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La determinación en tus ojos, el amor en los míos

Summary:

Reflexiones de Roberto en cuanto a sus sentimientos.

Notes:

Fic inspirado únicamente en los personajes que representaron los actores de la película La sociedad de la nieve: Matías Recalt y Agustín Pardella. No pretende faltar el respeto a a las víctimas o sobrevivientes reales del vuelo 571

Work Text:

Roberto sintió que podía soportar casi cualquier cosa, pero la experiencia de esta última expedición derribó todas sus defensas. Hoy, luchando por sobrevivir, se dio cuenta de que nada de lo que tuvo, o pensó que tendría, lo iba a salvar. Incluso ahora, que sentía que estaba terminando su existencia debido al cansancio y a los malestares estomacales, pensó que nada peor habría de lo que estaba sucediendo en su mente.

Siempre creyó que sus estudios, su familia y especialmente su novia eran lo más importante en el mundo. Lauri era una chica maravillosa, guapísima y con una paciencia digna de un santo. Hasta hace poco, ejerciendo de médico en el fuselaje, se sentía en control de la situación. Ahora se sorprendía al sentir que dependía de alguien más y, contrario a lo que él pensaba, esa sensación no le era desagradable. Al contrario, le permitía echar por tierra las murallas que había levantado en torno a sí mismo.

Allá en Montevideo jugando para el Old Christians Club, le incomodaba un poco la estrecha amistad de Panchito con Nando y, más de una vez, se lo dijo al rubio:

—Tu amigo Panchito te está llevando por una vida muy disoluta, solo discotecas y chicas.

—Pero aún soy joven —protestaba Nando—. No le estamos haciendo daño a nadie, solo salir a divertirnos.

—¿Y acaso crees que no hay algo más allá de tu nariz, so pelotudo? —lo regañaba Roberto.

Incluso un día decidió jugarse todas sus cartas y reclamarle a Panchito:

—Oye, tarado. Si sos su amigo, deberías motivarlo a que estudie, no hacerlo un mujeriego.

—Pero Nando es tranquilo —le respondía Panchito—. Necesita distraerse. Las matemáticas le disgustan y lo estresan. Entonces, como soy un buen amigo, tengo que llevarlo a que conozca el mundo.

—Eso no se hace —replicaba el estudiante de medicina.

Hoy, caminando a través de un sendero pedregoso, harapientos y muertos de cansancio, Roberto se dio cuenta de que no eran las calificaciones de Nando lo que más le preocupaba. Saber que cambiaba de novia o de acompañante cada fin de semana lo sacaba de quicio y lo exasperaba porque no era capaz de tener una novia permanente y formal como Lauri.

El día anterior, Nando se dio cuenta de que Roberto estaba demasiado débil para continuar caminando. Sin dudarlo, lo ayudó a cargar su mochila y lo guió hacia un lugar seguro. Este acto de protección hizo que Roberto viera a Nando bajo una nueva luz, más allá de la superficialidad que solía percibir en él.

Hoy al atardecer, mientras descansaban después de un largo día, Nando colocó su campera sobre Roberto para protegerlo del frío.

Se percató de lo importante que era el rubio en su vida al poco de iniciar la expedición. Cuando bajaban por las montañas llenas de nieve. Nando se deslizaba sentado y no pudo ejercer suficiente fuerza con las piernas para detenerse, hasta que vio lo que suponía era una roca cubierta de blanco. Sabía que si chocaba contra ese obstáculo moriría…

Al final solo era una pared de nieve que se deshizo inmediatamente cuando el cuerpo de Nando impactó en ella.

Roberto sintió el pánico apoderarse de él al ver cómo su compañero desaparecía. Sin perder un segundo, avanzó para ayudarlo.

—¡Nando! ¿Estás bien? —gritó Roberto con voz temblorosa.

—Estoy bien, solo un poco atascado —respondió Nando con una sonrisa nerviosa, aunque había miedo en sus ojos al ver cómo el hielo bajo él crujía con cada movimiento.

— Voy a sacarte de aquí —dijo Roberto con firmeza—.

Como jugadores de rugby eran buenos compañeros, pero no exactamente amigos, o por lo menos Nando no daba muestras de verlo como algo más que un colega de equipo. En el fuselaje se volvieron más cercanos y, hoy en la expedición, Roberto se da cuenta de que ya no puede prescindir de su compañero, de sentirse protegido y arropado por él, de necesitar tocarlo y, a su vez, estar presente en todos los momentos de su vida. Se sorprendió de sentir que necesitaba pertenecerle…

Eran tantos recuerdos juntos...

Y comenzó a llorar. Llorar porque tenía miedo de lo que sentía, porque nunca antes había visto a Nando como lo veía ahora: con ropa que le quedaba corta, con la piel cuarteada y quemada por el sol y la nieve, con la expresión cansada por el hambre y la angustia de haber dejado a Susy allá en el avión. A pesar de todo eso, Nando le pareció la máxima obra de la creación: los ojos verdes más hermosos, el cabello rubio, largo y ahora enmarañado.

Antes, Roberto creía que lo que sentía era una especie de mezcla entre admiración y un poquito de envidia por la belleza física de Nando. Hoy es cuando se da cuenta de que necesita de él como el aire, que no puede concebir una vida o un futuro sin él, al que hasta hace poco llamaba amigo y hoy se sorprendió diciéndole: "Somos uno solo". Cuando se lo dijo a su compañero de viaje, el otro respondió con una sonrisa, sin darse cuenta de la real dimensión que quería darle el estudiante de Medicina.

