Chapter Text
El mundo estaba cambiando.
Esa era la respuesta favorita de su madre.
Desde el verano pasado, cuando Xeno traicionó momentáneamente su pasión por la química, y se sumergió por completo en el tocho de dos mil páginas de su madre sobre la microbiología. Abordó a su madre con tantas preguntas como se le ocurrían, hasta que ella perdió el interés por responderlas.
Al comienzo, por supuesto, la renombrada microbióloga Emma, presumió con respuestas confusas a las interrogantes de su hijo. Algo que dejara reflexionando a ese pequeño listillo y se tomara en serio su campo de estudio. Especialmente, la responsabilidad moral que este conllevaba.
Veinte preguntas después de una fuerte discusión con el jefe del departamento y cuarenta minutos en el tráfico de NY, fueron el límite. La paciencia no fue, exactamente, una virtud que heredó de su madre.
—El mundo está cambiando, hijo.
La misma frase trillada de nuevo. Xeno se sentó recto, mirando al perfil de su madre, iluminado por las luces de la calle y a la vez ensombrecido por las ojeras bajo sus ojos.
—Eso dijiste cuando te pregunté por qué se niegan a experimentar en humanos, pero después la OMS promueve el uso masivo de antibióticos en países pobres, aunque saben que eso causa mutaciones bacterianas— insistió. Xeno tampoco había tenido un buen día. No era culpa directa de su madre, pero sí de la psicóloga escolar, a quien ella le dio vía libre para acaparar sus tardes. —Supongo que mientras las ratas de laboratorio no se enteren de que son parte de una hipótesis, no cuenta como un experimento, ¿no?
Xeno esperó la represalia de su madre mientras tamborileaba la pasta dura del tocho gigantesco del que su madre estaba muy arrepentida por dejar a su alcance.
—Ambos tuvimos un pésimo día. Tú sabes que puedes sumergirte cuanto quieras en teorías conspirativas del internet sin necesidad de culpar a tu madre. Y yo sé que no necesito más hombres listillos cuestionándome. —El semáforo cambió a rojo, lo que le permitió a Emma mirar a su hijo con la expresión más demandante que pudo reunir. Xeno era igual a ella. Mismo color de cabello, mismos ojos acusadores. Y el maldito mismo gusto por demostrar un punto. Así que en cuanto su hijo abrió la boca, ella lo detuvo —Sé que leíste mis notas de la pasantía, así que no caeré en ese juego de “es solo curiosidad”.
El automóvil volvió a avanzar y el objetivo de su madre se cumplió. Llegaron en menos de diez minutos y Xeno se quedó callado y refunfuñando en el asiento como el temible preadolescente que era.
Al menos hasta que la cena estuvo servida.
Xeno corrió a su habitación con el único propósito de esconder el libro de su madre. La había atrapado husmeando por sí misma el fin de semana pasado en su habitación y en el laboratorio. Debía buscar el libro si se tomó la molestia en lugar de pedírselo al personal de la casa.
Ella quería recuperar sus notas moralmente incorrectas. Y Xeno quería recuperar sus tardes de ciencia y dejar de visitar a la psicóloga escolar.
La comida servida era la correspondiente al lunes. Cada dos semanas el menú variaba, pero no demasiado. Una dieta especial para asegurar su crecimiento y mejorar su problema de alergias.
Los lunes eran los peores. Salmón al horno, verduras y un jugo intrigante que se separaba en sólidos y líquidos a minutos de ser servido.
Los lunes también era el día en que convivía con su madre. A veces dos lunes seguidos ella se molestaba en manejar el automóvil. Otros, un lunes al mes el chofer los llevaba a casa mientras ella le gritaba a su teléfono.
Xeno deseaba ser capaz de escoger.
La comida se comenzaba con una plegaria. Su madre la omitía cuando estaba su padre presente. A veces la atrapaba con las manos juntas bajo la mesa, y los párpados cerrados, con todo el rostro en un murmullo silencioso. Frente a Xeno, su madre incluso se inclinaba y agradecía a dios por los alimentos.
—Si eres agnóstica ¿cuál es el propósito de la plegaria? — Xeno preguntó mientras picaba con poca emoción la porción de salmón en su plato. No era la primera vez que cuestionaba la inusual actitud de su madre con la religión. Pero si la primera vez que era tan directo.
Emma terminó su plegaria en murmullos y le sonrió a la comida antes de servirse un poco y llevárselo a la boca. No estaba molesta. Pero que incluso un niño de trece años le hiciera sentir incómoda y que este fuese su propio hijo, bueno, no iba a manejarlo con el estómago vacío.
— Sentimentalismo nacido de la costumbre —contestó su madre después de un breve silencio. Dio otro bocado más y continuó —Sabes que tus abuelos son muy adeptos al cristianismo. Me recuerda a casa.
Xeno arrugó los labios en una mueca afirmativa. Recuerdos de fin de año abordaron su mente. Los abuelos y la iglesia eran un paquete. Era como comer y no ver el horrible jugo del día servido junto a su plato. Inseparables.
—¿No lo haces frente a mi padre porque te vergüenza una deidad de la que reniegas o porque es innecesario en su presencia la necesidad de recordar a los abuelos? —Xeno preguntó casualmente en cuanto la pregunta apareció en su mente. Arrepintiéndose poco después, justo cuando levantó la mirada para esperar la respuesta. Atrapando a su madre entre el cambio de una mueca disgustada hacia la fingida indiferencia.
Leer el ambiente de una situación. No hacer preguntas hirientes. La lección pasada con la psicóloga Mary. La primera oportunidad de fallar y demostrarle a esa mujer entrometida y a su madre que fue la decisión correcta la vigilancia a la que fue sometido después de robar las llaves del laboratorio y ser condenado a sentarse por una hora y media enteras en lugar de avanzar con sus experimentos. Y no la desaprovechó.
Xeno prestó atención a las sesiones, en su mayoría. Ese día lo intentó. Hasta que Mary traicionó su propia enseñanza y le insistió para que le contara sobre sus hipotéticos amigos, y someterlo a preguntas capciosas para que respondiera como debía él reaccionar en hipotéticas situaciones para no lastimar sus hipotéticos sentimientos.
Si no tenía amigos no había sentimientos que lastimar. La sesión era una pérdida de tiempo desde el comienzo. ¡Lo peor fue que se lo dijo! Y Mary simplemente asintió antes de comenzar a escribir más deprisa en sus notas.
Xeno no se disculpaba. No a menos que estuviese equivocado. Si lo hacía el sentimiento escamoso duraba en él tanto tiempo que debía volver al origen y explicarse nuevamente. Eso solo terminaba en más malentendidos y disculpas vacías.
La alternativa era ir directo al grano o cambiar el tema de la conversación. Abordar la razón de todos los problemas: el mal humor, los atrasos en sus experimentos y las conversaciones incómodas.
El próximo lunes estaba muy lejos. Y los últimos ocho lunes tomó enfoques que no persuadieron a su madre como creyó que sucedería.
Hasta que ocurrió. Las notas de su pasantía, y la incuestionable moral de su madre que lo había condenado a sesiones de terapia diarias. La persuasión perfecta.
—Estuve leyendo sobre el consentimiento informado obligatorio, —comenzó Xeno como si estuviera confesando un gran pecado. Porque así se sentía. Era información que debía haber tenido si tan solo se hubiese informado antes. ¿Pero quién imaginaria que su madre atendería el teléfono y se molestaría en ir al despacho del director de su escuela? Sophia, su nana, era quien lidiaba con las llamadas, —resulta que los hospitales venden muestras biológicas a empresas privadas sin avisarle a los pacientes. Es muy común en ciudades como esta.
Xeno esperó ansioso, el tenedor en su mano seguía en el aire con un brócoli a medio comer, dividido entre meterlo en su boca y alargar el silencio hasta que su madre agarrara la pista, y no tener que insistir tan pronto. Si lo hizo, no lo demostró. Ella asintió al dato compartido por su hijo y se encogió de hombros. Le importaba poco el mal uso de las bases de datos de sangre y desechos de los neoyorquinos.
—Veo que estás de acuerdo —convino Xeno. Tragó su brócoli con una pequeña victoria. Con las mejillas hinchadas se recargó en la mesa, acercándose más a su madre, —gracias a esas muestras, el campo de la experimentación tiene mayores oportunidades, ¿no lo crees madre?
Emma no era estúpida. Por supuesto que no. Era divertido fingir ser un poco idiota y después, cuando sus contrincantes bajaran la guardia, humillarlos un poco. Pero aquella no era la oficina, ni el comedor o una conferencia. Y su hijo no era su idiota jefe demasiado aterrado por estar con un paso en la cárcel a consecuencia de incumplimientos de protocolo en el anterior proyecto.
—Muy de acuerdo.
Xeno ladeó la cabeza con picardía, sintiendo que había atrapado a su madre.
—Entonces, estás de acuerdo en que los sujetos de prueba son indispensables en los experimentos.
—Por supuesto.
La emoción aumentó, ella estaba ahí, acorralada. Xeno vibró en su sitio. La cena estaba olvidada para él, aunque su madre parecía aún más interesada en terminar el asqueroso jugo de un tirón que en terminar sus verduras y dar respuestas inteligentes como usualmente hacía.
—En términos morales, —dijo Xeno, la burla no pasó desapercibida para su madre. Pero Emma no lo interrumpió, —si el experimento no afecta a los involucrados, y solo son sujetos de observación, no hay delito que perseguir. ¿Cierto, madre?
—Técnicamente estás en lo correcto. —Su madre lo miró. El vaso fue puesto limpiamente sobre la mesa, sin restos de la pulpa flotante, —Pero hay un pequeño error en su convincente defensa, Dr. Xeno.
La sonrisa de Xeno titubeó, la arrogancia infantil era difícil de controlar. Había logros que eran difíciles de contener. Robar las llaves del laboratorio de la secundaria. Convencer a su padre de darle una tarjeta de crédito. Dejar sin palabras a su madre.
Estaba a punto de lograr la más difícil. Y ahí estaba ella, con la expresión de “mi pobre Xeno, no sabes nada” plasmada en el rostro.
—¿En qué parte del capítulo sobre bioética se menciona que manipular el sistema digestivo de tus compañeros con laxantes solo “para ver si las bacterias realmente influyen en el estado de ánimo” no afecta a los sujetos de prueba?
—¡No podían comprobar que fui yo! ¡No hay crimen si no se comprueba! —negó Xeno rápidamente.
—Cultivaste esas bacterias en placas de petri compradas con el dinero de tu padre. Buena calidad, he de decir. Vi el recibo, tu padre debería leer algún libro sobre límites parentales, —dijo con voz más seria, pero su risa la delató. Estaba divertidísima por las cejas fruncidas y el berrinche inminente de su hijo.
—¡Pero son demasiado tontos, madre! ¡No lo hubiesen adivinado por su cuenta!
—Oh, eso es evidente —concordó ella sin perder el tono vacilón —, pero lo hicieron de todas formas, —antes de que Xeno volviese a quejarse, ella resopló y señaló a su cabeza. Dio dos toquecitos, en un silencioso “piensa Xeno”. Pero él no siguió sin poder adivinarlo, —cámaras. Y unos cuantos testimonios sobre lo poco sociable que es Xeno Houston Wingfield. “Él no traería panecillos para la convivencia, ¡ni siquiera habla con nosotros!” —su madre imitó una voz chillona de algún soplón —, después te vieron saliendo con esos panecillos del laboratorio. ¡Y bingo!
Xeno volvió a sentarse correctamente, la emoción se había esfumado. No era la primera vez que alegaban sobre el tema. O al menos que Xeno intentaba persuadirla. Esta vez fue ella la que dio un enfoque menos “no debes hacerlo”, “es éticamente incorrecto” y más a “fuiste descubierto”. No tenía nada que refutar.
—Si no hubiese sido descubierto entonces...
—Entonces... —interrumpió su madre para continuar ella —si ese experimento no perjudicaba a nadie, no tendría reclamos. —Xeno asintió. Eso sonaba justo. Pero no era todo, su madre hizo a un lado su plato, despejando el camino para acercar su mano hacia la suya, —Aun así, la Señorita Mary es una buena guía para que no solo veas el enfoque científico, también el social. Lo entendería si fuesen abusones, la venganza tiene una buena justificación a mi punto de vista. Pero ni siquiera hablas con esos niños. Un poco de empatía también es necesaria en cualquier campo científico.
—Ella solo habla sobre la amistad y los sentimientos. No me está aportando nada. Está haciéndome perder el tiempo, madre.
Su madre se encogió de hombros. No le importó la frustración con la que Xeno seguía mirándola. Su cabello estaba sostenido sobre una media coleta alta, limpia y restirada, que dejaba su frente al descubierto. Era una mujer elegante con un rostro cansado. Por lo que poco le importó que Xeno no quisiera terminar la conversación aun después de la ingeniosa respuesta que ella le había dado.
No le gustaba complacer al pequeño demonio de la ciencia.
—No estas perdiendo el tiempo Xeno. No hay una cuenta regresiva.
—¡No estoy de acuerdo madre! —exclamó Xeno. Tenía medio cuerpo sobre la mesa, sus mangas manchadas de comida y a su madre levantándole una ceja. Un momento después del arrebato Xeno se recompuso bajo la mirada irritada de su madre.
—Tu molestia no es razón para perder los modales. —Xeno distinguía cuando hablaba con su madre, y cuando lo hacía con la Dra. Yoshida. Mujer orgullosa que no cambió su apellido por el de su esposo, a pesar del renombre que este le daría. —Ve a las sesiones, comprende por tu cuenta el método de sobrevivir siendo un científico loco sin ser arrestado y madura como lo hicimos todos los adultos.
Su madre ignoró deliberadamente la mala cara, con Xeno seguía dirigiéndole. Para ella era un berrinche. No importaba cuando esfuerzo hubiese puesto en la educación de su hijo, después de todo, debía reconocer que su hijo seguía siendo un niño.
Emma suspiró, cansada de que el comienzo de la semana se convirtiera en una lucha con su hijo en lugar de pasar tiempo de calidad madre e hijo.
—¿Por qué es tan importante? Tienes los fines de semana para cualquier experimento que no cause un incendio en la casa. —preguntó sin poder evitarlo. Los hijos hacían algo con el temperamento. Te ablandaban. Un terror, —ni siquiera es tan bueno el laboratorio de tu escuela. Y el club, ¿no odias a todos esos niños? ¿Por qué quieres pasar tiempo ahí?
Xeno continuaba con la mala cara. Pero si su madre estaba haciéndole una pregunta, debía responderla. Así que la observó primero, en un intento de adivinar si ella se burlaría de él antes de atreverse a hablar.
—Los odio —afirmó. ¿Cómo no hacerlo? Eran unos soplones. Y la mayoría de ellos unos cobardes que solo sabían susurrar a su espalda, —el laboratorio está bien desde que lleve mis cosas.
Su madre asintió como si por fin entendiera el enigma que era para ella su hijo.
—Y entonces ¿qué? ¿quieres recuperarlas? —dijo su madre—olvídalas. Compra otras. Eres un niño racional, debiste haber llegado a esa conclusión.
Xeno miró a otro lado. A todas partes si pudiera. Los ojos cuestionadores de su madre le hicieron sentir tonto. Por supuesto que llegó a esa conclusión por sí mismo. Y eso no era lo que quería. Él solo quería su rutina de vuelta.
Pasar tiempo en el Club de Química. Ignorado por sus compañeros, mientras recibía miradas y risas silenciosas. Pero con total libertad de hacer cualquier experimento. Cerrar hasta tarde porque, aunque Xeno falló en socializar, nadie logró negarle la confianza de mantener a salvo las llaves.
Hasta que fueron confiscadas y tuvo que robarlas y hacer una copia.
Ahora estaba obligado a comer el almuerzo en la cafetería. Bajo escrutinio y cuchucheo. Era señalado ya no solo por ser un cerebrito. Se metían con él y Xeno estaba atado de manos para defenderse.
Porque Mary lo amonestaría toda la sesión sin parar. Y su madre adjudicaría cualquier mal comportamiento a la afirmar que necesitaba ayuda psicológica.
—Habla —ordenó su madre después de que Xeno se quedara callado por mucho tiempo.
El plan del día había fracasado. Xeno se rindió a la tarea de comer su cena y confesar en un intento desesperado y vergonzoso de empatía: —Es aburrido. La ciencia es divertida, lo único bueno de la escuela. Ahora todos los días en los tiempos libres lo único que puedo hacer son hipótesis que no puedo comprobar hasta el fin de semana.
—Aburrimiento —repitió ella, —el gran problema de la adolescencia —dijo con sarcasmo.
Xeno no dijo nada. Su madre recogió su plato, dejándolo sobre el lavaplatos, pero no se fue. Ella siempre esperaba a que ambos hubieran terminado antes de irse. Simplemente se recargó sobre la encimera y echó el cuello hacia atrás en rendición.
—Hagamos un trato. No más sesiones con Mary, a cambio, te encargarás de seguir todas las recomendaciones que ella me dio para ti al pie de la letra y de no cuestionar nunca más a tu madre.
Interesado Xeno volvió a mirar a su madre, ella no necesitaba decir más para que él aceptara. Cuales fueran que fuesen esas –recomendaciones- ya se las arreglaría.
—Te veo interesado.
—Lo estoy —respondió Xeno inmediatamente.
—Bien. Pero no es todo, —si tuviese un cigarro, Emma lo fumaria. Tenía dos alternativas, y estaba a punto de tomar una que la haría mejor microbióloga, pero no la mejor madre, — la investigación de tu padre ha dado frutos. Y yo no puedo quedarme atrás —explicó ella. Pero Xeno poco sabía sobre el trabajo a puertas cerradas de su padre. Así que aquello solo era un mantra de su madre para autoconvencerse antes de continuar su discurso, —voy a aceptar un traslado. Nos mudaremos a final del siguiente mes, —en ese momento el desconcierto era el único sentimiento que Xeno tuvo, pero podía con ello. ¿Mudarse? No es la gran cosa. Por desgracia, eso no era todo, que su madre continuó: —Es una zona rural, cerca de Santa fe. Barmas, Arizona.
Mientras más hablaba su madre la emoción de Xeno fue extinguiéndose. La poca ración de esperanza se mantuvo hasta que el golpe fue más fuerte. ¡Ni siquiera había escuchado hablar de ese lugar!
No perdió el tiempo en buscarlo en su teléfono, y el desconcierto que se convirtió en sorpresa, terminó por sumergirlo en el completo horror.
—¡Ni siquiera aparece en Google !
Su madre puso los ojos en blanco: —Si que lo hace, solo estas buscando mal. El mundo está cambiando, Xeno, así que no más dramas ni tretas, esta es una decisión que no puede deshacerse.
—¡Pero...!
—No cuestiones más a tu madre. Hicimos un trato.
Molesto, Xeno abrió Google Maps , acercando el mapa hasta hacer visibles las carreteras y los pueblos marcados. Iba a defender su punto, pero necesitaba pruebas. ¡No estaba en el mapa! ¿qué lugar no estaba en la actualidad en el mapa?
La indignación de enterarse que su madre supo desde el principio que dejaría las sesiones con Mary fue eclipsada después de cinco minutos de minuciosa búsqueda sin resultados.
...
