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La nieve caía suave sobre las torres de Hogwarts, pero Draco Malfoy no la miraba.
Sentada junto a la ventana del aula vacía de Encantamientos, sostenía una carta entre los dedos enguantados de cuero negro. Su expresión era, como siempre, perfecta: fría, elegante, distante. Pero había una pequeña curva en sus labios que los alumnos de séptimo no le conocían. Ni Pansy, ni Blaise, ni Zabini, ni siquiera Snape habrían reconocido esa sonrisa sutil. Como si el invierno no tocara su piel.
La carta, escrita con tinta turquesa y sellada con cera con un tridente grabado, decía simplemente:
*"Volveré en marzo. Faltan tres lunas.
Siempre tuyo,
—P.J."*
Draco la guardó en el doble fondo de su baúl, junto al anillo de compromiso.
La historia no era conocida. Ni siquiera Hermione Granger, con todos sus mapas y sospechas, sabía que la hija de Lucius Malfoy llevaba comprometida desde los quince años.
Pero todo comenzó cuando Draco tenía doce.
Aquel verano la enviaron a un internado mágico de élite en Suiza, entre clases de etiqueta, idiomas antiguos y duelos diplomáticos. Allí, en una visita de embajadores mágicos, lo vio por primera vez.
Percy Jackson. Hijo del embajador de magia griega y romana. También tenía doce, aunque parecía estar más interesado en lanzarse al lago del campus con una camiseta mojada que en aprender encantamientos rituales. Tenía el cabello oscuro, ojos color del mar, y una sonrisa que desarmaba hasta al mago más arrogante.
Y, sin embargo, cuando vio a Draco, se quedó quieto.
Ni siquiera intentó acercarse. Solo la miró como si hubiera encontrado algo que llevaba años buscando.
Ella, por supuesto, lo ignoró. Al principio.
Pero cuando Percy rescató a un hipogrifo herido a mitad de la clase de Zoología Mágica, Draco se acercó. Por curiosidad. Por desafío.
—Creí que los semidioses eran más... salvajes —le dijo.
Él le sonrió.
—¿Y yo creí que las chicas con trenzas perfectas no sabían conjurar fuego azul en defensa.
Y así empezó.
Se escribieron durante tres años en secreto. Usaron pergaminos encantados que se quemaban después de leerse, invocaciones a través de espejos conectados con magia antigua, y a veces, en los veranos, se encontraban en terreno neutral: un lago en Escocia, una feria mágica en Noruega, la costa de Long Island.
Percy se enamoró a primera vista. Draco tardó más.
Pero cuando cumplió quince, y Percy apareció en su puerta durante la fiesta de compromiso que sus padres habían organizado para un auror inglés —con una armadura mágica hecha de perlas negras y una espada encantada en la cintura—, supo que no podía negarlo más.
Lo besó frente a su padre.
Y el auror se fue furioso.
Desde entonces, estuvieron comprometidos. En secreto.
Ahora, en séptimo año, nadie en Hogwarts lo sabía.
Ni siquiera Potter.
Aunque empezaba a sospechar.
—Ya no discutes con ella —dijo Ron una tarde, mirando cómo Draco pasaba junto a ellos sin molestarse en insultar a Harry.
Harry no contestó. Solo la siguió con la mirada.
Ella ya no se giraba. No lo retaba. No se cruzaban hechizos en los pasillos ni intercambiaban veneno verbal.
Solo distancia.
Y eso lo molestaba más que cualquier enfrentamiento.
La verdad era simple: Draco Malfoy se estaba enamorando cada día más de Percy.
Aunque no podía decírselo a nadie. Ni siquiera a Pansy.
Y Percy... Percy la escribía como si fuera poesía. Aunque su letra era terrible.
"Cuando vuelva, quiero verte con el cabello suelto. Quiero dormir bajo el sauce del lago contigo. No me importa la política, ni tu apellido, ni si el mundo nos quema. Me importa tu voz. Y cómo dices mi nombre cuando no finges ser fuerte."
Draco lo releía cada noche, en la oscuridad de su cama con cortinas de terciopelo verde.
Y por primera vez en su vida, pensaba que tal vez estaba a salvo.
La llegada de Percy a Hogwarts fue discreta... hasta que no lo fue.
Él no venía por un torneo. No por una alianza. Venía por ella.
Cruzó el Gran Comedor con su chaqueta azul, los jeans rotos, y un colgante con un símbolo griego que a nadie le resultaba familiar. El viento parecía seguirlo. El agua del vaso de McGonagall tembló al pasar.
Draco se levantó.
Y ante todos, caminó hacia él.
No dijo nada. Solo le tomó la mano.
Y en medio del silencio total, dejó que Percy le colocara de nuevo el anillo de compromiso en el dedo.
Harry se levantó tan bruscamente que su silla cayó hacia atrás.
Los rumores ardieron como fuego fatuo.
"¿Un semidios?"
"¿De verdad está comprometida con un extranjero?"
"¿Lo sabía el Ministerio?"
"¿Y Potter? ¿Por qué parece querer matar a Jackson?"
Harry la siguió hasta la Torre Norte.
—¿Desde cuándo? —le preguntó, la voz tensa.
—Desde que tenía doce —respondió Draco sin rodeos—. ¿Te duele más que no te lo dijera, o que dejara de ser tu rival?
Harry apretó los puños.
—¿Qué te hizo él que yo no?
Draco se volvió, su cabello recogido, el anillo brillando con luz de luna.
—Él me vio, Potter. No como una enemiga. No como una Malfoy. No como una sombra a la que temer o vencer.
Como alguien que merece ser amada.
Harry no dijo nada.
No podía.
Esa noche, Percy y Draco se escaparon al lago.
Se sentaron bajo el sauce.
—¿Te arrepientes de que lo sepan? —preguntó él, acariciándole la mano.
Draco negó. —Por primera vez, no me importa lo que digan.
Él le besó la frente.
—¿Y si no encajo en tu mundo?
—Entonces —susurró Draco, apoyándose en su pecho—, romperemos los dos mundos. Y construiremos uno nuevo.
El anillo brilló con luz propia.
El agua del lago se alzó unos centímetros.
Y en el cielo, las estrellas se movieron levemente.
Un presagio.
Un compromiso entre dos mundos.
