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Mitsuki soltó un suspiro de satisfacción al finalmente poder dejar las maletas en la sala de su hogar. Estiro los brazos por sobre la cabeza, tarareando al sentir los huesos de su espalda crujir.
El vuelo de regreso de USA había sido largo, más aún con el retraso que tuvieron que esperar. Sintió el sonido de la maleta de su esposo detrás y pronto sus cálidas manos estaba sobre sus hombros, tratando de aliviar un poco de la tensión acumulada.
Deseaba comer algo y luego tirarse en su cama a dormir durante al menos 12 horas seguidas.
Antes de que pudiera decirle a Masaru que llamaran a su restaurante de ramen favorito, la puerta principal se abrió y un chico entro confiadamente.
Vestía el uniforme de Aldera, pero sin la corbata y con al menos tres botones de la camisa desabrochados. Su cabello era negro y rapado de los costados, sus ojos eran oscuros y en su oreja derecha había una perforación. Traía las manos en los bolsillos y su mochila acababa de caer junto al recibidor.
Se sacó los zapatos y tomo una de las pantuflas que estaban en el mueble, para luego girarse hacía ellos, quedándose petrificado al darse cuenta de que tenía compañía.
Mitsuki sabía que los niños de hoy en día tenían nuevos conceptos para describir las apariencias de las personas, pero si le preguntaban a ella, la única palabra que venía a su mente al verlo era: “Delincuente”.
—Ah, Sr. Y Sra. Bakugou, no esperábamos verlos por aquí tan pronto— Comentó el niño.
Mitsuki se sintió descolocada por un momento. ¿A qué se refería con eso? Esta es su casa, por supuesto que vendría aquí en cuanto tuviera la oportunidad.
Pero antes de que pudiera formular una respuesta, el mocoso ya los había pasado de largo, siguiendo su camino hacía la cocina.
Como si estuvieran en un trance, la rubia se encontró siguiéndolo.
Ahora que lo veía por detrás, se dio cuenta de que el niño era alto, un poco flacucho, pero la línea de sus hombros era sólida. Su camisa estaba arremangada hasta los codos, dejando ver manchas oscuras en sus antebrazos.
—Asumo que eres un amigo de Katsuki— Escuchó la calmada voz de su esposo hablar desde su costado.
—Agei Kariage, a su servicio— Se presentó el mocoso, dando una leve reverencia burlona.
Y como si no estuviera invadiendo su hogar, se acerco al estante sobre el lavaplatos y saco un vaso negro con el estampado de un Pomerania al medio. Luego, se dirigió al refrigerador y sacó una jarra con limonada, sirviéndose calmadamente. Y, procedió a sentarse en uno de los taburetes, observándolos fijamente.
Mitsuki no sabia si estar ofendida por su flagrante falta de respeto o asombrada por el atrevimiento que tenía.
—Kariage… ¿Sabes donde esta nuestro hijo? —Cuestiono el castaño.
—A esta hora debería estar en casa, pero ayer se estaba quejando de que se le acabo el chile en polvo, así que probablemente fue a la tienda de dos cuadras a comprar. Es muy exigente con sus especies— Respondió como si no lo supieran.
Oh mierda.
Mitsuki en realidad no lo sabía.
Para su suerte, rompiendo con el aire de incomodidad que se había creado. La puerta principal se volvió a abrir.
—¿Estás aquí? — Cuestiono la voz de su mocoso.
—En la cocina— Contesto Kariage, como si fuera algo que siempre hicieran.
Tas un par de segundos, las fuertes pisadas de Katsuki se dirigieron a la cocina.
—Quedaba un frasco, ¡Uno! Y esa anciana tonta que siempre le da de comer a las palomas pensó que me lo podía robar. Por supuesto que no la iba a dejar, pero me retó a una competencia.
Su hijo entró hecho una furia, agitando los brazos a medida que hablaba, enfocándose de inmediato en el chico pelinegro, sin notar que ellos estaban ahí.
—Le estaba ganando, te lo juro. Pero entonces dijo que no podía hacer todo lo que ella hacía y justo cuando acepte, ¡simplemente fue y se sacó la pierna! La perra tenía una pierna falsa y me engaño—Se quejaba.
Mitsuki observo como a medida que su cachorro hablaba se deslizaba por la cocina con familiaridad, sacando del mueble un vaso rojo con el estampado de un Dóberman al medio. Luego se dirigió al refrigerador y se sirvió limonada.
Y, en vez de sentarse en uno de los taburetes, se acerco a Kariage, hasta colocarse entre sus piernas, recostándose contra el pecho del chico.
—Me resigne a irme sin mi preciado chile, cuando entraron un par de pendejos y trataron de asaltar a la vieja. Obviamente la rescate y tuvo que darme el frasco como recompensa— Dijo con orgullo, sacando de su bolsillo el famoso frasco.