No celebrar las buenas noticias era la maldición de la familia Snyder. La causa siempre era ellos mismos. Tal vez alguno había sido lo suficientemente imbécil como para ser maldecido y arrastrarlos a todos. O quizá era más simple y todas las familias tenían una maldición, y aquella era la suya.
Stanley observaba, escéptico, la escena que se desarrollaba en la sala de su abuela. La mesa estaba repleta -tres platillos diferentes, todo un festín en esos tiempos-, pero no fue el aroma delicioso ni la vista apetitosa lo que lo dejó inmóvil.
La celebración era para su padre, que volvía del ejército tras tres años de servicio. Stanley tenía recuerdos de él, cálidos pero lejanos, como fotografías desenfocadas en su cabeza: risas fuertes, manos callosas que le revolvían el cabello, el olor a tabaco y tierra en su chaqueta militar.
Se había enterado aquella mañana, cuando su madre irrumpió en su habitación, llorando con el teléfono aún en la mano. "¡Vuelve hoy!", sollozó entre jadeos, y Stanley, que no recordaba la última vez que la vio sonreír de verdad, sintió un nudo en el estómago antes de romper en llanto.
Ahora, de pie en el umbral de la casa, cargaba su vieja pistola de práctica -una Ruger 22 heredada de su hermano- en una mano y, en la otra, el centro de tiro improvisado con madera y recortes.
El transporte que traería a su padre, un camión de veteranos había prometido llegar antes del atardecer. Pero la luna ya estaba alta en el cielo.
Su madre no notó su llegada, demasiado absorta en su dolor. Frente a ella, Bradley, su hermano mayor, estaba de rodillas, aferrándose al faldón de su vestido. Tenía un moretón púrpura en la mejilla, el labio partido, y la desesperación marcada en cada jadeo tembloroso. Pedía perdón, sollozando, sin dignidad alguna.
A simple vista, era evidente: Bradley la había cagado a lo grande.
—¡Por favor, mamá! ¡Por favor, no se lo digas! —imploró su hermano repetidas veces, pero su madre no estaba escuchando. Ella se limpió las lágrimas con cuidado de no arruinar su maquillaje y se sacudió la falda con fuerza para quitarse de encima a Bradley colgado de ella, —¡mamá! —se quejó, pero su hermano no intentó volver a retenerla.
—¡Basta ya, Bradley! Tu padre está por llegar— ella gritó, y fue hasta ese momento en que su abuela salió de la cocina. Escuchó todo, por supuesto. Pero no intervino. Cuando su madre vio a su abuela, ella bajó la guardia, rompiendo el acto de dureza que apenas y logró demostrar.
Phoebe Snyder, rubia, ojos tan verdes que la austeridad de la vegetación la hacía parecer fuera de lugar. Fue lo suficientemente hermosa en su juventud como para que un editor de revista local la notara. Pero tan poco ambiciosa que terminó casándose con el primero que le propuso matrimonio. El soldado Snyder. Su padre.
—Stanley —llamó su abuela. Stanley, tan concentrado en su madre, se dio cuenta tarde de que al fin alguien se había percatado de su presencia.
Su abuela se acercó a su madre, le pasó un brazo por los hombros y la tranquilizó en segundos. Con su hermano fue otra historia.
—Stanley —volvió a llamar su abuela lo suficientemente fuerte para sobresalir de los sollozos de su hermano, y sacar a Stanley de su transe. Cuando sus ojos se encontraron ella repitió sus palabras sin molestia alguna, —Stanley, llegaste tarde. — dijo. Pero ella no esperaba que él se disculpara. Señalar lo evidente solo fue un camino para abordar el elefante en la habitación, —ve arriba con tu hermano. Aséense. Démosle una agradable bienvenida a tu padre.
—Si, abuela —dijo Stanley automáticamente. Su cuerpo se giró por costumbre hacia las escaleras, a punto de echarse a correr para alcanzar la ducha. Pero sus pasos se detuvieron con un pie en el segundo escalón. Su hermano seguía de rodillas en el suelo. Cabeza abajo. Hombros subiendo en jadeos silenciosos. Stanley miró sus manos ocupadas y al cuerpo de Bradley bastante más alto que el suyo. No iba a tener que llevarlo a rastras, ¿o sí? —¿Bradley? —trató. Esperó unos segundos. Hasta que el silencio fue tan largo que Stanley dejó caer sus cosas sobre los escalones para hacer exactamente lo que esperaba no tener que hacer. Arrastrarlo. Por suerte su hermano no necesitó nada más que un suspiro derrotado de Stanley para adivinar sus intenciones.
Bradley levantó la palma en señal de que se detuviera. No necesitó más tiempo para ponerse de pie por sus propios medios -un empuje tembloroso y deplorable de sus brazos descoordinados- y fue todo. Su hermano pasó a su lado en las escaleras, sin levantar la mirada del suelo, para que así su cabello ocultara su rostro, no preguntó por el turno de la ducha ni se ofreció a esperar como siempre lo hacía. Bradley se adelantó apenas sus piernas tomaron estabilidad e impulso, para correr hacia el baño y cerrar la puerta con fuerza.
.
Tres años no eran más que un parpadeo a la hora de olvidar a alguien. Razón por la que Stanley esperaba al padre amoroso al que sus recuerdos se aferraban, una parte suya creyó reconocer la voz cálida que solía escuchar cada cierto tiempo al teléfono, otra, le advirtió que sería diferente. No hizo caso de esa sensación sin sentido. Aunque la escena de la pelea de su madre y su hermano -de la que aún no sabía nada al respecto- nubló el ambiente de celebración, fue difícil que la emoción burbujeante de volver a ver a su padre se apagara.
La comida tuvo que recalentarse, pero la tardanza del camión del ejercito encargado de devolver a su padre permitió que cada miembro de su familia ocupara su lugar en la mesa, aseados y presentables.
No era la primera pelea en casa, ni de lejos. Pero si la primera vez que su hermano obedeció a su madre y se mantuvo en casa, en lugar de huir por la noche, y volver uno o dos días después para disculparse. Stanley quiso bromear con él, algo sencillo como “es raro verte después de pelear con mamá, ¿tanto miedo te da que le diga a papá?” pero solo recibió un movimiento negativo de cabeza, y una respuesta sin ningún resentimiento “no hables si no sabes nada Stan”.
El timbre sonó, las risas en la calle eran estridentes, todo un pelotón riendo y despidiendo a un solo hombre. El motor era ruidoso, y las sillas de todos moviéndose hacia la puerta también lo fueron. Fue su madre quien abrió la puerta. Detrás, aun con los ánimos expresados a gritos por los compañeros de su padre, lo que ahí había, eran un montón de hombres a medias.
Vendas, cabestrillos, extremidades perdidas, y alivio lleno de melancolía.
Su padre, quien fue nombrado capitán para esa misión, no aceptó la ayuda de uno de los chalanes que los acompañaban. Sostuvo su maleta sobre el hombro y caminó con notable cojera a paso digno. Pese a la muestra de dignidad al esforzarse en avanzar sin ayuda, un hombre lo siguió se cerca, con un par de muletas descartadas que dejó sobre el frente de la casa. Este se despidió con una mano recta sobre la cabeza, haciendo una pequeña reverencia hacia su padre, quien no le dirigió una sola mirada.
Fue hasta que el camión lleno de sobrevivientes de guerra se fue que su padre abrió los brazos, dejó caer la maleta, y su familia volvió a estar completa, que Stanley siguió a su madre fuera de casa, corriendo en su encuentro.
Stanley recibió una sacudida de cabello, su hermano un par de palmadas duras sobre la espalda, y su madre un beso. La abuela observo son una sonrisa tranquila, y se adelantó hacia la cocina para terminar de servir la comida recalentada.
Stanley se acercó a la maleta descartada por su padre e intentó levantarla con facilidad, lo que fue en vano. La fuerza no fue suficiente y tambaleó inútilmente hasta casi caer sobre el césped.
—Brad, ayuda a tu hermano —ordenó su padre. Pudo haber sido el tiempo en el ejército, el poco contacto con su familia, o que fuera una costumbre ahora añadida a la vida diaria de su padre, el solo dar órdenes a secas sin ningún impacto personal, lo que les hizo a ambos estremecerse.
Bradley asintió y corrió hacia la maleta, arrebatándole las asas de las manos. Dejando a Stanley un poco avergonzado por su poca fuerza.
La cena fue deliciosa. Ni siquiera en acción de gracias habían comido tan bien. Stanley comió tan rápido que después de probar un poco de todo y mucho del pastel de carne de su madre, descartó sus cubiertos y arrastró hacia atrás la silla de la mesa.
—¿A dónde vas, Stanley? No hemos terminado de comer. —Stanley se detuvo con las manos sobre su plato, y un pie fuera de la mesa. Titubeó al mirar a su padre sin un rastro de simpatía en su rostro.
No pensaba irse. Su padre acababa de volver después de tres años. ¡Lo había extrañado muchísimo! Así que creyendo que ese era el malentendido, se apresuró a levantarse para explicarse.
—No iba a irme, solo quería lavar los platos, papá.
Su padre, Ashton Snyder no dio ninguna orden verbal, señaló con la barbilla hacia el asiento que había estado ocupando Stanley y volvió a su comida. Después de un bocado, este miró hacia los platos de su madre y su abuela, ambos con un poco más que restos.
—Tu madre o tu abuela pueden hacerlo —dijo. Pero la orden fue clara, y Stanley obedeció. En cuanto se sentó, su padre continuó, —quiero hablar con ustedes dos—al ser incluido en la conversación, Bradley apretó el tenedor en su mano. Forzó una sonrisa y miró a su padre, apenas logrando no encogerse bajo su mirada, por suerte para él la pregunta fue fácil, —¿han estado practicando su puntería? —preguntó Ashton, aun masticando.
—Sí —respondió Bradley con voz baja.
Stanley, más seguro, intervino con entusiasmo: —Practicamos a diario después de clase. Usamos la Ruger vieja y unos blancos de madera que armamos. A veces competimos, Brad y yo. Le gano, casi siempre —bromeó, buscando una sonrisa cómplice en su hermano.
Algo que no consiguió.
Ashton se limpió la boca con una servilleta y dejó los cubiertos a un lado. Puso los puños sobre la mesa, sin incluir los codos y relajó la espalda.
—¿Y entonces? —miró a Bradley, sin dureza, pero tampoco con condescendencia—. ¿Qué estás esperando para enlistarte?
Bradley bajó la vista, recto en su silla. No respondió enseguida.
—Aún no estoy listo—confesó finalmente, con tan poca seguridad que Stanley sospechó que su hermano seguía afectado por la pelea con su madre.
Ashton asintió, despacio.
—No estas listo—repitió su padre con ligera burla, —les suele suceder a los jóvenes sin voluntad. Supongo que, con el tiempo, si escuchas suficientes discursos dulces, terminarías convenciéndote de que no tienes por qué demostrar nada.
Phoebe miró hacia su marido, ligeramente ofendida por la implicación de que fuese ella la que fue demasiado blanda con su hijo. Aunque su nombre nunca fue dicho. Resentida por lo que vio por la tarde y el secreto que ahora tendría que guardar. Intimidada por la vergüenza, Phoebe buscó la guía de su madre sentada al extremo de la mesa. El contacto visual fue suficiente para que ella carraspeara muy suavemente, sirviendo como distracción. La abuela no dijo nada. Solo se sirvió un poco de limonada.
La tensión no desapareció, pero sí se desvió de las palabras sutilmente acusadoras de su padre.
—Es bueno volver a mi país —dijo entonces Ashton, como quien cambia de tema porque es alérgico al silencio, pero el tono demandante siguió ahí. Un hombre firme acostumbrado a dar órdenes, por supuesto. Incluso con la familia no fue diferente —. Mejor aún que mañana mismo regresamos a casa.
Phoebe se forzó a sonreír.
—¿Tan pronto?
—Llevo tres años lejos. No pienso quedarme en la casa de mi suegra si puedo volver a casa con mi familia.
Bradley tragó saliva. No dijo nada. Se había quedado con un trozo de comida atrapado en el tenedor, suspendido sobre el plato, sin decidir si era mejor llevárselo a la boca o dejar de intentar que su estómago aceptara la comida.
Stanley se sintió un poco invisible desde que su padre tomó a la ligera el pequeño discurso sobre la práctica de tiro. Aun así, no era tan denso como para no darse cuenta de que su hermano no parecía disfrutar de la atención de su padre. Stanley tampoco vio ningún motivo para luchar por tenerla.
Ashton miró a su hijo mayor por un momento a pesar de no haberse quejado sobre los planes de la mañana siguiente.
—A menos que necesites más tiempo aquí.
—No, Señor —dijo Bradley de inmediato.
Stanley estuvo de acuerdo, no tenía sin apego alguno a su actual escuela. Así que no le importaba mucho si volvían a mudarse a su antiguo vecindario. Y su madre aceptó rápidamente los deseos de su marido, haciéndoselo saber con una sutil sonrisa. Eso bastó para que su padre asintiera conforme y dejase ir aquel ambiente pesado sobre la mesa, uno que había terminado por sentirse íntimamente relacionado a un interrogatorio.
La abuela no dijo nada, ella simplemente continuó comiendo, en silencio, como si supiera que una vez volviendo su padre, era inevitable que su hija volviese a su lado inmediatamente.
El silencio duró poco, su padre parecía satisfecho con la comida, y lo que había obtenido de cada uno así que cuando estaba por terminar su plato se ablandó y comenzó a contar un par de anécdotas. No escatimó en detalles, y fue evidente la incomodidad de su madre ante las demostraciones habladas de las crueldades de la guerra, aunque su padre se censurara, un par de estremecimientos de sorpresa fueron imposibles de contener para Stanley.
Su padre era increíble. Fue lo que pensó después de cada historia.
No habló de nada que no fuese heroico. Ninguna alusión a la lesión de su pierna, o de alguna derrota. Pero fue mejor así. Era lo que ellos deseaban escuchar, victorias de su padre. Y por supuesto, lo que él quería contarles.
Fue entonces que Stanley, contagiado por la emoción de las historias, interrumpió a su padre justo cuando contaba como derribaron a un hombre de un solo disparo en la cabeza de una torre de vigilancia enemiga:
—¿Quieres una demostración, papá? De la puntería.
Bradley giró el rostro hacia él de inmediato.
—Stan... no. Es tarde. Y papá debe estar cansado.
Ashton soltó una leve risa. Su copa de vino había sido rellenada suficientes veces para que la dureza inicial se desvaneciera. Solo el semblante de su padre era imposible de disuadir. Tosco y directo.
—¡Tonterías! ¿Y qué importa que sea tarde? Un buen disparo siempre ayuda a despejar la cabeza.
—Sin disparos dentro de casa, cariño—recordó Phoebe.
—Iremos fuera—respondió él, levantándose de la mesa.
Stanley no dudó en correr escaleras arriba por su pistola y el blanco de madera viejo con el que siempre cargaba. Empujando su silla hacia atrás con cuidado, su hermano siguió a su padre sin esperarlo. Compartían la misma arma y juntos habían hecho la mayoría de los círculos de tiro. Pero para ese momento, todo se sentía como si los hubiese heredado de Bradley desde el momento en que Stanley se interesó en disparar.
Stanley no dudó en subir corriendo las escaleras. Tomó la Ruger y el blanco de madera astillado, el mismo que se desgastó a tiros en las prácticas junto a su hermano. Apenas volvió a bajar, escuchó el roce suave de una silla: Bradley se había levantado sin decir nada para seguir a su padre en su camino fuera de casa. Estaba con los hombros encorvados, fingiendo tranquilidad mientras escondía las manos en los bolsillos. Fue bastante fácil darse cuenta de que no sentía ninguna emoción por la práctica de unos cuantos disparos. Habían compartido la misma pistola desde siempre, también los círculos de tiro y las técnicas.
Era algo de ambos. Hasta ese momento.
Mientras Stanley la sostenía entre las manos, no pudo evitar sentir que ya no era una pasión que compartían. Eso era lo suyo ahora. Como si Bradley le hubiese dejado un legado silencioso, heredado antes de tiempo y Stanley nunca se dio cuenta.
Esperaba que su padre no se molestara por ello.
...
Barmas era tan seco que un par de minutos bajo el sol fueron suficientes para que Xeno se pusiese colorado. Hicieron dos paradas, una a una gasolinera local para un par de bebidas frescas y pedir indicaciones. A su madre no le importo demasiado el protocolo y se dejó deslumbrar por una nueva posición, un financiamiento prometedor y la promesa de que Xeno no sería enviado a los servicios sociales por enviar a su hijo de trece años a vivir con una nana y un par de sirvientes a una propiedad demasiado grande para tres personas. Sin mencionar que era un pueblucho en medio de la nada.
Xeno se mantuvo ocupado leyendo, había cargado con él un par de novelas para el viaje en avión. Pero no pensó que el trayecto en carretera fuese tan agotador. Se obligó a mirar el paisaje en busca de ánimo, pero la vista de pastizales secos y la tierra levantándose por la velocidad del vehículo no le inspiraron más que pesar.
Tendría internet, su madre se lo aseguró repetidas veces, pero la señal era terrible, lo que ella no mencionó.
Al menos llamar la atención de la policía sería complicado. Mientras las autoridades no se viesen involucradas, Xeno no tendría problemas con su madre. Al ser un lugar tan pequeño estaría limitado a una sola opción escolar, pero si recurría al papel de un niño triste que llena su ausencia de amor paternal con compras por Internet - ¿Funcionaba el servicio de paquetería en ese pueblo? Si. Tampoco estaba mudándose al centro del desierto del Sahara- y con esa excusa desviar un poco de dinero para sobornos.
—¡Estamos aquí! —exclamó su chofer. El hombre, mayor y cerca de los cincuenta, observó a Xeno por el retrovisor, divirtiéndose por la expresión de cejas fruncidas y permanente rechazo a la perdida de la ciudad.
Después de un tiempo, sin darse cuenta de que detrás del cristal del automóvil comenzaron a verse los primeros signos de civilización, llegaron al destino. Atravesaron todo el pueblo en minutos, desviándose hacia la zona residencial, todo mientras Xeno divagaba en negociaciones y la calidad de la paquetería.
Tendría tiempo. Mucho tiempo en realidad. De ver que tan diminuto era el pueblo. Además, estaba cansado. Doce horas de viaje fueron suficientes para que ni siquiera las notas moralmente oscuras de su madre lo alentaran a interesarse en algo más que no fuese su nuevo dormitorio.
Era una propiedad intimidante. Un portón blanco era lo único que permitía ver el interior: un jardín con nulo trabajo de jardinería, setos descuidados y arbustos de pino sin forma. El interior tenía la mayoría de los muebles cubiertos, pero el olor a polvo que se esperaría de una casa inhabitada fue ventilado correctamente con anterioridad. Olía a limpiador de pisos y las luces blancas hicieron la ilusión de que en lugar de ser un intruso estaba devuelta en una casa que siempre estuvo esperándolo.
Xeno suspiró, aferrándose a su tomo gigante de microbiología aplicada. Estaba pensando demasiado las cosas. La ciudad no lo era todo. Solo estaría allí un par de años, lo justo para adelantar su ingreso a la universidad. Y aunque ese tiempo en ese momento pareciese largo, al final sería momentáneo.
—¿Cuál será mi habitación? —preguntó a Sophia, mientras subía las escaleras y casi alcanzaba el segundo piso.
