Actions

Work Header

Lo que quedó de nosotros

Summary:

La guerra terminó, pero el silencio que dejó pesa más que cualquier grito de batalla.
Draco Malfoy regresa a Hogwarts sin certezas, con el nombre manchado y la espalda recta por costumbre. Solo hasta que Harry Potter revela al mundo que es un omega, justo antes de volver al castillo.
Y todo cambia.
El joven que siempre fue invencible ahora necesita ser cuidado. Y el que nunca supo proteger ni a sí mismo encuentra un motivo para ser fuerte.
Draco nunca imaginó que su mayor redención sería cuidar a quien más detestó y que, en ese proceso, encontraría lo único que el mundo parecía haberle negado: sentido.
Esto no es una historia sobre la guerra.
Es sobre lo que quedó de nosotros, y lo que aún podemos ser.

Notes:

Es la segunda vez que escribo Drarry, aunque leo muchísimo sobre ellos. Sucede que estaba buscando un fanfic omegaverse después de acabar de leer la mayoría y no encontraba nada que me gustara o que sintiera que realmente son ellos. Así que decidí aventurarme en escribir el drarry que quisiera leer. Espero que alguien más lo encuentre agradable y disfrute al menos por un rato la lectura. No será muy largo, quizá de 8 o 9 capítulos. Muchas gracias :).

Chapter 1: Antes de ser un Alfa

Chapter Text

Draco había crecido bajo la sombra de una expectativa implacable: no decepcionar jamás a su padre. Por ello, no manifestarse como alfa a los dieciséis años debió parecerle el fin del mundo. Sin embargo, para Draco, todo había cambiado desde que descubrió que Lucius Malfoy era, en realidad, un mortífago dispuesto a sacrificar a su propia familia con tal de conservar el favor del Señor Oscuro.
El miedo que sentía por no ser alfa no nacía del orgullo herido, sino de la incertidumbre ante la reacción del Señor Oscuro. Pero, para sorpresa de todos, este recibió la noticia con inesperada tranquilidad. Aseguró que un segundo género solo habría entorpecido la misión que Draco debía cumplir por su “ascenso”, tras el encarcelamiento de su padre en Azkaban. Tener un aroma distintivo, un torrente hormonal inestable y la posibilidad de vínculos afectivos habría puesto en riesgo el perfil bajo que debía mantener. Aunque, siendo sinceros, nadie esperaba que tuviera éxito. Todos sabían que era, en realidad, un castigo para Lucius por haber fracasado al obtener la profecí y que Draco, en el intento, debía morir.
Por su parte, Draco estaba genuinamente sorprendido, más que decepcionado. Una parte profunda de sí creía firmemente que sería alfa. Quizás por la influencia de las ideas rígidas de su padre, pero también porque todo en su desarrollo apuntaba en esa dirección.
Siempre se había mostrado territorial y protector, especialmente con la única omega de su grupo de amigos, incluso sin sentir nada romántico hacia ella. Era perceptivo a las necesidades de los omegas de Slytherin: les cedía sin dudar los espacios más cálidos de la sala común y, cuando aún todo estaba en orden, había solicitado a su padre que enviara muebles y cojines nuevos, más suaves y delicados, apropiados para la piel sensible de sus compañeros. Era, además, un líder nato, orgulloso de serlo.
Todo en su carácter indicaba que sería un alfa. Y si su personalidad no bastaba como prueba, su transformación física hablaba por sí sola: durante el quinto año, cerca de su cumpleaños, su cuerpo creció en estatura, ganó musculatura, sus facciones se afilaron, y su voz se volvió firme, profunda, inequívocamente alfa. De haber sido beta, su paso por la pubertad habría sido más lento, más discreto.
Y, por supuesto, quedaba la otra cuestión:Potter.
Potter tenía demasiado carácter, una fuerza emocional y física que lo hacía imposible de ignorar. Y, sin embargo, algo dentro de Draco —una voz primitiva, instintiva— susurraba con terquedad: es un omega . Tanto, que en el punto más alto de sus discusiones, cuando las varitas casi temblaban de rabia, esa voz le exigía someterlo.
La idea de Potter, rendido bajo él, lo estremecía. La imagen de su rostro arrebolado tras una pelea, el cabello aún más desordenado que de costumbre, y esos ojos verdes chispeando rabia, había comenzado a ocupar un lugar indebido en sus sueños. Usualmente no eran peleas en solitario. Sino, fantasías.