Se lo mostro al pelinegro con orgullo, siendo recibido con suaves y roncas risas.
Las manos del chico se deslizaron por la cintura de su cachorro, acercando más sus cuerpos y antes de que pudiera procesar la imagen, se estaban besando suavemente en el medio de la cocina.
Mitsuki se quedo perpleja. No pudo evitar retroceder un paso, siendo sostenida por la mano de su esposo en la espalda. Se volteo a mirar a Masaru, tratando de comprobar si lo que veía era real.
El rostro de su compañero estaba deformado en una mueca de dolor y arrepentimiento, la Alfa lo miro sin comprender, hasta que su esposo señalo su cuello.
Esta segura de que el crujido de su cuello se pudo escuchar de lo rápido que se giro a mirar a los dos chicos que continuaban en su mundo y sin poder evitarlo, un jadeo escapo de sus labios.
Porque en el costado del cuello de su cachorro, había una marca de unión. No parecía reciente, al contrario, estaba muy bien cicatrizada y tenía un saludable color rosado. Observó a Kariage y ahora que le prestaba mayor atención, podía ver la misma marca en el cuello del niño.
Su hijo había encontrado un compañero. Su hijo se había unido a otra persona y ellos no tenían ni idea.
Miyuko, su asistente personal, les comento el año pasado que Katsuki se había presentado saludablemente como un Omega, pero como el mocoso no los llamó, pensaron que se las estaba arreglando bien.
La ultima vez que lo vieron fue hace dos meses y Katsuki no había dicho nada. No menciono estar saliendo con alguien, ni siquiera insinuó que tenía planes de unirse a un Alfa alguna vez.
Y ahora estaban aquí, observando como su hijo estaba creciendo como un Omega hermoso. Fuerte, pero delicado, con una actitud fuerte y tal vez un poco temperamental, pero dejándose acurrucar por su compañero.
Su mirada se dirigió hacia la ventana al oírla sonar y pronto se estaba abriendo, dejando entrar a otro niño. Este era castaño, con el cabello hasta los hombros y con ojos grises llenos de emoción, también llevaba un uniforme de Aldera.
Entró tropezándose con sus propios pies, pero recupero el equilibrio rápidamente, lanzándose sobre la pareja que acababa de dejar de besarse.
—¡Hola, chicos! Me encontré con Tsubasa y dijo que su madre estaba preparando la cena esta noche. Va a hacer su estofado de carne— Comentó con ilusión.
Y nuevamente Mitsuki se vio relegada a observar como su hijo era abrazado entre dos niños, con uno acunándolo entre sus brazos y el otro dejando un sonoro beso en su mejilla.
Katsuki parecía… feliz.
Su cuerpo estaba relajado, sonreía levemente y sus insultos se habían suavizado hasta parecer palabras cariñosas.
La atmosfera entre los tres niños era totalmente acogedora, hasta que el castaño levanto la vista y finalmente se percato de su presencia, dándole un codazo a su cachorro.
Luego de dos meses sus miradas volvían a reencontrarse.
Tal vez esperaba una reacción más exagerada. Sorpresa, vergüenza, negación. Pero en los ojos de su cachorro no había nada más que una ligera curiosidad.
—Ugh, hola. No avisaron que venían— Fueron sus primeras palabras— ¿Cuándo se van?
No pudo describir la sensación en su pecho al escuchar esas palabras. Porque eran la verdad. Cada vez que volvían a casa nunca estaban más de dos semanas, porque tenían que irse del país o a otra región a trabajar en nuevos diseños que presentar para la temporada siguiente.
La habían jodido. Demasiado.
Si se colocara a reflexionar, esta segura de que la primera vez que dejaron a Katsuki solo fue cuando el cachorro tenía 5 años. Era solo una noche y regresarían por la mañana.
No había sucedido nada malo.
Y así, una noche se transformo en un día. Y un día, en dos, tres y luego una semana entera.
A medida que notaban que Katsuki podía estar solo se fueron haciendo más despreocupados.
Su cachorro tenía 13 años. 13 años… y solo habían compartido 5.
Llevaban 8 años dejándolo atrás, 8 años sin pensar en lo que podía sucederle a un niño que estaba constantemente solo. Le entregaron dinero, acceso a sus tarjetas y lo dejaron a su suerte.
Y aún así, Katsuki estaba ahí. Estaba bien, estaba acompañado, lucía saludable, parecía alimentarse adecuadamente y su cuerpo tenía músculos que delataban entrenamiento.
Su cuerpo se había llenado de curvas que antes no tenía, su figura era estilizada y hermosa.
Su niño se había convertido en un Omega, se presentó, tuvo su primero celo y ellos no habían estado ahí.
