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Language:
Español
Stats:
Published:
2025-05-21
Words:
1,969
Chapters:
1/1
Kudos:
11
Hits:
76

Viaje a Casi Medianoche

Summary:

Una pequeña escapada de la rutina que resolverán dudas y traeran muy gratos recuerdos.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

La carretera se extendía como una cinta oscura entre cerros dormidos y luces lejanas, titilando como luciérnagas en la distancia. A esas horas, ya casi medianoche, el mundo parecía haber exhalado su último suspiro del día. Todo, excepto ellos dos.

Miguel tenía una mano en el volante y la otra estirada entre los asientos, con los dedos enredados con los de Manuel. El auto iba sin apuro, dejando que la brisa nocturna entrara por la ventanilla abierta. La radio sonaba bajita con alguna balada retro, una de esas canciones que a Miguel le daban nostalgia y a Manuel le arrancaban una media sonrisa, aunque siempre fingiera que no las conocía.

- Estás temblando - dijo Miguel, girando apenas el rostro hacia él sin soltarle la mano.

- No es frío - respondió Manuel, sin soltarle la mano. Se encogió un poco en su asiento, mirando la carretera iluminada por los faros-. Es que no puedo creer que me hayas sacado de la cama a esta hora.

- Pero no dijiste que no - replicó Miguel con una sonrisa pícara, de esas que Manuel conocía demasiado bien.

- Porque alguien tiene que evitar que causes un escándalo o termines hablándole de política a un desconocido a las tres de la mañana - refunfuñó Manuel, pero su tono carecía de verdadera molestia. Sabía que Miguel tenía ese poder casi odioso de convencerlo de todo, incluso de romper su rutina por un viaje sin rumbo.

Miguel soltó una risa baja, de esas que nacen del pecho. Condujo hasta salirse de la autopista y tomar una calle más estrecha. Las luces amarillas se volvieron más escasas, y el silencio fue reemplazado por el leve rumor de la ciudad durmiendo.

- Mira - señaló Miguel con entusiasmo mientras salían de la autopista hacia una calle más angosta -. Ahí hay un carrito de anticuchos, ¡y ese huele bien!

Manuel frunció la nariz, aunque ya le brillaban los ojos. Se bajaron del auto, aún con la música de la radio flotando de fondo. El vendedor les sonrió, acostumbrado a ver parejitas de madrugada, y les preparó dos porciones generosas.

- Están calientes, ten cuidado - dijo Miguel, ofreciendo uno a Manuel mientras se apoyaban en el capó del auto.

- ¿Te das cuenta de que esto es una locura, no? - preguntó Manuel, dando el primer mordisco - . Salir a mitad de la noche solo porque quieres salir de la rutina, se te cruzó la idea de revivir la juventud... No es muy maduro de tu parte, "señor en mis vacaciones solo voy a dormir".

- Tampoco es que tú pudieras viajar esta vez, no te llegaron a dar las vacaciones estas semanas - le recordó Miguel.

- Lo sé. El sacohueá de mi jefe se olvidó otra vez de pasar el memo al área administrativa. Pero si quieres irte tú, no tengo problema.

- ¿Y pasarla solo? No gracias

- Si hace unos años éramos mochileros, no te gustaría recordar esas épocas - Manuel sonrió, tragando antes de hablar.

- ¿Te acuerdas cuando dormimos en esa estación de bus en Sucre? ¿O la vez que acampamos en el desierto de Atacama y nos quedamos sin agua?

- Y tú me dijiste que, si moríamos, al menos sería con buena vista - rió Miguel -. Me dieron ganas de golpearte.

- ¿Y la vez en Quito? Cuando nos colamos a ese bar con música en vivo solo porque escuchaste una canción que te gustaba.

Miguel lo miró con calidez, su expresión teñida de ternura. El recuerdo flotó entre ellos como un perfume antiguo.

- Fueron gratos e inolvidables momentos, pero eso ya lo dejamos hace uff- dice metiéndose un pedazo más de anticucho en la boca - además ambos queríamos estabilidad, ¿te acuerdas?

- Yo quería eso, pero tú querías seguir ...

- Es que siento que nos faltaban mas lugares por conocer

- ¿Y te arrepientes? - Manuel se le quedó mirando de reojo.