Su nana estaba estirando las piernas después de terminar una llamada con su madre. Por un instante, Xeno casi creyó que le pasaría el teléfono, pero ni siquiera dos minutos después, ella ya había colgado.
—La Dra. Yoshida no dejó instrucciones, joven Xeno.
—Bien —dijo Xeno. La vista del pasillo amplio dividido en varias habitaciones le hizo olvidar rápidamente la sensación anterior de ligera decepción. —Estaré investigando la casa. Después elegiré dos cuartos para mí.
—¿Quiere que le suba la cena cuando esté lista?
—Si. Aunque antes de cenar tomaré una siesta.
Las cajas de la mudanza importantes llegarían la mañana del domingo. Las que contenían todos sus experimentos que pudieron salvarse. Todas esas cajas petri que fueron sacrificadas aun pesaban con culpa en la mente perfeccionista de Xeno. Le molestaba haber fallado en salvarlas. Fue un desperdicio de trabajo.
La nueva casa era más grande, perfecta para convertirla en su propia cede de experimentos, pero eso no importaba si las instalaciones no eran optimas. Caminó por cada habitación, tomó nota mental de la temperatura, el nivel de ruido, la señal de internet. Nada lo convencía del todo. Hasta que llegaran sus cosas, solo le quedaban tres opciones: echarse una siesta, improvisar un plan de acción para su próximo experimento, o navegar por Amazon para gastar un poco del dinero de sus padres en posibles objetos de intercambio -o soborno- la ocasión lo diría.
.
El día de Xeno comenzó con un tímido toque en la puerta.
La habitación olía a polvo y cajas de cartón. Había una charola de comida sobre la cama y Xeno aún estaba vestido con su ropa de calle del día anterior. Las cortinas eran tan pesadas que ninguna luz las atravesaba. Por ello, la luz que escapó provino de la puerta abierta. Esta fue lo suficientemente brillante para que los ojos de Xeno ardieran y se quejara de forma malhumorada.
—Disculpe la interrupción, joven Xeno. ¿Se encuentra indispuesto para asistir hoy a la escuela?
¿La escuela? Xeno brincó fuera de la cama, sorprendiendo a Bob que había estado asomado desde una rendija, convencido de que no se levantaría y tendrían ese día libre. Eran más de las siete, y aunque la escuela comenzaba a las siete con treinta, Xeno era un pequeño fanático del control y de la puntualidad. Igual a su padre. Era inusual que se hubiese quedado dormido.
El reloj solo confirmó la presencia de Bob esperando desconcertado en la puerta, se había quedado dormido incluso con la cena sin tocar, estaba sucio -porque estaba tan cansado que se permitió acostarse sin ducharse primero- y no tenía un plan completamente estructurado para la misión de ese día.
7:38 a.m . Tendría que prescindir de ducharse o del plan original que era llegar al aula antes que sus compañeros y observarlos silenciosamente hasta encontrar al sujeto correcto para su plan.
—¿Joven, Xeno, está usted bien? —preguntó Bob abriendo más la puerta y llenando la habitación con la luz extranjera del pasillo.
—Si. Estaré listo en ... —Xeno se mordió el interior de la mejilla, calculando la mejor opción en balance con el tiempo que le tomaría llevarlo a cabo. Siempre podía comenzar con la misión el día siguiente. Aunque el factor primera impresión estaría arruinado. Bien. La ciencia también involucraba hacer sacrificios —veinte minutos. Compraré el almuerzo, no es necesario que Sophia haga uno el día de hoy.
Fue la última parte la que hizo a Bob ponerse nervioso. Xeno sabía que su chofer y su nana estaban bajo órdenes estrictas. Y una de esas era el plan alimenticio. Xeno sospechaba de los métodos que su madre tenía para asegurar que sus empleados cumplieran sus requerimientos. ¿Registro fotográfico? ¿Estudios de orina? ¿fecales? De cualquier forma, por el momento su madre debería estar muy ocupada con su nuevo puesto, no iba a arriesgarse a despedir a ninguno de los dos.
Pero el temor de Bob era real y Xeno no quería sumirse en otra conversación con un hombre mayor y asustado. Así que corrió al baño y cerró la puerta justo antes de que este le recordara una de las tantas instrucciones que la Dra.Yoshida les dejó.
.
Era un pueblo realmente pequeño. Xeno vio la módica e impactante cantidad de cinco vehículos de camino a la escuela. Fue el único entre una pequeña multitud de estudiantes que llegó de otra forma que no fuese caminando. No era la impresión que había planificado. Pero definitivamente dejó una impresión. No solo fue el hecho de que Xeno no se dignase a caminar desde las afueras del pueblo -y no lo haría. Eso pondría en riesgo su ducha apresurada y el estado impecable de sus ropas-, también fue el estatus de dicho vehículo.
Xeno escuchó un par de exclamaciones a lo lejos. Estudiantes y padres comenzando a chismosear al respecto. La mayoría se alejó sin tener la educación de girar la cara al comenzar a hacer suposiciones. Otros, más atrevidos, estaban acercándose. La perfecta señal de que debía correr antes de quedarse atrapado como la nueva atracción de ese pueblo.
Bajó tan rápido que Bob tuvo que retroceder justo con la mano sobre la manija de la puerta del automóvil. Alcanzó a inclinarse, como siempre lo hacía, y le deseó un buen día que Xeno no correspondió. Xeno era agradable con quienes le servían, pero cuando Bob se diese cuenta de que había dejado la bolsa de almuerzo que pidió que no le hicieran, iba a darle un sermón a Xeno que no estaba en su lista de pasos para la misión de ese día.
Hacer un amigo. Esa era la penosa misión. Cortesía de su madre, confabulada con su ex-psicóloga y antagonista, Mary.
El primer paso era: causar una excelente impresión.
No resultó al pie de la letra, pero definitivamente fue una gran impresión. Esos locales eran terriblemente fáciles de impresionar. Estándares bajos, y modales aún más bajos a juzgar por el cotilleo. Era solo un Mercedes-benz , no un cohete espacial.
Segundo paso: analizar los candidatos.
Sus nuevos compañeros de clase estarían en el aula para esa hora. 8:45 a.m. poco elegante que fuese a llegar a mitad de la primera clase, pero ser puntual nunca le ganó amigos.
En realidad, no tenía ningún método comprobado que le hubiese hecho hacer amigos.
Sería un experimento de ensayo y error, con una muestra aceptable de casos: seis clases de aproximadamente veinte alumnos. Si asumía una distribución clave del 10% de afinidad potencial -es decir, dos sujetos con posibilidad de interacción amistosa por clase- entonces había al menos doce oportunidades estadísticas de establecer una conexión. Incluso descontando un margen de error del 50% por rechazo mutuo, seguían quedando seis. Y seis era un número aceptable. Y si el plan A fallaba, siempre habría una clase siguiente donde reformular su hipótesis.
Era un plan lógico y estructurado. ¿Qué le gustaba escuchar a las personas? Cumplidos. ¿Cómo mantener una conversación? Escucha y da opiniones acertadas. ¿Qué característica era compatible con él? Para minimizar al máximo las posibilidades de fracaso, debía ser inteligente... o tener una inclinación genuina por aprender. A Xeno le gustaba hablar, así que, si esa persona mostraba interés real por comprender, seguramente disfrutaría de sus siempre útiles datos curiosos.
Y si resultaba que Xeno estaba siendo demasiado pesimista, y realmente había alguien interesante en ese pueblucho, podría incluso beneficiarse de esa amistad de alguna forma.
El flujo de personas era limitado. Parecía casi vacío. El guardia de la entrada principal estaba ausente al igual que los usuales profesores rondando por los pasillos. En su antiguo colegio, para ese momento, a mitad del pasillo principal, ya hubiese sido interceptado por al menos dos de ellos por múltiples causas, la primera, por supuesto, estar fuera del aula.
Xeno observó el pasillo con paredes ocupadas por casilleros de aspecto un tanto descuidado. Los salones no contaban con ventanas al pasillo, solo dos puertas corredizas, y con suerte, algunos conservaban el número de identificación del salón en la parte superior.
Se preparó con antelación, indicándole a Bob que hiciese un pequeño mapa del lugar. Una investigación previa en el momento que supo que vendría a entregar la papelería necesaria para su inscripción. Gracias a esa planificación, Xeno fue capaz de moverse con seguridad atreves de la escuela, encontró la oficina de información por sí mismo sin ningún problema.
El flujo de estudiantes aumentaba poco a poco: un par de chicos riendo entre los pasillos, un profesor hablando por teléfono frente a un salón, y un pequeño grupo caminando en dirección al patio, probablemente para la clase de educación física. Xeno revisó su reloj de pulsera, frunciendo el ceño al ver que ya llevaba cinco minutos de retraso en su primer día.
Se detuvo frente a la oficina administrativa, donde debía recoger su horario y la información sobre su aula. Tocó la manija, pero no cedió. Cerrada. El vidrio polarizado de la puerta apenas dejaba entrever sombras en el interior. Xeno, impaciente, se inclinó para intentar ver mejor, pegando la frente y ambas manos contra el cristal.
En ese preciso momento, la puerta se abrió repentinamente desde adentro, empujándolo hacia atrás. El borde le golpeó directo en la frente y la nariz.
—Debes prestar más atención...
« ¡Ay! » al mismo tiempo Xeno se quejó, ahogando la exclamación con una de sus palmas. Mientras que con la otra buscó el punto de anclaje más cercano. La pared a su espalda. Estaba más preocupado en evitar caer al suelo que en amonestar a cualquier idiota arrogante que en lugar primero disculparse, lo regañaba.
—Es mi primer día. Se supone que alguien debía recibirme aquí. Y nadie lo hizo —contestó Xeno con rapidez, sin poder evitar el reproche en su voz.
Pero no fue solo su queja la que fue ignorada. Lo había sido también su presencia. Porque en cuanto Xeno habló, el hombre lo había hecho al mismo tiempo.
—...un robo y dejarte en estas condiciones no puede pasar por alto —dijo, terminando con una notable reducción del tono preocupado y exaltado en su voz. Percatándose hasta ese momento de la tercera persona presente.
Xeno levantó la cabeza, viendo a dos personas sorprendidas. Su rostro malhumorado, y la renuencia con la que aún sostenía su boca, dejando a observación su nariz y frente coloradas les hizo llegar a la conclusión rápida y acertada. Xeno no dejó de fruncir el entrecejo cuando el profesor -a juzgar por su gafete colgado al cuello- comenzó el aluvión de disculpas.
—¿Quieres ir a la enfermería? —preguntó el profesor, Xeno negó con la cabeza.
—Me encuentro bien, profesor. —Xeno echó un vistazo descarado al interior de la oficina. Tal y como dijo el hombre, esta lucía vacía, con solo el foco principal era el único encendido. Entonces esa permisiva ausencia aplicaba incluso para los docentes. Bien, no perdería más el tiempo. Xeno le tendió la hoja a ese hombre, y en cuanto la tomó comenzó a presentarse. Estaba agobiado por el pensamiento de esperar más, —Soy Xeno Houston Wingfield. Mi transferencia fue arreglada la semana pasada. Pero hoy es mi primer día aquí. Mi madre me aseguró que mis libros y materiales de estudio me serían entregados —Xeno se inclinó hacia el papel, señalando que en realidad era una hoja doblada. El profesor siguió la indicación y vio el contenido de la otra hoja — ese es mi horario y mi salón.
Con todo dicho, Xeno espero. Hizo su mejor sonrisa educada que escondiera el dolor aun presente del golpe. Era malo fingiendo, así que no lo logró.
Al parecer Xeno no estaba siendo claro. O ese adulto era demasiado denso.
—Vamos, el último viernes del mes es opcional la asistencia, así que no te preocupes por las clases de hoy, deberías tomarte tu tiempo para descansar un poco si te has hecho daño.
Xeno, expresivo como siempre, fue incapaz de controlar la mala cara ante la mención de un día opcional para la educación. No estaba en contra. Prefería estar en su casa correctamente ventilada y continuar con sus experimentos, pero si incluso los profesores alentaban a los alumnos a no asistir ¿qué calidad de educación había en ese pueblo? ¿Eran todos estúpidos? ¿Disfrutaban de la ignorancia? Ajeno a sus pensamientos, el profesor malinterpreto su desagrado. Riéndose de lo que él creyó, era el temor de Xeno a estar solo en la enfermería, o como la mayoría de los niños, temor a lo desconocido.
—Él te acompañará. Es una gran coincidencia que justo se dirigiese hacia allá. —Xeno le prestó atención por primera vez a la otra persona presente.
Un chico de su edad. Rubio y con el cabello desordenado, ni siquiera por culpa de la forma afectuosa con la que el profesor le frotó la cabeza. Nada en él decía que era un estudiante. Su presentación era pésima: sucio, como si se hubiese revolcado en el lodo. Desalineado, con ropa vieja y demasiado grande para él. Los ojos del chico no se dignaron a mirarlo de vuelta. Xeno premeditaba una presentación entre todos, liderada por él, por ello inició con su nombre completo. Eso hacia la gente educada. Pero ahí estaba. De pie, perdiendo el tiempo. Y siendo el único siguiendo las etiquetas sociales.
Demasiado pronto el papel de Xeno cambió de manos. Vio la intención del profesor en devolvérselo, así que inconscientemente acercó las manos, pero este pasó de largo, yendo hacia su nueva guía en la escuela.
—Sí me necesitan, estaré en mi oficina —dijo. Se dio cuenta al ver a Xeno que olvidó presentarse. Y con el mismo gesto amistoso, despeinó un poco su cabello. Xeno se horrorizó al instante. Pero él, demasiado distraído por volver, no se percató de la molestia, —soy Thomas Davis, concejero y profesor de arte. Mi oficina está marcada en tu mapa. Es el pequeño salón junto a la sala de arte.
El copete quedó arruinado. Quince minutos desechados con una desagradable muestra de simpatía física en solo segundos. Y por supuesto, aunque el tal Sr.Davis, se largó sin preocupaciones, ahora Xeno estaba siendo juzgado por un par de ojos que si se percataron de su indignación.
—No se ve tan mal.
Mientras Xeno luchaba con su copete arruinado, aún fresco por la ducha y pegajoso por la laca, el chico frente a él se atrevió a burlarse. Lo confirmó cuando Xeno miró sus ojos divertidos y su sonrisa tortosina. Si, por supuesto que no se veía tan mal si la competencia para verse mal era él. Si Xeno lo hubiese encontrado husmeando en la basura justificaría su aspecto.
Pudo haber durado más tiempo observando en silencio al chico, y arrugando la nariz en su dirección. Pero fue cortado con la misma expresión de desagrado que él mismo estaba haciendo.
El chico chasqueó la lengua, indignado por ser ignorado, pero ¿qué esperaba? Xeno no iba a burlarse de sí mismo para agradarle a nadie. Esa opción no estaba incluida en los pasos infalibles para crear una amistad.
Si Xeno se tomaba seriamente el inicio del experimento el momento en que puso un pie en el interior de la escuela, ese sería su primer fracaso. Un dato desalentador. Le gustaba empezar con buenos resultados. Era una especie de buen augurio.
—Rarito —susurró antes de pasar junto a él. Su aspecto despreocupado no era exactamente igual a su actitud.
Estaba molesto. Xeno juzgó la interacción social como: un comienzo con el pie izquierdo , pero no insalvable. El sujeto era de baja calidad, personalidad incierta y aspecto deplorable. Por su dirección, iba a la enfermería. Xeno no podía ver heridas bajo la chaqueta de gran tamaño que traía, pero solo descubriría si era o no un vago, siguiéndolo. Además, necesitaba sus libros.
—Andrajoso —dijo Xeno al alcanzarlo. Y ¡No fue ignorado!, el chico se giró hacia él. Logrando lo que quería, Xeno se apresuró a explicarse, —intercambio de insultos. Ahora estamos a mano. Aunque sería conveniente para entablar una amistad que yo ignorase tu falta de respeto a mi persona, me es imposible pasarlo por alto a menos que te descarte como posible amigo.
Nuevamente sin una respuesta. Pero esta vez solo recibió un encogimiento de hombros y un condescendiente meneo de cabeza. Su oportunidad para hablar fue cuando el chico iba a abrir la boca.
Una buena forma de impedir que alguien más dijese algo desagradable, era no darles oportunidad a hacerlo.
—¿Cuál es tu nombre?
Se lo pensó. El granuja fingió pensarlo demasiado, como si Xeno le hubiese preguntado cual era la utilidad del jabón de baño y el significado de una buena presentación.
Un primer fracaso no estaba mal. No contaba como un fracaso si el desagrado era mutuo, y aunque estuviese muy entusiasmado por demostrarle a su madre que su hipótesis era funcional y él lo bastante capaz como para no volver a sentarse frente a una psicóloga, incluso él sabía cuándo desechar las muestras problemáticas.
Aún no averiguaba si era talentoso -si era útil-, y se veía más escuálido de él. La fuerza bruta también es aprovechable. Aunque, parecía tener una buena relación con ese tal consejero, quizá la sala de artes podía convertirse en un pequeño laboratorio con suficiente persuasión.
—Stanley Snynder —dijo, imitando el tono pretencioso que Xeno usaba sin darse cuenta, e interrumpiendo toda su la conclusión interna.
Un nombre que le sonaba, de algo. Solo por eso iba a contestar " un placer ”, y también porque esa respuesta era lo adecuado en esa situación. Pero ciertamente no era ningún placer. Xeno prefería la honestidad. Era lo más razonable, serse fiel a sí mismo. Aunque, por otro lado, la lógica dictaba que si mentir le aseguraba estar en el lado bueno de alguien que podría ser de utilidad... no había mucho que debatir.
—Un placer.
—Hablas como un aciano. —Fue la respuesta que recibió.
¿Xeno no podía esperar cortesía de nadie en ese pueblo? Estaba consciente de que dos personas no eran suficientes para emitir un juicio. Pero temía por el esfuerzo que le tomaría lo repetitivas que serían ese tipo de interacciones.
Él, temeroso de un experimento...Lo irracional era contagioso.
—Entonces, ¿no vas a ofenderme de vuelta? —preguntó Stanley con diversión. La expresión confundida de Xeno le hizo soltar la carcajada que había contenido, —para estar en igualdad de condiciones. Tus reglas, no las mías.
—¿Era una ofensa? Creí que se trataba de una observación sesgada por tu poca interacción social con personas de vocabulario y modales más amplios.
—Estamos a mano de nuevo. —Stanley declaró con un asentimiento satisfecho. Fue como si ese chico, Stanley, hubiese hecho una suposición y estuviese regocijándose de haber acertado.
Un experimento social. ¡Con Xeno como el sujeto! ¡Y él cayó en su trampa sin darse cuenta!
Xeno apresuró el paso para alcanzar a Stanley, un poco más animado. El primer sujeto Stanley Snynder no era un completo imbécil despreocupado.
—¿Cuál dirías que es tu mayor fortaleza? ¿Te consideras competente en algo?
Stanley, fiel a su estilo, no podía simplemente dar una respuesta directa.
—¿Esto es una entrevista o un interrogatorio?
—Intento identificar puntos en común. Las afinidades tienden a facilitar los vínculos interpersonales, especialmente si hablamos de construir una amistad.
—¿Y tú eres así todo el tiempo o solo cuando acabas de conocer a alguien? —preguntó Stanley, con media sonrisa, desviando la mirada. Pensando que, si evitaba el contacto visual, había una mayor posibilidad de que Xeno se callara.
