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La tarde estaba en su punto más melancólico, el viento arrastraba hojas secas por el empedrado, y el cielo, manchado de nubes rojizas, parecía un óleo mal terminado. Franky y Loid estaban sentados en una vieja banca de madera, bebiendo café de un termo metálico mientras la ciudad seguía su curso a su alrededor.
El silencio entre ellos era cómodo, hasta que una escena común atrapó la atención del informante…
Unos pasos más allá, una pareja de adolescentes caminaba cerca del sendero, él llevaba una chaqueta de mezclilla con los puños remangados, ella un suéter rojo demasiado grande y una falda plisada, ambos se empujaban con torpeza, reían por tonterías y compartían un pequeño caramelo como si fuera un secreto del mundo.
El azabache sonrió con suavidad, pero luego su expresión se tensó apenas, como si algo invisible le apretara el pecho, así que bajó la mirada y exhaló por la nariz —Tu hija ya tiene quince años—dijo, sin alzar la voz, más como un pensamiento que se le escapó que como un juicio.
Twilight desvió apenas los ojos hacia él, arqueando una ceja —¿Y eso qué tiene? — preguntó con calma, aunque algo en su tono dejaba entrever que ya imaginaba por dónde venía el comentario, al fin y al cabo, el espía podía analizar varias cosas a la vez.
Franky se encogió de hombros, pero no dejó de mirar a la pareja, que ahora se sentaba en el borde de la fuente cercana —No sé… — murmuró, con un dejo de melancolía en la voz, recordando a la pelirrosa que ya no era tan pequeña como la primera vez que la vio —Solo pensaba que tal vez ya empieza a interesarse por cosas de su edad, chicos, amigos… esas cosas que uno hace de adolescente—
El rubio bebió un sorbo de café antes de responder, sin emoción en la voz —Anya no es así— él la conocía al fin y al cabo, y sabía que la pequeña solo estaba interesada en cosas que diferían mucho del interés de una chica a su edad.
Franky lo miró de reojo, estudiando su rostro inexpresivo —¿No lo es… o no quieres verla así? —
El silencio que siguió fue más espeso que antes, Twilight no respondió de inmediato, solo observó cómo la pareja reía mientras salpicaban agua con las manos. Finalmente, habló, más para sí que para Franky —Tiene otras prioridades—
Franky asintió, pero su tono fue casi un suspiro.
—Sí… igual que tú—
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La habitación de Becky estaba decorada con cojines de terciopelo, luces navideñas fuera de temporada y un póster gigante de un actor de telenovelas colgado en el techo, justo encima de sus camas improvisadas. La videocasetera zumbaba suavemente mientras reproducía una vieja novela que Becky había elegido "por error", según ella.
Anya, estaba envuelta en una manta con forma de unicornio, y a pesar del frio del otoño, ella masticaba una paleta mientras veía cómo los protagonistas en pantalla se besaban con una intensidad exagerada y dramática —Blegh— dijo, con una mueca que le arrugó la nariz y el alma al mismo tiempo.
Becky, que estaba apoyada en los codos con una expresión de absoluta devoción hacia el televisor, se giró con indignación teatral —¡No hagas esa cara, Anya! Besarse es algo normal, los besos son lo mejor—
La Forger alzó una ceja, y sin esfuerzo alguno, leyó el pensamiento que flotaba en la cabeza de su amiga —Cuando me bese alguien de verdad, será como en las películas, tal vez alguien guapo, elegante… tipo príncipe de novela, nada como los idiotas de mi clase—
La pelirrosa asintió internamente —Ok, confirmado, Becky sigue pensando que los chicos de la clase son gremlins con dinero—
—¿Alguna vez te han besado? — preguntó la Forger, sin quitarle la vista a la pantalla, aunque al leerle los pensamientos supo que no…
La Blackbell se incorporó con dignidad, alisándose el pijama con elegancia innecesaria —No—
—Entonces, ¿cómo sabes que es tan genial? —
—Porque cuando pase, será mágico— dijo la castaña como si estuviera citando una enciclopedia de amor universal —Vas a sentir fuegos artificiales en el pecho, todo se va a detener, y vas a saber que esa persona es la correcta, ah y no hay nada mejor que un beso apasionado bajo la lluvia—
Anya frunció el ceño —Eso suena como un ataque de ansiedad—
—¡Es amor, Anya! — replicó Becky con desesperación poética, abriendo los brazos como si intentara abarcar todo el concepto del romance en una sola frase —Los besos están en todas partes—
Anya chasqueó la lengua —No creo que estén en todas partes…—
En cuanto lo dijo, supo que no debía haberlo hecho, pues su mejor amiga la miró como si le hubieran dicho que su chaqueta no combinaba, que siendo Becky… pues eso era un insulto muy fuerte para ella.
Acto seguido, se levantó de un salto, derribando una torre de almohadas y casi volcando el tazón de palomitas.
—¡Muy bien, Forger! Hora de la educación visual—
Y así comenzó la maratón…
Primero fue Cenicienta, con su final de ensueño y beso real incluido, luego vino Blancanieves, con su cuestionable beso-resurrección, que hizo que Anya frunciera el ceño.
—Esos no son primeros auxilios— murmuró la Blackbell esperando que su amiga entendiera.
Siguió Casablanca, donde la pelirrosa no entendió por qué todos hablaban con tantas pausas y suspiros, pero se le quedó grabada la frase —Siempre nos quedará París—, aunque no supo por qué.
Rocky la emocionó de verdad, los entrenamientos, las peleas, la música... ¡eso sí que tenía sentido! Pero incluso ahí, Rocky besaba a Adrianna con ternura después de ser medio noqueado.
—¿También él? — bufó Anya, sintiéndose traicionada por un ídolo, al que conoció esa misma noche.
En Indiana Jones, los besos aparecían entre persecuciones y tiroteos, la pelirrosa ya estaba resignada.
Y al final, como broche de oro, Becky puso La dama y el vagabundo e incluso la escena del espagueti la hizo soltar un largo y dramático suspiro —¡Incluso los perros lo hacen! — exclamó la castaña mientras rebobinaba la cinta por cuarta vez.
Pasaron la noche así: viendo cinta tras cinta, rodeadas de mantas, luces tenues, y snacks a medio acabar. Becky estaba en su elemento, citando frases y narrando el contexto emocional de cada beso como si fuera parte del jurado en un concurso de amor.
Pero a pesar de todo su esfuerzo, a pesar de los ejemplos, las explicaciones, los argumentos con espagueti y fuegos artificiales…
Anya no entendió.
No es que no escuchara, ni que no lo viera, simplemente, no lo sentía, no entendía qué tenía de mágico juntar las bocas con otra persona, no entendía por qué un beso era mejor que un abrazo, o una mirada sincera, no entendía por qué Becky hablaba como si besar a alguien fuera el punto máximo de la existencia humana.
Y por mucho que lo intentó, esa noche no cambió su idea.
—Tal vez algún día lo entienda— pensó mientras fingía dormir, mirando el techo iluminado por el resplandor azul del televisor —Pero hoy no, ni en mucho tiempo—
Y con eso, se hundió un poco más en su saco de dormir, mientras que la castaña rebobinaba otra vez la escena del espagueti con devoción casi religiosa.
