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Burning Kisses

Summary:

Lucerys ha estado enamorado de Cregan, el mejor amigo de su hermano, desde que era un preadolescente. Una piscinada veraniega lo ha hecho darse cuenta de que nunca iba a superarlo.

Un regalo de Nubia Belén para Drkive.

Work Text:

Cuando los amigos de su hermano venían a casa, todo era un escándalo. Lo cual hacía reír a sus padres, porque siendo el mayor de sus hijos tan bien portado, que el desorden fuera a causa de sus amigos era bastante divertido. Más porque después de varios meses de universidad, por fin tenían tiempo libre para invadir su espacio.

 

Como ahora, que tenían un alboroto en la piscina entre risas y un poco demasiado licor en el sistema. Los podía escuchar reírse desde su habitación mientras trataba de terminar un ensayo, y quería lanzarles los libros en sus cabezotas por hacer tanto escándalo.

 

Se asomó por la ventana, Oscar estaba empujando a Daeron a la piscina, Davos sostenía a Baela en sus hombros mientras esta se daba a empujones con Aeron en hombros de Dalton, Dioses, estaban tomando desde antes del mediodía, ¿no se cansaban? Ah, y por supuesto, sus padres estaban riéndose, probablemente diciéndoles que eran iguales en su juventud y todo ese montón de boberías, mientras tanto Jace estaba de nuevo sirviendo bebidas. Quería matarse porque al parecer todos tenían megáfonos en la garganta.

 

Resignado a no terminar su tarea, cerró la laptop con más fuerza de la que quería y suspiró, decidiéndose a bajar pesadamente por la escaleras, sabiendo que no tenía caso pedir un minuto de silencio.

 

—Manada de energúmenos —musitó, siendo guiado por el olor a protector solar y mezclas de licor que no sonaban nada saludables. Los amigos de Jace le saludaron con grititos y risitas ebrias que lo hicieron rodar los ojos, Oscar incluso salió de la piscina para abrazarlo, con la pura intención de dejarlo empapado y jalarlo al agua.

 

—Déjalo en paz —y ahí estaba la voz que sacudía algo dentro de sí desde hace un par de años, siendo la voz firme del grupo, como siempre, ordenándole al Tully que se quedara quieto, quien obedeció diligentemente. Lucerys volteó hacia el dueño del tono, recostado en una tumbona a un lado de la piscina, imperturbable como siempre.

 

Cregan Stark, mejor amigo de Jacaerys desde que tenían como doce años y se conocieron en el equipo de fútbol de la ciudad, estaba allí, con un short de baño color gris y unos lentes de sol negros, el pecho descubierto, el tatuaje de lobo en la fosa ilíaca izquierda… ¿Estaba mirándolo fijamente? Si, lo estaba haciendo, que vergüenza.

 

—Hola, Creg —el saludo le salió más bajo que los que dio al resto, y sintió el rubor subírsele a las mejillas cuando este le sonrió en respuesta.

 

—Hola, perlita —oh, ese apodo. Surgió en el Halloween de hace unos tres años, cuando decidió ir vestido de tritón y se adornó con un montón de perlas en el cabello, las muñecas y el cuello—. Tienes cara de que te arrancamos de tu cueva —él sonrió, rodando los ojos tras ello mientras se sentaba a los pies de la tumbona donde estaba el pelinegro.

 

—Tal vez es porque así fue —esta vez fue el turno de Cregan de reírse, negando con la cabeza—, ¿no vas a meterte a la piscina?

 

—Creo que me faltan varios grados de alcohol en el cuerpo para ello —el pelinegro sonrió, inclinándose para rebuscar en la cava una lata de sangría, extendiéndosela al castaño—, ¿me vas a emborrachar en mi casa?

 

—No te ves tan peso ligero como tu hermano, tú aguantas más que una lata de sangría.

 

—¡Cregan, ven acá, Aeron está diciendo que Dalton aguanta más que tú debajo del agua! —Davos lo llamó desde la piscina a voz arrastrada.

 

El pelinegro se levantó en seguida con toda la intención de lanzarse a la piscina y defender su título como buen respirador bajo el agua, pero antes de ello se devolvió unos pasos para revolver el cabello de Lucerys, haciendo que sus mejillas volvieran a encenderse. Por culpa del calor del verano, obviamente.

