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Antes del mundo

Summary:

El olor a humedad y la agradable colonia no indican una amenaza inmediata, solo un enigma, el signo de interrogación que engloba una sola pregunta:

"¿Quién eres?"

Notes:

Este fic empezó a rondar por mi mente luego de leer el maravilloso fanfic de mi querida Niki, al imaginar la posibilidad de que Sherlock y William OG se conocieran en otras circunstancias. Esta es una historia independiente, sin embargo, recomiendo personalmente leer ese fic, es muy bueno <3 ✨

¡Espero lo disfrutes! ✨

Work Text:

Sherlock no es alguien que se dejara llevar por un presentimiento fácilmente. Su mente siempre seguía el camino de la lógica, de los hechos crudos y de sus conocimientos, porque era lo único firme y sustentable. Aunque, en ocasiones, también acataba a sus instintos, a esa picazón en su corazón y la inquietud infundada en su mente y, pese a que las premoniciones eran arbitrarias y no siempre acertadas, esto ayudó en uno que otro caso a develar un secreto.

Ese día, en particular, había sentido uno de esos mal augurios injustificados. Se despertó con una sensación bastante extraña en sus nervios, una comezón en sus brazos; sentía que estaba al borde de una tragedia, de algo perjudicial, como cuando caes a un abismo y eres consciente del duro suelo. No sabía qué habría de desencadenar ese sentimiento, y rebobinó su mente al considerar que quizás había olvidado algo, pero no era así. Ese miedo sembrado en su pecho le hizo incluso plantearse si realmente era buena idea abandonar la cama esa mañana.

No obstante, se recordó a sí mismo que no debía dejarse llevar por ese presentimiento, al menos no ahora que era inexplicable, e hizo su rutina diaria. Desayunó, fumó, leyó el periódico. La cotidianidad de su día no se vio interrumpida por alguna desgracia como lo planteaban sus nervios, lo cual tranquilizaba y excitaba más a Sherlock.

Por un lado, le daba la razón para no sentirse ansioso. Por otro lado, quizás aún no había caído el dichoso golpe.

Las nubes afuera de Baker Street eran grises y opacas, anunciando una probable ráfaga de lluvia y cubriendo el sol hasta ahogarlo. En momentos como este, el clima tocaba una fibra sensible en el alma del detective, influenciando su estado anímico para sumergirlo en recuerdos desagradables y melancolía. Miró al cielo mediante las ventanas mientras tocaba el violín, tratando de apaciguarse. Su melodía era suave y el sonido se fugaba a la solitaria calle para acompañar a las almas que sobreviven al paso del tiempo. Por alguna razón, el mundo parecía callado ese día, como un público que se encuentra a la expectativa.

Cuando estaba por afinar su instrumento de nuevo y cambiar de canción, Sherlock escuchó el suave estruendo que causa la puerta principal al ser cerrada. El sonido lo paralizó en su sitio mientras agudizaba más su oído. Era muy temprano para que John llegara, las amigas de la señorita Hudson no suelen asomarse a la calle en días nublados ni ella misma sale con este clima…

¿Podría ser Lestrade, o alguien de la Scotland Yard? O… ¿Un cliente?

Sherlock colocó su violín y arco sobre la mesa, dedicando atención a los pasos del recién llegado: Un ritmo particular y desconocido subía por las escaleras, sin prisa y saboreando cada uno de sus movimientos, esto le obligó a descartar a los policías; esta persona observaba mucho, estudiaba las escaleras como ruta y probablemente buscaba indicios de cualquier cosa. Se trata de una persona que nunca había estado aquí, pero no estaba desesperado como para subir apresurado.

Para cuando el presunto cliente entró a la sala, Sherlock estaba sentado en su sillón junto a la chimenea encendida, con las piernas cruzadas y fingiendo leer un periódico. La lentitud meditada y oscilante de aquella persona demostraba lo consciente que es de que había sido analizada mientras subía los escalones, al igual que Sherlock sabía que su fachada del periódico era poco creíble.