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Ambas se despertaron recién a las tres de la tarde, con el sol colándose sin permiso por las cortinas de terciopelo, habían sobrevivido a una maratón de películas y telenovelas, sin dormir ni un minuto, y ahora sus cuerpos exigían azúcar.
—Se me antojan panqueques— dijo Becky, despeinada, pero con la dignidad de una emperatriz.
—¿Otra vez? — preguntó la pelirrosa, con voz ronca y los ojos entrecerrados.
—Ya di la orden anoche, si la mansión Blackbell no tiene panqueques listos cuando me levante habrá problemas— O seria despedido…
Minutos después de ponerse un poco más presentables, se sentaron en la mesa del comedor, rodeadas de platones de panqueques perfectamente apilados, mantequilla dorada y sirope de arce en jarras de porcelana, dos sirvientes las observaban en silencio desde la esquina, entrenados para ignorar las conversaciones absurdas de las adolescentes, solo estaban en el lugar en caso de que a la heredera se le antojara alguna otra cosa.
Becky cortó con gracia su primer panqueque y lo bañó de sirope antes de lanzar su pregunta con total seriedad —¿Y ahora qué piensas de los besos? —
Anya, que aún estaba peleando con su tenedor, cruzó los brazos y la miró como si le hubieran preguntado su opinión sobre las finanzas internacionales —Sigo sin entender qué tiene de mágico juntar la boca con otra persona—
La castaña soltó un bufido dramático, casi ofendido —¡Porque es cuando sabes que esa persona te complementa! — dijo con los ojos brillando, como si acabara de citar un libro sagrado —Como el yin y el yang, como el arroz con curry, como el helado con papas fritas—
La Forger parpadeó —Eso último no tiene sentido—
—¡Exactamente! ¡Pero funciona! — gritó Becky, lanzándole un pedazo de panqueque que impactó directo en la cara de su amiga —Ahora… si tuvieras la oportunidad de besarte con alguien, ¿con quién sería? —
Anya se quedó pensativa un instante, pues no se le ocurría nadie —¿Bondman cuenta? —
La Blackbell puso los ojos en blanco mientras bebía su jugo de naranja con elegancia —No, él es una caricatura, Anya, literalmente no existe, esta dibujado—
Y sin esperar más, pensando en que su mejor amiga se inspiraría, Becky comenzó a describir con lujo de detalle cómo imaginaba su primer beso ideal, en un campo abierto bajo la lluvia, con una canción de fondo, que el chico con quien fuera su primer beso tomaría su rostro con dulzura y todo sería como una escena de película… y que, por supuesto, sus pestañas brillarían mágicamente.
Anya solo la miraba mientras masticaba, captando pensamientos fugaces de su amiga como —ojalá no se me enrede el cabello si pasa de verdad— o —quizá en una boda, eso también sería épico…—
Y aunque por fuera parecía totalmente indiferente, en el fondo, muy en el fondo… la psíquica se preguntó por un segundo cómo sería de verdad un beso.
¿Se sentiría raro? ¿Suave? ¿Ruidoso? ¿Irritante? ¿O de verdad, como decía Becky, uno sabría que estaba con la persona correcta?
Pero no lo admitiría jamás.
Sobre todo, si Becky estaba cerca.
Así que solo se sirvió otro panqueque, empapándolo de sirope, y murmuró con voz baja y burlona —Seguro que Bondman besa mejor que todos tus príncipes juntos—
—¡Anyaaaa! —
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Después de una pijamada llena de películas románticas, almohadas voladoras y debates filosóficos sobre el amor, Anya regresó a casa con la cabeza llena de ideas que no terminaba de ordenar, tomó el autobús escolar con la vista apoyada contra la ventana, esperando no pensar más en el tema… pero el universo no cooperó.
Apenas bajó en la estación, lo vio.
Un par de cisnes en el parque se rozaban las cabezas con una lentitud que parecía orquestada. —¿Eso también cuenta cómo beso? —, se preguntó la pelirrosa internamente con el ceño fruncido —Yo creo que sí, es como en la dama y el vagabundo—
Ella siguió caminando, y en la panadería de la esquina, una pareja de ancianos se despidió con un piquito rápido pero afectuoso, el señor incluso le limpió la comisura de la boca a la señora con una servilleta, la chica casi se tropezó con sus propios pies.
—¿¡Por qué todos se están besando!? — susurró para sí misma.
Cuando llegó a casa, no fue mejor.
En cuanto entró por la puerta, vio a su madre darle un beso fugaz a su padre en la mejilla mientras se quitaba el delantal, luego, al pasar junto a la sala, otro beso, y al rato, mientras el rubio le alcanzaba un vaso de agua, otro, y luego uno más. ¡¿Y otro más?!
—¡Mis propios padres están obsesionados con besarse! — pensó Anya, alarmada —Tal vez sea una enfermedad adulta…—
En la escuela, la situación se volvió aún más desconcertante, durante la clase de historia, alcanzó a leer la mente de una compañera que planeaba besar a su crush en la hora del receso detrás del invernadero, y cuando llegó ese momento, Anya lo vio con sus propios ojos, dos estudiantes dándose un beso apresurado y torpe… justo antes de ser atrapados por el profesor Henderson.
—Ambos recibirán un Tonitrus Bolt por conducta inapropiada— dijo el anciano con la autoridad de un general.
Anya se quedó boquiabierta.
¿Un beso...? ¿Valía la pena un Tonitrus?
Y, sin embargo, ahí estaban todos, besándose como si el mundo dependiera de eso.
Ella se sentó en su pupitre con una expresión de agotamiento existencial.
Mientras el profesor hablaba sobre tratados históricos, Anya pensaba —¿Qué tiene de interesante juntar la boca con otra persona? ¿De verdad vale un castigo? ¿Un regaño? ¿Y por qué... por qué están por todas partes? —
La pelirrosa volvió a ver a Becky, que tomaba notas con una sonrisa soñadora y dibujaba corazoncitos en el margen de su cuaderno.
Anya bajó la vista, cruzó los brazos y pensó para sí, con una mezcla de resignación e incomprensión —Definitivamente, no lo entiendo—
Pero aun así…
Algo en ella empezaba a sospechar que, tal vez, algún día, esa respuesta llegaría sin palabras.
Con fuego, o con torpeza.
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Sentada en el sofá de la sala, Anya miraba otro episodio de Bondman, con las piernas cruzadas y una barra de chocolate a medio terminar colgando entre sus dedos. En la pantalla, el superespía besaba a una princesa de un reino ficticio después de salvarla de una banda de robots traidores, era una escena dramática, con música intensa, viento artificial y una cámara girando alrededor del beso como si fuera lo más importante del mundo.
La Forger la había visto antes, varias veces, en realidad, de hecho, Bondman besaba a muchas mujeres, demasiadas, quizá, y siempre le había dado igual.
Pero esta vez… algo fue distinto
No sintió asco, no hizo una mueca, solo se quedó mirando, con el chocolate olvidado en su mano y una sensación muy rara en el pecho, como si algo se hubiera activado y estuviera caminando en calcetines mojados dentro de su corazón.