—Todo el tiempo —respondió Xeno, sincero y sin pestañear. Stanley no era directo. Pero Xeno sabía un par de cosas sobre obligar a su interlocutor a ceñirse al tema de conversación, aunque fuese evasivo. Incluso su madre sucumbía, —pareces alguien que mantiene la guardia en alto. Has estado mirado a todas partes, como si esperaras un ataque en cualquier momento. Eso suele ser propio de personas con entrenamiento. ¿Tienes interés en la militar?
Funcionó. ¡Y demasiado bien! Stanley se giró hacia él, sorprendido. Xeno estaba siendo cínico y, a decir verdad, se la estaba jugando con su suposición. Stanley tenía un collar mal oculto de una placa militar. Muy posiblemente de su padre. O una imitación que reforzara la teoría de Xeno de sus intereses.
Oh que bien se sentía acertar en sus suposiciones.
—O de alguien que quiere llegar rápidamente a la enfermería. —Stanley dio vuelta en una esquina, la enfermería estaba a unos pasos, al final de ese pasillo. Volvía a ser evasivo, pero poco podía hacer con su anterior demostración de sorpresa.
—No pareces muy afín a la destreza física, así que ¿tiro?
Stanley dudó con una risa más ligera e incómoda. Su intención de que la llagada a la enfermería marcara el momento de deshacerse de Xeno fue terriblemente evidente cuando su suspiro decepcionado al encontrar el lugar vacío desinflo sus pulmones.
—Eres bueno en esto, parece que estas dentro de mi cabeza—señaló Stanley, agregando dramatismo a ello, apuntó a la cabeza de Xeno con dos dedos y simuló un disparo. —Acertaste de nuevo, ¿tu padre es policía o algo así?
—No —respondió Xeno sin detenerse en explicar nada, —¿eres bueno en ello? ¿O consideras que tu desempeño es medio? ¿Si es así, medio bueno o medio con tendencia a mediocre?
La construcción de armas fue su fijación el año pasado. Lo abandonó después su pobre desempeño en las pruebas físicas. Xeno era un desastre. Y su padre hizo muchas preguntas cuando revisó las facturas de sus gastos. Desarmar sus pequeños logros sin probarlos, solo para evitarse un sermón. Tuvo que reconstruirlos como generadores de vapor en miniatura, con etiquetas falsas y explicaciones aún más débiles. Terminado con un par de modelos didácticos para una feria escolar inexistente. No convencieron a nadie. Pero su padre no insistió.
Todo el asunto fue decepcionante.
...
La palabra decepcionante fue la que hizo el truco en Stanley. Estuvo midiendo sus respuestas lo suficientemente vagas para que ese chico raro no tuviese la infame idea de que podría acercarse a él después de esto e incluirse a sí mismo en el grupo de Stanley.
Pero era demasiado inteligente, sabía que botones apretar incluso en una conversación con un desconocido. Y él mismo era un impulsivo de lo peor.
Sin darse cuenta estaba hablando de su familia, sintiendo una absurda necesidad de presumir, solo un poco, al ver la cara atenta de Xeno, fija en él.
—Mi hermano me llevaba a algunos parques de pruebas, a veces. Una vez fuimos a uno de esos campus científicos, con talleres y cosas de listillos. Me enseñaron a disparar con aire comprimido. Gané una competencia en una de las visitas.
—¿Puedo interpretar eso como que te consideras capaz?
Stanley se encogió de hombros. Increíble sería la palabra. Un pequeño genio le llamaba su hermano. Brad nunca exageraba.
—Si, bastante bueno.
El cajón de las vendas estaba abierto al menos, pero el ungüento debió cambiar de lugar porque no estaba por ningún lado. Se conformaría con los antisépticos en la vitrina, los moretones podrían esperar.
Stanley no quería desvestirse frente a Xeno. No era que de pronto se hubiera vuelto pudoroso, pero las raspaduras en sus rodillas y codos no eran lo único que quería sanar. Y si no iba a aplicarse ungüento en los moretones, no valía la pena pasar la vergüenza de bajarse los pantalones.
Se desharía primero de la chaqueta, el olor no era bueno, en parte a ropa mojada, y tierra, pero no era tan quisquilloso como para esperar oler a suavizante de telas. Además, cubría el desastroso estado de sus brazos. Estaba en el proceso de deslizarla por sus hombros cuando vigiló a Xeno inusualmente callado.
Xeno sostenía su barbilla con una mano, en una graciosa pose del pensador. Sus cejas estaban fruncidas, y era probable que no se diese cuenta de lo expresivos que era su boca y ojos. Cabellos sueltos y tan rubios que podrían ser albinos o plateados seguían escapándose de su copete arruinado.
Stanley casi se burló de sus pantalones cortos caqui, y de su estúpida corbata. Pero lo soportó. Él no dictaba las leyes de la moda para los nerds esnobs.
Bien, fuese lo que fuese, Xeno estaba atrapado en su mente con gran frente, ¿o cabeza?, ambos eran grandes. Así que se acomodó la chaqueta de nuevo sobre los hombros, tomó las vendas y el antiséptico, y caminó hacia una de las camillas con cortina.
Xeno, además de raro, era extrañamente consciente al hablar como un enano pretencioso, y actuaba con la inconsciencia mecánica de un robot. Ambas cosas al mismo tiempo.
Ese tipo realmente lo había seguido detrás de la cortina.
—Quédate allá —ordenó Stanley, señalando con un movimiento de su barbilla la esquina más lejana a la camilla. La respuesta fue la indignación. Stanley se río, ¿tenían que explicarle cada detalle a este chico? ¿Era incapaz de leer el ambiente? —voy a cambiarme —explicó, no tenía ningún interés en escuchar: “¿por qué no quieres que te vea en pelotas?” Así que hizo lo más fácil de comprender, cerró la cortina en su cara.
—La modestia es un rasgo que creí no estaría tan arraigado en los pueblerinos en pleno siglo veintiuno.
Stanley se detuvo. ¿Pueblerinos? Iban a destrozar a ese imbécil apenas abriera la boca en público.
Que lastima, el niño rico tendría que cambiar sus pantalones cortos por un par de mezclilla si quería mantener sus rodillas rosadas y pálidas.
Stanley se desvistió sin pensarlo demasiado, era peor cuando se volvía demasiado consciente del dolor, y era condescendiente con ello. La mayoría de los moretones eran viejos, de un par de días, el más doloroso, el de las costillas del día de ayer por la noche. Una de raspaduras abarcaba desde el final del codo hasta la muñeca, sangraba un poco, y la piel se enrollaba en las esquinas como pergamino. Pero no era profunda. El alcohol dolió como una perra, haciéndole dudar en vendarlo. Al final lo hizo, dos segundos de dudas y continuó con las rodillas. Encontrándose con más de lo mismo.
Estando tan concentrado en envolver la herida sin comprometer la movilidad se olvidó de la extravagante compañía al otro lado de la cortina. Se tomó su tiempo, y Xeno esperó con paciencia. Y de no ser porque los siseos de Stanley eran lo suficientemente audibles, Xeno se hubiese arriesgado a asomar la cara y atrapar a Stanley con los pantalones abajo.
En esa misma posición vulnerable estaba Stanley cuando Xeno rompió el agradable silencio.
—Creo que te recuerdo. —La cortina se movió, Stanley maldijo subiendo rápidamente sus pantalones, estuvo a punto de tropezar y quedar con el trasero expuesto y el rostro con un nuevo moretón. Pero al parecer esa era la intención. Ponerlo alerta, porque Xeno continuó hablando mientras el sonido de sus pasos caminando en otra dirección más alejada lo acompañaban. —Parque científico Kármán, hace tres años. Un novato ganó la competencia de tiro para los universitarios.
No era una competencia, Stanley lo recordaba como una demostración. Y tampoco recuerda haber alardeado de ser un novato, no lo era. Sostuvo por primera vez un arma a los siete.
—Ese soy yo —respondió Stanley de todas formas. —Estaba a punto de creer que esta era otra técnica de ... ¿cómo lo llamaste? ¿vínculos de afinidad?
—Afinidad para facilitar los vínculos interpersonales —corrigió Xeno.
Stanley le restó importancia a su equivocación. El 90% de la conversación con Xeno era ruido gris, el otro 10% él alucinando por terminar atrapado con el próximo saco de boxeo del pueblo.
—Bien, un consejo, no funcionará. Dudo que alguien quiera que le digan que tiene semejanzas contigo.
Xeno era terriblemente ajeno. Pero no idiota. La ofensa fue interpretable incluso para él. Por suerte Stanley tenía experiencia salvando cualquier una situación.
—Nada personal. Es una cosa de pueblerinos.
Era posible dejarlo sin palabras, Stanley no se consideraba agradable, amigable o con una lengua de plata. Se salía con la suya, sí. Pero solo funcionaba con personas tan ensimismadas que el sarcasmo era imperceptible a sus ojos. Que, gracias a eso, en algún momento, y sin percatarse, Stanley los atrapaba con sus propias palabras.
Dejó todo sobre el escritorio. La srta. Dorothy nunca se molestaba por el desorden en la enfermería, era una mujer adicta a la limpieza, Stanley juraba haberla visto reordenar aparadores en perfecto estado solo porque el tamaño de las botellas no le agradaba.
Stanley dio pasos largos, el intermedio perfecto entre caminata rápida y estar a punto de echarse a correr. Algo recordaba sobre recoger libros, y ser el niño guía del estudiante transferido. Muchas gracias por la confianza al Sr. Davis, pero él pasaba.
Ir a intentar dormir en la enfermería y correr el riesgo de que Xeno siguiera la sugerencia del Sr. Davis y perdiera el tiempo ahí, con él, Stanley no cree que soporte más interrogatorio. Su repertorio de frases sarcásticas estaba en declive. Después de ello se volvía un chico aburrido. Lo último que necesita es que ese tipo raro y hablador crea que es material de confidente.
El 8th se limitaba a dos aulas. Si la cantidad de alumnos era demasiado pobre, se fusionaban por el resto del periodo. Ese día era uno de esos días. Solo cinco alumnos, todos reunidos en el aula 1.
En la pizarra estaba un simple texto que decía:Tiempo de lectura. Adelanta tus tareas pendientes. Con la letra del Sr. Davis.
Stanley escondió las manos en los bolsillos y empujó la puerta con la mitad del cuerpo. Hubo un silencio momentáneo cuando lo confundieron con el profesor, pero en cuanto vieron su rostro, las risas volvieron.
—¡Stan! ¡Por aquí! —Sasha levantó la mano desde el fondo del aula. Las otras dos chicas, acompañándola, Marina y Ness, se burlaron de su escándalo. Además de su pequeño grupo solo había otras dos personas.
Stanley le dio una sonrisa consciente a su grupo, y un asentimiento de cabeza a Madison y su nuevo novio con nombre extranjero que no recordaba antes de cruzar toda el aula hasta ellas. Xeno era chico nuevo más reciente, pero no la única novedad del pueblo.
Barmas, la nueva sensación de Arizona. ¡Quién lo diría!
Arrastró una silla hacia la mesa de Sasha, colocando el respaldo hacia el frente, y se sentó con las piernas abiertas. Los brazos sobre el respaldo le sirvieron de soporte a su cabeza. Cuando encontró la posición perfecta para que el filo no atrofiase aún más su herida, Stanley pudo relajarse.
Permitió que Marina jugara con su cabello, y que Sasha le rociara un poco de perfume cuando lo creyó suficientemente dormido como para atreverse.
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Fueron las mismas risas de las chicas las que lo despertaron a minutos de la campana del final del día. Los clubs y los talleres estaban cerrados, así que tendría toda la tarde libre para entrenar. Con solo pensarlo Stanley sintió que sus brazos se debilitaban.
Marina volvió a reír y aunque Ness y Sasha intentaron silenciarla, fue demasiado ruidosa. Suficiente para que Stanley asomara la cara de entre sus brazos para averiguar qué era tan gracioso.
—No se ha movido ni un poco, ¿es un robot o qué? ¡Solo mírenlo! Ha estado murmurando por minutos.
—¡Te va a escuchar!
—¿Y qué? Dudo que quiera volver después del cortón que le ha dado Ness.
Marina se rio de nuevo, pero fue Sasha la única que intentó silenciarla, esa vez menos seria, con la risa contagiada por las otras dos.
—¡Exacto! ¡Si sigues viéndolo se acercará! Así son los raritos.
Stanley siguió la mirada de Marina hacia el asiento de la primera fila, el más cercano a la puerta. Ahí estaba Xeno, destacando de la única forma en que podría, de forma peculiar. Dejó su forma rígida de un instante a otro para... ¿qué era eso? ¿Mímica?
Entonces, viéndolo ahí, solo, Stanley se dio cuenta de lo que significaba que Xeno estuviese ocupando un asiento en el aula. Existía la posibilidad de que alguien le hubiese dicho que los grupos se unían en las ausencias, o que prefiriese quedarse en la única de las dos aulas con alumnos.
No lo averiguaría hasta el lunes.
También podría ir y preguntarle directamente. Xeno respondería. Stanley no era el mejor juzgando a los demás. Esperaba poco, y se esforzaba demasiado. Pero con Xeno tenía una fuerte una corazonada.
Si Stanley quisiera podría tener su atención. Su primera impresión de él definitivamente hizo algo.
La presencia de Xeno era incómoda, el tipo de persona que nadie deseaba como compañía, pero que, por algún motivo, llenaba la habitación. Era la viva imagen de un niño rico, pretencioso y extrañamente ofuscado en la interacción social.
Un ancla que Stanley no necesitaba atada a su tobillo.
—¿Qué pasó mientras dormía?
—Un interrogatorio —dijo Ness —, el tal Xeno traía incluso una libreta de apuntes. Fue alucinante.
—Y te quejabas de que nada interesante había ocurrido hoy —se burló Marina.
Ness frunció los labios y levantó una sola ceja, lo que indicaba que si continuaban las burlas estas no debían ser contra ella, o si no se molestaría.
Stanley evaluó a su grupo. Se estaba perdiendo de algo, por supuesto. Y no iban a decírselo. Él hizo la pregunta, si quisieran compartirlo lo hubiesen hecho ya. ¿Se trataba de él?
La posibilidad le hizo volver a buscar a Xeno en el otro extremo del aula. Verlo mejor. Se detenía a escribir después de un par de murmullos escalofriantes que le daban toda la apariencia de estar loco.
El pupitre que se adueñó tenía varios libros, debió haber encontrado por su cuenta la biblioteca, y contrario a lo que se esperaría, los libros estaban en una perfecta pila, olvidados. El único desastre eran las bolas de papel descartado a sus pies, que Xeno no se preocupó por recuperar.
Mientras lo observaba, dejó que discutieran entre ellas. Iba a quedarse callado, pero comenzaba a entender la situación.
Ness estaba molesta de forma personal.
Stanley no necesitaba ser adivino para prever el poco éxito de Xeno con los estudiantes. Él mismo no estaba en el lado bueno de la mayoría de ellos. Y sus palabras no servían de salvavidas ni siquiera para su propia reputación.
—Lo conocí antes —confesó Stanley interrumpiendo las quejas de Ness. Sasha y Marina se miraron a los ojos en cierta complicidad, —es raro como la mierda. Pero no es nuestro problema. No se acercará si lo ignoramos.
—Nos dimos cuenta. Fue muy directo—dijo Marina.
—En cuanto te vio, él vino hacia nosotros. Nos evaluó en un silencio incomodo que duró... ¿cuánto fue? ¿cinco minutos?
Stanley se rio de ello al imaginárselo. Ness no estaba contenta, pero le restó importancia al ver la sonrisa en las caras de los demás.
—¡Bien! Lo que sea. No más charla sobre granujas espeluznantes. Debemos hablar sobre el plan de este fin de semana.
...
La paquetería era infame. Estaban atrasados.
¿Dónde consiguió Bob a estos tipos?
Ojalá ese hubiese sido el mayor problema.
Xeno supo que su equipo no llegaría intacto a su nuevo laboratorio cuando el camión abrió las puertas de la carga. La evidencia estaba en las abolladuras de las cajas cubiertas correctamente por cinta con la palabra frágil por todas partes.
Se suponía que solo sería un espectador. Su posición era supervisar desde la sombra mientras esos gorilas hacían el trabajo duro por el que se les pagaba. En el salón de la casa preferiblemente.
Pero ahí estaba él, bajo el sol implacable del mediodía, presenciando cómo uno de esos gorilas, con músculos de inflable, dejaba caer una de las cajas más grandes, con equipo costoso, desde más de un metro de altura. La única explicación razonable de ese error sería porque al no tener ojos en el trasero y decidir no girarse para verificar si su compañero -igual de inútil- lo había sujetado antes de que él lo soltara, fue que terminó con un golpe seco en el suelo.
Xeno hasta ese momento solo tenía mala cara, confiaba en las precauciones que tomó al empacarlos. Una candad de espuma considerable. Resistirían ese golpe. No se preocuparía demasiado.
Sospechaba que era su placa calefactora, o la incubadora bacteriológica que era prescindible por el momento debido al trágico destino de sus cultivos. Y en el peor de los casos, por el tamaño, apostaba que la afectada podría tratarse de la autoclave.
Y si hubiese dejado de esforzarse en fingir mantener la calma y se permitía un poco de paranoia. Pudo haber reaccionado segundos antes de presenciar el declive de un año de esfuerzo. Porque Xeno era realista. No había nada más pesado en sus paquetes, empacado junto, en una sola caja y sin clasificar, que no fuese su prototipo de cohete.
En el suelo se encontraban diez cajas medianas. Una grande. Faltaban las cajas de menor tamaño, doce.
Eso solo contando sus pertenecías con destino a su laboratorio.
Detrás de ese, estaba el otro camión estacionado.
—¡Date prisa! Este sol está matándome.
—¡Deja de quejarte! Hay muchas más acá. Estas son pequeñas. ¡Te las lanzaré!
Suficiente.
Xeno perdió los estribos.
Fue su actuación más reprobable en la semana. Su madre no aprobaría que bajase rápidamente los escalones de la entrada, hecho una pequeña furia escuálida, con los puños apretados pero destinados a no golpear a nadie. Xeno no recurría a la violencia. Nunca. ¿Qué tan poco raciocinio habría en la cabeza de alguien que decidiese meterse en una pelea sin ninguna probabilidad de ganar?
—¡Tú! Ese equipo es frágil. Has debidamente tu trabajo. O no te pagaré. —Xeno se detuvo al pie del camión. Señalando con el dedo índice al infame trabajador dentro de la zona de carga.
Una burla escandalosa estalló junto a Xeno. El otro trabajador lo observaba desde arriba, varios centímetros más alto que él. Levantó la ceja y se cruzó de brazos.
—Nos pagan por adelantado, niño.
Siguiendo su ejemplo, el hombre con su paquete bajo el brazo se echó una carcajada. Ambos intercambiaron una mirada que Xeno apenas y pudo seguir antes de que ahogara una exclamación cuando la caja fue lanzada desde el interior del camión hasta los brazos del otro sujeto.
—Ves, está a salvo —dijo. La caja dio vueltas en sus manos, la cinta de precaución parecía un simple chiste—, somos profesionales, déjanos hacer nuestro trabajo.