El detective dobló el papel de imprenta y lo colocó en la mesita a su lado para dirigir su mirada hacia el recién llegado.

Es un hombre de rasgos físicos bastante atractivos, con una sonrisa inquietantemente pacífica en sus labios. Sus ojos eran de un color similar a la miel, brillaban pero no había dulzura ahí, parecían pozos de eterna oscuridad que lo habían envuelto, sedientos de engullir el mundo entero. Y su cabello, de un tono avellana, largo, rizado y bien cuidado, estaba esponjado por la humedad, pero parecía ser un factor favorable en él, daba un buen aporte a su atractivo. Su cuello lucía una vieja cicatriz que la camisa no se esforzaba en cubrir; algunas viejas y pequeñas quemaduras en algunas zonas de su rostro indicaban que había sobrevivido a un incendio o algún desafortunado evento similar (dada la gravedad y por la forma en que se extendía una por su mejilla y bajaba por su mandíbula), también quedaba una pequeña muestra en su frente y manos.

Él no tenía el porte ni rasgos de un ex militar, no eran quemaduras de guerra por explosiones. ¿Algún incidente en su infancia? Probablemente. Sherlock no lo calculaba muy mayor que él. Sus vestimentas no daban indicios de alguien rico, ni muy pobre, aunque a veces el dinero le escaseaba, no le impedía lucir bien, ni comprar ropa de calidad, sus prendas seguían los estándares populares actuales, pero no eran lo suficiente refinadas u originales como para dar indicios de una fortuna, también se denotaba que usaba la misma ropa seguido, por lo que tampoco se podía permitir un guardarropa amplio. Era alguien que se fijaba en su propia apariencia, vanidoso quizás, tampoco mostraba pruebas de ejercer ningún oficio. Incluso, el detective pensó, parecía que se había preparado cuidadosamente para visitarlo.

Sherlock le hizo un vago gesto de que tomara asiento frente suyo, que el calor del fuego estaba a su disposición. El joven amplió aquella sonrisa mientras tomaba asiento con elegancia refinada y un aire presuntuoso. Al desplazarse por la habitación, Sherlock percibió en él el aroma de un perfume de buena calidad, una colonia dulce, pero no empalagosa. Era agradable a sus sentidos, y no era tan fuerte como para asfixiarlo. El aroma trajo de vuelta aquella inquietud en su corazón, y le hizo tamborilear los dedo en su regazo para relajarse.

—Disculpe por aparecer de imprevisto, señor Holmes. Me abstuve de mandar telegramas o cartas porque no confío la posesión de un mensaje a terceros—dijo el joven en tono suave. E incluso cuando se mostraba como alguien tranquilo y no sugería nada negativo, Sherlock no podía bajar la guardia con él. Si era una persona que no confiaba los mensajes mínimos, tenía sin duda algo que ocultar entre su secretismo—. ¿Podrá atender mi historia hoy?

—Planeo ir al teatro con el doctor Watson esta noche, puede ocupar el tiempo que requiera hasta entonces, sin embargo, trate de mostrar lo esencial y juzgaré en base a ello—respondió Sherlock mecánicamente mientras tanteaba los cigarrillos y fósforos a su lado, tomando uno y lo encendió mientras lo sostenía con sus labios. El joven de cabello avellana agregó un toque arrogante a su expresión, como si hubiera premeditado esas palabras y le resultara el tiempo igualmente irrelevante—. También elijo los casos que acepto, conservo el derecho a rechazarlo si no me genera suficiente interés.

—De acuerdo. Espero entonces que esté interesado en mí.

Sherlock volvió a contemplarlo reflexionando sobre esa elección de palabras mientras daba una calada a su cigarrillo. El uso en particular de estas no indican un caso, ¿qué buscaba esta persona? Dinero no era, no era tan tonto como para no saber que no lo conseguiría con Sherlock, una información confidencial sobre alguno de sus otros clientes era improbable, pero sin duda, esa alma vieja en cuerpo joven no planeaba solo una visita, traía intenciones ocultas debajo de su carcasa. Había algo con él en particular que acentuó su mal presagio y, aún así, Sherlock no podía adivinar qué era, cuál era el trasfondo de todo.