De esa manera se sentó derecha —Tengo que besar a alguien— ella declaró con la voz más seria que había usado desde que juró convertirse en doctora, espía, asesina, astronauta y reina del mundo… todo al mismo tiempo.
Por supuesto, su primer pensamiento fue práctico, buscar a alguien confiable, familiar.
—¿Mi tío Yuri? …No, mamá nos mataría— reflexionó, recordando que su madre era una asesina.
—¿Tío Franky? …No, seguro eso es ilegal—
Así que descartó a la familia, sería alguien de la escuela.
Ella se cruzó de brazos y empezó a repasar mentalmente la lista de posibles candidatos como si armara un equipo de rescate para una misión suicida.
Primero pensó en Bill Watkins, era fuerte, saludable, y sabía nadar, pero algo no encajaba.
—Demasiado sudoroso— Ella pensó.
Luego se acercó a George Glooman durante el receso, lo observó un momento mientras él comía pan con una seriedad existencial, la pelirrosa se detuvo frente a él, lo miró fijamente y dijo —Hola. — George la miró alegremente, saludo… y minutos después, ella simplemente respondió —No—
Anya asintió sin más y se retiró —Justo como lo imaginé—
Y entonces de un momento a otro, ella los vio…
El grupo habitual, Damian Desmond, Ewen Egeburg y Emile Elman, reunidos junto al árbol del patio, discutiendo algo que claramente no importaba tanto como ellos creían, Ewen hacía movimientos como si dramatizara una escena de batalla, Emile arrancaba pasto del lugar y Damian los ignoraba con los brazos cruzados, mirando hacia otro lado, con su cara de siempre, medio serio, medio molesto… completamente insoportable.
Anya los observó desde lejos, sus ojos se entrecerraron, su ceja se arqueó y su cerebro se llenó de ruido blanco.
Y en ese instante, supo que ya había elegido a alguien, pero no dijo su nombre. ni siquiera a sí misma.
Solo se giró, se puso de pie y volvió a clase como si nada hubiera pasado.
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El reloj marcaba la una con doce minutos, el recreo había terminado hace rato, pero Anya Forger caminaba por los pasillos como si llevara a cabo una misión ultra secreta, y en cierto modo, lo era.
Había mandado una nota escrita a mano con caligrafía más o menos legible a Ewen Egeburg: “Reunión confidencial, salón de música, no digas nada, firma: una fuente confiable."
Ewen, naturalmente curioso y con la madurez emocional de una taza de café sin azúcar, fue sin pensar mucho. —Quizás es una broma, o una trampa, o quizás una chica me quiere confesar su amor—
Mientras tanto, no muy lejos, Damian Desmond los observaba desde detrás de una columna —¿Por qué Ewen hace esa cara? —murmuró.
Y de esa manera vio cómo su amigo se deslizaba hacia el ala izquierda del edificio y cómo, poco después, Anya lo seguía con paso decidido.
Algo no cuadraba.
Y como estudiante imperial, líder de grupo y persona que lo tenía todo bajo control —según sus propias palabras y estándares cuestionables—, el castaño decidió seguirlos con sigilo.
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El aula estaba vacía, la luz del sol entraba a través de los ventanales grandes, iluminando los instrumentos en silencio, Ewen estaba en una esquina, visiblemente incómodo, rascándose la nuca —¿Entonces… de qué se trata esto? ¿Quieres que te ayude con algo? ¿Es de matemática? Porque ahí sí que estamos en problemas…— él no espero encontrarse con la pelirrosa en el lugar…
Anya lo miró fijamente, su corazón latía como tambor tribal, y aunque podía leer la mente del rubio —lo cual no ayudaba precisamente a calmarla—, intentó ignorarlo todo y simplemente actuar.
—Quiero probar algo, quédate quieto—
El Egeburg parpadeó, confundido, y entonces ella dio un paso, luego otro y se acercó a él con expresión seria, apretando los puños como si caminara hacia el borde de un acantilado.
—Ok, solo es juntar las bocas, no es tan grave, Becky dice que hay fuegos artificiales, yo solo quiero saber si eso es cierto ¿Y si me da alergia? ¿Y si no hay fuegos artificiales y solo huele a queso? ¿¡Y si Franky tiene razón y besar arruina amistades!? ¡AY, YA ESTOY MUY CERCA! — Ella se inclinó y tropezó con su propio zapato —¡UWAAAH! —gritó la chica mientras caía hacia adelante como un tronco torpe de emociones.
Ewen apenas logró apartarse con un salto, ella terminó en el piso, y justo en ese momento…
—¡¿QUÉ ESTÁ PASANDO AQUÍ?! — exclamó una voz desde la puerta.
Damian…
Su rostro era una mezcla perfecta entre enojo, pánico y... algo que no tenía nombre pero olía a celos, él entró al salón como si acabara de descubrir un crimen —¡Ewen! ¡¿Qué estabas haciendo?! ¡¿Por qué estás solo con ella en un salón cerrado?! ¡¿No sabes que eso va contra el reglamento?! ¡¿Y tú, Forger?! ¿¡Te has vuelto loca!? —
Ewen levantó las manos con rapidez, retrocediendo hacia la puerta y desapareciendo del lugar —¡Yo no hice nada! ¡Ella me citó aquí! ¡Yo pensaba que era una trampa, lo juro! —
El Desmond giró hacia Anya, que seguía en el suelo, con la cara encendida de vergüenza —¿Qué estabas haciendo? — preguntó él, cruzado de brazos.
La pelirrosa se levantó despacio, limpiándose las manos en la falda —Es que… solo quería saber cómo es un beso—
Damian parpadeó —¿…Beso? —
—Sí— dijo ella, con total honestidad —Parece que están en todas partes, todo el mundo se besa, quería probar si no era gran cosa—
—¡¿No es gran cosa?! — estalló él, enrojeciendo hasta las orejas —¡Pero no puedes ir por ahí tratando de besar a alguien sin su consentimiento! —
Anya lo pensó por un segundo —¿Entonces tengo que preguntarle a alguien si quiere besarme? —
—¡SÍ! —gritó Damian, luego se corrigió rápidamente —Digo… no. O sea sí, pero... ¡no puedes besar a cualquiera y menos en horario escolar! — La Forger bajó la cabeza, pensativa, mientras que el castaño, por otro lado, la observó en silencio y de pronto, sin entender por qué, dijo —Bueno… si estás tan desesperada… yo te beso—
Anya levantó la vista, sorprendida, sus ojos se iluminaron —¿¡De verdad!? —
—¡Shhh! — el castaño se tapó la boca de inmediato, rojo como un tomate —¡No grites! ¡No lo digas en voz alta! ¡Y no ahora! —
La chica, sin contener la emoción, se lanzó a abrazarlo y Damian quedó paralizado —¡Gracias, segundo! —
—¡Q-quitáte! —
Ella no lo hizo.
Y así, con su dignidad colgando de un hilo, y el chico terminó prometiendo lo impensable —Mañana… después de clases… en el parque, un beso, rápido. ¡Y sin más preguntas! —
—¡Hecho! — respondió ella, levantando el pulgar como si acabara de conseguir una victoria diplomática.
