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Ser un héroe puede pasar desapercibido. Puedes ser recordado por toda la eternidad, tus hazañas reflejadas en los murales que decorarán la plaza del pueblo que portará tu nombre. Quizás una estatua o un símbolo… O una leyenda.
Puedes ser el que salvó al reino del Cataclismo.
Puedes ser el portador de la Espada Destructora del Mal.
O acabar siendo el chico del que casi nadie recuerda su nombre.
Aunque nada de eso importa, a él no le importa. Todos están a salvo, por fin pueden descansar después de cien años de guerra e incertidumbre. Poco a poco el reino de Hyrule se está reconstruyendo y las actuales investigaciones siguen su curso a punto de obtener sus frutos. A quién le importa la fama y el reconocimiento cuando por fin en el aire se puede respirar una pizca de paz y tranquilidad.
Pero esa paz se vuelve a enterrar en el momento que cae la noche. El portador de la Espada Destructora del Mal es simplemente eso, una leyenda, una figura heróica que genera esperanza hacia un futuro libre de la oscuridad que, dormida, sigue acechando. El chico que habita detrás de esa figura es quien sufre las consecuencias en silencio. A veces es dormir lo que resulta difícil, los recuerdos de aquella guerra y esas pequeñas batallas azotando como viles pesadillas. Otras, despertar resulta de lo más desconcertante, desorientado, su cabeza regresando a la cámara donde sufrió un letargo de cien años.
Hoy es una más de esas noches, en su pequeña casa algo apartada en la aldea Hatelia. Pequeñas gotas impactan contra la ventana que se encuentra al lado de la cama. La lluvia ha decidido presentarse en mitad de la madrugada, despertando a todo aquel con el sueño ligero. Las gotas caen con más fuerza y Link se retuerce entre sueños y promesas.
Ganon ha ganado y él ha fallado en proteger a la princesa Zelda. No puede respirar, su cuerpo aprisionado por el aura maligna que poco a poco le va arrebatando su energía vital. La princesa a unos metros delante de él, su luz, su poder divino, apagándose poco a poco. No pueden evitar mirarse y Link siente que no es merecedor de su mirada ante su fracaso. No puede luchar, ni reaccionar, ni siquiera es capaz de que una palabra salga de su boca. Sus ojos cubiertos de lágrimas no pueden hacer otra cosa que no sea mirar cómo Zelda, su amiga, su… todo, se le está siendo arrebatado. Nunca había estado realmente a la altura. Ha fallado, otra vez, y no hay ninguna otra oportunidad que sea capaz de enmendar este error.
El deseo de impedir esa atrocidad provoca su lucidez. Link despierta con la respiración agitada, sentándose inmediatamente en la cama y sus manos buscando la espada como memoria muscular. No la encuentra, obviamente; pero Zelda está en peligro. Tiene que hacer algo. Tiene que salvarla. Tiene que…
—¿Link?
Y todos sus pensamientos se detienen con esa voz. No le da tiempo a girarse y volver a la cama pues enseguida siente unos brazos rodeando su cuerpo y una cabeza apoyándose en su espalda desnuda. Sus músculos se relajan mientras se deja llevar por el aroma que le recuerda que todo ha acabado, que están a salvo y que lo que acaba de vivir no ha sido más que un mal sueño.
—¿Va todo bien? —pregunta la voz. Link abraza las manos que lo sostienen y lo anclan al mundo real. No se ve capaz de hablar, el nudo que se está formando en su garganta se lo impide.
Las lágrimas aparecen cuando logra inclinarse un poco y la ve a su lado ofreciéndole la sonrisa más radiante que jamás ha visto en nadie más con la intención de hacerlo sentir mejor. Es recibido por esos ojos verde esperanza de Zelda y de repente todo vuelve a estar bien.
—Solo ha sido un sueño, Link —le asegura—. Estoy bien. Estamos bien.
Suspira, deja caer su cabeza en el hombro de la princesa y ella acaricia sus cabellos rubios con cariño. El coletero que mantenía su pelo recogido antaño yace olvidado en uno de los cajones desde que una tarde ella le dijo que suelto le quedaba bien. El recuerdo atrae un rubor en sus mejillas y enfrenta su cuerpo con el de Zelda para poder abrazarla por completo. Ahora es Zelda quien porta el cabello corto, su rostro más despejado para el trabajo de campo de sus investigaciones.
Link pasea sus manos por todos los recovecos de la piel contraria, asegurándose de que es real y que por fin ha escapado de la pesadilla que lo atormentaba.
Viven juntos, en Hatelia, en la casa que compró gracias a que nadie de la aldea la quería. Y ellos… simplemente surgieron, como si siempre hubieran estado destinados a suceder. Sencillo, como si se conocieran de toda la vida. Es muy probable que Link no sea el único del reino enamorado de la princesa Zelda, pero sí el que ella escogió de todas esas personas.
Se aparta despacio de su hombro y su mirada se desvía sin su permiso hacia esos labios que lo reciben todas las mañanas con un: “Buenos días”. Aún lo consume la vergüenza, Zelda sigue siendo la princesa y futura reina, después de todo, mientras que él sigue siendo un caballero más del montón. Ella sonríe y Link siente cómo pasa la mano por su nuca y su cuello para atraerlo de una vez a sus labios.
Link suspira en mitad del beso, dejando que el aire escape de su nariz al mismo tiempo que una carga invisible se desprende de sus hombros.
Quizás la historia los recuerde como dos leyendas, una profecía, pero la historia que realmente le gusta a Link es la que ambos están formando en estos momentos, juntos.
El beso le hace sentir como si fuera la primera vez. Esa emoción, el latir desbocado de su corazón, la felicidad, la calma…
—Estoy aquí —susurra ella como si no estuvieran solos. Link asiente y deja que Zelda lleve su cuerpo de vuelta a la cama, aún abrazándolo.
Ambos cierran los ojos, esperan dormir un poco más hasta que salga el sol. Link apoya la cabeza en el pecho de Zelda, el bombeo de su corazón actuando como un tranquilizante para él.
Es solo cuando sus párpados vuelven a sentirse pesados que Link confiesa: “Te quiero”. Exclusivamente para los oídos de la princesa.
—Y yo a ti —comparte con un último beso en la frente de Link antes de que el sueño los volviese a atrapar.
Mañana sería otro arduo día.
