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Conociendo al magi oscuro.

Notes:

Pues bueno, decidí subir capítulos/one-shots del lore de mi selfship con Judar. Trataré de subirlos en orden cronológico, así que comenzaré con el primer encuentro de Thana y Judar ~

Me disculpo de antemano por el cringe que pueda causar jsjs

Work Text:

El cielo estaba despejado, y al aire seco y templado de la ciudad le acompañaba el bullicio de las personas del mercado. A pesar de encontrarse en la capital del Imperio Kou, no parecía tan próspero de materias primas como el de otras ciudades comerciales que Thana había visitado. Se notaba que el fuerte de aquel país era el ejército, no el comercio, pero eso no le impidió querer visitarlo.

Thana era una joven comerciante que solía viajar constantemente, de una ciudad a otra, incluso entre países. Su especialidad eran los perfumes y esencias aromáticas, además de algunos productos derivados como velas e inciensos. Normalmente viajaba en caravana, pero eso no fue posible al visitar el Imperio Kou, ya que en Rakushou no aceptaban mercaderes extranjeros, así que tuvo que hacerlo de manera independiente y como turista. El cambio de sus dinares por el huan —la moneda del Imperio— fue otro fastidio, pero todo valdría la pena si conseguía nuevos ingredientes para su trabajo.

Y aunque no fue mucho, encontró una o dos cosas interesantes, como algunas frutas y especias, presentaciones distintas de frascos y pequeñas bolsas de tela que podría aprovechar para vender los jabones perfumados.

Por estar distraída con sus compras, y por admirar las calles de la ciudad, no tuvo cuidado y chocó con alguien frente a ella, perdiendo el equilibrio y cayendo de sentón. Debido al impacto, su bolso se abrió y varios de sus frascos rodaron por el suelo.

—¡Ja! Qué manera tan patética de caer —soltó una voz masculina, cargada de burla hacia ella.

Thana alzó la vista y se encontró con un joven, a lo mejor de su edad. Tenía el cabello larguísimo, color negro profundo, peinado en una trenza hermosa. Su ropa era parecida a la suya, pero mucho más reveladora: pantalones anchos a la cadera, un choli negro, un chunnari blanco alrededor de los hombros, y brazaletes dorados que adornaban sus brazos y su cuello. Y su rostro... Su rostro era muy bello, demasiado como para ser de un hombre. Lo que más le impresionó fueron sus ojos, rojos cual rubí, intensos y a la vez oscuros. Nunca había visto unos así.
Tardó un segundo en asimilar que ese hermoso chico se estaba burlando de su caída, y eso le enfadó. Si bien había sido su culpa, y fue ella quien chocó con el otro, no era motivo para portarse como un niño.

—Qué infantil... —murmuró mientras recogía sus cosas.

—¿Hmm? ¿Dijiste algo? —preguntó el chico, mirándola con desinterés.

—Nada... ¡Hey! —Thana se alteró al ver cómo el otro pateaba uno de sus frascos, haciéndolo rodar—. ¡No hagas eso! —tomó el frasco rápidamente y lo examinó, buscándole grietas o rayones.

—Qué ruidosa. Sólo son frascos inútiles.

—¿Cómo que inútiles? ¡Es mi trabajo! —resopló, frustrada.

Supo enseguida que no podía dialogar con ese chico que ni siquiera se molestó en ayudarle a levantarse, o en levantar sus frascos, o siquiera en preguntarle si estaba bien. Se veía que era un grosero, por no decir que un idiota, y Thana, siendo como era y que prefería evitar los conflictos, decidió pasar de él. No era la primera vez que se topaba con personas así, incluso puede decir que le habían tocado mucho peores. Su trabajo como comerciante le había enseñado a lidiar con muchos tipos de personas, desde las más amables hasta las más insufribles.

Una vez que terminó de recoger sus cosas, se puso de pie, sacudió la tierra de su ropa y pasó junto al chico.

—Con permiso —espetó con desdén, sin molestarse en dirigirle la mirada.

No alcanzó a dar más de dos pasos cuando lo volvió a oír.

—Agh, ¿qué es esta porquería?

Volteó a verle, con el ceño fruncido. Sus ojos se detuvieron en la mano ajena, ubicando uno de sus frascos, específicamente el de aroma oriental que ella misma usaba como perfume.

—Esto huele como a orina de cerdo —arrugó la nariz, soltando una risita despreciable.