Damian se giró con rapidez y se marchó murmurando algo sobre “ser el peor día de su vida”. Anya lo miró alejarse… y entonces sonrió.
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Al siguiente día en el parque, el sol filtraba su luz a través de las hojas verdes, salpicando sombras sobre los senderos de piedra y los bancos de madera. Los pájaros cantaban con desgano, y el ambiente olía a flores recién regadas, ese era, sin querer, un escenario perfecto para algo que ninguno de los dos sabía manejar.
Damian llegó primero, él llevaba una camisa blanca de lino cuidadosamente planchada, una chaqueta ligera azul marino, zapatos impecables y una pizca de colonia, su cabello, estaba perfectamente peinado, y había sido revisado al menos cuatro veces en el espejo antes de salir de casa.
Él se sentó en una banca, nervioso, hasta que la vio venir.
Anya apareció caminando tranquila, con su habitual paso despreocupado… vestida con el uniforme de educación física de Eden.
El chico abrió los ojos como platos —¿¡De verdad viniste con el uniforme!? — soltó, escandalizado.
Anya parpadeó —¿Y qué tiene? —
—¡¿Qué tiene?! ¡Es tu primer beso! — él dijo, levantándose de golpe —¡¿Quieres que tu primer beso sea usando medias y un broche escolar?! —
—Me da igual— dijo la chica, encogiéndose de hombros.
El castaño puso las manos en la cabeza, como si tratara de contener una implosión emocional —¡Tu primer beso debería ser especial! Como en una película, con ropa bonita, perfume, viento dramático…—
—¿Y con fuegos artificiales? —
—¡¡Exactamente!! —
Anya se quedó pensativa un segundo… y luego respondió —No me cambié porque hoy tocaba educación física y no quería cargar más ropa—
El Desmond soltó un suspiro resignado, aun así, caminó junto a ella por los senderos del parque y tras unos minutos en silencio, el chico se aclaró la garganta —¿Quieres que… te tome de la mano? —
La Forger lo miró —¿Por qué? —
—Porque…— él comenzó sonrojándose —Es parte del contacto físico entre dos personas, es como… una versión de contacto antes del beso, es normal, científicamente—
La pelirrosa asintió con una seriedad falsa y le ofreció su mano.
Cuando sus dedos se entrelazaron, ella sintió una calidez inesperada, su piel estaba un poco fría al principio, pero agradable, ella se sintió segura. Él, en cambio, por dentro, era una tormenta de nervios eufóricos —¡Me está dando la mano! ¡Voluntariamente! ¡Es la mejor sensación del universo! —
Ambos caminaron así hasta una banca bajo un árbol frondoso, el viento soplaba con suavidad, y un par de hojas cayeron como si la escena estuviera coreografiada por el destino, y se sentaron juntos.
El silencio era espeso, pero no incómodo.
Damian giró lentamente hacia ella, su respiración se volvió más lenta, más contenida, levantó una mano temblorosa y le apartó un mechón de cabello del rostro con torpeza, como había visto hacer en películas románticas.
Ella no se movió, solo pensaba —Su mano está tibia, está sonrojado ¿Está enfermo? No ¿Está nervioso? No lo sé ¿Por qué mueve tan lento la mano? Parece una escena de película de acción—
El Desmond tragó saliva —Cierra los ojos— susurró.
La pelirrosa lo hizo sin dudar, como si fuera parte de un experimento.
El chico la observó, su corazón latía como si quisiera escapar de su pecho. —¡Esto está pasando! ¡Lo estoy haciendo! ¡Es real! —
Y aunque Anya podía leerle la mente, por alguna razón, en ese momento… no lo hizo.
Él alzó la mano y le acarició la mejilla con suavidad.
Y… Anya suspiró, fue un suspiro leve, suave, involuntario… pero suficiente para que Damian se congelara, su cerebro explotó con señales de alerta.
—¿Eso fue un suspiro? ¿De placer? — Pensó por un instante, y de esa manera retrocedió de inmediato —¡Eh! No… no es el momento, creo que… deberíamos dejarlo para otro día, el aire está muy seco… y… eh… no traje labial hidratante—
Anya abrió los ojos, confundida —¿Labial? —
—¡Digo bálsamo! ¡Labial bálsamo! ¡Hidratación de emergencia! —
Él se levantó de golpe, claramente nervioso, y empezó a caminar en círculos.
Anya lo miró, luego miró el árbol y luego volvió a él —¿Entonces… mañana? —
El castaño se detuvo, su rostro aún estaba rojo —S-sí, o pasado, o cuando sea… perfecto—
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Anya entró a la casa con paso ligero, pero con el corazón latiendo como si acabara de escapar de una operación secreta, ella cerró la puerta detrás de sí, se quitó los zapatos con torpeza y dejó su mochila caer en el pasillo como si pesara una tonelada de emociones mal acomodadas.
La Forger caminó hacia la sala con una sonrisa extraña, de esas que uno intenta disimular pero que se escapan por las mejillas y las puntas de los dedos, tenía los hombros ligeramente alzados, los brazos cruzados como abrazándose a sí misma, y las orejas aún un poco rojas.
—¡Hola, Anya! — saludó Yor desde la cocina, mientras picaba verduras con una precisión casi quirúrgica —¿Cómo te fue hoy? —
—B-bien— respondió la menor sin mirar, pasando de largo, conteniendo algo que no podía ni quería soltar.
Su padre apareció por el pasillo con un periódico bajo el brazo —¿Seguro? Tienes esa cara de cuando te fue mal en matemáticas, pero descubriste un nuevo caramelo—
—¡Todo normal! — exclamó Anya, con una sonrisa que decía lo contrario.
Ella aumento el paso y se encerró en su habitación. Tiró su cuerpo en la cama como si fuera un saco de papas, quedó boca arriba, mirando el techo, con los brazos extendidos y el cabello desordenado por la gravedad de sus pensamientos.
—No hubo beso— susurró para sí misma. No lo decía con decepción, era más bien una constatación —Pero… el tacto…— se llevó la mano al rostro, recordando cómo Damian le acarició la mejilla —Se sintió… bien— Luego bajó la vista a su mano, esa que él había tomado primero, y la apretó un poco, todavía sentía la calidez ahí, como si su palma guardara un secreto —Y los gestos…— hablo de nuevo en voz baja, recordando cómo él le apartó el mechón de cabello con tanto cuidado.
No era exactamente como en las películas de Becky, no hubo fuegos artificiales, ni lluvia, ni música épica de fondo, pero… —Fue… suave— murmuró, sus labios se curvaron en una sonrisa, pequeña pero sincera.
No entendía todo lo que sentía, todavía no. Solo sabía que, por primera vez, algo sin palabras, sin pensamientos, sin telepatía… había dicho mucho más de lo que podía procesar, y se sentía bien.
Ella se cubrió la cara con la almohada y soltó un gritito alegre, de esos que solo una chica de catorce años podría emitir sin vergüenza ni explicación. Después se quedó en silencio, y sin saber exactamente por qué, se abrazó la almohada, pensando en el día siguiente.