Podía sentir la mano de Masaru en su espalda temblar. Ella misma sentía sus rodillas débiles ante la realización que acababa de tener.
Se convirtieron en padres de mierda.
Mitsuki recuerda haber sido una niña y haber odiado a una madre que nunca le dijo que la amaba, una madre que ignoraba su existencia. Recuerda haberse jurado a sí misma que jamás iba a ser así. Pero al final lo único que hizo fue repetir los errores de ella.
¿Cómo podía mirar a su cachorro a los ojos? Si antes de que se diera cuenta de lo desconectada que estaban de su vida, planeaba dormir 12 horas seguidas, descansar un par de día y comenzar con su nueva campaña al otro lado del país.
Por supuesto que lo primero que Katsuki les preguntaría sería cuando se iban. Después de todo, era lo único que sabían hacer.
A pesar de sus piernas temblorosas, dio la vuelta al mesón, tratando de alcanzar a su cachorro.
Pero antes de que pudiera si quiera pensar en tocarlo, un cuerpo se interpuso.
El pelinegro, Kariage, se había colocado por delante de Katsuki y el otro niño, el castaño, se coloco a su lado. Bloqueando la vista del rubio.
Sus miradas eran duras, dejando atrás toda la suavidad que habían presenciado hace apenas un par de minutos.
Se había equivocado en otra cosa más. Porque no eran dos niños parados delante suyo, eran dos hombres. Un Alfa y un Beta que estaban protegiendo a su compañero.
—Es mi cachorro… —Trató de explicarse.
Tal vez en otra vida les abría gritado a estos hombres, echándolos de su casa.
Pero en esta no, porque no era ella la que estaba aquí, no era ella la que acompaño a su hijo en su presentación, no fue ella la que sostuvo su mano mientras sufría su primero celo, no fue ella la primera en abrazarlo. No era ella la que conocía sus miedos, sus inseguridades. No era ella la que conocía sus logros, sus triunfos y sus mejores historias.
Puede que sea familia, pero ella ya no era su manada.
—No pensamos… Nunca quisimos… —Escuchó a su esposo tartamudear.
Pero no había excusa que pudiera justificar sus acciones. Porque siempre tuvieron la verdad frente a sus ojos, simplemente decidieron hacerse los ciegos.
La mano de Katsuki se asomo entre medio de los dos chicos que lo protegían, palmeando sus hombros, hasta que ambos se relajaron un poco.
El castaño se alejo tras meditarlo un segundo, parándose al otro lado de la cocina, pero sin dejar de observarlos. Mientras que el pelinegro simplemente se giró, quedando frente a frente con el Omega.
Mitsuki observo con la respiración contenida como los chicos se comunicaban silenciosamente, podía notar como sus miradas no se despegaban y hacían pequeños gestos con las manos. Pero finalmente, su cachorro pareció ganar, mientras que el pelinegro se veía resignado.
La rubia presencio como el Alfa se alejaba un poco de la escena y pronto estaba parada frente a su hijo.
Había tanto por decir, que no era capaz de encontrar las palabras correctas. Pero su esposo se adelantó, en vez de hablar, simplemente acorto la distancia, atrapando al cachorro en un fuerte abrazo.
Mitsuki vio la rigidez en el cuerpo de su hijo, la forma en que el Alfa pelinegro se movía nerviosamente y cómo el Beta parecía querer rebotar en su lugar. Pero tras unos segundos el Omega se relajó, dejándose fundir en el agarre de su padre y todos parecieron tranquilizarse de inmediato.
Sus ojos se llenaron de lagrimas y sin querer esperar más tiempo, se acerco a los dos. Sus dedos se deslizaron por los rubios cabellos de su hijo, notando lo similares que eran. Luego, continuo con su recorrido, rozando ligeramente la marca de unión en su cuello.
Finalmente, sin poder contenerlo más tiempo, se aferro a su cachorro.
Su pequeño Omega era cálido de una manera reconfortante. Sus manos eran firmes y su cuerpo no se movía ni un centímetro.
Era un protector.
No pudo seguir aguantando las lagrimas y mientras trataba de procesar que era la primera vez en al menos tres años que abrazaba a su hijo, se percato de su aroma.
Tenía una nota de picante y ahumado, mezclado con un regusto dulzón, pero sin ser empalagoso. Era un aroma cálido, fuerte y que se quedaba impregnado en las fosas nasales.
Y por debajo de su olor, había otros más.
El más fuerte era el del humo y la gasolina, pero también estaban presentes tonos de frambuesa; de limón y menta; de algo terroso, como el olor que queda después de la lluvia; de chocolate amargo junto a una pizca de café; y un aroma a pan recién hecho.
Su cachorro no estaba solo.
Pero lo que la dejaba más tranquila, es que había escogido a un buen compañero.
Uno que estaba dispuesto a protegerlo de quien fuera necesario.