Y, aún así, mientras estudiaba al joven, esa sensación de miedo, inquietud y desconocimiento empezó a resultar… interesante, o eso pensó al ver peligro ardiendo en los ojos ajenos.

El clima se nublaba conforme los segundos transcurrían, y mientras más densas se volvían las nubes, más oscuro y tenso era el ambiente en la sala de Baker Street. El olor a humedad y la agradable colonia no indican una amenaza inmediata, solo un enigma, el signo de interrogación que engloba una sola pregunta:

¿Quién eres?

Pero aquello no fue respondido al instante.

—He llevado muchos apodos en los barrios bajos, tengo un nombre, pero no se siente propio: Lo perdí en un incendio, hace tiempo, que arrasó con mi hogar, mis padres y casi cobró mi vida—decía el cliente como si saboreara el recuerdo, y no resultara tan amargo hablar de ello. Sherlock dió otra calada a su cigarrillo—. Vi las joyas de mi familia caer en esa ocasión: Esmeraldas, rubíes, amatistas…

—Pero usted no se preocupa por las piedras preciosas, ni recurre a mí para recuperarlas—respondió Sherlock tajante. La intención de esta persona no era recuperar alguna fortuna, porque buscaría a un abogado en tal caso, aunque sus expresiones sugirieron ambición por algo relacionado.

—Tiene razón—tarareó el joven cliente, como si la reacción de Sherlock le hubiera gustado—. No quiero las joyas, aunque fantaseé con tenerlas, mientras me hundí en la pobreza de la pérdida de mi apellido, con poseerlas y destruirlas…

Sherlock alzó una ceja, y cuando estaba por preguntar acerca de su uso de palabras. El cliente continuó hablando, como si supiera lo que iba a escuchar.

—A mi madre le gustaba la joyería valiosa, y yo solía pensar que deshaciéndome de ellos podría, de alguna manera, venerar su alma—explicó él llevándose la mano al corazón como símbolo de respeto por su difunta madre.

—¿Cómo fue el incendio?—Sherlock se aventuró a preguntar, tanteando la profundidad de las aguas. Estaba intrigado por este joven, incluso podría decirse cautivado por los misterios que lo envuelven y, al no poder formar un perfil completo de su persona porque él parecía estar actuando, decidió indagar hasta poder sacar a relucir la verdad, desglosarlo para saber qué quería realmente.

La única conclusión que había sacado hasta ahora era que el joven no buscaba su ayuda en algo, no estaba desesperado por algo, o al menos no algo que estuviera al alcance de Sherlock, tampoco quería una respuesta. No. Él estaba ofreciendo su persona como misterio para poder analizar a Sherlock por algún motivo oculto. El detective fingiría atender cualquier problemática que le presentara con el fin de llegar a una conclusión. Era una especie de ciclo retroalimentativo dónde absorben información implícita del otro.

Su premonición le indicaba peligro. Y Sherlock no pudo evitar acercarse más a eso, meter las manos al fuego aún sabiendo que las llamas podrían arrasar con todo.

Aquel joven miró el fuego de la chimenea, el crepitar de las llamas y su expresión se ensombreció.

—El incendio fue…—El joven lo miró a los ojos y detuvo al mundo para que escuchara sus palabras— un accidente.

Y tras aquello, la mente de Sherlock empezó a nuevamente analizar toda la información obtenida hasta ahora, a deducir conforme los pocos ladrillos que le habían entregado y estudiar las implicaciones de esta afirmación. Apenas escuchó en segundo plano los reclamos y pasos de la señora Hudson al subir por las escaleras, maldiciendo en su nombre por algún recado que se le olvidó, también las nubes en el cielo decidieron tronar para reafirmar la adversidad presente. Sherlock estuvo congelado en su sitio, con la ceniza del cigarrillo cayendo en su regazo, mirando al visitante con notable sorpresa al descubrir un detalle.