Y en si Damian también estaba en su cuarto… recordando lo mismo.
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El mismo árbol, la misma banca, la misma hora.
Anya llegó caminando con su paso habitual, despreocupado, aunque por dentro sentía una especie de nerviosismo agradable, como cuando se abría un regalo sin saber si era algo útil o algo completamente inútil pero brillante.
Ella llevaba el uniforme otra vez, no por falta de ganas de arreglarse, sino porque le parecía innecesario vestirse diferente para una "prueba de beso" —Después de todo, si vamos a besar, lo importante es el resultado, no el envoltorio— pensó.
Damian ya la esperaba en la banca, había llegado quince minutos antes, con el pelo impecable y una camisa blanca limpia que había revisado tres veces frente al espejo como siempre, en cuanto la vio, su expresión pasó de nerviosa a decepcionada —¿Otra vez con el uniforme? —
—Sí, es más cómodo—
El castaño suspiró con dramatismo —Tu primer beso debería ser especial…—
—No me molesta, lo que importa es si el beso sirve o no—
Él se frotó la cara, murmurando algo sobre “falta de sentido estético” pero al final asintió.
Se sentaron juntos, esta vez más cerca que la vex anterior.
El Desmond se giró hacia ella, respiró hondo y, sin esperar un suspiro, un accidente o una señal divina que lo detuviera, se inclinó y le dio un beso rápido. Un pico firme, breve… real.
Anya no se movió, ni rió, solo se llevó los dedos a los labios con curiosidad y dijo —Mmm… Se sintió bien— Damian se quedó quieto, disimulando su respiración agitada mientras que la chica lo miraba con ceño pensativo —Pero pensé que los besos eran más largos en las películas… como más… profundos—
El castaño se sonrojó al instante —¡B-bueno! ¡Sí! Pero… ese también fue mi primer beso—
La pelirrosa lo observó en silencio, no se burló, solo asintió, como si tomara nota mental —Entonces… necesito encontrar a alguien que tenga más experiencia, para ver la diferencia—
Al escuchar esas palabras Damian casi se atraganta con su propio aire —¡¿QUÉ?! ¡No puedes ir por ahí besando a cualquiera para comparar! —
—¿Por qué no? — preguntó ella con toda la lógica del mundo.
—¡Porque...! — él hizo una pausa, buscando una excusa que sonara más racional que celosa —Porque eso no tiene sentido ¡No obtendrás resultados consistentes! ¡Para eso necesitas repetir el experimento con el mismo sujeto! —
Anya parpadeó —¿Eso quiere decir que tú y yo…? —
Damian respiró hondo, intentando sonar académico —Sí, podemos seguir… aprendiendo, los dos, con cuidado, por la ciencia, porque… porque somos eruditos imperiales, ¿no? Serios, responsables, esto sería un estudio controlado con observación, hipótesis, pruebas y conclusión—
Anya entrecerró los ojos —¿Y si no me gusta? —
—¡Pues… entonces cancelamos el experimento! — respondió él, esperando que la chica entendiera que no debía buscar a nadie más…
Ella lo pensó unos segundos, luego asintió —Está bien, pero por ahora, puedo decir que… el tacto se sintió muy bien—
Damian desvió la mirada para que ella no viera lo rojo que estaba —S-sí… el contacto físico es… importante—
Anya no pensaba en amor, ni en romance, ni en grandes promesas bajo la lluvia, solo había sentido algo distinto, cálido, extraño y curioso.
Y aunque no lo entendía todavía, quería seguir averiguando qué era.
Damian también, pero mientras ella investigaba con calma científica… Él intentaba no desmayarse de felicidad.
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Anya Forger había comenzado oficialmente su investigación científica sobre los besos, lo había escrito así en la primera hoja de su cuaderno, con marcador rosado:
TEMA: ¿POR QUÉ A LA GENTE LE GUSTA BESARSE?
HIPÓTESIS: ¿Se sienten mariposas? ¿O es pura presión social?
OBJETIVO: Verificar utilidad y sensación general del beso.
INVESTIGADORA PRINCIPAL: Anya Forger y Damian Desmond
Su primer paso fue el estudio bibliográfico, ella pasó horas leyendo revistas para adolescentes que encontró en una vieja caja en el ático de la mansión Blackbell, que Becky había catalogado como “basura histórica”, con titulares como:
"10 señales de que quiere besarte"
"¿Besar o no besar? Haz el test y descubre tu estilo"
"¡Primero besos! Tips, trucos y labiales recomendados"
La pelirrosa subrayó frases como “el beso perfecto sucede cuando no lo planeas” o “la química se siente en la piel”, y solo podía pensar —Esto no es ciencia, no hay gráficos, ni demostraciones—
Así que pasó al trabajo de campo…
Durante los recreos, los almuerzos e incluso en los pasillos, Anya se dedicó a observar.
Y cuando veía una pareja besándose (a escondidas, creyéndose discretos), ella se acercaba con pasos cortos y mirada fija como un halcón psíquico en modo observación profunda.
—¿Cuánto tiempo llevan juntos? —
—¿Qué sintieron en el instante del contacto bucal? —
—¿Sintieron taquicardia o mariposas en el estómago? —
Ella preguntaba, tomando notas en una libreta.
Los estudiantes, aterrados, se separaban de inmediato y se marchaban murmurando cosas como —¿qué le pasa a esa rara? — o —¡¿dijo contacto bucal?! —
Una vez incluso se le quedó mirando a una pareja sin decir nada, solo los observaba, como si fuera parte del mobiliario, pero con los ojos muy abiertos.
Cuando la tercera pareja huyó del invernadero, entró en escena Damian Desmond.
—¡¿Qué estás haciendo, Forger?! — él exclamó, con las cejas fruncidas y las manos en la cintura.
La pelirrosa se giró hacia él con total calma, como quien es interrumpida durante una medición de temperatura —Investigación de campo— ella dijo, mostrándole el cuaderno con gráficos, dibujos de bocas y notas tipo “pareja A: labios temblorosos – sospecha de frío o nervios”.
El castaño le quitó el cuaderno, lo hojeó y casi se atraganta con una risa que no pudo evitar —¡No puedes seguir a la gente cuando se está besando! ¡Eso es… es invasivo! ¡Y muy raro! —
—Pero necesito comparar reacciones— dijo la chica —Y tengo muchas preguntas—
—¡Eso es peor! —Damian ya estaba rojo de incomodidad —¡Forger, hay otras formas de investigar! —
Anya alzó una ceja —¿Cómo cuál? —
El chico abrió la boca… pero no tenía una buena respuesta, no quería decir “seguir besándonos” porque eso lo dejaba en evidencia, pero tampoco quería que ella siguiera acosando parejas desprevenidas por toda la escuela.
—Como… películas, documentales. ¡Experiencia controlada entre… sujetos ya comprometidos con el experimento! —
—¿O sea tú y yo? —preguntó la pelirrosa, ladeando la cabeza.