 

Observó el desastre por bastante rato, riéndose de vez en cuando por las bobadas que decían los chicos y sacándoles el dedo medio cuando lo fastidiaban. Los conocía desde hace años, la confianza ya estaba lo suficientemente ganada para ello. Tras una hora y media, Baela lo convenció de que se metiera en la piscina, por lo que terminó lanzándose de clavadito, refrescándose en el agua que seguramente estaba llena de alcohol y sudor pero que terminó salvándolo del calor sofocante y tal vez eliminándole el sonrojo del rostro.

 

Terminó compitiendo en carreras de natación, a caballito sobre los hombros y ¿cómo no? haciendo entre todos el típico remolino de agua como cuando eran infantes, causándose risas, empujones y que Jace tragara agua como un idiota.

 

Para cuando la noche se plantó en el patio de la casa, ya casi todos estaban borrachos. Aeron y Davos se habían escondido en el cobertizo a hacer Dios sabe qué, Dalton estaba acompañando a Oscar a vomitar, y Daeron estaba con Jace, haciendo una videollamada con Aemond, quien estaba de viaje y no había podido asistir a la reunión. Baela, por su parte, estaba junto a Cregan y Luke recogiendo botellas y vasos del césped.

 

Fingía no erizarse cuando las manos del pelinegro rozaban las suyas, o cuando lo llamaba perlita de vez en cuando para pedirle que le pasara algo o para comunicarle alguna u otra cosa. Era increíble lo mucho que Cregan lo hacía sonreír, haciéndolo olvidarse del ensayo que tenía que entregar unos días después.

 

Los amigos de Jace terminaron durmiendo en la habitación de él, metiendo colchones y cojines, no era la primera vez, tampoco sería la última, al menos esta vez estaban tan ebrios que no iban a hablar hasta la madrugada. Cuando por fin estuvo en su cueva, suspiró pasándose las manos por el rostro. El enamoramiento bobo que tenía por el mejor amigo de su hermano debía parar, no podía volver cada vez que el Stark se aparecía por la casa.

 

Como sea, no debió pasar el día al sol sin bloqueador solar, porque las quemaduras ligeras habían enrojecido su piel y no sabía si le dolía, le picaba o ardía. Idiota. Dejó salir un suspiro, iba a acostarse a dormir con el cuerpo hecho mierda hasta que toques en su puerta lo sobresaltaron. Gruñó levantándose de la cama, dando pasos de fastidio hasta abrirla.

 

—Joffrey, te juro que… —se calló cuando vio que la persona frente a él no era su hermano menor, sino más bien quien lo había hecho sonrojar todo el día— Cregan.

 

—Así que el pequeño Joff es de mucho fastidiar, ¿eh? —el pelinegro sonrió, alzando en su mano una tobillera de perlas— La dejaste caer en el patio antes de subir a la casa —explicó extendiéndola. Lucerys la recibió con una sonrisa boba, asintiendo con la cabeza— Te quemaste como un camarón.

 

—Olvidé el protector solar.

 

—Ah, mierda, ¿tienes algo que colocarte en el cuerpo? ¿Caladril, crema fría?

 

—Creo que mis papás tienen algo en la nevera.

 

—Bueno, te acompaño entonces —claro que no iba a negársele, así que caminó escaleras abajo tras él, siguiéndolo hacia la cocina como si fuera él quien vivía en esa casa y no Luke—. No me sorprende que te olvidaras del protector.

 

Lucerys abrió la nevera, rebuscando la crema fría. Se sentó en el mesón antes de colocar un poco en sus manos para colocársela en el rostro. El frío le calmó la piel ardiente en un segundo, sacándole un suspiro de alivio. Cregan hizo una mueca al verlo.

 

—Te quedó bastante mal —el pelinegro musitó, viéndole el enrojecimiento que empezaba en sus hombros—, ¿quieres que te ayude? —ni siquiera le dio tiempo de contestar, porque ya había arrebatado el frasco de sus manos, colocando crema en sus manos y empezando a colocar suavemente el alivio en su espalda, haciendo a Lucerys suspirar ante la mitigación de la quemazón.

 

El tacto era tanto calmante como electrizante, las manos callosas acariciando con tanta delicadeza mientras colocaba el ungüento recorrían su espalda, los ojos cerrándosele mientras se permitía disfrutar un poco del toque dulce con inocencia y ligero placer. La posición lo obligó a separar un poco las piernas para darle espacio a Cregan, quien seguía con su faena decidido a cubrirlo de crema para matar el presente malestar veraniego.