Él estaba mintiendo: No fue un accidente. Sin embargo, tampoco fue provocado por este joven, no, él no cambiaría una vida de lujos por la vida en la calle, no renunciaría a todo solo porque sí, tampoco tendría un motivo válido para perder su comodidad. Pero sabía quién había sido, él había visto la muerte a los ojos y ardido en el infierno, ahora buscaba venganza, eso vio en sus ojos: Odio, rencor, ira. Todas las emociones acumuladas en frustración, dirigidas hacia un eslabón en su historia.

El detective fue forzado a salir de sus pensamientos cuando escuchó nuevamente la voz del visitante, quien respondía a una pregunta de la señora Hudson.

—Sí, me vendría bien un poco. Muchas gracias—decía el joven con tono gentil y una expresión familiar como si le entregara su confianza a la señora Hudson. Era cortés.

—Oh, ¡qué joven tan encantador!—exclamó la casera con un alegre sonrojo ante la belleza eclipsante del chico y su amabilidad, entendiéndolo como una persona dulce—¡Espero que Sherlock acepte su caso y no empiece con sus caprichos!

El joven rió ante las palabras mientras veía a la señora Hudson reclamarle otras cosas al detective. Y la tensión de Sherlock se liberó un poco al ver este lado de él y pensar que quizás estaba ante una víctima que se encontraba en otro conflicto, que buscaba hacer justicia.

—Ciertamente, no puedo rechazarlo o aceptarlo cuando no me ha presentado un caso concreto—indicó Sherlock llevándose su cigarrillo a la boca, mientras la señora Hudson se retiraba para prepararle té al visitante. El joven avellana giró hacia él nuevamente.

—Quisiera consultar con usted sobre otro motivo alterno a mi pasado trágico, hace poco recibí esta carta de amenaza—El joven se levantó de su sillón y dió unos pocos pasos hacia Sherlock, sacó del bolsillo de su pantalón un papel que desdobló y le entregó.

El detective revisó la hoja: Fue arrancada de una libreta, el texto escrito a mano y con tinta negra común, sin firma ni sello. Sintió la mirada del joven presente en su persona mientras leía el contenido. El estudio mutuo sobre las acciones y reacciones del otro comenzó nuevamente.

El mensaje era falso. Por dónde lo viera, la carta era una completa argucia, lo cuál fue una prueba determinante para Sherlock de que este joven estaba ganando tiempo para conocerlo, quizás para aprender de los movimientos o estrategias de Sherlock, o tal vez planeaba utilizarlo, ya sea para su venganza o para involucrarlo en el conflicto, pero él cedió ante la idea de dejar las cosas fluir y descubrir a dónde llegaría.

El texto de la carta consistía supuestamente en una amenaza de parte de una persona desconocida hacia otra persona no especificada, un conflicto amoroso de alguien que le profesaba amor y amenazaba para que hubiera reciprocidad. No figuraba ningún nombre, ningún dato irregular, pero era escrita desde un punto intimo y con una fiereza en sus palabras que no le importaba las consecuencias. Al detective le pareció que el joven que tenía delante había escrito la carta, perfectamente pudo hacerlo y entregarla como pretexto para poder citarse con él.

Sherlock encontró interesante participar en este juego desconocido.

—Pudiste haber acudido a Scotland Yard si buscas protección de alguien—dijo Sherlock devolviendo la carta al joven que tenía delante, quien la ajustó a su anterior sitio.

El joven avellana tomó los últimos restos del cigarrillo de los dedos de Sherlock, pese a que ya se hubiera consumido hasta casi la colilla, y lo llevó a sus labios, ocasionando un beso indirecto entre ellos. Esta perspectiva del gesto no pasó por alto a Sherlock, sus miradas estaban fijas en el otro porque comprenden las implicaciones tácitas y eran demasiado conscientes de que este joven estaba saboreando a Sherlock.