Incluso si Potter no era un omega —si solo era el deseo más profundo de Draco proyectándose sin control—, lo cierto es que semanas antes de su decimosexto cumpleaños, Draco había comenzado a sentir los indicios del cambio: el calor corporal inconstante, la piel más sensible, los latidos acelerados sin razón aparente.
Pero entonces, su padre apareció en El Profeta, acusado de ser mortífago. Y siendo Potter el principal culpable del arresto de su padre. El escándalo lo golpeó con tanta fuerza que incluso olvidó su cumpleaños y la posible llegada de su revelación.
Días después, cuando ya estaba en casa, fue su madre quien lo obligó a recordarlo. Solo entonces fue consciente de su condición de beta.
Su madre había intentado consolarlo: "Quizá es mejor así, Draco. Un beta puede pasar desapercibido y todo será más fácil" .
Pero el sexto año fue todo, menos fácil. El miedo lo aplastaba durante el día sin dejarlo respirar. Y, por las noches, su cuerpo reaccionaba —traicionero— a las miradas verde esmeralda que lo habían acosado durante el día.
Draco sabía perfectamente por qué el Niño Que Vivió lo observaba con tanta intensidad: no era deseo, era sospecha, acusación.
Sin embargo, tener esa atención, lo calaba y lo obligaba a tener pensamientos inapropiados. Tener a Potter persiguiéndolo por los pasillos despertaba en su estómago un calor extraño que solo lograba apagar en la oscuridad de su dormitorio, con un hechizo silenciador y el pensamiento de que, tal vez —solo tal vez— si lo hubiera ignorado desde el inicio, porque sí, y no como táctica para ocultar su condición de mortífago, hoy tendría toda esa atención pero con un final distinto.
Y aunque en la intimidad de las noches se permitió regodearse en la atención que recibía de Potter, imaginando significados que sabía que no estaban ahí. Durante el día lo odiaba. Odiaba esa mirada inquisitiva, ese juicio constante que lo atravesaba como una daga. Incluso cuando se enteró de que el niño dorado estaba con Ginny Weasley, sintió alivio. Tal vez ahora podría reparar el Armario Evanescente sin sentir que cada paso era seguido por esos ojos verdes. Pero, por supuesto, no fue así.
Y parte de él lo disfrutaba. Especialmente porque la primera vez que los vio tomados de la mano, sintió que ardía por dentro; el odio burbujeaba en su lengua, a punto de estallar en insultos. Sus propias manos quemaban y pedían separar las ajenas. Draco no lo entendía, cuando había visto a Potter con Cho Chang, no había sentido tanta ira. Ahora necesitaba alejarlos. Principalmente porque Potter tenía una imagen dócil y suave que contrastaba con la de ella: segura y presumida. Se veían mal juntos.Porque Harry no era dócil, y definitivamente no era ella quien debía estar a su lado.
Para suerte de la estabilidad mental de Draco, esas reacciones sólo aparecían cuando los veía juntos, así que mientras no los viera juntos, podía pretender que no le afectaba. Pero Potter, como siempre, no se lo permitió. Solo unos días después, volvió a seguirlo con más fuerza, con más insistencia, como si supiera. Draco se sintió mesquino por disfrutar de que Harry estuviera lejos de la Weasley. Como si él, de algún modo, fuera más merecedor de su atención.
Soñaba con sorprenderlo uno de esos días en que lo seguía, empujarlo contra una pared y besarlo hasta olvidar la guerra, a sus padres, a Voldemort, y quiénes eran. Pero sabía que corría el riesgo de ser hechizado, golpeado o ambas. Así que no lo hizo.
Y sin embargo, en un momento de debilidad fue hechizado —por una razón completamente distinta a besarlo— y creyó que iba a morir. Y lo único que pudo pensar en esos momentos agonizantes fue que, gracias a Harry, todo acabaría al fin.
Lamentablemente, no fue así. Estaba seguro de que moriría. Incluso si Snape era un mago muy hábil y conocía el contrahechizo, era imposible que sobreviviera.
Pero esa noche sintió algo distinto: la presencia cálida de alguien y una voz dentro de él —una que a veces sonaba peligrosamente parecida a la de un alfa— que lo obligó a resistir, a mejorar.
Cuando regresó a clases, todo sucedió muy rápido. Como Potter lo evitaba y se le veía constantemente con Ginny Weasley, decidió enfocarse únicamente en terminar su tarea sobre el armario y en fallar la otra: asesinar al director. Lamentablemente, logró completar la primera. Felizmente, falló en la segunda.
Aunque su alivio no duró mucho. Los mortífagos entraron al colegio y todo se volvió un caos. Estuvo a un paso de asegurar protección para sí mismo y su madre; por un momento, casi creyó que todo podía salir bien, que aún era posible estar del lado correcto.
Pero esa oportunidad se desvaneció con un “Avada Kedavra” pronunciado por su padrino.
En ese instante, comprendió que ya no habría retorno. Sabía que moriría tarde o temprano, porque lo único que protegía a Hogwarts y a sus estudiantes ya no estaba.
Confiaba en Harry. Sabía que con su coraje lucharía hasta el final y que era poderoso, por lo que no sería vencido fácilmente. Aun así, Draco no guardaba esperanza alguna para sí mismo.
Con cada tortura que presenciaba, cada asesinato del que era testigo y cada plan de ataque que escuchaba, solo pensaba en que su final estaba cerca y en que, con suerte, no tendría que ver más.
Vivió en automático durante meses. A veces, alguna noticia sobre Harry despertaba algo en él; otras veces, el silencio le daba un mínimo consuelo: si no se sabía nada, tal vez no lo habían atrapado.
Ni los temblores en sus manos ni las pesadillas nocturnas lograban sacudirlo de ese letargo. El miedo se le había incrustado tanto que esa quietud sombría se volvió rutina.
Hasta que un día, salió de su letargo cuando le dijeron que habían atrapado al Niño que Vivió y que debía reconocerlo.