Aquello quebró algo en su orgullo. Sus esencias solían gustarle a casi todos sus clientes, y si bien algunos podían tener gustos más exigentes, nadie, NUNCA, se habían expresado así de su trabajo, y menos en su cara.

—¿Qué dijiste? ¡Devuélveme eso! —se acercó de golpe, con intención de arrebatarle el frasco de la mano, pero el chico lo alejó de su alcance al elevarse unos centímetros del suelo.

«¿¡Un mago!?» , pensó asombrada al verlo.

—¿Con quién crees que estás hablando, eh? —dijo él, sonriendo de una manera que a Thana no le gustó, dejándole la piel de gallina. Esa sonrisa se sentía peligrosa, como si le dijera “Anda, dame un motivo”.

Recordó uno de sus peores incidentes que tuvo en el trabajo: un cliente, molesto porque resultó tener una pequeña alergia al sándalo, la amenazó e incluso forcejeó con ella, tomándola de la camisa para gritarle que pagaría por el salpullido que le había causado. El asunto no escaló más porque sus compañeros de caravana intervinieron, pero sí que se llevó un buen susto aún si aquello no había sido su culpa.

En su situación actual se sentía diferente: era peor.

—No quiero problemas —dijo, bajando el tono. Él arqueó una ceja, como si le aburriera su respuesta—. Sólo devuélvemelo, por favor.

No había notado que las personas alrededor, desde comerciantes hasta civiles, los miraban en silencio. Estaban llamando la atención. Thana consideró la opción de rendirse y largarse de una vez de ahí.

—¿Y para qué quieres esta cosa tan desagradable? Ah, ya sé. Es tú perfume, ¿verdad? Por eso hueles así de mal —siguió mofándose.

—No. Yo los vendo, y ese me lo pidió especialmente tu madre.

Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera darse cuenta de la cagada que había cometido.

Los ojos rojos del joven se volvieron sombríos, a pesar de que seguía sonriendo. Claramente esa respuesta no le causó ninguna gracia. Le había dado un motivo. ¿Para qué? No tenía idea, pero se lo había obsequiado en bandeja de plata. Quería correr, pero las piernas no le respondían.

—¡Ja, ja, ja! Qué perra tan insolente —rió, llevando una mano a su chunnari, y tomó algo de su interior. Thana alcanzó a ver que era una especie de varita y supo, por pura intuición, que sería atacada.

—¡Judar-chan!

Se oyó una voz femenina y joven justo detrás de Thana. Al voltear, la comerciante se encontró a una muchacha de cabello rojizo, vestida con un atuendo oriental sencillo pero muy bonito, que avanzaba rápido hacia ellos, acompañada de un hombre con aspecto angustiado y marcas de ¿pintura? debajo de sus ojos.

—¿Qué crees que estás haciendo, Judar-chan? —cuestionó la chica con mirada reprobatoria.

—No me fastidies, Vieja Bruja —replicó Judar, guardando la varita y soltando un chasquido de lengua.

—¡No me digas así! ¿Y qué pensabas hacer? No puedes atacar a los ciudadanos. ¡Se supone que vinimos a pasear!

—Princesa, por favor —intervino el hombre que le acompañaba, con clara preocupación—. Se supone que estamos de incógnito. ¡No llame la atención! Usted también, Oráculo…

¿Princesa? Oráculo? Sintió que el estómago se le encogía, todavía sin poder moverse de su sitio, y con el corazón agitado por la ansiedad.

Daba el caso de que se encontraba en presencia de la octava princesa del Imperio Kou, Kougyoku Ren, junto al Magi y Oráculo, Judar.

Un sudor frío se le deslizó por la nuca. Thana sólo había ido al mercado, como una simple turista, y de la nada se topaba con personas así de importantes, y no conforme con eso, insulta y provoca a uno de ellos. No sabía qué hacer. Pensó en arrodillarse y disculparse mil veces, o esperar a que decidieran si dejarla viva o cortarle la cabeza.

—Si quieres hacer algo bueno, deshazte de esta vagabunda antes de que la calcine viva —tras soltar aquella amenaza, Judar se fue de ahí, sin molestarse en mirarla otra vez.

Sus piernas temblaron tanto que casi se desplomó en el suelo. Como lo supuso, estuvo cerca de la muerte. Volteó hacia la princesa y, en un gesto desesperado, se inclinó en una profunda reverencia.