—No es algo que pueda hacerle partícipe a la Scotland Yard… si entiendes a lo que me refiero—respondió el joven mientras se inclinaba hacia Sherlock para colocar los restos del cigarrillo en el cenicero, y luego se irguió nuevamente.

La cercanía era notoria, las piernas del joven podían casi rozar las rodillas de Sherlock. La tensión había cambiado de tonalidad, tornándose más seductora, más atractiva. Sherlock no podía negar que este joven le resultaba llamativo, tanto a nivel físico como intelectual, el bailar a su alrededor como un misterio lo había atraído, y sin duda, podía considerarlo algo mutuo por la mirada que se oscurecía hacia los pecados y la sonrisa sensual que se esbozaba. La sensación de peligro ahora le causó un escalofrío placentero a Sherlock.

Aquel ambiente se vio interrumpido por el regreso de la señora Hudson, quien murmuraba algunas cosas que Sherlock no escuchó y recibía agradecimientos suaves del otro joven por la bandeja con una taza de té.

El visitante había vuelto a su asiento como un chico obediente y tomó su taza.

—Oh, disculpe, señor, me equivoqué y traje un tenedor en lugar de la cucharita para la azúcar, dame un segundo y-

—Está bien, señorita—respondió el cliente misterioso tomando el tenedor para mezclar el terrón de azúcar en su té, le agradeció nuevamente por la cortesía y la señora Hudson se retiró de la habitación con agrado por aquel desconocido—. Me gustan los tenedores. ¿Recuerdas las joyas de mi familia? El rubí tuvo incrustado un tenedor también.

—¿Te refieres a que el tenedor tenía incrustado rubíes?—cuestionó Sherlock ante aquella expresión, al no encontrarle coherencia.

—¡Oh, eso! Disculpa, a veces mi lengua se enreda y termino siendo confuso con las cosas que digo.

Pero no parecía una confusión real. Afuera las nubes no le daban tregua al firmamento, y pintaba todo casi nocturno, aún no comenzaba a llover.

—Siguiendo con el caso, ¿quién es esta persona que te amenazó?—preguntó Sherlock colocando su codo en el posabrazos de la silla y descansando su cabeza en su puño. El otro joven sorbía con gracia cada trago de su té y soltaba un suspiro de felicidad ante la exquisitez del sabor.

—Él fue algo similar a un amante en su momento, pero me alejé porque me dejó de interesar—contestó el joven avellana sin apartar la vista de su té—. Quizás estoy en peligro inmediato o tal vez planeará una venganza, sin embargo, no sé cómo proceder.

—Si fuera un peligro inmediato, no vendría con una amenaza de por medio y solo asestaría el golpe. ¿Cómo obtuviste la carta?

—Un amigo me la entregó, alguien de mi confianza personal, que a su vez la recibió de una persona desconocida con la sola petición de que llegara a mis manos, pero es inevitable que yo sepa quién la escribió—explicó el joven intercalando sus sorbos de té y sus miradas a Sherlock, mientras sus labios realizan un suave baile alrededor de la taza. Sherlock observó aquello con gusto, la seducción estaba funcionando.

—En ese caso, sería demasiado proceso para algo obvio—señaló Sherlock.

—Le gusta lo excéntrico, supongo—tarareó el joven—. De ese modo, le gusté yo.

—Si es solo un amante despechado, no representa ninguna amenaza, incluso cuando su carta muestra fiereza, sus acciones no indican un perro que muerda.

—Pero no está demás prevenir un posible ataque.

Ambos se miraron, sabiendo que todo era hipotético, dejando la falsedad del asunto como un elefante en la habitación. Sherlock quedó pensativo sobre qué responder, no podía tomar medidas o investigar esta situación cuando era una farsa, incoherente en algunos aspectos, sabía que el joven tampoco esperaba recibir protección o acciones, pero se mantuvieron quietos en esa guerra silenciosa y el detective evaluó unos momentos antes de seguir.