Miguel se quedó en silencio. Solo masticó, tragó, y luego, con la misma mano con la que sostenía el anticucho, tomó el borde de la casaca de Manuel y lo atrajo hacia sí.

- Jamás - murmuró -. Ahora ven y dame un beso.

Fue un beso corto, con sabor a humo y ají, con una imperceptible sonrisa de Manuel que contrastaba con la risa de Miguel contra su boca. El carrito siguió sirviendo a otros clientes, pero ellos solo existían el uno para el otro, con la radio todavía cantando alguna canción suave en segundo plano.

De nuevo en el auto, Manuel estiró las piernas y dejó que su cabeza descansara contra la ventanilla. Miguel está vez fue quién lo miró de reojo, notando cómo sus gestos estaban algo tensos, además de lucir más pensativo de lo normal, pareciera como que algo le inquietaba y fue cuando Miguel captó a que podria deberse y decidio intervenir.

- ¿Te puedo decir algo? - preguntó cuidadosamente Miguel.

- Depende.

- No quiero que pienses que me obligaste a dejar algo, vale

Manuel giró lentamente el rostro, sus ojos oscuros brillando con el reflejo de las luces que pasaban.

- No lo haré, pero ¿te gustaba viajar, no? - dice casi sonando culpable y arrepintiéndose al segundo, pues ya le había dicho que no pensaría eso.

- Si me encantaba, pero sabes que me gusta más que eso

- No...

- Tú, idiota - lo dice mientras el otro lo trata de golpear en la cabeza, pero sus manos son fácilmente agarradas por el peruano el cual con un movimiento hace que se acerquen más y lo besa. Miguel suelta una risa baja. Luego se inclina, buscando nuevamente su boca, y esta vez el beso fue lento, como si le prometiera que sí, que más que viajar alrededor del Perú o Sudamérica le encantar estar solo con él.

- Bueno y como ya no hay dudas, sigamos - dice dejando a un Manuel algo acalorado por el beso antes dado.

Y así, entre calles solitarias, humo de comida callejera, canciones que nadie recordaba y la certeza de que se tenían el uno al otro, siguieron viajando.

Después de dejar atrás el carrito de anticuchos, Miguel tomó una curva cerrada y se desvió hacia un barrio más antiguo, con calles empedradas y faroles viejos que apenas iluminaban. Manuel miró por la ventanilla, curioso.

- ¿A dónde vamos ahora?

- Confía en mí - respondió Miguel, estacionó frente a un pequeño local con un cartel que decía "Choripanes: Recetas del Sur"

- ¿Choripanes? - Manuel se enderezó - ¿Desde cuándo te gustan?

- Desde Córdoba. ¿No te acuerdas? Terminamos borrachos, cantando con ese grupo de argentinos y paraguayos. Y tú no parabas de hablar de cómo eran mejores en Chile.

- Porque lo son - gruñó Manuel.

- Y ahora quiero comprobarlo.

Manuel solo le quedo mirando, pues normalmente existen puestos de "Choripanes" acá, pero la mayoría son inspirados en la receta argentina, para su pesar, por eso le sorprendió encontrar ese lugar.

- Quita esa cara, que ya me aseguré de que fueran chilenos, es literalmente el mundo de los "Choripanes" – pues dentro y fuera del negocio hay varias banderas de Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay y al entrar bien grande esta el anuncio ya visto en la calle luce en todo su explendor en la pared principal, donde se observan varias imagenes de comida y de algunos visitantes un tanto famosos.

– Lugar encontrado por Martin – acota con una sonrisa el peruano

Pidieron dos. El pan crujía, la longaniza estaba en su punto, y la mayonesa se escurría sin remedio, con un poco de pebre. Manuel no pudo evitar sonreír cuando Miguel le dio el primer mordisco y se manchó la comisura de los labios.

- No te muevas - le dijo Manuel, inclinándose. Con los dedos le limpió la comisura de los labios... y luego lo besó, lento, sin apuro.

- ¿Eso era parte de la receta chilena?

- Definitivamente - susurró Manuel, pegando su frente a la de él.

Después de eso, Miguel no resistió más y se lo volvió a besar. Esta vez con más deseo, con más ternura, como si de pronto le pesara cada día que no se habían dado el tiempo para esto.