 

—¿Mejor? —inquirió, sus manos de nuevo colocadas en los hombros de Lucerys, que asintió con agradecimiento— La próxima vez que vayas a quemarte el cuerpo, asegúrate que sea en Bora Bora o en Hawái, ¿te parece?

 

—Cállate —los rizos castaños se le removieron un poco por el esfuerzo de empujar un poco a Cregan, haciéndolos a ambos reír con complicidad—. Gracias, de todas formas.

 

—De nada, perlita —el guiño de uno de esos ojos grises le robó la respiración por un momento, cosa que no pudo ocultar y que Cregan no trató de no notar—, ¿cansado? Deberías irte a dormir para que te descanse el cuerpo y las quemaduras empiecen a sanar.

 

—Tienes razón.

 

Así subieron los dos, Cregan iría a la habitación de Jace, justo en frente de la de Luke, donde pararon a despedirse, la complicidad de lo que acababa de ocurrir flotando entre sus seres, que se miraban a los ojos sin saber qué decir, iluminados por la leve luz del final del pasillo.

 

 

—Buenas noches, Creg —el castaño susurró, apoyándose en el marco de la puerta de su cuarto. Cregan estaba a pocos pasos de él, como esperando que entrara—, descansa.

 

—Buenas noches, Luke —Luke. Muy poco lo llamaba así, y la forma en la que lo decía, baja pero profunda, sin dar pasos hacia atrás y sin hacer amague para irse. Notó como lo miraba, como si le detallara cada parte del rostro, desde los pequeños vellitos de su línea de cabello hasta la cicatriz en su barbilla, Cregan lo miraba como si fuera la primera vez que lo hacía.

 

No supo quién dio el paso, quién se movió primero, para cuando cayó en cuenta las manos de Cregan le acunaban el rostro, y las suyas estaban afianzándose a los hombros del mayor. Al principio el beso era tímido, más tierno que nada, pero a medida que se profundizaba, el sabor a anhelo y veranos perdidos se presentó entre ellos, sacándoles pequeños jadeos.

 

—Esto está mal —Cregan susurró en medio de besos, acariciándole las mejillas.

 

—Muy mal —Lucerys murmuró, devolviendo los besos mientras abría la puerta de la habitación, adentrándose en los brazos del otro chico a oscuras entre pasos torpes que los hicieron terminar acostados en la cama, con labios mordisqueados y caricias delicadas.

 

Los besos subían de nivel junto con las caricias, las manos del pelinegro recorrían el torso del castaño, haciéndolo temblar ligeramente cada vez que los dedos bajaban más hacia su vientre. Eso lo asustó, tensándolo en seguida, haciendo que Cregan se despegara de él mínimamente.

 

—¿Qué pasa, perlita? —inquirió, un deje de preocupación en los ojos grises.

 

—Yo aún no… —el rubor le comió las mejillas al confesarse— Aún no he-.

 

Cregan asintió, retirando la mano para volver a acunar su rostro antes de que Lucerys volviera a besarlo, sacándole un suspiro profundo. Estuvieron largo rato allí, fundiéndose el uno con el otro en cada uno de los besos, los dedos que acariciaban cabello y piel enrojecida, murmullos en medio de roces enternecidos.

 

Una vez que el reloj marcó las tres de la mañana, Luke se había quedado dormido casi encima de Cregan, con su cabeza descansando en la curvatura de su cuerpo y las manos coladas bajo su camisa en busca de calor corporal. No tenía caso moverse y realmente no quería hacerlo, porque al pelinegro le causaba tanta paz sentirlo respirar suavemente en su piel.

 

Acabó durmiéndose, acunando al cuerpo más pequeño entre sus brazos, dejando besos ligeros como plumas en su frente y en la mata de cabello castaño, pasando sus dedos por la espalda quemada con ganas de quitarle el malestar que, de cierta forma terminó uniéndolos, cosa que había estado rogando desde que lo conoció.

 

Si Jacaerys llegaba a hacer un escándalo, él le echaría en cara que él cogió con Aemond en la cama de Daeron y que nadie le reclamó nada. Solo rogaba que no fueran Daemon o Harwin los que entraran a la habitación al amanecer.