 

Roberto se preguntaba si acariciar al más alto sería un adiós o un nuevo comienzo. Nando finalmente abrió los ojos, aún cansado, y notó las lágrimas en el rostro de Roberto.

—¿Por qué llorás? —preguntó con voz ronca.

Roberto, aún indeciso, tomó un profundo respiro. Era el momento de ser valiente, de dejar de cargar con el peso de sus propios temores.

—Porque tengo miedo de perderte.

El silencio entre ambos fue largo, mientras Nando, aun soñoliento, procesaba las palabras de Roberto. Poco a poco, se incorporó y, con una sonrisa apenas perceptible, colocó una mano sobre el hombro de su amigo.

—No estás solo, Roberto.

Roberto sentía cómo el peso de su confesión empezaba a desvanecerse. Nando lo miró fijamente, con una mezcla de desconcierto y ternura, y aunque no decía nada, sus ojos parecían transmitir una comprensión que Roberto no esperaba.

—¿Qué haremos ahora? —preguntó Roberto, rompiendo el silencio.

Nando alzó la vista hacia el cielo, como buscando respuestas en las estrellas que aún eran visibles. Luego, con una sonrisa amable, respondió:

—Seguiremos adelante, juntos. No voy a dejar que este lugar nos venza.

Esas palabras, aunque simples, resonaron profundamente en Roberto. En ese momento, no le importaba lo que significara exactamente “juntos”, solo sabía que no estaba enfrentando esta lucha solo.

Los dos amigos comenzaron a preparar su equipo para continuar el arduo camino. Cada paso era una batalla contra la naturaleza, pero también contra sus propios miedos e incertidumbres. Mientras avanzaban, Nando se detenía de vez en cuando para mirar a Roberto, como asegurándose de que estaba bien. Ese gesto, aunque pequeño, llenaba el corazón de Roberto de esperanza.

 

Hace unos días decidió contarle lo que pensaba de Numa y Susy, y se sintió feliz porque Nando no mostró celos por “el futbolista”, como Roberto lo llamaba. Numa se interesó en Susy y no en su hermano. Se dio cuenta de que ambos solo se veían como amigos. "Entonces no hay sentimientos mutuos", pensó contento. "¿Pero qué hay de mí? Que Nando y Numa no estén enamorados uno del otro no significa nada. Eso no hará que Nando me quiera más. ¿Por qué rayos no puedo tenerlo todo?” Anhelaba los bellos ojos gitanos y tiernos de Lauri y la mirada color esmeralda llena de amabilidad y determinación que poseía Nando.

Otra noche y el más alto descansaba, estaba realmente agotado. Y aunque Roberto lo movía para que se despierte, se le notaba rendido. Ahora, Nando estaba al mismo nivel de Lauri en su escala de afectos.

Era tan hermosa la naturaleza y, a la vez, indomable. Este cielo de madrugada lleno de estrellas invitaba al amor, pero tenía miedo y vergüenza a la vez. Todo lo que había experimentado lo llevaba a cuestionarse la verdad de aquello en lo que había creído que era bueno o malo. Sintió que aquello que otros llaman virtud o decencia quizá era solo una cárcel. Si Nando lo rechazaba, no lucharía más. Estaba tan harto de todo.

Consideró que, a pesar de todo lo que había pasado en la montaña y ahora en la expedición, nada habría peor que el desprecio de Nando si supiera de sus sentimientos.

Roberto pensó: "Hoy o nunca, quizá mañana estemos muertos".

Aún con lágrimas corriendo por sus mejillas no pensó detenerse…

Se inclinó temeroso y lo besó suavemente. No se despertó, así que lo besó con más insistencia, sintiendo los labios cuarteados y sangrantes de ambos.

Nando, sobresaltado, lo observó en silencio por un largo rato.

Roberto, aun lloroso, bajó la mirada.

—No quiero que pensés que soy un maldito maricón…

—Roberto, no te juzgo. Solo creo que estás confundido, seguro extrañás a tu novia… Quizá el cansancio y el hambre…

—Nada de cansancio ni hambre, gran imbécil. Yo no estoy confundido, ahora lo sé.

—¿Y Lauri?

—La amo también, pero no sé si volveré a verla. Solo sé que vos estás acá, a mi lado. Y si algo malo te pasa, yo me muero con vos, boludo.

 

Nando se dio cuenta entonces de por qué Roberto había aceptado acompañarlo en la expedición, a pesar de no tener fe en el resultado de toda esa larga caminata.

Nando iba hacia la muerte, y Roberto jamás lo abandonaría, sin importar lo que ese viaje significara para ambos. Lo amaba tanto que no permitiría que muriera solo.

Finalmente, Nando colocó una mano sobre el hombro de Roberto.

—Roberto —dijo suavemente—. Lo que importa es que estamos aquí, cuidándonos el uno al otro. Lo demás... podemos descubrirlo juntos, sin presiones.

Esas palabras fueron como un bálsamo para el alma y el corazón de Roberto. Aunque sabía que su futuro era incierto, se dio cuenta de que no necesitaba todas las respuestas ahora. Solo necesitaba estar junto a Nando.

Se acomodaron en la bolsa de dormir.

—Fingiremos que estoy dormido —murmuró el estudiante de medicina, dando la espalda a su compañero—. Podés hacer de mí lo que vos quieras. ¿Ta?