—Tomaré el caso—dijo Sherlock como veredicto cuando el joven desconocido terminó su taza de té. Se colocó de pie y caminó un poco por la sala, explicándole un punto al visitante que descartaba la taza de té en la mesa—. Ahora no hay nada que podamos hacer, porque la amenaza no tiene motivos para perjudicarlo si aún lo ama como expresó en la carta. Tampoco podría hundirte sin pruebas ni sabiendo que él también podría caer. Quisiera poder explorarlo con más calma, pero aún tengo que arreglarme para el teatro, si no es mucha molestia…

Mientras lo escuchaba, el joven cliente alisó sus pantalones en su regazo con toda la paz concebida en sus movimientos. Después se colocó nuevamente de pie mientras seguía atendiendo a sus palabras, se aproximó a Sherlock para tomar su rostro y unir sus labios.

Un ataque directo y crítico. Al igual que su andar al llegar, que su afirmación sobre el incendio como accidente, que la carta. Una nueva pregunta a su cuestionario, todo era parte de una gran prueba.

Por lo que, siendo honestos, el beso no tomó tan desprevenido a Sherlock, quien apenas retrocedió un paso por el impulso, pero rápidamente se adaptó a la sensación: Ser invadido por ese aroma, sentir aquellos dedos suaves tantear su rostro, mientras su boca se movía con la elegancia de la sensualidad. Sherlock enterró sus dedos en esos espesos rizos de color avellana esponjosos. A esto se resumía toda la seducción, toda la pasión ardiente por un misterio riesgoso, todo el teatro que habían armado. Lo siguiente que probó Sherlock fue su lengua, el fino sabor a té era glorioso, la dulzura de ese terrón de azúcar y la calidez de aquella bebida preparada por la señora Hudson.

Les invadió un hambre voraz.

Sus labios no se dieron tregua en ningún segundo y sus manos comenzaban a descubrir lugares en el cuerpo del otro mientras se abrazaban como si su vida dependiera de ello, e hicieron caso omiso a los detalles como su desconocimiento por el otro, entregándose al placer humano.

Sherlock no olvidaba que debía tener cuidado con esa persona, pero lo desconocido hacía arder el deseo en sus entrañas.

Apenas hubo un fin al contacto cuando escucharon un estruendo proveniente del piso de abajo y Sherlock se recordó que la señorita Hudson seguía en casa y que las paredes eran bastante delgadas como para llevar el asunto a otro nivel.

El joven desconocido se inclinó, siendo casi del mismo tamaño de Sherlock, jadeando, le dió otro beso en los labios, luego se acercó a la mejilla y se aproximó cada vez más a su oreja intercalando la palabra “Volveré” entre aquellas caricias.

Sherlock no sabía si aquello sería bueno o malo, pero era un hecho que no sería la única vez que vería a este joven.

Cuando él estuvo lo suficientemente cerca de su oído, Sherlock escuchó algo que congelaría todo su cuerpo.

—¿Sabes? Mmmhh, el nombre que me pusieron al nacer y que ellos quemaron hace muchos años… en realidad… es William Moriarty—Y luego de eso, le dedicó una larga lamida a Sherlock, como si estuviera tratando de compensar lo inesperado de la confesión, un escalofrío por otro, mientras dejaba a Sherlock atónito.

Y sin pensarlo, William lo besó fugazmente una última vez antes de abandonar Baker Street, con una sonrisa grande y despidiendose con dulzura de la señora Hudson.

Sherlock estaba muy impactado y sorprendido mientras procesó esa última confesión, recordando a una persona que conoció en un barco, los rumores de un incendio, la muerte de un niño, los periódicos viejos, y se quedó en la misma posición que el joven lo había dejado por un rato mientras recopila todo.

Y finalmente, al tiempo que la lluvia iniciaba, entendió lo que el tal William buscaba: Probarlo para ver si era útil en su venganza.