—Fue mi error asumir que su contrato se liquidaba después del servicio— Xeno estaba consciente de lo que significaba ponerse del lado malo de los empleados. Su madre era un ejemplo esclarecedor de las consecuencias. Pero algo de esa sabiduría incluía que no existía nadie sin un precio. —Si la extenuante petición de cumplir con un mínimo de cuidado al transportar los paquetes, eso incluye, no dejarlos caer, ni lanzarlos—fue demasiado rudo, Xeno se detuvo. Se obligó a sonreír de forma educada y mirar a ambos hombres—, podemos llegar a un acuerdo monetario más beneficioso.
El rostro del hombre no mostró cambios. Ni siquiera con la mención del dinero. Xeno frunció los labios.
—¿Entonces, están o no interesados? —presionó.
Y la única respuesta por unos segundos fueron las burlas.
—Vamos Logan, toma en serio al niño —dijo el hombre que no era Logan. Por poco Xeno creyó que su enfoque podría redirigirse a dialogar con él, siendo que demostraba ser más sensato. Pero cuando se unió a las burlas, su pensamiento fugaz de extinguió en decepción.
—No aceptamos sobornos de niños. Trae a tu madre y hablamos de ese acuerdo más conveniente que mencionas—explicó Logan sin perder el detalle de acentuar la ironía. Su sonrisa era fácil, curvada hacia arriba, y con los ojos arrugados.
Xeno validó sus opciones. La primera. Hacerlo por sí mismo.
El alto del camión era de poco más de un metro. Tendría que subir de estómago, a rastras en por lo menos un viaje. Ordenando los paquetes en un área alcanzable, el resto sería solo cuestión de ida y vuelta al interior de la casa.
Los paquetes medianos y el grande eran otra historia. Sería fácil si esos dos cabezas duran acataran instrucciones.
Las burlas que seguían pintadas en sus rostros mientras debatían en silencio aumentaban la probabilidad de que fuesen nuevamente condescendientes.
Segunda opción. Ceder.
—Iré a buscar a un adulto, entonces.
Xeno dejó ir la fuerza que puso en apretar el puño, dando media vuelta, de camino a la oficina de Bob.
No era como tal una oficina en toda regla. Pero el escritorio, el café y la silla reclinable le daban el toque.
—Bob —llamó Xeno. La puerta estaba abierta, por lo que solo se deslizó a un lado de él, observando que era lo que mantuvo a su chofer tan atento. Vandalismo, nada menos. En la parte trasera de su casa. Eso llamó su atención, así que se acercó a la pantalla, —Nuestro sistema de seguridad es elegante —elogió. Bob dio un salto cuando escuchó a Xeno tan cerca de su oído.
—¡Señorito Xeno!
Xeno le dirigió una mirada de reproche. Bob se dio cuenta de inmediato su error, por supuesto. Eran personas eficientes.
—Mis disculpas, joven Xeno—se corrigió —¿qué lo trae por aquí?
—Un inconveniente con la eficiencia de los repartidores. Sugerí un aumento monetario a cambio de que hicieran bien su trabajo. Pero no tuvieron la cortesía de negociar conmigo.
Bob lo entendió. Eficiente y rápido.
—Llegaré a un acuerdo beneficioso— él aseguró. Lo que mantuvo en su sitio a Xeno fue que Bob no se puso de pie de inmediato. Tomó su radio y lo encendió.
Fue entonces cuando Xeno prestó verdadera atención en el video de las cámaras de seguridad, y no solo a la calidad de la imagen. Los vándalos escabulléndose hacia el trastero.
La acción del robo no le hizo sonreír en sí. Fue la coincidencia. El único vándalo que no estaba interesado en hurgar entre las pertenencias —o basura —de los anteriores dueños. Era también una cara conocida.
Stanley Snyder.
—Retenlos, llamaré a la estación para que los arresten, es mejor poner el ejemplo cuanto antes.
Xeno observó a Stanley fijamente. Manos en los bolsillos, nervioso mientras miraba a todas partes. No parecía el líder, le faltaba seguridad. Ni la cabeza del altercado, no prestaba atención a los posibles bienes para robar.
Era quien vigilaba. Puede ser que el encargado de planear como burlar la entrada.
—¿Los camiones de mudanza utilizaron la puerta trasera?
Bob asintió.
Entonces aprovecharon el movimiento para colarse. Algo fácil, si no hubiese cámaras.
—¿Los viste colándose?
Bob negó frustrado. —No, lo siento joven Xeno. Debieron encontrar un punto ciego.
Xeno sonrió.
—No llames a la estación.
Bob interrumpió la comunicación con Ralph, uno de los dos guardias de seguridad. Y colgó la llamada en curso en el teléfono. Frunció las cejas, confundido. Buscó lo que llamó la atención de Xeno en la pantalla. Solo pudo hacer conexión con la edad de los sujetos.
—¿Son de su escuela? Entiendo si no quiere crear enemistades, pero es necesario dar un ejemplo claro de...
Xeno desestimó las conjeturas de Bob con un simple movimiento de mano.
—Si, por supuesto. Deben obtener una clara advertencia y castigo por invasión a la propiedad. —El dedo de Xeno se acercó a la pantalla, posándose justo sobre la cabeza de Stanley—, llévenselos a todos. Menos a este.
—Dadas las circunstancias, joven Xeno, creo que debería reconsiderar su elección de ¿amigos?
—¿Amigos, Bob? —Xeno preguntó. Se sentía emocionado. Casi. Casi podía olvidarse del incidente con las cajas —, curiosa conclusión a la que llegaste.
—Está intentando proteger a un desconocido. Y parece de su edad, así que yo...
—Llegaste al razonamiento más acertado. Entiendo. Pero es erróneo.
—¿Podría explicarme sus razones, entonces, joven Xeno?
—Es mi nuevo proyecto. —Bob no esperaba esa respuesta. Xeno podía prever sus siguientes palabras. La respuesta que usaban Bob y Sophia cuando Xeno los acorralaba. Adelantándose a ello se giró hacia Bob: —No somos amigos —«todavía» —así que no debes de preocuparte en molestar a mi madre para decirle una locura, como que ahora me relaciono con delincuentes.
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—¡Te dije que no robé nada!
La queja de Stanley se repetía, aunque debió haberse dado cuenta de que la calidad de las respuestas de Ralph rayaba en los monosílabos. Para el pequeño vándalo recién capturado, Ralph decidió que no gastaría energía en lidiar con él. Ahorraría cada esfuerzo en soportar al hijo del jefe en su lugar.
Xeno era consciente de que su padre no escatimaba en gastos si se trataba de la seguridad. Así fue como llegó a fijarse en Ralph. El hombre era un hombre imponente, de complexión sólida y casi dos metros de altura. No hacía falta mucho para imaginar que su sueldo debía ser generoso con todo ese potencial.
Ralph había sido el guardaespaldas de confianza de su padre durante la última década, y también su sombra constante hasta que Xeno cumplió nueve, y su vida comenzó a tener la estabilidad suficiente para empezar a ir a la escuela.
Xeno iba a aprovechar la imponencia de ese hombre al máximo mientras estuviese a su disposición. Mientras se tratará de trabajo de seguridad personal, Ralph obedecería. Trabajos de cualquier otra índole eran rechazados, lo que Xeno sospechaba, era el ego de ese hombre hablando.
Stanley estaba a espaldas de la puerta del almacén, donde Ralph lo llevó para interrogarlo. Sostuvo con fuerza a su costado y bajo el brazo izquierdo el volante de una bicicleta destartalada. Los parches de las ruedas eran lo menos llamativo cuando Xeno lo comparaba con el óxido del acero cubierto por pegatinas coloridas.
—¿Has atrapado un zorro, Ralph? —Xeno se cruzó de brazos, recargando el hombro sobre el marco de la entrada. La pose era planeada, pero no la sonrisa prepotente deslizándose cada vez más amplia en sus labios. Aquello fue puro e inconsciente improvisación.
—No, joven Xeno. Es una presa menos impresionante, un pequeño ladrón no muy listo.
—¡No soy un ladrón! —gritó Stanley. Su rostro estaba fruncido, sucio y sudoroso. Se había dirigido en un principio a Ralph, pero su mirada furiosa no dudó en fijar su atención en Xeno inmediatamente después. —Estoy limpio. Dile a tu gente que me dejen ir—dijo Stanley, antes de agregar con sarcasmo lo primero que se le ocurrió para salvarse a pesar de ser otro golpe para su orgullo herido —, como dijiste, soy como un animal callejero, simplemente estaba hurgando en tu basura.
Xeno arrugó los labios. ¿Nadie entendió su referencia? A juzgar ambos rostros no. Ralph inmóvil. Stanley de pie con una expresión más segura de lo que su postura aferrada, a al fierro viejo de su bicicleta, demostraba.
Una frase inteligente arruinada.
Xeno chasqueó con la lengua, molesto. Tendría que explicárselos. Fue una buena referencia.
Pero primero le ayudaría a Stanley a ser consciente de su desliz de ignorancia.
—Los zorros no son animales callejeros. Recientemente se han visto obligados a salir de sus habitad hacia los asentamientos humanos por la escasez de comida. Pero son cazadores hábiles. En un clima como este sería imposible ver a un zorro. Un coyote es una opción más realista—, Xeno era predilecto a los ademanes. Le ayudaban a crear un flujo entre las palabras y la comunicación no verbal. Una ayuda para mantenerse concentrado y no divagar. Si necesitaba concentración, sus manos estarían quietas. Si las palabras debían fluir por su boca con la gracia de un buen orador. Xeno estaba por comenzar a hacerlo, caminar de un lado a otro, hasta que Stanley dio un paso atrás con disgusto. —En resumen. Los zorros son agiles. E inteligentes. Mi comparativa tenía la intención de ser ingeniosa.
Y esa explicación no pudo importarle menos a Stanley, a juzgar por su nula reacción. La respuesta fue aún más seca e impersonal.
—Muy ingenioso de tu parte Xeno—reconoció Stanley sin una pizca de sinceridad —, ¿me dejarás ir ahora?
Xeno conocía la desesperación de un animal cuando la veía. Stanley parecía una rata nerviosa, atrapada pero lista para huir. Sus acciones corporales gritaban: “¡Ayuda, Xeno! Fui atrapado guiando a un grupo de pequeños vándalos a tu cobertizo. Pero tengo las manos limpias”.
Esa situación era exactamente de lo que trataba el cuarto paso de La metodología de la creación de una afinidad recíproca: interés mutuo. El nombre corto era la hipótesis de la amistad, por supuesto—nombre trillado. Vergonzoso. Pero así era la ciencia, los nombres debían ser explicativos —hasta el momento Xeno estaba atrapado en el tercer paso: establece una conversación de interés. Y si dejaba escapar la oportunidad, podría estancarse.
A pesar del riesgo, saltarse pasos de una hipótesis nunca era una buena idea para obtener un resultado acertado.
—Eso no será posible —dijo Xeno. Inmediatamente Stanley se endureció, cuadrando la barbilla y borrando la mueca sarcástica de sus labios hasta ser disgusto puro. Xeno no se dejó intimidar, ni retroceder por ello. Su sonrisa fácil se mantuvo —propongo servicio comunitario como represalia por la invasión a mi propiedad.
Stanley frunció el ceño, pero su postura se relajó ligeramente. Podría Xeno adivinar que el castigo que él le ofrecía era mejor de lo que esperaba.
—Bien —respondió Stanley de mal modo. Pero visiblemente dispuesto —¿qué debo hacer?
Xeno sonrió amplio.
—Joven Xeno —interrumpió Ralph. Irónicamente, el hombre se detuvo, esperando permiso para hablar. Fue hasta que Xeno dejó de mantenerle la mirada a Stanley para dirigirse a él, que este continuó: —Su padre dio órdenes claras para los intrusos.
¿Su padre? Xeno maldijo. Por supuesto que le notificarían a su padre. ¿Realmente era tanto problema un montón de adolescentes hurgando en un cobertizo lleno de basura?
Demostrar duda o molestia solo alertaría a Ralph de que Xeno estaba consciente de que sus acciones serian desaprobadas por su padre.
—Impartiré mi propio castigo esta vez. Mi padre comprenderá la oportunidad de un brillante reclutamiento.
Ralph asintió. Notificaría a su jefe. Aquello no estaba en duda. Pero de las treinta veces en el año anterior y ese en que su padre había recibido algún reporte sobre Xeno, solo respondió a una. La probabilidad estaba de su lado.
—Entiendo. Entonces, que tenga un buen día. —Ralph se ajustó el auricular de su oído derecho y salió de la habitación sin dedicarle una única mirada a Stanley. Quien, por el contrario, no dejó de observarlo hasta que desapareció por el pasillo.
...
Stanley estaba cohibido por la opulencia de ese lugar. Las habitaciones eran tan espaciosas que resultaba difícil de creer que incluso él pudiese lograr escabullirse. Lo único conocido era la mirada en los ojos de Xeno, con aquel interés intimidante con el que continuaba mirándolo a cada oportunidad.
No era ajeno a que los demás lo percibieran como encantador. Pero con Xeno, la cara bonita con la que la todos se interesaba al comienzo, no importó en lo más mínimo.
Pero los ojos críticos de Xeno también eran parte de esa atención deslumbrante con la que Stanley estaba tan incomodo.
Fue más desagradable que ser visto como un experimento.
Porque, aunque Xeno fuera un bicho raro, era asquerosamente rico. Y eso lo hacía creerse mejor que él.
—He de decir que estoy sorprendido. Gratamente sorprendido —aclaró Xeno. Adoptó una pose madura, muy posiblemente aprendida de alguno de sus padres. Y se aclaró la garganta. Todo aquel espectáculo esperando a que Stanley agregara algo a la conversación.
El silencio se alargó más de lo que Xeno tuvo previsto para comenzar aquel dichoso castigo. Stanley haría cualquier cosa con tal de no pasar la noche en la comisaria. Y se esforzaría el doble si eso significaba que su padre no se enteraría del allanamiento.
Aun así, ver a Xeno frustrado porque las maquinaciones de su cabeza no se cumplían al pie de la letra como él esperaba, le causaba algo. Una sensación de triunfo mezquina que acariciaba su ego lo suficiente para suavizar su lado más mezquino y permitirse ser menos desagradable.
—Tus sirvientes no parecían igual de impresionados.
Xeno se encogió de hombros.
—Por supuesto que lo están. Pero interferiste con su trabajo. Por fortuna, esas reglas no aplican a mí.
—He logrado impresionarte y sigo sin ser arrojado a una celda, debe ser mi día de suerte.
—¡Lo es! Has remontado al número uno. He de confesar que tu decepcionante actitud pasada por poco me obligó a descartarte. La holgazanería y falta de compromiso son características deplorables en una persona.
Stanley no se ofendió más por las palabras de Xeno que por sus ademanes y muecas peyorativas. Estaba tratándolo como el pequeño saco de papas en turno. Por suerte, Stanley soportaba mejor las palabras duras que los golpes.
—Cierto, ya recuerdo. ¿Todo esto de salvarme de tu gigantesco guardia es por tu proyecto de amistad?
Stanley se sacudió el ligero placer que llegó después de ser llamado número uno, no fue difícil cuando Xeno lo llamó holgazán y vago poco después y en la misma oración.
—Es una hipótesis, en realidad.
—¿La hipótesis de la amistad? —adivinó Stanley, a lo que Xeno asintió, visiblemente complacido de que Stanley se interesara un poco. Decirlo ya sonaba vergonzoso, él estaba obligado a mantenerse serio al respecto, después de todo, esa dichosa hipótesis de la amistad acababa de salvarle el culo. Pero Xeno ¿cómo es que se tipo seguía ahí con la cabeza en alto después de decir algo tan cursi? —Bien. ¿Qué tengo que hacer?
—Sígueme.
Xeno amplió su sonrisa, parecía que quería felicitar nuevamente a Stanley, pero se detuvo antes de decir algo agradable. De inmediato se giró sobre sus pies y comenzó a volver a la entrada principal de la residencia.
El salón principal era aún más lujoso. Los muebles eran de roble lustrado, y los cojines en el único color que intimidaría a cualquiera que se acercara, blanco. El suelo estaba parcialmente cubierto por una gran alfombra de tejidos opacos y sobre sus cabezas, por supuesto, no podía faltar un escandaloso candelabro. Ni siquiera la cantidad absurda de cajas en el centro de toda aquella escena hizo que Stanley se detuviera a pensar en la cantidad de trabajo que le esperaba.
—Hay más afuera. Las más pesadas son trabajo suyo —instruyó Xeno apuntando hacia el exterior donde un par de hombres lidiaban con un paquete bastante más enorme que el más grande de esa habitación, —tú te encargarás de subir estas, una por una. Estaré esperándote en el laboratorio para desempacar, ¿entendido? —Stanley no hizo ningún asentimiento, Xeno no esperó a que lo hiciera cuando ya estaba avanzando por las escaleras, de camino al famoso laboratorio.
Stanley buscó un lugar alejado, donde dejar la bicicleta a la que seguía aferrado, pero después de la amenaza del guardia de casi dos metros de Xeno, y de ver cómo se llevaban a los demás sin permitirles tomar nada, aunque fuese originalmente suyo, Stanley estaba algo receloso.
Xeno debió haberlo estado observándolo, intrigado en por qué no escuchaba los pasos de Stanley siguiéndole si ya le había dado las indicaciones a seguir.
—Puedes dejarla fuera. Bob se deshará de ella cuando la vea—dijo Xeno. Stanley no tuvo tiempo de ofenderse cuando Xeno se giró de nuevo hacia el piso de arriba. Desde luego, eso no era lo único que tenía que decir. Porque Xeno tenía la curiosa habilidad de decir cosas amables con una pésima ejecución de palabras, —en el jardín, cerca de la bodega, hay una extra, debiste haberla visto cuando se colaron. O si quieres alguna de las de tus cómplices, eres libre de tenerla. Ralph tenía ordenes de confiscarlo todo, así que ahora me pertenecen de todas formas.
—No necesito una bicicleta diferente.
La esquina de los labios de Xeno se levantó ligeramente, pero la burla no llegó cuando debería. Se dio cuenta en poco tiempo que no estaba bromeando. No era tan obtuso como Stanley creyó que lo era.
—Está descompuesta —señaló Xeno, no conforme con ello, comenzó enumerando las fallas evidentes—. El fierro es viejo. Las llantas están parchadas...
—Ha tenido peores días. Puedo arreglarla —interrumpió Stanley a la defensiva.
Xeno hizo un mohín con los labios, claramente frustrado por la terquedad de Stanley. No le convenia ponerse del lado malo de quien lo salvó de pasar la noche en la estación de policía. Esa fue la única razón por la que Stanley dio un suspiro derrotado y cedió a regañadientes.
—Tiene un valor sentimental y toda esa mierda que hace que me apegue a ella. Agradezco tu caridad, pero no la necesito.
El rostro de Xeno se iluminó. Dudó que fuese alegría sincera por la gratitud que Stanley dijo tenerle. Era más creíble suponer que se debía a que gracias a esa explicación, el rechazo de Stanley a una bicicleta perfectamente buena, solo porque tenía una basura en sus manos, era algo lógico.
Si. Tenía esa expresión. La misma que hizo cuando acertó en la habilidad de Stanley con el tiro.
—Ya veo. Es comprensible. El apego está en la naturaleza humana, después de todo.