Damian se sonrojó por completo —Sí, nosotros, pero discretamente, sin incomodar a nadie—
Anya cerró su cuaderno —Entonces anotaré que te observen directamente es raro—
El chico suspiró —Gracias…—
Y mientras caminaban juntos por el pasillo, Anya pensó —Este experimento se está volviendo más complicado de lo esperado, pero el contacto… sigue sintiéndose bien—
Y Damian solo trataba de no sonrojarse otra vez.
#
Ese fin de semana, Anya había planeado todo con precisión quirúrgica: alfombra extendida, refrigerios listos y luces apagadas. Había conseguido, gracias a Becky, una pequeña selección de “películas para entender el romance de los humanos”, como su mejor amiga las había llamado.
La mayoría eran antiguas, algunas en mal estado, todas en VHS rescatadas del archivo cinéfilo de la familia Blackbell.
Damian llegó con su típica mezcla de actitud seria y nervios internos disimulados con arrogancia, llevaba puesta una chaqueta azul marino y había traído una caja de bombones importados que no sabía si ofrecer o guardar para más tarde en su casa.
—¿Todo esto es parte del experimento? — preguntó mientras se dejaba caer en el sillón.
—Sí, observación de besos cinematográficos — respondió Anya, mientras ajustaba la videocasetera.
La primera película fue Dieciséis Velas, la escena del beso entre ambos protagonistas se dio en la mesa con el pastel de cumpleaños.
—¿Por qué están tan quietos? ¿El azúcar los paralizó? — preguntó la Forger con el ceño fruncido viendo directo al televisor.
—¡No hagas comentarios! — se quejó Damian, ya rojo.
Luego vino Top Gun, el protagonista besaba a su interés romántico con Take My Breath Away sonando de fondo, el viento agitaba las cortinas y todo estaba perfectamente coreografiado entre los dos.
—¿Por qué suena música si nadie la puso? ¿La radio de ellos es mágica? —
—¡Anya, por favor! —
Después fue el turno de Superman, en donde Clark y Lois, estaban flotando en el cielo y compartían un beso con estrellas detrás
—¿No se mueren por falta de oxígeno? — preguntó la chica
—¡ES UNA PELÍCULA! —
Y entonces llegó la joya vintage, El Pirata, protagonizada por Judy Garland y Gene Kelly, todo iba bien hasta que llego una escena teatral, en la que Kelly, con un cigarro entre los labios, se inclina hacia una chica… y la besa metiéndose a la boca el cigarro aún encendido, como si el tabaco fuera testigo y cómplice de la tensión.
Anya se inclinó hacia la pantalla, absorta —¡Eso sí que es técnico! ¿Cómo lo hizo sin quemarse? ¿No había humo en el beso? —
Damian se tapó la cara con una almohada —¡Ya basta de preguntas! ¡Solo míralo! —
Cuando estaban por iniciar El Gran Gatsby, Yor entró con una bandeja de jugo
—¡Oh, qué bonita escena! —dijo mientras se acomodaba en un sillón al costado.
Y segundos después, apareció Loid que llevaba un libro en la mano y se detuvo frente al televisor con la ceja arqueada —Esa escena no ocurre así en el libro, en la novela, la tensión está construida de forma más sutil, más contenida, Gatsby jamás habría actuado de forma tan directa—
Damian ya no sabía si quería besar a alguien o enterrarse bajo la alfombra, la casa Forger solo tenía una televisión, y eso significaba compartirla, no había cuarto de entretenimiento, ni mayordomos que callaran a los comentaristas espontáneos.
—¿Por qué acepté venir? Deberíamos estar en mi biblioteca privada, con un sistema de sonido envolvente… y sin gente interrumpiendo cada segundo—
Cuando al fin la película terminó, el castaño se levantó con algo de dignidad todavía intacta —Bueno, me voy—
—¿Ya? — preguntó Anya, siguiéndolo hacia la puerta.
Él bajaba por las escaleras mientras se abrochaba la chaqueta.
—¿Y por qué no me besaste como en las películas? — preguntó ella, sin filtro.
El Desmond se detuvo, tardó un momento en procesar la pregunta, luego giró levemente —¡¿Aquí?! ¡¿Enfrente de tus padres?! —
—No están mirando— respondió ella.
—¡Aun así! Yo… no lo haré así, podemos hacerlo otro día, en privado—
Damian bajó otro escalón, estaba a punto de alcanzar el último peldaño cuando sintió que algo —alguien— lo tomaba de la manga.
Él se giró…
Anya estaba ahí, con expresión decidida, aunque sus mejillas estaban un poco más rojas que de costumbre, se estiró, se inclinó apenas…
Y le dio un pico.
Rápido, sencillo, casi como si no hubiera ocurrido.
Pero había ocurrido.
Damian se quedó en shock, en ese instante él era una estatua con el corazón tamborileando en su pecho.
La Forger dio un paso atrás, satisfecha —Ese fue por curiosidad— dijo —No lo anotaré como parte del experimento, solo… impulso de observación—
El castaño asintió lentamente, aún mudo, bajó el último escalón y salió a la calle como un robot programado solo para caminar.
La chica lo miró desaparecer desde el umbral, luego cerró la puerta, apoyó la espalda en ella, y se quedó en silencio por unos segundos, sus dedos aún tocaban sus labios —Se sintió… distinto—
No mejor ni peor.
Solo… distinto.
Y eso bastaba para seguir investigando.
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Al siguiente día a la hora de la salida, el cielo se tornó de un gris metálico, el tipo de cielo que anunciaba que el invierno estaba cerca, el viento era cortante y hacía volar mechones de cabello a cada paso, en un rincón alejado del patio trasero, al abrigo de un muro y unos arbustos, Anya esperaba a Damian.
Estaba completamente cubierta con un sueter, bufanda y guantes, ella sostenía con ambas manos su libreta de experimentos como si fuera un documento confidencial de máxima seguridad.
Damian llegó caminando rápido, con las mejillas rojas por el frío y la expresión de siempre, una mezcla de nervios, orgullo y una pizca de "¿por qué estoy haciendo esto?"
—¿Qué querías, Forger? Hace mucho frío—
La chica no respondió de inmediato, abrió su cuaderno y le mostró una nueva hoja titulada en letras grandes: “FASE 1: RECREACIÓN DE BESOS CINEMATOGRÁFICOS”
El Desmond leyó la hoja y parpadeó —¿Recreación… de qué? —
—Besos, vamos a replicar escenas de películas para ver si la forma del beso afecta la sensación general—
El castaño se quedó mirándola extrañado —¿Tú quieres... hacer los besos de las películas? —
—Sí, pero sin música ni humo, porque no tengo presupuesto—
El chico sintió que el alma se le salía por la bufanda —¿Y no puedes simplemente mirar más películas? —
—Ya las vi, muchas, ahora quiero ver si es verdad que se siente bien—
La chica le mostró su cuaderno con varios títulos de películas, solo que una llamo la atención del chico “El Pirata”. Damian tragó saliva al ver esa última —¿El Pirata? ¿No es esa la del beso con...? —
—Con el cigarro en la boca— asintió Anya, muy segura de sí misma —Esa será la primera—
Damian retrocedió un paso —¿No podemos empezar con... la dama y el vagabundo? —
—¿Quieres comer espagueti congelado en este clima? —
El castaño no supo qué responder. La Forger, por su parte, sacó de su bolsillo una bolsita cuidadosamente sellada, dentro había un cigarro de chocolate envuelto con servilleta —Lo mantuve a temperatura ambiente desde esta mañana, es de chocolate— ella explicó como si el chico no lo había notado por el color café —Tú solo hazlo como en la escena que yo haré el resto—
El Desmond se quedó helado —literalmente y emocionalmente—
—¿Vamos a recrear el beso del cigarro... ahora? —
La Forger asintió con total naturalidad, como si le pidiera ayuda para cargar una caja
Damian miró el cigarro y miró a Anya —¿Estás segura de que esto no es un plan para matarme? —
La pelirrosa arqueó una ceja —La ciencia a veces tiene riesgos—
Y entonces él entendió que no iba a poder escapar.
