que eso no te mueve—. Lo que te tiene en sus brazos es amor. Amor puro. Y basta con verte a los ojos cuando hablas de él. Basta con observarlos juntos para saber que esto no es atracción superficial. No. Se aman.
Y yo… yo no quiero que se amen. Pero tampoco soy capaz de hacerte infeliz.
Me muero de celos cada vez que te veo, y la envidia me carcome cuando lo miro a él. ¿Dime qué hago? ¿Cómo hago para dejar de amarte como te amo? ¿A quién le pago para dejar de sufrir?
¡Por Merlín! ¡Ayúdame!
¡Maldita sea! Esto me está volviendo loco. ¡Por Merlín! Tengo que encontrar una solución. ¡Ya! Si no… no quiero ni pensar en lo que sería capaz de hacerle. ¡Demonios! No puedo… ¡NO DEBO!... Pero es que se ve tan inocente, tan tranquilo, tan deseable, tan...
Harry… no puedo más. Tienes que ser mío. De una forma u otra…
¡NO! ¿En qué estoy pensando? Si yo hiciera eso… me odiarías para siempre. Además, yo tengo a Blaise. No puedo hacerle daño. No puedo traicionarlo. Pero esta maldita serpiente tiene todo lo que yo quiero y deseo… y este sentimiento no me permite vivir en paz.
Me voy a volver completamente loco… pero no puedo hacerte mío. No puedo. Por tu bien. Por nuestro bien.
Al fin terminamos la escuela… y mi única solución ha sido pedirle a Blaise que se case conmigo. Él ha aceptado. Al fin seré libre de esta locura. Me casaré con él y, aunque nunca pueda olvidarte, al menos… podré intentarlo.
Algún día tal vez le diga la verdad. Pero por ahora, tras la boda, pienso construir un muro entre nosotros. No te confundas… jamás podría ignorar tu llamado. Pero tengo que poner distancia. O terminaré loco. O, en el peor de los casos, terminaré lastimándote. ¿Y qué sería mejor?
No es por ti, Harry… al menos, no en el sentido que quizás creas. Pero tengo que hacerlo. Alejarme de ti. Hasta que logre olvidarte. Hasta que pueda… reemplazarte con Blaise. Aunque ahora mismo… eso me parece imposible.
Hoy es el día de mi boda. Tú estás ahí… y una pequeña lágrima se desliza por mi mejilla. Le digo a Blaise que es por felicidad. Sacra mentira. Sí, estoy contento. Blaise me ama. No caminaré solo por la vida. Pero… tú tampoco.
Ya vi el anillo, y tú me lo has confirmado. Tú también te casas. Apenas termine mi luna de miel, esa que fue tu regalo para nosotros, esperarás para que yo esté presente en tu boda. Y como buen amigo, no he podido más que aceptar.
Además, siendo Blaise el mejor amigo de Draco, y yo el tuyo… nos han elegido como padrinos. Para colmo, me hiciste prometer que seré padrino de uno de tus hijos. El primero.
No pude negarme…
Creo que… nunca podré dejar de amarte.