Bien. Xeno lucia complacido. Stanley lo mantendría feliz hasta que pudiese largarse y después lo ignoraría como la peste. Entonces Xeno se cansaría de él y Stanley podría vivir su vida estudiantil sin un nerd rarito y pretencioso sobre su costado.
Echando nuevamente un vistazo a su alrededor, escogió una esquina libre de jarrones caros, y muebles de caoba y tela fina, y se decidió por ella. El pequeño espacio debajo de las escaleras, y frente a la puertecilla que tenía toda la pinta de ser un armario.
—La dejaré por aquí —señaló Stanley, dirigiéndose hacia el lugar sin esperar la respuesta de Xeno. No iba a negarse e insistir... no después de decir que lo entendía. ¿Cierto?
—Si el servicio la ve por ahí, la tiraran a la basura. Súbela. Déjala en mi habitación, le echaremos un vistazo después de terminar con el laboratorio.
Iba a discutir. Fue el primer pensamiento de Stanley.
Negarse hubiese sido una respuesta inmediata.
Pero para su sorpresa, fue más la intriga y desconcierto por las intenciones de Xeno que hizo totalmente lo opuesto.
—¿Realmente sabes algo del tema?
Sin ofenderse, Xeno consideró la pregunta de Stanley. Él se encogió de hombros, ya en la sima de las escaleras:
—No soy un experto. La mecánica depende de la fuerza en su mayoría, así que soy más aficionado a planificar y delegar el trabajo duro.
—Eres un debilucho —resumió Stanley.
—La técnica también juega un papel importante —fue la respuesta de Xeno a la sonrisa burlona y la ceja arqueada en el rostro de Stanley. Xeno no señaló que, aunque Stanley estuviese más en forma si comparaba su estructura corporal con los brazos y piernas flacas de Xeno, no estaba construido en musculo específicamente. Tenía tanta prisa por qué este comenzara a trabajar, que le ahorró esa vergüenza. —Como decía, mi habitación esta al final del pasillo. Después, lleva las cajas, una por una, al laboratorio. Es la primera puerta a la derecha.
Stanley comenzó a moverse escaleras arriba, fue un trabajo tedioso llevar a cuestas la bicicleta, pero no difícil. Avanzó por el pasillo, pasando por la habitación que Xeno definió como el laboratorio , y en donde Xeno mismo estaba, de pie en el centro de la habitación, de espaldas a la puerta y con un par de planos en las manos. Stanley no se detuvo hasta que estuvo frente a la puerta al final del pasillo. Giró de la manija y empujó.
No estuvo seguro de que esperaba encontrar. Quizá pegatinas de algo que gritara ciencia , algo soso como posters de científicos, algo de lo cual burlarse. Stanley no tuvo mucha imaginación al pensar al respecto, solo sabía que no se esperaba entrar en una habitación amplia donde las paredes estaban adornadas por figuras en miniatura de diversos temas. Había planetas. Monumentos famosos. Y hasta personajes de series de televisión. Pero el centro de todo era el telescopio apuntando al gran ventanal en el fondo. Incluso la cama gigante parecía insignificante junto a la opulencia de ese pequeño mirador.
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En el trascurso de la tarde la Señora Sophia se acercó con una bebida y una charola de sándwiches, le preguntó a Stanley por sus alergias y sus preferencias de relleno, y fue tan amable que incluso subió al segundo piso y amonestó a Xeno en voz suficientemente alta sobre los límites de los préstamos de servicio y la explotación laboral.
Por un momento Stanley pensó que se trataba de la madre de Xeno. La familiaridad y la calidez de la mujer fue lo que le dio esa impresión. Pero quizá la mujer de esa inmensa casa debía estar más acorde con la decoración lujosa con la que estaba cubierta cada repisa. Algo distante.
—¿Cuál es la habitación más grande de la casa? —preguntó Stanley colocando la última caja sobre una de las mesas del laboratorio. Xeno estaba ocupado inventariando lo que fuese que hubiese empacado en la penúltima caja que Stanley subió.
—Acabas de verla—respondió Xeno. Y aunque no pudo ver la expresión de Stanley, su silencio fue suficiente para confirmar que Stanley estaba sorprendido. Aunque no adivinó la verdadera razón. Porque lo unico en la cabeza de Stanley era la palabra: mimado y la imagen de Xeno siendo su nueva definición.
—¿Tus padres te dejaron tener la habitación más grande?
—Si.
—¿Hay algo interesante en las demás habitaciones? —Stanley preguntó distraídamente, sobando sus músculos adoloridos. No se acercó a Xeno porque no quería darle la idea equivocada, y que creyera que quería ayudarle a organizar el contenido de sus muchas cajas.
—No, en realidad. Están vacías.
No preguntó más. Conociendo a Xeno, esa era la entrada perfecta a hacerle preguntas personales de vuelta a Stanely. Y de lo último que Stanley queria hablar con Xeno, era sobre su familia. Así que, una vez terminado su trabajo, se quedó observando desde una esquina, Stanley acaparó la charola de galletas que Sophia subió poco después del almuerzo. Eran de avena, caceras y terriblemente saludables. Pero estaban crujientes.
La paz duró veinte minutos. Xeno estuvo de un lado a otro, dejando objetos en los estantes, tachando elementos de su lista, y observando el resultado con complacencia por al menos un minuto después de que terminaba de ordenar cada una de las secciones.
Entonces, cuando Xeno se sintió conforme con sus estanterías, tomó un par de guantes de una de las cajas que dejó apartadas desde el comienzo y los dejó caer sobre las piernas flexionadas de Stanley.
—Comencemos con la remodelación.
Xeno se dio la vuelta, equipándose solo con un par de guantes y una bata blanca. Stanley no necesitó que le ordenaran ir por la bicicleta, se puso de pie y salió del laboratorio. Perdiéndose la sonrisa complacida de Xeno a su espalda.
Cuando Stanley volvió, Xeno estaba inclinado sobre una caja de herramientas, y un par de maquinaria portátil a su alrededor. Stanley reconoció al cien por cien el aceite. Aunque podría adivinar de que se trataba cada una de ellas.
Se necesitó que Stanley pusiese solo un pie dentro del laboratorio para que Xeno se girara hacia él.
—Bien hecho —dijo. Y eso era algo que ahora sabía de Xeno. Sus agradecimientos sinceros. Era quizá el resultado de no esperar demasiado de los demás. De creerlos tontos o ineptos. Pero también podría significar que era capaz de reconocer a los demás, y no era solo un tipo engreído. Stanley se puso un poco nervioso. No era gran cosa. Pero la mirada de Xeno era pesada, y Stanley casi se sintió feliz de lograr complacerlo. Casi. Porque Xeno tenía que abrir la boca, y arruinar su propia imagen con su voz irritante y mandona—, ve a la bodega y trae la bicicleta. Es más efectivo reemplazar las llantas. Podríamos ajustar la altura. Te gustará.
—¿Y si me escabullo? —Stanley lo retó. Xeno se movió sin verse perturbado, fueron nuevamente sus ojos los que le hicieron darse cuenta a Stanley de la tontería que acababa de decir.
¿Por qué le importaría a Xeno que se largara, sin su bicicleta y después de haber bajado escaleras múltiples veces, subir cajas y abrir cada una de ellas? La misma tarea, una y otra vez, hasta que el sol se puso.
Stanley vio la ceja levantada en la gran frente de Xeno, su boca burlona, y las manos llenas de herramientas. Hizo lo único que se le ocurrió que podía hacer como represalia.
Un golpe con los dedos en esa gran frente que solo hizo que viese más grande cuando Xeno frunció las cejas.
—¡Oye! —Xeno cubrió su frente. Stanley deseó que quedase al menos una marca.
—Tu frente es tan grande que puedo ver lo que piensa tu cerebro.
Xeno arrugó los labios pensando en las tonterías que salían sin filtro por la boca de Stanley. Llegó a la misma conclusión que él mismo.
—Esa afirmación no tiene sentido.
Stanley escondió sus manos en sus bolsillos. Encogió los hombros y pensó en decir algo menos desesperado para seguir manteniendo su imagen de chico genial.
—Posiblemente no lo entiendes porque no eres tan listo como crees —Stanley no esperó la represalia. Le enseñó la lengua a Xeno como todo un mocoso y salió corriendo por el pasillo.
Nadie lo detuvo. Su presencia fue aceptada en silencio y aunque sintió un par de ojos sobre sus movimientos, Stanley no fue interceptado por nadie más que por Shopia, quien le ofreció otro refrigerio saludable. Un jugo verde bastante bueno.
No le sorprendió lo que encontró en la bodega. Esperaba un par de muchas cosas caras. Y eso fue lo que lo recibió apenas entrar.
Fue un cobarde de su parte resistirse a curiosear, por temor a que el gigantesco guardia de Xeno, Ralph, y él volviese a interceptarlo. Porque seguramente esa vez, no se molestaría en preguntarle su opinión a su egocéntrico pequeño jefe y Stanley terminaría en la comisaria. Localizó la bicicleta de Xeno y se dirigió hacia el laboratorio.
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Seguir ordenes de Xeno era fácil. Era paciente y sus explicaciones las repetía de forma cuidadosa, sin tener problemas en detenerse o ser interrumpido solo para que su explicación tuviese que volver al comienzo.
Stanley estaba entusiasmado con los avances, fue vergonzoso no poder negar que se estaba divirtiendo, siendo el ayudante de Xeno, haciendo todo el trabajo mientras le daban ordenes al oído y escuchaba las explicaciones interminables -que eran bastante interesantes- sobre el hombro.
Con ese par de horas olvidó que había comenzado ese fin de semana como otro par de días terribles. Además, ¿no se suponía que fraternizar con el nerd loco era su mayor propósito actual? Fue liberador olvidarse de los entrenamientos, los robos, y su casa por una tarde.
Su mente se mantuvo fuera hasta que Stanley se quitó por un momento la máscara para soldar, con la intención de limpiarse el sudor de la frente, que sus ojos se encontraron con el reloj de pared en el laboratorio.
—Mierda —maldijo Stanley en automático. «Mierda» repitió varias veces en su mente.
Al instante Xeno se detuvo a mitad de su explicación sobre las aleaciones y se asomó sobre su hombro. La cercanía le puso la piel de gallina a Stanley. Ver la hora lo había puesto demasiado susceptible a ser sorprendido fácilmente.
—No está mal —comentó Xeno, creyendo que la maldición de Stanley se debía al resultado de sus habilidades de principiante en soldadura—. Aún creo que podrías rediseñar el manubrio. Mi versión tal vez sea demasiado avanzada para tus habilidades actuales, pero con un enfoque más simple...
—Tengo que irme —interrumpió Stanley, quitándose los guantes y la máscara con prisa, dejándolos sobre la mesa sin mirar atrás.
En ese mismo momento se dio cuenta de que no podría regresar en su bicicleta.
Xeno, que lo observaba en silencio, dijo lo evidente con bastante calma.
—A menos que planees cargarla, no vas a llegar muy lejos.
Stanley se detuvo. Miró su bicicleta tumbada sobre la mesa. Dudando.
Xeno vio la duda en Stanley. Considerándolo. Así que se apresuró en corregirse a sí mismo.
—Quiero decir... no te vas a llevar nuestro proyecto sin terminar.
—Podría. Es mía —respondió Stanley, pero su bravuconería no duró mucho.
Fue divertido ver la reacción de Xeno, la ofensa plasmada en sus labios fruncidos y sus cejas levantadas sobre su frente. Pero no tenía tiempo para eso tampoco. Así que cedió, suspirando rendido a irse caminando.
Fue culpa suya haber cedido a las demandas de Xeno para empezar.
—Bien, bien. Tú ganas. Volveré por ella después.
Stanley salió del laboratorio con prisa. No siguió ningún protocolo típico para despedirse, ni se aseguró de que Xeno le ordenara a su guardia que no le diera problemas para salir. Lo que, por supuesto, sucedió. Ralph, el hombre apostado en la puerta, no dijo mucho. Tenía los brazos cruzados sobre el regazo, de pie como una estatua, bloqueando la salida con su gran cuerpo.
Stanley se quejó con fuerza, renegando como un niño en plena rabieta, fruto de su desesperación. Fue vergonzoso, pero, por suerte, Ralph no tuvo reacción alguna, -porque ni siquiera le importaban los berrinches de un adolescente que no fuera el hijo de su jefe-. Además de él, Stanley creyó que no había nadie más. Pero, por supuesto, Xeno -que siempre aparecía cuando su mortificación alcanzaba picos inaceptables- lo escuchó.
Al menos le ahorró el trabajo y la humillación de volver al laboratorio a pedirle que lo dejara ir.
—¿Terminaste? —preguntó Xeno desde el pasillo, sin molestarse en acercarse más—. Es una puerta, Stanley, no te va a responder, aunque seas dramático.
Stanley giró apenas la cabeza, lo suficiente para ver a Xeno por el costado y saber que lo había escuchado todo. No contestó. Claramente la puerta no era el problema, sino el gorila de dos metros que haciendo el papel de portero.
—Bob puede llevarte a casa —ofreció Xeno, para sorpresa de Stanley. Recordaba el Mercedes-benz estacionado fuera de la escuela y la boca le supo amarga al imaginarse llegar en eso a su casa—. A menos que prefieras caminar hasta los vecindarios del pueblo. Están bastante lejos de esta zona residencial.
Irritado, Stanley se giró hacia Ralph por completo, dándole la espalda a Xeno con toda la intención de no verle la cara. Estaba decidido. No pensaba dejar que supiera dónde vivía. Lo último que necesitaba era un niño rico juzgando su estilo de vida.
—Caminaré.
—Perfecto —Xeno asintió conforme—. No hay nada mejor que una caminata terapéutica. Buena elección.
Xeno se dio la vuelta sin esperar respuesta, como si no le importara en lo más mínimo. Mientras que Stanley se quedaba ahí de pie, desconcertado y molesto, sin entender cómo podía volverse tan indiferente de un momento a otro.
Ralph se hizo a un lado, confirmándole silenciosamente que era libre de irse. En una sola tarde perdió su dignidad, tiempo y su bicicleta. Además, seguro que su padre estaría furioso por no verlo llegar a la hora del entrenamiento de tiro.
No necesitó más empujones para salir corriendo.
...
Esa vez se aseguró de llegar temprano. Reclamó el asiento del fondo de la primera fila junto a la entrada y se sentó en silencio en un aula vacía. El plan original incluía analizar a cada uno de sus compañeros, tenía notas de los seis que asistieron en su primer día, Stanley incluido entre ellos. Pero los avances y descubrimientos de su primer sujeto de prueba eclipsaban a los demás. Si todos los demás se parecían a los otros cinco individuos, Xeno prefería no perder el tiempo y apostarlo todo por Stanley. Aunque siempre era recomendable pruebas simultaneas, dudaba que alguien se le comparara.
Los pupitres eran individuales, una diferencia clara con el colegio de donde venia. Xeno apreciaba esa nueva oportunidad de libertad e individualidad, aunque eso eliminara uno de los comienzos de interacción no forzada más comunes en las escuelas. Un fastidio. Tendría que socializar con el método usual. Fingir interesarse en los demás.
Xeno les echó un vistazo a sus apuntes. Si Stanley estaba en su clase, el siguiente paso de MCAR -porque hipótesis de la amistad seguía siendo vergonzoso- podría ejecutarse con una alta probabilidad de éxito.
Esa investigación estaba consumiendo recursos importantes de su atención, Xeno disfrutaba de tratar de meterse en la cabeza de Stanley cuando él estaba presente y sus expresiones o respuestas resultaban ser justo lo que Xeno adivinaba que serían. Incluso disfrutaba de las variables, y ser sorprendido por medirlo mal. Pero cuando estaba solo no quería que su tiempo se redujese a eso. Al plan de vida de Mary: hacer amigos.
Xeno tenía que reñirse a sus planes originales.
O involucrarlos. De alguna manera.
Así que debajo del paso cinco: establecer una rutina de interacción cercana. Xeno subrayó en sus notas: Apropiarse del laboratorio escolar. O, adueñarse de un aula y fundar uno.
El club se arte era la primera opción. Amplio, cercano a las salidas de emergencia, con suficiente polvo para asumir su poco uso, y sin olor a oleo fresco, lo que sumaba fuerza a sus sospechas. Además, el tutor de esa aula era el profesor Davis, al que Stanley parecía apreciar de forma reciproca.
En tan poco tiempo, y ya estaba apostando todo su éxito a un solo hombre. Confiar en un único caso de prueba. El error más imperdonable para cualquier científico.
Xeno recargó la barbilla en la palma de su mano izquierda y dejó sus notas en el olvido, a favor de observar el flujo de llegada de sus compañeros. Esperaba que sus ojos captaran una cabeza rubia para ejecutar el saludo que había practicado con antelación para su próximo encuentro. Y si no era el caso, se dedicó a juzgar el aspecto de cada adolescente que entraba, en busca de cualquier tema de interés que pudiera servir como puente confiable hacia una futura charla amistosa.
Por desgracia, esos niños estaban terriblemente desactualizados.
« No. »—se corrigió—, quizá los intereses del pueblo entero eran, en conjunto, vintage. Algunos pueblos eran como una cúpula atrapada en el tiempo. Lo cual encasillaba a Xeno a ser una mierda cosmopolita fuera de lugar.
Escuchó murmullos a su costado sobre sí mismo. Pero nadie se acercó a saludar al chico nuevo.
Los pueblerinos no eran las mariposas sociales a los que Xeno estaba acostumbrado en la ciudad. Que sorpresa.
No era quien para criticar la habilidad para dar una cálida bienvenida a los extraños. Xeno también estaba esperando por el momento indicado para la interacción social. No tenía prisa por ello.
A menos que se tratara de él.
Su sujeto de prueba.
Stanley entró al aula poco antes de que sonara la campana. Llevaba puesta una gorra vieja de béisbol, otro par idéntico de pantalones desgastados y una playera de manga larga de un azul deslavado -que por algún motivo injusto- no lo hacía ver ordinario. Posiblemente de debía a la estatura. Era al menos una cabeza más alto que la mayoría, lo que bastaba para volverlo especialmente visible en el grupo.
La intención de Xeno era ser notado sin mucho esfuerzo. Así que con ese propósito arrastró la silla hacia atrás, siendo ruidoso al levantarse.
Obtuvo más miradas de las que necesitaba, pero logró su cometido. Los ojos de Stanley se cruzaron con los suyos. Hubo contacto visual suficiente para que Xeno levantara la mano y saludara, aunque no el necesario para que el gesto fuera recibido como un reencuentro amistoso, como lo planeó.
Su mano quedó suspendida en el aire el tiempo suficiente para que un par de burlas se hicieran presentes a su alrededor.
Entonces, una sensación extraña se coló en su pecho.
Vergüenza.
Conocía el sentimiento, por supuesto. Pero nunca había sido una respuesta al rechazo.
No fue agradable.
Xeno bajó la mano. Observó a Stanley pasar de largo con descaro e indiferencia hacia la fila en el otro extremo del aula. Acompañado por su pequeño sequito. Antes de volver a su asiento, Xeno apretó los puños y les dio la cara a las miradas furtivas de sus compañeros. Pero no se detuvo en ninguno. Realmente era un pequeño acto de rebeldía para demostrarles que no estaba intimidado por las burlas.