—¡Lo siento mucho! Todo fue mi culpa. Yo insulté al señor Oráculo. ¡No fue mi intención hacerlo!

Kougyoku se sobresaltó ante la repentina súplica de Thana, y se puso nerviosa. Llevó sus manos al rostro, como si quisiera ocultarlo con mangas invisibles

—N-No, no… ¡Descuida! Judar-chan es muy impulsivo. No creo que hayas hecho algo tan malo.

Thana le explicó brevemente lo que pasó, omitiendo las palabras exactas que usó para ofender a Judar. Sólo le dijo que actuó guiada por la ira. Poco después Thana se daría cuenta de que no recuperó el frasco de esencia que Judar le había quitado.

—¿¡Vendes perfumes!? —exclamó Kougyoku con emoción, casi se veían estrellas reflejadas en sus ojos—. ¡Me encantaría probarlos, por favor!

Thana asintió, todavía conmocionada por lo ocurrido, pero con su actitud de comerciante dispuesta a vender lo mejor que tenía.

El entusiasmo de Kougyoku fue tal que la invitó directamente al palacio. Quien no estuvo de acuerdo con ello fue Ka Koubun, su acompañante. Según él, no era propio de una princesa invitar a cualquier extraño a entrar en el palacio, y menos si no era ciudadana del imperio. Thana explicó que era una comerciante extranjera que viajaba en caravana, y que visitaba la ciudad capital únicamente para abastecerse. Incluso les dijo dónde se estaba hospedando, para no levantar sospechas ni crear malos entendidos.

El hombre no quedó muy convencido, y Kougyoku alegó que no era correcto elegir productos de belleza en plena calle, y que sería más cómodo hacerlo dentro del palacio, con la seguridad de sus guardias y sirvientes. Ka Koubun no pudo protestar a eso.

Así pues, Thana fue llevada a una habitación para invitados y le indicaron que esperara a que la princesa se pusiera más presentable para recibirla. Optó por quedarse sentada en un diván, incómoda y rígida. Sus ojos observaban cada detalle de la habitación, mientras sus manos apretaban el tirante de su bolso. Los muebles tallados de madera fina, los tapices, las vasijas ornamentadas. Todo era muy ostentoso. Sentía que con mirar fijamente algo, lo rompería, y tendría que pagarlo volviéndose esclava para siempre.

Pensó en Judar, en cómo casi la ataca, en su mirada y su sonrisa fría. Un escalofrío le recorrió la espalda. Esperaba no tener que encontrárselo de nuevo. Tenía toda la intención de acabar pronto con la visita y después marcharse a primera hora de la mañana.

Kougyoku apareció a los pocos minutos, acompañada de Ka Koubun y de varias sirvientas. En la mesa del centro dejaron una bandeja plateada con té y galletas. El apetito volvió a ella en cuanto las vio, dejando atrás todo el estrés que había sentido.

Thana comenzó poniéndole perfumes de prueba, no sin antes pasar por la piel de una sirvienta que ejercía como una especie de catadora. Claro, por si la extranjera intentaba envenenar o hacer daño a la princesa. Aquello le ofendía un poquito, pero lo dejó pasar. A Kougyoku le gustaron casi todas las esencias frutales que tenía y las compró.

Después de eso, ambas dieron un paseo por los jardines del palacio. Una vez que tuvo la confianza, Kougyoku no paró de hablar de diversas cosas, desde sus postres favoritos hasta sus pasatiempos. Parecía feliz de poder charlar con otra chica de su edad. Thana, por su parte, sintió que podía relajarse y disfrutar de su compañía.
Pero justo una voz molesta las interrumpió.

—¿Estás haciendo trabajo de caridad, Vieja Bruja?

Ambas alzaron la vista, encontrando a Judar recostado en la rama de uno de los árboles del jardín, comiendo melocotones tan despreocupadamente.

—¿Te dio tanta lástima esa vagabunda que quisiste adoptarla o qué?

Thana quiso defenderse, pero no lo hizo. No sólo porque estaba en el palacio, con todos esos sirvientes que pasaban por ahí, sino porque pelear contra Judar, un magi, siendo una simple humana sin magia ni fuerza, era estúpido y casi un suicidio.

—Cállate, tonto. Thana es mi invitada. ¡Sus perfumes realmente son maravillosos! —exclamó Kougyoku feliz, oliendo las mangas de su vestido con una sonrisa.

