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Language:
Español
Stats:
Published:
2025-06-06
Words:
1,059
Chapters:
1/1
Hits:
15

Hay un poltergeist suelto

Summary:

Dean y Sam Winchester están en Hibbing, Minnesota, investigando lo que parece ser un asesinato sobrenatural. Sin embargo, antes de que puedan resolver el caso, el Detective Harding y su equipo los arrestan.

Work Text:

La sirena aulló, cortando el silencio de la noche en Hibbing, Minnesota. Dean gruñó, mirando por encima del hombro a las luces azules y rojas que se acercaban rápidamente. "Genial", masculló, "justo lo que necesitábamos".


Él y Sam estaban inspeccionando la escena del último "accidente" fatal: una mujer que, según la policía local, se había caído por las escaleras. Pero los Winchester sabían que las marcas de arrastre en la alfombra y el candelabro que inexplicablemente se había soltado del techo contaban otra historia. Un poltergeist, furioso y cada vez más fuerte, era el culpable.
Antes de que pudieran terminar de tomar fotos, dos coches de policía se detuvieron bruscamente, y varios oficiales salieron, con las manos en las fundas de sus armas. Un hombre corpulento, el detective Harding, se adelantó. Su mirada era de acero.

"Manos donde pueda verlas, los dos", ordenó Harding con voz grave.

"Tenemos una orden de arresto".

Sam y Dean se miraron, perplejos. Levantaron las manos lentamente.

"¿De qué se supone que se nos acusa?", preguntó Dean, su voz tensa.

Harding sonrió fríamente. "Asesinato, para empezar. La muerte de la señorita Clara Jenkins. Y eso es solo el principio, Winchester. Tenemos una lista bastante larga de 'accidentes' y desapariciones misteriosas que los siguen a ustedes por todo el país". Se volvió hacia Sam. "Y usted, señor Campbell... o debería decir, Winchester. Su novia, Jessica Moore. ¿Le suena?

Incendio provocado y asesinato. El patrón es inconfundible".

La mención de Jessica golpeó a Sam como un puñetazo en el estómago. La ira se encendió en los ojos de Dean.

"Están cometiendo un error", dijo Dean, sus puños apretándose. "Estamos aquí investigando lo mismo que ustedes, solo que sabemos lo que realmente pasó".

"¿Y qué es eso, un caso de combustión espontánea o posesión demoníaca?", se burló Harding, dando un paso más cerca. "Ahorren el cuento para el juez. Ya tenemos suficientes casos donde su presencia coincide con la decesos extraños. Es una coincidencia, ¿verdad?"

Pero los oficiales no escuchaban. En cuestión de minutos, Sam y Dean estaban esposados, sus manos frías y las esposas apretando sus muñecas.

Fueron metidos sin miramientos en coches de policía separados.

En la Estación de Policía

En la estación, la interrogación fue brutal. El detective Harding no dejaba de presionar, presentándoles carpetas llenas de informes policiales de todo el país: incendios inexplicables, muertes extrañas, personas que parecían haber sido arrojadas por la fuerza a través de habitaciones. Cada incidente estaba ligado a la presencia de los hermanos.

"No hay forma de que esto sea humano", insistió Sam por enésima vez, su voz ronca. "No hay huellas dactilares, no hay evidencia de fuerza de entrada. Es... es sobrenatural".

Harding se rio, una risa áspera. "¿Ah, sobrenatural? ¿Ahora creen en fantasmas, señor Winchester? ¿O es una coartada conveniente para sus crímenes? Miren, tenemos testigos que los vieron en la casa. Las víctimas, sus conocidos... todos terminan en situaciones inusuales cuando ustedes están cerca".

"Es un poltergeist", espetó Dean desde la sala de interrogatorios contigua, donde su voz se filtraba a través de la delgada pared. "Las cosas no se caen solas de los estantes, la gente no levita antes de caerse por una ventana. ¡Esta casa está embrujada!"

"¡Basta de tonterías, Winchester!", gritó Harding, golpeando la mesa frente a Sam. "Esto no es una película de terror. Dos personas han muerto en esa casa en una semana, y las pruebas nos llevan a ustedes. ¿Cómo explican la fuerza sobrehumana que arrancó el candelabro del techo? ¿Y las marcas de arrastre que no coinciden con ninguna huella de calzado?"

"Exactamente", dijo Sam, tratando de mantener la calma. "No es fuerza humana. No es un arma convencional. Es... una entidad. Una fuerza que no pueden ver ni tocar con sus métodos normales".

"¿Una entidad?", se burló Harding, levantando una ceja. "Así que, ¿son cazadores de fantasmas ahora? ¿Y qué usan, trampas de protones?" Su tono era mordaz.

La frustración de los hermanos crecía con cada minuto. Veían la verdad tan claramente, pero los oficiales estaban ciegos a ella, atados a su lógica mundana. De repente, las luces de la sala de interrogatorios de Sam parpadearon violentamente. Un portapapeles salió volando de la mesa de Harding y se estrelló contra la pared. Harding saltó, con los ojos muy abiertos.

"¿Qué diablos...?", tartamudeó Harding, retrocediendo un paso.
En la sala de Dean, el ventilador de techo comenzó a girar erráticamente, luego se soltó de sus anclajes y cayó al suelo con un estruendo, casi golpeando la cabeza de un oficial. Un frío helado llenó ambas habitaciones. Los lápices levitaron y cayeron, las sillas se tambalearon.

Los oficiales, hasta ahora tan escépticos, se miraron con terror en sus rostros. Harding, pálido, se agachó cuando una pila de expedientes se deslizó de su escritorio y se esparció por el suelo.

"¿Todavía cree que estamos locos, detective?", preguntó Sam, su voz extrañamente tranquila en medio del caos. "Esto es lo que investigamos. Esto es lo que combatimos".

El caos duró solo un minuto más antes de que se detuviera tan abruptamente como había comenzado. El silencio que siguió fue aún más pesado, roto solo por las respiraciones agitadas de los oficiales.

Harding se enderezó lentamente, su rostro una mezcla de shock y una incipiente creencia. Miró a los hermanos, su perspectiva del mundo hecha añicos en cuestión de segundos.

"¿Qué... qué fue eso?", susurró Harding, su voz apenas audible. Otro oficial, más joven, se cubría la boca con la mano, sus ojos fijos en el ventilador destrozado.

"Eso, detective", dijo Dean, su voz ahora con un dejo de autoridad, "es un poltergeist. Y es por eso que estamos aquí. Si no nos dejan ir y nos ayudan a detenerlo, no solo no atraparán al verdadero culpable, sino que la próxima persona en morir en esa casa podría ser uno de sus propios oficiales. Créame, los fantasmas no siguen sus reglas".

El detective Harding, todavía temblando, finalmente asintió. "Despósenlos", ordenó a sus oficiales, con la voz apenas audible. "Y... denles lo que necesiten. Parece que tenemos un problema mucho más grande de lo que pensábamos".

Las esposas se abrieron, y la sangre volvió a las manos entumecidas de los Winchester. Se pusieron de pie, intercambiando una mirada de alivio agrio. La incredulidad se había desvanecido, reemplazada por el terror de lo desconocido. Los hermanos sabían que la verdadera caza apenas comenzaba.