En los cinco minutos que demoró en sonar la campana de inicio de clase, Stanley no le dio una segunda mirada a Xeno. Ni siquiera cuando era evidente que sentía los ojos de Xeno sobre su cabeza, sin mostrar una pizca que sutileza.
No fue la primera clase de la mañana en donde el profesor a cargo se interesó en su estatus de estudiante transferido, Xeno tuvo que soportar el anonimato hasta el cuarto periodo, cuando la profesora de orientación le pidió que pasara al frente de la clase y se presentara.
—¿Tienen alguna pregunta para el Sr. Houston?
Xeno estuvo a punto de corregirla. El apellido de su padre era Wingfield. Y solo en esa ocasión no recibió instrucciones estrictas de esconder su identidad. Le dio su apellido real a Stanley, y no vio en él el reconocimiento inmediato.
Eligió no corregirla.
Para su sorpresa, una mano se levantó en el aula. La profesora Andy felicitó al participante antes de tiempo. La pregunta fue mal intencionada. Xeno no adivinaría el sarcasmo, aunque este se materializara y le escupiera la cara. Pero si la malicia en preguntas personales.
Paranoia heredada.
Y aunque Xeno no recordaba mucho de esos años. Esa sensación de temor a la intrusión era gracias a un poco de aprendizaje adquirido por la experiencia.
—¿Si eres tan rico como para vivir en esa mansión porque vienes a esta escuela?
Nunca dijo su lugar de residencia. Pero los pueblos eran famosos en eso. Las series de televisión al parecer no mentían. Si uno de ellos lo sabía, el pueblo entero estaría enterado.
Stanley. Por supuesto fue el primer sospechoso que brilló en la mente de Xeno. Y ese pensamiento hizo que lo buscara entre las filas.
Se mostraba desinteresado. Recargado sobre sus brazos, fingiendo dormir.
—Esta es la escuela más cercana.
—¿Por qué no tienes profesores privados? —preguntó alguien más. La conoció el primer día de clase. Cabello corto y obscuro sobre una chica pequeña. Ella estaba sentada frente a Stanley.
Xeno pasó toda la noche analizando sus interacciones después de que Stanley se fuera. Hubo incomodidad aceptable, discusiones razonables y sus charlas estaban cargadas de aprendizaje.
Fue divertido.
Entonces, ¿por qué Stanley decidió ignorarlo? En ese momento no llegaría a un análisis completo, no sin observación y más pruebas. Sin embargo, la única variante era el lugar y las personas.
Stanley estaba bien en ser su amigo fuera de la escuela. No en la escuela. No frente a sus amigos actuales.
Xeno sonrió con malicia.
—Estaba emocionado por venir a la escuela con mi amigo de la infancia —explicó Xeno. Fue el ligero movimiento en la cabeza de Stanley lo que amplió su sonrisa e hinchó sus mejillas. —Esta en este salón. Es Stanley. Se sienta por allá —, sabían dónde se sentaba Stanley, el año escolar estaba por la mitad. Y, aun así, unas cuantas cabezas se giraron hacia el lugar donde Xeno apuntó.
La maestra dio un aplauso complacido.
—Eso es magnífico —dijo antes de llamar a Stanley. Siendo la profesora quién pedía su atención, no tuvo otra opción que levantar la cabeza. Tuvo el descaro de fingir haber estado durmiendo. —Ayuda a Xeno a integrarse al proyecto en tu equipo.
Una mano más se levantó de inmediato.
—Nuestro equipo ya es de cuatro personas, profesora —objetó otra de las chicas de Stanley.
A Xeno le importó poco la frustración evidente en los rostros de las amigas de Stanley. Toda su curiosidad estaba puesta en la determinación de Stanley por evitar su mirada.
—Eso es un problema —convino la profesora Andy. Buscó sus notas en donde estaban anotados los equipos formados, y dio un suspiro rendido. Ella puso una mano sobre el hombro de Xeno, como gesto reconfortante. —Te emparejaré con Ness en su lugar. Stanley necesita un poco de apoyo en sus reportes, la próxima vez seguro que podrán trabajar juntos —la profesora le dio un apretón para disculparse. Despidió a Xeno, pidiéndole que volviera a su asiento, y le ordenó al aula que se agruparan en equipos.
El movimiento de los pupitres llenó el aula. Arrastraron las sillas y los murmullos se elevaron hasta ser gritos a medias. Xeno no esperó a que Ness se acercara a él. Arrastró su silla como todos los demás, y empujó su pupitre hasta el otro extremo del aula. Vio que algunos simplemente se cambiaban de lugar, pero Xeno no vio ningún asiento disponible que pudiera tomar.
Ness fruncia los labios y se negaba a despegar la mirada de sus apuntes. No se inmutó cuando Xeno pegó su pupitre al suyo y tomó asiento.
Stanley por su parte ya estaba sumido en una acalorada discusión con su equipo. Por el contexto de las palabras que escaparon de su círculo, Xeno adivinó el contexto.
Un reportaje. Evidencia de campo y un par de entrevistas a locales. Algo una lista y turnos para alquilar la cámara del club de video.
—Tengo un par de ideas, ¿cuál es el avance del proyecto? —preguntó Xeno. Ness cerró los ojos con molestia. Su suspiro dramático fue suficientemente largo para evidenciar su mala voluntad.
—No quiero tus ideas. Ya tengo un plan aprobado.
—¿Stanley no estará trabajando en tu anterior plan? —lo más lógico sería que ellos, el equipo nuevo, planearan un nuevo plan de trabajo.
—Antes éramos dos equipos de dos. La profesora nos permitió ser el único equipo de cuatro.
Eso tenía más sentido. Stanley estaba a menos de tres metros de ambos, Xeno imaginó que, si tenían dos propuestas, eventualmente fue la de Stanley la que ganó. Y ahora él y Ness estaban con la idea desechada.
—Deja de acosarlo. Es espeluznante la forma en que lo ves.
Xeno la miró. Si, había estado observando a Stanley, aunque no con ninguna intención hostil.
—Mi interés en Stanley es meramente académico. No necesitas marcar territorio constantemente. Y él ha demostrado esta mañana que mi presencia no vulnera tu lugar en su grupo de confianza. Por ello, espero que tus inseguridades se disipen.
Ness apretó las hojas en sus manos, bajándolas hacia la superficie de la paleta del pupitre. El intento de tranquilizarla no funcionó. Pero Ness se demoró demasiado en expresar su inconformidad, tiempo que Xeno aprovechó para echar un vistazo a las notas.
Tendencias en la moda era el título. Debajo, estaban escrito cuatro subculturas de modas urbanas conocidas.
—Un pueblo tiene nula variedad cultura. Tiene sentido que este sea el proyecto descartado—opinó Xeno, no necesitaba ver lo demás para llegar a la conclusión de que con ese plan de investigación no llegarían lejos. Principalmente por la poca variedad de material para realizar el proyecto. Si estuvieran en la ciudad, sin duda, fuese excelente. —Propongo que planifiquemos un nuevo enfoque. Este tema no es conveniente.
—La profesora lo aprobó. —con esa justificación, Ness hizo caso omiso a la advertencia. Sus labios ya no estaban fruncidos, se convirtieron en una fina línea poco después de negarse. Le satisfacía que Xeno no tuviese negativas a la aprobación de la profesora. Y eso ayudó a que Ness controlara su frustración. —No estas obligado a trabajar en él. Por esta ocasión pondré tu nombre en el reporte, pero no trabajaré extra editando el video para agregar tu participación. Si la profesora hace preguntas, es tu problema.
—Supongo que tu sesgada visión no puede ver las limitantes. Permíteme explicarte por qué es...
—¡No! —gruñó Ness. La calma pasajera desapareció de su rostro. Uno de sus dedos apuntó al pecho de Xeno, picándole el pecho repetidamente con fuerza. —Cierra ya la boca. Me importa una mierda si eres rico. Mi padre es alguien importante en este lugar, y a mí no me intimidas. Así que, si sabes lo que te conviene, te vas a mantener alejado de mis asuntos, de mí y de mis amigos. Eso incluye a Stan.
Ness se levantó de su asiento por el arrebato. Seguía golpeando el pecho de Xeno con su dedo índice hasta que él se hizo a un lado, y ella directamente lo agarró del cuello de su camisa para mantenerlo quieto.
Xeno mantuvo el contacto visual e intentó alejarla, empujando su muñeca fuera de sí mismo. No era la primera vez que sus palabras provocaban respuestas violentas, Xeno conocía un par de formas de hacer daño para escaparse. El problema fue que antes no estaba bajo amenaza de no causar problemas. Golpear a una chica, aunque esta lo tuviera sujeto del cuello, estaba en la cima del rango de llamar a tus padres o ser expulsado.
Rápidamente la pequeña conmoción tuvo un nuevo participante. Xeno esperaba encontrarse con la profesora, pero la intervención fue de uno de los integrantes del equipo más cercano.
Stanley.
—Ness, vamos, suéltalo —pidió Stanley. Él puso su mano sobre la de Xeno, pero él no miró en su dirección. Sus ojos solo estaban dirigidos a su amiga. Stanley le hizo soltar el brazo de Ness y cederle el control. Así que eso hizo. Gracias a eso, segundos después, el cuello de la camisa de Xeno fue liberado y él pudo alejarse de ella.
Xeno buscó a la profesora al frente del aula. No estaba en el escritorio. Y posiblemente tampoco cerca, porque sería imposible que no se percatara del escándalo e interviniera.
—¿Buscas a la profesora Andy? ¿Vas a ir corriendo a acusarme? —se burló Ness—. No estés tan asustado. No iba a golpearte.
Xeno respondió con una media sonrisa astuta. Lo justo para provocarla. Ness demostró que prefería usar los puños antes que la cabeza. O tal vez no pensaba en absoluto. Bastó ese gesto incitador para que ella se zafara del agarre de Stanley y se lanzara hacia él, olvidando su declaración anterior de no tener intención de golpearlo.
Sin perder la calma, Xeno se escabulló a un lado.
—Le informaré a la profesora que no estoy dispuesto a trabajar contigo. Eso es todo.
Indignada Ness resopló. Sus manos en puños se alzaron en alto en una exagerada exclamación antes de ceder y recargarse sobre Stanley de pie a su lado.
—Soy yo la que está levantando una queja.
Eso estaba fuera de discusión. Xeno no iba a permitírselo. Todavía no había deducido el patrón disciplinario del sistema escolar, ignoraba qué conductas eran toleradas y cuáles no. Prefirió no arriesgarse.
—Se lo haré saber —respondió Xeno, tomó su mochila y se la colgó al hombro. El camino a la salida estuvo repleto de murmullos que desaparecieron una vez cerró la puerta a su espalda.
.
Huir no era elegante. Xeno prefería dar la cara y librarse de manera ingeniosa. Pero si el contrincante no estaba dispuesto a escuchar, sus respuestas hábiles no funcionarían frente a un par de puños.
La profesora Andy no apareció en su revisión rápida a los pasillos adyacentes. Ni en las aulas a los alrededores. La única opción fue esperar. Si el sistema de clases fuese como en la ciudad, ese pequeño altercado sería fácil de ignorar a corto y largo plazo. Pero había tan pocos estudiantes y profesores, que no resultó conveniente que todos tuviesen que moverse continuamente de aulas.
Por suerte tomó su mochila consigo. Si la hora de clase estaba perdida de todas formas, aprovecharía para poner en marcha su misión de obtener un Club de Química. Hablaría en privado con la profesora en su oficina a la hora del almuerzo, y frustraría cualquier intento de represalia en su ausencia a sus pertenencias por Ness o cualquier otro.
Al tomar el pasillo hacia el olvidado taller de arte, el hombro de Xeno fue golpeado desde su espalda. Tropezó un par de pasos hacia adelante y apenas logró mantenerse en pie gracias a que una mano lo sujetó del brazo justo a tiempo para evitar que se desplomara. Recibir ayuda después de ser empujado, no suavizó la molestia de Xeno. E iba a hacérselo saber al imbécil responsable. Se dio la vuelta, irritado, listo para encararlo, pero antes de abrir la boca fue arrastrado a una de las aulas vacías.
La luz que se filtraba por las ventanas bastó para que reconociera el ceño fruncido de Stanley, plantado frente a él. Con la mano aún firme sobre su brazo.
Xeno dio un tirón de prueba para zafarse. No funcionó.
Stanley no estaba dispuesto a dejarlo ir.
—¿Quieres que el pueblo entero te desprecie?
El drama parecía perseguir a Stanley. Xeno se preguntó hasta cuantos encuentros después con él, seguiría dejándolo sin palabras.
—Comprendo que son tus amigos, Stanley y que su criterio es de tu importancia. Pero el mundo es mucho más grande allá fuera.
Stanley hizo una mueca con exasperación y le dio una mirada a Xeno que no le gustó.
—No me mires como si fuese un imbécil.
—Entonces deja de actuar como uno —replicó inmediatamente. Stanley dio un suspiro resignado, dejando ir a Xeno. No sin antes darle un vistazo con los brazos cruzados al pecho, sin dejar de verlo con una ceja levantada, casi esperando a que Xeno huyera. —Sé que eres asquerosamente rico y crees que todos están por debajo de la suela de tus bonitos zapatos. Pero si recientemente ascendieron tú y tus padres de clase social, o tienes negocios en el pueblo y sus alrededores, estarás en problemas si sigues antagonizando a personas al azar. Y por si no te has dado cuenta, no has dado una buena impresión, Ness es una pequeña celebridad aquí porque su madre es la directora. Su abuelo es el alcalde del pueblo, y su padre... —Stanley se interrumpió. Xeno le sostuvo el contacto visual, pero su expresión aburrida fue suficiente para hacerlo callar. Castigando a Xeno con no contarle toda aquella aparente información valiosa.
Xeno pensó en un par de respuestas sarcásticas. Todo ese alboroto por no haberle agradado a su amiga. Si Stanley no quería ser amigable con él frente a sus amigos, ¿cuál era el problema? Él no iba a verse involucrado. ¿Por qué estaba ahí advirtiéndole?
A menos que creyera que su pequeña broma iba a afectarle.
—Agradezco tu preocupación en los intereses financieros de mi familia, Stanley. Y por la información sobre la familia de esa chica. Pero debo admitir que no comprendo tu motivación detrás de todas estas advertencias. ¿Es por la broma sobre ser amigos de la infancia? Si te preocupa que te recriminen alguna interacción conmigo, no deberías estar aquí en primer lugar.
Stanley hizo mala cara.
—¿Igualdad de condiciones?
«Oh...Lo recuerda» pensó Xeno. Él asintió mientras sus labios se curveaban sobre sus mejillas, la fina línea que fue su boca olvidada por el momento. No estaba molesto por el desprecio de Stanley al comenzar la clase. Pero si por el empujón.
—Bien. Entonces espero no recibir ninguna apuñalada por la espalda por el momento.
—Yo no apuñalo por la espalda —respondió Xeno. Aunque eso fue deshonesto. Y Stanley necesitaba un incentivo, así que se explicó a sí mismo: —a mis amigos.
—¿Tienes amigos? —preguntó Stanley, divertido.
—Bastante cerca. Tú eres el primer prospecto.
La sinceridad parecía hacer algo en Stanley. Xeno se percató de ese detalle antes. También las felicitaciones. Pero ese era un rasgo bastante común, nada importante que mereciera ser anotarlo en el perfil de Stanley de su libreta.
—Si en la teoría de amistad en la que estás trabajando tiene una regla para lidiar con las ofensas. ¿Qué recompensa hay para los favores?
—Es una hipótesis. Una teoría es algo que ya ha sido comprobado y se sostiene con evidencia. En cambio, una hipótesis es solo un planteamiento que podría ser cierto—después de explicar, Xeno dudó, lo que sugería Stanley iba en contra de su quinto paso: Definir un sentimiento de agradecimiento -a su favor-para fortalecer el vínculo.
Podría ser mutuo, pero Xeno prefería mantener una independencia sentimental de la amistad. Suficiente era su apego a su primer sujeto útil. Era un riesgo en su investigación, pero esperaba que esa variación no afectara a los resultados finales.
Xeno fue demasiado transparente, su rostro se frunció mientras analizaba su propio dilema. Stanley no debió haber hablado en serio, ya que su silencio y renuencia a contestar fueron respuesta suficiente para él.
—Estoy bromeando —dijo Stanley con intención de tranquilizarlo.
Hubo un segundo empujón en el hombro de Xeno, más gentil y amigable que el anterior. Pero no agradable. Xeno tendría que acostumbrarse a las muestras de amistad pasivo-agresivas , o marcar límites. El contacto físico casual estaba en la naturaleza humana. Pero Xeno no creyó que estaría involucrado tan pronto en los efectos colaterales de la misión. Su inconformidad también fue fácil de leer. Stanley no podría haber leído su mente, así que lo malinterpretó de nuevo.
—Se lo que estás pensando —dijo Stanley. Él se acomodó la ropa, en una copia altiva de brazos cruzados de la actitud usual de Xeno. — Bastante ha hecho ya por ti al evitar que fueses arrestado y arreglar esa basura de bicicleta. Deberías estar agradecido , —Stanley regresó a su postura relajada. —Aunque esa basura sigue en tu casa. Así que esta última no cuenta como una buena acción que hayas hecho por mi—la imitación fue muy buena. Lo suficiente para que Xeno se ofendiera. No fue el tono de perra que usó Stanley, realmente le convenia. Lo que no esperaba fue que su raciocinio fue tan común y predecible.
—Discrepo de tus suposiciones de lo que, a mi criterio, fue una acción desinteresada —mintió Xeno, recibiendo una ceja levantada y una expresión divertida. Usar palabras complicadas tenía dos propósitos principales para él: enriquecer su léxico y escuchar la elegancia y elocuencia de sus discursos. Y confundir a los idiotas. Stanley se burlaba de él en su cara y después robaba sus frases. —Has estado fanfarroneando sobre un hecho del que no tengo conocimiento. Incluso, asumes que mereces una recompensa. Entonces, ilumíname, antes de considerar el esfuerzo que debo poner en mostrar mi gratitud.
La sonrisa de Stanley se borró de su rostro. La diversión poco a poco se agrió en vergüenza. Se rascó la cabeza y renegó:
—Te he dicho que estaba bromeando.
Bien. Esa respuesta en su rostro le gustó más a Xeno. Un Stanley avergonzado era mejor que uno arrogante.
—Yo también estaba bromeando. —Fue el turno de Xeno de adoptar la pose confiada de Stanley y darle una sonrisa torcida. Entendió por qué Stanley disfrutaba ser arrogante y burlarse de él.
Ver a la otra persona –a quién no tuviera el propósito explicito y crudo de humillar- nerviosa, antes no había sido tan divertido.
—No pensé que fueras de los que hacen bromas.
—Lo intento —mintió Xeno de nuevo.
Sin estar convencido, Stanley se rindió. Bajó los brazos y escondió sus pulgares en sus bolsillos. Se recargó sobre la puerta, echando un vistazo al pasillo por la ventanilla antes de encogerse de suspirar.
—He hablado con la profesora Andy antes de venir a buscarte, ella está de acuerdo en resignarte conmigo en lugar de con Ness. He hablado muy bien de ti, y hecho un par de suposiciones sobre lo inteligente que eres, además de exagerar sobre tu excelente desempeño en los proyectos en equipo —ahí hubo otra burla. Pero Xeno iba a concedérselo, solo por esa ocasión. Stanley no se equivocaba. Xeno era un desastre social —, en fin. Ahora estoy atrapado contigo. Así que no causes problemas.
