Chapter Text
Cregan no había visto a su ex desde la graduación de bachillerato de Saera, y eso había sido hace dos años. Estaba bastante feliz, alejado de todo el drama que Jacaerys acarreaba. No esperaba verlo para la de Aedric, de todas formas, se dividieron. Él iría a la ceremonia y su ex a la fiesta. Simple, sencillo.
Se habían divorciado hace seis años de la forma más horrible que se pudo pensar, ¿quién hubiera creído que ellos se amaron tanto? Que estupidez, lo único bueno que había traído ese fatídico matrimonio eran sus pequeños.
Como sea, ya había pasado mucho tiempo, lo suficiente como para tener a su novia sentada en su regazo, recibiendo sus besos en su cuello y afianzándose de su cintura, compartiendo un mágico momento de intimidad.
Cuando sintió su cuerpo reaccionar con más fuerza, una llamada rompió el momento, sacándole un gruñido.
—No contestes —Arra pidió, su mano empezando a deshacer su cinturón—, que llamen luego.
Cregan jadeó, ignorando su teléfono y continuando con su faena. Sin embargo, el sonido del tono era incesante, terminando por tomar el estúpido aparato. Miró el nombre en la pantalla y volvió a quejarse “Jacaerys Velaryon” se veía, no había foto de contacto. Contestó de mala gana.
—Stark —usó el mismo tono que empleaba con sus clientes, no había nada especial en la llamada de su ex, más bien era molesto.
—Debo verte —Cregan se rió sin humor, ¿quién se creía que era, exigiéndole su presencia?
—No me importa —contestó seco, listo para colgar la llamada de nuevo.
—Es sobre Aedric, imbécil —el aire, de repente, empezó a pesarle. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda y con cierta rudeza apartó a Arra de su regazo, levantándose del sofá mientras agarraba el teléfono más fuerte.
Algo estaba mal, debía estar muy mal para que el orgulloso Jacaerys le llamara.
—¿Qué pasó? —inquirió, su tono soltando toda agresividad contenida, dándole paso a preocupación pura.
Pudo escuchar a su ex respirando hondo, antes de escuchar su voz que carecía de fastidio: —Estamos en el hospital —luego lo oyó tomar aire de nuevo—. Mierda, se ha tomado un bote de pastillas.
Esas palabras helaron su mente en seguida, las palabras de Jacaerys lo golpearon como disparos en la cabeza. Aedric. Pastillas. Hospital. Tres palabras que no deberían venir juntas en ningún momento. No si se trataba de quien lo miraba con grandes ojitos solo para obtener una galleta.
Se quedó en silencio, sintió el aire volverse pesado, el ruido de su corazón bombeando con fuerza en sus oídos mientras la voz de su ex resonaba en su cabeza, su dulce principito tirado en una camilla.
—Cregan —escuchó al papá de sus hijos decir con urgencia—, necesito que vengas ya —y por primera vez en años, su cuerpo reaccionó a ese tono, levantándose rápido, buscando sus llaves con el sonido de la vocecita de Aedric en su infancia pidiéndole un besito para dormir.
—Voy en camino.
¿En qué momento dejó de saber cómo de verdad se sentía?
Ignoró las preguntas de Arra, bajando las escaleras, aunque ella seguía tras él. Al final ella terminó en el asiento del copiloto, acompañándolo como debía. A él no le importaba, estaba pisando con fuerza el acelerador, ansioso por llegar hasta su hijo.
Estacionó horriblemente bajo la lluvia, importándole nada la forma en la que las gotas amargas empezaban a colarse por su cuerpo empapando su ropa, corrió hacia la recepción donde, apresurado, prácticamente gritó el nombre de Aedric, completo, como él lo decidió cuando estaba en el vientre.
—Aedric Baelor Stark-Velaryon —bramó, y sintió que, a pesar del ruido de la sala de urgencias, el nombre de su bebé resonó por todo el lugar.
—Emergencias pediátricas —fue lo que escuchó antes de ir al lugar, corriendo tan rápido como cuando perseguía a Aedric para que se dejara bañar.