La fase 1… había comenzado.
Damian sostuvo el cigarro de chocolate entre los dientes, rígido como una estatua bajo cero, sus mejillas estaban rojas, y no solo por el frío.
—¿Listo? — preguntó Anya, ajustando la bufanda como si fuera su bata de laboratorio.
El chico no podía hablar, así que asintió con los ojos.
La Forger dio dos pasos hacia él con lentitud, canalizando toda la seriedad teatral que pudo recordar de Gene Kelly, se detuvo a medio palmo de su rostro, evaluando la posición del cigarro con concentración quirúrgica —No te muevas, tengo que empujarlo suavemente para que se mantenga firme en el beso—
El chico intentó responder con un "¡NO HAGAS ESO!", pero todo lo que salió fue un confuso —Mghgh?! — entre dientes.
Entonces ocurrió, Anya, con manos heladas y sin medir la fuerza, empujó el cigarro con el dedo índice justo cuando iba a acercarse para besarlo, y el chocolate, duro por el frío, se deslizó directo al fondo de la boca de Damian.
—¡GHGH—KGHFF—! — tosió él, doblándose en dos con los ojos desorbitados.
—¡¿Estás bien segundo?! —preguntó la psíquica, alarmada, aunque también tomando notas mentalmente.
Damian escupió la mitad del cigarro y cayó de rodillas en la hierba congelada, jadeando —¡ME ESTABA ATRAGANTANDO! —
La Forger se inclinó junto a él, sacando un pañuelo de su abrigo —¡No te mueras! ¡No he probado los otros estilos todavía! —
El castaño le arrebató el pañuelo, se limpió la boca, y se incorporó con la dignidad rota en mil pedazos —¡¿Quién empuja comida directamente a la tráquea de alguien antes de besarlo?! —
—Yo pensé que sería más... elegante— respondió ella, anotando algo más en su libreta.
Conclusión: recrear besos con objetos duros en otoño puede provocar asfixia parcial.
Método: inseguro.
Nota: No repetir.
Damian se quedó mirándola, con la voz entrecortada y el abrigo manchado de chocolate derretido —Por favor… dime que la siguiente escena no incluye más comida ni cigarrillos—
Anya lo pensó —No…—
El chico se cubrió el rostro con ambas manos —...Necesito una pastilla para la garganta. Y un psicólogo—
La pelirrosa simplemente sonrió, orgullosa de haber avanzado otro paso en su “experimento emocional”.
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Era el tercer día consecutivo que Damian se encontraba fuera, en el patio helado de Eden, preguntándose por qué aceptaba estar en lo que ahora se sentía más como una obra de teatro experimental.
El cielo estaba gris, el aire, brutalmente frío.
La Forger llegó con paso decidido, cargando un pequeño bolso —Hoy vamos a recrear el final de An Officer and a Gentleman— anunció.
El castaño entrecerró los ojos —¿Esa no era la de los uniformes y la música épica? —
—Sí, es el beso mientras el chico carga a la chica en brazos— respondió ella, con tono de profesora
El chico palideció —¿Quieres… que yo te cargue? —
—No, yo te voy a cargar a ti—
Damian dio un paso atrás como si hubiera escuchado un insulto personal —¿¡Qué?! ¡No puedes cargarme! ¡Yo peso más que tú! —
—Si puedo, he estado practicando con cajas de libros en casa—
—¡ESO NO ES LO MISMO QUE UNA PERSONA VIVA! —
—¡Confía en la mí! — dijo ella mientras ya se acercaba con los brazos preparados.
Antes de que el Desmond pudiera escapar, la pelirrosa lo rodeó por debajo de las rodillas y la espalda, y con un impulso torpe pero decidido, lo levantó dos centímetros del suelo.
Durante exactamente 1.5 segundos, Damian flotó.
Y luego… ambos se cayeron estrepitosamente al suelo frío.
—¡AAAAAAGH! —
—¡GHK! ¡MI CODOOOO! —
Los dos quedaron tumbados sobre la hierba helada, con las piernas enredadas, las mochilas aplastadas y la dignidad arrastrándose hacia el edificio más cercano.
—Te dije… que esto… era una mala idea— jadeó Damian.
Anya, con la nariz roja y el gorro ladeado, respondió con la misma seriedad de siempre —Creo que el error fue en el ángulo—
—¡Nos caímos de espaldas, Forger! —
—Anotaré que los besos mientras cargas a alguien requieren estabilidad—
Conclusión: escena no replicable sin entrenamiento físico.
Riesgo de lesión: mediana.
Daño emocional: alto.
El chico se quedó tumbado, mirando el cielo —Voy a necesitar terapia—
La chica se levantó con dificultad, le ofreció la mano y lo ayudó a incorporarse.
—¿Qué sigue? — preguntó él, resignado.
Ella sacó otra hoja.
—La dama y el vagabundo.
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La siguiente tarde se sentía fresca, con hojas anaranjadas cubriendo las veredas y el aire estaba cargado de olor a castañas y pan caliente, en una calle tranquila de Berlint, Anya había citado a Damian en una pequeña trattoria con manteles a cuadros y faroles apagados colgando sobre las ventanas.
El Desmond, llego abotonado hasta el cuello y con una bufanda que combinaba perfectamente con su abrigo —¿Por qué estamos en un restaurante? —
—Recreación de la escena del espagueti de La dama y el vagabundo— respondió Anya
Damian palideció —¿No podías… no sé, simplemente comprar espagueti y hacerlo en casa? —
—Aquí tienen la iluminación, el mantel y los utensilios adecuados, como en la película—
Un mesero los condujo a una mesa pequeña y les sirvió un gran plato de espaguetis con albóndigas, que Anya miró con la atención de una científica observando una muestra en microscopio.
—Cuando yo diga “ahora”, empezamos a comer desde extremos opuestos del espagueti— ella indicó, abriendo su cuaderno y anotando como si fuera Twilight analizando una misión.
El castaño ya se estaba arrepintiendo de haber nacido —¿Y si alguien nos ve? — murmuró, mirando a su alrededor.
—No hay nadie— respondió ella, sacando dos servilletas y colocándolas con precisión sobre su falda.
El momento llegó.
Ambos inclinaron la cabeza, encontraron los extremos opuestos de un espagueti notablemente largo, y empezaron a acercarse, masticando con cuidado.