—Así que le diste nombre, como a un perro.

Thana apretó los labios, sintiendo cómo le ardían las mejillas. Se lamentó profundamente haber pensado que ese chico era hermoso. Ya ni siquiera miraba en su dirección, estaba dispuesta a ignorarlo. Y Judar lo notó.

—Hey, tú —la llamó, pero Thana siguió sin mirarlo—. Sabes, por culpa de tus porquerías esa Vieja Bruja se quedará solterona para siempre. ¿Qué hombre querría desposarla si apesta a frutas podridas?

Eso quebró la fachada estoica que Thana quería mostrar. La ira le subió por el pecho y terminó gritándole junto con Kougyoku, llamándolo idiota e inmaduro por sus palabras tan vulgares. Judar estalló en carcajadas ante sus reacciones, mostrándoles la lengua como un niño malcriado. Ella apretó los dientes, sin importarle que de nuevo lo estaba insultando. ¿Quién diablos se creía que era?

[...]

Sentada bajo un árbol, en uno de los jardines del palacio, Thana examinaba los frascos que tenía en existencia, sacándolas de su bolso y poniéndolas sobre el verde pasto.

Una semana había pasado desde que la joven comerciante aceptó quedarse en el palacio. Nunca fue su plan pasar más de un par de horas haciendo su trabajo, pero Kougyoku organizó una merienda para ambas al día siguiente y ella ya no pudo negarse.

Se sentía muy halagada y honrada de que Kougyoku fuese tan amable con ella —sobre todo por cómo fue que se conocieron—, aún si eran princesa y comerciante. Pero no podía ignorar la incomodidad que le generaban algunos sirvientes, esa vibra extraña y misteriosa, con los rostros ocultos. Eso y…

—¿Que acaso piensas convertir este jardín en un bazar?

A unos metros del suelo, vio a Judar en una alfombra mágica, sentado con las piernas cruzadas. En otras circunstancias, aquello la habría maravillado, pero su inicio con el Oráculo de Kou hizo que le perdiera casi todo el encanto, aunque pesadamente aún le parecía alguien muy hermoso.

—Este no es lugar para tus pulgas o tu apestosa mercancía —comentó con fastidio, apoyando la mejilla en la mano.

—Sólo estoy organizando algunas cosas porque me iré en un par de días. Es todo. —respondió ella con calma —. Y no tengo pulgas.

Sabía que a Judar poco o nada le importaba lo que ella tuviese que decir. Nada más quería molestarla.

El problema fue que las palabras ya no le bastaban a Judar, así que empezó a fastidiar usando su mercancía. Sacó su varita y, cuando ella menos se dio cuenta, vio que rompió no uno, sino tres de sus frascos, haciéndolos estallar. Thana apretó los dientes y trató de detenerlo, pero sólo logró que Judar se alzara nuevamente sobre ella, mirándola con una sonrisa de superioridad.

—Tch, ¿no será que vas a extrañarme cuando me vaya y por eso estás más insoportable?

La expresión del magi cambió a una más seria. Al siguiente segundo, soltó una carcajada corta y despectiva. La situación le era terriblemente familiar.

—¿Extrañarte? ¿A ti? —se burló—. No me hagas reír, Vagabunda. Si quisiera algo irritante, asqueroso y molesto cerca mío, me quedaría con una mosca pegada en la oreja.

Antes de que Thana pudiese responder, o siquiera caer en cuenta de que seguía viva, Judar se fue de ahí flotando, justo como llegó.

Una fuerte exhalación salió de su boca. Con las manos aún temblorosas, comenzó a recoger los fragmentos de vidrio que quedaron esparcidos entre la hierba. ¿Judar estaba de buen humor y por eso no le hizo daño? No lo sabía, pero dio gracias que sus frascos hayan sido lo único roto. Un precio muy barato.

Finalmente, el día de su partida llegó y la comerciante dejó el palacio y el Imperio. No era una despedida. Le prometió a Kougyoku volver en unos meses para visitarla y preparar una esencia especial para ella. Le alegraba la idea de verla otra vez, pero también sabía que debía soportar la presencia y la retorcida personalidad de Judar, quien decidió convertir a Thana en su objeto de diversión.

Sin saberlo, el rukh la guiaba a su nuevo destino, uno muy inestable e impredecible, donde la acompañaría un sol negro.