Cuando llegó, fue imposible no verlo. Vestido de traje, vinotinto con manchas en su pecho, ¿qué era eso?, con el cabello hecho un desastre, hundido en esas incómodas sillas plásticas, y maldición, tenía el rostro de un hombre que tenía la vida pendiendo de un hilo. No había visto a Jacaerys así desde que falleció su abuelo. Y esto se veía mucho peor.
—Cregan —hace años no lo oía tan vulnerable, casi asustado. Como si de nuevo fuera ese jovencito de veintiún años que lloró cuando Saera tuvo una fiebre alta.
—¿Dónde está? ¿Qué le dieron? ¿Qué tomó? —las palabras se le fueron de los labios, luego sintió la mano de Arra en su espalda, recordándole su presencia. No perdió la mirada de asco que su ex le dio— ¡Maldita sea, Jace, contéstame!
—Amor, cálmate un poco, ¿sí? —Arra pidió, notó la irritación en los ojos de su ex esposo antes de la respuesta— Seguro no fue la gran cosa.
—Cállate —siseó, viéndola con disgusto—, no conoces a mi hijo, cállate y vete de aquí antes de que te saque por el pelo —él vio a Arra, quien quería protestar, pero le dio una mirada que la hizo retirarse—. ¿Trajiste a tu noviecita aquí, en serio?
—Mierda, no tienes derecho. Mi hijo intentó matarse bajo tu cuidado, no- —escuchó la cachetada, pero no la sintió hasta después de que la mano de Jacaerys estuvo lejos de su mejilla.
—¡No me hagas esto! —el castaño hipó, empujándole el pecho a golpes, uno más débil que el anterior como si en cada uno estuviera perdiendo un pedazo de sí—¡No actúes como si hubiera sido mi culpa! Es mi hijo, es mi niño también, ¡yo lo traje al mundo, Cregan! Yo lo traje al mundo y no quiero verlo irse —en ese momento, Jace se derrumbó contra él, su cuerpo sacudiéndose en sollozos quebrados, nunca había sentido tanto miedo en su vida como en ese momento y al parecer, su ex esposo se sentía igual.
Cregan lo atrapó por instinto, apretándolo con una fuerza que estaba seguro dolía, pero no le importaba, porque si lo soltaba, entonces sería él quien se caería al suelo.
—Mi bebé, Cregan —tembló—. Yo lo vi, pálido, seco. Los dedos con los que tanto lo acaricié tuve que meterlos en su garganta para que vomitara esa mierda. Fui tan estúpido.
Iba a contestar que no, que no era solo su culpa, que a pesar de todo Jacaerys era un gran padre para sus hijos, pero la voz de un doctor llamando el nombre de su niño fueron suficientes para sacarlos de esa pequeña burbuja extraña que los había envuelto.
De la estúpida terminología médica, solo entendió que le habían lavado el estómago, y que ahora estaba descansando. Sintió el temblar de las piernas de Jacaerys al caminar hacia la habitación, pero antes de que entrara, lo tomó del brazo con gentileza, una que no había usado con él en años.
—No entres alterado —le pidió, su pulgar acariciando sobre la tela del traje—, trata de que nos vea calmados —esperaba que reclamara, pero en cambio, asintió.
Cuando ambos entraron a la frívola habitación, la vista de su pequeño (que, a pesar de tener dieciséis años, seguía siendo su bebé) conectado a monitores y vías venosas le estrujó el alma, jadeó, viendo el cabello desordenado y castaño que sabía bien de donde venía. Aedric les dio una sonrisa que no hizo mas que partirlo en dos, por lo menos hasta que habló.
—Se nota que estuve al borde de la muerte, porque ustedes dos están aquí sin quererse arrancar los ojos —Cregan soltó una risita sin humor, negando con la cabeza.
Fue la primera vez en años que compartieron cama, ambos acurrucados contra el cuerpo frágil de Aedric, velando por su varoncito como cuando era un bebé. Haciéndose compañía en este momento tan caótico.