Eso fue conveniente. Xeno se regodearía cuando estuviese solo de lo bien que su hipótesis estaba desarrollándose. Sería necesario definir si la motivación de Stanley fue causada por un movimiento reproducible, o si solo fue un evento aleatorio.
La suerte, era solo de aquel que sabia aprovechar al máximo las oportunidades. Así que por el momento Xeno no intentaría manipular los resultados a su conveniencia.
Paso a paso era mejor que alejar a Stanley por un error de cálculo.
—Estas en lo correcto, parcialmente, por supuesto. Los proyectos individuales se me dan mejor.
—Me lo imagino —murmuró Stanley.
Era un muy momento para preguntar. Saber el raciocinio detrás su motivación era un paso clave para que Xeno entendiera mejor a su sujeto de prueba y prevenir reacciones inesperadas. Iguales a la de esa mañana.
Malinterpretó la facilidad de Stanley a ser amigable, y Xeno causó una mala impresión a los ojos de otros posibles prospectos para su hipótesis de la amistad.
¿Culpa? ¿Stanley se sintió culpable por someterlo al rechazo en público?
¿Deber? ¿Stanley se sacrificó para que su amiga Ness no tuviese que ser acusada con la profesora?
El discreto giro de la manija bastó para que Xeno abandonara sus interrogantes, justo antes de que Stanley se deslizara hacia el pasillo.
—¿Qué pasará con el tema del proyecto?
—Se queda igual. — dijo. La expresión de Xeno no fue precisamente entusiasta. — No hagas esa cara —resopló Stanley con la mano aún sobre la manija —, es un tema bastante bueno. Yo fui quien lo escogió.
« ¿Qué? » Xeno no se lo creía. Dio un paso adelante, más cerca de Stanley cuando lo vio que estaba cada vez más interesado a echarse a correr por el pasillo que a seguir conversando con él. —Es...
—¿Algo de chicas? —completó Stanley. Xeno frunció el ceño. Eso no era lo que estaba pensando, pero Stanley se adelantó a cualquier replica —sé que puedes pensar en algo para hacerlo realidad. Chico de ciudad.
Había sarcasmo en ese apodo. Xeno iba a necesitar analizar la conversación para llegar a una conclusión, y –con vergüenza por huir de un par de datos analizables- aceptó que eso era mucho trabajo.
A Stanley se le daba bien escabullirse, y dejar a Xeno en medio de cualquier cosa: una charla, un primer día, un plan para salirse con la suya.
Frustrante. Stanley Snyder era frustrante.
Xeno cayó vilmente en la distracción de Stanley de revolver su cabello, instante que aprovechó para deslizarse por la puerta justo cuando Xeno comenzó a quejarse y tratar de arreglar el desorden sobre su cabeza.
Una vez más Stanley lo había dejado.
...
El sacrificio lo convirtió en un pequeño héroe en su grupo. Ness se disculpó por perder los estribos y le invitó el almuerzo en la cafetería de la escuela –nada grandioso, pero si gratis- y sobre la tarde y el final de las clases, nadie recordaba a Xeno Houston Wingfield.
Stanley se despidió de las chicas y regresó a la escuela, hacia el gimnasio. Ese día tendría entrenamiento de fútbol. Estaba bajo amenaza del entrenador debido a las faltas y su pobre desempeño. La orden de su padre fue lograr salir del banquillo para el comienzo de la temporada.
Se unió al equipo a comienzos de octavo, un par de días después del inicio del año escolar. No fue por iniciativa propia, lo que pudo ser un incentivo para que más de uno se preguntara por qué alguien que se ausentaba dos de tres entrenamientos y que no tenía ni la complexión ni el historial de un atleta, de pronto aparecía con el uniforme del equipo. Con todo lo anterior, incluso su posición en la banca parecía un privilegio para alguien como él.
La directora recibió una llamada del coronel Snyder, y el entrenador entendió que no tenía opción. Aceptarlo no fue una sugerencia.
Stanley se negó a creer que su padre –un soldado retirado- tendría influencia de algún tipo en ese pueblo ingrato. En parte fue la razón por la que no se esforzó demasiado en desmentir los rumores. Al principio faltó a entrenamientos sin justificación, llegó tarde, se quedó corto en las pruebas físicas. Poco fue su esfuerzo por dos semanas. Lo mantenían dentro del equipo por su apellido, de todas formas, pero nadie apostaba nada por él.
Para su mala suerte, esos días quedaron atrás.
Empujó la puerta de los vestidores con el hombro, tragando saliva. Adentro, el aire olía a sudor, loción barata y ego masculino. Todos los miembros del equipo ya estaban sentados en las bancas de la cancha, escuchando al entrenador. A ninguno pareció importarle su llegada tardía.
Stanley caminó hasta su casillero sin apresurarse. Se quitó la camiseta, dejando al descubierto un cuerpo todavía en formación. Había fuerza en él, sí. Una fuerza discreta. No se notaba en los músculos ni en la postura, sino en cómo resistía el cansancio, cómo se levantaba sin hacer escándalo. Su cuerpo era solo… promedio. En un equipo donde todos buscaban sobresalir, eso equivalía a ser inservible.
Fue hasta que salió al campo que el entrenador le ordenó que se apresurara en unirse.
—¡Oye, Snyder! —la voz del mariscal lo llamó desde el fondo—. ¿Hoy si vienes a jugar o a decorar la banca con tu cara bonita?
Hubo algunas risas. Stanley sonrió sin humor, como si no le importara que, en parte, gracias a él, no lo tomaran en serio.
Por suerte, en el juego, su situación cambiaba. Era rápido. Podía leer la jugada antes de que el balón se moviera. Era un instinto que lo llevaba al lugar correcto, en el momento justo. El entrenador lo notó. Y por ello estaba cada vez más ausente de la banca en la que Stanley estuvo bastante cómodo hasta el ultimátum de su padre. Aun así, la falta de fuerza lo dejaba atrás cuando el contacto se volvía real.
—¡Baja más, Snyder! ¡Tienes que inclinar tu centro de gravedad o te van a partir en dos! —gritó el coach por tercera vez en menos de una hora.
Stanley gruñó, bajó los hombros y repitió la jugada.
Sudó como si estuviera pagando una deuda. Corrió hasta que sus pulmones ardieron. Se tragó el polvo del campo como penitencia y se levantó cada vez que lo derribaron. No respondió a las burlas ni a los golpes. No podía permitirse perder la concentración. No cuando sabía que no era el mejor… pero podría llegar a serlo.
El entrenamiento terminó un par de horas después, cuando el sol seguía en lo alto, brillando con fuerza. Los miembros del equipo vibraban entre golpes de palmas, gritos y choques de cascos. El equipo se retiró en grupo hacia los vestuarios, todos ellos como una manada mientras que Stanley se quedó atrás.
Esperó lo suficiente hasta que, para cuando volviera, los vestuarios ya estuvieran solos. Sus pasos resonaron en el suelo húmedo de las duchas, su cuerpo dolió con viejos y nuevos golpes que el agua caliente alivió por un par de minutos.
Stanley se dejó caer en la banca frente a su casillero y cerró los ojos.
Quería quedarse ahí. Solo unos minutos. Solo hasta que el mundo dejara de dar vueltas.
Pero entonces lo recordó.
El silbato. La puntería. El frío de la empuñadura metálica.
Tenía que volver a casa.
Todavía debía practicar tiro con su padre.
.
Stanley se colgó la maleta de prácticas al hombro, eligiendo llevar la mochila al pecho. La brisa comenzaba a refrescar gracias a la inminente puesta del sol y le esperaba una larga caminata a pie hasta llegar a casa. Avanzó con los músculos de sus piernas aun ardiendo por el esfuerzo en el campo. No se secó el cabello, y los restos del agua empaparon su camiseta. Llevaba los tenis con las agujetas sin atar, pero aquello era lo último que le importaba. El dolor de cabeza creciente y su estómago vacío habían amargado su humor cuanto más recordaba la práctica.
Stanley podría correr. Dos manzanas y cinco cuadras hasta llegar a casa. Desgastar su mente y cuerpo para pensar menos.
Pero una vez regresara a la realidad, el esfuerzo, no serviría para nada.
Estaba por atravesar el parque del pueblo. No el único. Pero si el más grande. Estaba oscuro y mal cuidado, con el pasto hasta las rodillas en las zonas menos transitadas. Y las farolas en su mayoría de adorno. La iluminación era demasiado pobre y el suelo terroso lo suficientemente engañoso para tropezar si no mantenía los ojos en el camino.
Los escuchó antes de verlos.
Risas. Burlas, en realidad. Los susurros contenían un tono de complicidad enfermiza que solo anunciaba algo malo.
—Mira nada más quién tiene los cojones de andar solo —dijo una voz seca y cruel, incitándole a estremecerse.
Stanley, que se detuvo a medio paso al escucharlo, apretó la mandíbula y se obligó a seguir avanzando. Sintió aberración por la espina de terror que se clavaba en su costado con cada paso.
Contó a cuatro más acompañando a Carter. Sería complicado huir con todos ellos siguiéndole. Pero enfrentarlos estaba fuera de sus posibilidades actuales. Stanley se puso en alerta. Rodillas flexionadas, y ambas manos sujetando con fuerza las asas sobre sus hombros, aunque eso lo hiciera ver como un cobarde.
Stanley giró, pero ya era tarde. Un golpe seco se impactó en su estómago. Duro como roca, aunque se tratara de un bate de béisbol. Se dobló con un quejido, escupiendo saliva. Una patada fue la siguiente. El dolor crudo estalló en su costado. Cayó al suelo con un gruñido, sin alcanzar a meter las manos para aminorar la caída. Uno de los acompañantes de Carter se regocijo cuando pisó su mano y tiró con fuerza de su cabello hasta impactar su cara contra el suelo.
—¿Te crees mejor que nosotros? ¿eh? Pequeña zorra—la cara de Brook apareció encima de Stanley. Labios secos acompañados de su peste a cigarro barato y su asqueroso aliento—. Todos entramos a esa puta casa. Pero solo tú saliste limpio. ¿Qué les contaste? ¿Qué dijiste de nosotros, marica de mierda?
Otra patada. Y otra. El cielo, de pronto, se volvió por completo obscuro. Stanley hubiese deseado que el insulto se resbalara como muchos otros. Pero la piel le picó con manía al ser llamado de esa forma.
Intentó levantarse. La ira era la única fuerza que jamás le fallaba. Tomó a Brook de sorpresa, alcanzando a aferrarse del cuello de su camiseta, pero su puño nunca se impactó contra la mandíbula chueca de ese idiota. Tan pronto como Stanley creyó que podría al menos asestar un golpe, más de un par de manos lo empujaron al suelo otra vez. La boca le supo a hierro. La sangre de su nariz se resbaló por su barbilla. Pero ni siquiera el sabor de la sangre fue tan amargo como escuchar su voz rota.
—No dije nada —mustió Stanley. La tierra se metió a su boca y las pequeñas piedras sobre la superficie se clavaron en su piel. Los golpes cesaron, pero estar retenido contra el suelo era infinitamente más frustrante.
—¡Deja de mentir! —gritó uno de ellos. Ni Carter ni Brook. Alguno de los imbéciles que no daban la cara y solo aprovecharon a lanzar patadas cuando Stanley tuvo ambos brazos sujetos a la espalda.
Soportó no gritar abiertamente. No les daría ese gusto. Regalar su vista más patética era lo único que no podía evitar que le arrebataran. Jamás suplicaría. Su vida no era tan buena como para rebajarse solo para salir de esa situación.
—Por tu culpa estuvimos pudriéndonos por dos días en una celda, hijo de puta.
¿Dos días?
Xeno era un cínico por una buena razón. Carter se libraría de una u otra forma si se tratara de un reporte común, o incluso un encuentro cara a cara con uno de los oficiales de patrulla.
Aunque tenía sentido que sus perros falderos no tuvieran la misma suerte.
—¡Basta! —no fue una súplica. Era una orden.
El aire cambió. Un poco más frio cuando el silencio calló sobre ellos al mismo tiempo que eran alumbrados con una linterna.
Stanley intentó levantar la cabeza. Lo logró gracias a la distracción. Probó con las manos y fue igual de fácil empujarse rápidamente fuera del suelo, ganando un par de protestas e intentos de lanzarse sobre su espalda. Fue rápido y se escapó uno y después dos metros de ellos.
Permaneció atento. No iba a volver a tener la cara en el suelo.
Por ello, no le dio una segunda mirada a su aparente salvador. Él seguía ahí. Con la linterna apuntándolos.
Xeno.
Una bata blanca con manchas de pintura, cabello intacto y aliento desigual. Flaco. Firme. Ridículo. Pero sus ojos... esos eran lo único temible en él.
Eran dos cuchillos filosos. Él irradiaba rabia muda.
—¿Y tú qué? —se burló Carter. Ya no sonaba tan alegre. El tinte de burla en su voz se transformó en amenaza. Stanley solo pudo adivinar que debía conocer a Xeno. O al menos, saber quién era—. ¿Vienes a salvar a tu novia?
Xeno no contestó. Caminó en su dirección. Paso a paso, sin titubear. Estuvo frente a Stanley en pocos pasos, pero no bajó la linterna. Le dio la espalda, y se paró con la barbilla en alto hasta enfrentar al grupo de Carter.
Los iluminó uno a uno, con esa luz cesante a los ojos.
Stanley lo miró con una mezcla de furia y un miedo ajeno que le dio fuerza suficiente para arrastrarse hasta tomar el brazo de Xeno.
— ¿Qué haces, imbécil? —susurró. ¿Xeno estaba en sus cabales? Si. Tenía que serlo. Stanley era bueno leyendo a las personas. No podía haberse equivocado con él. — Vete. No es tu pelea.
Pero Xeno no se detuvo.
Se puso delante. Cubriéndolo.
Una estúpida linterna como única arma.
—Ahora, largo —ordenó Xeno, firme.
—Estás loco —soltó Brooke dio un paso al frente. Su rostro fue iluminado al instante, y se desfiguró en ira.
—Si tu plan es golpearme, adelante —Xeno clavó la mirada en cada uno de ellos—. Pero después de hacerlo, dos días en una celda parecerán un sueño húmedo.
Las miradas del grupo cayeron sobre Carter. Esperaron algo, una reacción. Autorización. Que desmintiera a Xeno. O se abalanzara contra él para cerrarle la boca de un solo golpe.
No sucedió. Ninguna de ellas.
Carter escupió al suelo, tan cerca de los zapatos de Xeno que solo pudo ser una provocación.
—Vamos a otra parte —Carter se dio la vuelta. Pero logró su cometido de hacerle creer a Xeno y Stanley que se iría. —Traigan a la puta rubia. Ignoren al idiota.
Xeno apretó la linterna. Stanley no iba a quedarse viendo y menos ser llevado por esos imbéciles.
Brooke fue directo a su cabello. Fue atacado por la luz de la linterna que alejó de un puñetazo. Stanley aprovechó el jalón que Brooke le dio para apoyar se sobre la rodilla y sujetarle el brazo con el que estaba sujetándolo.
Asestaría un golpe en el estómago de Brooke, una patada en las bolas y se echaría a correr con Xeno. Le costaría su mochila, y la maleta. Correr con Xeno y ambas cosas a cuestas solo los retrasaría.
No funcionó. Brooke se aferró más fuerte a su cabello, y lo arrastró hasta desestabilizarlo.
—¡Te ordené que lo soltaras!
¿Por qué Xeno no se largaba? Stanley no se atrevió en volver a mirarle. La agonía de ser humillado amenazaba con ahogarlo.
Xeno los siguió por los diez metros que fue arrastrado hasta que se puso enfrente de Brooke. Su amenaza acababa de ser lanzada, pero la insistencia de Xeno con iluminar sus rostros, le hizo olvidar a Brooke que se le ordenó ignorarlo.
—Tu novia está muy preocupada —Brooke obligó a Stanley a mirarlo. La luz de la linterna de Xeno alcanzó a sus ojos. Stanley retrocedió. —mírame cuando te hablo —gruñó. Levantó el puño con una intención clara.
Stanley se distrajo, la luz le impidió verlo y cubrirse a tiempo. Pero el golpe no llegó.
Un chillido escapó de la garganta de Brooke. Fuerte. Ocultando el golpe seco del impacto. No tuvo tiempo de enterarse, porque el mundo de Stanley se vino abajo cuando él lo soltó.
Brooke se cubrió la cabeza con ambas manos. La sangre ya estaba escurriéndole entre los dedos.
La piedra rodó hasta sus pies.
Stanley siguió el origen del proyectil. Esperó a que otro lo siguiera. Pero no fue necesario.
Carter y los demás lo vieron antes que él, a su espalda.
Los otros dos del grupo, Kai y Jace fueron los primeros en irse. Brooke se echó a correr después de que Carter abandonara fugaz su resistencia.
Stanley fue el último en verlo.
Su padre.
Mandíbula apretada. Ceño profundamente fruncido. Ashton tenía la mirada de un hombre que estaba harto de ver su hijo convertirse en alguien patético.
Stanley se deshizo de la maleta y la mochila para aligerar su peso. Se mordió la lengua cuando un quejido amenazó con escapar de su boca, pero lo máximo que logró fue arrodillarse con una sola pierna. Todo dolía. Pero su orgullo dolía más.
Xeno no se movió. Por suerte, tampoco apuntó a su padre con su odiosa linterna.
Ashton lo miró brevemente. No dijo nada. Evaluó su vestimenta, actitud y sacó sus conclusiones. La opinión que acababa de hacerse de Xeno quedaría grabada en su padre por años.
Al parecer no fue tan mala como pudo haber sido porque su padre perdió el interés en Xeno casi al instante.
—Te dejaste golpear —escupió Ashton—. ¿De qué te sirve entrenar si no puedes defenderte? ¿Qué esperabas escondiéndote detrás de un mocoso como este?
Stanley no dijo nada.
Su garganta estaba seca. Dolía. No había parte de él que no lo hiciera.
—Levántate.
Se dio cuenta que el nudo en su pecho eran las lágrimas. Las retuvo con éxito centrados en el dolor.
Si lloraba su padre lo malinterpretaría. Para él no existían lágrimas de frustración. Solo de debilidad.
Lo que hizo fue obedecer. Temblando por el esfuerzo se puso de pie.
Ashton no lo miró.
—Y tú —dijo, dirigiéndose a Xeno—. No vuelvas a interponerte. La próxima vez que Stanley no se defienda debe aceptar las consecuencias.
Xeno no respondió. Ashton tampoco esperó una respuesta.
Su padre se fue. Y Stanley lo siguió cojeando.
El ritmo no era apresurado, pero si constante, por lo que Stanley cuidó no jadear, y mantenerse estable.
No miró a Xeno cuando pasó a su lado. No se atrevió hasta ese momento.
Xeno seguía ahí. Con las pertenencias de Stanley en el suelo a su lado.
Solo. Aun sosteniendo la linterna.
Tan firme que era imposible de ignorar.
Él estaba mirándolo. Posiblemente lo hizo todo el tiempo.
Y entonces, por primera vez, Stanley se preguntó qué se sentiría tener a alguien que lo defendiera.
No porque se sintiera más fuerte.
Sino por el simple hecho de que él le importaba.
...