Damian intentaba no pensar, mientras que la Forger analizaba en tiempo real: “textura, elasticidad, dirección del giro…”
Cuando estaban a punto de llegar al centro…
El Desmond aspiró demasiado rápido, y el espagueti se le fue directo a la garganta, provocando una tos seca y urgente que hizo que escupiera el final del espagueti contra la cara de Anya.
—¡GHK—KOFF! ¡Me atraganté! — gritó, rojo, agarrando el vaso de agua.
La pelirrosa se quedó congelada, con fideos en la frente y salsa en la nariz, parpadeando en completo silencio.
Una pareja mayor en una mesa al fondo los miró con horror, el mesero disimuló un suspiro de alivio al ver que el chico no había fallecido.
—Esto… no salió como esperaba— dijo ella finalmente, limpiándose con la servilleta mientras Damian se recomponía.
—¡¿Ves por qué no podíamos hacer esto en público?! — susurró él, aún jadeando.
Anya sacó su cuaderno de inmediato, completamente impasible.
Conclusión: el espagueti debe ser controlado por cucharón previo.
Riesgo de atragantamiento alto.
Salpicadura de salsa: probable.
Romance: bajo.
La escena del espagueti había sido un desastre, fideos en la cara, salsa en la ropa, gente mirando, y una vergüenza que ni siquiera la libreta de Anya podía explicar con objetividad.
Damian, irritado y frustrado, empujó la silla bruscamente y se levantó —¡Estoy harto! — dijo en alto, con el rostro rojo y los ojos cargados de algo más que molestia —¡Esto no es un experimento, Anya! ¡No sé qué es, pero no quiero seguir jugando! — Y de esa manera él se fue.
Anya se quedó sentada por un segundo, en silencio, sin entender del todo qué había salido mal esta vez, luego, con el cuaderno aún en la mano, salió corriendo detrás de él —¡Segundo! ¡Oye! —
Él caminaba rápido por la acera mojada, cruzando la calle entre charcos y hojas caídas. El cielo, que hasta ese momento estaba gris, finalmente estalló en lluvia.
—¿¡Qué te pasa!? — gritó ella, alcanzándolo, sus pasos chapoteaban en el agua —¡Solo estamos haciendo una investigación! —
El castaño se giró bruscamente, el agua le caía por la frente, por las mejillas, empapándole la bufanda y pegándole el flequillo al rostro.
—¡¿De verdad crees que solo es eso para mí?! ¡¿Un estudio?! ¡¿Un experimento con lápiz y papel?! ¡¿Y qué hago yo con esto?! — se llevó la mano al pecho, como si quisiera arrancarse algo de adentro.
La Forger abrió los ojos, sorprendida, el cuaderno resbaló de sus manos y cayó al suelo, mojándose —Yo… solo quería entender…—
—¡Pues yo ya lo entiendo! —dijo él, con la voz temblorosa—¡Y me estoy volviendo loco porque tú sigues midiéndolo todo! —
La Forger sintió un nudo en el estómago, quiso responder, pero antes de que pudiera decir una palabra, Damian se acercó y la besó.
No fue un pico, no fue un ensayo, fue un beso real…
Labios con labios, lento, largo, torpe, inseguro y maravilloso.
Ella no supo qué hacer al principio pues sentía el temblor de sus manos, el agua corriendo por sus mejillas, los ojos cerrados de él… y luego lo entendió.
El cosquilleo, las mariposas, el nudo en el estómago.
Todo lo que Becky había descrito con dramatismo exagerado… era real.
Y Anya lo sintió.
El beso fue torpe, como si dos personas que no sabían nadar saltaran al agua… pero lo hicieron juntos, y el cariño que Damian puso en cada segundo hizo que ella dejara de pensar, solo sintió...
Cuando por fin se separaron, él apoyó la frente contra la de ella, empapado, sin poder verla a los ojos todavía.
Ambos respiraban entrecortadamente, el silencio los rodeaba como una campana de cristal rota por dentro.
Y entonces Anya, con la voz más suave y vulnerable que jamás había usado, murmuró —Segundo hijo… ¿te puedo dar otro beso? —
El chico, temblando, no respondió enseguida.
Solo sintió su corazón latiendo rápido, y volvió a besarla bajo la lluvia…
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Al siguiente día la clase transcurría como cualquier otra, los libros de los estudiantes estaban abiertos, los lápices estaban sobre las mesas, profesores hablando con voz monótona sobre fechas históricas que a nadie le importaban demasiado, pero en una de las columnas, en dos puestos seguidos, dos estudiantes no podían concentrarse en absoluto.
Anya Forger tenía la cara apoyada en una mano, mirando la pizarra sin realmente verla, sus mejillas estaban levemente rosadas desde que había entrado al aula, cada vez sentía la mirada de Damian Desmond, su respiración cambiaba apenas… y su estómago hacía algo raro, como si las mariposas todavía no se hubieran ido desde aquellos besos.
El castaño, por su parte, mantenía la espalda recta, los brazos cruzados, y la mirada fija en su cuaderno, no escribía nada, solo fingía estar atento. En realidad, estaba contando las veces que ella había suspirado en el transcurso del día, y sí, él seguía recordando ese beso, el real, bajo la lluvia.
No se dijeron nada.
Pero cuando se cruzaban por el pasillo… se miraban.
Y cuando chocaban hombros por accidente… bajaban la cabeza, sonrojados.
Y en el fondo… los dos querían otro beso.
El recreo fue un intento torpe de normalidad. Anya comía en silencio en su mesa mientras que Damian estaba cerca con Ewen y Emile, pretendiendo discutir sobre deportes, aunque claramente no estaba escuchando nada.
Entonces, sucedió.
Becky caminaba con una bandeja de postres en la mano cuando el piso húmedo y resbaloso selló su destino, pues dio un paso en falso.
—¡Aaaah! —
La Blackbell tropezó, cayó hacia adelante y, sin que nadie pudiera detenerla, aterrizó justo sobre Ewen, quien acababa de girarse para decir algo.
¡CHUAC!
Ambos se besaron sin querer, el beso fue completo, ridículo y torpe, con un postre volando por los aires y aterrizando sobre el chico en la nariz.
Todo el lugar enmudeció.
Becky se separó de golpe, con los ojos abiertos como platos, y tocándose los labios como si hubieran sido robados —¡N-no! ¡NOOO! ¡Mi primer beso! — ella sollozó, cayendo de rodillas con dramatismo de actriz consagrada —¡Se suponía que sería mágico! ¡Bajo la lluvia! ¡Con vestido blanco y fuegos artificiales de fondo! ¡No… no con Ewen y una gelatina de fresa en la nariz! —
Ewen, aún tirado en el piso, solo alcanzó a murmurar —Yo… creo que vi la luz por un segundo —
La castaña se puso a llorar como si alguien hubiera destruido su diario personal en televisión nacional.
Mientras tanto, Anya y Damian se miraron desde lejos.
Y por primera vez en todo el día, sonrieron.
Solo un poco, porque sí: su beso no fue accidental, ni robado, ni con postre en la cara, fue el beso que ellos eligieron darse, y eso… era suficiente por ahora.