Ya eran casi las tres de la madrugada cuando la brisa del mar empezó a colarse por las ventanas. Miguel decidió desviarse hacia una zona más costera. El olor dulce del anís y la fritura se anticipó antes de que vieran el pequeño puesto bajo una carpa blanca.

- No puede ser - dijo Manuel, divertido -. ¿Estás hablando en serio?

- Picarones - dijo Miguel con una sonrisa amplia-. Prometí dulce y cumplí. Vamos, que no nos vamos a ir sin postre.

Pidieron un plato para compartir. Se sentaron en la vereda, usando las chaquetas como mantas sobre el cemento frío. Manuel sostenía el plato y Miguel le daba cucharadas como si fuera una competencia de quién manchaba más al otro con la miel.

- Te juro que esto es demasiado cursi -dijo Manuel, pero su sonrisa desmentía cada palabra.

- Entonces dilo - le provocó Miguel, dándole otra cucharada-. Dilo en voz alta: "estoy disfrutando esta cursilería".

- Ni en tus sueños más locos —repitió Manuel con su característico orgullo, pero antes mordió suavemente el dedo de Miguel por haberse atrevido a provocarlo así.

Rieron. Y se besaron otra vez, con las bocas dulces y las manos pegajosas, mientras la radio del auto, desde lejos, dejaba sonar un bolero lento de una mujer, como si también ella se hubiera enamorado de ese viaje sin destino.

La madrugada ya comenzaba a aclarar el cielo. El azul profundo viraba a gris y, en el horizonte, las luces de la ciudad titilaban como estrellas caídas. Miguel condujo en silencio hasta lo alto de un cerro, donde había un pequeño mirador. No era turístico ni iluminado, apenas un sitio tranquilo con una banca de concreto frente a la vista abierta.

Detuvo el auto y bajó sin decir nada. Manuel lo siguió.

- ¿Y ahora qué? - preguntó con voz suave, arropándose con su chaqueta.

Miguel abrió el maletero y sacó un termo. Lo agitó con una sonrisa.

- ¿Café? -preguntó Manuel, sorprendido.

- Del mismo que tomamos en Marcahuasi, ¿recuerdas? Cuando se nos congelaron las manos, pero igual nos quedamos a ver estrellas hasta que amaneció- Ellos sabian que la ciudad siempre fue un impedimento para ver tanto esos momentos que solo la naturaleza podría transmitir.

- No sabía que veníamos a hacer una cita romántica formal —se burló Manuel, pero sus ojos no lo acompañaban. Brillaban, oscuros y calmos, como la ciudad allá abajo.

Se sentaron en la banca. El vapor del café se alzó en espirales entre los dos mientras compartían el vaso como si fuera un secreto. Nadie más. Solo ellos, la ciudad dormida, el murmullo del viento.

Miguel lo miró. Manuel ya no fingía dureza. Tenía la cabeza apoyada en su hombro, el cuerpo en reposo, como si finalmente pudiera descansar en ese instante.

- Oye... -susurró Miguel.

- ¿Mmm?

- Gracias por venir conmigo esta noche. Por dejar que esta locura también sea tuya y quizás tener estas minivacaciones juntos.

Manuel levantó la cabeza apenas, mirándolo con una mezcla de ternura y cansancio.

- Miguel... si es contigo, créeme que lo pensare primero -Miguel solo le dio una pequeña cara casi actuada de molestia – Pero aceptare, sino quien te cuidara y te ayudara a no perderte – dijo entre risas recordando esos tiempos en que a Miguel le resultaba difícil seguir las indicaciones de los pobladores y terminaba casi perdido.

- Y así nos conocimos, ¿no? – se acercó nuevamente a centímetros de la boca del chileno y casi tocándoles los labios

- Sí y no me arrepiento

Y entonces lo besó. Despacio, con todo lo que no se había dicho antes. El primer rayo tenue del amanecer les pintó la piel de oro mientras la radio del coche, olvidada pero fiel, seguía sonando bajito, como una promesa, una ofrenda. Como si en cada caricia de sus labios le dijera: "Aún somos esos mochileros. Pero ahora, además de caminos, tenemos un lugar al que volver."

La noche se estaba yendo. Pero ellos seguían ahí, como si el tiempo los respetara.

Como si el amor también viajara de madrugada.

 

Notes:

Amé escribir esto y al final todo vino de una idea por mi profe de portugues, asi que algo de credito tiene😅